Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
2
Sasuke
Esa chica no vive en mi lado del río Estigia. Y ya solo ese hecho debería bastarme para apartarme de ella, pero no se me escapa su ligera cojera al correr. Ni tampoco que va descalza y sin un puto abrigo en pleno enero. Ni la súplica que se refleja en sus ojos. Por no hablar de los dos hombres que la persiguen e intentan alcanzarla antes de que logre llegar a este lado del río. No quieren que cruce el puente, lo cual me dice todo lo que necesito saber: le deben lealtad a uno de los Trece. Los ciudadanos corrientes de Olimpo evitan cruzar el río; prefieren permanecer en sus respectivos lados del Estigia sin llegar a comprender del todo qué es lo que los hace dar media vuelta cuando llegan a uno de los tres puentes. Pero esos dos hombres se comportan como si supiesen que no podrán alcanzarla en cuanto ponga un pie en esta orilla del río.
—Date prisa —le digo y la animo con un gesto de la mano.
La chica mira a su espalda, y el terror brota de su cuerpo con la misma fuerza que lo habría hecho de haber empezado a gritar. A la joven le asustan más esos hombres que yo, algo que podría ser revelador si dejara de darle tantas vueltas al asunto. Está a punto de llegar a mi lado, está a unos metros de distancia. Y es en ese instante cuando me percato de que la conozco. He visto esos enormes ojos esmeralda y ese precioso rostro en la portada de todas las páginas de cotilleo a las que les encanta perseguir a los Trece y a sus amigos y allegados. Esta chica es la segunda hija de Deméter, Sakura.
¿Qué está haciendo aquí?
—Por favor —vuelve a jadear.
No tiene adónde ir, adónde escapar. Están a un lado del puente. Yo estoy al otro. Debe de estar muy desesperada para cruzarlo, para atravesar a empujones las barreras invisibles y confiarle su seguridad a un hombre como yo.
—Corre —repito.
El acuerdo me impide ir a por ella, pero en cuanto esa joven llegue a mí...
Tras ella, los hombres aceleran el ritmo y echan a correr a toda velocidad en un intento por atraparla antes de que llegue a mí. La joven ha perdido fuerzas, y su cojera es cada vez más evidente, tanto que parece que se ha hecho daño. O quizá no es más que consecuencia del puro agotamiento. A pesar de todo, Sakura avanza a trompicones, decidida.
Cuento los metros que faltan a medida que los recorre.
«Seis metros. Cuatro. Tres. Un metro y medio...»
Los hombres la siguen de cerca. Muy de cerca, joder. Pero las normas son las normas, y ni siquiera yo puedo romperlas. Tiene que llegar a esta orilla del río ella sola. Paso por alto a la joven y me centro en ellos, y entonces caigo en la cuenta de que sé quiénes son. Los conozco; tengo expedientes sobre ellos desde hace años. Son dos sicarios que trabajan para Madara bajo cuerda y se ocupan de tareas que el gran dirigente prefiere que sus adoradores desconozcan.
Que estén aquí, persiguiendo a esta chica, significa que está pasando algo gordo. A Madara le gusta lo de jugar con sus presas, pero tengo claro que no intentaría jugar a ese juego con una de las hijas de Deméter, ¿no? Qué más da. La joven está a punto de salir de su territorio... para entrar en el mío.
Y, entonces, milagrosamente, lo consigue.
Sujeto a Sakura por la cintura en cuanto llega a este lado del puente, le doy la vuelta y la estrecho contra mi pecho. En mis brazos parece incluso más pequeña, más frágil, y la ira se cuece a fuego lento en mi interior mientras ella no deja de temblar. Esos desgraciados han estado un buen rato persiguiéndola, aterrorizándola siguiendo sus órdenes. No me cabe la menor duda de que es una especie de castigo: a Madara siempre le ha gustado empujar a la gente al Estigia, permitiendo que su miedo aumente con cada manzana que superan hasta que queda atrapada a orillas del río. Sakura es una de las pocas personas que han intentado llegar a uno de los puentes. Afrontar lo que ocurre al cruzar el puente sin invitación es muestra de una gran fuerza interior, ya ni hablemos de llegar a cruzarlo de verdad. Y eso es algo que respeto. Pero esta noche todos tenemos un papel que interpretar y, aunque no tengo intención de hacerle daño a esta chica, la realidad es que es un as que me ha caído del cielo a las manos. Es una oportunidad que no pienso dejar escapar.
—Quédate quieta —susurro.
Sakura se queda inmóvil, y lo único que hace es jadear al exhalar e inhalar el aire.
—¿Quién...?
—Ahora no.
Me esfuerzo al máximo para hacer caso omiso de sus escalofríos por un momento y le rodeo el cuello con una mano mientras espero que esos dos lleguen a nosotros. No le estoy haciendo daño, pero ejerzo un mínimo de presión para que no se mueva; para que todo resulte más convincente. Ella se queda quieta contra mi cuerpo. No sé si lo hace por una confianza motivada por el instinto, por miedo o por agotamiento, pero poco importa.
Los hombres se detienen trastabillando, incapaces y poco dispuestos a reducir la distancia que se extiende entre nosotros. Estoy en la orilla de la zona baja de la ciudad. Yo no he roto las normas, y ellos lo saben. El de la derecha me fulmina con la mirada.
—La chica que tienes ahí es la mujer de Madara.
Sakura se pone tensa entre mis brazos, pero yo la ignoro. Recurro a mi rabia y la inyecto en mi voz al hablar en un tono gélido:
—Pues no debería haber dejado que su pequeña mascota se paseara tan lejos de su protección.
—Estás cometiendo un error. Un gran error.
Falso. Esto no es un error. Es la oportunidad que llevo treinta putos años esperando encontrar. Una oportunidad para golpear de lleno en el corazón del resplandeciente imperio de Madara. De arrebatarle a alguien especial tal como él me arrebató a mí a las dos personas más importantes de mi vida cuando no era más que un crío.
—Ahora está en mi territorio. Podéis intentar recuperarla cuando queráis, pero las consecuencias de romper el acuerdo caerán sobre vosotros. Son lo bastante listos para saber a qué me refiero. Da igual lo mucho que Madara desee tener a esta chica de vuelta, ni siquiera él puede romper este acuerdo sin que el resto de los Trece se le echen encima.
Los sicarios intercambian una mirada.
—Te va a matar.
—Que venga y lo intente —Los miro a ambos fijamente— Ahora es mía. No dudéis en contarle a Madara las ganas que tengo de disfrutar de su inesperado regalo.
Entonces paso a la acción; me echo a Sakura al hombro y camino calle abajo dando grandes zancadas y metiéndome en las profundidades de mi territorio. Lo que fuera que la mantuviera inmóvil hasta este momento desaparece y la chica se revuelve dándome puñetazos en la espalda.
—Bájame.
—No.
—Suéltame.
No le hago caso y doblo la esquina deprisa. Cuando dejamos atrás el puente y ya no pueden vernos desde allí, la dejo en el suelo. Intenta darme un guantazo, y en otras circunstancias me haría gracia. Tiene más espíritu de lucha de lo que me esperaba de una de las célebres hijas de Deméter. Se me había ocurrido dejarla vagar sola, pero sería un error que deambulara de noche tras el conflicto que acabamos de vivir. No va vestida para la ocasión, y cabe la posibilidad de que Madara tenga espías en mi zona que le informen de nuestra interacción… Al fin y al cabo, yo tengo espías en la suya.
Me quito el abrigo, se lo pongo por encima y se lo abrocho antes de que pueda darme una bofetada. Le dejo los brazos inmovilizados a cada lado del cuerpo. Sakura suelta un taco, pero yo he retomado la marcha, y me la he vuelto a echar al hombro.
—No hagas ruido.
—Y una mierda.
Se me está a punto de acabar mi ya casi inexistente paciencia.
—Estás en estado de semicongelación y coja. Cállate y no te muevas hasta que hayamos entrado.
La chica no para de murmurar entre dientes, pero por fin deja de revolverse. Me basta. Ahora mismo nuestra prioridad es alejarnos del río. No creo que los sicarios de Madara sean tan tontos como para intentar cruzar el puente, pero esta noche ya han pasado cosas inesperadas. Me ha quedado claro que no tengo que dar nada por sentado.
Los edificios más cercanos al río también están destartalados y vacíos; a propósito, claro. Lo que haga falta para proteger las historias que se cuentan en la zona alta de la ciudad sobre mi lado del Estigia. Si esos capullos enjoyados creen que aquí no hay nada de valor, nos dejarán a mí y a mi gente en paz. El acuerdo solo se mantendrá si los Trece están a favor de conservarlo. Si algún día deciden unirse para tomar la zona baja de la ciudad, nos enfrentaríamos a un problemón de los buenos. Mejor evitarlo por completo. Y era un plan genial hasta esta noche. He armado mucho jaleo, y ya no hay manera de desarmarlo. La chica que llevo colgando del hombro bien puede ser la herramienta final para deshacerme de Madara de una vez por todas, o mi perdición.
Pensamientos positivos.
Ni siquiera he llegado al final de la calle cuando dos sombras se despegan de los edificios que hay a ambos lados de esta y empiezan a seguirnos, un par de pasos por detrás de mí. Mente y Naruto. Hace tiempo que he asumido que nunca estaría solo de verdad durante mis caminatas nocturnas. Pero nadie ha intentado detenerme jamás, ni cuando era solo un crío. Se limitan a asegurarse de que no me meto en un lío del que no podría salir. Cuando por fin me hice con el control de la zona baja de la ciudad y mi tutor dejó el cargo, me cedió el control de todo, salvo de esto.
Una persona más débil que yo daría por hecho que mi pueblo se preocupa por mí. Bueno, quizá en parte sea así. Pero, en realidad, si ahora me muero sin un heredero, el delicado equilibrio de Olimpo se tambalearía y desmoronaría. Esos descerebrados de la zona alta ni siquiera se dan cuenta de que soy una pieza clave de su maquinaria. No se habla de mí, no se me reconoce... pero lo prefiero así. Que los otros miembros de los Trece desvíen su dorada atención a mi parte del río nunca trae nada bueno.
Atravieso un callejón, y luego otro. Algunas partes de la zona baja de la ciudad son iguales que el resto de Olimpo, pero esta zona en particular no es una de ellas. Las callejuelas huelen a muerto y, con cada paso que doy, oigo el crujido de los cristales bajo mis zapatos. Si una persona solo se fijara en la superficie, no se percataría de las escondidísimas cámaras que hay colocadas para vigilar toda la zona desde todos los ángulos posibles.
Nadie se acerca a mi casa sin que mi gente lo sepa. Ni siquiera yo, aunque hace años aprendí un par de trucos para esos momentos en los que necesito pasar tiempo solo, pero solo de verdad. Giro a la izquierda y me acerco a grandes zancadas a una puerta anodina que está encastrada en una pared de ladrillos igual de anodina. Echo un vistazo a la camarita que hay en lo alto de la puerta durante un instante y la cerradura se abre bajo mi mano. Paso por la puerta y la cierro con delicadeza. Mente y Naruto recorrerán la zona y reharán el camino hasta el río para asegurarse de que a esos dos posibles intrusos no se les ocurre cometer una tontería.
—Ya estamos dentro. Bájame. —La voz de Sakura es tan fría como la de cualquier otra princesa de la corte.
Yo empiezo a descender por la estrecha escalera de mi casa.
—No.
Estamos a oscuras, y la única luz tenue proviene de los focos que hay en el suelo. A medida que me acerco al final de las escaleras, el frío empieza a cortarme la respiración. Ya estamos bajo tierra, y no nos molestamos en climatizar los túneles. Se construyeron para facilitar los desplazamientos o como una forma de huir en el último momento. No se pensó en la comodidad al crearlos. Sakura tirita a mi espalda, y me complace haberme parado un momento para echarle el abrigo por encima. No podré examinarle las heridas hasta que hayamos llegado a mi casa y, cuanto antes lleguemos, mejor para todos.
—Que. Me. Bajes.
—No —repito.
No pienso perder el aliento explicándole que ahora mismo sigue tan animada por la pura adrenalina, que impide que sienta el dolor. Y sentirá el dolor cuando desaparezcan esas endorfinas. Tiene los pies hechos polvo. No creo que tenga hipotermia, pero no tengo ni idea de cuánto tiempo ha pasado expuesta a la noche invernal con esa tela que no merece llamarse vestido.
—¿Tienes por costumbre secuestrar a la gente?
Acelero el paso.
La irritación ha desaparecido, y en su lugar habla con una tranquilidad que aumenta mi preocupación. Debe de estar conmocionada, lo cual me viene bastante mal, joder. Podría llamar a un médico, pero cuanta menos gente sepa que Sakura Haruno se encuentra en mis dominios, mejor. Al menos hasta que trace un plan para aprovechar este inesperado regalo.
—¿Me has oído? —Se revuelve un poco— Te he preguntado si sueles secuestrar a la gente.
—Cállate. Ya falta poco.
—No estás respondiendo a mi pregunta —Un maravilloso silencio reina durante un par de segundos hasta que vuelve a hablar— Aunque, bueno, nunca antes me habían secuestrado, así que supongo que es una chorrada esperar que me cuentes tu experiencia como secuestrador.
Por su voz, parece sumamente contenta. Vale, está conmocionada, seguro. Seguir con esta conversación es un error, pero me descubro diciendo:
—Tú has sido la que ha venido corriendo hacia mí. A mí no me parece un secuestro.
—¿Que yo he ido corriendo hacia ti? Corría solo para alejarme de esos dos hombres que me estaban persiguiendo. Que estuvieras allí o no es indiferente.
Que diga lo que quiera, pero yo vi cómo centraba toda su atención en mí. Quería mi ayuda. La necesitaba. Y me resultó imposible negársela.
—Pero si casi te has lanzado a mis brazos...
—Me estaban persiguiendo. Y tú parecías la opción menos mala —La más breve de las pausas— Pero me estoy empezando a plantear si no habré cometido un terrible error.
Doblo las esquinas del laberinto de túneles hasta llegar a otras escaleras. Son idénticas a las escaleras por las que acabamos de bajar, incluso tienen los mismos focos a ambos lados de los escalones. Los bajo de dos en dos, y hago caso omiso del ligero «uf» que emite Sakura cuando le doy en la tripa con el hombro. De nuevo, la puerta se abre con un clic en cuanto la toco gracias a quien sea que esté de guardia en la sala de vigilancia. Freno un poco el paso, lo suficiente para asegurarme de que la puerta se queda bien cerrada.
Sakura se mueve un poco sobre mi hombro.
—Una bodega. No me lo esperaba.
—¿Te esperabas algo de lo que ha pasado esta noche?
Me reprendo por haberle hecho esa pregunta, pero me resulta tan extraña la serenidad que está mostrando que siento auténtica curiosidad. Además, si de verdad está a punto de sufrir una hipotermia, ahora mismo lo mejor es hacer que siga hablando.
Ante mi pregunta, el tono extrañamente alegre de su voz se apaga hasta convertirse en un ligero susurro:
—No, no me esperaba nada de lo que ha pasado esta noche.
Me remuerde la conciencia, pero ignoro la sensación con la facilidad que da la práctica. Un último tramo de escaleras para salir de la bodega y me encuentro en el pasillo de la parte trasera de mi casa. Tras un breve debate interno, pongo rumbo a la cocina. Tengo botiquines de primeros auxilios en varias de las habitaciones de mi casa, pero los dos botiquines más grandes están en la cocina y en mi cuarto. Y la cocina nos pilla más cerca.
Empujo la puerta para abrirla y me paro en seco.
—¿Qué estáis haciendo vosotros dos aquí?
Karin se queda inmóvil, con dos de mis mejores botellas de vino entre las manitas. Me brinda una sonrisa encantadora que no es para nada la de una mujer sobria.
—Ha habido una especie de fiesta soporífera en la torre Dodona. Nos hemos ido pronto.
Suigetsu tiene la cabeza metida en la nevera, y con verlo así me basta para saber que ya va borracho o colocado, o ambas cosas.
—Tu comida es la hostia —dice sin dejar de saquearme la nevera.
—Chicos, no es un buen momento.
Karin parpadea un par de veces tras las gafas gigantes con montura amarilla que lleva.
—Esto, Sasuke...
La chica que llevo colgada al hombro se sacude como si le hubiese dado una descarga eléctrica.
—¿Sasuke?
Karin vuelve a parpadear sorprendida, y con el antebrazo se echa hacia atrás la nube de rizos negros.
—Vale, o yo voy muy muy pedo o tienes a Sakura Haruno colgándote del hombro, como si estuvierais a punto de representar una escena cachonda de un pillaje.
—Eso es imposible —Suigetsu aparece por fin con la tarta que mi asistenta ha dejado en la nevera esta mañana. Se la está comiendo directamente de la bandeja. Pero al menos esta vez está usando un tenedor. Tiene la barba llena de miguitas, y solo una de las puntas del bigote está rizada; la otra está un poco encrespada, como si acabara de pasarse la mano por toda la cara. Entonces me mira con el ceño fruncido— Vale, igual imposible no. O eso, o el porro que me he fumado con Helena en el jardín antes de irnos estaba mezclado con otra cosa.
Aunque no me acabasen de decir que venían directos de una fiesta, lo habría sabido por su ropa. Karin lleva un vestido corto que bien podría usarse como bola de discoteca, y emite unos pequeños destellos que brillan contra su piel oscura. Supongo que Suigetsu empezó la noche con un traje, pero ahora solo lleva una camiseta blanca de cuello en V, y en la isla de la cocina hay una bola de ropa arrugada que serán su chaqueta y su camisa. Sakura, a la que todavía llevo cargada al hombro, se ha quedado de piedra. Ni siquiera sé con seguridad que esté respirando. Siento la tentación de volverme y marcharme, pero la experiencia me ha enseñado que estos dos me seguirán y me acribillarán a preguntas hasta que ceda a su acoso y estalle contra ellos.
Lo mejor será arrancar la tirita ahora.
Dejo a Sakura en la encimera y apoyo una mano sobre su hombro, para evitar que se caiga de bruces contra el suelo. Me mira sorprendida con unos enormes ojos color avellana, y unos escalofríos le recorren el cuerpo.
—Te ha llamado Sasuke.
—Es mi nombre —Hago una pausa, y añado— Sakura.
Karin se echa a reír y las dos botellas de vino tintinean cuando las deja sobre la encimera. Se señala a sí misma y dice:
—Karin —Después lo señala a él— Suigetsu. —Otra carcajada— Aunque eso ya lo sabías —Karin se apoya sobre mi hombro y me dice a gritos— Se va a casar con Madara.
Despacio, me vuelvo para mirarla.
—¿Cómo?
Sabía que esa chica sería importante para Madara si había enviado a sus sicarios tras ella, pero... ¿se van a casar? Eso significa que tengo las manos sobre los hombros de la próxima Hera.
—Sip —Karin descorcha una de las botellas y pega un gran sorbo directamente a morro— Lo han anunciado esta noche. Acabas de secuestrar a la prometida del hombre más poderoso de todo Olimpo. Menos mal que no están casados todavía o te habrías llevado a uno de los miembros de los Trece —Suelta una risita tonta y continúa— Qué retorcido por tu parte, Sasuke. No sabía que eras así.
—Yo sí —Suigetsu está intentando comer otro trozo de tarta, pero le está costando un poco dar con su propia boca, y el tenedor se le queda enganchado en la barba. Mira el cubierto como si este tuviera la culpa— Después de todo, es el hombre del saco. Uno no se gana esa reputación sin ser un poquito retorcido.
—Bueno, creo que ya está bien.
Rebusco en el bolsillo y saco el móvil. Tengo que encargarme de Sakura, pero no puedo hacerlo al tiempo que evito las preguntas de estos dos.
—¡Sasuke! —lloriquea Karin— No nos eches. Acabamos de llegar.
—Yo no os he invitado a venir.
No es que eso fuera a evitar que crucen el río cuando les viene en gana. En parte, eso va por Karin: por su posición, ella puede ir donde quiera cuando le apetezca. En teoría, Suigetsu disfruta de una invitación permanente, pero se la di solo por cuestión de negocios.
—Nunca nos invitas a tu casa —Frunce los labios rojos que, no sé cómo, permanecen intactos— Cualquiera pensaría que no te caemos bien.
Le lanzo la mirada que se merece esa afirmación y llamo a Naruto. Debería haber regresado ya.
En efecto, me lo coge enseguida.
—¿Sí?
—Karin y Suigetsu están aquí. Envía a alguien para que los lleve a sus habitaciones.
Podría meterlos en un coche y enviarlos a casa, pero con estos dos nada me garantiza que no vaya a darles por ahí y vuelvan en un rato; o que tomen una decisión más cuestionable. La última vez que los envié a casa de esta guisa, acabaron dejando al chófer en la cuneta e intentaron darse un baño, borrachos como cubas, en el Estigia. Al menos, si están bajo mi techo, puedo tenerlos vigilados hasta que se les pase el pedo.
Soy consciente de que Sakura me mira como si me hubiesen salido cuernos de la cabeza, pero ahora mi prioridad es encargarme de este par de idiotas. Dos miembros de mi equipo personal llegan y logran sacarlos de la cocina, pero solo después de una dura negociación en la que consiguen llevarse la tarta y el vino.
Suspiro en cuanto salen por la puerta y esta se cierra.
—Esas botellas valen una fortuna. Va tan ciega que ni siquiera va a disfrutar del sabor.
Sakura suelta un sonido raro, como un hipo, y es la única advertencia que tengo antes de que se quite el abrigo (que se ha desabrochado mientras yo estaba distraído) e intente salir corriendo. Mi sorpresa es tal que me quedo parado y la observo mientras trata de llegar a la puerta cojeando. Y está cojeando de verdad.
A su paso deja un rastro rojo en el suelo que basta para despertarme de mi letargo.
—¿Qué cojones haces?
—¡No puedes obligarme a quedarme!
La engancho por la cintura y me la llevo de nuevo a la isla de la cocina, donde la dejo.
—Estás haciendo el tonto.
—Tú me has secuestrado, ¿sabes? —me dice fulminándome con esos grandes ojos color avellana— Creo que lo más inteligente es intentar huir de ti.
Le cojo el tobillo y le levanto el pie para poder examinarlo mejor. Solo cuando Sakura se remueve para recolocarse el vestido me doy cuenta de que podría haber abordado esto de otra forma. En fin. Con cuidado, le toco la planta del pie y le enseño el dedo.
—Estás sangrando.
Tiene varios cortes importantes, pero no sé si son tan profundos como para ponerle puntos.
—Deja que me vaya al hospital y que me lo curen allí.
Si algo es esta chica, es insistente. Le aprieto un poco más el tobillo.
Sigue temblando. Joder, no tengo tiempo para discusiones.
—Supongamos que te hago caso...
—Pues hazlo.
—¿Te crees que vas a poder dar más de tres pasos seguidos en un hospital sin que el personal sanitario llame a tu madre? —Le sostengo la mirada— ¿Sin que llamen a tu... prometido?
Se estremece.
—Ya me las apañaré.
—Repito... estás haciendo el tonto —Sacudo la cabeza— Ahora quédate quieta mientras compruebo si te has clavado algún cristal.
Sakura
Es real.
Sé que debería estar gritando, revolviéndome o intentando llegar al teléfono más cercano, pero todavía estoy esforzándome en asimilar el hecho de que Sasuke sea real. Cuando se lo cuente a mis hermanas... Sabía que tenía razón.
Además, ahora que se va disipando mi pánico, tampoco es que pueda echarle la culpa de nada. Puede que me haya amenazado un poquito delante de los hombres de Madara, pero la alternativa era que me arrastraran de vuelta a la torre Dodona. Y sí, es posible que se me quede para siempre la marca de su hombro en el estómago, pero tal como sigue refunfuñándome, tengo los pies malheridos. Y cabe mencionar que la forma tan delicada en que me limpia las heridas tampoco es que confirme el rumor de que Sasuke es un monstruo. Un monstruo me habría dejado a mi suerte.
Él... es algo completamente distinto.
Su cuerpo es esbelto y fuerte, y se le aprecian cicatrices en los nudillos. La barba poblada y la melena oscura hasta el hombro contribuyen a que la presencia que proyecta sea imponente. Sus ojos oscuros están tan exasperados conmigo como lo estaban con Karin y Suigetsu.
Sasuke saca una esquirla diminuta de cristal y la deja caer en el bol que ha traído. La mira con desdén, como si hubiera insultado a su madre y le hubiera dado una patada a su perro.
—No te muevas.
—No me estoy moviendo.
O al menos hago lo posible. Duele y no puedo dejar de temblar, incluso con su abrigo en los hombros. Cuanto más tiempo paso aquí sentada, más me duele, como si mi cuerpo y mi cerebro se estuvieran poniendo al día y se dieran cuenta del lío en el que nos hemos metido. No me puedo creer que me haya marchado, no me puedo creer que haya deambulado tanto tiempo por la oscuridad y el frío hasta haber acabado aquí.
Pensar en eso ahora mismo es irrelevante. Por primera vez en mi vida no tengo un plan o una lista detallada de objetivos para llegar del punto A al B. Voy sin paracaídas. Es posible que mi madre me mate cuando me encuentre. Madara... Me echo a temblar. Madre me amenazará con lanzarme por la ventana más cercana o con darse a la bebida hasta caer muerta, pero Madara podría hacerme daño de verdad. ¿Quién lo iba a impedir? ¿Quién es lo bastante poderoso para pararle los pies? Nadie. Si hubiera alguien que pudiera contener a ese monstruo, la última Hera seguiría viva.
Sasuke se detiene con un par de pinzas entre las manos magulladas y una mirada interrogante.
—Estás temblando.
—No, qué va.
—Maldita sea, Sakura. Estás como un flan. No puedes negarlo y esperar que me lo crea cuando lo estoy viendo con mis propios ojos. —Su mirada asesina impone muchísimo, pero estoy demasiado entumecida para sentir nada ahora mismo. Me limito a sentarme y a contemplar cómo se dirige a toda prisa a la puerta escondida en un rincón de la estancia y vuelve con dos gruesas mantas. Deja una en la mesa, junto a mí— Te voy a coger en brazos.
—No.
Ni siquiera sé por qué le llevo la contraria. Tengo frío. Las mantas me aliviarán. Pero no puedo evitarlo. Me observa un rato.
—No creo que tengas una hipotermia, pero, como no entres en calor pronto, quizá sí que acabes con una. Sería una puta pena que tuviera que usar el calor corporal para que vuelvas a tu temperatura normal.
Me lleva unos cuantos segundos descifrar lo que quiere decir. No se referirá a desnudarnos y taparnos juntos hasta que entre en calor, ¿verdad? Lo miro fijamente.
—No te atreverías.
—Joder, ya te digo yo que sí —Me mira enfadado— No me servirás de nada si te mueres.
Ignoro las ganas impulsivas de reprenderlo por su fanfarronería y me limito a levantar una mano.
—Puedo moverme yo solita.
Soy plenamente consciente de que no aparta la mirada de mí mientras me levanto y me muevo hasta estar sentada sobre la manta en vez de sobre la encimera de granito. Sasuke no pierde el tiempo y me envuelve con la segunda manta, cubre cada centímetro de piel expuesta por encima de los tobillos. Solo entonces vuelve a su tarea de extraer cristales de mis pies.
Por mucha rabia que me dé, sí que es cierto que la sensación de la manta es maravillosa. El calor empieza a esparcirse por mi cuerpo casi de inmediato, lucha contra el helor que se me ha instalado en los huesos. Mis temblores se vuelven más exagerados, pero soy consciente de que es buena señal.
Desesperada por distraerme con lo que sea, me centro en el hombre que tengo a los pies.
—El último Sasuke murió. Se supone que eres un mito, pero Karin y Suigetsu te conocen.
Estaban en la fiesta de la que he huido (mi... fiesta de compromiso), pero la verdad es que tampoco los conozco mucho mejor que a los otros Trece. Lo cual es lo mismo que decir que no los conozco en absoluto.
—¿Es eso una pregunta retórica?
Saca otra esquirla de cristal y la deja caer en el bol con un repiqueteo.
—¿Por qué pensamos que eres un mito? No tiene ningún sentido. Eres uno de los Trece. Deberías...
—Soy un mito. Estás soñando —me interrumpe de forma brusca mientras me toquetea el pie— ¿Algún dolor punzante?
Pestañeo.
—No. Me duele sin más.
Asiente, como si fuera justo eso lo que esperaba. Aturdida, lo contemplo sacar unos cuantos vendajes y proceder a lavarme y vendarme los pies. Yo no... Quizá tenga razón y en realidad esté soñando, porque esto no tiene el más mínimo sentido.
—Eres amigo de Karin y Suigetsu.
—Yo no soy amigo de nadie. Solo se presentan aquí de vez en cuando, como si fueran gatos callejeros de los que no consigo librarme.
A pesar de sus palabras, en su tono se aprecia algo de cariño.
—Eres amigo de dos miembros de los Trece.
Porque él era uno de los Trece. Como mi madre. Como Madara.
«Por todos los dioses, Ino tenía razón y Sasuke es tan malo como los demás.»
Los acontecimientos de la noche me vienen de golpe. De repente se suceden las escenas. La sala de las estatuas. Las reservas de mi madre. La mano de Madara atrapando la mía mientras anunciaba nuestro compromiso. La carrera, aterrorizada, hacia el río.
—Me hicieron una encerrona —susurro.
En ese momento, Sasuke levanta la mirada y frunce el ceño hasta que sus cejas se tocan.
—¿Karin y Suigetsu?
—Mi madre y Madara —No sé por qué le estoy contando esto, pero no puedo morderme la lengua. Me cierro la manta con más fuerza alrededor de los hombros y me sacudo— No sabía que la fiesta de hoy era para anunciar nuestro compromiso. Yo no lo había aceptado.
Estoy lo bastante exhausta como para fingir que percibo un ápice de empatía antes de que la irritación se adueñe de sus rasgos.
—¿Tú te has visto? Es normal que Madara quiera añadirte a su interminable lista de Heras.
Típico. Los Trece ven algo que quieren y lo cogen.
—¿Acaso es culpa mía que tomaran esa decisión sin consultarlo conmigo solo por mi aspecto?
¿Puede explotarle a alguien la cabeza? Porque me da a mí la sensación de que vamos a descubrirlo pronto si seguimos con este tema.
—Es Olimpo. Si juegas a ser dios, pagarás las consecuencias. —Termina de vendarme el otro pie y se levanta poco a poco—. A veces pagas las consecuencias aunque sean tus padres los que se dan aires de grandeza. Puedes llorar y berrear por lo injusto que es el mundo, o puedes hacer algo al respecto.
—Ya he hecho algo al respecto. Resopla.
—Has huido como un cervatillo asustado, ¿te creías que no iba a buscarte? Querida, para Madara esto son prácticamente los preliminares. Te encontrará y te llevará a rastras a su palacio. Te casarás como la hijita obediente que eres y, dentro de un año, estarás pariendo a sus hijos de mierda.
Le doy una bofetada.
No pretendía hacerlo. No creo que jamás en la vida le haya puesto la mano encima a nadie. Ni siquiera a las pesadas de mis hermanas cuando éramos pequeñas. Contemplo horrorizada la marca roja en su mejilla.
Debería pedirle perdón. Debería... hacer algo. Pero, en cuanto abro la boca, no es eso lo que sale de mis labios.
—Antes me muero.
Sasuke me observa un buen rato. Normalmente se me da genial leer a la gente, pero no tengo ni idea de qué pasa detrás de esos ojos profundos y oscuros que tiene. Al final, dice con voz seca:
—Esta noche te quedas. Ya hablaremos por la mañana.
—Pero...
Vuelve a levantarme, me toma entre los brazos como si fuera la princesa que él piensa que soy y me clava una mirada tan fría que me trago mis protestas. Esta noche no tengo adónde ir; no tengo bolso, ni dinero, ni móvil. No puedo permitirme mirarle el diente al caballo regalado; aunque este sea un gruñón y los padres lleven generaciones amenazando a los niños con su nombre. Bueno, puede que no con este Sasuke. Por su aspecto diría que tiene unos treinta y tantos. Pero sí con el título de Sasuke. Siempre en las sombras. Siempre ocupándose de asuntos tenebrosos con los que prefiere lidiar alejado de nuestro mundo normal y seguro. Pero ¿acaso es seguro de verdad? Mi madre acaba de venderme a Madara como esposa. Un hombre al que los hechos empíricos señalan no como el rey de oro al que todos aman, sino como un matón que ha dejado una lista de mujeres muertas a su paso. Y eso solo si hablamos de sus esposas. ¿Quién sabe a cuántas mujeres ha victimizado a lo largo de los años? Solo de pensarlo me pongo enferma.
Sin importar cómo se mire, es un hecho que Madara es peligroso.
Por el contrario, todo lo que concierne a Sasuke es puro mito. Nadie que yo conozca cree en su existencia. Todos concuerdan en que, en algún momento, Sasuke existió de verdad, pero que la familia que portaba el título desapareció hace mucho tiempo. Eso quiere decir que no tengo casi información que recabar acerca de este Sasuke. No las tengo todas conmigo de que sea una apuesta más segura, pero, dadas las circunstancias, elegiría a un hombre ataviado con un chubasquero sangriento y un garfio como mano antes que a Madara.
Sasuke me conduce hasta la parte superior de una escalera de caracol que parece sacada de una película gótica. Para ser sincera, lo poco que he visto de esta casa es todo igual. Llamativos suelos de madera oscura y molduras en el techo que deberían resultar cargantes, pero que de alguna forma crean la ilusión de dejar tanto el tiempo como la realidad atrás. El pasillo del primer piso está recubierto por una gruesa alfombra de un tono rojo intenso.
«Perfecto para disimular la sangre.»
Se me escapa una risilla histérica y me tapo la boca con las manos. Esto no tiene gracia. No debería reírme. Está claro que estoy a treinta segundos de perder la cabeza por completo.
Sasuke me ignora, como no podía ser de otro modo.
Nuestro destino es la segunda puerta a la izquierda, y hasta que no atravesamos el umbral no aparece el instinto de supervivencia que parecía haber perdido. Estoy sola en una habitación con un desconocido peligroso.
—Bájame.
—No me seas dramática —No me deja caer sobre la cama como esperaba. Me coloca sobre ella con cuidado y, de la misma manera, da un paso atrás— Como me manches el suelo de sangre al intentar escapar, no me va a quedar otra que seguirte la pista y arrastrarte hasta aquí para que lo limpies.
Parpadeo. Se parece tanto a lo que yo estaba pensando que hasta da un poco de mal rollo.
—Eres el tío más raro que he conocido en la vida. Ahora le toca a él mirarme con recelo.
—¿Qué?
—Exacto. ¿Qué? ¿Qué clase de amenaza es esa? ¿Lo que te preocupa es el suelo?
—Es un suelo exquisito.
¿Está de coña? Me lo creería de cualquier otra persona, pero Sasuke ha estado igual de serio desde el momento en que lo he visto ahí de pie en la calle como si fuera la Parca. Le frunzo el ceño.
—No te entiendo.
—No tienes que entenderme. Quédate aquí hasta mañana e intenta resistir las ganas de hacerte aún más daño —Hace un gesto con la cabeza hacia la puerta del rincón— El baño está por ahí. Descansa los pies todo lo que puedas.
Y entonces desaparece, atraviesa la puerta como una exhalación y cierra con cuidado a sus espaldas.
Cuento hasta diez despacito y después vuelvo a hacerlo tres veces más. Cuando veo que no entra nadie a comprobar cómo estoy, me muevo por la cama hacia el teléfono que descansa como si nada en la mesilla de noche. Quizá sea demasiada casualidad. Sin duda, no habrá forma de hacer una llamada sin que alguien me escuche. Tras ver todos esos túneles secretos, Sasuke no me parece de esas personas que dejarían nada que suponga una brecha en la seguridad por ahí tirado. Seguramente se trate de una trampa pensada para hacer que cuente todos mis secretos o algo parecido. No importa. Me aterra Madara. Estoy enfadada con mi madre. Pero no puedo permitir que mis hermanas estén desesperadas intentando dar con mi paradero durante más tiempo. Ino ya habrá llamado a TenTen, y si hay alguna persona en mi familia que arrasaría con Olimpo, avasallaría a la gente o se dedicaría a amenazar a los demás, esa es mi hermana mayor. Mi desaparición ya habrá armado mucho revuelo, no puedo permitir que mis hermanas hagan nada que agrave una situación que es ya un verdadero desastre.
Respiro hondo, cosa que no me ayuda a mentalizarme, y levanto el teléfono para marcar el número de Hinata. Es la única de mis hermanas que contestaría a un número desconocido a la primera. Tal como esperaba, tres tonos de llamada después, su voz sin aliento se escucha al otro lado de la línea.
—¿Diga?
—Soy yo.
—Ay, gracias a los dioses —Su voz se aleja un poco— Es Sakura. Sí, sí, lo pongo en altavoz —Un instante después, la línea se escucha un tanto difusa cuando hace lo que ha dicho— TenTen y Ino están aquí también. ¿Dónde estás?
Echo un vistazo a la habitación.
—No me creerías aunque te lo contara.
—Prueba —me reta TenTen, una afirmación rotunda que me indica que se encuentra a medio segundo de intentar averiguar cómo colarse por la línea telefónica para estrangularme.
—Si hubiera sabido que ibas a salir disparada en el momento que fuera a por tu bolso, no te habría dejado sola —La voz de Ino se entrecorta, pues está al borde de las lágrimas— Madre está removiendo cielo y tierra en la zona alta buscándote, y Madara...
TenTen la interrumpe:
—Que le den a Madara. Y a Madre también.
Hinata jadea.
—No puedes decir esas cosas.
—Pues eso he hecho.
Contra todo pronóstico, su riña me calma.
—Estoy bien. —Les echo un vistazo a mis pies vendados— Bueno, más o menos bien.
—¿Dónde estás?
No dispongo de un plan, pero sé que no puedo volver a casa. Regresar a casa de mi madre sería lo mismo que admitir la derrota y aceptar casarme con Madara. No puedo hacerlo. No quiero.
—Eso da igual. No voy a volver a casa.
—Sakura —pronuncia Ino lentamente— Sé que esto no te hace ninguna gracia, pero tenemos que encontrar un modo más adecuado de abordarlo que no sea desaparecer en plena noche. Tú eres la de los planes y, ahora mismo, no tienes ninguno.
No, no tengo ningún plan. Me he lanzado sin paracaídas, algo que me parece peligroso y hace que el terror me arañe la espalda.
—Los planes están para adaptarse.
Las tres se quedan calladas, una situación tan rara que me gustaría poder apreciarla. Al final Hinata añade:
—¿Por qué nos llamas a estas horas?
He ahí la cuestión, ¿no? No lo sé.
—Solo quería que supierais que estoy bien.
—Nos creeremos que estás bien cuando sepamos dónde estás.
TenTen sigue sonando preparada para aniquilar a cualquiera que se meta entre ella y yo, y se me escapa una sonrisa.
—Sakura, has desaparecido sin más. Todos te están buscando como locos.
Digiero ese comentario, lo disecciono. ¿Que todos me están buscando como locos? Han mencionado a Madre antes, pero no había juntado las piezas del rompecabezas hasta ahora. No tiene ningún sentido que ella no sepa ya dónde me encuentro porque...
—Madara sabe dónde estoy.
—¿Cómo?
—Sus hombres me persiguieron hasta el puente Ciprés.
Solo de pensarlo hace que me recorra un escalofrío. No me cabe duda de que tenían órdenes de llevarme de vuelta, pero podrían haberme secuestrado sin problemas a unas cuantas manzanas de la torre Dodona. Escogieron perseguirme, hacer que me muriera de miedo y de desesperación. Ningún esbirro de Madara se atrevería a hacerle algo así a su futura esposa... a no ser que el mismísimo Madara se lo hubiera ordenado.
—¿Está actuando como si no supiera dónde estoy?
—Sí —La ira aún no se ha disipado de la voz de TenTen, pero se ha reducido— Está hablando de organizar partidas de búsqueda, y Madre revolotea a su alrededor como si no le hubiera ordenado ya lo mismo a su gente. Madara también ha movilizado a su cuerpo de seguridad privado.
—Pero ¿por qué iba a hacer algo así si ya sabe dónde estoy?
Ino se aclara la garganta.
—Has dicho que has cruzado el puente Ciprés.
Mierda. No era mi intención que se me escapara. Cierro los ojos.
—Estoy en la zona baja.
TenTen resopla.
—Eso a Madara le traerá sin cuidado.
Jamás le ha prestado especial atención a los rumores de que cruzar el río es casi tan imposible como abandonar Olimpo. La verdad es que yo tampoco las tenía todas conmigo, no hasta que he sentido la terrible presión al hacerlo.
—A no ser... —Hinata ha conseguido controlar sus emociones y casi puedo ver los engranajes de su mente girar. Cuando le viene bien, se hace la tonta, pero probablemente es la más lista de las cuatro— Antes la ciudad estaba dividida en tres partes: Madara, Poseidón y Sasuke.
—Pero eso fue hace mucho tiempo —murmura Ino— Ahora Madara y Poseidón trabajan juntos. Y Sasuke es un mito. Justo esta noche lo estábamos hablando Sakura y yo.
—Si no fuera un mito, Sasuke solo se bastaría para pararle los pies a Madara.
TenTen vuelve a resoplar.
—Excepto que, si existiera, seguramente sería tan malo como Madara.
—No lo es. —Las palabras se me escapan a pesar de mis esfuerzos de guardármelas para mí. Mierda, mi intención era mantenerlas fuera de esto, pero está claro que no iba a funcionar. Debería haberlo sabido desde el momento en que he marcado el número de Hinata. «De perdidos, al río.» Me aclaro la garganta— Sin importar lo que sea, no es tan malo como Madara.
Las voces de mis hermanas se convierten en una sola cuando expresan su sorpresa:
—¿Qué?
—¿Te has golpeado la cabeza cuando huías de esos capullos?
—Sakura, lo de tu obsesión se te está yendo de las manos.
Suspiro.
—No son alucinaciones mías y no me he golpeado la cabeza —Será mejor no contarles lo de los pies, ni tampoco el hecho de que sigo temblando un poco a pesar de estar bien abrigada— Es real, y ha estado aquí todo este tiempo.
Mis hermanas vuelven a quedarse calladas mientras asimilan la información. TenTen suelta palabrotas.
—La gente lo sabría.
Deberían. El hecho de que todos hayamos creído que es un mito durante todo este tiempo significa que había alguien muy influyente que quería borrar el recuerdo de Sasuke de la faz de Olimpo. Significa que Madara se ha entrometido, porque ¿quién más tiene el poder de hacer algo parecido? Puede que Poseidón, pero, mientras no tiene que ver con el mar o los muelles, a él no parece importarle. Ninguno de los otros Trece parece amasar la misma cantidad de poder que tienen los títulos hereditarios. Ninguno se atrevería a arrebatarle su título a Sasuke, no sin ayuda.
Aunque también es cierto que, en realidad, nadie habla de lo poco que se entremezclan la zona alta y la baja de la ciudad. Se da por sentado y ya. Ni siquiera yo me lo había cuestionado, y eso que me cuestiono muchas cosas con respecto a Olimpo y a los Trece.
Por fin, Ino añade:
—¿Qué necesitas de nosotras?
Lo pienso bien. Solo tengo que aguantar hasta mi cumpleaños y después seré libre. Podré acceder a la herencia que nos dejó la abuela y ya no tendré que volver a depender de Madre o de cualquiera de Olimpo nunca más. Pero no hasta ese día, hasta mi vigesimoquinto cumpleaños. Ahora mismo tengo algunos fondos propios, pero tampoco es que sean míos como tal. Son de mi madre. Les podría pedir a mis hermanas que me trajeran el bolso, pero Madre ya habrá congelado todas mis cuentas. Le gusta hacerlo para castigarnos, y querrá asegurarse de que vuelva arrastrándome después de haberla humillado de esta forma. Además, no quiero que mis hermanas vaguen por la zona baja de la ciudad, incluso aunque pudieran cruzar el río Estigia. No cuando el peligro parece acechar en cada esquina.
En realidad solo hay una respuesta.
—Algo se me ocurrirá, pero no pienso volver. Ahora mismo no.
—Sakura, eso no es un plan —TenTen deja escapar un suspiro de enfado— No tienes dinero, nos hablas por un teléfono que casi seguro está pinchado y estás viviendo bajo el mismo techo que el hombre del saco de Olimpo, que resulta que es también uno de los Trece. Es el peligro hecho persona. Es lo contrario a un plan.
No puedo discutírselo.
—Algo se me ocurrirá.
—Ya, va a ser que no. Inténtalo otra vez. Ino se aclara la garganta.
—Si Hinata consigue distraer a Madre, TenTen y yo te podemos llevar un teléfono no rastreable y el dinero que tengamos a mano. Al menos te dará algo de tiempo para ver qué hacer.
Lo último que quiero es involucrar a mis hermanas en esto, pero ya es demasiado tarde. Me apoyo en el cabecero de la cama.
—Dejad que lo piense. Mañana os llamaré para daros más detalles.
—Eso no...
—Os quiero a todas. Adiós.
Cuelgo antes de que encuentren otro lado por el que salirme con reproches. Sé que es lo correcto, pero eso no evita que me sienta como si hubiera cortado el último lazo que me unía a mi pasado. He estado pensando en la forma de salir de Olimpo desde hace mucho, así que esta separación iba a ocurrir tarde o temprano, pero pensaba que tendría más tiempo. Pensaba que podría estar en contacto con mis hermanas sin ponerlas en peligro. Pensaba que, con el transcurrir de los días, Madre incluso podría entrar en razón y perdonarme por no querer ser un peón en sus intrigas… Parece que me he equivocado en muchas cosas.
Para darme algo más en lo que pensar, escudriño la habitación. Es tan opulenta como todas las partes de la casa que he visto de momento: hay una cama grande con un dosel azul marino que haría las delicias de cualquier princesa. El suelo de madera noble que tanto aprecia Sasuke está cubierto por una espesa alfombra y hay incluso más molduras de techo por todas partes. Es tan pintoresca como el resto de la casa, pero tampoco me da muchas pistas acerca del hombre al que pertenece. Está claro que es una habitación de invitados y, en consecuencia, dudo que me revele nada sobre Sasuke.
Mi cuerpo decide que ese es el momento de recordarme que he andado durante horas a través del frío con esos condenados tacones y, después, he corrido por encima de gravilla y cristal descalza. Me duelen las piernas. Me duele la espalda. Los pies... Mejor no pensar demasiado en ellos. Estoy increíblemente cansada, tanto que podría dormir del tirón esta noche.
Vuelvo a examinar la habitación. Quizá Sasuke no sea tan malo como Madara, pero tampoco puedo jugármela. Me pongo en pie con cautela y cojeo hasta la puerta. No hay pestillo, cosa que hace que suelte varias palabrotas entre dientes. Cojeo hasta el baño y casi suelto sollozos de alivio al ver que esta puerta sí que lo tiene.
Mis músculos parecen convertirse en piedra con cada segundo que pasa, me pesan mientras arrastro el enorme edredón de la cama hasta el baño. Puedo dormir en la bañera, da igual que sea cómoda o no. Después de un pequeño debate interno, vuelvo a la puerta de la habitación y arrastro la mesilla de noche hasta colocarla delante. De este modo, al menos oiré si entra alguien. Satisfecha, pues he hecho todo lo que estaba en mi mano, cierro con pestillo la puerta del baño y prácticamente me desplomo dentro de la bañera.
Cuando amanezca, tendré un plan. Averiguaré la manera de salir de esta y no parecerá que se acaba el mundo.
Solo necesito un plan...
