Disfruten de la nueva adaptación!

Ni la historia ni los personajes me pertenecen.


3

Sasuke

Un par de horas después de un sueño intranquilo, bajo a la cocina en busca de café, pero solo me encuentro a Karin encaramada en la isla de la cocina, comiendo helado directamente del bote. Me paro en seco, un poco asustado al ver que va vestida con unos vaqueros cortos deshilachados y una camiseta ancha que, desde luego, no llevaba anoche.

—Tienes ropa en mi casa.

—Obvio. Nadie quiere volver a casa vestida con los restos de sus aventuras de borrachera. —Señala hacia atrás sin mirar—. He preparado café.

Alabados sean los dioses.

—Menuda forma de combatir la resaca, con café y helado.

—Calla —me dice, y me pone caras—. Me duele la cabeza.

—Imposible —susurro, y rodeo la isla para coger dos tazas grandes, una para cada uno. Lleno la suya unas tres cuartas partes y se la paso. Al instante, Karin echa una enorme cucharada de helado en el café, y yo niego con la cabeza—. Qué cosas, me quiere sonar que anoche os encerré en vuestras habitaciones. Y, aun así, aquí estás.

—Sí, aquí estoy —Me regala una versión algo descuidada de su habitual sonrisa picarona— Venga ya, Sasuke, sabes que no hay cerradura en esta ciudad que pueda mantenerme encerrada.

—Ya, me he dado cuenta con los años.

La primera vez que se presentó aquí apenas había pasado un mes desde que se había ganado el título de Karin, hará unos cinco o seis años. Me dio un buen susto en mi despacho y, como consecuencia, casi acaba con una bala entre ceja y ceja. No sé cómo, pero esa interacción entre nosotros acabó con la decisión de Karin de que éramos grandes amigos. Tardé un año en entender que daba igual lo que yo opinase de esa supuesta amistad. Entonces, unos seis meses después de eso, Suigetsu empezó a aparecer con ella, y dejé de luchar contra su presencia. Si son espías de Madara, son la mar de inútiles y no están consiguiendo ningún tipo de información que no quiero que él tenga. Si no lo son...

En fin, ese no es mi problema.

Karin le da un buen trago a su café con helado y emite un inquietante gemido sexual.

—¿Estás seguro de que no quieres un poco?

—Sí, seguro.

Me apoyo en la encimera e intento decidir cómo voy a actuar. La verdad es que no confío en Karin. No importa que ella crea que somos amigos, sigue siendo una de los Trece, y ni de coña tengo intención de olvidarlo. Además, vive a la sombra de la torre Dodona, y le debe explicaciones a Madara; al menos, cuando le conviene a ella. Descubrir mis intenciones antes de tener un plan concreto es la manera perfecta de buscarme problemas. Aunque en ese tema ya se ha descubierto todo el pastel. Los sicarios de Madara ya le habrán informado de dónde está Sakura. Que Karin me lo confirmara no cambiaría nada.

Suigetsu aparece dando tumbos por la puerta. Tiene el bigote hecho un desastre y su piel pálida muestra un tono verdoso. Me saluda distraído y se va directo a por el café.

—Buenos días.

—Estás fatal —contesta Karin bufando.

—La culpa es tuya. ¿Quién bebe vino después del whisky? Ya te lo digo yo, los gilipollas —Se tira un buen rato mirando la cafetera y, por fin, se sirve una taza grande de café— Pégame un tiro y acaba con mi sufrimiento, anda.

—No me tientes... —susurro.

—Que sí, que sí, que eres muy taciturno y aterrador —Karin se vuelve sobre la isla para mirarme de frente. Un brillo travieso resplandece en sus ojos oscuros— Yo llevo todos estos años pensando que no era más que un cuento, pero entonces te presentas aquí con paso airado, cargando con la víctima a la que has secuestrado.

Voy a dejar bien claro que en realidad no he secuestrado a nadie, pero Suigetsu suelta una carcajada.

—O sea que no fue una alucinación. Sakura Haruno siempre me pareció una pelma risueña y aburrida, pero ahora se ha puesto interesante. Se piró de la fiesta apenas treinta minutos después de que Madara anunciara su compromiso, y entonces aparece al otro lado del río Estigia, donde las buenas chicas de la zona alta de la ciudad no deberían ir. Muy muy interesante, la verdad.

Frunzo el ceño, y me resulta imposible pasar por alto el dato más irrelevante de todo lo que me ha contado Suigetsu.

—¿Una pelma aburrida? Vale, es verdad que las circunstancias en las que nos hemos conocido no son las ideales, pero esa chica es de todo menos aburrida.

Karin niega con la cabeza, y le rebotan los rizos.

—Suigetsu, solo has visto su imagen pública cuando su madre la arrastra a las fiestas y eventos. No es tan aburrida cuando no está encerrada, sobre todo cuando sale con sus hermanas.

Suigetsu abre un ojo.

—Querida, espiar a la gente no está bien visto.

—¿Quién ha dicho nada de que haya estado espiando?

—Anda, así que has estado quedando con las hermanas Haruno, ¿no? —pregunta Suigetsu después de abrir el otro ojo— Con las cuatro chicas que odian a los Trece con un fervor totalmente comprensible, si tenemos en cuenta quién es su madre.

—Pues igual sí —Ni siquiera consigue decirlo sin reírse— Vale, no he quedado con ellas, pero me entró la curiosidad porque su madre está empeñadísima con presentárselas a cuantas personas poderosas pueda. Vale la pena saber estas cosas.

Observo la conversación fascinado. Al ser una de los Trece, Karin tendría que caerme mal por principios, pero su título la empuja hacia las sombras de mil formas diferentes. Es mensajera privada, y solo puedo empezar a hacerme una idea de la cantidad de secretos que guarda. También es una ladrona cuando quiere. Vive en las sombras casi tanto como yo. Y eso tendría que provocar que confiara en ella menos que en los otros miembros de los Trece, pero es que, joder, es tan transparente que a veces hasta me da dolor de cabeza.

Entonces termino de procesar todo lo que han dicho antes.

—Así que va en serio. Su futuro es casarse con Madara.

—Lo anunciaron anoche. Me habría puesto triste si tuviera algo de compasión en el corazón. La chica se esforzaba un montón por no perder la sonrisa, pero la pobrecilla estaba aterrorizada. —Suigetsu vuelve a cerrar los ojos y se recuesta sobre la encimera—. Con algo de suerte, durará algo más que la última Hera. Uno se plantea qué tiene Deméter en mente. Yo pensaba que le importaba más la seguridad de sus hijas, la verdad.

Soy consciente de que Karin me está observando, pero me niego a dejar mi interés a la vista. Son muchos años de enterrar todo lo que siento hasta que he levantado un grueso muro entre el resto del mundo y yo. Que tolere la presencia de estas dos personas en mi casa no significa que confíe en ellas. Nadie puede ganarse mi confianza. No después de haber visto lo terrible que pueden llegar a ser las consecuencias de confiar en alguien y cómo eso acaba con la vida de otras personas.

Karin se acerca poco a poco hasta el borde de la isla y deja caer las piernas, la viva imagen de la despreocupación.

—Tienes razón, Suigetsu. Sakura no había aceptado la propuesta. Un pajarito me ha dicho que no tenía ni idea de lo que iba a pasar hasta que la arrastraron al frente de la sala y la pusieron en el compromiso de o aceptar o cabrear a Madara delante de todos los Trece; bueno, todos menos Sasuke y Hera. Y todos sabemos lo bien que acabaría la cosa.

—Tú trabajas para Madara —digo con suavidad al tiempo que me trago a la fuerza la ira instintiva que borbotea en mi interior cada vez que se menciona al capullo de Madara.

—Nop. Yo trabajo para los Trece. Pero da la casualidad de que Madara aprovecha mis servicios más que el resto; y más que tú —Se inclina hacia delante y me guiña un ojo con torpeza— Deberías plantearte utilizar mis habilidades en todos los sentidos. Soy un hacha en mi trabajo, aunque está mal que yo lo diga.

Bien podría ponerme el anzuelo delante de la cara y menearlo con ganas.

—Sería estúpido si confiara en ti —le contesto enarcando una ceja.

—Tiene razón —conviene Suigetsu eructando, y la piel se le pone más verde todavía, aunque parezca imposible— Eres una tramposa.

—No sé de qué estás hablando. Soy un dechado de inocencia.

Karin es la más misteriosa de todos nosotros. Debe serlo para mantener el equilibrio de ser una parte un poco neutra en medio de todo el politiqueo, la manipulación y los ardides de los otros Trece. Confiar en ella sería como meter la mano en las fauces de un tigre y rezar para que no le entre hambre.

Aun así...

La curiosidad se adueña de mí y se niega a abandonar mi cuerpo.

—Muchos de los habitantes de Olimpo estarían más que dispuestos a dar su mano derecha por convertirse en uno de los miembros de los Trece, ya sea casándose con Madara o no.

En la prensa rosa pintan a Sakura como una mujer con más dinero que cabeza: justo la clase de persona que no lo pensaría y se casaría con un hombre rico y poderoso como Madara. Esa Sakura no se parece en nada a la chica fuerte, aunque aterrorizada, que anoche huyó de la zona alta cruzando el puente. ¿Cuál es la verdadera Sakura? El tiempo lo dirá.

La sonrisa de Karin se ensancha como si le acabase de hacer un regalo.

—Eso es lo que pensaríamos todos, ¿no?

—Déjate de tanta incertidumbre y suelta ya el chisme —se queja Suigetsu—. Cada vez me duele más la cabeza por tu culpa.

Karin levanta las piernas, y tengo que morderme la lengua para pedirle que baje los putos pies de mi encimera. Coge la taza de café con las dos manos y se la lleva a la boca.

—A las hijas de Deméter les da igual el poder.

—Ya, claro —bufo— A todo el mundo le interesa el poder. Si no el poder, el dinero.

Ni sé ya las veces que he visto fotos de las hermanas Haruno comprando cosas que seguro que no necesitan. Salen fotos nuevas mínimo una vez a la semana.

—Ya, si yo pensaba igual. Por eso mismo creo que merezco el perdón por haber husmeado un poco. —Le lanza una mirada a Suigetsu, pero el hombre está demasiado hundido en su dolor para darse cuenta— A ninguna de ellas le importan lo más mínimo las ambiciones de su madre. Con decirte que la más pequeña de las hermanas ha dejado que el hijo favorito de Kagura la engatuse.

Ese dato despierta mi interés.

—¿El hermano pequeño de Apolo?

—El mismo —contesta ella riéndose—. El golfo por excelencia.

Se lo dejo pasar, porque la verdad es que poco importa mi opinión sobre Toneri Makos. Puede que no pertenezca a una de las familias originales de Olimpo, pero hace generaciones que tienen muchísimo poder y una gran fortuna, antes incluso de que el hermano mayor de Toneri se convirtiera en Apolo. Por lo que me han contado del chaval, es un músico que se pasa la vida intentando encontrarse a sí mismo. Conozco su obra, y es buena, pero eso no justifica la vida de excesos que lleva para buscar a sus distintas musas.

—Algo de razón tienes.

—Ah, ¿sí? —pregunta levantando y bajando las cejas—. Solo te digo que igual quieres sentarte con ella y preguntarle qué quiere. —Se encoge de hombros y desciende de la encimera de un salto, tambaleándose un poquito al aterrizar de pie— O podrías hacer lo que todos pensamos que vas a hacer y encerrarla en una mazmorra. Seguro que a Madara le encanta.

—Karin, sabes de sobra que no tengo mazmorras.

—No tienes una mazmorra húmeda y oscura —dice moviendo las cejas— Pero ya conocemos tu cuarto de juegos.

Me niego a reconocerlo. Las fiestas que celebro en mi casa de vez en cuando forman parte de mi papel como Sasuke, como todo en mi vida. Un personaje elaborado al detalle, diseñado para despertar las emociones más oscuras y, por ende, asegurarme de que los pocos habitantes de la zona alta de la ciudad que saben que existo no me toquen las narices. ¿Qué pasa si da la casualidad de que disfruto de esa parte en concreto de dicho personaje? En cuanto Sakura echase un vistazo a ese cuarto, saldría gritando suplicando por su vida.

—Ya va siendo hora de que os vayáis a casa —anuncio, y señalo el pasillo con la cabeza—. Puedo pedirle a Naruto que os lleve.

—No hace falta. Ya nos buscamos nosotros la vida. —Se pone de puntillas y me da un beso fugaz en la mejilla—. Que te diviertas con tu prisionera.

—Que no es mi prisionera.

—Ya, no dejes de repetírtelo.

Luego Karin sale danzando de la cocina con los pies descalzos, como si fuese lo más normal del mundo. Esta mujer me agota.

No tiene pinta de que Suigetsu quiera soltar mi taza de café, pero se detiene en el umbral de la puerta.

—Igual esa chiquita y tú os podéis ayudar el uno al otro. —Pone una mueca al ver la mirada que le lanzo— ¿Qué? Es supercomprensible que piense así. Es probable que esa chica sea una de las pocas personas de Olimpo que odie a Madara tanto como tú. —Entonces chasquea los dedos y añade— Ah, y recibiré esa remesa que me pediste a finales de semana. No se me ha olvidado.

—Nunca se te olvida.

En cuanto sale por la puerta, cojo la taza de café que Karin ha dejado en la encimera y la meto en el fregadero. Esa mujer monta el caos allí por donde pasa, pero a estas alturas ya estoy acostumbrado. Lo de anoche no fue relativamente nada en la escala Karin-Suigetsu. La última vez que se colaron en mi casa trajeron una gallina que se habían encontrado no sé dónde. Me pasé días encontrando plumas por toda la casa.

Me quedo mirando la cafetera e intento dejar de pensar en esos dos folloneros. No es que ahora mismo tenga que preocuparme de ellos. He de preocuparme por Madara. La verdad, me sorprende muchísimo que todavía no se haya puesto en contacto conmigo. No es de los que se sientan a esperar cuando alguien les arrebata uno de sus juguetitos.

Joder, me siento muy tentado de llamarlo yo primero, de restregarle por las narices que su mujercita estaba dispuesta a venirse conmigo antes que a casarse con él. Pero hacer eso sería un acto demasiado impulsivo y mezquino. Si mi idea es utilizar a Sakura para conseguir cierta venganza... seré tan cabrón como él.

Intento alejar ese pensamiento. Mi gente ha sufrido por las maquinaciones de Madara. Yo mismo he sufrido, y he perdido tanto como el que más. Debería estar ansioso por aprovechar esta oportunidad y conseguir un poco de venganza. Quiero vengarme, de verdad. Pero ¿quiero conseguirlo a costa de esta chica que ya ha sido el peón de su madre y de Madara? ¿Soy tan frío como para seguir adelante a pesar de sus protestas?

Supongo que podría preguntarle a ella qué quiere. Vaya, esto es algo nuevo.

Hago una mueca y sirvo una segunda taza de café. Tras reflexionar un momento, le echo un poco de nata y azúcar. Sakura no parece ser de las que se toman el café solo. Aunque pensándolo bien, ¿y yo qué sé? Lo único que sé sobre ella es lo que escriben en las páginas de cotilleo que acechan a los Trece y a las personas de su mundo. Esos supuestos periodistas adoran a las mujeres Haruno, y las persiguen como una jauría de perros. La verdad es que me impresiona que Sakura haya podido salir de esa fiesta sin un séquito detrás. ¿Cuánto es real y cuánto no es más que una ficción inventada con mucha creatividad? Es imposible saberlo. Yo mejor que nadie sé que, a veces, la reputación de una persona apenas se corresponde con la realidad.

Estoy divagando.

En cuanto me percato de ello, suelto un taco, salgo de la cocina y subo las escaleras. No es muy tarde, pero a estas horas me esperaba que la chica se hubiese levantado y estuviese aterrorizando al servicio. Tanto Karin como Suigetsu se han apañado para despertarse del coma etílico al que ellos llaman sueño y se han ido y todo antes de que Sakura se haya levantado.

Odio cómo se abre paso ese tentáculo de preocupación en mi interior. La salud mental de esta chica no es problema mío. No es mi puto problema. Cada vez que Madara y yo nos vemos obligados a interactuar, llegamos al límite. Un paso en falso, y me partirá en dos. Y, lo que es aún más importante, un paso en falso y mi pueblo sufrirá las consecuencias. Estoy poniendo en peligro a mi gente y a mí mismo por esta chica que, seguramente, esté tan ávida de poder como su madre y que, al levantarse, será consciente de que la mejor manera de llegar a ese poder es con el anillo de Madara en el dedo. No me importa lo que les dijera anoche a sus hermanas por teléfono. No puede importarme.

Llamo a la puerta y espero, pero no hay respuesta. Vuelvo a llamar.

—¿Sakura?

Silencio.

Tras un breve debate interno, abro la puerta. Siento un pelín de resistencia, hago un poco más de fuerza y oigo que algo se cae al otro lado de la puerta. Suelto un largo suspiro y entro en la habitación. Me basta un rápido vistazo al dormitorio (veo la mesilla volcada y me doy cuenta de que el edredón no está) para llegar a la conclusión de que la chica se ha pasado la noche escondida en el baño.

Cómo no.

Está en casa del malvado de Sasuke, así que ha asumido que alguien le haría daño mientras dormía indefensa. Ha construido una barricada para protegerse. Me entran ganas de tirar algo contra la pared, pero no me he permitido perder tanto el control desde que abandoné la adolescencia.

Dejo la taza de café y levanto la mesilla; después me tomo un momento para colocarla donde estaba. Cuando la pongo como quiero, voy a la puerta del baño y llamo.

Puedo oírla arrastrar los pies al otro lado. Luego escucho su voz, y suena tan cerca que debe de estar apoyada contra la puerta del baño.

—¿Tienes por costumbre colarte en las habitaciones de la gente sin su permiso?

—¿De verdad tengo que pedir permiso para entrar en una habitación de mi propia casa?

No sé por qué le he contestado. Debería abrir la puerta, sacarla a rastras y enviarla a su casa.

—Si eso es lo que crees que implica ser el dueño de una casa, igual tendrías que hacer que tus huéspedes firmen un documento de renuncia antes de cruzar el umbral.

Es una chica muy rara. Muy... imprevisible. Miro la madera blanqueada con el ceño fruncido.

—Lo pensaré.

—A ver si es verdad. Has sido bastante brusco al despertarme.

Hostia, habla de una forma tan estirada que me entran ganas de arrancar la puerta de las bisagras solo para poder apreciar bien la expresión de su rostro ahora mismo.

—Estabas durmiendo en una bañera. No es que sea la opción más adecuada para una buena noche de descanso.

—Qué estrecho de miras eres.

La fulmino con la mirada, aunque es imposible que ella pueda verlo.

—Sakura, abre la puerta. Me he cansado de esta conversación.

—Tiene pinta de que te cansas a menudo de las cosas. Si consideras que soy pesada, no deberías estar echando mi puerta abajo a estas horas intempestivas de la mañana.

—Sakura. La puerta. Ahora.

—Bueno, si insistes...

Doy un paso hacia atrás al oírla quitar el seguro de la puerta y allí está, de pie en el umbral y con un aspecto despeinado y delicioso. Tiene la melena rubia hecha un desastre, todavía se le marca la almohada en la mejilla, y se ha rodeado el cuerpo con el edredón como si fuese una armadura. Una armadura muy mullidita e inútil, a causa de la cual debe arrastrarse por la habitación con pasitos pequeños para evitar caerse de bruces.

Me entran unas ganas terribles de echarme a reír, pero me contengo. Cualquier reacción por mi parte no haría más que animarla, y esta chica ya me ha aturdido.

«Aclárate de una vez. O la utilizas, o la sacas de aquí.»

Eso es lo único que importa. Le señalo la taza con la mano.

—Café.

Los ojos de color verdes de Sakura se abren un pelín.

—Me has traído café.

—Casi todo el mundo toma café por la mañana. No es gran cosa —Hago una mueca— Aunque Karin es la única persona que conozco que se lo toma con helado.

Se le abren los ojos aún más si cabe.

—No me puedo creer que Karin y Suigetsu hayan sabido de tu existencia durante todos estos años. ¿Cuántas personas más saben que no eres un mito?

—Un par. —Una respuesta agradable, segura y no comprometedora.

Sigue mirándome a la cara como si estuviese buscando los rasgos de alguien que conoce, como si le resultara familiar. Es de lo más desconcertante. Tengo la irracional sospecha de que se aferra con tanta fuerza al edredón para evitar estirar la mano y tocarme.

Sakura ladea la cabeza.

—¿Sabes que hay una estatua de Sasuke en la torre Dodona?

—¿Cómo quieres que lo sepa? Solo he ido a la torre una vez, y Madara no me hizo precisamente una visita guiada. No me apetece repetir la experiencia, a menos que sea para acabar con ese pedazo de cabrón de una vez por todas. Esa fantasía de venganza en particular me ha ayudado a superar más días duros de los que quiero recordar.

Sigue con su tema como si no hubiese respondido a su pregunta, y no deja de analizar mis rasgos, demasiado cerca.

—Pues tiene unas estatuas, una por cada uno de los miembros de los Trece, pero la tuya está cubierta por una tela negra. Supongo que es para indicar que tu linaje ha muerto. Se supone que no existes.

—Ya, estás venga a repetir eso —Me la quedo mirando— La verdad, parece que te has pasado muchísimo tiempo analizando la estatua de Sasuke. No es, ni de lejos, la clase de hombre que Deméter querría que persiguieras.

Y así, sin más, se le despierta algo en los ojos y su sonrisa se ilumina de una forma cegadora.

—¿Qué puedo decir? Soy una decepción constante como hija.

Da un paso y hace una mueca de dolor.

Está herida. Joder, se me había olvidado. Me muevo antes de que pueda decidir si es buena idea. La levanto en brazos, hago caso omiso de sus quejidos, y la poso sobre la cama.

—Te duelen los pies.

—Si me duelen, ya me sentaré yo solita sin ningún problema.

Bajo la mirada, la cruzo con la suya, y entonces me percato de lo cerca que estamos. Siento un desagradable escalofrío de consciencia recorrerme el cuerpo. Y, cuando logro articular palabra, mi voz suena demasiado áspera:

—Pues hazlo.

—¡Lo haré! Ahora, échate hacia atrás. No puedo pensar si estás tan cerca de mí.

Despacio, doy un paso hacia atrás, y luego otro. He cometido un error al dejarla en la cama, porque ahora está despeinada y deliciosa sobre el colchón, y conozco a la perfección qué otras actividades relacionadas con una cama pueden lograr ese aspecto. Joder, es que es preciosa. Posee esa clase de belleza cálida que provoca la misma sensación que un rayo de sol de verano en la cara; como si, acercándome demasiado, pudiera hacerlo desaparecer. Clavo la mirada en esta hermosa y desconcertante mujer, y no estoy convencido de poder utilizarla, aunque fuese para castigar a Madara por todo el daño que nos ha hecho a mí y a los míos.

Meto las manos en los bolsillos y me esfuerzo por hablar con un tono neutro.

—Deberíamos comentar lo que va a pasar ahora.

—Mira, estaba pensando lo mismo. —Con sumo cuidado, Sakura se libera de su mullida armadura y se me queda mirando durante un par de segundos. Es la única advertencia que recibo antes de que haga pedazos mi muro de buenas intenciones— Creo que podemos ayudarnos mutuamente.


Sakura

Pasar la noche durmiendo en la bañera de un desconocido es una buena forma de darle perspectiva a una situación. No tengo adónde ir. No tengo recursos. Ni amigos que no vayan a cumplir los deseos de mi madre. Un invierno no me parecía tan largo cuando aún vivía una vida normal. ¿Ahora? Según lo veo yo, tres meses bien podrían ser una eternidad. Mis hermanas me ayudarían, TenTen gastaría hasta su último centavo para asegurarse de que consigo salir de Olimpo ilesa, pero no puedo dejar que se involucren demasiado. Puede que yo vaya a abandonar la ciudad, pero ellas no. Demostraría una cobardía extrema al aceptar su ayuda para después esfumarme y dejar que se apañen ellas con las consecuencias.

No, en realidad no hay otra opción. Tengo que quedarme a la merced de Sasuke y convencerlo de que podemos colaborar juntos.

No ayuda nada que la tenue luz diurna no le confiera un aspecto menos imponente. Me da la sensación de que este hombre va por ahí con un poco de medianoche metida en el bolsillo. Desde luego, va ataviado para la ocasión con un traje completamente negro. Caro y elegante, además de muy pero que muy sugerente al combinarlo con la barba perfectamente acicalada y la melena. Y esos ojos. Dioses, este hombre parece una especie de demonio diseñado específicamente para tentarme. Si tenemos en cuenta el trato que estoy a punto de ofrecerle, igual me viene hasta bien.

—Sakura —Enarca una sola ceja— Crees que podemos ayudarnos entre nosotros —me recuerda que he dejado la conversación en puntos suspensivos después de soltar esa bomba.

Me atuso el pelo, intento que su presencia no me ponga nerviosa. Me he pasado los últimos años codeándome con gente poderosa, pero esto es distinto. Él es distinto.

—Odias a Madara.

—Pensaba que eso estaba claro no, cristalino.

Lo ignoro.

—Y por alguna razón, Madara se muestra reacio a desafiarte.

Sasuke cruza los brazos sobre el pecho.

—Madara puede fingir que para él no existen las normas, pero ni siquiera él puede alzarse contra todos los Trece. Hemos redactado un tratado muy minucioso. Solo un grupo selecto de gente puede viajar de la zona alta de la ciudad a la baja sin consecuencias, pero él no es una de esas personas. Y yo tampoco.

Parpadeo. Primera vez que oigo esto.

—Y ¿qué ocurrirá si lo haces?

—La guerra —Se encoge de hombros, como si no fuera para tanto. Quizá para él no lo sea— Tú has cruzado por voluntad propia, así que no puede llevarte de vuelta sin arriesgarse a un conflicto en el que se vería envuelto todo Olimpo —Curva los labios— Tu prometido nunca hará nada que ponga en riesgo su poder y posición, así que me dejará hacer lo que me venga en gana para evitar dicha pelea.

Está intentando asustarme. De lo que no se da cuenta es de que, en realidad, me está asegurando que este plan improvisado sí que podría funcionar.

—¿Por qué cree todo el mundo que eres un mito?

—Porque no salgo de la zona baja de la ciudad. No es problema mío que en la alta les guste contar leyendas que poco tienen que ver con la realidad.

Esa respuesta no me deja satisfecha, pero supongo que no necesito la información ahora mismo. Puedo hacerme a la idea sin tener todos los detalles. Con tratado o sin tratado, Madara tiene un interés personal en que Sasuke continúe siendo un mito. Con la desaparición del tercer título hereditario, la balanza del poder se inclina a su favor. Siempre me ha parecido extraño que ignorara por completo a la mitad de Olimpo, pero, ahora que sé que Sasuke es real, tiene más sentido.

Enderezo la espalda mientras le sostengo la mirada.

—Aun así, eso no explica la manera en la que les hablaste a sus hombres anoche. Lo detestas.

Él ni se inmuta.

—Mató a mis padres cuando era muy pequeño. Detestar se queda corto.

La sorpresa casi me deja sin aliento. En realidad, no me sorprende que acusen a Madara de más asesinatos, pero Sasuke habla de la muerte de sus padres con total neutralidad, como si le hubiera ocurrido a otra persona. Trago con dificultad.

—Lo siento.

—Ya. Siempre me lo dicen.

Lo estoy perdiendo. Lo aprecio en la forma en la que recorre la habitación con la mirada, como si debatiera cuál sería el modo más rápido de hacerme un fardo y deshacerse de mí. Respiro hondo e insisto. A pesar de lo que les dijera a aquellos hombres anoche, no cabe duda de que no tiene intención de que me quede por aquí. No puedo permitirlo.

—Úsame.

Sasuke vuelve a centrarse en mí.

—¿Qué?

—No es lo mismo, no está ni de lejos al mismo nivel, pero él me ha nombrado como suya y ahora eres tú el que me tiene.

El estupor pinta sus facciones.

—No te tomaba por alguien que se resignaría con tanta facilidad a ser un peón en la partida de ajedrez entre dos hombres.

La humillación me enciende las mejillas, pero lo ignoro. Está intentando provocarme, y no pienso darle esa satisfacción.

—Ser un peón entre vosotros dos, o un peón para uso de mi madre... al fin y al cabo es lo mismo —Sonrío con alegría, disfruto de la forma en la que se estremece como si lo hubiera golpeado— No puedo volver, ¿sabes?

—Yo no te voy a acoger.

¿Por qué me ha dolido esa frase? No conozco de nada a este hombre, y no tengo intención alguna de que me acoja. Aun así, me irrita que me descarte sin parpadear siquiera. Me esmero para que no me flojee la sonrisa y que mi voz suene alegre.

—Por supuesto, no sería para siempre. En tres meses tengo que irme a un sitio, pero hasta que no cumpla los veinticinco no puedo acceder a mi herencia.

—Tienes veinticuatro años.

Parece más gruñón todavía, si es que es posible, como si mi edad fuera una ofensa personal.

—Sí, veo que sabes contar.

«Para el carro, Sakura. Necesitas que te ayude. Deja de chincharle

No puedo evitarlo. Se me suele dar mejor ganarme a la gente, lo cual hace que se sientan más inclinados a cumplir mis deseos. Sasuke hace que quiera mantenerme en mis trece y llevarle la contraria hasta que se rinda.

Se da la vuelta para mirar por la ventana, momento en el que me percato de que ha vuelto a colocar la mesilla de noche justo donde estaba antes de que la moviera. Es puntilloso con ganas. Algo que no le pega al hombre del saco de Olimpo. Alguien así habría tirado abajo la puerta y me habría arrastrado de los pelos. Estaría más que dispuesto a aceptar mi oferta en vez de estudiar la puerta abierta del baño como si me hubiera dejado el cerebro en la bañera.

Para cuando se gira a mirarme, ya he vuelto a esbozar una expresión plácida y alegre. Sasuke gruñe.

—Quieres quedarte aquí durante tres meses.

—Eso mismo. Mi cumpleaños es el 16 de abril. Me perderás de vista al día siguiente. Todo el mundo me perderá de vista.

—¿A qué te refieres?

—En cuanto me haga con la herencia, pienso sobornar a alguien para que me saque de Olimpo. Los detalles dan igual, lo importante es que me marcho.

Entrecierra los ojos.

—Abandonar la ciudad no es coser y cantar.

—Ni tampoco lo es cruzar el Estigia, pero anoche lo conseguí.

Deja de entrecerrar los ojos y me analiza.

—Pues menuda venganza más triste te has montado. ¿Por qué debería importarme lo que hagas? Como bien has dicho, no piensas regresar con Madara ni con tu madre, y soy yo el que te ha apartado de él. Te quedes aquí o no, te marches ahora o dentro de tres meses, para mí no supondría ninguna diferencia.

Tiene razón, y no hay nada que me dé más rabia. Madara ya sabe que estoy aquí, lo cual quiere decir que Sasuke me tiene con el agua al cuello. Me levanto con cuidado, contengo el intenso estremecimiento de dolor que me recorre al poner peso sobre los pies. Por sus ojos entornados, sé que, aun así, se ha dado cuenta y no le hace ninguna gracia. Da igual lo frío que finja ser; si de verdad fuera tan insensible, no me habría sentado en la cocina para vendarme los pies, no me habría envuelto en mantas para asegurarse de que entrara en calor. No estaría conteniéndose para no volver a lanzarme sobre la cama y evitar que me hiciera más daño.

Junto las manos delante de mí para forzarme a estar quieta.

—¿Y si hurgas en la herida? Por así decirlo.

Me observa con tanta atención que se me pasa algo desternillante por la cabeza: así será como se siente un zorro antes de que suelten a los sabuesos. Si salgo corriendo, ¿me perseguirá? No puedo estar segura y, por eso mismo, el pulso se me acelera en el pecho.

Por fin, Sasuke contesta:

—Te escucho.

—Deja que me quede el resto del invierno. Y todo lo que ello conlleva.

—Ahora no me vengas con misterios, Sakura. Explica lo que me estás ofreciendo con todo detalle.

Mi cara debe de estar como un tomate, pero no permito que me flaquee la sonrisa.

—Si piensa que te he preferido a ti antes que a él, perderá los papeles —Como Sasuke sigue esperando, trago con dificultad— Vives en la zona baja de la ciudad, pero seguro que sabes cómo funciona la cosa al otro lado del río. Mi valor depende de mi imagen. Entre otras cosas, existe una razón por la que no me has visto hacer pública ninguna relación desde que mi madre se convirtió en Deméter.

Ahora que lo pienso, me arrepiento con todas mis fuerzas de haberme sometido a las artimañas de mi madre en ese aspecto. Pensaba que sería más sencillo no remover las aguas mientras ella labraba una reputación para mí y para mis hermanas; no tenía ni idea de que utilizaría dicha reputación para venderme a Madara.

—A Madara se lo conoce por despreciar aquello que él considera bienes mancillados —Respiro hondo— Así que... mancíllame.

Sasuke sonríe por fin y, madre mía, es como si me dispararan con un rayo láser. Me invade un calor que basta para que me cosquilleen las yemas de los dedos y encoja los dedos de los pies. Le sostengo la mirada, atrapada en la intensidad de esos ojos oscuros. Entonces él empieza a negar con la cabeza, sofocando así esa corriente extraña que me recorre el cuerpo.

—No.

—¿Cómo que no?

—Sé que durante tu privilegiada existencia no has oído muchas veces esa palabra, así que te lo dejaré claro. No. Nein. Nyet. Non. Ni de puta coña.

Cada vez estoy más cabreada. Es un plan genial para el poco tiempo que he tenido para elaborarlo.

—¿Por qué no?

Durante un instante, pienso que no va a contestarme. Al final sacude la cabeza.

—Madara no es tonto.

—Supongo que no te equivocas —Aunque se trate de un título hereditario, uno no se hace con el poder de Olimpo y lo mantiene sin tener dos dedos de frente— ¿Qué sugieres?

—Aunque nos libráramos de Karin, tiene espías en mi territorio, al igual que yo en el suyo. Una farsa superficial no bastaría para embaucarlo. Con un informe de nada demostrarían que todo es un engaño, por lo que tu farsa sería una pérdida de tiempo.

Si está en lo cierto, mi plan no va a funcionar. Qué frustrante todo. Ahora me toca a mí cruzarme de brazos sobre el pecho, aunque, por cuestión de principios, me niego a rendirme.

—Entonces lo haremos de verdad.

El pestañeo ralentizado de Sasuke es una recompensa de lo más especial.

—Se te ha ido la cabeza.

—Para nada. Soy una mujer decidida. Aprender y adaptarse, Sasuke —Mi voz despreocupada contradice la forma en la que el corazón me late, con tal fuerza que me está dejando un poco mareada. No me puedo creer que le esté ofreciendo esto, jamás pensé que llegaría a ser así de impulsiva, pero las palabras se me escapan a borbotones— Ese aire taciturno te hace bastante atractivo. Aunque yo no sea tu tipo, podrás cerrar los ojos y pensar en cosas bonitas, o en lo que sea que piense el hombre del saco cuando se rinde al placer carnal.

—Placer carnal —Creo que no ha respirado ni una vez en los últimos sesenta segundos— ¿Eres virgen, Sakura?

Arrugo la nariz.

—Creo que eso no te incumbe, la verdad. ¿Por qué lo preguntas?

—Porque solo una virgen llamaría al sexo «placer carnal».

Ah, conque eso es lo que le echa para atrás.

No debería disfrutar tanto de chinchar a este hombre, pero, a pesar de lo que le he dicho antes, en realidad no creo que vaya a hacerme daño. No se me pone la piel de gallina cuando estamos en el mismo cuarto, lo cual ya le concede una gran ventaja sobre Madara y algunas de las otras personas que frecuentan esas esferas. Además, puede que Sasuke gruña, reaccione con brusquedad e intente bajarme los humos verbalmente, pero le echa miradas furtivas a mis pies como si le estuviera doliendo a él mismo que yo esté incorporada. Es irritante, pero no va a hacerme daño si tanto le preocupa mi comodidad.

Lo miro un poco apenada.

—Sasuke, a pesar de la absurda importancia que le dan a la virginidad en la zona alta, hay un montón de actividades que se pueden considerar carnales y no tienen que ver con la penetración del pene en la vagina. Vaya, pensaba que ya lo sabrías.

Hace una mueca con la boca, pero consigue controlarse antes de esbozar una sonrisa. Después vuelve a mirarme con el ceño fruncido.

—Te veo muy dispuesta a vender tu virginidad a cambio de tu seguridad.

Pongo los ojos en blanco.

—Por favor. No sé qué historia le habrá vendido mi madre a Madara, pero no soy virgen, así que, si es por eso por lo que está a punto de explotarte la cabeza, puedes estar tranquilo. En serio.

Me lanza una mirada más hosca si es posible.

—Tampoco es que eso haga que tu oferta me parezca más atractiva.

Ah, esto es absurdo. Suspiro, cosa que deja entrever mi frustración.

—Qué ingenua he sido al pensar que perteneces al porcentaje de la población humana que no venera el altar del himen.

Suelta un taco, parece que quiere pasarse las manos por la cara.

—Eso no es lo que quería decir.

—Es lo que has dicho.

—Estás tergiversando mis palabras.

—No me digas. —Con esta conversación ya he rebasado los límites de frustración que estoy dispuesta a soportar. Normalmente se me da mejor venderle mis ideas a la gente— ¿Qué problema hay, Sasuke? Dadas las circunstancias, compartimos un interés mutuo. Quieres castigar a Madara por el daño que te ha causado. Yo quiero asegurarme de que se quite de la cabeza los planes que tiene de casarse conmigo. Asegurarme de que se piense que follamos como conejos en todas las superficies que podamos hasta que dejes tu marca en mi piel y ambos consigamos nuestros objetivos. A mí no me tocará ni con un palo y jamás podrá superar el hecho de que hayas sido tú quien me haya «deshonrado» —Sigue sin decir nada. Vuelvo a suspirar— ¿Es porque crees que me estás coaccionando? Porque no. Si no quisiera acostarme contigo, no me ofrecería.

Su sorpresa es tan deliciosa que casi puedo sentir su sabor. Como el resto de Olimpo, este hombre ha visto varias noticias en los medios sobre mí y mi familia, y ha hecho suposiciones. No puedo decir que todas sean falsas, pero esta interacción me causa un placer especial. Conozco bien el papel que mi madre ha escrito para mí de entre las cuatro hermanas: la dulce y risueña Sakura, que siempre sonríe y hace lo que se le manda.

Qué desencaminados andan.

Tampoco es que esté mintiendo del todo. Sí, no es que me queden muchas opciones ahora mismo, pero la idea de acostarme con Sasuke para truncar las posibilidades de que Madara me ponga un anillo en el dedo... le resulta muy atractiva a una parte muy oscura y secreta de mí. Quiero hurgar en la herida, quiero castigar a Madara por actuar como si fuera una obra de arte en una subasta en vez de una persona con capacidad de raciocinio, con sentimientos y planes. Quiero que se revuelva de dolor bajo una daga que haya forjado yo misma, minar su autoridad al escaparme de sus manos para arrimarme a su enemigo. Puede que no sea nada grandilocuente, pero nada es insignificante en lo que a reputación se refiere. Mi madre me ha enseñado muy bien esa lección.

El poder depende tanto de la percepción de los demás como de los recursos de los que una dispone.

—No sé cómo seleccionas a tus compañeros de cama, pero yo no suelo negociar por ese privilegio —Aprieta la mano a un lado— Y más te vale sentarte antes de que me dejes la alfombra perdida de sangre.

—Primero el parqué, ahora la alfombra. Sasuke, sin duda eres un fanático de tu suelo —Después de un fugaz debate interno, me siento bien erguida en el borde del colchón. No podrá centrarse en nada de lo que diga mientras siga de pie. Coloco las manos con remilgo sobre mi regazo— ¿Mejor así?

Sasuke pone la misma cara que mi madre justo antes de que empiece a amenazar con tirar a gente por la ventana. No sé si alguna vez habrá lanzado algo en un arrebato de furia, pero la amenaza resultaba muy efectiva cuando éramos niñas. Niega con la cabeza de forma pausada.

—Apenas. Sigues aquí.

—Au —Le sostengo la mirada— Sigo sin entender cuál es el problema. Anoche me tenías agarrada por la garganta mientras gruñías «mía», y ahora actúas como si te murieras por darme la patada. ¿Es que no soy tu tipo?

Es posible, aunque no me parece que algo así sea un inconveniente para él si de verdad anhela la venganza. Tengo un espejo. Soy una belleza tradicional y todo ese rollo, y eso incluso antes de que mi madre insistiera en que malgastáramos un dineral en tratamientos para el pelo, para la piel y en ropa, aunque yo puse el límite en una operación de nariz.

—A no ser que te ponga más el rollo damisela en apuros. Supongo que podría hacerme pasar por una si es eso lo que te va —Levanto la mirada hacia él y ni me preocupo en adornar mi expresión con ningún artificio o seducción. No va a funcionar con él, de eso no me cabe duda. En su lugar, le dedico una sonrisa burlona, una que contraste un poquito con mi habitual personalidad risueña— ¿Me deseas, Sasuke? Aunque sea un poco.

—No.

Parpadeo. Quizá me he imaginado las llamas de su mirada. Si ese fuera el caso, acabo de quedar como el culo.

—Pues nada. Supongo que este plan no funcionará al fin y al cabo. Discúlpame.

Meto la decepción en una cajita y me la guardo para mí, bien escondida. Era un buen plan, y sé de sobra que me habría encantado darme un revolcón con este hombre taciturno y apuesto para conseguir el resto de mis objetivos.

«En fin.»

Habrá otra forma. Tan solo tengo que averiguar qué pasos he de seguir para llegar hasta ella. Por mucho que no quiera involucrar más a mis hermanas, entre las cuatro conseguiremos encontrar la manera de esconderme durante estos meses.

Me pongo de pie con la mente a kilómetros de distancia. Quizá tenga que aceptar un préstamo de TenTen, pero me aseguraré de devolvérselo con intereses. No sé si el salvoconducto que me han prometido estará disponible antes de tiempo, pero supongo que, si invierto el dinero suficiente en el problema, encontraré una solución. Solo tengo que asegurarme de no darle demasiadas vueltas al porcentaje de la herencia que me voy a fundir en el proceso de saldar deudas con TenTen.

—Sakura.

Me detengo de golpe justo antes de estamparme contra el pecho de Sasuke y levanto la mirada. No es un hombre especialmente corpulento, pero de cerca parece más grande, como si su sombra ocupara más espacio que él en sí. Estamos tan cerca que un movimiento por descuido haría que estuviéramos pecho contra pecho. Es una idea horrible. Me acaba de decir que no me desea, y quizá yo sea tozuda como nadie, pero sé aceptar un rechazo.

Empiezo a retroceder, pero me agarra de los codos para que me quede donde estoy. Casi tan cerca como para que se convierta en un abrazo. En sus ojos oscuros no se aprecia nada, cosa que no debería parecerme excitante. Ver a este hombre perder el control en vivo y en directo es una fantasía que no me puedo permitir. Eso no impide que respire más hondo de lo habitual y, desde luego, no aplaca la sensación de victoria cuando su atención se dirige a cómo mis pechos tensan la fina tela de mi vestido. Aprieta la mandíbula bajo su barba perfectamente cuidada.

—No acostumbro a negociar para acostarme con nadie.

—Sí, eso ya lo has dicho.

Mi voz suena demasiado entrecortada para fingir que no me afecta, pero no puedo evitarlo. Es abrumador, tiene una presencia que podría ser la perdición de cualquiera al que pille desprevenido. Y puede que ni siquiera le importe. Pero a mí no me va a pillar desprevenida. Sé perfectamente en qué me estoy metiendo. O eso espero.

—Supongo que hay una primera vez para todo —murmura.

¿Se está convenciendo a sí mismo o a mí? Podría decirle que la última opción es innecesaria, pero mantengo la boca cerrada. Sasuke por fin se centra en mí.

—Si acepto tus condiciones, serás mía durante los próximos tres meses.

«

Apenas consigo ocultar mi entusiasmo.

—Eso suena a mucho más que sexo.

—Lo es. Te protegeré. Contaremos la historia que a ti más te apetezca. Pero me pertenecerás. Me obedecerás —Aprieta los dedos sobre mis codos de forma fugaz, como si se esforzara por no pegarme a él— Haremos realidad cualquier fantasía depravada que tenga. En público. —Ante mi expresión confundida, aclara— Madara sabe que a veces tengo sexo en público. Eso es a lo que te estás comprometiendo.

«Controla tu reacción, Sakura. Deja que actúe como el lobo grande y malo que tanto quiere fingir ser.»

Me humedezco los labios y lo miro con los ojos bien abiertos. Nunca he tenido sexo en público, la verdad, pero tampoco puedo decir que me desagrade la idea. Para mi sorpresa, me pone.

—Entonces supongo que no me queda otra que sonreír y soportarlo.

—No deberías.

Ah, está para comérselo. No puedo evitar inclinarme un poco hacia delante atraída por la gran fuerza de gravedad que brota de él.

—Estoy de acuerdo con tus condiciones, Sasuke. Que me protejas, que te pertenezca, y hasta que follemos en público y otras perversiones —Debería dejarlo, pero jamás se me ha dado bien negarme aquello que quiero— Supongo que deberíamos cerrar el trato con un beso. Es lo tradicional.

—Lo es.

Su entonación hace que las palabras suenen menos como una pregunta y más como una afirmación. Es tan frío que quizá acabe congelándome hasta los huesos. Debería darme miedo. Hasta la fecha, todas las parejas que he tenido han sido el opuesto de Sasuke: gente dispuesta a tomar lo que les daba sin hacer preguntas, no me exigían nada más. La reputación de mi madre me aseguraba que el miedo que ella les hacía sentir fuera mayor de lo que me deseaban a mí, así que hacían todo lo que estuviera en su mano para mantener la relación en secreto. Pero era seguro, todo lo seguro que puede ser algo para una hija de Deméter mientras vive en Olimpo. Sasuke no lo es. De hecho, dista mucho de serlo, y debería replantearme el trato incluso antes de que comience. Puedo convencerme de que no me queda más opción, pero no es cierto. Lo deseo con cada parte de mi alma oscura que tanto me esfuerzo por mantener bajo llave. No hay cabida en la imagen pública de mujer dulce, risueña y sumisa para aquello por lo que anhelo en la penumbra de la noche. Aquello que de repente estoy segura de que Sasuke puede darme.

Y entonces, su boca está sobre la mía y ya no estoy segura de nada.