Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
4
Sasuke
Sabe a verano, aunque no sé cómo puede tener ese sabor; al menos no cuando ha pasado la noche durmiendo en una bañera, no cuando fuera estamos en pleno invierno... pero así es. Hundo las manos en su pelo y le inclino la cabeza hacia un lado, para tener mejor acceso. Sellar el trato es el más pobre de los pretextos para besarla; nada justifica que mantenga el contacto con ella, que lo profundice. No hay justificación, salvo el deseo que siento por ella. Sakura se acerca para salvar la poquita distancia que había entre nosotros y tengo todo su cuerpo entre los brazos, cálida y delicada y, joder, me mordisquea el labio inferior como si de verdad ansiara lo que está pasando. Como si no me estuviese aprovechando de la situación.
Ese pensamiento rompe el abotargamiento en el que estaba y me obligo a dar un paso hacia atrás, y luego otro. Siempre me he negado a cruzar ciertos límites, unos límites bosquejados que son tan endebles como los que mantienen alejado a Madara de la zona baja de la ciudad. Pero su fragilidad no cambia el hecho de que nunca los he cruzado.
Sakura parpadea extrañada y, por primera vez desde que la conocí anoche, parece auténtica, auténtica de verdad. No es la personificación de un rayo de sol. Ni tampoco la mujer con una tranquilidad escalofriante que está con el agua al cuello. Ni siquiera es la hija perfecta de Deméter que finge ser ante la sociedad. No es más que una mujer que ha disfrutado de ese beso tantísimo como yo... O estoy proyectando mis sensaciones y esta es solo otra de sus tantas caretas. No puedo asegurarlo y, por eso mismo, retrocedo un paso más, el tercero. No me importa lo que el resto de Olimpo piense de mí (del hombre del saco, como me llaman), no puedo dejar que se demuestre que tienen razón.
—Empezamos hoy.
Sakura parpadea otra vez, y las larguísimas pestañas le aletean contra la mejilla con un movimiento que casi puedo oír.
—Pues tengo que hablar con mis hermanas.
—Ya las llamaste ayer por la noche.
Es fascinante ver cómo levanta su escudo para protegerse. Primero endereza la espalda, un poquito nada más. Después, la sonrisa, alegre y de una autenticidad engañosa. Por último, la inocente mirada de esos ojos color avellana. Sakura junta las manos sobre su regazo.
—Los teléfonos de la casa están pinchados. Me lo imaginaba, para qué negarlo.
—Soy bastante paranoico.
Es verdad, pero es una verdad a medias. Mi padre no pudo proteger a su pueblo, proteger a su familia, porque confiaba mucho en la gente. O eso es lo que me han contado toda la vida. Aun sin Kakashi relatándome su versión de lo ocurrido con su propio toque, la realidad es la que es. Mi padre confió en Madara y, por ello, mi madre y él murieron. Fue solo cuestión de suerte que yo no muriera también.
Sakura se encoge de hombros, como si se lo esperara.
—Pues entonces sabrás que mis hermanas son más que capaces de presentarse en la puerta de tu casa si tienen la motivación necesaria, ya tengan que cruzar el río Estigia o no. Son así de complicadas.
Lo que menos necesito es que haya más mujeres como Sakura en mi casa.
—Llámalas. Voy a pedirle a alguien que te busque algo de ropa y te la traiga —digo, y me vuelvo hacia la puerta.
—¡Espera! —Una diminuta grieta en la perfecta tranquilidad de la joven— ¿Y ya está?
Miro hacia atrás, imaginándome que me encontraré miedo o quizá ira. Pero no: si estoy interpretando bien su gesto, es decepción lo que esconde en los ojos. Aun así, no puedo fiarme. La deseo más de lo que me corresponde, y la chica está aquí solo porque no tiene otro lugar al que ir. Si fuese un hombre mejor, la sacaría a escondidas de la ciudad y le daría dinero, el suficiente para que pudiese sobrevivir hasta su cumpleaños. Sakura tiene razón: si tiene la fortaleza necesaria para cruzar el río, tendrá la fortaleza necesaria para marcharse de la ciudad con la ayuda adecuada. Pero no soy un hombre mejor. No importa lo grande que sea el conflicto interno que esto provoca en mí, deseo a esta mujer. Y ahora que se me ha ofrecido con un trato digno del diablo, pienso tomarla.
Pero todavía no. No hasta que nos sirva de algo a los dos.
—Ya hablaremos esta noche.
Me deleito en el bufido de irritación que suelta mientras me encamino a la puerta y me marcho a mi despacho. Habrá consecuencias por mis actos de anoche; consecuencias por el trato que acabo de hacer con Sakura. Tengo que preparar a mi pueblo para dichas consecuencias.
No me sorprende lo más mínimo encontrarme a Kakashi esperándome en el despacho. Tiene en la mano una taza que bien podría contener café o whisky (o quizá ambos), y lleva sus pantalones de vestir de siempre y el jersey de lana, como si fuera la combinación de un pescador y un director ejecutivo más rara del mundo. Los tatuajes que le adornan las curtidas manos y que le suben por el cuello no hacen más que acentuar la disparidad. El poco pelo que le queda lleva mucho tiempo blanco, por lo que aparenta todos y cada uno de los setenta años que tiene.
Levanta la mirada cuando entro en el despacho y cierro la puerta tras de mí.
—Me han dicho que le has robado la mujer a Madara.
—Ella solita cruzó la frontera.
Kakashi niega con la cabeza.
—Treinta y pico años evitando problemas y ahora lo mandas todo a la mierda por una monada con minifalda.
Le lanzo la mirada que se merece esa afirmación.
—Siempre cedo demasiado cuando se trata de ese cabrón. Antes era necesario, pero ya no soy un crío. Ha llegado el momento de ponerlo en su lugar. Es justo lo que llevo esperando desde que crecí lo suficiente para comprender la verdadera magnitud de todo lo que me había arrebatado. Esa es la razón por la que llevo años recopilando información sobre él. Esta es una oportunidad que no puedo dejar escapar.
Kakashi lanza un suspiro, largo y lento, y veo cierto dolor reminiscente reflejado en sus llorosos ojos oscuros.
—Va a machacarte.
—Igual hace diez años hubiera podido. Pero ahora ya no.
He sido muy cuidadoso, y además he fortalecido mi influencia a propósito. Madara mató a mi padre cuando todavía no se había hecho a su título y carecía de experiencia para diferenciar a un amigo de un enemigo. Yo he tenido toda la vida para prepararme para cuando llegara el momento de enfrentarme a ese monstruo. Aunque no era más que un Sasuke de decoración antes de mi decimoséptimo cumpleaños, llevo dieciséis años al mando de verdad. Ahora ha llegado el momento de hacerlo, de establecer mis límites y desafiar a Madara para ver si cruza la línea. Nadie puede saber si tendré otra oportunidad como la que me ofrece Sakura, una oportunidad para humillar a Madara y salir a la luz pública de una vez por todas. Solo de pensar en tener todas las miradas de Olimpo sobre mí me basta para que se me abra un agujero en el estómago, pero Madara lleva demasiado tiempo ya ignorando la zona baja de la ciudad y fingiendo que él es el gobernante, y no yo.
—Es el momento, Kakashi. Hace tiempo que es el momento.
Otra negación con la cabeza, como si le hubiese decepcionado. Odio lo mucho que me afecta, pero Kakashi ha sido el gran referente de mi vida durante muchísimo tiempo. Y que se retirara hace un par de años no cambia eso en lo más mínimo. Es el tío que nunca he tenido, aunque jamás intentó ejercer el papel de padre. No es tonto.
Al final, Kakashi se inclina hacia delante y me pregunta:
—¿Qué has planeado?
—Tres meses puteándolo. Si cruza el río e intenta recuperar a su prometida, ni siquiera el resto de los Trece lo apoyará. Por algo crearon el acuerdo.
—Los Trece no salvaron a tu padre. ¿Qué te hace pensar que te salvarán a ti?
Durante estos años hemos tenido la misma discusión miles de veces.
Reprimo mi enfado y desvío toda mi atención hacia él.
—Pues que el acuerdo no existía cuando Madara mató a mi padre.
Es una puta mierda saber que mis padres tuvieron que morir para que se creara dicho acuerdo, pero, si se produce una batalla campal entre los Trece, perjudicará su balance, y es lo único que de verdad les importa. Fue una de las pocas veces en la historia de la ciudad en que los Trece aunaron fuerzas el tiempo suficiente para desafiar el poder de Madara y consiguieron imponer un acuerdo que nadie está dispuesto a romper.
Madara no puede venir aquí, y yo no puedo ir allí. Nadie puede herir a otro miembro de los Trece o a sus familias sin que lo borren de la faz del planeta. Es una puta vergüenza que esa regla no se aplique a las Hera. En el pasado, era uno de los títulos más poderosos, pero los últimos Madara lo han ido reduciendo con los años, y ahora es poco más que una figura para sus cónyuges. Le ha permitido a Madara hacer lo que le viniera en gana sin consecuencia alguna, porque ahora Hera no es más que una extensión de su posición en vez de un título por sí solo.
Si Sakura se casa con él, el acuerdo no amparará su seguridad.
—Un plan casi infalible.
Se me escapa una sonrisa, aunque siento cómo me tira la piel.
—¿Te quedarías más tranquilo si redobláramos la vigilancia en los puentes por si acaso Madara intentara hacer desfilar el pequeño ejército de Ares por el río?
Eso no pasará, y ambos lo sabemos, pero ya se me había ocurrido lo de aumentar la seguridad ante la remota posibilidad de que Madara intentara atacarnos. No me pillará desprevenido como les pasó a mis padres.
—No —se queja Kakashi— Pero supongo que algo es algo. —Kakashi apoya la taza en la mesa y continúa— La chica no se puede quedar aquí. Búrlate de él si es necesario, pero ella no puede quedarse. Madara no lo permitirá. Quizá no pueda atacarte a ti directamente, pero seguro que monta una trampa para pillarte incumpliendo el acuerdo y, entonces, toda la fuerza de esos imbéciles petulantes caerá sobre ti. Y ni siquiera tú podrás soportarla. Y tu gente tampoco, desde luego.
Ya tardaba. El constante recuerdo de que no soy un hombre cualquiera, de que cargo con el peso de un montón de vidas a mis espaldas. En la zona alta de la ciudad la responsabilidad de las vidas de los ciudadanos se reparte entre doce espaldas. En cambio, en la zona baja, solo estoy yo.
—No será un problema.
—Ya, eso lo dices ahora, pero, si fuese verdad, jamás la habrías traído hasta aquí.
—No está cautiva.
La simple idea resulta absurda. No puedo reprocharle a Sakura que no quiera lucir el anillo de Madara en el dedo, pero no deja de ser una monada de princesita a la que le han dado todo lo que ha querido durante toda su vida. Quizá le guste lo de pasear por el lado salvaje durante el invierno, pero se pasaría la noche llorando de pensar que podría ser algo permanente. No importa. No toleraría mucho tiempo a una mujer así.
Al final, Kakashi asiente.
—Bueno, supongo que ahora ya no vale la pena preocuparse. Te las apañarás.
—Seguro.
De una forma u otra.
¿Qué hará falta para incitar a Madara a que incumpla el acuerdo? Poca cosa, imagino. Su furia es legendaria. No le hará mucha gracia que yo deshonre a su bonita prometida ante todo el mundo. Es tan fácil como organizar un pequeño espectáculo delante de la gente adecuada, que seguro que pondrán en marcha la maquinaria de los cotilleos, y la historia se propagará como el fuego por todo Olimpo. Si bastante gente comenta el tema, Madara pensará que debe cometer una temeridad. Algo que tendrá consecuencias de verdad. Es más, la gente de Olimpo por fin se topará de frente con la verdad. Sasuke no es ningún mito, pero me encantará representar el papel del hombre del saco en la vida real si así consigo mis objetivos.
Kakashi luce una mirada meditabunda en el rostro.
—¿Me mantendrás informado?
—Claro—Me siento en el borde del escritorio—Justo cuando te recuerde que te has jubilado ya.
—¡Bah! —Desdeña mi comentario con un gesto de la mano— Ya te pareces a ese gilipollas de Naruto.
Si tenemos en cuenta que Naruto es su nieto biológico y que está a punto de convertirse en mi mano derecha, la palabra gilipollas no encaja con su descripción. Tiene veintisiete años y es más competente que casi todas las personas que trabajan para mí.
—No te lo dice a malas.
—Es un entrometido.
Llaman a la puerta, y asoma la cabeza de dicho entrometido. Es la viva imagen de su abuelo, aunque tiene la espalda ancha y una mata de pelo rubia le cubre toda la cabeza. Pero está todo ahí: los vivos ojos azules, la mandíbula cuadrada y la confianza en sí mismo. Ve a Kakashi y sonríe.
—Hola, abu. Parece que te vendría bien echarte la siesta.
—No te creas que no puedo darte un buen azote en el culo como cuando tenías cinco años, chaval —contesta el aludido fulminándolo con la mirada.
—Ni se me pasaría por la cabeza —Su tono indica todo lo contrario, pero a Naruto le gusta jugar con fuego siempre que se topa con Kakashi. Entra en el despacho y cierra la puerta tras de sí— ¿Querías verme?
—Tenemos que revisar los cambios del horario de los guardias.
—¿Hay problemas? —Le brillan los ojos al pensarlo— ¿Tiene algo que ver con la chica?
—Se va a quedar aquí una temporada —Puede que le haya contado todos mis planes a Kakashi, pero se ha ganado el derecho después de todos los sacrificios que ha hecho para mantenerme con vida y mantener a flote nuestra zona. No me siento preparado para hablar del tema con nadie más que con Naruto, aunque no tardo nada en echar el cierre para guardarme mis mierdas para mí— Dile a Mente que rebusque en su armario y le deje un par de cosas a Sakura hasta que tenga tiempo para encargarle más.
—A Mente le va a encantar la idea —responde él enarcando una ceja.
—Lo superará. Se lo reembolsaré todo.
No es que eso vaya a suavizar su reacción ante mi petición, y menos cuando Mente es la hostia de egoísta con todo lo que para ella es de su propiedad, pero es la mejor idea que se me ha ocurrido ahora mismo.
Necesito todo el día de hoy para colocar bien mis defensas y proteger a mi gente de lo que estoy a punto de hacer. ¿Y mañana? Mañana anunciaremos lo nuestro con tanto bombo y platillo que hasta esos gilipollas mimados de la torre Dodona se van a enterar de lo que pasa.
Suena el teléfono y sé quién me llama antes incluso de rodear el escritorio para cogerlo. Miro a los dos hombres que están en mi despacho, y Naruto se deja caer en la silla que hay junto a la de su abuelo. No dirán palabra. No dejo que se me escape ni un suspiro para prepararme. Me limito a contestar la llamada.
—Diga.
—Tienes un buen par de cojones, cabronazo.
La satisfacción me embarga por completo. Durante todos estos años, Madara y yo hemos tenido motivos para enfrentarnos en varias ocasiones, y él siempre se ha mostrado condescendiente y fanfarrón, como si su presencia ante mí fuese todo un obsequio por su parte. Ahora mismo, por su voz solo parece furioso.
—Madara, me alegra que me hayas llamado.
—Devuélvemela inmediatamente, y nadie se enterará de tu pequeña infracción. Supongo que no querrás hacer nada que pueda poner en peligro la delicada paz en la que vivimos.
Después de todos estos años todavía me sorprende que piense que soy tonto. Hubo una época en la que su chulería me habría despertado el pánico en el pecho, pero ya he crecido mucho desde entonces. Ya no soy el niño pequeño al que podía mangonear. No alzo el tono de voz, plenamente consciente de que eso lo enfurecerá aún más.
—No he roto el acuerdo.
—Te has llevado a mi esposa.
—No es tu esposa —He sido demasiado brusco, y me tomo medio segundo para eliminar cualquier rastro de emoción de mi voz— Cruzó el puente por voluntad propia —Debería dejarlo estar ahí, pero una fría furia se apodera de mí. Se cree que puede joderle la vida a la gente solo porque es Madara. Puede que sea así en la zona alta de la ciudad, pero la baja es mi reino, mi territorio, por mucho que el resto de Olimpo piense lo contrario— De hecho, estaba tan desesperada por escapar de ti que se dejó los pies en carne viva y casi pilla una hipotermia. No tengo claro qué es para vosotros, los de la zona alta, el amor, pero aquí esa no nos parece una reacción normal a una pedida de mano.
—O me la devuelves o sufrirás las consecuencias de tus actos. Como tu padre.
No me inmuto ante sus palabras solo gracias a los años que llevo aprendiendo a enmascarar mis emociones. Menudo hijo de puta.
—Ha cruzado el río Estigia. Ahora es mía, por el poder del acuerdo y sus términos —Bajo un poco el tono de voz y añado— Puedes tenerla si quieres cuando acabe con ella, pero ambos sabemos cómo me gustan a mí los jueguecillos. Poco quedará de la princesa inmaculada por la que jadeas.
Me repugna pronunciar esas palabras, pero no importa. Sakura coincidió en que el objetivo es hacer leña del árbol caído. Y discutir con Madara por ver quién la tiene más grande solo forma parte de ese objetivo.
—Si llegas a ponerle uno solo de esos sucios dedos encima, te mato.
—Voy a ponerle más de un dedo encima —Me obligo a hablar con un deje de diversión en la voz— Qué gracioso, ¿no? La chica prefiere acceder a cualquier depravación que quiera hacerle a ese ceñido cuerpecillo antes que dejar que tú la toques. —Suelto una risilla— Bueno, a mí me resulta gracioso.
—Sasuke, es la última vez que te lo ofrezco. Será mejor que lo pienses bien —El enfado ha desaparecido de la voz de Madara, y solo queda una apática tranquilidad— Si me la devuelves en veinticuatro horas, haré como que nada de esto ha sucedido. En caso contrario, destruiré todo lo que te importa.
—Demasiado tarde, Madara. Ese barco zarpó hace treinta años —Cuando provocó el incendio que mató a mis padres y que me dejó el cuerpo cubierto de heridas. Dejo que el silencio se estire un par de segundos más antes de añadir— Ahora me toca a mí.
Sakura.
Una chica alta de pelo castaño, con actitud huraña y pinta de poder aplastarme la cabeza con solo una mano, me trae una pequeña selección de vestidos. No me da tiempo a preguntarle su nombre antes de que se vaya y me vuelva a quedar sola.
La llamada con mis hermanas ha ido todo lo bien que esperaba. Están furiosas porque las esté manteniendo al margen, aunque sea por su propio bien. Creen que mi plan es horrible. Estoy segura de que seguirán intentando dar con otra opción, pero no puedo detenerlas.
Todo esto casi consigue distraerme del sol que recorre el cielo para acercarse al horizonte. De lo que sé que viene ahora. O mejor dicho, de lo que no sé. A Sasuke le encanta soltar noticias alarmantes y proporcionar la información que las respalde con cuentagotas. Me ordena que esté preparada, pero no me dice para qué debería estarlo. Y luego está lo de ese beso. Me he pasado todo el día intentando no pensar en lo placentero que fue tener su boca sobre la mía, y he fracasado. Si no se hubiera apartado, no sé qué habría hecho, y eso debería asustarme. Todo lo que tenga algo que ver con esta situación debería asustarme, pero no pienso dejar que Sasuke me intimide para que tire la toalla. Sea lo que sea lo que haya planeado para esta noche, no puede ser peor que Madara. De eso estoy segura.
Me tomo mi tiempo para prepararme. En esta habitación dispongo de una cantidad sorprendente de productos capilares, lo cual me lleva a preguntarme si Sasuke tiene la costumbre de alojar a mujeres en ella. No es de mi incumbencia. Todo lo que necesito saber es que podría salir de esta habitación y de esta casa cuando me venga en gana.
Los vestidos son todos preciosos, pero varias tallas más grandes que la mía. Me encojo de hombros y opto por el más simple, un vestido de tubo bordado con cuentas, cuyo estilo es similar al que llevaba anoche. Las cuentas añaden algo de peso a la tela y me gusta cómo se mueve. Estoy echándole un ojo a los zapatos que ha dejado la mujer y sopesando mis opciones cuando alguien toca a la puerta.
«Empieza el espectáculo.»
Respiro hondo y me dirijo a abrir. Sasuke está ahí plantado y, por todos los dioses, nunca he visto a un hombre al que le siente mejor ir trajeado todo de negro que a él. Es como una sombra viviente, una muy pero que muy sexy. Baja la vista y le lanza una mirada ceñuda a mis pies. Los arrastro hacia atrás, de repente me siento cohibida.
—Voy a ponerme zapatos.
—No seas ridícula.
No puedo cabrearme más. Y me vendrá mejor sumirme en una batalla verbal que dejar que el miedo y la incertidumbre se hagan con el control de todo.
—No estoy siendo ridícula.
—Tienes razón. Llevar tacones menos de veinticuatro horas después de que te mutilaras los pies no es ridículo. Es una estupidez —Ahora me mira con el ceño completamente fruncido— Igual que recorrerte Olimpo con solo un vestido de seda en plena noche.
—No sé por qué hemos vuelto a sacar el tema.
—Hemos vuelto a sacar el tema porque comienzo a ver un patrón en el que no priorizas tu salud y seguridad.
Parpadeo.
—Sasuke, solo son zapatos.
—Y ¿qué diferencia hay?
Accede al cuarto con un claro intento en mente. Retrocedo.
—Ni se te ocurra cogerme en brazos. —Atizo el aire que se encuentra entre nosotros— Ya he tenido suficiente.
—Qué mona.
Su voz suena como si pensara que soy de todo menos eso. Sasuke se mueve tan deprisa que, a pesar de anticiparlo, no consigo mucho más que dejar escapar un graznido ridículo antes de que me tome en brazos. Me quedo helada.
—Suéltame.
El beso de antes es una cosa. Acordar acostarme con él, otra. Pero esto es totalmente diferente. Que me pegue a su cuerpo mientras atraviesa los pasillos de la casa para que yo no me haga más daño... es una sensación muy diferente. Saber que no quiere que me haga daño ha sido una herramienta útil esta mañana. Ahora parece más bien un inconveniente que no sé cómo superar.
—No tienes que cuidarme.
—Ya, porque tú estás haciendo un trabajo excelente. —Suena tan molesto por la situación que me animo de inmediato.
Vuelve a aparecer mi irritante deseo de fastidiarlo, y ni me molesto en resistirme. En vez de eso, apoyo la cabeza en su hombro y jugueteo con su barba.
—Quizá solo quería que me llevara en brazos un hombre fuerte que está empecinado en salvarme.
Sasuke arquea una sola ceja, con lo cual consigue transmitir escepticismo y burla al mismo tiempo.
—No me digas.
—Uy, sí. —Aleteo las pestañas— Estoy muy indefensa, ¿sabes? ¿Qué haría yo si un caballero de oscura armadura no viniera a salvarme de mí misma?
—Yo no soy ningún caballero.
—En eso estamos de acuerdo.
Vuelvo a tirar con delicadeza de su barba. Me gusta la manera en la que me abraza más fuerte cuando lo hago. Se está esforzando por colocar las manos en el vestido y no tocarme, pero la idea de que sus dedos se hundan en mi piel mientras hace... otras cosas... es suficiente para que me acalore.
—Estate quieta.
—Hay una solución muy simple. Suéltame y deja que camine. Problema resuelto.
Sasuke baja por las escaleras hasta el piso principal, y después continúa su camino. Parece que va a ignorarme, lo cual es una forma de ganar la discusión. Yo utilizaba la misma táctica con Ino cuando éramos pequeñas y no paraba de robarme los juguetes para llevarlos de fantásticas aventuras. Las peleas no funcionaban para conseguir que dejara de hacerlo. Ir a chivarme a mi madre estaba descartado. Contárselo a TenTen resultaría en «arreglar» el problema destruyendo los juguetes en cuestión. No, lo único que funcionaba era hacer como si Ino fuese invisible. Al final, siempre daba su brazo a torcer y me devolvía los juguetes. A veces incluso se disculpaba.
Yo no pienso dar mi brazo a torcer.
Me parece que nuestra conversación ha terminado, así que me acurruco en sus brazos como si fuera justo donde quiero estar. Como nuestros cuerpos están pegados, siento que se va tensando cada vez más. Escondo mi sonrisa contra su camisa. «Chúpate esa.»
Por fin se detiene delante de una puerta. Una puerta negra. Es totalmente plana, no tiene paneles que alteren su superficie, y brilla misteriosamente bajo la luz tenue. Contemplo nuestro reflejo distorsionado. Es casi como escudriñar el interior de una piscina bajo la luna nueva. Tengo la extraña sospecha de que, si la toco, atravesaré la superficie con la mano.
—¿Vamos a saltar dentro?
Solo entonces vacila.
—Esta es tu última oportunidad para echarte atrás. En cuanto entremos ahí, te habrás comprometido.
—Comprometido al depravado acto de tener sexo en público —Me parece adorable el modo en que sigue insistiendo en darme la opción de librarme de esta. Me reclino lo suficiente para ver su rostro, para que él pueda ver el mío. No siento el conflicto que aprecio en sus ojos oscuros— Ya he dicho que sí. No voy a cambiar de opinión.
Espera un instante. Dos.
—En ese caso, tienes que escoger una palabra de seguridad.
Abro los ojos como platos antes de poder controlar la reacción. Leo mucho y sé que hay un tipo de entretenimiento muy específico que requiere de una palabra de seguridad. Me pregunto qué clase de aliciente prefiere Sasuke. ¿Látigos, bondage o humillación? Quizá las tres sean correctas. Una delicia de lo más sinuosa.
Interpreta mi sorpresa como confusión.
—Considéralo como un freno de emergencia. Si la cosa se pone muy intensa o ves que te sobrepasa, dices la palabra de seguridad y lo paramos. Sin preguntas, sin explicaciones.
—Así, sin más.
—Así, sin más —confirma. Sasuke le echa un vistazo a la puerta y después me vuelve a mirar a mí— Cuando he dicho que no negocio para acostarme con gente, no era del todo cierto. Cada encuentro sexual tiene cierta parte de negociación en él. Lo que quería decir en realidad es que valoro el consentimiento. El consentimiento porque no te queda otra opción no es consentimiento.
—Sasuke, ¿tienes pensado soltarme antes de que atravesemos esa puerta? Donde quiera que conduzca.
—No.
—Así que... ¿el consentimiento solo se aplica al sexo?
Se tensa como si estuviera a punto de darse la vuelta y llevarme de nuevo a mi habitación.
—Tienes razón. Esto ha sido un error.
—Espera, espera, espera —Es tan tozudo que me dan ganas de besarle. En vez de eso, le frunzo el ceño— Ya hemos hablado de esto antes, sin importar cómo quieras llamarlo ahora. Tengo otras opciones. Y quiero esta. Solo te estaba tomando el pelo por lo de llevarme en brazos.
Por primera vez desde que nos conocimos, parece que de verdad me está mirando. Sin restricciones. Sin máscaras de hostilidad. Sasuke baja la vista hacia mí como si quisiera comerme mordisco decadente a mordisco decadente. Como si ya se le hubiera ocurrido una docena de formas en las que quiere poseerme y las tuviera planeadas al más mínimo detalle. Como si ya fuera mi dueño y su intención fuera reclamarme entera delante de quien haga falta.
Me humedezco los labios.
—Si te digo que me gusta que me lleves en brazos, ¿vas a hacerlo todo el rato durante los tres meses que nos quedan por delante? ¿O piensas castigarme haciéndome andar por cuenta propia?
Hace unos minutos, diría que estaba jugando con la psicología inversa, pero, ahora mismo, ya ni sé qué quiero que me responda.
Al final se da cuenta de que estoy de broma, y me desconcierta al poner los ojos en blanco.
—No deja de sorprenderme lo mucho que te empeñas en complicarme las cosas. Elige una palabra de seguridad, Sakura.
Un estremecimiento me recorre al comprenderlo. Bromas aparte, esto es real. Vamos a hacerlo de verdad y, una vez que crucemos esa puerta, puede que respete mi palabra de seguridad, pero tampoco tengo modo de saber si va a hacerlo. Hace dos días, Sasuke no era más que un mito del pasado que podría haber existido hace unas cuantas generaciones. Ahora es demasiado real.
Al final, no me queda otra que confiar en mis instintos, lo cual significa confiar en Sasuke.
—Frambuesa.
—No está mal.
Atraviesa la puerta y entramos en otro mundo. O, al menos, esa es la sensación que me da. La luz se mueve de manera extraña y me lleva unos instantes percatarme de que es un astuto truco hecho con las lámparas y el agua para proyectar cintas de luz danzante por el techo. Es casi el polo opuesto del salón de banquetes de Madara. No hay ventanas, pero no es agobiante, porque unos anchos tapices de color rojo le conceden a la estancia un aspecto provocativo y pecaminoso. Incluso hay un trono como los dioses mandan, aunque, al igual que el resto de la sala, es negro y la verdad es que parece cómodo.
En cuanto caigo, me entra la risa.
—Madre mía, sí que eres infantil.
—No tengo ni idea de qué estás hablando.
—Pues claro que sí. Lo único que le falta es un retrato gigante de tu persona.
Debe de haber visto el salón de banquetes en algún momento, porque ha construido algo que es la antítesis. Es un cuarto más pequeño y tiene más muebles, pero es imposible no ver las coincidencias. Es más, no se parece en nada al resto de la casa. Está claro que a Sasuke le gustan las cosas caras, pero las partes de su hogar que he visto hasta ahora parecen acogedoras y habitadas. Esto es tan frío como la torre de Madara.
—No necesito un retrato gigante —espeta con sequedad— Cualquiera que atraviese estas puertas sabe quién manda aquí.
—Qué infantil —repito y me río— Me gusta.
—Tomo nota.
No puedo estar segura, pero creo que está intentando sofocar una sonrisa.
Para no quedarme mirando su hermoso rostro como una boba enamorada, echo un vistazo a los cómodos sofás y sillones (todos de cuero) repartidos de forma estratégica por el espacio. También los muebles que reconozco por descripción pero que hasta ahora no había visto. Un potro para azotar. Una cruz de San Andrés. Una estructura de la que podrían colgar a una persona si alguien se pone creativo con las cuerdas.
Además, en este lugar no hay ni un alma.
Me revuelvo en los brazos de Sasuke y lo contemplo.
—¿Qué es esto?
Me deja sobre el sofá más cercano y paso los dedos por el cuero liso. Como cualquiera de los muebles que veo, es perfecto y prístino. Y frío. Increíblemente frío. Es justo lo que habría esperado de Sasuke según el mito que lo rodea, pero no se parece en nada al hombre de verdad. Levanto la vista y descubro que me observa con atención.
—¿Qué? ¿Por qué no hay nadie?
Sasuke niega con la cabeza, despacio.
—¿Pensabas que te echaría a los leones la primera noche? Qué poco te fías de mí, Sakura.
—No tengo por qué hacerlo —Me queda demasiado cortante, pero había hecho acopio de todo mi coraje para esto y la decepción me ha dejado descolocada. Este lugar me deja descolocada. No es lo que me esperaba, ni por asomo. Él no es para nada lo que me esperaba— Tienes que marcarme como tuya y tiene que ser ahora.
—Y tú tienes que dejar de decirme lo que tengo que hacer. —Recorre la estancia con una mirada pensativa— Dices que no eres virgen, pero ¿has probado el fetichismo antes?
Me pilla totalmente desprevenida. No serviría de nada mentir, al menos no a estas alturas.
—No.
—Eso pensaba.
Se quita la chaqueta y se arremanga la camisa. Ni siquiera me mira, no presta atención a la forma en la que devoro cada centímetro de su piel desnuda con los ojos. Tiene unos antebrazos musculosos y tatuados, aunque no consigo descifrar qué representan los dibujos. Parecen torbellinos, y me lleva rato percatarme de que los tatuajes son en realidad cicatrices en movimiento. ¿Qué le ha pasado a este hombre?
Se sienta a mi lado, dejando un cojín de separación entre los dos.
—Hay algunas cuestiones previas a las que me tienes que responder. Se me escapa una risa de la sorpresa.
—No sabía que esto fuera una entrevista.
—Y no lo es.
Se encoge de hombros, parece un rey por la manera en la que ocupa mucho más espacio del que le toca sin vergüenza alguna. Ni siquiera es cosa de su cuerpo, tampoco es que sea muy corpulento. Es su presencia. Llena este enorme cuarto hasta que apenas puedo respirar. Sasuke me observa con demasiada atención, y tengo la incómoda sensación de que está registrando cada una de mis microexpresiones.
Al final, hace un gesto con el que abarca la estancia.
—Puede que este trato tenga un propósito más allá del placer, pero no me interesa traumatizarte. Si vas a acostarte conmigo, lo mínimo es que tú también lo disfrutes.
Parpadeo.
—Qué considerado por tu parte, Sasuke.
Mi sarcasmo le entra por un oído y le sale por el otro. Aunque estoy convencida de que contrae los labios.
—Las respuestas serán «sí», «no», «quizá».
—Yo...
—Bondage.
Me arde el cuerpo solo de pensarlo.
—Sí.
—Sexo en público.
«No.»
Pero esa respuesta no es la verdad. La verdad es que la mera idea hace que estalle en llamas. Le miro a la cara, pero no me ofrece nada. Ni me anima. Ni me juzga. Quizá por eso soy capaz de responder con sinceridad.
—Ya hemos hablado de esto. Sí.
—Tenía que asegurarme.
Continúa con su lista. Da opción tras opción y yo intento contestar con la mayor sinceridad posible. No había pensado demasiado en la mayoría de las prácticas más allá de la ficción. Sé lo que me excita y hace que me acalore en los libros que leo, pero la posibilidad de llevarlo a cabo en la vida real es casi demasiado para mí.
La conversación, si es que se puede llamar así, dista de ser cómoda, pero sí que me deja más tranquila. Está haciendo los deberes como toca en vez de lanzarme sin red. No consigo recordar la última vez que fui objeto de tan intensa atención; esa idea hace que el calor me recorra en lentas oleadas y que se me acelere la respiración al pensar en llevar a cabo todas las cosas que Sasuke ha nombrado.
Al final, se reclina en el sofá con una expresión pensativa.
—Suficiente.
Espero, pero su mirada está perdida en la lejanía. Como si yo no estuviera en la habitación. Abro la boca, pero decido no interrumpirlo allá donde haya ido en sus pensamientos. En vez de eso, me pongo de pie y camino hasta el mueble erótico que tengo más cerca. Parece una versión desalmada de la camilla en la que te sientas al ir al médico y quiero ver cómo funciona exactamente.
—Sakura.
La severidad de su tono hace que me salgan raíces de los pies y me quede plantada donde estoy. Miro por encima del hombro.
—¿Sí?
—«Sí, señor» es la respuesta correcta cuando estamos aquí dentro —Señala el asiento que he dejado libre— Siéntate.
—Y ¿qué pasa si no te hago caso? —Chasqueo los dedos.
Vuelve a contemplarme con atención, con el cuerpo tenso y preparado, como si fuera a saltarme encima a la mínima oportunidad. Quizá debería darme miedo, pero no es el miedo lo que hace que me bombee la sangre como un tambor. Es la excitación. Sasuke se inclina hacia delante muy despacio, con toda la intención.
—Entonces tendré que castigarte.
—Ya veo —pronuncio con lentitud. Cuántas opciones. No hay nadie mirando ahora mismo, nadie ante el que aparentar. No tengo que ser perfecta, alegre, risueña, ni ninguna de las etiquetas que he ido adquiriendo a lo largo de los años. Ser consciente de ello me deja con una sensación vertiginosa, casi como si estuviera borracha. Vuelvo a contemplar la estancia— ¿Qué significa este lugar para ti? ¿La desaparición de las etiquetas?
—Este lugar es la etiqueta en sí —Cuando frunce el ceño, suspira— Los métodos para hacerse con el poder son muy limitados. Miedo, amor, lealtad. Los dos últimos son volubles en el mejor de los casos, el primero es muy complicado de obtener a no ser que estés dispuesto a ensuciarte las manos.
—Como Madara —murmuro.
—Como Madara —corrobora— Aunque ese capullo es lo bastante encantador para no tener que ensuciarse las manos cuando no le apetece.
—Y ¿tú te ensucias las manos? —Ojeo la sala una vez más, ahora empiezo a entenderlo todo— Aunque, bueno, no tendrías por qué hacerlo si todo el mundo te temiera, ¿me equivoco?
—La reputación lo es todo.
—Eso no es una respuesta.
Sasuke me analiza.
—¿La necesitas?
¿La necesito? No es imprescindible para nuestro trato, ya he aceptado y ahora no tengo intención de echarme atrás. Pero no puedo evitar que me pique la curiosidad y se niegue a apartar su aguijón. Mi fascinación con Sasuke viene de lejos, pero conocer al hombre real que se esconde tras el mito es mil veces más fascinante. Ya he adivinado el propósito de este cuarto, de su escenario cuidadosamente diseñado. Quiero saber más sobre él. Le sostengo la mirada.
—Quiero una respuesta, si es que estás dispuesto a dármela.
Durante un instante, me parece que no va a contestar, pero al final asiente.
—La gente ya siente predisposición a temer a Sasuke. Como has señalado varias veces, el título es el del hombre del saco de Olimpo. Me aprovecho de ello, lo intensifico. —Señala la estancia con un gesto— Doy fiestas exclusivas con miembros selectos de la zona alta. Mis gustos ya eran depravados de por sí, solo he usado dicha predilección para servir a mi propósito.
Analizo la sala y me centro en el trono. Todo para crear esa imagen mítica que proyecta Sasuke, un rey oscuro en contraposición con el oro de Madara. Ninguna de las imágenes que presentan a su audiencia son la realidad, pero prefiero la de Sasuke de lejos.
—Así que te sientas aquí y presides este antro de perversión para complacer tus deseos, de forma que todo el mundo que te vea se estremezca de miedo y tenga una historia que contar entre susurros.
—Sí. —Hay algo raro en su voz que hace que me dé la vuelta para mirarlo. Sasuke me contempla fijamente, como si fuera un rompecabezas que está intentando resolver. Se inclina hacia delante— No saben lo mucho que vales en la zona alta, ¿verdad?
Esbozo la habitual sonrisa deslumbrante en mis facciones.
—No tengo ni idea de lo que estás hablando.
—Esos imbéciles te están desperdiciando.
—Si tú lo dices.
—Lo digo. —Se levanta despacio. Solo le falta una capa que ondee a su alrededor para completar la imagen sexy y amenazante que se ha creado— ¿Debería hacer una demostración de cómo sería nuestra primera noche aquí?
De repente, todo es demasiado real. Un escalofrío me recorre de arriba abajo; mitad nervios, mitad anticipación.
—Sí, señor.
Les echa un vistazo a mis pies.
—¿Te molestan?
A decir verdad, me duelen tan solo de estar aquí plantada durante unos minutos.
—Nada que no pueda soportar.
—Nada que no puedas soportar —repite con parsimonia y niega con la cabeza— Acabarías bajo tierra si se te diera la oportunidad. Me preguntaba si lo de la primera noche fue una excepción, pero ya veo que no, ¿me equivoco? Es la regla.
Me estremezco, la culpa me atraviesa, aunque me digo a mí misma que no hay razón para sentirse culpable. Es mi cuerpo. Puedo hacer con él lo que sea necesario para sobrevivir. ¿Que alguna vez son mis carnes las que tienen que soportar el coste? Es el precio que hay que pagar por vivir. Para evadirme del incómodo sentimiento que se desencadena en mi interior, doy otro paso atrás.
—He dicho que no pasa nada y lo digo en serio.
—Te tomaré la palabra. Por esta vez —continúa antes de que pueda decir nada— Pero voy a revisarte las vendas cuando acabe la noche y, como te hayas hecho más daño por culpa de tu cabezonería, habrá consecuencias.
—No se puede ser más arrogante que tú. Es mi cuerpo.
—Error. Mientras dure este acto, ese cuerpo es mío. —Señala el escenario bajo que hay en el centro de la habitación— Sube.
Sigo procesando esa frase cuando coloco mi mano sobre la suya y le permito que me ayude a subir los apenas treinta centímetros de altura del escenario. No es alto, pero te da la impresión de estar mirando por encima del hombro al resto de la sala. De estar exhibiéndote. No importa que no haya nadie más que nosotros. Me imagino todos los sillones y sofás llenos de gente, y eso hace que el corazón me lata a toda velocidad.
Sasuke me suelta la mano.
—Quédate ahí un momento.
Lo observo zigzaguear entre los muebles hasta llegar a una puerta anodina escondida tras una cortina drapeada con mimo. Unos segundos después, unos focos apuntan al escenario. No es que sean cegadores, pero en esta oscuridad relativa opacan el resto de la estancia de inmediato. Trago con dificultad.
—No bromeabas con lo de montar una escena, ¿verdad?
—No.
Su voz llega desde una dirección inesperada, desde mi derecha y un poco por detrás de mí. Me doy la vuelta para mirarlo, pero no puedo ver mucho porque la luz me deslumbra.
—¿Qué es esto?
—Dime tu palabra de seguridad.
No es una respuesta, pero ¿acaso esperaba una? No puedo descifrar si intenta asustarme o de verdad es una versión preliminar de lo que tiene pensado hacerme delante del público. Me humedezco los labios.
—Frambuesa.
—Quítate el vestido.
Esta vez, su voz proviene de algún lugar frente a mí.
Coloco las manos en el dobladillo del vestido y vacilo. No soy tímida, pero casi todos los encuentros sexuales que he tenido hasta la fecha han sido a puerta cerrada y, en su mayor parte, en la oscuridad. El polo opuesto a esta experiencia. Cierro los ojos, intento calmar el temblor de mi cuerpo.
«Esto es lo que quiero, lo que he pedido.»
Agarro el dobladillo y empiezo a levantarlo.
El aire frío juguetea en mis muslos, la curva inferior del culo y las caderas.
—Sakura. —Su voz suena calmada, pero solo son apariencias.
Apenas puedo recuperar el aliento. Ni siquiera hemos hecho nada y siento como si me ardiera el cuerpo.
—¿Sí..., señor?
—No llevas nada debajo del vestido —afirma como si estuviera comentando el tiempo que hace.
Tengo que esforzarme por no retorcerme, para no bajar el vestido y cubrir mi desnudez.
—Entre las prendas que me has prestado faltaban algunas cosas.
—¿Estás diciendo la verdad? —Sale de la oscuridad y se une a mí en el escenario, casi parece que la luz lo rehúye. Sasuke me rodea con lentitud y se detiene a mis espaldas. No me toca, pero puedo sentir que está ahí— ¿O pensabas que podías tentarme para que haga lo que tú quieras?
Se me había pasado por la cabeza.
—¿Acaso funcionaría?
Me levanta la melena para apartármela de la nuca. Un toque inocente donde lo haya, pero me siento como si me hubiera empapado en gasolina y hubiera encendido una cerilla. Baja la otra mano para acariciar la piel desnuda de mis caderas.
—El vestido, Sakura.
Respiro de forma pausada y sigo con la tarea de subírmelo por el cuerpo. Continúa detrás de mí, pero juro que puedo sentir su mirada devorando cada centímetro de piel que voy dejando expuesto al levantar la tela. Es una sensación increíblemente íntima, pero también muy sexy. Por fin me quito el vestido por encima de la cabeza y, después de una vacilación fugaz, lo dejo caer al suelo.
Ahora ya no hay nada que le oculte mi cuerpo.
Doy un respingo al notar la presión de las yemas de sus dedos en los brazos. Sasuke se ríe de manera sombría.
—¿Cómo te sientes?
—Expuesta.
Tener que contestar a esta pregunta no hace más que acentuar la sensación.
—Porque lo estás —Sube con los dedos hasta mis hombros— La próxima vez que lo hagamos, todas las miradas de la sala estarán puestas en ti. Te contemplarán y te querrán para ellos —Y entonces, ahí está, su cuerpo contra el mío, una mano cerrándose con suavidad sobre mi garganta. Sin presionar. Es un toque simple de dominación que hace que tenga que esforzarme por no encoger los dedos de los pies— Pero no eres suya, ¿a que no?
Trago con dificultad, lo que hace que mi garganta presione con más firmeza contra la palma de su mano.
—No, no soy suya.
—Pueden mirar todo lo que quieran, pero yo soy el único que puede tocarte —Su aliento me roza la oreja— Y voy a tocarte ahora.
No puedo dejar de temblar, y no tiene nada que ver con la temperatura de la sala.
—Ya me estás tocando.
¿Es esa mi voz, tan jadeante, grave e incitadora? Siento que floto por encima de mi cuerpo y, al mismo tiempo, que estoy anclada a él de manera devastadora.
Baja las manos hasta mi esternón, sigue una línea hasta mis pechos. Continúa sin ser donde siento una repentina necesidad desesperada de que me toque. Apenas ha hecho nada y no puedo dejar de estremecerme. Me muerdo el labio inferior con fuerza e intento quedarme quieta mientras me roza con los dedos por las costillas y baja hacia mi estómago.
—Sakura.
Por todos los dioses, la forma en la que pronuncia mi nombre... Como si fuera un secreto entre los dos.
—Tócame.
—Como bien has dicho, ya te estoy tocando. —Ahí está, ese atisbo de deliciosa diversión. Se queda quieto con la mano descansando sobre la parte inferior de mi vientre. Ese peso parece lo único que me mantiene aferrada a este mundo. Me recorre uno de los huesos de la cadera— Así va a funcionar la cosa. Escúchame bien.
Lo intento, pero estoy haciendo uso de toda mi concentración para no abrir las piernas e intentar contorsionarme de modo que coloque la mano donde la necesito con desesperación. Me conformo con asentir levemente.
—Sí, señor.
—Voy a cumplir todas las fantasías que haya imaginado tu mente ambiciosa. A cambio, seguirás todas mis órdenes.
Frunzo el ceño, intento pensar más allá de la sensación de su cuerpo contra mi espalda, su erección presionada contra mí. Necesito desesperadamente conocer hasta lo más profundo de este hombre; desnudarlo y tocarlo con tanta intimidad como me está tocando él ahora mismo.
—Pues tengo muchas fantasías.
—De eso no me cabe duda. —Roza mi sien con los labios—. ¿Estás temblando por los nervios o por el deseo?
—Ambos. —Es demasiado tentador dejarlo ahí, pero necesito que lo entienda—. No me disgusta.
—¿Y la idea de que este cuarto esté repleto de gente que verá cómo te toco de esta forma?
—No me disgusta —repito.
—Voy a hacer que te corras, pequeña Sakura. Y después, te voy a llevar arriba y te voy a cambiar las vendas de los pies. Si te portas bien y consigues guardarte tus quejas para ti misma, te dejaré que llegues al orgasmo por segunda vez —Me vuelve a acariciar el estómago con lentitud— Mañana te vestiremos como toca.
Es demasiado complicado centrarse cuando sus dedos se acercan cada vez más a mi sexo, pero lo intento.
—Pensaba que estábamos hablando de orgasmos.
—Esto va de más que orgasmos.
Yo solo entiendo este jueguecito a rasgos generales, pero comprendo que me está pidiendo permiso a su manera, como si no le hubiera dado ya luz verde unas doce veces solo hoy. Tampoco es que me esté abocando a las profundidades y se espere para ver si me hundo o salgo a flote. Me está conduciendo de forma cuidadosa e inexorable a un destino concreto. No creo en el azar, pero en este momento siento que ambos hemos pasado años dando tumbos por nuestros respectivos caminos hasta llegar a este punto. Ahora no puedo cambiar de idea. No quiero.
—Sí. Acepto.
