Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
6
Sasuke.
Me hace falta más determinación de la que esperaba para dejar la cama de Sakura cuando se duerme. Estoy a gusto con ella entre los brazos. Demasiado a gusto. Es como despertarse y descubrir que ese sueño feliz era real; y esa fantasía es lo único que no me puedo permitir. Al final eso es lo que me obliga a darle un beso en la sien y marcharme.
El cansancio me pesa, pero no voy a poder descansar hasta que termine con las rondas nocturnas. Es una obsesión a la que sucumbo demasiadas veces, y esta noche no será una excepción. Aunque la cosa ha mejorado con los años. Hubo una época en la que no podía cerrar los ojos antes de comprobar todas las puertas y ventanas de la casa. Ahora solo tengo que verificar las puertas y ventanas de la planta baja, y acabo con una paradita en nuestra sala de seguridad. Mi gente no hace ni un solo comentario cuando reviso su trabajo, y lo aprecio. No lo hago tanto por sus capacidades, sino más bien por el temor que siento en la nuca cuando bajo la guardia. No contaba con que la presencia de Sakura en esta casa fuese a empeorar esa sensación. Le he prometido mi protección, y le he dado mi palabra de que estaría sana y salva aquí. La amenaza de los Trece podría ser suficiente para disuadir a Madara; pero, si al final decide que vale la pena arriesgarse a lanzar un ataque al que no podrían vincularlo... ¿De verdad incendiaría esta casa sabiendo que Sakura está dentro?
Sé la respuesta a esa pregunta antes incluso de que ese pensamiento se forme en mi mente. Claro que sí. Aún no; no si todavía cree que tiene una oportunidad de recuperarla. Pero la imprudencia que demostraron sus sicarios al perseguirla durante tanto tiempo demuestra que, si en algún momento decide que la chica está fuera de su alcance, no dudará en atacar. Antes verla muerta que en manos de otra persona, sobre todo si esa persona soy yo. Es un tema del que tengo que hablar con ella, pero lo que menos me apetece es volver a vislumbrar el miedo que percibí en sus ojos la noche que la conocí. Aquí se siente a salvo y, joder, quiero asegurarme de que no traiciono la confianza que ha depositado en mí. Mi incertidumbre a la hora de ponerla al corriente dice más de mí que de ella, y mañana tengo que rectificarlo, aunque no me agrade demasiado la idea.
En cuanto entro en mi dormitorio, sé que no estoy solo. Voy hacia la pistola que tengo guardada con un soporte magnético debajo de la mesilla, pero no doy más que un paso cuando una voz femenina emerge de entre las sombras:
—Sorprende a un amigo y consigue un disparo de regalo. No, hombre, no.
Me sacudo algo de la tensión del momento, y el cansancio me embarga en su lugar. Frunzo el ceño ante las sombras.
—¿Qué haces tú aquí, Karin?
Sale de mi armario con todo el descaro, con una de las corbatas más caras que tengo en la mano, y me brinda una sonrisa resplandeciente.
—Quería verte.
No poner los ojos en blanco me resulta todo un esfuerzo.
—Di mejor que has venido a por el resto de mi bodega.
—Bueno, sí, eso también. —Se hace a un lado cuando me acerco al armario y me quito la chaqueta. Karin se apoya sobre el marco de la puerta— Por cierto, que cierres a cal y canto todas las ventanas y las puertas de tu casa envía un mensaje muy especial a tus amigos. Es casi como si no quisieras compañía.
—Yo no tengo amigos.
—Ya, sí, sí, eres un enorme montón de soledad —contesta, y hace un mohín con la mano.
Cuelgo la chaqueta en su percha y me quito los zapatos con los pies.
—No parece que evite que entres en mi casa.
—La verdad es que no.
Se echa a reír, una carcajada aparentemente fuerte teniendo en cuenta lo pequeña que es. Esa risa es una de las razones por las que no he mejorado la seguridad de mi hogar. Por muy molestas que me parezcan las chorradas de Karin y de Suigetsu, la casa parece mucho menos grande y lúgubre cuando se pasan por aquí.
Me mira con el ceño fruncido y señala la camisa y los pantalones que todavía llevo puestos.
—¿No vas a seguir con el espectáculo de estriptis?
Puede que tolere su presencia en mi casa, pero no tenemos ni de lejos la confianza necesaria para que me quede desnudo delante de ella. No confío tanto en nadie, pero, en vez de decírselo tal cual, hablo con una frivolidad moderada:
—¿Es un espectáculo si no te invitan?
—Ni idea —responde sonriendo—, pero aun así lo disfrutaría.
Sacudo la cabeza.
—¿Por qué has venido?
—Ah. Eso. Obligaciones —Pone los ojos en blanco— Tengo un mensaje oficial de Deméter.
La madre de Sakura. Hay un factor en toda esta pantomima que Sakura todavía no ha abordado, y es el hecho de que su madre decidió empujarla a un matrimonio con un hombre peligroso única y exclusivamente por su ambición, sin comentárselo a ella siquiera. Yo tengo muchísimas opiniones al respecto, y ni una de ellas es agradable.
Hundo las manos en los bolsillos.
—Bueno, pues a ver qué tiene que decir.
Karin se endereza y levanta la barbilla. A pesar de las muchas diferencias, de pronto estoy ante una imitación de Deméter. Cuando habla Karin, es la voz de la propia Deméter la que emerge. Las imitaciones de Karin son uno de los motivos por los que consiguió el título, y esta es perfecta, como siempre.
—No tengo ni idea de qué rencor alimentas contra Madara y el resto de los Trece y, si te soy sincera, tampoco me importa. Suelta a mi hija. Si le haces daño o te niegas a liberarla, cortaré todos los recursos de la zona baja que estén bajo mi control.
—Nada que no me esperara —contesto suspirando. Aunque la crueldad que expresa escapa a mi comprensión. Quiere que su hija le siga el juego, así que tiene toda la intención de llevarse a rastras a Sakura hasta la zona alta de la ciudad... y hasta el altar. Y pisará a mi gente para asegurarse de conseguir su objetivo.
Karin relaja la postura y se encoge de hombros.
—Ya sabes cómo son los Trece.
—Tú eres uno de los Trece.
—Y tú también. Y, además, yo soy especial —Karin arruga la nariz— Por no mencionar que soy adorable, encantadora, y que carezco de esa ansia de poder.
La verdad, no puedo negárselo. Nunca me ha dado la sensación de que Karin juegue al mismo juego que los demás. Hasta Suigetsu está concentrado en ampliar su rincón de poder en el mapa de Olimpo. Karin se limita a... revolotear de un lado a otro.
—Y ¿por qué aceptaste el puesto?
Karin se echa a reír y me da una palmadita en el hombro.
—No sé, quizá es que me gusta mofarme de las personas poderosas que se toman su vida demasiado en serio. ¿Conoces a alguien así?
—Eres todo un encanto.
—Sí, lo sé —Entonces se pone seria— Espero que sepas lo que estás haciendo. Ahora mismo estás cabreando a muchísima gente, y tengo la sensación de que tu propósito es cabrear a mucha más antes de que acabe toda esta movida.
No se equivoca, pero aun así tengo que contener un gruñido.
—Qué rápido se le olvida a la gente que Sakura huyó de allí porque no quería participar en la boda que Madara y Deméter habían orquestado.
—Ah, ya. Y la chica me cae un poquito bien por eso, la verdad —Al decirlo, acerca el dedo índice y el pulgar, que se quedan a milímetros de tocarse— Pero eso no cambiará nada. Madara se la saca y todo el mundo lucha por darle lo que quiera, sea lo que sea.
Paso por alto su comentario y añado:
—Para ser una persona tan comprometida con el amable personaje de madre naturaleza, a Deméter le cuesta poco mandar a sus hijas al matadero.
—Ama a sus hijas, de verdad —comenta Karin encogiéndose de hombros— No sabes cómo son las cosas ahí fuera. A este lado del río, eres el rey y has forjado grandes cosas para tu pueblo. No malgastan esfuerzos y recursos recreando la ostentación y el glamur de la zona alta, y tampoco se están dando puñaladas por la espalda los unos a los otros con unos puñales con diamantes incrustados. —Ante mi mirada, Karin asiente en un movimiento rápido— Sí, ha pasado. No puedes haberte olvidado de la pelea entre Cratos y Ares. Ese cabrón se le acercó en mitad de la fiesta, se sacó un puñal de repente y... —Imita los movimientos de alguien apuñalando a otra persona— Si Apolo no hubiese intervenido, lo habrían acusado por asesinato en vez de por agresión con arma blanca.
—Debo de haber pasado por alto la parte del informe en la que detenían a Cratos por dichos cargos.
—Bueno, ya sabes cómo son las cosas —contesta Karin encogiéndose de hombros— Cratos no es uno de los Trece, y sí que es cierto que había estado esquilando a Ares. La pelea fue un drama de lo más fascinante; el juicio no lo habría sido.
Si hiciera falta un buen ejemplo de cómo los Trece abusan de su poder, este sería el ejemplo perfecto.
—Aquí eso no importa. Sakura cruzó el puente. Está aquí —«Y me pertenece.» Aunque no comparto ese pensamiento con Karin, me observa con los ojos entrecerrados en una mirada perspicaz. Antes de continuar, carraspeo— Es libre de marcharse cuando quiera. Pero elige no hacerlo —Debería dejar estar el tema, pero la ira me invade al pensar en Deméter y Madara llevándose a Sakura a rastras a la zona alta de la ciudad en contra de su voluntad— Si intentan llevársela a la fuerza, primero tendrán que vérselas conmigo.
—Primero tendrán que vérselas conmigo.
Pestañeo sorprendido. La imitación de Karin ha sido espléndida.
—Eso no era un mensaje.
—Ah, ¿no? —replica mirándose las uñas—. Pues a mí me lo ha parecido.
—Karin...
—Yo no estoy de parte de nadie, no mientras todos sigáis cumpliendo las normas. Y las amenazas no incumplen el acuerdo —De pronto esboza una sonrisa traviesa— Solo le dan una pizca de vidilla a nuestra existencia. ¡Chao!
—¡Karin!
Pero se ha ido atravesando la puerta de mi cuarto como una flecha. Aun así, perseguirla no cambiará una mierda. Cuando se le mete algo en la cabeza, lo hará sin importarle lo que opine el resto al respecto. Por la vidilla, como dice ella. Me tapo la cara con las manos.
Menuda puta movida.
No sé si Deméter es capaz de cumplir su amenaza. Han pasado varios años desde que le otorgaron el título de Deméter, pero se ha encargado de cuidar muy bien de su reputación para saber a ciencia cierta qué haría en una situación como esta. ¿Realmente está dispuesta a perjudicar a miles de personas cuyo único pecado es vivir en la orilla mala del río Estigia?
Joder. No lo sé. Es que no lo sé.
Si no fuese más que un puto mito para casi todos los habitantes de la zona alta de Olimpo, podría combatir la situación de una forma más eficaz. A Deméter jamás se le ocurriría tirarse un farol como este con cualquiera de los otros miembros de los Trece, más que nada por el posible golpe que podría suponer a su reputación. Yo vivo en las sombras, así que la mujer cree que no corre peligro, que carezco de recursos. Ya descubrirá lo mucho que se equivoca si decide seguir adelante con esto.
Ahora mismo, me inclino por ver el farol de Deméter. A los otros miembros de los Trece no les importa una mierda lo que le pase a la zona baja de la ciudad, pero hasta ellos deben de saber lo peligroso que sería dejar que Deméter se comportara como una enajenada. Además, llevo toda la vida sin confiar en los Trece, así que mi pueblo está preparado para cualquier aluvión que nos pueda caer por su parte. Si Deméter cree que puede joderme sin que sus actos tengan consecuencias, mejor que lo piense dos veces.
ZzzZzzZ
Tras pasar casi la noche entera sin dormir, me visto y bajo a la cocina en busca de café. El sonido de una risa resuena por los pasillos vacíos de la casa cuando llego a la planta baja. Reconozco la voz de Sakura, aunque la chica nunca se ha reído con tantas ganas delante de mí. Es una gilipollez que me ponga celoso por eso, sobre todo cuando hace apenas un par de días que nos conocemos, pero al parecer el sentido común ha saltado por la ventana en todo lo que a esta mujer respecta.
Me tomo mi tiempo para llegar a la cocina, y disfruto de lo animada que parece la casa esta mañana, mucho más de lo normal. Hasta ahora no había notado esa falta de vida, y no es que me siente muy bien, la verdad. Poco importa la vida que aporte Sakura a la casa, porque se irá dentro de unas semanas. Sería un error acostumbrarme a la idea de despertarme con ella riéndose en mi cocina. Atravieso la puerta y me la encuentro de pie ante los fuegos con Tsunade. En teoría, Tsunade es quien se ocupa de la casa, pero tiene un pequeño ejército de trabajadores que realizan la limpieza por ella, así que se encarga sobre todo de la cocina y de preparar las comidas. Si la gente que trabaja para mí se las apaña para entrar en esta cocina para, al menos, una comida al día, es por una razón: es una alegre mujer blanca de mediana edad, que bien podría tener cincuenta u ochenta años. Solo sé que parece tener el mismo aspecto desde el primer día que aceptó el puesto, hará veintitantos años. Siempre ha tenido el pelo de un rubio brillante, y las líneas de expresión alrededor de los ojos y de la boca siempre han estado presentes en su rostro. Hoy lleva uno de sus delantales habituales, con volantitos en los bordes.
Tsunade señala la silla donde me suelo sentar sin mirarme.
—Acabo de poner una cafetera. Los sándwiches están a punto de salir.
Tomo asiento y observo a las dos mujeres que tengo delante. Sakura está al otro lado de la isla, y tiene restos de harina en el vestido. Es evidente que ha participado de forma activa en la preparación del desayuno. Me siento raro al darme cuenta de eso.
—¿Desde cuándo nos dejas ayudarte?
—Nada de nos. Sakura se ha ofrecido a encargarse de un par de tareíllas mientras yo preparaba todo. Y ya.
Y ya. Como si no hubiese rechazado mi ayuda todas las veces que se la he ofrecido durante las últimas tres décadas. Cojo la taza de café e intento no fulminarla con la mirada. Lo más cerca que ha estado Tsunade de permitirme ayudar ha sido cuando me deja vigilando una cazuela llena de agua durante los quince segundos que tarda en rebuscar en la despensa y coger un par de ingredientes. Desde luego, nada que pueda llevarme a acabar con la ropa llena de harina.
—Quizá tu cara explique que Tsunade no te quiera en la cocina interpretando el papel de un nubarrón humano.
Le lanzo una mirada a Sakura y descubro que está conteniendo una sonrisa, y los ojos esmeralda le bailan de alegría. Enarco las cejas.
—Parece que alguien está de buen humor esta mañana.
—He tenido unos sueños preciosos.
Me guiña un ojo y se gira hacia los fogones.
No entraba en mis planes devolvérsela a Deméter y a Madara, pero, aunque se me hubiese llegado a pasar por la cabeza, lo de esta mañana habría dinamitado esa idea. Lleva en mi casa menos de cuarenta y ocho horas y ya se ha relajado algo en esta chica. Si me lo tuviese un poco más creído, lo atribuiría al orgasmo de anoche, pero no soy tonto. Se siente a salvo, así que ha bajado la guardia un centímetro o dos. Puede que sea un cabrón, pero no puedo pagarle esa confianza en ciernes echándola a los leones.
Cumpliré mi promesa. Para bien o para mal.
Sakura.
Esperaba que, en vez de dejarme salir de la casa, Sasuke enviase a gente para que me llenara el armario. Todo por seguridad, claro está. Así que me sorprende cuando me lleva a la puerta delantera, donde me esperan un par de botas de piel de oveja. Señala al banco que hay encajado en un hueco del vestíbulo.
—Siéntate.
—Me has comprado botas —Son horrendas, pero eso no es lo que me hace levantar las cejas— ¿Es esta tu idea de solución intermedia?
—Sí, creo que ya he escuchado esa expresión antes —Espera a que me las ponga mientras me observa con detenimiento, como si estuviera a punto de intervenir y hacerlo por mí. Cuando frunzo el ceño, se mete las manos en los bolsillos y casi consigue que parezca que no es una mamá osa sobreprotectora— Sé de buena fe que no dejarás que te lleve en volandas por la calle.
—Qué perspicaz.
—Tal como has dicho: solución intermedia.
Ahora es el turno de un enorme abrigo estilo gabardina que me cubre el vestido que he tomado prestado. Estoy hecha un cuadro, pero eso no impide que se me enternezca el corazón. Sasuke, rey de la zona baja, el hombre del saco de Olimpo, alguien que es más mito que realidad, está velando por mí.
Me descubro a mí misma aguantando la respiración cuando Sasuke abre la puerta delantera y salimos a la calle. No se parece en nada al callejón que llevaba al pasadizo subterráneo que utilizó para meterme en su casa. No hay basura. No son calles estrechas ni sucias. La zona alta está repleta de rascacielos y los edificios casi tapan el cielo; puede que, a medida que te alejas del centro de la ciudad, las construcciones adquieran más carácter, pero no disminuyen en altura. Los edificios de esta calle tienen como máximo cuatro pisos y, según miro a mi alrededor, veo una lavandería, dos restaurantes, algunos bajos que no sé qué tipo de negocio son y una tiendecita de ultramarinos en la esquina. Todos los edificios parecen antiguos, como si hubieran estado allí plantados cien años y fueran a estarlo cien más. La calle está limpia y hay una gran cantidad de peatones paseando por las aceras. La gente es variopinta, se aprecian todo tipo de estilos: desde ropa informal pero elegante, a vaqueros, a un tío que va con pantalones de pijama y el pelo alborotado que se cuela en la tiendecita de la esquina. Es todo muy normal. Está claro que nadie está preocupado por si los paparazzi van a salir de la nada o por si ese error que cometen va a tener consecuencias sociales catastróficas. Aquí se respira una calma que no sé bien cómo explicar.
Me doy la vuelta para contemplar la casa de Sasuke. Tiene justo el aspecto que esperaba gracias a las partes del interior que he visto. Casi victoriana, con techos inclinados y complementos de estilo. Es una de esas casas que cuentan una historia larga y complicada, la clase de lugar a la que los niños se retan a correr y tocar las puertas después de que oscurezca. Apuesto que hay tantas leyendas sobre la casa como las hay acerca del hombre que la habita. No debería estar en armonía con el resto del barrio, pero la discordancia ecléctica de estilos no desentona para nada. Aunque extraña, parece encajar a la perfección con ese carácter que le falta al centro de la zona alta.
Me encanta.
Vuelvo a echar la vista atrás solo para encontrarme con la mirada de Sasuke.
—¿Qué?
—Estás observándolo todo.
Supongo que sí. Vuelvo a analizar la calle, me detengo en las columnas que enclaustran la lavandería. No puedo determinarlo a esta distancia, pero casi parece que hayan grabado escenas en ellas.
—Es que nunca he estado al otro lado del río.
Antes jamás me había resultado extraña la forma en la que Olimpo se divide en dos mediante el río Estigia. La pura falta de interacción entre ambos lados. Sin duda, otras ciudades no serán así. Pero también es cierto que Olimpo no es como cualquier otra ciudad.
—¿Por qué ibas a hacerlo? —Me coge la mano y se la coloca en la parte interna del codo como un caballero de los de antaño— Solo los más tercos (o desesperados) cruzan el río sin invitación.
Sincronizo mis pasos con los suyos.
—¿Podrías...? —Respiro hondo— ¿Podrías mostrarme esta parte del río?
Sasuke se detiene de golpe.
—¿Por qué ibas a querer verla?
La dureza de sus palabras me deja muda, pero solo un instante. Es evidente que querría proteger este lugar, a esta gente. Le toco el brazo con delicadeza.
—Solo quiero entender, Sasuke. No quiero mirarlos boquiabierta como si fueran una atracción turística.
Con el rostro inexpresivo, me mira la mano y luego la cara. Solo que no es tan inexpresivo como se cree. Únicamente se vuelve frío cuando quiere algo de espacio o cuando no sabe cómo reaccionar.
—Podemos dar un paseíllo cuando te compremos ropa adecuada para el clima.
Una parte de mí quiere discutirle sobre lo del paseo corto, pero la verdad es que sí que me duelen los pies y, tras lo ocurrido estos últimos días, sería prudente no esforzarme demasiado.
—Gracias.
Asiente y volvemos a ponernos en marcha. Después de una manzana, ya no puedo seguir tragándome mis preguntas.
—Dices que no se permiten visitantes sin invitación, pero Karin y Suigetsu estuvieron aquí hace menos de dos días. ¿Los invitaste tú?
—No —Esboza una mueca— No existen barreras que puedan mantener a raya a esos dos. Es una jodienda.
Sus palabras dicen una cosa, pero en su tono se aprecia algo de cariño que hace que disimule una sonrisa.
—¿Cómo los conociste?
—No fue un encuentro, sino más bien una emboscada —gruñe. Contempla la calle como si esperara que nos atacaran, pero su postura es relajada y sin tensión alguna— Poco después de que Karin heredara su título, me la encontré comiéndose mi comida. Sigo sin saber cómo burló la seguridad. Cómo es posible que siga burlándola —Niega con la cabeza— Suigetsu y yo nos conocíamos porque ambos llevamos partes diferentes de la distribución, pero no empezó a plantarse aquí sin que tuviéramos que hablar de negocios hasta lo de Karin. El tío bebe como un cosaco y siempre está rebuscando en mi nevera para comerse mis postres. Por supuesto, he conocido a ambos antes, pero, al contrario que la mayoría de los otros Trece, a ellos la política parece traerles sin cuidado. En la última fiesta estaban sentados en un rincón muy ocupados en criticar en voz muy alta los modelitos de todo el mundo, como si fueran comentaristas en la alfombra roja. A Afrodita en especial no le hizo mucha gracia cuando dijeron que su vestido parecía un «chichi fondón». El de Karin es un título ambiguo. Es una experta en tecnología que se ocupa de toda la seguridad de la zona alta. Siempre me ha parecido curioso que los Trece le permitan revolotear a su alrededor cuando guardan sus secretos con gran recelo, pero quién soy yo para hablar. Quizá ellos sepan algo que yo no. O quizá tengan que tragar con esta flagrante debilidad en sus defensas porque es la forma en la que siempre se han hecho las cosas. A saber. ¿Suigetsu? Es un experto en todos los ámbitos del amplio espectro del entretenimiento. Su fuerte son las fiestas, los eventos y los estatus sociales. Y también las drogas, el alcohol y otros pasatiempos ilícitos. O al menos eso es lo que dicen por ahí. Mi madre siempre se ha dejado la piel para que no nos acercáramos a él, lo cual es en parte irónico si tenemos en cuenta que ha intentado venderme a Madara.
Me estremezco.
—¿Tienes frío?
—No, solo estaba pensando —Sacudo la cabeza— Vivimos en un mundo extraño.
—Y te quedas corta.
Me guía para doblar la esquina y continuamos caminando en un agradable silencio durante unas cuantas manzanas. De nuevo, vuelve a sorprenderme lo cómoda que parece la gente aquí. No nos miran cuando pasamos a su lado, algo que no sabía que echara de menos. En la zona alta, lo único que le gusta a la gente más que el politiqueo y la ambición es cotillear; como resultado, la prensa rosa paga un dineral por fotos y noticias de los Trece y todo aquel vinculado con ellos. A mis hermanas y a mí nos fotografían a todas horas como famosas de segunda que somos. Aquí podría ser cualquiera. Es increíble lo reconfortante que resulta.
Estoy demasiado ocupada enumerando las diferencias entre la zona alta y la baja, así que me lleva unos diez minutos darme cuenta de que Sasuke se mueve mucho más despacio de lo que lo haría de normal. Lo pillo todo el rato acompasando su ritmo al mío.
—Estoy bien.
—No he dicho nada.
—No, pero estoy casi convencida de que esa anciana nos ha sacado una manzana de ventaja. —Señalo a la anciana latina de pelo cano en cuestión— En serio, Sasuke, tengo los pies mucho mejor. Apenas me duelen.
Aunque sea la verdad, no creo que vaya a creerme.
Tal como anticipaba, ignora mi intento de ser razonable.
—Ya casi hemos llegado.
Mantengo a raya las ganas de poner los ojos en blanco y dejo que me guíe durante una manzana más hasta llegar a lo que parece un polígono de almacenes. Tenemos varias zonas como esta en la ciudad alta repletas de edificios y más edificios enormes, todos de una variedad de tonos grises y blancos. Mi madre está a cargo de un polígono ligado al suministro alimentario.
Sasuke se dirige a una puerta estrecha sin número, la abre y la sostiene para que pase.
—Aquí dentro.
Doy un paso hacia el interior y me paro de sopetón.
—Hala —El almacén es una sala gigante que ocupará la mayor parte de la manzana, un espacio divino lleno de telas y prendas de todos los colores y texturas imaginables— Hala —repito. Mis hermanas se morirían por poder recorrer de arriba abajo este lugar.
Sasuke habla en voz baja, no quiere que sus palabras hagan eco.
—Antes Shizune era la diseñadora exclusiva de Hera (la de hace dos Heras), pero, cuando esta murió, habló sin tapujos de sus sospechas acerca de Madara. Él se empeñó en destrozar su negocio, así que cruzó el río buscando asilo.
Me acerco al maniquí más cercano, que lleva un magnífico vestido de fiesta rojo.
—Vi a la hija mayor de Madara, Helena, con algo muy parecido a esto hace dos semanas.
—Ya —comenta Sasuke con una sonrisa— Solo porque hayan exiliado a Shizune no quiere decir que perdiera a su clientela. Así funcionan los Trece. Hacen una cosa en público y otra a puerta cerrada.
—Te recuerdo que tú formas parte de los Trece.
—En teoría.
Una voz femenina nos llega desde la lejanía del almacén.
—¿Acaso oigo a Sasuke?
Este suelta un suspiro casi silencioso.
—Hola, Shizune.
La mujer negra que aparece entre los percheros repletos de prendas es de una belleza atemporal, de la que abre los pases de modelos y que mejora con la edad. El pelo corto negro le deja la cara completamente despejada y hasta se me escapa un suspiro de lo preciosa que es. Como un cuadro o una obra de arte. Perfecta. Camina hacia nosotros, y cada uno de sus movimientos es sofisticado, por lo que estoy el doble de segura de que desfilaba en las pasarelas. Shizune me abarca entera de una sola mirada.
—Me has traído un regalo. Qué considerado.
Él me da un empujoncito en su dirección.
—Necesitamos tus servicios.
—Mmmm —Me rodea como un tiburón, con una actitud depredadora de lo más elegante— Conozco a esta chica. Es la hija mediana de Deméter.
—Sí.
Se detiene delante de mí y ladea la cabeza.
—Estás muy lejos de casa.
No estoy segura de qué se supone que debo responder. No consigo descifrar a esta mujer. Normalmente, la metería en el mismo saco que a las otras personas atractivas y poderosas que he conocido, pero Sasuke confía en ella lo bastante como para traerme aquí y eso tiene que significar algo. Al final, me encojo de hombros.
—La zona alta puede ser sumamente cruel.
—No te falta razón —Le echa un vistazo a Sasuke— ¿Te quedas o te vas?
—Me quedo por aquí.
—Como quieras —Me insta a moverme con un gesto de la mano— Por aquí. Vamos a medirte y luego ya vamos viendo.
Las horas siguientes se pasan como un borrón. Shizune me toma las medidas y después trae percheros y percheros de ropa para que me la pruebe. Yo esperaba vestidos de fiesta, no ropa de estar por casa o prendas informales. Para cuando saca la lencería, me remuevo incómoda sobre mis pies doloridos.
Por supuesto, se da cuenta.
—Ya queda poco.
—No voy a pasar mucho tiempo por aquí. No sé si me hace falta todo esto.
Sin mencionar que el dineral que me pueda costar me pone la piel de gallina. Dudo bastante que Shizune funcione con pagarés.
Sacude la cabeza.
—Quizá el pavoneo no sea tan descarado en la zona baja, como bien sabrás; pero si Sasuke te está utilizando para lanzar un mensaje, entonces es tu deber lanzar ese mensaje.
—¿Quién dice que Sasuke me esté utilizando para mandar un mensaje?
No sé por qué se lo discuto. Esa es precisamente la razón por la que Sasuke y yo hemos hecho un pacto.
Me hace una mueca.
—Voy a fingir que no acabas de tomarme por tonta. Hace años que conozco a Sasuke. Ese hombre no hace nada sin tener razones y, desde luego, no le robaría a Madara la prometida delante de sus narices si no quisiera causar un escándalo.
No le pregunto cómo sabe que estoy comprometida con Madara. La zona baja tiene acceso a las mismas páginas de cotilleos que la alta; solo porque yo no haya leído los titulares no quiere decir que no existan. Habrán informado tanto de mi compromiso como de mi desaparición. Tal vez si Madara y mi madre no hubieran puesto tantas expectativas en mí, no habríamos llegado a este punto. Ahora estamos todos acorralados y estoy decidida a no ser la primera que dé su brazo a torcer.
Respiro hondo y me giro hacia el último perchero.
—Pues veamos la lencería.
Pasa otra hora hasta que serpenteo entre las perchas para encontrarme a Sasuke apostado en un rincón del almacén que parece ser para su uso exclusivo. Tiene varias sillas, una televisión que ahora mismo está en silencio y una pila de libros en una mesita de café. Vislumbro el que Sasuke tiene en la mano cuando lo cierra y lo deja el primero de la pila.
—No te tomaba por un fanático de los thrillers.
—Porque no lo soy —Se pone de pie— Pareces cómoda.
—Me lo voy a tomar como una afirmación y no como un insulto —Bajo la mirada hacia las mallas y al suéter forrados de borreguito. Shizune también me ha dado un cálido abrigo para combatir las temperaturas del exterior— Has prometido mostrarme la zona.
—Cierto.
Me quita el abrigo de las manos, lo examina como si quisiera determinar su capacidad de abrigarme. Debería enfurecerme su actitud sobreprotectora, pero lo único que siento es una especie de calidez extraña en el pecho. La sensación sube de temperatura cuando me coloca el abrigo sobre los hombros y baja la vista para mirarme. Acaricia las solapas y es casi como si me estuviera tocando a mí en vez de a la tela.
—Estás guapa, Sakura.
Me humedezco los labios.
—Gracias.
Mira por encima de mi hombro cuando se acerca Shizune, pero no retrocede, no baja las manos.
—Naruto se pasará luego a recoger el pedido.
—Pues claro. Pasadlo bien, pareja.
Y después desaparece mientras empuja varios de los percheros a las profundidades del almacén.
Observo cómo se va y no puedo evitar fruncir el ceño.
—No he pagado.
—Sakura —Espera a que lo mire— Si no tienes dinero.
La vergüenza me ruboriza la piel.
—Pero...
—Ya me he encargado yo.
—No puedo permitirlo.
—Tú no tienes que permitirme nada.
Me da la mano y tira de mí hacia la puerta delantera. Casi se me pasa por alto la forma tan despreocupada en la que me toca últimamente. Parece natural, como si lleváramos haciendo esto mucho más tiempo que solo unos días.
Sasuke no me suelta la mano cuando llegamos a la calle. Se limita a girar y volver por donde hemos venido. Con botas o sin ellas, me duelen los pies y el cansancio me arrastra como una ola. Ignoro ambas sensaciones. ¿Cuándo tendré otra oportunidad de explorar la zona baja? Sobre todo con Sasuke de guía. Es una oportunidad demasiado jugosa para dejarla pasar porque mi cuerpo todavía no esté al cien por cien.
Y quizá solo quiero pasar más tiempo con él.
A medio camino de casa, gira a la derecha y me lleva hasta una puerta con una barbaridad de alegres flores pintadas en ella. Como algunas de las tiendas que hemos visto durante nuestro paseo, tiene columnas blancas a ambos lados de la entrada. No he podido ver de cerca las demás, pero estas muestran a un grupo de mujeres al lado de una cascada rodeada de flores.
—¿Por qué algunas tiendas tienen columnas y otras no?
—Indican que ese lugar ha estado aquí desde que se fundó la ciudad.
El sentido histórico me abruma. No tenemos nada de esto en la zona alta. Y si lo tenemos, yo nunca lo he visto. A aquellos en el poder les importa menos la historia que presentar una imagen refinada, al margen de lo falsa que sea.
—Cuántos detalles.
—Las hizo todas el mismo artista. O al menos eso dice la historia. Tengo a un equipo contratado cuyo único trabajo es conservarlas y repararlas cuando sea necesario.
Cómo no. Cómo no iba a ver esta parte de la historia como algo bueno en vez de como algo que destruir y borrar para sustituirlo con lo nuevo y brillante.
—Son preciosas. Quiero verlas todas.
Tiene una expresión extraña en la cara.
—No sé si podremos verlas todas antes de que llegue la primavera. Pero podemos intentarlo.
La extraña calidez de mi pecho se expande.
—Gracias, Sasuke.
—Entremos para resguardarnos del frío.
Se inclina hacia delante y abre la puerta. No sé qué esperaba encontrar ahí dentro, pero es una floristería pequeñita, con montones de flores agrupadas en adorables cubos de latón colocados por los mostradores. Un hombre blanco con la cabeza afeitada y un bigote negro impresionante nos ve y se aparta de la pared en la que estaba apoyado.
—¡Sasuke!
—Sai. —Lo saluda con la cabeza—. ¿Está abierto el invernadero?
—¿Para ti? Siempre.
Busca debajo del mostrador y le lanza un llavero. Si no estuviera mirándolo con atención, podría confundir su entusiasmo por temor, pero no cabe duda de que es entusiasmo. Está encantado de que Sasuke esté aquí y apenas lo esconde.
Sasuke vuelve a asentir.
—Gracias.
Sin pronunciar una palabra más, me arrastra por la estancia hasta llegar a una puertecita empotrada en un rincón; lleva a un pasillo estrecho y a unas escaleras empinadas que suben hasta otra puerta. Subo en silencio, me esfuerzo por no dar un respingo cuando cada escalón hace que un dolor punzante me recorra las piernas.
La vista que nos da la bienvenida tras esta última puerta hace que la incomodidad haya valido más que la pena. Me tapo la boca con la mano y observo todo.
—Ay, Sasuke. Es precioso.
Un invernadero cubre lo que supongo que es todo el tejado del edificio, aloja fila tras fila de flores de todas las clases y colores. Hay macetas colgantes con enredaderas y flores rosas y blancas cayendo en cascada. Rosas, azucenas y flores de las que desconozco el nombre se alinean con mimo entre un sistema de irrigación disimulado con maña. El aire es cálido y un poco húmedo, hace que entre en calor al instante.
Él se queda atrás y me contempla mientras recorro el pasillo. Me detengo delante de un macizo de enormes flores moradas con forma de bola.
—Cuando era pequeña, antes de que mi madre se convirtiera en Deméter, vivíamos en el campo que rodea Olimpo. Había una pradera de flores silvestres en la que mis hermanas y yo jugábamos. —Me acerco a un macizo de rosas blancas y me inclino hacia delante para inhalar y disfrutar de su aroma— Fingíamos ser hadas, hasta que nos hicimos mayores para esos juegos. Este lugar me recuerda a eso.
A pesar de que se ha dejado crecer a sus anchas todo aquello que no sean flores, este lugar está envuelto en un aura mágica. Quizá se trate de un rinconcito de primavera en medio de una ciudad cubierta por el invierno. El cristal está ligeramente empañado, lo cual nos oculta del exterior y da la impresión de que estemos en medio de otro mundo.
Sasuke parece decidido a hacerme cruzar un portal tras otro. Primero el cuarto detrás de la puerta negra. Ahora este pequeño paraíso floreado. ¿Qué otros secretos oculta la zona baja? Quiero vivirlos todos.
Noto a Sasuke a mis espaldas, aunque mantiene una distancia de seguridad entre nosotros.
—Es fácil olvidar que estás en Olimpo aquí.
Un tesoro, cuando se carga con el peso que él carga. Incluso aunque no sea un miembro activo de los Trece en público, me está quedando más que claro que tiene muchas responsabilidades entre bambalinas. Toda la zona baja descansa sobre sus hombros, así que no es de extrañar que el hombre anhele una vía de escape de vez en cuando.
Me doy la vuelta para mirarlo. Desentona muchísimo en este lugar con su traje negro y su atractiva melancolía, como un cancerbero que se hubiera colado en una fiesta en el jardín.
—¿Por qué este lugar?
—Me gustan las flores —Curva un poco los labios— Y las vistas son excelentes.
Durante un instante en el que me quedo sin aliento, pienso que está hablando de mí. Está ahí, en la forma en la que me mira como si la estancia hubiese dejado de existir a nuestro alrededor. Solo puedo aguantar la respiración y esperar a ver qué hará después, pero vuelve a darme la mano y tira de mí por el pasillo hasta atravesar unas puertas de cristal en las que no me había fijado antes. Nos llevan a una segunda sala más pequeña, decorada casi como una sala de estar. Aún hay flores por las paredes, pero en el centro del lugar hay unas cuantas sillas y un sofá, todo colocado sobre una gruesa alfombra. Hay una mesita baja de café con una pila de libros, y el ambiente que se respira invita a acurrucarse y olvidarse del mundo durante unas pocas horas.
Sasuke pasa de largo los muebles y se detiene delante de la pared de cristal que está casi al borde del perímetro del tejado.
—Mira.
—Hala —jadeo.
Tiene razón. Las vistas son excelentes. El invernadero da al serpenteante recorrido del río Estigia, que abre una franja entre la zona alta y la baja. Esta sección del río se curva en una forma de C invertida muy marcada, lo que crea una peninsulita en la orilla de la zona alta y acerca el agua a nosotros. La disparidad entre ambas partes de la ciudad es apenas perceptible desde esta posición. No estamos cerca del centro; los edificios del lado de la zona alta son más viejos y variados de lo que acostumbro a ver. Me pregunto si tendrán el mismo tipo de columnas que he visto a este lado del río y si el artista que las creó cruzó de orilla para dejar su huella.
—La tienda pertenece a un antiguo amigo de la familia. Cuando era pequeño me metí en un lío y mi castigo consistió en cuidar del invernadero durante unas cuantas semanas.
Consigo apartar los ojos de las vistas para mirarlo a él.
—¿Qué clase de lío?
Hace una mueca.
—No importa.
No, ahora tengo que enterarme. Me acerco más a él y sonrío.
—Venga ya, Sasuke. Cuéntamelo. ¿En qué clase de lío te podrías haber metido tú?
Duda y la decepción amenaza con agriar los ánimos, pero al final masculla de mala gana:
—Le robé el coche al dueño y me fui por ahí. Tenía catorce años. En aquel momento me pareció una buena idea.
—Vaya, qué escandaloso.
Mira hacia el río.
—Quería salir de una vez por todas de Olimpo sin mirar atrás. A veces todo esto me puede, ¿entiendes?
—Lo entiendo —susurro. El deseo de tocarlo se vuelve más insistente, pero no estoy segura de que vaya a aceptar mi compasión— ¿Te pillaron?
—No —No aparta la vista del cristal— Llegué a las afueras de la ciudad y no pude seguir. Ni siquiera intenté cruzar la frontera para salir. Me limité a quedarme ahí sentado en ese coche al ralentí durante un par de horas, maldiciéndome a mí mismo, a mis padres, a Kakashi —Ante mi mirada interrogante, se explica— Era la mano derecha de mi padre. Después de que mis padres murieran, él cuidó de mí —Se mesa el cabello
— Regresé, devolví el coche y le conté a Kakashi lo que había intentado hacer. Aún no estoy seguro de si lo del invernadero fue un castigo o su manera de darme un respiro durante un tiempo.
Se me parte el corazón por la versión de catorce años de este hombre, debe de haber sufrido mucho.
—Suena a que trabajar aquí te ayudó.
—Sí —Se encoge de hombros como si no significara tanto, cuando no podría ser más evidente que lo significó todo— Sigo viniendo a veces a ayudar, aunque, desde que Sai relevó a su padre, cada vez que aparezco parece un ciervo alumbrado por los faros del coche.
Me río un poco.
—Es una pasada lo mucho que te idolatra, como si fueras su héroe.
—Qué va. Si le doy miedo.
Parpadeo.
—Sasuke, si tuviera cola, la movería sin parar cada vez que entras por la puerta. Ese no es el aspecto del miedo. Créeme, lo sé.
No parece convencido. Pero, bueno, está más claro que el agua que Sasuke se aísla del resto del mundo. No me extraña que no reconozca cómo le mira la gente en verdad cuando lo único que busca en sus ojos es el miedo.
Alargo la mano y le toco el brazo.
—Gracias por mostrarme este lugar.
—Si quieres volver en cualquier momento en el que yo no esté disponible, enviaré a alguien que te acompañe —Se mueve casi como si estuviera incómodo— Sé que la casa puede llegar a ser asfixiante y, aunque este sitio es bastante seguro, no me fío de que Madara no intente algo si su gente te encuentra paseando sola.
—En realidad me muero de ganas de explorar la casa —Echo un vistazo alrededor de la estancia— Pero te tomo la palabra. Este lugar es muy relajante —Me sorprendo bostezando y me llevo la mano a la boca— Lo siento.
—Volvamos.
—Vale.
No sé si es por el estrés, por la noche en vela o si es que Sasuke tiene razón y se me da de maravilla ignorar las señales que me envía el cuerpo. Seguro que esto último no. Doy un paso, después otro, me impulso hacia delante por pura cabezonería. Pero al tercer paso la habitación me empieza a dar vueltas y mis rodillas se convierten en gelatina. Me caigo y ya sé que no voy a conseguir levantar las manos a tiempo para protegerme.
—Serás tozuda —maldice y me toma en brazos antes de que tenga oportunidad siquiera de tocar el suelo— ¿Por qué no has dicho que estabas mareada?
Me lleva un momento asimilar el hecho de que vuelvo a estar entre sus brazos, que nunca he llegado a impactar contra el suelo.
—Estoy bien.
—Y una mierda vas a estar bien. Si casi te tiras de cabeza —Camina a toda prisa por el invernadero y baja los escalones de dos en dos con una expresión atronadora en el rostro— Puede que tú y todos tus conocidos estéis dispuestos a jugar con vuestra salud, pero yo no.
Atisbo a un Sai preocupado cuando Sasuke le lanza las llaves y después salimos a la calle. Me revuelvo en sus brazos.
—Puedo andar.
—Ya te digo yo que no.
Recorre las manzanas que separan la floristería de su casa a toda prisa. Conque antes sí que estaba sincronizando sus pasos con los míos cuando paseábamos. Parte de mí quiere seguir con los reproches, pero la verdad es que todavía me siento algo mareada.
Casi tira la puerta delantera abajo. En vez de dejarme en el suelo tal como esperaba, se apresura a subir las escaleras y pasa de largo el segundo descansillo. Por mucho que odie que me trate como a una niña (aunque tal vez sí que debería haber dicho que no me encontraba bien de camino al invernadero), me ha picado la curiosidad. Tsunade me ha pillado esta mañana antes de que tuviera oportunidad de explorar de verdad, así que lo poco que he visto de la casa es la mazmorra sexual, mi habitación y la cocina. El segundo piso es completamente nuevo para mí.
Eso me levanta un poco los ánimos.
—¿Adónde vamos?
—Está claro que no me puedo fiar de que cuides de ti misma, así que voy a tener que vigilarte de cerca.
Me rindo y apoyo la mejilla contra su hombro. En realidad, no tendría que estar disfrutando tanto de estar en brazos de este hombre.
—Lo más seguro es que sea un bajón de azúcar y ya —murmuro— No es para tanto. Solo necesito comer un poco.
—¿No es para tanto? —repite como si no entendiera mis palabras— No hace tantas horas que desayunaste.
Me pongo roja y no soy capaz de encontrarme con su mirada.
—He picado algo.
—Sakura —Hace un sonido que se parece en exceso a un gruñido— ¿Cuándo fue la última vez que comiste como los dioses mandan?
No quiero ser sincera, pero soy lo bastante lista para no mentirle cuando está así. Me examino las uñas.
—Tal vez el desayuno del día de la fiesta.
—Eso fue hace tres días.
—A ver, claro que he comido desde entonces. Solo que no de la forma en la que sospecho que entiendes tú lo que es comer —No responde de inmediato y por fin lo miro. Sasuke se ha vuelto de hielo, me sorprende que no se condense mi aliento en el aire que nos separa. Frunzo el ceño— Cuando estoy estresada no como.
—Pues eso va a cambiar ahora mismo.
—No puedes decretar que algo va a cambiar sin más y obligar que así sea.
—Ya verás como sí —ruge.
Abre una puerta que da a lo que parece un estudio, aunque vislumbro una cama a través de la puerta que se encuentra al otro lado de la habitación. Me lleva al sofá y me coloca en él.
—No te muevas.
—Sasuke.
—Sakura, juro por todos los dioses que, como no me obedezcas en esto, te voy a atar y te daré de comer yo mismo —Me señala con un dedo acusatorio— Que no se te ocurra moverte de ese sofá.
Entonces desaparece como una exhalación. Le saco la lengua a la puerta cerrada.
—Será teatrero...
La tentación de husmear es casi insoportable, pero no creo que su amenaza de atarme fuera en broma, por lo que consigo acallar mi curiosidad y me quedo quieta. Sasuke no me hace esperar mucho. Menos de diez minutos después, la puerta se abre y entra a grandes zancadas seguido de una docena de personas.
Puedo sentir cómo se me abren los ojos cada vez más cuando uno de ellos coloca una mesita delante de mí y otros cinco ponen comida para llevar de cinco restaurantes distintos en ella.
—¿Qué es esto, Sasuke? ¿Le has robado la comida a alguien? ¿Por eso ha llegado tan deprisa? —Entonces asimilo la cantidad que hay— Yo no me puedo comer todo esto ni por asomo.
Espera a que sus sirvientes salgan en fila y después cierra la puerta.
—Comerás aunque sea un poco.
—Qué desperdicio.
—Por favor. Mi gente adora las sobras más que nada en el mundo. En cuanto termines, se acabarán lo que sobre de comida antes de que acabe el día —Reorganiza los recipientes de la mesa y la empuja para acercármela— Come.
Una parte nada insignificante de mí quiere resistirse tan solo por chincharle. Pero eso sería tener muy poca visión de futuro. Estoy mareada, lo cual quiere decir que necesito calorías, y hay un festín delante de mis narices. Es de una lógica aplastante. Aun así, lo miro ceñuda.
—Deja de mirarme mientras intento comer.
—¡Los dioses me libren!
Se dirige al escritorio al otro lado de la habitación. Es más pequeño de lo que esperaba, aunque la madera oscura y las figuras talladas en las patas le conceden un estilo espectacular. A la primera oportunidad que tenga, pienso tumbarme en el suelo para intentar descifrar lo que muestran esos grabados. Para ver si concuerdan con el estilo de las columnas que he visto en los edificios.
Aquí no es donde trabaja de verdad. Es imposible. Sasuke parece lo bastante quisquilloso como para preferir que su lugar de trabajo esté limpio y organizado, pero esto está demasiado impoluto para usarlo día sí y día también. Nadie hace negocios tan cerca de donde duerme. Sería extremadamente absurdo. Lo cual no explica del todo por qué me ha traído aquí en vez de a alguna de las otras habitaciones de la casa.
Desecho la idea y, mientras examino las opciones de comida que tengo, mi mente vuelve al invernadero. Sin importar que me irrite lo autoritario que es Sasuke o no, no puedo ignorar el hecho de que me haya dejado ver aunque sea un poco de lo que se esconde detrás de la fachada. Ese lugar es especial para él y me ha permitido entrar, planea seguir dándome acceso a él. Para alguien cuyo hermetismo es tan evidente, es un regalo de lo más especial. No estoy segura de que signifique algo, pero parece que sí. Si puede confiar tanto en mí, supongo que puedo intentar dejar de ser un grano en el culo, al menos en lo que a cuidar de mí se refiere. En cierto modo, incluso me gusta la manera en la que se pone sobreprotector y gruñón. Sin duda podré encontrar otra forma de fastidiarlo.
De hecho, ya se me ocurren unas cuantas.
