CAPÍTULO 8
Elda necesitó una semana más para poder caminar con seguridad. Cada día, la madre de Sett le aplicaba unos ungüentos extraños en las heridas que la reconfortaban y aceleraban la cicatrización. "Magia vastaya", decía la mujer. Era obvio que de magia tenía poca, pero lo cierto es que la muchacha se sentía mejor.
— Tendrías que tener más cuidado, pequeña. –la reprendió el primer día—. Si Settrigh no llega a estar a tu lado, ese sinverguenza te hubiera hecho mucho más daño.
Mentira sobre mentira. Para la madre, uno de los trabajadores se había vuelto loco y en un intento por detenerlo, había salido herida. Sett llegaba más tarde y la rescataba, cómo no. A partir de entonces, la seguridad fue reforzada en la anilla alrededor de la arena para que no volviese a suceder lo mismo. Suponía que era la forma que tenía el mestizo de enmendar su error. Una mañana, cuando Sett despertó tan temprano como de costumbre, encontró a su madre igual que todos los días: tejiendo junto a la ventana. Miró hacia los lados en busca de la chica, sin éxito.
— Si buscas a Elda –dijo la madre, adivinando sus pensamientos—, se ha ido donde siempre.
Sett asintió contento y le dio un beso en la mejilla a la mujer, después salió y se encaminó a la "base secreta" de su compañera. Sin embargo, no se encontraba allí. La tierra del pequeño huerto estaba mojada, regada sí, pero Elda seguía desaparecida. Avanzó un poco a través de los árboles y las frondosas ramas que se empeñaban en cortarle el paso hasta que el sonido del río empezó a hacerse presente. Allí, junto al profundo cauce, en la orilla, Elda permanecía sentada, el pelo húmedo del baño matinal. No reaccionó de primeras, aunque se había percatado de su presencia y por el contrario, siguió con los ojos cerrados incluso cuando Sett se le puso al lado de cuclillas.
El hombre de pronto notó una suave brisa levantarle el pelo y acariciarle la mejilla. Fue leve, un momento, pero el viento estaba cargado de magia. En ese preciso instante, Elda lo miró y le dedicó una sonrisa bañada de luz. Sett no pudo evitarlo; sonrió de vuelta.
— Estás controlando tus poderes. –habló.
— De momento es lo único que puedo hacer, molestar a alguien con una corriente. Es que, cada vez que se materializa en mi mente... –hizo el gesto de una gran explosión—. ¡Bum! Se esfuma.
— Quizá no debería haber venido.
— No se trata de eso. Se trata de que necesito más autocontrol emocional.
— ¿Hay algo que te preocupe?
Elda lo contempló fijamente.
— ¿Qué? –dijo él, incómodo.
— Nada. Todo. Me preocupan muchas cosas. Pierdo la paciencia a la mínima y eso hace que no sea capaz de concentrarme. Me cansa aprender lento.
— Siendo sincero, nunca me ha hecho falta estar tranquilo. Mis músculos hablan por mí. Si algo no me gusta, ¡bang! Arreo un tortazo y se acabaron los problemas.
Elda puso los ojos en blanco.
— Tienes suerte de que en política sí tenga paciencia o el día en que Irelia y Karma llegaron, hubieras tenido un problema.
El rostro del mestizo se ensombreció. Arrancó unos hierbajos distraídamente y se puso uno en la boca. A falta de palillos... La chica, al verlo cabizbajo no supo qué hacer.
— Estoy casi recuperada, en realidad. –informó, intentando quitarle hierro al asunto—. La magia de tu madre es muy poderosa.
El hombre soltó una carcajada.
— Sí, conozco su magia. Lo que no logra arreglar con ungüentos, lo arregla con las garras.
— ¿En serio?
— ¿Cómo crees que me hice esto? –dijo señalando la linea paralela de su nariz. Elda abrió mucho los ojos y se le acercó para verlo mejor. Cierto era que parecía el recorrido que una uña afilada podría hacer. Se estremeció.
Sett sonrió al verla tan cerca.
— Es broma.
Elda se echó hacia atrás, azorada.
— Eres lo peor. –farfulló por lo bajo.
— Venga, admite que sientes curiosidad de mí y mis cicatrices. Te las puedo enseñar todas si me lo pides.
— Te divierte confundirme, ¿verdad?
— Es lo primero en lo que pienso por la mañana. ¿Qué puedo hacer hoy que le pueda molestar? Me encanta entretenerme de esa manera.
— Tu sarcasmo me abruma.
— Tu inocencia también.
Elda le golpeó el hombro con la mano buena, un hábito que no iba a corregir. Se quedaron un rato contemplando el río, las constantes ondas del cauce los relajaba. Las chicharras, de mientras, anunciaban el final de lo últimos días del verano y la caída de las hojas daban paso poco a poco al otoño. Aún faltaban unas semanas, pero el aire comenzaba a arreciar.
— Contéstame algo. –dijo Elda.
— Soy todo orejas.
— ¿Crees que, si alguien que hace algo mal, sabe que lo que hace está mal pero no ve otra salida sin salir perjudicado o incluso muerto... tiene salvación?
— Qué, ¿te estás poniendo filosófica? No me va mucho el tema.
— Olvídalo. Estaba recordando una canción. –se abrazó más piernas—. Una de cuando era pequeña y nuestra cuidadora nos intentaba hacer dormir. Siempre fui de las que más tardaba y, sin embargo, en el instante en que se ponía a cantar, me entraba el sueño.
— ¿Aburrimiento?
— No, mejor dicho... tranquilidad.
— Canta.
La chica se lo quedó mirando, pero Sett no parecía querer burlarse. Lo decía en serio.
— No... canto demasiado bien.
— Va, seguro que no es para tanto. Me gustaría saber más.
Elda tragó saliva y pronunció los primeros versos:
No es digno su final
De quien habla de más
Del que miente sin más
El mar se lo tragó
Tras el fuerte monzón
El viento gris rugió
Su alma se llevó
El mar enfureció
La muchacha no quiso seguir. Su piel adquirió un tono carmesí vivo y enterró el rostro entre las rodillas. Jamás se lo había cantado a nadie, ni siquiera para sus compañeros en el orfanato y menos en el barco. Sentía que era algo privado, íntimo, y que lo oyera Sett significaba que había traspasado varias de sus barreras personales. Significaba que se encontraba un pelín más cerca de su corazón y no podía permitirlo. Quedaría como el "sexo débil" que decían algunos de sus camaradas piratas solo por el hecho de ser mujer, dejándose llevar por sentimentalismos estúpidos. Sett malinterpretó su silencio con el fin de la canción.
— No tiene mucho sentido. –sentenció.
— Eso es porque no está acabada. Algún día te la diré completa.
"Cuando no me muera de vergüenza.", pensó.
— Me vale.
O.o.O.o.O
Elda estornudó como tantas otras veces. Puede que fuera por las semillas que caían sin cesar de los árboles y que se movían con el viento pre—otoñal. Por fin volvió al trabajo, vendas por todas partes, pero los campeones que pasaban por allí la miraban de forma diferente. Ya no era una simple limpiadora humana de apariencia indefensa con una lengua afilada. Era una limpiadora humana de apariencia indefensa que podía arrancarte la cabeza con solo mirarla de más... o eso es lo que decían los rumores. Ya se sabe, cuanto más des de hablar, más sobre exagerarán. No había matado a Danvi ella misma, pero el espectáculo que mostró sirvió para granjearle una buena imagen. Algunos incluso empezaron a decir que podría rivalizar en bestialidad con el jefe.
Y de eso, cómo no, también nacieron otros rumores. Comentaban lo parecidos que eran y lo bien que pegaban juntos, hasta tal punto que, al cruzarse con las mujeres que cortejaban al mestizo de camino a Navori, Elda recibía increpancias por lo bajo, detrás, donde Sett no lograba escuchar o hacía ver que no lo escuchaba. En una de esas, una mujer voluptuosa le hizo la zancadilla. Un burdo intento de humillarla, diríase. Al final, la humillada fue la pobre diablo que se encontró con un pie mucho más fuerte que ella y la maquillada cara en el suelo.
Sett contempló la escena de reojo, fingiendo no darse cuenta, con una sonrisa muy amplia. Si bien la muchacha estaba convalenciente, no había que tomársela a la ligera. Una vez en el despacho, el hombre le sacó una silla para que se sentara: Era agotador para Elda lidiar con todas esas arpías gritonas.
— ¿Nunca te cansas? –inquirió la joven, bebiendo agua de su vaso.
— Te acostumbras. Así siempre tengo entretenimiento para luego.
— En vez de estudiar diplomacía estudias anatomía, ¿es eso?
— Exactamente. –en ese momento, Sett recordó algo—. A propósito, tienes correo.
— ¿Yo?
El mestizo sacó una carta del cajón del escritorio y se la tendió. Estaba medio abierta.
— ¿La has leído?
— Tengo que asegurarme de que no es algo... negativo.
— ¿Qué crees que podría ser? –dijo la muchacha, poniendo los ojos en blanco.
— Pueden ser muchas cosas, desde cartas bomba hasta veneno.
— ¿Quieres decir que has comprobado si había peligro para mí, exponéndote a un posible atentado?
Sett encajó la mandíbula y miró hacia otro lado, incómodo. ¿Si tuviera orejas se le habrían puesto rojas? Cruzó los brazos y carraspeó.
— Algo así.
Elda sintió de pronto la necesidad de abrazarlo. Era como si quisiera redimirse de los acontecimientos pasados y no supiera cómo.
— En el fondo, eres una buena persona. –y añadió al verle la cara de pocos amigos—. Vastaya. ¿Hombre? ¿Ser? ¿Existencia?
El mestizo estalló a carcajadas ante la retahíla de correcciones absurdas y por fin se relajó. Se dejó caer en la mesa, los hombros encorbados y las manos entre los muslos.
— Sea como sea, léela.
Elda abrió el pergamino con cuidado de no dañarlo. Al final de la hoja un gran sello floral adornaba un nombre que conocía demasiado bien.
— ¡¿De Irelia?!
Sett asintió. Hacía poco más de una semana del incidente de la fosa y sin noticias de las mujeres que después de "liarla", como había dicho el mestizo, partieron a Bahrl, la capital. Elda se fijó en la elegante letra de Irelia antes de empezar a leer:
"Estimada Elda,
Karma y yo lamentamos mucho lo ocurrido. Estábamos equivocadas en nuestras suposiciones con respecto a tu persona. Sentimos haberte puesto en peligro sin investigar más a fondo. El jefe de la fosa no se equivoca contigo al depositar su confianza en ti y espero que podamos volver a vernos de una forma más amistosa, si cabe.
Un cordial saludo,
Xan Irelia."
La chica cerró la hoja por la mitad, anonadada. Algo en esa carta no cuandraba.
— ¿Y bien? –preguntó él.
— Dime, Sett... –comenzó, tragando saliva—. ¿Confías en mí?
El hombre se cruzó de brazos, mirándola a los ojos.
— ¿Eso es lo que más te preocupa de lo que te dicen? La líder de la rebelión joniana te ha escrito una carta. A una civil.
— No eludas mi pregunta con otra.
Sett suspiró y se rascó la nuca. No se le daban bien los sentimentalismos y ahí estaba ella, pidiendo que se sincerase.
— Sí.
— ¿Por qué? –¿qué la hacía tan indignada? ¿Cuál era la razón? —. Soy mala persona.
— ¿De qué estás hablando? –tanto sin sentido lo desconcertaba—. Criatura, eres lo más parecido a una amiga que he tenido en años. ¿Por qué cada vez que deposito un poco de confianza en ti te castigas de esta forma?
— Porque... –se mordió el labio fuerte. Un sabor metálico le inundó las papilas—. Porque digo la verdad. Al menos por una vez, digo la verdad.
— No lo entiendo. –Sett sacudió la cabeza—. ¿Preferirías que te tratara como a una extraña?
— ¡No! –exclamó, poniéndose en pie. Sintió las lágrimas agolparse en sus ojos—. Quiero que seas tú. Quiero seguir como hasta ahora, conociéndonos, riéndonos, compartiendo momentos juntos. Jamás me había sentido tan en paz como cuando estoy contigo.
Elda estaba echa un manojo de nervios. Con cada palabra que salía de sus labios, expresaba lo que sentía por Sett. Se estaba enamorando de él. El hombre la miró, los ojos y la boca muy abiertos.
— Criatura... –susurró, dulce.
Fue a dar un paso adelante... y alguien llamó a la puerta. El ambiente se destensó, como si hubieran salido de un extraño sueño.
— Discutiremos esto más tarde. –declaró él—. Adelante.
La gran puerta de madera se abrió, dejando paso a un chico de cabellos rubios y ojos azules como el cielo. No tendría más de veinte años.
— ¡Buenos días! –dijo, y soltó una exclamación—. ¡Ahí va! ¡Qué habitación más curiosa! ¿Eso es una calavera de troll? Se decía que eran vastaya corruptos por... ¡Oh! ¡Una bola de cristal del Monte Targon! –curioseó la estantería—. Están un poco pasadas de moda, pero, hey, son excepcionales... ¡Oh, disculpad mi grosería! –se excusó al ver que la expresión de Sett se oscurecía por momentos—. Mi nombre es Ezreal, soy un explorador nativo de Piltover. En la capital me han dicho que tengo que pedir permiso para hacer ciertas cosas aquí, así que...
— ¿Qué quiere un explorador en la zona baja de Navori? –gruñó el mestizo, cortándolo.
Ezreal le dio un rápido vistazo a Elda antes de contestar.
— Le compré un mapa del tesoro al anticuario de Demacia, hará cosa de tres semanas. La localización exacta se encuentra al lado de esta fosa. Pido permiso para empezar una excavación.
