CAPÍTULO 9

— Pongamos que te doy ese permiso. –Sett no estaba para bromas, todo su ser clamaba matar a golpes a ese intruso desvergonzado—. ¿Qué recibiría a cambio? ¿Qué puede ofrecerme un crío que no tenga ya?

Ezreal no lo demostró si estaba ofendido, por el contrario, sonrió más ampliamente.

— Soy consciente de que nada material sería acertado, pero siempre va bien un dinero extra tras una dura jornada, ¿no crees?

— ¿Eso es lo que me ofreces? ¿Un sueldo temporal? –se le acercó. Al lado del vastaya, el chico se veía diminuto. Hasta Elda era más alta que él—. Te estás equivocando de lugar, chaval.

De nuevo, Ezreal parecía de todo menos asustado. Rodeó el inmenso cuerpo de Sett, sacó una bolsa tintineante y la depositó en el escritorio. La chica se acercó, curiosa y sintiéndose libre de hacer ciertas cosas, husmeó dentro del saquito. Para explicar la sorpresa que se llevó la chica, tendría que escribir más de quince páginas en calibri nueve. Por ahora, cabe decir que había oro. Mucho, mucho oro.

— Doce mil monedas al principio del trabajo. –comentó Ezreal, inmutable por la reacción de la muchacha—. Mas rubíes y zafiros de Shurima por los cuales podréis sacar más. Otros doce mil al finalizar el trabajo.

Recibía, cada mes, unas cien monedas de oro por su trabajo como limpiadora. ¡Doce mil era el trabajo de diez años! Pero allí la única que lo estaba flipando era Elda. Sett, que también observaba la bolsa, hizo chasquear la lengua con disgusto. Señaló la puerta e hizo un gesto con la cabeza.

— Largo.

Ahora sí que el recién llegado se sentía perdido. Había contado con que el famoso líder de la fosa lo ayudaría... y se equivocaba.

— Sett... –empezó Elda, no obstante cayó al ver su semblante.

— ¡He dicho fuera!

— Ya me voy, ya me voy. –se apresuró a cruzar el portón y a desaparecer de allí, no sin antes decir—. Voy a quedarme una semana más en la ciudad, estaré en la posada de Navori. Si cambiáis de opinión, estaré encantado de negociar.

Dicho eso, Sett cerró de un portazo y fue a sentarse en el trono.

— Esto ya es delito. Me ofrece dinero a mí. ¡A mí! Se atreve a insultarme un sucio huma... –la miró de reojo—...un sucio chico rico de ciudad. No sabe lo que es el hambre ni ganarse la vida arriesgando la propia. La próxima vez que alguien se atreva a hacer este tipo de cosas en mi presencia, lo mataré.

— Pero Sett. –intentó disuadirlo—. Es el sueldo de una vida.

— ¿Y qué? –arqueó una ceja y levantó las manos—. Soy mestizo. Voy a durar más que la media de humanos, pero menos que el promedio vastaya.

— Quizá no te hayas dado cuenta, pero yo sí soy humana. Para mí doce mil monedas es mucho, cientos de cosas que podría comprar.

Era verdad. Había pasado tanto tiempo con ella que se había olvidado de su condición. Cuando la chica fuera anciana, puede que él mismo siguiera en la flor de la vida. Borró el pensamiento de la cabeza, no quería ni considerar tal opción.

— Pues gánate tú ese sueldo si tantas ganas tienes de tener más pasta. –le espetó él. Elda no se lo podía creer. Habían pasado de compartir sus sentimientos más tiernos a tirarse las cosas por encima, figuradamente hablando.

— Estupendo. Gracias por darme esa posibilidad. –dio media vuelta y desapareció de la habitación. Pisando fuerte y alto, caminó por los pasillos escaleras abajo, indignada.

¿Era tan estúpidamente orgulloso? Se sentía enferma por las heridas aún. De todas formas, no sabía de qué se sorprendía. ¿De qué sirve ser cálido y resplandeciente como un sol en verano estando solos si de cara al público muerdes al que encuentras? Estaba tan metida en su mundo que no se percató de la figura al pie de las escaleras.

— Sabía que tenías sentido común. –dijo Ezreal.

— Oh, eres tú.

— ¿"Oh, eres tú" y ya está? No es el recibimiento que esperaba, es hasta triste. ¿Te has peleado con tu chico?

— No nos hemos... –sacudió la cabeza—. ¡No es mi chico! Ni siquiera salimos.

— ¿Cómo era? Ah, sí: "¡Jamás me había sentido tan en paz como cuando estoy contigo!"

— ¡Estás poniéndole la entonación que te da la gana! –le gritó Elda, roja como un tomate—. ¿Cuánto escuchaste de la conversación?

— Mmm... lo justo. Vuestra tensión es palpable, la verdad. Ya sabes de cual hablo. –Ezreal sonrió socarrón.

— Como sea. –lo ignoró—. Estoy dispuesta a trabajar para ti.

— ¡¿Te ha dado permiso?! –exclamó él—. Espera, claro que te lo ha dado, si no, no estarías aquí. ¿Aportará mano de obra?

— Sí, la mía.

Ezreal la miró de arriba abajo.

— Eh... –empezó—. No tienes pinta de... bueno...

— No parezco fuerte, es eso, ¿no?

— Sí. –se sinceró—. Esperaba muchos hombres grandes y fuertes, obreros.

— Te tendrás que conformar conmigo. –le pasó de largo—. ¿Vamos?

O.o.O.o.O

Ezreal observaba el mapa con detenimiento. Paraba si algo le resultaba familiar y seguía cuando no. Era casi mediodía y Elda estaba sentada sobre una roca, hambrienta. Llevaban horas ahí.

— ¿No te parece extraño el modo en el que tu novio ha reaccionado? –preguntó Ezreal sin levantar la vista del papel.

— Te he dicho que no somos nada. –hizo una mueca—. Y sí, demasiado... agresivo. Puede que fuera porque interrumpiste nuestra conversación.

— O puede que oculte algo. –se detuvo en un punto—. Ha sido justo al decirle lo del mapa, ha habido una ligera variación en su cara y en su voz que...

— ¿Ahora eres detective?

Las comisuras de Ezreal se curvaron hacia arriba.

— Chica, me caes bien. ¿Cómo te llamas?

Era cierto, aún no se había presentado.

— Elda.

— Bien, Elda. Este es el sitio. –señaló el pie de una ladera. Si observabas bien, podías distinguir una pequeña diferencia de color, como si un desprendimiento hubiera tapado... algo.

La chica miró hacia atrás. El coliseo quedaba a menos de diez minutos andando, el camino al cual se perdía entre los árboles. Casi esperaba encontrar a Sett allí, caminando hacia ellos... pero no. El hombre era demasiado orgulloso.

— Quita de ahí. –le ordenó a Ezreal—. Voy a intentar limpiar el sitio de tierra.

— ¿Y como vas a...?

Elda levantó una mano. Al momento, el aire se arremolinó en torno a ella, un aire familiar, cálido y mucho más consistente que de costumbre. Había estado practicando, el fruto del esfuerzo se reflejaba en sus actos por fin. Poco a poco, los granos de arenisca iban apartándose, dejando paso a rocas grandes e inamovibles. Pronto dejó de usar la magia: No serviría de nada contra la piedra.

— Hay que quitar esas rocas. –dijo mientras comenzaba por las de arriba. No era un desprendimiento cualquiera. Alguien había tenido la fuerza suficiente para enterrar lo que fuera bajo toneladas de minerales.

— Te echo una mano, espera. –Ezreal se subió las mangas y procedió a ayudarla. En nada habían acabado, dejando a la vista un enorme agujero de aspecto incierto.

— No es por nada, pero si esto es el escondrijo de un tesoro, dudo que sea seguro entrar. –comentó ella, palpando los rebordes arenosos que se desprendían al roce.

— Vamos, seguro que no es para tanto. –el chico entró y accionó una linterna que conservaba en el bolsillo—. A ver si hay algo que pueda pertenecer a un museo... Vamos, tesoritos... –canturreó.

Elda ignoró el tarareo de su compañero. A regañadientes, lo siguió, poniendo especial cuidado de donde pisaba, temerosa de que todo se viniera abajo. No sabía cuánto tiempo llevaba aquello en pie.

— Huele fatal. –el olor a huevos podridos se le metía por la nariz.

— Eso es por el ácido sulfhídrico. Las paredes están húmedas y desprenden ese olor. –le explicó Ezreal.

— Ahora viene cuando me explicas qué narices es eso, Einstein.

— Sulfuro de hidrógeno. –ante la negativa, el chico se rió—. ¿En serio? En lengua común se le llama, "azufre".

— Si hubieras empezado por ahí...

Ezreal se encogió de hombros.

— Eh. Ahí hay algo. –dijo él con el dedo índice apuntando a lo oscuro—. Creo que es un cofre.

— Genial, cógelo y vámonos. –lo apremió. Ezreal se dio la vuelta y la miró, divertido. Se notaba que disfrutaba con cualquier cosa.

— ¿Por qué tanta prisa? ¿No te parece emocionante? –abrió los brazos y dio vueltas sobre sí mismo—. Un mapa del tesoro, la fortuna de un pirata perdido que no vivió para recuperar su botín. O puede que fuera un noble arcano cuya poderosa magia se oculta en el interior de un cofre...

— Una cosa he de decir. Tu imaginación es portentosa. –Elda se relajó, entretenida por las divagaciones del muchacho—. Abre el cofre, va. Veamos qué alma de "no muerto" esconde.

— Muy graciosa. –no obstante, obedeció.

Contrario a lo que creían, el cofre no estaba cerrado bajo llave, eso sí, la humedad había hecho mella en el acero, aspecto oxidado del cual les dificultó su apertura. Al final lo consiguieron y las reacciones de los dos fueron muy diferentes. Ezreal miró el colgante de perlas puras de su interior casi con adoración: era justo lo que un buen museo necesitaba... O un tasador quizá. Elda ignoró lo valioso tesoro y se centró en el retrato de al lado: Un padre humano, una madre vastaya y...

— Sett.

Era él. ¿Veinticinco años atrás? ¿Treinta? No estaba segura de cuántos años tenía el mestizo ahora. En la imagen se reflejaba el semblante de un Sett de niño, uno que aún desconocía la fosa, la pérdida y el dolor. Un niño puro de corazón.

— Vaya, tu novio tiene una familia muy pintoresca.

— ¡Que te he dicho que no es mi novio! –le gritó, furiosa.

Craso error. Lo poco que había aguantado la cueva al entrar se fue al garete. La voz retumbó por las inestables paredes, provocando un leve temblor y forzando el desprendimiento de piedras, rocas y demas cosas. Ezreal y Elda se miraron, horrorizados, reaccionando más tarde que temprano. Fotografía y collar en manos, corrieron como si les persiguiera el diablo en persona, Elda en cabeza. Sin embargo, al llegar a la salida, el desprendimiento aumentó de velocidad. En un último esfuerzo, Ezreal se teleportó fuera con su poder, algo que sobresaltó a la muchacha. Se giró, a punto de agarrarle una mano para tirar de ella y sacarla de ahí, las yemas de los dedos se rozaron durante un instante...

Y la entrada se derrumbó, separando a los dos chicos. Ezreal abrió mucho la boca. Había estado tan cerca... Tanto... Y al final puso en peligro otra vida con su arrogancia y egoísmo. Una vida que acababa de conocer, sí, no obstante era como si se hubiera reencontrado con uan vieja amistad. Rascó la montaña de tierra formada ante él sin tener en cuenta el estado de los viejos guantes, fallando en el intento.

— ¡Elda! –gritó con todas sus fuerzas. En un principio no recibió respuesta y se temió lo peor. Pero entonces escuchó algo y pegó la oreja a la pared.

— ¡Ezreal! ¡Estoy bien! ¡Estoy viva! –le dijo ella. El susto había sido monumental y aun así, estaba bien. Solo se había derrumbado una parte de la cueva.

— ¡Estupendo! ¡Pero no deberías haber gritado y tampoco debes en este momento!

— ¡¿Ah no?! ¡¿Y quién me hizo gritar?!

— ¡Ahora no es momento! — Haría falta más que las ganas de ayudar para sacarla de allí—. ¡Voy a buscar ayuda! ¡No te muevas de ahí!

Al decirlo, estuvo a punto de enterrarse vivo él mismo.

— ¡Descuida! –le contestó, irónica.

Y el joven chico corrió y corrió, sabiendo lo que tenía que hacer y temiendo hacerlo a su vez. Sett le iba a dar tal paliza que se acordaría para siempre.

O.o.O.o.O

Ajeno a lo demás, el semi vastaya revisaba papeles y expedientes de gladiadores a la velocidad de la luz, sentado en el trono, dejando salir el mal humor que sentía. Uno de ellos se le escapó, y en vez de recogerlo, lo pisoteó hasta quedarse a gusto.

— Te noto inquieto. –Hacía tiempo que Mareen no lo veía tan enfadado, desde que el último campeón lo desafió a un duelo a muerte.

— No estoy inquieto. –gruñó, rompiendo más papeles—. Soy así de toda la vida.

— Sett. –se inclinó por encima de la mesa, dejando ver la parte superior de los pechos—. Sé que solo me interesa que me pagues y a ti, pagarme. Nuestra relación es, en algunas ocasiones, puramente física. Pero hace ya algunos años que nos conocemos y desde que esa muchacha apareció, has cambiado. ¿Qué ocurre?

El hombre paró, centrando la vista en la nada. Había querido escuchar algo de Elda antes de la interrupción, algo que de haberlo oído... Las cosas serían muy distintas.

— Ese Cereal—

— Ezreal.

— No preguntaré cómo lo sabes. –continuó—. Viene aquí desde su cómoda casa en Piltover a ofrecerme dinero por desenterrar un tesoro que yo mismo enterré.

— Espera, me he perdido. –dijo Mareen—. ¿Me estás contando que el famoso tesoro del mapa del anticuario es tuyo? ¿Y no se te ocurrió deshacerte de él?

— Era un crío herido por su padre que anhelaba volver a verlo. El odio no viene de golpe, Mar. –explicó él—. Se gana con el tiempo. Y cuando quise recuperar el mapa ya costaba una fortuna.

— Ver para creer.

— Di lo que quieras. No me importa si lo descubren, solo son los recuerdos de un niño.

La puerta se abrió de golpe. Mareen desenvainó uno de sus cuchillos y Sett se enderezó. Al ver que se trataba de un Ezreal jadeante, lo miró con desdén.

— ¿Y ahora qué piedra en la cabeza se te ha caído? –siseó.

— A mí no. –dijo el chico—. Pero a Elda es otra historia.

El cuerpo de Sett se tensó. Mientras se levantaba, despachó a Mareen con la mano a fin de que los dejara solos.

— ¿Qué ha pasado?

— Estábamos en el punto exacto del tesoro. Bueno, me pasé tres horas buscando el punto y lo conseguí. Entonces Elda dijo que podía despejar la tierra de la entrada e invocó un viento estupendo que me secó los ojos y el sudor... da igual, el caso es que entramos en la cueva que olía a azufre y vimos un cofre. Tardamos un poco en abrirlo, ya sabes, ¡después de tantos años se oxida hasta el mejor de los cofres! Aunque no es lo que quería decir, el caso es que cuando quisimos salir nos percatamos de que las paredes eran inestables, sí, eso, de arenisca y...

— Corta el rollo, rubiales. –medió Sett, tajante—. Ve al grano antes de que te lo arranque a puñetazos.

— Elda está atrapada en la cueva y si sigue respirando un aire tan viciado sin oxígeno real, se morirá. –farfulló, conteniendo el aliento.