Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
9
Sasuke.
Me despierto con la salida del sol. Abrir los ojos y encontrarme a Sakura en mi cama surte un efecto en mí que me da miedo analizar en profundidad.
Me gusta tenerla aquí. Me relaja, y eso es una puta mierda. No puedo permitirme el lujo de mirarla a los ojos mientras casi me suplica pasar la noche juntos. Se le estaba bajando el chute de adrenalina de toda la escenificación y el sexo. Aunque no hubiésemos estado en mi cama, no la habría dejado sola en ese momento. Pero eso no cambia el hecho de que me guste ver su rubio pelo esparcido por la almohada que tengo a mi lado. Y la prueba de que duerme inquieta: la sábana hecha una maraña alrededor de la cintura y los pechos desnudos para recibir los rayos matutinos que se cuelan por las ventanas. Casi hace que me deje llevar y la despierte con la boca.
Casi.
Bajo los ojos y me miro el pecho, el desastre de cicatrices que me quedaron del incendio que acabó con la vida de mis padres. Un recuerdo del que jamás podré escapar porque lo llevo escrito en mi propia piel. Con un suspiro, me levanto de la cama, procuro tapar a Sakura con las sábanas para que no coja frío, y me acerco a la ventana para cerrar las cortinas. Después, una ducha rápida y me visto. Estoy a punto de bajar a mi despacho, en la planta principal, pero dudo. ¿Sakura se lo tomará como un rechazo, como que la dejo? No estoy seguro. Joder, no debería importarme una mierda ninguna de las dos opciones. Da igual que el sexo entre nosotros sea sublime, no estamos saliendo. Si llego a olvidarme de esa realidad, si me olvido de que tenemos fecha de caducidad, me estaré buscando problemas de los gordos.
No ceso de repetírmelo mientras me dejo caer en la silla de mi escritorio, que apenas utilizo, en el despacho que tengo fuera del dormitorio. Reviso el móvil un momento y veo que tengo media docena de mensajes. Los leo todos por encima, pero me paro a leer uno de Karin.
Reunión obligatoria a las 9. No faltes, Sasuke, y voy en serio aunque no lo parezca.
Sabía que iba a llegar este momento, pero pensaba que sería hace días. Inspiro hondo y abro el portátil. Tarda un par de minutos en arrancar, pero aun así llego diez minutos antes a la reunión. Como era de esperar, ya están todos presentes. La pantalla está dividida en cuatro. En una imagen aparece el reflejo de mi cara. En otra están Karin y Suigetsu, que al parecer están sentados en una cama de hotel comiendo Cheetos, y todavía llevan la ropa de anoche. En la tercera imagen aparece Poseidón, y su fuerte y ancha espalda ocupa casi todo el campo de visión. Entreveo una cara de cabreo bajo el pelo y la barba roja, como si tuviera menos ganas de estar aquí que yo. En el cuadrado que queda están las otras ocho personas que conforman el grupo de los Trece sentados alrededor de una mesa en una sala de juntas. Como Madara no se ha casado desde el fallecimiento de la última Hera, nos falta uno de los miembros.
Con solo pensar en Sakura sentada a esa mesa se me revuelve el estómago.
Madara ocupa el lugar central, y no se me pasa por alto que su silla está un poco más alta que las del resto. Aunque en teoría el poder estriba en el grupo en sí, siempre se ha dado aires de ser un rey contemporáneo. A su derecha está Afrodita, con la piel perfecta y el pelo moreno que descansa a la altura de los hombros en unas ondas sumamente cuidadas. A la izquierda de Madara está Deméter.
Analizo a la madre de Sakura. Ya la he visto antes, claro está. Es imposible esquivar su rostro en las columnas de cotilleo y en las noticias de internet. Veo un poco de Sakura en los penetrantes ojos color esmeralda y en la mandíbula de la mujer, aunque el rostro de Deméter se ha redondeado un poco con el paso del tiempo. Tiene un porte real con el traje sastre que lleva, y parece dispuesta a pedir mi cabeza.
Qué maja.
Nadie habla durante un buen rato. Yo me recuesto. Desde luego no pienso ser yo quien rompa el silencio. Yo no he convocado esta reunión. Madara quiere que esté presente, así que, joder, más le vale empezar con todo este lío.
Entonces, como si pudiese leerme el pensamiento, Madara se inclina hacia delante.
—Devuélveme a mi prometida.
—He respetado el acuerdo, y lo sabes bien. Ella huyó de ti, corrió hasta que sangró de los pies y casi se muere por una hipotermia, y todo porque quería escapar de ti cuanto antes. Cruzó el río Estigia por su propia voluntad. Es libre de volver cuando le plazca —Finjo pasear la mirada por los rostros de todos los presentes antes de continuar— Pero no quiere. Nos estás haciendo perder el tiempo a todos con esta reunión.
—Estás corrompiendo a mi niña, monstruo.
Miro a Deméter con las cejas enarcadas.
—Tú estabas más que dispuesta a vender a tu niña a un hombre que tiene fama de matar a sus esposas. No seas quien mire la paja en el ojo ajeno.
Deméter jadea, pero es puro teatro. No la conozco lo suficiente para saber si lo que veo en su rostro es culpa o simple ira. Pero me da igual. Sakura hará lo imposible por escapar de las garras de estas personas, y yo me tiraría a los leones antes de devolverla en contra de su voluntad, literalmente.
Madara niega con la cabeza despacio.
—No me pongas a prueba. El último Sasuke...
—Mi padre, dirás. El hombre al que mataste. La razón por la que se creó el acuerdo —Me inclino hacia delante yo también— Si quieres amenazarme, elige un arma mejor —Uno a uno, cruzo la mirada con la de todos los miembros de los Trece— He respetado el acuerdo. Sakura es libre de ir y venir cuando quiera. ¿Hemos acabado?
—Demuéstralo —espeta Deméter.
Noto su presencia detrás de mí justo antes de que Sakura me toque con suavidad. En la pantalla, la veo junto a mi hombro, envuelta con la sábana. Tiene el pelo enredado, y la poca piel del cuello y del pecho que lleva a la vista irritada. Se encorva un poco hacia delante y fulmina con la mirada la pantalla.
—Estoy donde quiero estar, Madre. Y soy muy feliz con Sasuke.
Entonces estira el brazo por encima de mi hombro y cierra el portátil. Despacio, me vuelvo hacia ella para mirarla.
—Acabas de colgar a los Trece.
—Que se vayan a la mierda.
No sé si echarme a reír o arroparla y llevármela a algún lugar donde pueda protegerla de la inevitable venganza de Madara.
—Sakura.
—Sasuke —dice imitando mi tono censurador— No iban a creerte si no lo veían con sus propios ojos, y aun así la mitad de ellos seguirá sin creérselo. Dejar que Madara se ponga a dar voces no es más que una pérdida de tiempo para todos. Deberías estar dándome las gracias.
—¿Que debería estar dándote las gracias?
—Sí. —Se sube encima de mi regazo a horcajadas— De nada.
—No tienen ni idea de quién eres en realidad, ¿no? —pregunto apoyando las manos en sus caderas.
—No —Acaricia mi pecho, con una mirada reflexiva— Pero, bueno, yo tampoco sé quién soy en realidad. Confiaba en que lograr salir de Olimpo me ayudara a descubrirlo.
Poso las manos sobre las suyas.
—Todavía estás saliendo de Olimpo.
Me duele decirlo, pero no dejo que se refleje en mi tono de voz. Hice una promesa y, da igual lo mucho que haya disfrutado pasando el rato con ella estos últimos días, voy a cumplirla. Tenemos hasta abril. Y bastará. Deberá bastar.
Esboza una triste sonrisilla.
—Tendré que llamar a mis hermanas pronto para decirles que estoy bien si no quieres que invadan tu casa.
—Hoy te consigo un móvil —Hago una pausa, y añado— Uno que no esté pinchado.
—Gracias.
Me brinda una sonrisa preciosa. Me la quedo mirando con una expresión semejante al desconcierto. He visto a la Sakura astuta, a la radiante y a la enfadada. Pero nunca la había visto así. ¿Es felicidad lo que percibo? Me da miedo preguntar y descubrir que no es más que otra de sus habituales máscaras.
Sakura me da un pico rápido y, después, se baja de mi regazo y se agacha en el suelo para arrodillarse ante mis muslos. Me lanza una mirada de esperanza, y hago a un lado mi lío de sentimientos para concentrarme en el aquí y el ahora.
—¿Quieres algo, sirenita?
Me recorre los muslos con las manos y se muerde el labio inferior.
—Me prometiste que, si hincaba las rodillas y te lo pedía con educación, me darías tu pene —Se inclina hasta el cierre de mis pantalones de vestir— Sasuke, me encantaría muy mucho poder comértelo, por favor.
Le cojo las manos.
—Sabes que no tienes por qué hacer esto.
—Sí, lo sé —Me lanza una mirada arrogante, como si me estuviese consintiendo— Que me digas que no tengo que hacer nada que no quiera hacer es una gilipollez, porque ansío hacerlo todo contigo. Y cuando digo todo, es todo.
Solo se está refiriendo al sexo, pero el corazón me da un vuelco sordo en respuesta, como si se estuviese despertando tras un largo sueño. Oxidado y desacostumbrado, pero, aun así, vivo. La suelto y poso las manos temblorosas en los brazos de la silla.
—Pues no dejes que te pare.
—Me parece fantástico que pensemos igual —Me desabrocha el pantalón y me saca el pene. Sakura se relame— Ay, Sasuke. Ojalá tuviese talento artístico de cualquier clase, porque me encantaría pintarte.
Todavía estoy procesando esa extraña afirmación cuando Sakura se encorva hacia abajo y se mete la polla en la boca. Me espero... No sé muy bien qué espero. A estas alturas debería darme cuenta de que Sakura nunca se comporta como creo que lo va a hacer. Me come como si quisiera saborear y deleitarse con cada centímetro de mí. Un lametón cálido, húmedo que hace que se me tensen todos los músculos del cuerpo. Lucho por mantenerme firme, por dejar que disfrute de su momento mientras termina con su exploración y levanta la mirada.
Se le han oscurecido los ojos y se le han encendido las mejillas.
—¿Sasuke?
—Dime.
Me masajea los muslos con la yema de los dedos.
—Deja de ser tan dulce conmigo y dime lo que quieres.
El desconcierto hace que le responda con total sinceridad:
—Quiero follarte la boca hasta hacerte llorar.
—Por fin —exclama mirándome con una sonrisa preciosa en el rostro— ¿Ha sido tan difícil? —Entonces se echa hacia atrás— Finges ser el gran lobo malvado, pero has sido muy prudente conmigo desde que nos conocimos. No tienes que ser así. Te prometo que podré soportar todo lo que me hagas.
Deja caer la sábana al suelo. Esta mujer dice que quiere pintarme, pero ella es la obra de arte, la viva imagen de la diosa que le da nombre. Estoy empezando a pensar que por ella estaría encantado de ahogarme.
Despacio, me pongo en pie y le tiro del pelo hacia atrás. Joder, es tan hermosa que me deja sin respiración. La deseo como nunca he deseado nada en mi vida, una realidad en la que no estoy preparado para profundizar. Me enredo el pelo en un puño y le doy un pequeño tirón.
—Si me paso, dame una palmada en el muslo.
—No te vas a pasar.
Le doy un golpecito en el labio inferior con el pulgar.
—Abre.
Sakura es todo placer perverso cuando se la mete en la boca. Empiezo despacio, dejando que así se acomode al ángulo, pero el oscuro deseo de hacer justo lo que le he dicho es demasiado fuerte. Acelero el ritmo, y se la meto cada vez más. Hasta la garganta. Sakura cierra los ojos.
—No, no los cierres. Mírame. Observa lo que me estás provocando.
Abre los ojos al instante. Sakura se suelta y se relaja, y se rinde a mí al completo en este momento. Sé que no voy a aguantar mucho, y eso hace que todo sea más dulce. El placer aumenta con cada embestida y amenaza con romperme en mil pedazos. La intensidad no hace más que crecer cuando empieza a caerle una lágrima por el rabillo de los ojos. Le rodeo el rostro con las manos y le limpio la lágrima con el pulgar, con ternura hasta en este instante de brutalidad comedida.
Es demasiado. Nunca será suficiente.
—Me voy a correr —anuncio con mucho esfuerzo.
Me pasa las manos por los muslos y me da un suave apretón. Su consentimiento. Es todo el permiso que necesito para liberarme. Intento no cerrar los ojos, intento saborear cada momento del regalo que me está dando al tiempo que se la meto en la boca y alcanzo el orgasmo. Sakura traga, sosteniéndome la mirada. Me mira como si pudiese verme de verdad. Como si lo estuviese disfrutando tanto como yo.
Nunca me he sentido tan deseado en mi vida, joder.
No sé qué hacer con esto, cómo procesarlo. Me obligo a soltarla, y ella me chupa con pereza una última vez antes de echarse hacia atrás y relamerse. Los rastros de las lágrimas le manchan las mejillas, y ella sonríe, y parece especialmente satisfecha consigo misma. Es una disparidad que me descoloca, así que tiro de ella para que se levante y la beso, un beso profundo y duro.
—Eres un regalo.
—Lo sé —contesta riéndose contra mi boca.
La acompaño hasta la puerta de mi habitación.
—Tengo cosas que hacer hoy.
—¿De verdad? —Sakura me rodea el cuello con los brazos y me sonríe satisfecha, impenitente— Supongo que tendrás que ponerte con ellas.
—Mmm —La cojo por la parte de atrás de los muslos y la levanto para hacerla caer bocarriba sobre la cama— En un ratito —Me arrodillo a un lado de la cama y le abro las piernas. Tiene un precioso coño rosado y, vaya, está empapado. Le separo los labios con los pulgares y espiro frente al clítoris— Te ha gustado.
—Sí, me ha encantado —Levanta la cabeza lo suficiente para mirarme por encima de su cuerpo tumbado— Te he dicho que puedo aguantar todo lo que me hagas. Debería aclarar una cosa. Ansío todo lo que me haces.
Joder, sí que confía en mí. Todavía no estoy seguro si me merezco su confianza plena.
Le sostengo la mirada y le paso la punta de la lengua por el clítoris, en forma de círculos.
—Creo que los negocios pueden esperar un poco.
La sonrisa que me brinda como respuesta me sirve como recompensa, pero está casi temblando por el deseo de sentarse encima de mi cara...
Joder, pues me parece una idea estupenda.
La empujo un poco hacia arriba y me subo a la cama.
—Ven aquí. —Sakura me obedece al instante, y me imita para subirse sobre mí y sentarse a horcajadas sobre mi pecho. Yo me echo un poco hacia abajo y ya está, la tengo justo donde quería— No te reprimas, sirenita. Sabes que quieres ser mala.
Prueba con un contoneo vacilante, y yo la recompenso con un buen lametazo. Sakura no tarda mucho en mecerse sobre mi boca, buscando su propio orgasmo mientras yo me pierdo en su sabor. Se corre con un grito que se parece muchísimo a mi nombre, y le tiembla todo el cuerpo que tengo encima mientras ella se desmorona sobre mi lengua.
Pero no me basta. ¿Cuántas veces pensaré eso antes de comprender que nunca, jamás, tendré suficiente? Da igual. Al menos una vez más.
La giro para tumbarla en la cama bocarriba y sigo devorándola, mientras la necesidad y el deseo me empujan a hacer de esto... no sé. Quiero dejar grabado en su piel el recuerdo de este placer, asegurarme de que, no importa dónde vaya o cuánto tiempo pase, siempre recordará este momento.
Que siempre me recordará a mí, a Sasuke.
Sakura.
Sasuke y yo no salimos de la cama hasta casi la hora de comer, y solo porque el rugido de mis tripas le parece una ofensa personal. Así es como acabo sentada en la isla de la cocina con tres platos de comida ante mí. Sigo jugueteando con las patatas fritas cuando aparece Karin.
Levanto las cejas.
—Pero ¿tú nunca te vas a casa?
—El concepto de casa es muy amplio —Señala con la cabeza el móvil nuevo que está sobre la encimera, al lado de mi codo— Conque sí que tienes móvil. Tus pobres hermanas han recurrido a usarme como mensajera porque no pueden dar contigo.
Lo contemplo, y luego a ella.
—¿Vienes de parte de mis hermanas?
—Parece ser que tenías que ponerte en contacto con ellas hace unos días y, al no hacerlo, se han temido lo peor. Además, Ino te ha enviado un mensaje —Se aclara la garganta y, después, la voz de mi hermana emerge de sus labios— Solo podré retener a TenTen un par de días más. Llama en cuanto te llegue este mensaje para que podamos calmarla. Ella y Madre han estado peleándose, y ya sabes cómo acaba eso —Karin sonríe y me roba una patata del plato— Fin del mensaje.
—Vaya, gracias.
Había escuchado que podía hacer eso, pero sigue siendo jodidamente espeluznante presenciarlo.
—Es mi trabajo —Me roba otra patata— Así que Sasuke y tú estáis follando como conejos de verdad, no era solo una farsa. Tampoco es que me sorprenda, pero, la verdad, me dejas de piedra.
No me apetece compartir secretos con la mujer cuyo trabajo consiste en recolectarlos. Frunzo el ceño.
—Suigetsu y tú parecéis llevaros muy bien para ser solo amigos. ¿Es cierto eso de que no le interesa demasiado el sexo?
—Me lo he buscado —Se ríe— Será mejor que llames a tus hermanas. No me molaría que TenTen fuera a buscarle las cosquillas a Madara.
La idea me deja helada. Ino se sabe bien las normas del juego. Hinata vive en una nube y solo tiene ojos para su novio. Pero ¿TenTen? Si TenTen y nuestra madre se enfrentan, no estoy segura de que la ciudad vaya a salir intacta. Si va tras Madara...
—Voy a llamarlas.
—Buena chica.
Me da un golpecito en el hombro y sale de la cocina, supongo que para atormentar a otro pobre diablo ingenuo. A pesar de eso, me cae bien. Puede que Karin esté metida en jueguecitos misteriosos y yo no tenga ni idea de lo que se trae entre manos, pero al menos es interesante. Y creo que tanto ella como Suigetsu le tienen verdadero cariño a Sasuke. No estoy segura de si será suficiente para evitar que se pongan de lado de los Trece llegado el momento, pero ya me preocuparé por eso más adelante.
Doy un último bocado a la comida, cojo el teléfono que me ha pasado Sasuke antes y salgo de la cocina para bajar al vestíbulo y entrar en la habitación que he encontrado durante una expedición rápida por la planta baja. Supongo que es una sala de estar, pero tiene el aura de un acogedor rinconcito de lectura con dos sillones cómodos, una chimenea gigante y varias estanterías llenas de toda clase de libros, desde no ficción hasta fantasía. Me dejo caer sobre el sillón de un intenso color morado y enciendo el móvil. Ya tiene apuntados los contactos de mis hermanas y una aplicación para videollamadas instalada. Respiro hondo y llamo a Ino.
Contesta al instante.
—Ah, gracias a los dioses —Se reclina hacia atrás— ¡Está aquí!
TenTen y Hinata aparecen a su espalda. Cualquiera que nos estuviera viendo a las cuatro jamás diría que somos hermanas. De hecho, en realidad somos todas medio hermanas. Mi madre estuvo casada cuatro veces antes de conseguir su objetivo de convertirse en una de los Trece, cuando dejó de necesitar a los hombres para seguir adelante con sus ambiciones. Todas hemos heredado los ojos esmeralda de mi madre, pero ahí terminan las similitudes.
Parece que Hinata está a punto de echarse a llorar, pues ya tiene la piel de un tono marrón claro llena de ronchas.
—Estás viva.
—Sí, estoy viva.
Me reconcome la culpa. Estaba demasiado preocupada por acercarme tanto como pudiera a Sasuke para acordarme de hablar con mis hermanas. Egoísta. Qué egoísta por mi parte. Pero ¿por qué me sorprende? Mi plan es abandonar Olimpo para siempre. Dejo de pensarlo.
TenTen se inclina hacia delante y me analiza de forma crítica.
—Tienes... buen aspecto.
—Porque estoy bien —Por tentador que resulte restarle importancia a la situación, no me queda otra que ser totalmente sincera con ellas— Sasuke y yo hemos hecho un trato. Va a mantenerme a salvo hasta que pueda salir de Olimpo.
TenTen entrecierra los ojos.
—¿A cambio de qué?
Ahí está el quid de la cuestión. Le aguanto la mirada.
—Si Madara me considera menos atractiva porque he estado acostándome con Sasuke, no intentará seguirme cuando me marche —Mis hermanas se limitan a mirarme fijamente y suspiro— Y sí, estoy furiosa con Madre y con Madara, así que quería darles una lección.
Ino frunce el ceño.
—Desde esta mañana se dice por ahí que Sasuke y tú estabais, en fin, echando un polvo delante de media zona baja. Pensaba que solo eran rumores sin sentido, pero...
—Es cierto —Noto que me ruborizo— Nuestro plan no funcionará si solo fingimos. Tiene que ser real.
Es Hinata, mi hermana dulce e inocente, la que habla después con una voz grave que rezuma furia:
—Vamos a por ti ahora mismo. Si piensa que puede obligarte a...
—Nadie me está obligando a hacer nada —Levanto una mano. Tengo que tomar la delantera. Debería haber imaginado que ahorrarme los detalles no haría más que incitar hasta el último de sus instintos protectores— Os voy a contar toda la verdad, pero tenéis que dejar de interrumpirme y escuchar.
Ino pone la mano sobre el hombro de Hinata.
—Cuéntanos y ya decidiremos nosotras cómo reaccionar.
Esa es la mejor oferta que voy a conseguir. Suspiro y después les cuento todo. Cómo lo insté a hacer el trato. La forma en la que Sasuke me mima constantemente, el sexo que tenemos.
Omito la historia de Sasuke y Madara o hablar de las cicatrices que le envuelven el cuerpo, que sin duda son fruto del incendio que mató a sus padres. Un incendio provocado por Madara. Es evidente que confío en mis hermanas, pero algo en mi interior se niega a compartir esa historia con ellas. No es que sea un secreto, pero sí que da esa sensación, como algo que solo Sasuke y yo sabemos y que nos une todavía más. Y...
Dudo, pero, en realidad, ¿con quién más voy a hablar de esto?
—Siento que aquí puedo respirar. No tengo que fingir, no tengo que ser perfecta y risueña a todas horas. Siento... que por fin estoy empezando a descubrir quién soy de verdad detrás de la máscara.
Los ojos de Hinata le hacen chiribitas.
—Solo tú podrías escapar para acabar en la cama de un tío empeñado en hacer cualquier cosa por protegerte. La suerte siempre te sonríe, Sakura.
—Pues no me sentí así cuando se anunció mi compromiso.
La felicidad de Hinata se ve mermada.
—No, supongo que no.
Ino me mira como si fuera la primera vez que me ve.
—¿Estás segura de que no es una trampa muy bien pensada? Si has desarrollado esos mecanismos de defensa es por algo.
Me trago la negación que me sale por instinto y me obligo a pensarlo.
—No, no es una trampa bien pensada. Odia a Madara tanto como yo; no tiene motivo para pensar que hacerme daño a mí podría causarles daño a otros. Y él tampoco es así. No se parece en nada al resto de los Trece.
Eso lo sé a ciencia cierta. He podido sobrevivir entre el círculo de poder e influencias de Olimpo durante tanto tiempo gracias a confiar en mis instintos y escupiendo mentiras. No tengo que mentir cuando estoy con Sasuke. Es más, mis instintos me indican que con él estoy a salvo.
—¿Estás segura? Porque todo lo que sabemos es que has estado fascinada con el título de Sasuke desde...
—Sasuke no es el problema. —No quiero contarles lo que sé sobre Madre, pero tienen que saberlo— Madre ha amenazado con cortar todo suministro para la zona baja hasta que Sasuke me permita regresar.
—Lo sabemos —TenTen se pasa la mano por la larga melena oscura— Lleva despotricando sobre ello desde que te fuiste, ha perdido los papeles.
—Está preocupada —añade Hinata.
TenTen resopla.
—Está cabreada. La has desafiado y la has dejado en evidencia delante del resto de los Trece. Se está volviendo loca intentando guardar las apariencias.
—Y además está preocupada —Hinata mira ceñuda a nuestra hermana mayor— Ha estado limpiando.
Suspiro.
Es fácil imaginar a mi madre como la villana aliada con Madara, pero sí que nos quiere. Es solo que no deja que ese amor se interponga en sus ambiciones. Mi madre puede permanecer impasible mientras da órdenes como un general a punto de entablar batalla, pero, cuando está preocupada, limpia. Es lo único que la delata.
Aun así, eso no cambia nada.
—No debería haberme hecho eso a traición.
—Y nadie te lo discute. —Ino levanta las manos—. Nadie te discute nada. Solo estamos preocupadas. Gracias por ponernos al día.
—Tened cuidado. Os echo de menos.
—Nosotras también te echamos de menos —Ino sonríe— No te preocupes por nosotras. Aquí tenemos todo bajo control en la medida de lo posible.
Cuelga antes de que pueda asimilar esa última frase. Que no me preocupe por ellas. En realidad, no estaba preocupada por ellas. Hasta ahora.
Las vuelvo a llamar. Da tono durante mucho rato hasta que Ino descuelga. Esta vez no hay ni rastro de TenTen ni de Hinata, y Ino no parece tan alegre como hace unos minutos. Frunzo el ceño.
—¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que me estáis ocultando?
—Estamos bien.
—Sí, no paras de decir eso, pero a mí me parece que estás intentando dejarme tranquila y no lo estás consiguiendo. Habla claro. ¿Qué narices está pasando?
Mira por encima del hombro y la luz de la habitación se atenúa un poco, como si hubiera cerrado una puerta, una ventana o algo.
—Creo que alguien está siguiendo a Hinata. En realidad, no solo a ella. TenTen no ha dicho nada, pero está más alerta de lo que la situación merece. Y creo que he visto a la misma mujer las tres últimas veces que he salido del ático.
Un escalofrío me recorre la espalda.
—Saben dónde estoy. ¿Por qué intentarían seguiros para llegar a mí?
Ino aprieta los labios y por fin dice:
—Creo que se están asegurando de que ninguna trate de huir.
—¿Por qué haría Madre...? —Me callo de golpe— No Madre, sino Madara.
—Eso he pensado.
Ino se pasa los dedos por el pelo y se enrolla mechones en ellos, un gesto nervioso que lleva haciendo desde que éramos pequeñas. Está asustada.
Es culpa mía.
Madara no nos estaba siguiendo a ninguna antes de que yo huyera. Cierro los ojos, intento analizar las diferentes hipótesis, las diferentes razones por las que podría haberlo hecho más allá de salvaguardar su reputación en la zona alta. No me gusta la conclusión a la que llego todo el rato.
—No pensarás que os forzará a casaros con él a alguna de vosotras tres en mi lugar, ¿verdad?
Si ese es el caso, tengo que volver. No puedo ser la razón por la que una de mis hermanas acabe casada con ese monstruo, aunque tenga que sacrificarme yo para asegurarme de que no ocurra.
—No —Niega con la cabeza y vuelve a negar con más fuerza— Desde luego que no. Ellos mismos se han metido en un berenjenal al anunciarlo en público. No pueden obligarnos a ocupar tu lugar sin quedar como idiotas, y eso es algo que Madara y Madre no están dispuestos a hacer.
Siento alivio, pero no tanto como me gustaría.
—Entonces ¿por qué?
—Creo que intentarán engañarte para que vuelvas a cruzar el Estigia —Ino me sostiene la mirada, más seria de lo que la he visto en la vida— No puedes hacerlo, Sakura. Sin importar lo que pase, haz lo que has planeado con Sasuke y mantente alejada de Olimpo. Aquí lo tenemos todo controlado.
Esta vez el escalofrío me recorre todo el cuerpo. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar Madara para conseguir que vuelva? Estaba tan centrada en la forma en la que intentaría venir a por mí que he pasado por alto el resto de las posibilidades. Madre nunca les haría daño a sus hijas, aunque nos mueva como piezas de ajedrez. Podría hacernos sentir cierto peligro, pero no es un monstruo desalmado. Tengo la sensación de que, si hubiera seguido adelante con el matrimonio, tendría un plan B preparado para asegurarse de que no acabara como el resto de Heras. Aunque no importa, porque no me lo consultó. Pero ¿Madara? Su reputación no es mentira. Aunque lo de asesinar a sus mujeres sea solo un rumor, el modo en el que trata a sus enemigos no lo es. Uno no mantiene ese control férreo sobre Olimpo siendo amable, considerado y rehuyendo mandar mensajes brutales. La gente lo obedece porque lo teme. Porque les ha dado una razón para temerlo.
Pisque debe apreciar el miedo en mi rostro, porque se acerca y baja la voz.
—Lo digo en serio, Sakura. Estamos bien y lo tenemos todo bajo control por aquí. Ni se te ocurra volver por nosotras.
La culpa en la que tanto me he esforzado en no pensar durante los últimos días amenaza con abrirme en canal. He estado tan centrada en mi plan, en mi desenlace, que no me había parado a pensar en que mis hermanas podrían estar pagando el precio.
—Soy la peor hermana del mundo.
—No —Niega con la cabeza— Ni por asomo. Quieres escapar y es lo que tienes que hacer. Nosotras tres lo habríamos conseguido si hubiéramos querido.
Eso no me hace sentir mejor. De hecho, puede que me haga sentir aún peor.
—Estar en ese ático, con esa gente... me produce ahogo.
—Lo sé. —Sus ojos oscuros muestran empatía—. No tienes que justificarte conmigo.
—Pero mi egoísmo...
—Para ya —La voz de mi hermana deja entrever un tono severo— Si quieres echarle la culpa a alguien, échasela a Madre. A Madara. Joder, culpa a todos los Trece si te da la gana. No hemos elegido esta vida. Solo estamos intentando sobrevivir. Cada una de nosotras lo hace de una forma diferente. No te atrevas a disculparte conmigo y, desde luego, no te atrevas a llamarte egoísta.
Me arde la garganta, pero me niego a hundirme en la autocompasión y ponerme a llorar. Me esfuerzo por sonreír.
—Eres muy lista para ser la hermana pequeña.
—Resulta que tengo dos hermanas mayores alucinantes de las que aprender —Aparta la mirada— Tengo que dejarte. Llámanos si necesitas algo, pero que no se te ocurra cambiar de planes por nosotras.
La ferocidad de su voz se encarga de asegurarse de que no lo haré. Me obligo a asentir.
—No lo haré. Te lo prometo.
—Bien. Ten cuidado. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Y después de colgar, me deja mirando fijamente la chimenea vacía y preguntándome si he cometido un error terrible.
