CAPÍTULO 10
El tiempo se detuvo durante unos segundos. Sett se lo quedó mirando, los papeles aún en alto mientras sus ojos se abrían, procesando lo que había dicho.
— ¿Qué? –dijo con un hilo de voz. Ezreal perdió el color de la cara. Se acababa de sentenciar para la eternidad.
— Elda está atrapada. En la cueva.
Vio como el mestizo se levantaba de la silla, dejaba el papeleo encima de la mesa casi con delicadeza (en realidad era su autocontrol amenazando con romperse) e iba hasta él.
¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto!, se repetía el chico una y otra vez—. ¡En la cara no! ¡Cualquier cosa excepto en la cara!
Al notar la gran mano de Sett sobre su hombro todo su cuerpo se tensó, cerró los ojos y apretó los dientes, a la espera de un golpe demoledor. Sin embargo este nunca llegó y cuando se dignó por fin a encararlo, le sorprendió que el hombre tuviera una expresión tan grave. La preocupación que veía reflejada en el rostro vastaya le disipó las dudas conforme a su integridad física.
— Llévame. –musitó Sett.
— ¿Q—Qué?
— Llévame donde está ella. Por favor.
Ezreal parpadeó. El gran Jefe de la fosa de Navori, el grandísimo dueño del que había oído hablar tanto, el ser despiadado que parte de Jonia temía, le estaba rogando. A él, que lo único que había conseguido había sido cabrearlo con su pedantería de ricachón viajero. Frunció el ceño y asintió.
— Sígueme.
O.o.O.o.O
Elda sabía lo que debía hacer. En un espacio cerrado, lo mejor era hacer respiraciones cortas, es decir, no ponerse nerviosa e hiperventilar. Cerró los ojos, relajándose. Ezreal vendría con Sett y una vez llegara, seguro que todo se solucionaría. Era cuestión de tiempo.
— Un segundo. –dijo y automáticamente se tapó la boca. No debía hablar alto ni malgastar oxígeno. Un segundo. ¿Y si Sett seguía enfadado y no venía? No, no podía ser. No sería tan cruel... ¿verdad?
Esos pensamientos la alarmaron. Hacía poco más de un mes que lo conocía y no lograba comprender hasta dónde sería capaz de llegar para mantener las apariencias. Quizá si se deshacía de alguien como ella, dejaría de tener problemas. Una "niña" no comprendía el mundo en el que vivía un "adulto" como él. Se agarró las piernas con fuerza. Basta, basta. Sett no es así. ¿Pero, y si lo era?
Se obligó a levantarse, tenía frío de pronto. Paseó por la cueva, mirando las paredes sin mucho interés hasta que reparó en algo. Cerca del cofre se encontraban unas figuras garabateadas en la piedra que parecían ser una familia. La madre tenía orejas, el hijo también y el que se suponía que era el padre estaba erosionado, como si alguien hubiera rascado la piedra hasta casi borrar el dibujo de la rabia.
— Supongo que Sett odia de verdad a los piratas... –dijo, ignorando el ahorro de oxígeno.
Estaba empezando a pensar que ser uno de ellos no era la idea más acertada. Estaba bien surcar los mares en busca de aventuras, excitante en ciertos aspectos porque la ley se mantenía al margen. Puede que las cosas hubieran sido diferentes, habría conseguido una familia, estudios, una carrera... ¿Por qué se planteaba esto ahora? Era demasiado tarde para echarse atrás. Demasiado tarde.
— ¡Elda! –gritó alguien muy familiar.
— ¡Sett! –contestó. Cualquier pensamiento negativo respecto al hombre, se desvaneció como el humo—. ¡Estoy aquí!
— No me cabe duda. –dijo, irónicamente. Sonaba... angustiado, más que molesto—. ¡Deja de gritar y utiliza tu magia para cubrirte!
— ¿Para cubrirme de qué?
Sett no contestó. De pronto escuchó un estruendo, el retumbar de las paredes y comprendió lo que sucedía. Y Ezreal que estaba fuera con él, también.
— ¡Basta! ¡La vas a enterrar viva! –chilló, poniéndose delante de la entrada derruida—. ¡Me dijo que casi no podía usar su poder!
— Aguantará. –le contestó, apartándolo de un empujón y poniéndose en guardia—. No sabes de lo que es capaz. No sabes nada de ella.
El mestizo golpeó la pared una vez, y luego otra, y otra... sin escatimar en fuerza. Aunque estaba acostumbrado a usar sus puños, el esfuerzo y nerviosismo le perló la frente de sudor, un sudor que le bajó por la mejilla hasta llegar al mentón. El sol de la tarde le confería un aspecto salvaje, casi inhumano.
Desde dentro, Elda se protegía con su viento. Apenas podía mantener una ligera barrera encima suyo, protegiéndola de los escombros y de rocas que le harían mucho daño de no hacerlo. Cuando creyó que no aguantaría más, los golpes cesaron y una mano se abrió paso delante de ella, seguida de un leve resquicio de la luz del atardecer.
— ¿Cómo lo llevas? –preguntó Sett, asomando por el hueco. Elda se puso de cuclillas, respirando el poco aire puro que entraba.
— He tenido días mejores. –le contestó, aliviada—. Pensé... pensé que no vendrías.
— ¿Por qué? Vamos, criatura. –sonrió—. Si una estúpida discusión me enemistara con la gente, sería el hombre más odiado del planeta.
— Tienes razón. –le sonrió de vuelta.
— Vamos, te sacaré de aquí. Pero hay que ser rápidos.
— Espera.
— ¿Eh?
— Sobre lo que hablamos... Prométeme algo.
— A ver. Suéltalo.
— Si alguna vez te hago daño... Si alguna vez te pasa algo por mi culpa...
Sett puso los ojos en blanco.
— ¿Otra vez con esas?
— Por favor. Prométeme que me matarás.
Aquello le produjo al mestizo un escalofrío que no le gustó nada. ¿Qué le estaba pasando a su amiga con tantas promesas del estilo?
— Sett.
— Dame la mano. –la apremió al ver que la tierra volvía a moverse. Por una vez, Elda obedeció. La mano del hombre era cálida y sus dedos acariciaron los suyos como muestra de cariño—. Jamás me pidas que haga algo así. Jamás.
Y se sintió de pronto catapultada fuera de la cueva. Rodó fuera hasta toparse con los pies de Ezreal, quien la sujetó y la ayudó a ponerse en pie. Tosió y respiró hondo, libre al fin.
— Gracias. –le dijo al chico. Muy pronto, en realidad. El retumbar de la montaña les hizo dar un respingo. Al volverse hacia Sett tuvo el tiempo justo para gritar antes de que la ladera entera se le viniera abajo, sepultándolo por no percatarse del alud a su espalda.
Ezreal y la muchacha se miraron horrorizados. Esta reaccionó antes: Se subió al montón de tierra y empezó a escarbar furiosamente. El rubicundo chico sin embargo, no se movió.
— Elda... Elda. –y añadió al ver que no lo escuchaba—. ¡ELDA!
— ¿QUÉ?
— Escúchame. Por muy fuerte que sea, es imposible que haya sobrevivido a eso.
— ¡Cállate! –le chilló.
No, no estaba muerto. ¡No quería creerlo! Arañó con fuerza la arenisca, desollándose las uñas y los dedos en el proceso. Poco a poco, goterones de sangre salpicaron el suelo y su ropa pero ella no desfalleció. Al cabo de diez minutos, era como si no hubiera hecho nada y sin embargo, se sentía mucho más cerca.
— Vamos... –pidió. Jamás había rogado algo con tantas ganas. Se alejó un poco y se concentró: El aire arreció a su alrededor, violento, indomable. La carga de poder que contenía apenas podía ser dominado por Elda, a punto de perder los estribos de la angustia. Un pequeño tornado se posó sobre el montículo y dispersándolo después. Ezreal tuvo que cubrirse los ojos para protegerse de los perdigones. En nada, una mano asomó, inerte. Elda se lanzó sobre ella y estiró y estiró... Hasta que el inmenso cuerpo de Sett emergió, tosiendo y casi vomitando arena. Había contenido la respiración demasiado tiempo, un tiempo en que los humanos morirían de no ser él. Parpadeó y se rascó los ojos para quitarse la suciedad. Se sacudió como un perro, notando arena hasta en... sitios privados.
Unos brazos cálidos le envolvieron el cuello. Al principio se quedó quieto, descolocado, sin saber quien era o qué hacía. Luego advirtió que se trataba de Elda y la sorpresa fue aún mayor.
— Criatura...
— No vuelvas a hacer eso. –musitó, con un hilo de voz.
— ¿Estás llorando?
— No. –dijo, sorbiéndose los mocos—. Te has puesto en peligro por mí. ¡Maldita sea! ¡Podrías haber muerto! ¿Qué le diría entonces a tu madre? ¿Cómo esperas que la mire si ya no estás? ¿Cómo esperas que me mire cada día sabiendo que ha sido culpa mía?
— Ey, ey. –Sett la apartó para mirarla y le costó un buen rato que le dejara verle el rostro—. Estoy de una pieza, ¿verdad? Tú cometiste una estupidez viniendo aquí con esa barbie...
— Eh, que sigo aquí. –espetó Ezreal, molesto.
—...y yo no hice bien los cálculos. –continuó, ignorándolo—. Los dos hemos hecho mal. Ya está. Borrón y cuenta nueva.
Le limpió las lágrimas que bajaban por sus mejillas con el dedo menos sucio y le sonrió. Lo tenía tan cerca... Si bajaba la cabeza un poco más, podría... no. Nunca.
— No se vosotros –dijo el chico—. Pero empieza a refrescar. Yo me largo.
O.o.O.o.O
Al final acordaron darle el collar a Ezreal. No por nada en especial, sino porque el chaval se había dedicado a rogarle de manera bastante humillante que se lo diera, que los museos lo necesitaban, bla, bla, bla. Así fue como, la noche del incidente después de cenar, Elda se encaramó al tejado igual que siempre. Era una noche oscura, sin luna que iluminara la noche salvo las estrellas. Ni se asustó al ver la figura del mestizo subirse a la cornisa y sentarse junto a ella.
— Deberías estar descansado, Sett.
— Lo mismo podría decirte yo. –contraatacó—. ¿Y tus heridas?
Elda se miró el brazo aún vendado. Había sido un milagro que no se le hubieran abierto otra vez.
— Bien.
— Déjamelo ver. –le pidió él. La joven se quitó las vendas y le tendió el brazo. Sett observó la herida recién cicatrizada con detenimiento, pasando las yemas de un extremo a otro—. Está curando bien.
La chica se estremeció ante el contacto.
— No se ha infectado porque me la cuido. Bañarse sienta de maravilla.
— Ya te digo, sobre todo teniendo toneladas de suciedad encima.
El silencio reinó en la oscuridad, interrumpido por el constante ulular de los búhos y el claro sonido de los grillos. Elda se echó mano al bolsillo y sacó un papel doblado.
— En la cueva... encontramos esto también junto al collar. –le comunicó. Sett tomó el papel y lo abrió. Lejos de enfadarse, hizo una mueca y le tendió el retrato familiar.
— Creía que estaba bajo el desprendimiento.
— Me lo guardé. Lo siento.
— Quédatelo. Es de los pocos recuerdos que tengo de pequeño. Recuerdo el día en que lo metí en ese cofre como si fuera hoy mismo.
— ¿Quieres explicármelo? S—sin presión. –farfulló. Los temas delicados había que abordarlos con suavidad.
— Creo que era verano... ¿O casi invierno? Apenas me acuerdo del clima. Hacía fresco. Mi padre se había ido haría cosa de unos días y mi madre seguía llorándole. Yo llegué a casa lleno de heridas y pese a que estaba mal, ella me abrazó. Tenía ese collar sobre la mesita de noche, un collar que ese pirata le regaló semanas antes de abandonarnos. El último regalo.
— Lo cogiste, entonces.
— Sí, lo cogí. –la miró—. Cogí a su vez el retrato que un famoso dibujante nos hizo para el cumpleaños de mi madre y me los llevé a la cueva. En aquel entonces era la entrada fallida de una mina, abandonada antes de mi nacimiento. Deposité los objetos en el interior y derrumbé la entrada. Me dije a mí mismo que cuando mi padre regresara, si solo se había ido para buscarnos algo mejor, desenterraría su recuerdo. Hice hasta un mapa, cosa que extravié en un viaje al mercado.
— ¿Así fue como acabó en manos de Ezreal?
— Sí. Me resulta gracioso porque nadie se había tomado en serio el mapa hasta que llegó él.
— La próxima vez dínoslo. Dímelo. No podré comprenderte si no lo haces...
— Lo sé y lo siento. Me tomó desprevenido.
Elda lo empujó con el hombro y Sett parpadeó.
— ¿Qué?
— Has cambiado. –le comentó—. Para bien.
— ¿En qué sentido? –el hombre sintió curiosidad de repente.
— Eres menos agresivo conmigo. Me gusta.
— ¿Te gusto? Bueno, es normal, pero ya te lo he dicho, no me van las menores...
— ¡Vuelves a sacar de contexto las cosas! –masculló, roja de vergüenza—. ¡Y la semana que viene cumplo dieciocho!
— Oh. Felicidades.
¿Y AHORA lo dice como si nada?, pensó. No le hizo falta mirarlo para saber que sonreía. Al menos se habían acercado... ¿no?
Tengo la sensación de que no está gustando nada este fanfic. Siento mucho si es así. ¡Me aseguraré de que los siguientes fanfics que cuelgue sean mejores!
