Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
10
Sasuke.
Cuando por fin acabo con todo lo que tenía que hacer hoy y voy a buscar a Sakura, el anochecer se extiende poco a poco por el cielo. Nuestra parte de la ciudad está todo lo preparada que puede estar para lo que se avecina. Les he pedido a mis hombres que hagan correr la voz de que quizá haya varias alteraciones con los suministros y que deben actuar en consecuencia. Los espías de la zona alta están en alerta máxima y listos para regresar sin ser vistos y cruzar el río para ponerse a salvo. Todo el mundo está vigilante, esperando a ver cuáles van a ser los movimientos de Madara y Deméter.
Estoy agotado. De verdad, estoy en la mierda. Es esa clase de agotamiento que se adueña sigiloso de ti y te desmoraliza entre un paso y otro.
No llego a darme cuenta de las ganas que tengo de ver a Sakura hasta que entro en la minibiblioteca y me la encuentro hecha un ovillo en el sofá. Lleva uno de los vestidos que nos envió Shizune, uno de un alegre y vivo azul, y está leyendo un libro. Unas llamitas chisporrotean en la chimenea, y la absoluta normalidad de la escena casi me deja alucinado. Por una milésima de segundo, me permito imaginarme que esto que tengo delante es una vista de la que disfrutaré a diario cuando acabe de trabajar. En vez de arrastrar las piernas hasta mi dormitorio y desplomarme sobre mi cama solo, me encontraría a esta mujer en ella, esperándome.
Aparto esa fantasía de mis pensamientos. No puedo permitirme el lujo de querer esas cosas. Ni en general, ni con ella. Esto es temporal. Todo esto que tenemos entre manos es temporal.
Me mentalizo y me adentro en la habitación, y dejo que la puerta se cierre despacio a mi espalda. Sakura levanta la mirada del libro, y la expresión de angustia que tiene en el rostro me hace acercarme a ella al instante.
—¿Qué pasa?
—¿Dejando a un lado lo evidente?
Me siento junto a ella en el sofá; lo bastante cerca para que acepte la invitación si quiere, pero lo bastante lejos para darle su espacio personal si lo necesita. No he acabado de acomodarme en el sofá y ya tengo a Sakura subida a mi regazo levantando las piernas hasta lograr mantener el equilibrio sobre mis muslos. Yo la envuelvo entre los brazos y apoyo la barbilla sobre su cabeza.
—¿Qué ha ocurrido?
—Karin me ha dado un mensaje de mis hermanas.
Yo eso ya lo sabía, claro. Puede que Karin tenga la asombrosa habilidad de burlar a mis guardias, pero ni siquiera ella es capaz de esquivar todas las cámaras de seguridad.
—Las has llamado y la conversación que has tenido con ellas te ha afectado.
—Bueno, supongo que podría decirse así —Se relaja un pelín contra mi cuerpo— Me he quedado aquí, sentada, ahogándome en la autocompasión. Soy una imbécil egoísta que ha montado todo este jaleo porque quería ser libre.
Nunca la he oído hablar con tanta amargura. Le respondo con una caricia vacilante y ella suspira, así que lo repito.
—Nadie obligó a tu madre a ocupar el puesto de Deméter. Ella fue tras él.
—Lo sé —Pasa un solo dedo por los botones de mi camisa— Ya te he dicho que me estaba auto-compadeciendo, que casi no tiene justificación, pero estoy preocupada por mis hermanas y me da miedo que no haya hecho más que empeorar las cosas al largarme de casa en vez de claudicar y seguir los planes de mi madre.
No tengo claro qué se supone que debo decirle para que se sienta mejor. Uno de los daños colaterales de haber sido hijo único, y huérfano, es que no tengo muy desarrolladas las habilidades sociales. Sé intimidar, amenazar y gobernar, pero el consuelo escapa a mis conocimientos. La estrecho más contra mí, como si con eso bastara para reunir los trozos esparcidos de su alma y volver a juntarlos.
—Si tus hermanas son la mitad de competentes que tú, estarán más que bien.
Sakura suelta una risa temblorosa.
—Creo que igual son más competentes que yo. Al menos TenTen e Ino. Hinata es muy joven todavía. La hemos protegido mucho estos años, y ahora no dejo de pensar que quizá nos hayamos equivocado.
—Por lo de Toneri.
—Supongo que no es mal tipo. Pero se quiere más a sí mismo y a su música de lo que quiere a mi hermana. Y yo nunca aceptaré algo así.
Al hablar se relaja y suelta hasta el último rastro de tensión. Solo hacía falta una distracción. Igual esto de consolar a la gente no se me da tan mal como pensaba. Tomo nota para más adelante, aunque al mismo tiempo me recuerdo que no sirve de nada. El tiempo ya corre en nuestra contra, aunque todavía tengamos lo que queda de invierno. Cuando se acabe, poco importará que sepa consolar a Sakura cuando está triste. Se habrá marchado.
Me siento tentado a usar el sexo para distraerla, pero no sé si es lo que necesita ahora mismo.
—¿Quieres salir un ratito?
Por la forma en la que se anima veo que he dado en el clavo con mi propuesta. Sakura me mira con esos enormes ojos esmeralda.
—¿En serio?
—Sí, en serio —Reprimo el impulso de decirle que se vista con ropa más abrigada. No vamos a ir muy lejos, y lo que menos quiero ahora mismo es presionarla demasiado a hacer algo, no cuando ya se siente tan frágil. La bajo de mi regazo y la cojo de la mano mientras se pone en pie— Venga, vamos.
—¿Es este otro de tus secretos, como el invernadero? —pregunta sonriéndome.
Todavía no puedo creerme lo íntimo que me parece haber compartido eso con ella. Es como si hubiese visto una parte de mí que nadie más ha llegado a ver. Y en vez de alejarse, parece comprender lo que ese lugar significa para mí. Despacio, niego con la cabeza.
—No, qué va. Vamos a echar un vistazo a lo que esconde tras bambalinas la zona baja de la ciudad.
Los ojos se le iluminan más si cabe.
—Vamos.
Quince minutos después, caminamos por la calle cogidos de la mano. Una parte de mí se pregunta si debería soltarla, pero no me da la gana hacerlo. Me encanta sentir la palma de su mano contra la mía, con los dedos entrelazados. Al salir de casa la guío hacia el este, y camino a un ritmo tranquilo para que no se resienta demasiado. No es que importe mucho, pero Sakura aún no se ha terminado de recuperar de lo que vivió la noche que nos conocimos. O igual solo estoy buscando una excusa para cuidar de ella.
Caminamos en un silencio cómodo, pero sé que todavía está pensando en sus hermanas. No se me ocurre nada que decirle que de verdad pueda consolarla en ese tema, así que me dispongo a ofrecerle una experiencia que la hará olvidarse del asunto durante un rato.
—Ya casi hemos llegado.
Por fin me mira, y pregunta:
—¿Me vas a decir adónde estamos yendo?
—No.
—Qué suplicio.
—Igual es que me gusta la mirada que pones cuando experimentas algo por primera vez —contesto dándole un apretón con la mano.
Es difícil saberlo a ciencia cierta entre las sombras de la creciente oscuridad, pero creo que se ruboriza.
—Si querías distraerme, el sexo siempre es una buena opción, ¿sabes?
—Lo tendré en cuenta —Nos hago girar por un callejón estrecho. Sakura me sigue sin vacilar hasta la gran puerta de metal que hay al final. La miro— ¿Nerviosa?
—No —me responde al instante— Voy contigo, y los dos sabemos que no vas a dejar que me pase nada malo.
—¿Tan segura estás de eso? —replico parpadeando.
Sakura sonríe, y noto que se disipa un poco la preocupación que reflejaban sus ojos.
—Pues claro que sí. Eres el temible Sasuke. Nadie se mete contigo, así que nadie se meterá conmigo mientras esté contigo —Se acerca ligeramente y sus pechos me tocan el brazo— ¿Me equivoco?
—No —contesto con voz queda.
Ni siquiera puedo disfrutar de sus burlas porque estoy demasiado ocupado recuperándome de su afirmación casual: «Voy contigo, y los dos sabemos que no vas a dejar que me pase nada malo». Como si fuera así de fácil. Como si eso fuera verdad.
Lo es. Cometería actos imperdonables si así mantengo a Sakura a salvo. Pero no sé por qué oírlo de su boca hace que todo sea mucho más real. Sakura confía en mí.
Me acerco a la puerta tan solo para hacer algo.
—Con la luz que hay todavía podemos examinar las columnas si te apetece.
—Me apetece —No me suelta la mano cuando mira detenidamente las columnas blancas que hay a cada lado de la puerta. En vez de centrarme en ellas, me centro en Sakura, pues ya sé lo que está viendo. Una fiesta en un bosque mágico con sátiros y ninfas comiendo, bebiendo y pasándoselo en grande. Al final, Sakura se inclina hacia atrás y me sonríe— Otro portal.
—¿Portal?
—Sasuke, muéstrame qué hay detrás de la puerta.
Empujo la puerta para abrirla, y el jadeo que suelta Sakura casi se pierde en el jaleo que hay al otro lado. Intenta pasar por mi lado dándome un empujón, pero yo no le suelto la mano.
—No hay por qué correr.
—Habla por ti.
Mientras asimila la escena que tenemos delante, abre los ojos más que de costumbre.
En invierno, el mercado interior está abierto casi todas las noches de la semana. El techo es casi invisible por la oscuridad que se cierne sobre nosotros, pues el almacén es un lugar en el que resuena el eco; o lo habría si estuviese vacío. En esta época del año está hasta los topes de compradores y comerciantes afanosos. Los puestos semipermanentes están organizados en filas estrechas. Todos son del mismo tamaño, pero los propietarios dan su propio toque a cada espacio con unos toldos de brillantes colores y con unos carteles que anuncian de todo, desde productos agrícolas, jabón y dulces, hasta baratijas. Todos los puestos tienen sus tiendas desperdigadas por la zona baja de la ciudad, pero conservan una muestra de sus productos aquí.
Hay algunos propietarios que poseen sus puestos desde que yo era un crío. Algunos desde hace generaciones. Todo el almacén rebosa con los gritos de los compradores y los comerciantes, y con una mezcla compleja de diferentes olores de comidas deliciosas.
Aprovecho el ruido como excusa para rodearle la cintura a Sakura con un brazo y acercarla más a mi cuerpo para hablarle directamente al oído.
—¿Tienes hambre?
—Sí. —Todavía no ha despegado los ojos del mercado. No está tan concurrido como suele estarlo los fines de semana, pero aun así hay una gran cantidad de personas que se apiñan entre los puestos— Sasuke, ¿dónde estamos?
—En el mercado de invierno —Inhalo su aroma veraniego— En los meses que hace más calor, todo el espacio se saca al exterior a una manzana que se ha diseñado para esto en concreto. Abre todas las noches de la semana, aunque algunos comerciantes van cambiando.
—Vaya, esto es como un mundo secreto —me dice volviéndose para mirarme— ¿Podemos...? ¿Podemos explorarlo?
Su curiosidad y alegría son como un bálsamo para mi alma que no sabía que deseaba.
—Para eso hemos venido, claro. —De nuevo tiro de ella hacia mí cuando trata de abalanzarse hacia la multitud— Pero, primero, a comer. Es mi única condición.
Sakura sonríe.
—Sí, señor. —Pega un par de saltitos y me da un beso en la mejilla— Llévame a tu puesto de comida favorito.
Y de nuevo esa sensación de que estoy compartiendo partes de mi vida con esta mujer que nadie más puede ver. De que ella aprecia y disfruta de unos pedacitos de mí que no son del Sasuke de siempre, el dirigente de la zona baja de la ciudad, el miembro de los Trece en las sombras. En momentos como este, es como si me viese de verdad, y me resulta excesivamente embriagador.
Acabamos en el puesto de gyros, y saludo a Damien, el hombre que hay detrás del mostrador, con un movimiento de cabeza.
—Dichosos los ojos.
—Hola —Le doy un empujoncito a Sakura para que se acerque al puesto— Damien, te presento a Sakura. Sakura, él es Damien. Su familia lleva vendiendo gyros en Olimpo unas... ¿qué? ¿Tres generaciones?
—Cinco —contesta él entre risas— Aunque si le preguntáramos a mi tío, diría que son unas diez y, como si eso fuera poco, también que podemos remontar nuestro linaje a Grecia, a un jefe de cocina que cocinó para el mismísimo Alejandro Magno.
—Seguro que sí —Me echo a reír tal como sé que quiere que haga. Hemos mantenido esta conversación miles de veces, pero él se lo pasa bien, así que lo consiento con mucho gusto— Tomaremos dos de lo de siempre.
—Marchando.
Tarda un ratito en preparar los gyros, y me permito disfrutar de cómo sus precisos movimientos dejan entrever los años de experiencia que lleva a las espaldas. Aún recuerdo cuando venía a este puesto de joven, en plena adolescencia, y observaba al padre de Damien instruirlo en el proceso de tomar un pedido y preparar el gyro, supervisando a su hijo con una paciencia y un amor que siempre envidié. Mantenían una buena relación, y era algo que quería experimentar, aunque fuese de segunda mano, sobre todo durante esos angustiosos años.
—Invita la casa —dice Damien con los gyros en la mano.
—Ni de coña. —Saco algo de dinero del bolsillo y se lo dejo en el mostrador, al tiempo que hago caso omiso de las tibias protestas del comerciante. Esto es algo que también hacemos en casi todas mis visitas. Cojo los gyros y le tiendo uno a Sakura— Por aquí.
La guío hacia uno de los extremos del almacén, hasta donde hay un montón de mesas y sillas colocadas y plegadas contra la pared. Hay varias zonas de descanso esparcidas por todo el lugar, así que da igual en qué puesto adquieras algo de comer, nunca tendrás que caminar mucho para dar con un sitio donde sentarte a disfrutar de lo que has comprado.
Miro a Sakura de reojo, y veo que ella me observa a mí con una expresión rara en el rostro.
—¿Qué pasa? —pregunto frunciendo el ceño.
—¿Cada cuánto te pasas por aquí?
Siento que se me eriza la piel y tengo la incómoda sospecha de que me he ruborizado.
—Pues de normal una vez a la semana —Al ver que Sakura no deja de mirarme, tengo que luchar por no empezar a mover los pies— Me relaja el caos.
—No es solo por eso.
Y otra vez esta chica es demasiado perspicaz. Por extraño que parezca, no me importa darle más detalles a la explicación.
—No es más que una pequeña parte de la población de la zona baja de la ciudad, pero me gusta ver a la gente haciendo sus cosas. Es normal.
Sakura abre su gyro.
—Porque están a salvo.
—Sí.
—Porque tú eres quien consigue que estén a salvo —Le da un mordisco antes de que pueda responder y emite un gemido totalmente sexual— Por los dioses, Sasuke. Esto está de muerte.
Comemos en silencio, y la absoluta normalidad del momento me da de pleno en el pecho. Solo por un ratito, Sakura y yo podemos ser dos personas normales que se mueven por el mundo sin la amenaza de que todo Olimpo se desplome si damos un paso en falso. Esta podría ser una primera cita, una tercera, o una cualquiera después de diez años juntos. Cierro los ojos y me obligo a apartar esos pensamientos. No somos normales y esto no es una cita, y cuando se acabe nuestro tiempo juntos Sakura se marchará de Olimpo. Dentro de diez años quizá esté en este mismo lugar disfrutando a solas de un gyro como he hecho un sinfín de veces en el pasado; pero ella estará en otro lugar, lejos, viviendo la vida que siempre ha querido.
Una vida bajo la luz del sol.
El papel que envolvía su comida se arruga cuando lo enrolla. Sakura se inclina hacia delante, con determinación en el rostro.
—Enséñamelo todo.
—Es imposible que podamos ver todo el mercado hoy —Antes de que pueda desanimarse, continúo— Pero podemos hacer una pequeña exploración esta noche y regresar cada pocos días hasta que veas todo lo que quieras.
La sonrisa que me regala es tan pura que siento que me ha abierto en canal el esternón y que me ha cogido el corazón con el puño.
—¿Me lo prometes?
Como si fuera a negarle este simple gusto... Como si fuera a negarle cualquier gusto que tuviera...
—Te lo prometo.
Nos tiramos una hora paseando por los puestos y, después, guío a Sakura hacia la entrada. Durante todo este rato, ha conseguido cautivar a cada una de las personas con las que ha hablado, y hemos acabado nuestra expedición con un enorme montón de bolsas llenas de caramelos, un vestido que le llamó la atención y un trío de figuritas de cristal para sus hermanas. Casi me siento culpable por tener que cortarle la diversión, pero en cuanto emprendemos la vuelta a casa confirmo que ha sido una buena decisión. Para cuando llegamos a nuestra calle, Sakura camina apoyada en mí.
—No estoy cansada.
—Ya, claro. —Reprimo una sonrisa.
—Que no. Solo estoy guardándome las energías.
—Ajá —Cierro la puerta cuando entramos a la casa y la miro, evaluándola— Entonces supongo que debería resistir el impulso de cogerte en volandas, subir las escaleras y dejarte en la cama.
Sakura se muerde el labio inferior.
—A ver, que si me quieres coger en volandas, supongo que podré reducir al mínimo mis quejas...
La sensación de que me está estrujando el corazón no hace más que intensificarse.
—En ese caso...
La alzo en brazos, con las bolsas y todo, y me deleito en el chillido que suelta. Me deleito en cómo apoya la cabeza sobre mi pecho, con tanta confianza. Me deleito con toda ella, sin más.
Vacilo en el rellano de la primera planta, pero Sakura levanta un poco la cabeza y me da un beso en el cuello.
—Sasuke, llévame a la cama.
No a la suya. A la mía.
Asiento con un movimiento breve y continúo escaleras arriba hasta mi habitación. Dejo a Sakura en la cama y me alejo un poco.
—¿Quieres que pida que te traigan tus cosas aquí?
Ella vuelve a hacer ese adorable gesto de morderse el labio inferior.
—¿Sería osado por mi parte? Sé que lo de anoche fue algo excepcional, pero estoy siendo muy ambiciosa, ¿no?
Puede que sí, pero me gusta cómo se hace con su espacio propio en mi casa, en mi vida.
—No te lo ofrecería si no quisiera que estuvieras aquí.
—Entonces sí, por favor —Estira el brazo hacia mí— Ven a la cama.
Le cojo las manos y le impido que pueda empezar a desabotonarme la camisa.
—Coloca tus cosas en su sitio. Tengo que hacer mis rondas antes de que pase algo malo.
—Tus rondas. —Sakura me mira desde la cama, viendo demasiado, como parece hacer siempre. Yo me pongo tenso esperando el interrogatorio, esperando a que me pregunte por qué tengo la necesidad de comprobar que está todo bien cerrado si cuento con uno de los mejores sistemas de seguridad que se pueden adquirir en el mercado y, además de eso, con personal de seguridad. Pero, en cambio, se limita a asentir— Haz lo que tengas que hacer. Yo te espero aquí.
Aunque quiero darme prisa en mis rondas, sé que no voy a poder dormir hasta que no compruebe todas las entradas y salidas de la planta baja como es debido. Sobre todo ahora que Sakura vive aquí y confía en que la mantendré a salvo. Cabría esperar que saber que confía tanto en mí aumentase el peso de la carga que llevo a las espaldas, pero, aunque resulte raro, me siento cómodo. Como si las cosas estuviesen destinadas a ser así. No le veo el sentido, de manera que lo aparto de mis pensamientos.
Hago una parada en la sala de seguridad para hablar con mis hombres, pero, como era de esperar, no hay novedades. Madara todavía no ha movido ficha, sea cual sea su siguiente movimiento, y es poco probable que vaya a hacerlo esta noche.
Llegará el momento en el que seré yo quien mueva ficha, pero no me decido a hacerlo. Todavía no, no cuando la relación con Sakura va tan bien. Antes de actuar lo mejor será dejar que las cosas hiervan a fuego lento y ver qué hace Madara.
Me da que la excusa es bastante pobre, seguramente porque lo sea de verdad. Y no me importa una mierda. Ahuyento esos pensamientos y me dirijo a mi habitación. No estoy seguro de qué me espero, pero no es encontrarme a Sakura en mi cama, profundamente dormida. Me quedo allí y la observo, mientras dejo que la escena me inunde en forma de olas. La manera en la que se ha acurrucado hacia un lado, cogiendo sin fuerza las sábanas a la altura del pecho. El pelo ya es una maraña esparcida por la almohada. Le da la espalda al lado de la cama en el que dormí anoche, como si esperase que me acostara junto a ella y pegara mi cuerpo al suyo. Me paso el pulgar por el esternón, como si así pudiera aliviar el dolor que siento. Me tienta mucho meterme con ella en la cama ahora mismo, pero me obligo a acercarme al armario, quitarme la ropa, e ir directo al baño para mi ritual nocturno.
Cuando regreso, está justo donde la dejé; apago la luz y me meto entre las sábanas. Igual estoy leyendo demasiado entre líneas. Se ha quedado dormida, pero ya me ha dicho que no le van mucho los arrumacos. Solo porque esté aquí no significa que sea una invitación a...
Sakura estira el brazo hacia atrás y me coge la mano. Se mueve hacia atrás, hacia mí, al tiempo que tira de mí hacia ella, y no se detiene hasta que estamos pegados el uno al otro desde el torso hasta el muslo. Entonces, tira de mi brazo para que le rodee el pecho con la sábana, y suelta un suspiro soñoliento.
—Buenas noches, Sasuke.
Parpadeo en la oscuridad, incapaz de negar el hecho de que esta mujer me ha cambiado la vida irreversiblemente.
—Buenas noches, Sakura.
Sakura.
Pasa un día y después otro, una semana se fusiona con la siguiente. Me paso los días obsesionándome con el momento en el que moverán ficha Madara y mi madre, y rindiéndome ante las distracciones que me ofrece la vida con Sasuke. Cada habitación es una nueva expedición; cada una contiene un secreto que me guardo con cariño. Hay estanterías encajadas en cada rincón, todas llenas de libros con lomos desgastados de tanto leerlos. Cada día conquisto una estancia, alargo la experiencia y me siento cada vez más cerca de conocer al dueño de esta casa.
Varias veces a la semana frecuentamos el mercado de invierno y Sasuke me deja que lo acompañe a explorarlo como si fuera su peluche preferido. También se dedica a descubrirme las joyas ocultas que ofrece la zona baja. Visito las docenas de columnas, cada una con una escena única relacionada con el negocio que enclaustra. Nunca me canso de la forma en la que su expresión pasa de cauta a pasmada cuando se da cuenta de lo mucho que valoro estas experiencias. Parece que esto me está dando a conocer esta parte de la ciudad, sí, pero también al hombre que la gobierna. ¿Y las noches? Mis noches las dedico a conocerlo de un modo completamente distinto.
Cierro el libro que no estaba leyendo para mirarlo. Está sentado en el otro extremo del sofá con un montón de papeleo y un portátil. Si entrecierro un poco los ojos, casi puedo fingir que somos personas normales. Que se ha traído trabajo a casa. Que estoy totalmente satisfecha con mi papel de ama de casa o cualquier etiqueta que concuerde con mi estado actual.
—Si piensas tanto te va a salir humo de la cabeza —dice sin levantar la mirada.
Jugueteo con el libro.
—Es que es un libro buenísimo. Todo un misterio.
No sueno ni un poquito convincente.
—Sakura. —La severidad de su tono exige una respuesta. Y una sincera.
Las palabras brotan de mí antes de que pueda reprimirlas:
—No me has vuelto a llevar a tu mazmorra sexual.
—No es una mazmorra sexual.
—Sasuke, es la definición de mazmorra sexual.
Ante esto, por fin aparta el portátil y me presta toda su atención. Frunce el ceño.
—Lo hemos estado pasando bien.
—Pasarlo bien se queda corto. Me encanta explorar tu casa y la zona baja de la ciudad. Me encanta explorarte a ti —Se me encienden las mejillas, pero vuelvo a la carga— Pero dijiste que querías que la gente nos tomara en serio, y ¿cómo van a tomarnos en serio si no me tratas como esperan que lo hagas?
—Es que no quiero compartirte con los mirones de la zona alta —espeta sin más, como si no estuviera dejando caer una bomba. Sasuke tira de la manta bajo la que me he acurrucado y la lanza al suelo— Aunque tienes razón. Es probable que no hayan hecho nada todavía porque no los hemos obligado.
Me derrito un poco con la sensación de su mano cerrándose alrededor de mi tobillo. Siempre me pasa igual con él. Sigo esperando a que se vaya apagando la intensidad, que estar siempre accesibles el uno para el otro le quite la magia al sexo. Pero aún no ha ocurrido. Al contrario, estas dos últimas semanas han hecho que lo desee más todavía. Soy como el perro de Pávlov. Me toca y lo anhelo al instante… ¿De qué estábamos hablando?
Sacudo la cabeza mentalmente e intento centrarme.
—¿Estamos intentando que muevan ficha?
—Estamos intentando hacerles daño. O por lo menos, hacerle daño a él.
Sasuke sube la mano por mi pantorrilla para agarrarme de la parte trasera de la rodilla y arrastrarme por el sofá hacia él. Hemos venido directos a su habitación después de cenar en un restaurante chiquitín y adorable que hay en su calle, así que todavía llevo puesto uno de los coquetos vestidos que me ha elegido Shizune. Por la forma en la que Sasuke me come con la mirada, diría que le gusta más cuando está hecho una maraña en mis muslos.
—Levántatelo.
Bajo las manos temblorosas para levantarme el vestido un poquito nada más, lo justo para que pueda atisbar lo que hay debajo.
Sasuke enarca las cejas.
—Mírate, llevas bragas como una chica decente.
—Ya, bueno, es que a veces me gusta provocar.
Dejo que la tela de la falda descanse sobre la cintura y me aparto las bragas. Me da igual que Sasuke haya visto y haya pasado la boca por cada centímetro de mi cuerpo. Me siento un poco sucia al hacerlo y tontear con los límites de esa sensación es adictivo, no sé si podré llegar a desengancharme. Ahora mismo no puedo pensarlo, ya lo haré después. Cuando acabe el invierno. Cuando me haya ganado mi libertad. Cuando desaparezca de la vida de Sasuke para siempre.
Me acerca otros tantos centímetros y se inclina para colocarse entre mis piernas abiertas. Con solo una mirada, suelto las bragas y me reclino sobre los codos. Sasuke me besa la seda con la boca abierta. Gimo.
—Joder, cómo me gusta...
Parece no tener interés alguno en apartarme la tela, me pone a cien a través de ella, hace que esté mojada y resbaladiza. No levanta la vista hasta que no estoy jadeando con dificultad y luchando por no levantar las caderas.
—Mañana daremos una fiesta.
—Una... fiesta.
—Mmmm —Por fin, ¡por fin!, aparta las bragas con la nariz y me besa el coño lenta y concienzudamente— Dime lo que quieres. Descríbelo con todo detalle.
Tengo que morderme los labios para no gemir.
—¿Qué?
—Ahora.
Bajo la mirada. ¿Quiere que le describa lo que quiero ahora que me está follando con la lengua? Parece ser que sí. Me muerdo el labio inferior e intento concentrarme a pesar de las olas de placer que me envía por todo el cuerpo. He tenido mucho tiempo para conocer bien mis gustos y los de Sasuke, pero esto está a un nivel totalmente distinto.
—Yo, eh, quiero...
No quiero decírselo.
Entierro los dedos en su pelo y me alzo para concederle mejor acceso. El siguiente lametazo no llega nunca. A pesar de lo bien agarrado que lo tengo, Sasuke se separa de mí con facilidad. Junta las cejas mientras escudriña mi cara.
—Con todo lo que hemos hecho estas últimas semanas, ¿qué podrías querer para estar así de tímida?
—Me gusta estar contigo. Me encanta lo que hacemos juntos.
Frunce todavía más el ceño.
—Sakura, si no estuviera dispuesto a darte todo lo que necesitas, no te lo habría preguntado.
No quiero. De verdad que no quiero. Está mal, es demasiado sucio incluso para nosotros. Sé que es extremadamente hipócrita echarle la bronca a Sasuke por reprimirse cuando está conmigo y después hacerle lo mismo a la espalda, pero es una sensación diferente. De hecho, es diferente.
Cambia de posición mientras yo mantengo mi lucha interna, se sienta y me coloca sobre su regazo. Con la espalda contra su pecho y las piernas abiertas por fuera de sus muslos. Tal como estaba aquella noche cuando me hizo correrme y después lo monté delante de todo el mundo. Esa misma noche que sembró la fantasía que tanto temo poner en palabras.
Sasuke desliza una mano dentro de mis bragas para acariciar mi sexo con la palma y me mete dos dedos. Después se queda quieto, me sostiene del modo más íntimo posible.
—Te noto tensa, sirenita. ¿Es que esto te trae recuerdos?
—Pues claro que no. ¿Por qué lo preguntas? —contesto demasiado deprisa, con la voz demasiado entrecortada como para que mi bravuconería suene convincente.
Me besa en el cuello y sube hacia mi oreja.
—Cuéntame.
—No quiero.
—¿Crees que te voy a juzgar?
No es eso. Gimoteo mientras dobla los dedos por mis paredes internas.
Así, sin más, la verdad brota de mis labios:
—No quiero hacer nada que tú no quieras.
Se queda quieto durante un largo instante y después se ríe contra mi piel.
—Esa noche te removió algo, ¿verdad? —Otro movimiento delicioso de sus dedos. Su voz me retumba en la oreja— Dímelo. Dime qué fantasía ha estado rondando tu cabecita desde la fiesta.
Mis muros se derrumban. Cierro los ojos.
—Quiero ser la que esté en el escenario. No escondida en las sombras contigo. Ahí, bajo la luz de los focos mientras lo hacemos delante de todo el mundo. Donde me posees y me haces tuya delante de todos.
Sigue tocándome sin parar.
—¿Tan difícil era?
—Sí —Lo agarro del antebrazo, pero ni siquiera puedo diferenciar si estoy intentando apartarlo o que siga tocándome— Sé que no te gusta sentirte expuesto.
—Mmmm —Me mordisquea el lóbulo de la oreja y presiona la parte superior de la palma contra mi clítoris— ¿Crees que hay algo que no estoy dispuesto a darte mientras seas mía? Joder, te lo daría todo.
No tengo palabras, pero no pasa nada porque parece que él tiene suficientes para ambos. Continúa con sus movimientos lentos, el placer se acumula de manera constante en mi interior, cada vez más intenso, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Y tiempo es lo único que no tenemos.
Sube la mano libre para apartarme los tirantes del vestido de los hombros y deja que me caiga hasta la cintura. No sé cómo, pero estar medio vestida mientras me masturba me resulta más sexy que si lo hiciera estando desnuda. Sasuke siempre sabe lo que más me pone y jamás duda en hacerlo realidad.
—Te haré inclinarte sobre la silla y te levantaré la falda para que todos puedan ver tu coño hambriento. Te abriré de par en par con los dedos.
—Sí —jadeo.
—Te concederé tu deseo, amor. Te lo daré todo. —Se ríe de forma sombría—. ¿Quieres que te cuente un secreto?
—Sí.
—A mí también me pondría cumplir tu fantasía —Me mete un tercer dedo— Si quiero desnudarte y follarte hasta que me pidas clemencia, eso es lo que voy a hacer. Porque me encanta. Porque te correrías. Porque no hay nada que puedas pedirme que no esté dispuesto a darte. ¿Lo entiendes?
—Sí.
He aquí aquello que no era capaz de concebir, la razón por la que esa amenaza oscura me resultaba tan prometedora. Debería haber sabido que lo entendería, no habría dudado de él.
Me levanta y me inclina sobre el reposabrazos del sofá. Me levanta la falda y me baja las bragas hasta los muslos.
—No te muevas.
Desaparece durante unos segundos y percibo el ruido del envoltorio de un condón. Después, se abre paso en mi interior, centímetro a centímetro.
Esta posición hace que entre más justo, pues las bragas impiden que me abra de piernas. Es el bondage más leve que una se puede imaginar, pero hace que me ponga mil veces más cachonda. Sasuke me agarra las caderas y empieza a moverse. Me remuevo para agarrarme mejor al cojín, pero se me deslizan los dedos por el cuero y no consigo encontrar apoyo. Él no duda ni un instante. Me levanta para que pegue la espalda a su pecho, con una mano me sostiene de la garganta y con la otra se aventura hacia abajo para presionarme el clítoris. Cada caricia crea una fricción deliciosa que me lleva a las nubes.
Su voz es tan grave que más que oírla la siento.
—Tu coño es mío y hago con él lo que me da la gana. En público. En privado. Donde yo quiera. Porque, sirenita, eres mía.
—Si soy tuya... —Y lo soy. Sin duda lo soy. No puedo recuperar el aliento, apenas puedo pronunciar las siguientes palabras— Entonces tú también eres mío.
—Sí —Su voz ronca en mi oído— Sí, joder, soy tuyo.
Me corro con todas mis fuerzas, retorciéndome contra su mano y su pene. Él vuelve a ponerme a cuatro patas en el sofá y termina con unas cuantas embestidas brutales. Sale de mi interior y apenas tengo la oportunidad de echar de menos sentirlo contra mi espalda cuando regresa y me toma entre sus brazos. Después de aquella primera noche en la que visitamos el mercado de invierno he dejado de quejarme a medias tintas cuando me lleva en brazos. Ambos sabemos que sería mentira que insistiera, porque disfruto tanto de estos momentos como él parece hacerlo.
Nos lleva al interior de lo que se ha convertido en nuestra habitación y me suelta. Lo agarro de la muñeca antes de que pueda dirigirse al interruptor, como hace de forma habitual.
—¿Sasuke?
—¿Sí?
Siento el impulso de bajar la mirada, de dejarlo estar, y es casi abrumador; pero después de que me haya pedido que sea vulnerable y sincera con él, no puedo más que pedirle lo mismo a cambio. Me encuentro con su mirada.
—¿Puedes dejar la luz encendida? Por favor.
Se queda tan quieto que creo que ha dejado de respirar.
—No te gustaría.
—No te lo pediría si no lo quisiera —Sé que debería dejar de presionarlo, pero no puedo evitarlo— ¿No confías en que no te rechazaré?
Se le entrecorta el aliento de repente.
—No es eso.
Pues lo parece. Pero decírselo no haría más que ponerlo entre la espada y la pared. Quiero su confianza del mismo modo que él parece anhelar la mía, obligarle a ello no es la manera de conseguirla. Muy a mi pesar, le suelto la muñeca.
—Está bien.
—Sakura... —vacila— ¿Estás segura?
Algo me revolotea en el pecho, tan ligero y fluido que se parece a la esperanza, pero, en cierta forma, más intenso.
—Si tú te sientes cómodo, sí.
—Vale —Mueve las manos a los botones de la camisa y se detiene— Vale —repite.
Muy pero que muy despacio empieza a quitarse la ropa. Aunque me digo que no debería mirarlo fijamente, no puedo evitar comérmelo con los ojos. He notado sus cicatrices, pero casi produce espanto verlas bajo la luz. No concibo el peligro en el que habrá estado, el dolor al que ha sobrevivido; me deja sin aliento. Las quemaduras le cubren el torso casi por completo y le bajan hasta el costado derecho de la cadera. Sus piernas tienen cicatrices más pequeñas, pero nada está a la altura de las del pecho y la espalda.
Madara fue quien se lo hizo. Ese malnacido habría matado a un niño pequeño del mismo modo en el que mató a sus padres.
El deseo de envolver a este hombre entre los brazos y protegerlo hace que mi voz suene salvaje:
—Eres increíble.
—No me vengas con mentiras.
—Lo digo de verdad.
Levanto las manos y las coloco con delicadeza sobre su pecho. Ya le he tocado ahí docenas de veces, pero esta es la primera vez que lo veo sin nada de por medio. Una parte de mí se pregunta qué le pasó durante los años posteriores al incendio que ha hecho que se esconda de todo el mundo, incluso durante el sexo, y el instinto protector que me reconcome se vuelve más intenso. No puedo curar las cicatrices de este hombre, ni las internas ni las externas, pero seguro que podré ayudar, aunque en menor medida.
—Para mí lo eres. Las cicatrices son parte de eso, parte de ti. Son una señal de todo a lo que has sobrevivido, de lo fuerte que eres. Ese gilipollas intentó matarte cuando eras un niño y sobreviviste. Vas a vencerle, Sasuke. Lo harás.
Me concede un atisbo de sonrisa.
—No quiero vencerlo. Quiero matarlo.
