Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
11
Sasuke.
Me despierto con Sakura entre los brazos.
Esa primera sensación al ser consciente de su presencia y de su calor se ha convertido en mi momento favorito del día. A pesar de lo que me dijo la primera vez, le van los arrumacos, y da igual cómo estamos colocados cuando nos quedamos dormidos, porque siempre encuentra la forma de llegar a mí en la oscuridad. Una y otra vez, todas las noches que pasamos juntos en mi cama. Si fuese de esos hombres optimistas, lo vería como una señal de algo más. Pero no soy tonto. Le gusta lo que hacemos juntos. Hasta le gusto yo, al menos hasta cierto punto tolerable. Pero, ahora mismo, la única razón por la que estamos juntos es porque estamos en caminos paralelos para hacer que Madara pague por lo que ha hecho. En cuanto lo consigamos, esto se acaba. No somos tan bobos, ni ella ni yo, como para pensar que lo de las últimas semanas no es sino la calma antes de la tormenta. Todo el mundo cree que Madara es un hombre impetuoso y enérgico, pero solo es así para desviar la atención de lo que hace a escondidas. Durante estas tres semanas, ha acudido a las fiestas y ha actuado como si no pasara nada. Deméter no ha llevado a cabo su amenaza en público, pero las remesas que llegan a la zona baja de la ciudad han disminuido de manera considerable. Si no llevásemos años preparándonos para este desabastecimiento, mi pueblo estaría sufriendo penurias ahora mismo.
Y todo por orgullo.
Con delicadeza, le aparto el pelo dorado a Sakura de la cara. Si tan solo fuese mejor persona... Pero no lo soy. Yo he elegido seguir este camino, y lo haré hasta el final. Debería estar encantado de que Sakura quiera representar la fantasía que le describí aquella noche. Igual acostarse conmigo no es suficiente para obligar a Madara a actuar, pero cada vez que se monta encima de mí y me folla en público, estamos más cerca de llegar al objetivo. Cada vez que corre el rumor de lo que la gente ha presenciado en su visita a mi cuarto de juegos, su valor disminuye a ojos de Madara. Una jugada excepcional, aunque no la esté llevando a cabo por motivos excepcionales.
Ella lo quiere. Y yo quiero dárselo. Con ese motivo, me basta. Sakura se estira contra mi cuerpo y abre esos ojos de color esmeralda.
—Buenos días —me dice sonriendo.
El vuelco sordo del corazón que me sobreviene cada vez más a menudo cuando estoy con ella ahora tiene uñas y dientes. No puedo evitar brindarle una sonrisa como respuesta, aunque una parte de mí quiera salir cagando leches de esta cama, empezar a caminar y no parar hasta haber recuperado el control sobre mí mismo. Solo porque no haya sentido esto antes no significa que no sepa lo que está pasando.
Me estoy enamorando de Sakura.
Quizá todavía estoy a tiempo de salvarme si me echo atrás ahora, pero no lo tengo claro. De todos modos, qué más da. No voy a parar hasta que tenga que hacerlo, por mucho dolor que vaya a sufrir cuando todo acabe.
—Buenos días —contesto apartándole el pelo otra vez.
Sakura se acurruca más contra mí y apoya la cabeza sobre mi pecho lleno de cicatrices, como si no sintiera asco al ver las marcas. ¿Quién sabe? Igual no le dan asco. Pero sería la primera persona. Tuve una relación a una edad temprana en la que me desnudé delante de mi pareja, y la reacción de ese hombre me bastó para garantizar que no volvería a hacerlo jamás. Quizá otras personas hubiesen sido más amables con el tema, pero nunca les di la oportunidad.
Tampoco es que ahora se la esté dando a Sakura.
—¿Va todo bien? —Le tiemblan las manos como si quisiera tocarme, pero me da la sensación de que se está esforzando por mantenerlas en mi cintura. Respetando lo difícil que todavía es para mí estar aquí tumbado, bajo la luz matutina, con las cicatrices a la vista—. Esta semana no me has contado gran cosa sobre las líneas de abastecimiento y eso.
Suelto un lento suspiro e intento relajarme. No sé si quiero que me toque o que no. Al parecer, no sé una mierda de nada cuando está esta mujer involucrada. Casi me resulta todo un alivio poder concentrarme en el problema más importante que tengo de puertas afuera de este dormitorio.
—Estamos a la espera. Los suministros siguen menguando, pero estábamos preparados por si pasaba algo así. Madara apenas ha rozado nuestro límite.
—No puedo creerme que mi madre sea tan cruel —comenta tensa— Lo siento muchísimo. De verdad pensaba que... —Suelta una risa triste antes de continuar— No sé en qué estaba pensando aquella noche. ¿Que nadie me echaría de menos si desaparecía? Ahora que lo pienso, no estuve muy acertada.
—No fue poco acertado si estabas aterrada y afectada —Pero conozco lo suficiente a Sakura para saber que actuar sin tener un plan es lo mismo que cometer un pecado imperdonable— Solo demuestra que no eres de piedra. Todos nos asustamos a veces y huimos. No debes fustigarte por eso.
Sakura resopla, pero todavía tiene la mente puesta en cosas que están fuera de esta habitación.
—No puedo permitírmelo. No cuando el futuro de toda mi familia pende de un hilo. Y aunque no fuera así, no debería haber pensado solo en mí.
Ya estamos otra vez.
La estrecho entre mis brazos y la pego más a mi cuerpo.
—Sakura, ¿confías en mí?
—¿Qué? —Estira el cuello para poder mirarme a la cara, con las cejas unidas por el ceño fruncido— ¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una pregunta totalmente justificada.
Intento no contener el aliento mientras espero la respuesta. Gracias a los dioses Sakura no se hace mucho de rogar. Asiente, con una repentina seriedad.
—Sí, Sasuke, confío en ti.
La sensación de que algo me desgarra el pecho se intensifica. Es como si mi corazón estuviese intentando abrirse camino por el tejido calcificado para llegar hasta ella. Joder, estoy llegando al nivel en el que me abriría el pecho y me arrancaría el corazón solo para poder regalárselo. ¿Qué cojones me pasa? Se va a ir. Eso no ha cambiado.
Pero jamás se me pasó por la cabeza que se llevaría mi maltrecho corazón con ella cuando se fuera.
—¿Sasuke?
Parpadeo y aparto ese nuevo descubrimiento de mis pensamientos.
—Si confías en mí, entonces créeme cuando te digo que nadie en tu situación podría actuar mejor que tú.
—No es tan fácil —me contesta con el ceño fruncido otra vez.
—Sí que es tan fácil.
—No puedes sentenciar que es así, sin más, y borrar todo rastro de duda de mi mente.
—No lo haría ni aunque pudiera —contesto riéndome entre dientes— Me gustas cuando te pones difícil.
Sakura se mueve, me pasa una pierna por las caderas y se sienta encima de mí a horcajadas. Con el pelo todo revuelto y la tenue luz del sol matinal colándose por las cortinas e iluminándole el cuerpo a contraluz, luce como lo haría una diosa de la primavera, pura afectuosidad y sencillez.
Me sostiene la mirada.
—Ya que ha salido el tema de la confianza, quiero hablar de la protección —Se mantiene completamente inmóvil, como si no notara el principio de mi erección contra su cuerpo— En plan, que quiero dejar de usarla.
Se me hace un nudo en la garganta que me deja sin aliento.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé, Sasuke. Contigo no tengo que hacer nada que no quiera hacer. La facilidad con la que lo dice me hace sentir... Sin más, me hace sentir.
Mucho. Con delicadeza, poso las manos sobre las caderas de Sakura.
—Me hago controles a menudo.
Sakura asiente como si no esperara menos, y se fía de mí. La confianza absoluta que deposita en mí me abruma un poco. Entonces, apoya las manos sobre las mías.
—Yo no he estado con nadie después de dejarlo con mi exnovia, y me hice las pruebas al acabar la relación. Además, tomo medidas para no quedarme embarazada: llevo un diu.
—No tienes que hacerlo —repito.
Ahora mismo, lo que más quiero en este mundo es estar dentro de ella sin una barrera, pero tampoco quiero que acceda a hacer algo para lo que no esté preparada al cien por cien. A estas alturas ya debería conocer mejor a Sakura.
—Sasuke —dice sin moverse— ¿tú no quieres? Porque no pasa nada si no quieres. Sé que te tienes que fiar de mí en lo del diu, así que, si no estás cómodo con la situación, no pasa nada, de verdad. Te lo prometo.
Por un minuto me quedo mirándola totalmente desconcertado. ¿Cuándo fue la última vez que alguien tuvo en cuenta que yo estuviera cómodo? No lo sé. No tengo la menor idea. Cuando he estado con otras parejas en el pasado, siempre era yo el dominante, la parte responsable que preparaba las escenas y las dirigía. Me gusta ese papel, que otros se sometan a mí, pero no me había dado cuenta de lo cansado que estoy hasta que Sakura ha mostrado conmigo un mínimo de consideración.
Otra vez tiene el ceño fruncido.
—Ay, madre mía, me he pasado, ¿no? Lo siento. Olvídalo, no he dicho nada.
La agarro fuerte por las caderas antes de que pueda moverse.
—Espera, dame un momento.
—Tómate el tiempo que necesites.
Lo dice con tal resignación en su voz que casi me echo a reír. Por fin consigo tranquilizarme.
—Creo que queremos lo mismo —hablo despacio, tanteando el terreno— Si en cualquier momento cambias de opinión, volveremos a los condones.
—Y si tú cambias de opinión, también —Esboza una sonrisa de alegría; me coge por las muñecas y, poco a poco, guía mis manos hasta que le envuelvo los pechos con ellas— Qué mejor momento que ahora para ponernos manos a la obra.
—No te lo voy a negar.
—¿En serio? —pregunta arqueando las cejas— ¿No me lo vas a negar ni siquiera un poquitito? Menudo chasco.
La engancho por la nuca y tiro de ella hacia mí para cubrir mi boca con la suya. Por mucho que disfrute cuando nos chinchamos el uno al otro, ahora mismo no estoy de humor para eso. La confianza que está depositando en mí me abruma hasta tal punto que no estoy preparado para lidiar con ello. No es ni de lejos tan aparentemente sencillo como decirnos la verdad el uno al otro. Ella confía en mí cuando le doy mi palabra de que ahora mismo no corre peligro.
Sakura se funde sobre mi pecho, y me devuelve el beso con entusiasmo. Deslizo las manos para cogerla del culo y levantarla lo suficiente para que mi miembro roce la entrada a su vagina. Me quedo inmóvil, y le doy tiempo de sobra para cambiar de parecer. A estas alturas no debería ser tan inocente. Ella ha decidido recorrer este camino y está lista para seguir adelante con ganas, tal como parece hacer con todo lo demás en su vida.
Menea las caderas despacio, y va metiéndosela poco a poco. Se inclina un poco para susurrarme al oído:
—Esto es increíble, ¿no? Me pone muy cachonda lo duro que estás —Vuelve a contonear las caderas— Dime cosas, Sasuke. Dime lo a gusto que estás dentro de mí. Me encanta cuando me dices cosas sucias al oído mientras me follas.
A mí también me encanta. Deslizo las manos hacia abajo por su culo para acariciar justo donde la curva acaba en la parte de atrás de la zona alta de los muslos.
—Estás tan estrecha y húmeda, sirenita. Creo que te gusta portarte mal.
—Sí.
Se hunde un poco más sobre mí.
—No te hagas la inocente. Sé lo que quieres. Métetela ya.
Sakura gime, se desploma encima de mí y se mete toda mi erección en su interior. Hundo las manos en su pelo y la acerco un poco más hacia mí para darle otro beso. Es un descontrol y perfecto a la vez. E incluso mejora cuando Sakura empieza a moverse, balanceando las caderas mientras se esfuerza por no romper el beso. Y ya sé que no bastará.
La suelto y le doy un suave empujoncito para apoyar la mano en el centro de su pecho, animándola a sentarse sobre mí.
—Fóllame.
Sakura obedece, arquea la espalda y me folla con movimientos lentos y autocomplacientes. Observo cómo mi polla desaparece en su interior, y debo luchar por no correrme solo de verlo. La sensación de estar dentro de ella sin una barrera entre nosotros, la total confianza que está depositando en mí, todo resulta demasiado excitante. No puedo pensar. Es como si me hubiese desconectado de mi cuerpo, porque lo único que puedo hacer es aferrarme a ella mientras me toma despacio y a conciencia.
Es una diosa hecha de oro, y yo no soy más que un mortal que nunca será digno de ella.
Sakura me vuelve a coger de las muñecas, y coloca una de mis manos sobre la cumbre de sus muslos.
—Sasuke, por favor, tócame. Haz que me corra —Me guía la otra mano hasta su cuello, para que lo coja, y se apoya en el contacto— No pares.
Joder.
Pongo el brazo en tensión, y dejo que sea ella quien presione su cuello contra la palma de mi mano, que sea ella quien controle la presión; y al mismo tiempo, despacio, trazo unos círculos sobre su clítoris con el pulgar. Sakura cierra los ojos de golpe por la sensación de placer, y entonces se corre, y noto cómo se le tensan los músculos alrededor de mí. Es demasiado. En cualquier otro momento, bajaría el ritmo para aguantar un poco más, pero ahora mismo lo único que quiero es seguirla hasta el éxtasis de placer. Me acerco más a ella, mientras las olas de placer me embargan.
Sakura captura mis labios, me captura a mí, en un beso que parece ralentizarlo todo y devolverme a mi cuerpo, célula a célula. La rodeo con los brazos y la estrecho más contra mí. Siento el corazón lleno de sangre y en carne viva, y eso debería asustarme, pero no sé muy bien por qué me resulta jodidamente liberador. No lo entiendo, pero tampoco hace falta.
Le doy un beso en la frente.
—Vamos a ducharnos y a ponernos en marcha.
—¿En serio? —Se estira contra mí, y la sensación de estar piel con piel es embriagadora— He pensado que igual hoy podíamos hacer pellas y quedarnos en la cama todo el día.
—Pero si hacemos eso no podremos ir al invernadero.
Sakura levanta la cabeza de una forma tan repentina que casi me da en la barbilla.
—¿Al invernadero?
Si tuviese la más mínima duda sobre lo que había planeado para el día de hoy, la felicidad que leo escrita en su rostro la habría eliminado al instante.
—Sí.
Se levanta y se aleja de mí antes incluso de que pueda mentalizarme.
—Entonces ¿a qué estamos esperando? Venga, en marcha. —Le miro el culo mientras atraviesa a zancadas la habitación y desaparece por la puerta del baño. Un par de segundos después, oigo cómo cae el agua de la ducha y su voz emerge del interior— ¿Vienes? Creo que ahorraremos tiempo si nos duchamos juntos.
El tono meloso de su voz la delata.
Me sorprendo con una amplia sonrisa en el rostro mientras me levanto de la cama y sigo sus pasos hasta el baño.
—Ahorramos tiempo y agua. Perfecto.
Sakura.
Sasuke y yo pasamos una hora de lo más agradable en el invernadero, después hacemos unas cuantas paradas de camino a casa para que él pueda ver a la gente y dejar que lo vean. No especifica que esa sea la razón por la que estamos deambulando por uno de los pasillos de una ferretería después de haber hecho lo mismo en un supermercado pequeñito, pero soy consciente de cómo lo mira la gente. Por la forma cuidadosa en la que analiza las estanterías vacías, no me cabe duda de que está apuntando mentalmente las lagunas en la línea de abastecimiento y buscando el modo de suplir esos huecos para que su gente no sufra. Es brusco y tan directo que roza la grosería, pero no puede ser más evidente que su gente besa el suelo por donde pisa. He perdido la cuenta de la cantidad de dueños de negocios que le agradecen lo mucho que los cuida ahora que la cosa está complicada. Es más, los ciudadanos trabajan codo con codo para asegurarse de que nadie se quede atrás. Es una mentalidad que recuerdo vagamente de la época antes de mudarme a Olimpo, pero los años en la zona alta han hecho que parezca novedosa y desconocida. Tampoco es que todos los que viven en la zona alta sean egoístas o malvados. No. Es solo que siguen el ejemplo de los Trece y son plenamente conscientes de que nunca están seguros del todo.
Otra diferencia abismal más que separa a Sasuke de Madara.
Abandonamos la ferretería y recorremos la calle. Me parece lo más natural del mundo cogerle de la mano, cosa que parece que hago siempre que salimos a dar estos paseos. Él entrelaza sus dedos con los míos y tengo la sensación de que así debería ser siempre, lo que me deja sin aliento durante unos cuantos pasos. Abro la boca para decirle... ni siquiera sé qué.
Veo el cartel antes de darme cuenta. Me detengo de repente.
—¿Qué es eso?
Sasuke sigue mi mirada.
—Es una tienda de mascotas. Un negocio familiar que lleva ahí unas tres o cuatro generaciones, si mal no recuerdo. Sin contar las tres que lo llevan en la actualidad.
Me informa de toda su historia, igual que hizo con la de la familia que regenta el puestecito de gyros en el mercado de invierno, sin ser consciente de lo increíble que resulta que pueda recitarla toda de memoria.
—¿Podemos entrar? —Ni me molesto en ocultar la emoción que se aprecia en mi voz. Cuando enarca una sola ceja, me veo obligada a justificarme— Cuando era muy pequeña, teníamos dos perros. Eran perros de trabajo, claro, porque en una granja no se desperdicia nada, ya sea industrial o no, pero los quería. Evidentemente, tener mascotas en los rascacielos está prohibido. —Tengo que tragarme las ganas de dar saltitos como una niña pequeña— Por favor, Sasuke. Solo quiero entrar a mirar.
Alza la ceja todavía más si es posible.
—No sé por qué, pero no te creo —Aun así, esboza una de sus lentas sonrisas— Pues claro que podemos entrar, Sakura. Tú primero.
Una campanilla tintinea sobre nuestra cabeza al atravesar el umbral de la puerta. Inhalo la mezcolanza de olores de animales y serrín, y en mi interior brota un sentimiento que es mitad nostalgia, mitad algo que no consigo identificar. No dedico mucho tiempo a pensar en mi vida antes de que mi madre se convirtiera en Deméter y nos mudáramos a la ciudad. De ninguna de las maneras nos iba a dejar volver, y suspirar por una vida que ya no era la mía me parecía una auténtica locura. Lo mejor y más sencillo era centrarse en el futuro y en mi camino a la libertad. Ni siquiera estoy segura de por qué una tienda de mascotas me trae tantos recuerdos, pero tengo el corazón en la garganta mientras deambulo por el primer pasillo observando las cobayas y los pájaros de intensos colores. Llegamos al final, cerca de un mostrador, y veo que hay dos preciosas mujeres negras ahí plantadas, con los ojos clavados en un ordenador. Ambas levantan la vista y se percatan de nuestra presencia. Una de ellas, la que viste un par de vaqueros desgastados y un suéter de lana naranja, sonríe con comprensión.
—¿Por fin te has animado a aceptar mi consejo?
—Hola, Kiba —Me adelanta y ella lo envuelve en un abrazo— Solo estábamos haciendo la ronda.
—Ah, eso —Hace un gesto para restarle importancia— Estamos bien. Te has asegurado de sobra —Le da un apretón en los hombros y lo mira— Te apoyamos. Pase lo que pase.
Una vez más, esa lealtad absoluta que Sasuke se ha ganado. Y lo ha hecho sin amenazas ni costosas promesas. Su gente lo seguiría hasta el fin del mundo solo porque los respeta y se esfuerza al máximo para asegurarse de que estén bien. Es increíble presenciarlo.
Asiente.
—Te lo agradezco.
Ella baja las manos y vuelve a sonreír.
—Supongo que hoy no será el día en que te convenza de llevarte un perro o dos para que no te dediques a vagar como alma en pena por esa enorme casa embrujada.
Me animo.
—¿Perros?
Por fin se digna a mirarme, pero su actitud se torna un poco más fría.
—Normalmente no tenemos perros en la tienda, aparte del viejo Joe.
Señala con un gesto la cama para perros, que pensaba que tenía un montón de toallas encima. Hasta que levanta la cabeza y me doy cuenta de que no son toallas. Es un perro ovejero. Se sacude la pelambrera de los ojos y suelta un enorme bostezo.
—Por todos los dioses —susurro— Sasuke, mira esa criatura majestuosa.
—Ya la veo —comenta sin entusiasmo alguno.
Kiba se encoge de hombros.
—Como os decía, normalmente no tenemos perros en la tienda, pero Hanna ha encontrado una caja llena en el puente Ciprés. No sé si alguien de la zona alta ha decidido abandonarlos ahí o si ha sido uno de los nuestros, pero... —Suspira— A veces la gente es gilipollas.
Al escuchar eso, consigo dejar de prestarle atención al perro.
—¿Los han abandonado ahí sin más? —No tengo por qué sentir ninguna afinidad con unos cachorritos que no he visto nunca, pero no puedo negar que parece una extraña broma del destino— ¿Podemos verlos?
—Claro —Hace un gesto con el pulgar por encima del hombro— Los tenemos ahí detrás. Parece que tenían el tiempo suficiente para estar destetados, así que dentro de lo malo...
Ya estoy en marcha, paso de largo a Sasuke y a Kiba en la dirección que me ha indicado. Tal como ha dicho, hay una caja grande colocada casi en la trastienda. Me inclino hacia delante, miro en el interior y suelto un grito ahogado.
—Ay, mi madre.
Hay tres, todos negros azabache. No estoy muy segura de la raza (sospecho que no la tienen), pero son una monada y duermen en un montoncito en una de las esquinas. Alargo la mano, después me paro y miro a Kiba.
—¿Puedo?
—Por supuesto. —Ahora ya casi no percibo esa actitud fría cuando me mira, y estoy segura de que atisbo un deje de diversión en sus ojos oscuros— Entiendo que eres amante de los perros.
—Soy más bien partidaria de darles oportunidades equitativas a todas las mascotas —Me arrodillo delante de la caja y bajo la mano para acariciar con cuidado el lomo del cachorro que duerme arriba del montoncito— También me gustan los gatos. Los peces ni me van ni me vienen.
—Tomo nota.
Ahora está claro que Kiba se está aguantando la risa, pero no pasa nada. No me importa si le hago gracia.
—Sasuke, mira.
Él se arrodilla a mi lado.
—Estoy mirando.
Hay algo extraño en su voz, suficiente para distraerme de los cachorritos.
«Ay, dioses, qué suaves son.»
Le escudriño la cara. Parece casi dolorido.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Arrugo la nariz.
—Tus palabras dicen «nada», pero tu expresión me dice otra cosa totalmente distinta.
Suspira, pero no está irritado. Es más como si se rindiera.
—Son adorables —Baja la mano y coge uno con cuidado. Ahora sí que parece que algo le duele— No deberían haberlos abandonado de ese modo.
Reparo en que Kiba vuelve al ordenador con la mujer que debe de ser su madre para darnos algo de espacio y, aunque sea, crear la ilusión de la privacidad.
—Pasa mucho, sobre todo si no son de raza. Para los criaderos son básicamente inútiles y más bocas que alimentar. Es una mierda.
—Una mierda —repite Sasuke. El cachorrito se acurruca en su pecho y se acomoda en su brazo con un suspiro. Este le acaricia la cabeza con un solo dedo, como si le diera miedo hacerle daño— Es algo horrible que te rechacen.
Se me encoge el corazón. Hablo antes de darme la oportunidad de pensar.
—Deberías adoptar uno. Kiba tiene razón en lo de la casa grande y vacía, y nadie te va a querer más que un perro. Él o ella te habrá conquistado antes de que te des cuenta.
Contempla al cachorrito, todavía acariciándolo de forma metódica.
—No es una buena idea.
—¿Por qué?
—Porque es más fácil que no te importe nada.
Me reiría si quedara algo de aire en la estancia. Puede que Sasuke finja que todo le da igual, pero no he conocido a nadie más atento que este hombre. Se desvive por mantener las distancias con la gente, pero está claro que no se da cuenta de que ha fracasado estrepitosamente. No estoy segura de si debería contárselo, de si está en mi mano quitarle la venda de los ojos y mostrarle la verdad de sus circunstancias. Yo no soy un elemento permanente de su vida. Y pensarlo me deja con una sensación de vacío.
De repente, estoy empecinada en convencerlo para que se lleve el cachorrito. Pensar en Sasuke deambulando solo por los pasillos de su casa cuando me marche como un señor de la desolación y de la pena... No puedo soportarlo. No puedo permitirlo.
—Sasuke, deberías adoptar el perrito.
Por fin me mira.
—Es importante para ti.
—Sí —Cuando no hace nada, le doy otra dosis de realidad— Todo el mundo debería tener una mascota al menos una vez en la vida. Son una bendición y creo que te haría feliz. Y me gusta imaginarte feliz, Sasuke.
Esto último suena a confesión. Como un secreto solo entre nosotros dos.
Me observa un buen rato y no consigo adivinar qué está ocurriendo detrás de esos ojos oscuros. ¿También está pensando en la fecha límite que nos acecha? Es imposible saberlo. Al final, asiente lentamente.
—Puede que tener un perro no sea mala idea.
Aguanto la respiración sin querer.
—¿De veras?
—Sí. —Su atención se centra en los otros dos cachorros que quedan— Aunque estará la mar de solo sin sus hermanos.
—Mmm... —Estoy casi segura de que están a punto de salírseme los ojos— ¿Qué?
En vez de contestarme directamente, alza la voz.
—¿Kiba? —Cuando esta reaparece, hace un gesto con la cabeza hacia los cachorros— Nos los llevamos todos.
El hace una mueca.
—No seré yo quien te diga lo que tienes que hacer.
Levanta una ceja.
—¿Cuándo te has cortado?
—Tres perros son muchos, Sasuke. ¿Tres cachorros? Te estás metiendo en camisa de once varas... —Señala a los cachorros— Y estos sí que te van a dar la vara cuando te mordisqueen los zapatos caros hasta dejarlos hechos mierda.
No se deja intimidar. Él mismo ha escogido este camino y no va a permitir que nadie le haga cambiar de opinión.
—Pues le daré un aumento al servicio por las molestias. Todo irá bien.
Durante un instante, creo que ella va a seguir discutiendo, pero al final se encoge de hombros.
—No me vengas llorando dentro de una semana o dos cuando les empiecen a salir los dientes.
—No lo haré.
Lo mira una vez más y sacude la cabeza.
—Será mejor que llames a alguno de tus empleados para que vengan a ayudarte a llevar las cosas. No tienes lo necesario para criar cachorros, así que vas a tener que cargar.
—Dalo por hecho. Compraremos todo lo que consideres necesario.
El se marcha, todavía negando con la cabeza y farfullando acerca de los hombres testarudos. Me doy la vuelta hacia Sasuke y no puedo evitar sonreír de oreja a oreja.
—Vas a comprar tres perros.
—Querrás decir que vamos a comprar tres perros —Se levanta con facilidad, aún con el cachorro en brazos— Ya deberías saber que no sé decirte que no, Sakura. Me miras con esos enormes ojos esmeralda y puedes hacer conmigo lo que quieras.
Resoplo con una risilla. Se me escapa.
—Mira que eres idiota.
—Esa boca —murmura, la alegría le ilumina la mirada.
Suelto una carcajada. Siento el vértigo que causa la más pura felicidad. Algo que no tengo derecho a sentir, no con todo lo que nos acecha, pero en cierto modo eso hace que sea más especial. Quiero aferrarme a este momento, hacer a un lado la realidad y permitirnos disfrutar de este tiempo para siempre. Porque, sin importar lo que él diga, estos perros no son míos. Son suyos, tal como debe ser. Yo los tendré hasta el final del invierno, pero ya. Después me marcharé y serán la pequeña manada de Sasuke. Una compañía que con suerte aceptará a pesar de que mantiene las distancias con los humanos que lo rodean.
Mi burbuja de felicidad se desinfla al instante. Se merece mucho más de lo que le ha dado la vida. Se merece ser feliz. Se merece estar rodeado de amigos y seres queridos que llenen esa enorme casa de risas y experiencias. Es una buena persona, a pesar de que sea el villano en lo que a Olimpo se refiere (al menos en las partes de Olimpo que creen en su existencia).
Nos lleva media hora larga comprar todo lo que necesitamos y esperar a que aparezca Naruto con dos hombres para ayudarnos a transportarlo todo a casa. Hasta que no entro por la puerta principal, no me doy cuenta de que antes de hoy ya estaba considerando este lugar mi casa. De que se parece más a un hogar que el ático que mi madre tiene en un rascacielos, tanto con mis hermanas como sin ellas. Me atraviesa el miedo. Da igual lo mucho que esté disfrutando de mi tiempo con Sasuke, esto no puede ser mi hogar. He sacrificado demasiado, les he pedido a mis hermanas que sacrifiquen demasiado para no seguir adelante. Tengo que marcharme en cuanto cumpla los veinticinco, tengo que hacerme con mi herencia y conseguir salir de Olimpo. Si no lo hago... ¿de qué habrá servido todo esto?
Habré intercambiado una jaula exquisita por otra. Y eso es algo que no pienso permitir.
