Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
14
Sasuke.
Suponía que Sakura se apartaría de mí. Ya ha visto de lo que soy capaz. No puede albergar esperanza alguna de que en realidad sea un hombre bueno que finge no serlo. Me he pasado los últimos treinta minutos preparándome para su marcha mientras ella acompañaba a su hermana para que descansara.
Jamás me imaginé que regresaría a mí, justo a mí, en busca de consuelo.
—Lo siento —Sakura suelta un largo suspiro, y me agarra con fuerza la parte de atrás de la camisa, como si pensara que me separaré de ella antes de que ella me lo diga— Parece que desde que llegué a la zona baja no he hecho más que causarte problemas.
—Anda, ven —le digo, y le doy un beso en la sien— Jamás te disculpes por haber irrumpido en mi vida. No me arrepiento de ni uno solo de los momentos que he pasado contigo. Y no quiero que tú te arrepientas.
—Vale —susurra. Se aferra a mí en silencio. Hinata empieza a sollozar en el baño con tanta fuerza que podemos oírla por encima del agua de la ducha. Al escucharla, Sakura suspira— Esta noche tengo que quedarme con ella.
—Lo sé. —No quiero soltarla y que se vaya, no quiero que salga de este dormitorio. Con tiempo y distancia, quizá se replantee cómo se siente por lo que ha ocurrido esta noche. Carraspeo para aclararme la garganta y le digo— Gracias por llamarme, por gritar mi nombre. No... no sé si lo habría soltado.
Me pongo tenso, y espero el inevitable rechazo que esa confesión comportará.
—Por eso mismo lo hice —responde asintiendo en un lento movimiento.
Está a punto de añadir algo más, pero oímos que Hinata cierra la ducha. Ambos miramos el baño. Esta noche, ella la necesita más que yo. Le doy un último abrazo y me obligo a soltarla.
—Estaréis a salvo aquí. Da igual lo que haya podido cambiar. En ese sentido, todo sigue igual.
—Sasuke... —Veo que le tiembla un poco el labio inferior, justo antes de que se esfuerce por frenarlo— Va a usar esto para obligarme a volver allí, y para doblegarte.
No puedo mentirle, aunque una mentirijilla piadosa pueda parecerme una buena solución ahora mismo.
—Lo va a intentar —Me vuelvo hacia la puerta— Pero, Sakura, no pienso dejar que se te lleve. Aunque para evitarlo tenga que matarlo con mis propias manos.
—Ya lo sé —contesta con un estremecimiento.
No son palabras de alegría. En todo caso, parecen de tristeza. Como si se estuviese despidiendo.
Dejarla es más duro de lo que había previsto. No logro deshacerme de la sensación de que no estará aquí cuando regrese. Pero por muy cierto que sea todo lo demás, sé que Madara no se arriesgará a atacarnos esta noche y desaprovechar así la ventaja que tiene. Para venir a por mí necesita el respaldo del resto de los Trece, y eso le llevará tiempo.
Espero.
Me encuentro con Naruto esperándome delante de mi despacho. Observa la puerta con furia, pero lo conozco muy bien, tanto como para saber que todavía está cabreado por el desarrollo de los acontecimientos de esta noche. Cuando me ve, se sacude y se centra en el ahora.
—Kakashi está esperando.
—Pues no lo hagamos esperar más.
Entramos en el despacho, y aún no he cerrado la puerta y el hombre ya está negando con la cabeza.
—Sabía que iba a pasar esto. Va a aplastarte como aplastó a tu padre.
Al hablar farfulla un poco, y es evidente que el culpable de su dicción es el vaso de líquido ambarino que tiene en la mano. Le lanzo una mirada a Naruto, pero este se limita a encogerse de hombros. No tenemos nada que decirle. A su edad, tan avanzada, Kakashi puede hacer lo que le plazca. Necesito que mi gente esté concentrada, pero primero tengo que encargarme de esto. Al fin y al cabo, se lo debo. Se lo debo todo, joder.
—Yo no soy mi padre.
Hubo una época en la que, para mí, esa verdad era como una picadura que nunca me podía rascar. Kakashi adoraba a mi padre, le era todo lo leal que una persona puede llegar a ser. La descripción que da del hombre supera la realidad, es como una rara expectativa que recaía sobre mí mientras crecía. ¿Cómo iba a competir con eso?
Pero esa es la cuestión. No tengo que competir con el fantasma del hombre que me engendró. Se fue. Se fue hace más de treinta años. Yo soy yo, y ya va siendo hora de que Kakashi lo asuma.
Me hundo en la silla que hay enfrente de él.
—Yo no soy mi padre —repito despacio— Él seguía las normas y las leyes, confiaba en ellas, y por eso murió. No vio venir a Madara —Una única verdad que jamás aceptaré. Si era tan bueno como afirma Kakashi, ¿cómo es que no vio la víbora que era Madara? ¿Por qué no nos protegió? Aparto esos pensamientos. Estoy convencido de que volverán para atormentarme en las solitarias noches que tengo por delante, pero ahora mismo me desconcentran de mi objetivo. Y no me puedo permitir el lujo de dar un solo paso en falso— Me he pasado toda la vida analizando a Madara. ¿No crees que seré capaz de anticiparme a sus movimientos?
—¿Qué vas a hacer? —Kakashi suena como la sombra del hombre que era; su voz, que antaño retumbaba, ahora es apagada y entrecortada— ¿Qué vas a hacer contra el rey de los dioses?
Despacio, me pongo en pie.
—No es el único rey de Olimpo —Me vuelvo a Naruto, y muevo la barbilla con brusquedad— Llévatelo a su habitación y consigue que alguien se quede con él. Tenemos que hablar.
Entre los dos levantamos a Kakashi del sillón, y le doy unas palmaditas en la espalda.
—Descansa un poco, abuelo. Tenemos una guerra que ganar.
—¿Obito? —pregunta, y me escudriña el rostro. Entonces, una enorme sonrisa le atraviesa la cara arrugada— Obito, amigo mío, te echaba de menos.
No me está hablando a mí. Le habla a mi padre. Se me encoge el corazón, pero le doy un último apretón en el hombro y dejo que Naruto se lleve a su abuelo a su cuarto. Me acerco a mi mesa con paso airado y cojo la botella de whisky que Kakashi no se ha llevado, pero no la abro. Por mucho que me atraiga la idea de calmarme con ella, esta noche tengo que estar avispado. Bueno, no solo esta noche... hasta que todo esto acabe.
La puerta a mis espaldas se abre con un suave crujido, y se me erizan los pelos de la nuca. Mi instinto me grita que estoy en peligro, pero, en vez de darme la vuelta y lanzar la botella de whisky, me giro despacio; ya sospecho con quién me voy a topar. Solo hay una persona capaz de eludir mi seguridad. La verdad, me sorprende que esta vez haya usado la puerta en vez de aparecer en la silla de mi despacho como por arte de magia.
—Algún día tendrás que contarme cómo consigues sortear mis medidas de seguridad incluso en su máximo esplendor.
—Igual algún día lo pienso.
Karin no luce su característica sonrisa. Lleva un par de pantalones negros ajustados y una camisa larga morada que está a medio camino entre una camiseta de hombre y un vestido. El mejor conjunto para pasar desapercibida entre las sombras, al parecer.
Rodeo la mesa para inclinarme sobre ella.
—Veo que vienes por asuntos oficiales.
—Así es —En su expresión veo muestras de algo semejante al arrepentimiento— Sasuke, la has cagado. No tendrías que haberle dado una oportunidad. Nos has dejado a todos atados de pies y manos, incluso a los que te consideramos un amigo.
Por algún motivo que desconozco, eso me afecta. Amigos. Apenas he podido admitir que Suigetsu y ella podrían ser mis amigos, y ya no lo son. Estoy resuelto a mantener la calma, pero, aun así, siento un pellizco de dolor.
—No creo que seamos tan buenos amigos si acabamos en bandos contrarios de una guerra.
—No tienes ni idea de cómo son las cosas en la zona alta —contesta entrecerrando los ojos— Es muy diferente a como son aquí. Puede que en tu territorio tú seas un rey benévolo, pero Madara es harina de otro costal. Contrariarlo supone un precio que la mayoría de nosotros no nos podemos permitir.
Me asombra su respuesta. Karin y yo nos conocemos desde hace años, pero nunca hemos hablado de nuestro pasado en un acuerdo tácito por parte de ambos. No conozco sus orígenes, no sé nada de su familia, o siquiera si la tiene. No sé cuál es el precio que estaría dispuesta a pagar por intentar oponerse a Madara.
Se me escapa un suspiro. Mi intención no era parecer tan cansado pero la gravedad de lo que se avecina me aplastará si le doy muchas vueltas al asunto. Llevo planeando esta posibilidad desde que tuve edad suficiente para comprender qué les había pasado a mis padres y quién había sido el responsable de su muerte.
Pero Sakura nunca entró en mis planes. ¿Pensar que ella pague una parte del precio? No. No pienso permitirlo. Me importa una mierda lo que tenga que hacer.
—Pues venga, vamos a ello —Con un gesto, la invito a darme el mensaje que es evidente que tiene para mí— ¿Qué tiene que decir ese capullo?
Karin asiente y se aclara la garganta. Cuando surge, su voz es una imitación sorprendente de la retumbante voz de Madara.
—Tienes trece horas para devolver a las dos chicas Haruno a la orilla del río a la que pertenecen. Si no lo haces, comportará tu aniquilación y la de aquellas personas a tu mando. No se me podrá responsabilizar por las muertes de civiles. Sasuke, toma la decisión correcta —Karin exhala y se sacude el cuerpo— Fin de la transmisión.
La broma no nos hace gracia a ninguno de los dos.
—¿Trece horas? —pregunto analizándola.
—Nadie podrá decir nunca que Madara carece de teatralidad. Una hora por cada miembro de los Trece.
—No va a dar marcha atrás ni aunque le devuelva a las dos chicas.
Lleva muchísimo tiempo esperando una oportunidad como esta. No sé qué pasará si me muero y no tengo descendiente que asuma el título de Sasuke. ¿El título desaparecerá conmigo y Madara se repartirá la zona baja con Poseidón, una mitad para cada uno? ¿O acaso Madara puede intervenir y designar a alguien de su propia elección? Ninguna de las opciones beneficiará a mi pueblo.
—No, no creo.
El conflicto que se refleja en el rostro de Karin me dice todo lo que necesito saber: no le gusta nada cómo se está desarrollando todo, pero no va a arriesgar el pellejo para evitarlo. Aunque, bueno, no creo que pudiera evitarlo aunque quisiera. Mientras sigo pensando en mis posibles respuestas, Karin se inclina hacia delante y tira de mí para darme un abrazo.
—Por favor, de verdad, ten cuidado.
Le devuelvo el abrazo, incómodo, y una parte de mí se espera un puñal entre las costillas.
—No prometo nada.
—Y eso es lo que me temo —Me da un último achuchón y retrocede. Los ojos oscuros le brillan un poco antes de que parpadee para secarse las lágrimas— ¿Tienes la respuesta?
—Tendrá mi respuesta en trece horas.
Karin abre la boca como si quisiera contradecirme, pero, al final, se limita a asentir.
—Buena suerte, Sasuke.
—Sal por la puerta principal cuando te vayas.
—¿Y qué gracia tendría?
Me dirige una sonrisa y, después, ya no está; se cuela por la puerta y me deja pensando qué cojones voy a hacer. No importa lo mucho que me haya preparado para esto, eso no cambia el hecho de que el precio que pagaré será alto. Cuando termine el plazo, Madara nos atacará rápido y con dureza, y traerá la guerra a mi territorio para asegurarse de que mi pueblo pague el precio más alto que hay. Conseguirá dos cosas: hacerme daño y posiblemente menoscabar la firme lealtad que mi gente me debe. Así, preparará el terreno para que lo acepten como el nuevo líder cuando por fin consiga eliminarme del mapa.
Tengo un plan. Y debo ceñirme a él.
Sakura.
Estoy sola intentando decidir cuánto tiempo debería concederle a mi hermana en el baño cuando percibo un frufrú a mis espaldas y me doy la vuelta para encontrarme con Karin posada sobre la cama. Me coloco una mano sobre el pecho para intentar acallar el latido desbocado de mi corazón, pero no me permito reaccionar a lo grande, no cuando me está analizando.
—Karin.
—Sakura —Su expresión muestra una neutralidad estudiada— Tengo un mensaje para ti. ¿Quieres oírlo?
No puede salir nada bueno de esto, porque solo hay dos personas que utilizarían a Karin para enviarme un mensaje. Me tienta pedirle que se marche, refugiarme de lo que venga ahora. Pero no pienso esconder la cabeza en la arena e ignorar las consecuencias de mis actos.
—Sí.
Esta asiente y se pone en pie. Cuando habla, lo hace con una voz de lo más masculina. Tardo dos palabras en darme cuenta de que se trata de Madara.
—Una guerra acecha en el horizonte, Sakura. Aplastaré la zona baja y a cualquiera que habite en ella. Ya sabes que Sasuke no puede enfrentarse al poder que los Trece pueden reunir. Vuelve ahora mismo y trae a tu hermana contigo, entonces me replantearé lo del ataque.
Espero, pero se queda en silencio.
—¿Esa es su oferta? ¿Replanteárselo?
—Sí —Karin alza un solo hombro— Parece ser que cree que es lo justo.
—Parece ser que piensa que soy idiota.
Madara no va a replantearse nada. Quizá quiera que Hinata y yo volvamos tanto para agradar a mi madre como para demostrar su poder, pero no va a dejar pasar la oportunidad de atacar a Sasuke… A no ser que yo le dé una razón para titubear.
Se me hace un nudo en el estómago, me mareo y siento un zumbido en la cabeza. Me había prometido a mí misma que no rehuiría las consecuencias de mis actos, pero por algunas consecuencias hay que pagar un precio demasiado alto. Sasuke es más que competente, pero ¿y si debe luchar contra enemigos más numerosos y mejor equipados? Y, a pesar de las precauciones que ha tomado, ¿qué va a pasar con su gente? Todas esas personas a las que he conocido estas últimas semanas mientras Sasuke me enseñaba la zona baja. Shizune, Sai, Damien, Kiba. Todos los que frecuentan el mercado de invierno, los que tienen puestos, tiendas y negocios que han pasado de generación en generación. Podrían convertirse en bajas. Siempre hay bajas en la guerra y siempre son aquellas personas que menos se merecen sufrir las consecuencias. ¿Qué puedo hacer para detenerlo?
Karin ya tiene medio cuerpo fuera de la habitación cuando por fin encuentro mi voz, aunque apenas sueno a mí misma.
—Karin —Espero a que me mire para continuar. Si lo hago, no habrá vuelta atrás. Puede que el precio que pague sea demasiado alto, pero no puedo permitir que los demás luchen mis batallas en mi nombre. Se acabó esconderme detrás de la reputación de Sasuke. Ahora toca ponerse manos a la obra— Me gustaría enviarle un mensaje a mi madre.
ZzzZzzZ
Le doy mil vueltas a mi decisión después de que Karin se marche; observo los minutos convertirse en horas mientras espero una respuesta de mi madre. Cuidar de Hinata me exige cierto nivel de concentración, pero al final le vence el sueño en la cama y, una vez más, me quedo sola con mis pensamientos mientras sigo esperando.
No sé si estoy haciendo lo correcto. Desearía con todas mis fuerzas poder consultar el plan con Sasuke, que se nos pudiera ocurrir una solución a los dos juntos. Una solución buena y lógica que nos ayude a capear la peligrosa tormenta hasta llegar a buen puerto.
Aunque ese es el problema. No siento que actúe con lógica. Mi pánico no amaina por mucho que pase el tiempo. De hecho, se va incrementando. Madara quiere la cabeza de Sasuke en bandeja. La lleva queriendo desde hace años y yo por fin le he concedido la oportunidad de conseguirla.
No puedo dejar que Sasuke muera.
No puedo imaginarme un mundo sin él. Solo de pensarlo me estremezco, como si mi cuerpo quisiera repeler la idea. No va a pensar en sí mismo, solo en proteger a su gente. O en protegerme a mí. Después de todo, me lo prometió, y lo conozco lo bastante bien para saber que cumplirá su promesa, aunque eso signifique que tenga que hundirse para sacarme a mí a flote.
Tengo que protegerlo. No tiene a nadie que...
Se me corta la respiración y miro sin ver realmente las exquisitas paredes azules de la habitación. Aturdida, termino la frase, aunque solo en mi cabeza: «No tiene a nadie que lo quiera como yo».
Quiero a Sasuke.
Cierro los ojos y me concentro en respirar, pues una opresión me ha invadido el cuerpo. El amor nunca formó parte del plan, pero nada de esto era parte del plan. No puedo confesárselo. Si se lo digo, podría desconcertarlo, hacer que se le fuera la cabeza. Tan solo percibiría mis actos como una traición. Puede que incluso hiciera algo que arriesgara a su pueblo y eso no lo puedo permitir. No, no puedo contárselo. Tengo que guardármelo para mí, esconderlo en lo más profundo de mí. Si lo consigo, puede que nos quede algo que salvar al otro lado. Si fracaso... Pues llegados a ese punto, tendremos problemas más gordos.
Sigo peleándome con mis emociones cuando la ventana se abre y Karin se cuela por ella. La miro fijamente.
—¿Acabas de escalar por la pared? ¿Hasta el primer piso?
—¿Crees que es difícil? —Su sonrisa es una sombra de lo que solía ser. Lo acontecido esta noche la ha dejado agotada, al igual que al resto de nosotros. Se pone recta y la voz de mi madre emerge de sus labios— Trato hecho.
El cuerpo se me queda sin fuerzas durante un terrible instante. La verdad es que no esperaba que aceptase. Ahora sí que no me queda otra opción. Cierro los ojos y respiro lentamente. El plan ha comenzado. Ya no hay marcha atrás.
Acaricio el pelo de mi hermana con una mano.
—Despierta, Hinata.
Las cosas suceden deprisa después de eso. Me tomo mi tiempo para ponerme otro vestido negro confeccionado por Shizune. Es de manga larga, con un escote generoso y una falda de vuelo, pero el verdadero punto fuerte es el corsé que va por debajo del pecho y que me coloco por encima de la prenda. Es asimismo de color negro con bordados de color plata, lo cual me recuerda a una armadura estilizada. Con este vestido me siento como una reina oscura.
Como una diosa oscura.
Karin me mira durante un buen rato.
—Menudo vestidazo.
—Las apariencias siempre importan en la zona alta —Solo dispondré de una oportunidad para conseguirlo— Es esencial conocer a tu público.
Se ríe un poco entre dientes.
—Cuando entres por esa puerta, se van a quedar de piedra.
—Eso espero —Me paso las manos por el vestido. No hay tiempo que perder— Vamos.
Hinata me para antes de que pueda abrir la puerta de la habitación.
—Yo me quedo.
Me detengo de golpe.
—¿Cómo?
—Necesito tiempo —Se envuelve entre sus propios brazos— Ya pensaré qué hacer por la mañana, pero esta noche no pienso volver a la zona alta. No puedo.
Empiezo a reprochárselo, pero Karin me interrumpe:
—Mira, si esto sale como quieres, que se quede aquí no supondrá diferencia alguna. Si la cosa se pone fea, que se quede aquí tampoco supondrá ninguna diferencia.
Tiene razón. Y odio que la tenga. Sin mencionar que el lugar más seguro en el que puede estar Hinata en estos momentos es la casa de Sasuke. Independientemente de lo que vaya a pasar, él no permitirá que nadie le haga daño. Trago saliva.
—Vale —Envuelvo a mi hermana en un abrazo de oso— Ten cuidado.
—Y tú —Me devuelve el abrazo con la misma fuerza— Te quiero.
—Yo también te quiero. —Me obligo a soltarla y girarme hacia Karin— Estoy lista.
No me extrañaría que Karin me llevara hacia la ventana a pesar de mi cambio de vestuario, pero me saca de la habitación y recorremos el vestíbulo hasta llegar a las escaleras traseras, cerca de la cocina. Bajamos por los túneles que no he visitado desde que conocí a Sasuke. Silencio mis preguntas sobre su habilidad casi mágica para ubicarse por la casa de Sasuke. Me parece un completo misterio, pero funciona. Llegamos a la salida sin que nos pillen.
El aire de la noche se ha vuelto mordaz desde que salimos por última vez. Tiemblo, una parte de mí desearía haber cogido abrigo, pero el que Sasuke me compró no pega con este modelito y solo dispongo de una oportunidad de causar la impresión que quiero. Además, tiene sentido que huyera a la zona baja sin abrigo y que regrese de la misma forma.
Karin me echa un vistazo.
—Queda poco.
Dos manzanas después, encontramos un sedán negro normal y corriente aparcado entre dos edificios; un Suigetsu inusualmente serio está detrás del volante. Karin ocupa el asiento del copiloto y yo me coloco en el trasero. Él me mira por el retrovisor y sacude la cabeza.
—Joder, pues parece que Karin tenía razón.
—Págame en efectivo —Suena como si le siguiera la broma por inercia, pero su mente estuviera en otro lugar a miles de kilómetros de distancia— Arranca.
Se me acumula el pánico en la garganta mientras atravesamos la zona baja hasta cruzar el puente Ciprés. Ahora la presión es menos intensa, apenas perceptible. «Porque Sasuke me ha invitado a entrar.» Me estremezco, pero resisto las ganas de abrazarme a mí misma. Se me cae el alma a los pies cuando dejamos atrás esta parte de la ciudad. Ahora ya no hay vuelta atrás. Puede que nunca la hubiera.
Espero que se dirijan al oeste, hacia el ático de mi madre, pero en vez de eso giran hacia el norte. Aquí pasa algo. Me inclino hacia delante entre los dos asientos delanteros.
—¿Adónde vamos?
—Te voy a llevar con tu madre. Está con el resto en la torre Dodona.
Antes de que Karin mueva un músculo, ya me tiene encima, con una mano envolviéndole la garganta.
—Me has tendido una trampa.
Suigetsu no se molesta ni en frenar. Apenas nos mira.
—No os peleéis, niñas. No me gustaría tener que dar la vuelta.
Karin pone los ojos en blanco.
—Tú eres la idiota que no ha pedido más detalles. Has ofrecido un trato. Tu madre lo ha aceptado. Yo me limito a enviar los mensajes... y ahora el paquete. Vuelve a tu sitio antes de que te hagas daño.
En vez de eso, aprieto más.
—Como me estés traicionando...
—¿Qué vas a hacer, Sakura? ¿Matarme? —Karin suelta una risa taciturna— Inténtalo si quieres.
Es lo mismo que ha hablado antes con Sasuke. Que Madara intentará obligarme a volver y doblegará la zona baja. La primera parte es un problema causado por mis actos. Es la segunda la que intento evitar. Joder, Karin tiene razón. Yo misma me lo he buscado. No puedo amenazar y pillarme un rebote solo porque las cosas no salgan tal como yo esperaba. Incluso siendo consciente de ello, me lleva más autocontrol del que pensaba despegar los dedos de su garganta y volver a mi sitio.
—Necesito que él sobreviva.
No tenía pensado decirlo. Puede que a estos dos les importe Sasuke, pero no son mis amigos. No puedo confiar en ellos.
Por fin, Karin me mira.
—Pareces tenerlo todo bajo control.
No sé distinguir si está siendo sarcástica o no. Decido tomarme las palabras al pie de la letra y permito que me den el empujón que tan desesperadamente necesito.
A nuestro alrededor, las calles adoptan un aspecto ostentoso. Han restaurado todo durante los últimos años, cosa que evidencia todavía más lo muchísimo que le importa a la zona alta el aspecto de las cosas y lo poco que le importa lo que hay debajo. Los negocios siguen siendo los mismos, la gente que trabaja en ellos también; al menos hasta que dejan de funcionar. ¿Cuántos de ellos habrán acabado en la zona baja? Me avergüenzo tanto de haber tenido la vista puesta en el horizonte cuando debería haber estado fijándome en lo que ocurría a mi alrededor...
Suigetsu se detiene delante de la torre Dodona y aparca. Cuando miro a Karin, esta se encoge de hombros.
—Lo de enviar paquetes era coña. Tú has hecho el trato, así que tendrás que entrar ahí por tu propio pie. Tenías razón antes... Las impresiones son esenciales.
—Lo sé —digo en voz baja.
Aun así, no me voy a disculpar por haberla atacado. No está del lado de nadie, solo del suyo y, aunque lo entiendo, no puedo evitar que sea un punto en su contra. A Sasuke le hacen falta aliados ahora mismo, y ella y Suigetsu lo han abandonado en un momento de necesidad. Desde fuera, puede que parezca que yo he hecho lo mismo, pero todos mis actos desde el preciso instante que le he enviado a Karin con un mensaje para mi madre han sido por su bien.
Salgo del coche y subo la mirada hacia el rascacielos que se alza ante mí, más alto que cualquier otro edificio que lo rodea; como si Madara necesitara una demostración física de su poder para recordarles a todos los ciudadanos lo que es capaz de hacer. Me percato de que he esbozado una mueca de desdén. Patético. Es como un niño, dispuesto a tener una pataleta y a causar destrucción sin límites si no se sale con la suya. Lo último que quiero es encontrarme cara a cara con él y su brillante séquito de esbirros después de todo lo que ha ocurrido, pero es lo que me he buscado. Es el precio que estoy dispuesta a pagar para evitar la guerra. No puedo permitirme fracasar antes incluso de poner un pie en el campo de batalla.
El viaje en ascensor hasta lo más alto del edificio parece durar mil vidas. Ha pasado poco más de un mes desde que estuve aquí por última vez, desde que hui de Madara y del futuro que él y Madre habían planeado para mí sin mi consentimiento. Me cuesta más que nunca ponerme la máscara. Desde que estoy con Sasuke he perdido la práctica; con él me siento segura, no tengo la necesidad de mentir con mi cara o mis palabras para allanarme el camino. Otra razón más por la que lo amo… Dioses, lo quiero y, como esto salga mal, nunca tendré la oportunidad de decirlo en voz alta. Y tampoco es que él me haya dicho que sea recíproco. Nos hemos esforzado demasiado en sortear cualquier tipo de charla acerca de sentimientos, pero no puedo evitar pensar en la conversación que tuvimos mientras le poníamos nombre a los cachorritos. No habría sacado el tema de un futuro alternativo en el que fuéramos gente diferente si no sintiera lo mismo que yo. No me habría llamado amor. Ahora es demasiado tarde para darle más vueltas. Tengo que dejar de pensar en ello. Una no nada entre tiburones sin centrarse por completo en no perder una extremidad en el proceso.
Tomo aire una última vez mientras se abre la puerta del ascensor y me cuadro de hombros.
Que empiece el juego.
La sala está a reventar de gente vestida de todos los colores del arcoíris, con elegantes vestidos de lentejuelas y esmóquines. Están en medio de otra celebración. Casi parece que lleven metidos en esta estancia desde que me marché, encerrados en una realidad retorcida donde la fiesta nunca acaba. Las prendas son diferentes, aunque es casi imperceptible: esta noche los vestidos son de colores más vibrantes que aquella vez, pero las personas son las mismas. El ambiente venenoso que se respira es el mismo. Todo es la misma mierda. ¿Cómo pueden estar de celebración cuando se atisba tanta muerte en el horizonte?
La furia me arde en las venas, marchita lo que pueda quedarme de nervios y vacilación. Quizá a esta gente no le importe el coste de sus decisiones en aquellos que no se mueven en estas esferas, pero a mí sí. Salgo del ascensor con paso decidido, el vestido de noche se me arremolina por las piernas con cada paso que doy. Casi siempre que he estado en esta sala me ha sido imposible escapar al claro desequilibrio de poder. Ellos lo tenían. Yo no. Fin de la historia. Ya no es el caso. No soy una simple hija de Deméter. Soy Sakura y amo al rey de la zona baja que tanto detestan. Para ellos, podría ser el mismísimo rey del Inframundo, el señor de los muertos.
Atisbo a mi madre enfrascada en una conversación con Afrodita; hablan en voz baja con la cabeza inclinada, así que me dirijo hacia ellas. Doy dos pasos antes de que una voz retumbe por la estancia:
—Mi esposa ha vuelto.
Me cae como un jarro de agua fría, pero no dejo que mi expresión me delate al mirar a Madara. Me sonríe radiante, como si no hubiera estado mandando amenaza tras amenaza para obligarme a volver a la zona alta. Como si no me hubiera pasado las últimas cinco semanas durmiendo con el enemigo… Como si todo el mundo aquí presente ignorara esas verdades.
La gente me deja paso a medida que avanzo. No, no me dejan paso. En realidad tropiezan los unos con los otros para poner distancia de por medio entre nosotros y apartarse de mi camino. Ni siquiera los miro. Me son indiferentes ahora mismo. Solo hay dos personas que me importen en esta sala, y tengo que encargarme de Madara antes de poder acceder a la jefa final. Me detengo lo bastante lejos para que no pueda tocarme y me paso una mano por delante del cuerpo.
—Como verás, he vuelto de una pieza.
—De una pieza, pero no intacta —Habla en voz baja para que solo lo escuche yo, pero sonríe de oreja a oreja como si le hubiera prometido el mundo. Después, alza la voz— Sin duda, este es un gran día. Es hora de celebrarlo.
Se mueve más deprisa de lo que puedo anticipar y me pasa un brazo por la cintura, me acerca demasiado a su cuerpo. Todo mi esfuerzo se concentra en no dar un respingo. Madara agita una mano imperiosa y me aprieta todavía más.
—Sonríe a la cámara, Sakura.
Esbozo una sonrisa perfecta cuando se activa el flash de la cámara, se me cae el alma a los pies al pensar que Sasuke verá esta foto por todas partes mañana por la mañana. No tendré la oportunidad de explicárselo, no tendré la oportunidad de decirle que lo hago por él, por los suyos.
Madara me desliza una mano por el costado, aunque el corsé crea una barrera que parece mantenerlo a raya.
—Has sido una niña muy mala, Sakura.
Detesto la forma en la que me habla. Como si fuera una niña a la que tuviera que educar, solo que la lujuria que se aprecia en sus ojos desmiente esa percepción. Mataría a Madara con mis propias manos antes de dejar que me metiera en su cama, pero escupírselo ahora mismo solo truncaría mis planes. Así que le sonrío, alegre y dulce, casi empalagosa.
—Si cumplo con la penitencia adecuada, se me pueden perdonar muchas cosas, ¿no crees?
La lujuria de sus ojos se enciende todavía más; se me revuelve el estómago. Me da un estrujón en la cadera, me clava los dedos como si quisiera arrancarme el vestido. Pero al final me suelta y retrocede.
—Ve a casa de tu madre y espera. Mis sirvientes irán a recogerte cuando la fiesta haya terminado.
Me esfuerzo para que no me flaquee la sonrisa, para bajar la mirada como una buena esposa obediente, una dama de compañía. Sospecho que va a ordenarle a alguien que me siga hasta casa de mi madre, así que esta vez no pienso correr despavorida hasta el río Estigia. Menos mal, porque la casa de Madre es adonde quiero ir.
Mi madre me ve venir y el alivio que se aprecia en su rostro es auténtico. Le importo. Nunca lo he dudado. Pero el orgullo y la ambición se entrometen entre nosotras. Me da un abrazo bien fuerte.
—Me alegro de que estés sana y salva.
—Nunca he estado en peligro —murmuro.
Retrocede, pero sigue agarrándome de los hombros.
—¿Dónde está tu hermana?
Yo también hablo entre susurros, como ella:
—Ha decidido quedarse allí.
Madre entrecierra los ojos.
—Es hora de irse a casa.
Donde podremos hablar sin tapujos.
Nunca antes nos habíamos ido tan deprisa de una fiesta. Apenas miro a los invitados. Lo único que me importa de ellos es de qué lado estarán en el inminente enfrentamiento. Si no hago nada por impedirlo, todos y cada uno de ellos apoyarán a Madara antes que a Sasuke. No puedo permitirlo. Sasuke es la persona más fuerte que conozco, pero ni siquiera él podría ganar una guerra contra el resto de los Trece solo. Así que pienso asegurarme de que no tenga que hacerlo.
Madre no vuelve a hablar hasta que nos hemos bajado del coche y subimos en el interminable viaje en ascensor hasta el piso más alto de nuestro edificio. Se encara a mí en cuanto se cierra la puerta.
—¿Cómo es que ha decidido quedarse allí?
—Hinata está a salvo en la zona baja. O lo estará, siempre y cuando esto salga bien.
Me mira como si fuera la primera vez que me ve.
—¿Y tú? ¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?
Doy un paso atrás cuando parece que va a volver a abrazarme.
—Estoy bien. Sasuke no es quien quiere hacerme daño y lo sabes —Le reto con la mirada— Tampoco es quien ha interrumpido el abastecimiento de bienes a media ciudad en un ataque de ira.
Se yergue. Mi madre siempre se da aires de grandeza, pero medimos lo mismo.
—Perdóname por haber querido proteger a mis hijas.
—No —Niego con la cabeza— No tienes derecho a hablar de proteger a tus hijas cuando me has vendido a Madara sin consultarme siquiera qué es lo que quiero, cuando conoces de sobra la reputación que tiene. Es un Barba Azul moderno y no hagas como que no lo sabe todo el mundo.
—Es el hombre más poderoso de todo Olimpo.
—Como si eso lo justificara... —Me cruzo de brazos por encima del pecho— Supongo que también es justificable que enviara a uno de sus hombres a que persiguiera a Hinata por la calle como a un cervatillo que huye de la flecha de un cazador, ¿verdad? No fue un farol, Madre. Tenía un cuchillo y estaba decidido a utilizarlo si Sasuke no llega a salvarla. Tu querido Madara fue quien dio la orden.
—No lo sabes seguro.
La analizo.
—Es lo que me hizo a mí. Parece que le gusta acorralar a su presa cerca de la zona baja antes de atacar, pero ambas sabemos que con Hinata lo hizo a propósito. Tendió una trampa y, si Sasuke no hubiera estado dispuesto a caer en ella, el esbirro de Madara la habría apuñalado. Mírame a los ojos y dime que tienes una fe inquebrantable en que Madara jamás, y repito, jamás haría daño a una de tus hijas para hacer que saliera de mi escondite. Sé sincera.
Abre la boca, es evidente que está decidida a seguir adelante con todo esto, pero cambia de idea de repente.
—Por todos los dioses, mira que eres tozuda, Sakura.
—¿Disculpa?
Niega con la cabeza, de pronto se la ve cansada.
—Nunca has estado en peligro. Solo tenías que casarte con ese desgraciado y fingir ser una buena esposa el tiempo suficiente para que bajara la guardia. Yo me habría ocupado del resto.
La sospecha que he albergado desde el principio vuelve a aparecer.
—Tenías un plan.
—Pues ¡claro que tenía un plan! Es un monstruo, pero uno muy poderoso. Podrías haberte convertido en Hera.
—Es que nunca he querido ser Hera.
—Ya, ya lo sé —Hace un gesto para restarle importancia, como suele hacer con todo lo que no tiene cabida en sus planes— Ahora ya carece de importancia. Madara es una carga.
La miro fijamente.
—Lo decidiste mucho antes de que te hiciera mi oferta.
—Pues claro —Entrecierra los ojos color esmeralda que tanto se parecen a los míos— Ha amenazado a dos de mis hijas. Ha dejado de resultarme útil. A partir de ahora, prefiero tratar con su hijo y heredero.
Me doy cuenta de lo que está insinuando y me deja sin aliento. Sabía que mi madre podía ser implacable si sus ambiciones estaban en juego, pero esto se pasa de castaño oscuro. Aunque me tiemblan las piernas, he llegado demasiado lejos para rendirme.
—¿Cuál era el plan? Ese que he arruinado al huir.
—Nada del otro mundo —Encoge un solo hombro— Un veneno suave para dejarlo fuera de servicio sin tener que matarlo.
Porque, si muere, Perseo heredará el título de Madara y yo dejaré de ser Hera.
—Joder, Madre —Sacudo la cabeza— Me das miedo.
—Y has aprendido de la mejor —Se señala— Menudo trato me has ofrecido.
—Ya lo sé —De golpe me noto la garganta seca— Me quedaré en Olimpo y me aseguraré de que Sasuke haga varias apariciones al año junto a nuestra familia.
Lo último no depende de mí, pero haré lo que sea para evitar la guerra.
«Lo que sea.»
Madre frunce el ceño.
—Llevas planeando tu marcha de Olimpo desde que asumí el cargo.
Estaba claro, conoce mis planes. Ya no tengo la energía para sorprenderme por nada.
—Eso no te impidió que me entregaras a Madara.
Da un respingo casi imperceptible.
—Siento que mi decisión te haya hecho sufrir.
Que no es lo mismo que decir que siente haberlo hecho. Levanto la barbilla.
—Entonces compénsamelo, acepta el trato que te ofrezco. Si de verdad quieres que me quede, esta es la única forma de conseguirlo —Sé que está flaqueando, no me queda otra que atacar desde todos los frentes— Piensa, Madre. A las únicas personas que les beneficia la guerra es a los altos mandos militares, no a las líneas de abastecimiento. No a quienes trabajan entre bambalinas. Si dejas que Madara prosiga con esta venganza personal y que arrastre a toda nuestra ciudad al conflicto, minará el poder que te has estado labrando desde que te convertiste en Deméter.
Nada de lo que estoy diciendo es nuevo. No habría aceptado nuestro trato si no estuviera pensando lo mismo.
Por fin aparta la mirada con la mandíbula tensa.
—Supone un gran riesgo.
—Solo si crees de verdad que Madara es más poderoso que el resto de los Trece. Tú misma lo has dicho: se ha convertido en una carga. No es el único título hereditario. Ni siquiera está a cargo de los recursos esenciales: comida, información, importaciones y exportaciones. Ni siquiera de los soldados que librarán una batalla que no han elegido. Todo esto corre a cargo del resto de los Trece. Si todos, sobre todo tú, le retiráis el apoyo, ¿a qué va a recurrir?
—Yo no puedo hablar por los demás.
Suelto una carcajada taciturna.
—Madre, no me vengas con chorradas. Sabes tan bien como yo que la mitad de los Trece te debe favores. Te estás esforzando demasiado por hacer de menos tu influencia cuando por fin tienes la oportunidad de usarla para algo bueno.
Por fin vuelve a mirarme.
—Nos granjeará enemigos.
—Hará que los enemigos que ya tienes salgan a la luz —le corrijo.
Madre esboza una sonrisa peculiar.
—Has estado prestando más atención de la que pensaba.
—Como bien has dicho, aprendí de la mejor —No apoyo las decisiones que ha tomado, pero no puedo mentir y fingir que el papel que he interpretado durante tanto tiempo lo haya creado yo sola. He observado sus movimientos entre la flor y nata de esta ciudad y me he forjado a mí misma a su semejanza para navegar entre torbellinos y corrientes sin remover las aguas— No te queda otra.
Exhala lentamente y es como si todas sus dudas hubieran desaparecido con ese gesto.
—Seis eventos.
—¿Perdón?
—Te asegurarás de que Sasuke asista como mínimo a seis eventos durante el año, preferiblemente de mi elección —Me sostiene la mirada— Además de eso, dejará que lo vean conmigo lo bastante para sugerir que tenemos una alianza.
Entrecierro los ojos.
—No tienes derecho a controlarlo.
—Pues claro que no. Pero la percepción lo es todo. Si el resto de Olimpo cree que me he metido a Sasuke en el bolsillo, eso supondrá un incremento exponencial de mi poder.
Es un gran riesgo. Puede que los Trece sepan de la existencia de Sasuke, pero hasta hace poco el resto de la ciudad no. Si creen que mi madre y él son aliados, afectará a muchos de los tratos que haga en el futuro. Nadie quiere abrir la puerta y toparse con el hombre del saco de Olimpo de visita porque le han tocado las narices a Deméter.
Pero es el factor decisivo. Está pidiendo la ilusión de una alianza. Sasuke no se verá obligado a apoyarla a no ser que él así lo quiera. Solo tiene que dejar que lo vean con ella.
—Vale.
—Entonces, trato hecho.
Me tiende la mano.
La contemplo durante un buen rato. En cuanto acepte, ya no habrá vuelta atrás. No podré escapar de Olimpo. No podré evitar los tejemanejes del poder, el politiqueo y las puñaladas traperas inherentes a la vida en esta ciudad. Si lo hago, me estaré metiendo de cabeza en la boca del lobo, y lo estaré haciendo por voluntad propia. No puedo fingir que no me ha quedado otra. No puedo cambiar de opinión más tarde o retractarme. Soy plenamente consciente de los riesgos y tengo que aceptarlos sí o sí.
Si no cierro el trato, se desatará la guerra en Olimpo. Morirían cientos de personas, puede que más. Sasuke podría morir. Incluso en el caso de que saliera airoso de esta, ¿cuál sería el precio? Ya ha sobrevivido a demasiadas cosas, se ha abierto camino entre demasiadas pérdidas. Si puedo ahorrarle sufrimiento, que así sea.
Si no cierro el trato, no volveré a verlo más.
Le doy la mano a mi madre e intercambiamos un apretón firme.
—Trato hecho.
