Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
15
Sasuke.
Se ha ido.
Mientras el atardecer se apodera del cielo, me siento en mi dormitorio y me quedo mirando la cama vacía. La habitación nunca me había parecido tan grande, tan desierta. Noto su ausencia en mi casa como si fuera un miembro que me han arrancado. Me duele, pero no hay origen del dolor. No hay forma de calmarlo.
Me inclino hacia delante y me presiono los ojos con la base de las manos. He visto los vídeos de seguridad. He visto cómo se iba con Karin. Si se hubiese ido sin más, podría pensar que Sakura ha cambiado de opinión, que después de lo que pasó anoche no quiere tener nada que ver con esta guerra ni conmigo. Pero ha dejado aquí a su hermana. Y llevaba un vestido negro.
No soy de esos hombres que buscan señales donde no las hay, pero ya ha llevado antes un vestido negro. Esta noche ha sido un punto de inflexión para nosotros, uno de los últimos de una lista larguísima. Se quedó a mi lado vestida de negro y casi admitimos los sentimientos que tenemos el uno por el otro. Si yo le diese igual a Sakura, al marcharse no se habría vestido como mi reina oscura. No habría dejado a Hinata aquí, un mensaje implícito de que confía en que me aseguraré de que su hermanita esté a salvo.
Es una declaración.
Me levanto y cruzo la habitación hasta la cama. No tendré tiempo para dormir, pero tengo que darme una ducha y despejar la mente. Las cosas van demasiado deprisa. No puedo permitirme el lujo de pasar nada por alto. Veo el trozo de papel en cuanto entro en el baño. Tiene una esquina rota y, cuando lo recojo, reconozco el título del libro que Sakura estaba leyendo la última vez que la vi. Sus garabatos son casi ininteligibles y, a pesar de todo lo que está ocurriendo, sonrío: algo de ella que no está perfectamente cuidado. Es una nota corta, pero aun así me deja sin respiración.
Sasuke:
Lo siento. Esto no tiene buena pinta, pero te prometo que lo estoy haciendo por ti. Sé que decírtelo así no tiene justificación alguna, pero no sé si tendré otra oportunidad para hacerlo. Te quiero. Yo he montado este lío, y yo lo solucionaré.
Tuya,
S.
Vuelvo a leerla. Y luego una tercera vez.
—Maldita sea.
Sería más fácil asumir que se ha marchado para salvarse a sí misma o a sus hermanas. Tenía mis sospechas, pero hay una gran diferencia entre sospechar y saber la verdad.
Cuando cojo el móvil y reviso las páginas de cotilleos, hay algo en mi interior que se torna frío y cruel. Solo han pasado un par de horas desde que Sakura se ha marchado, pero las páginas ya están llenas de fotos suyas. Ella con ese vestido negro en una fiesta de Madara. Este rodeándole la cintura con el brazo, de forma posesiva. Ella regalándole esa falsa sonrisa cegadora, que es tan dulce que hasta me duelen los dientes.
Ha regresado a sus expectantes brazos para salvarme a mí.
No consigo entenderlo. Ella ha visto mi plan. Sabe de lo que soy capaz. Mi pueblo y yo podemos superar todo lo que nos haga Madara. No será fácil, pero podemos hacerlo.
Sakura se ha interpuesto entre la bala que llevaba mi nombre y yo.
Solo de pensarlo, esa sensación de frío que tengo dentro se vuelve totalmente gélida. Madara va a castigarla por haberse marchado de la zona alta de la ciudad, por permitir que le pusiera las manos encima delante de sus colegas. Por mancillarla, como lo ve él. Desquitará toda su rabia sobre ella, y ni siquiera Sakura aguantaría algo así indefinidamente. Puede que su cuerpo sí, pero Madara le destrozará el alma, esa fuerza que la hace ser ella. Madara no es la clase de hombre que tolera cualquier muestra de resistencia.
Yo prometí que la protegería. La quiero.
Dejo la nota justo donde la he encontrado y salgo del baño. He recorrido estos pasillos con sigilo tantas veces que eludir a mi gente y a las cámaras es pan comido para mí. Naruto se cagará en todo cuando se dé cuenta de lo que he hecho. Kakashi no me lo perdonará jamás. Pero nada de eso importa. Nada, salvo hacer lo que sea por conseguir que Sakura esté a salvo. Aunque eso signifique que huya de Olimpo tan rápido y tan lejos como pueda. Tan rápido y tan lejos de mí como pueda. Aunque sea consciente de que su libertad implica que la perderé para siempre. Mejor perderla en pro del mundo y su libertad que verla sometida a Madara para pagar el precio de unos pecados reales e imaginarios.
Voy a matarlo.
Apenas estoy a una manzana de mi casa cuando un sedán negro dobla la esquina y disminuye la velocidad justo a mi paso. Entonces se baja la ventanilla del lado del copiloto, y Karin me mira con un atisbo de su sonrisa de siempre.
—Estás a punto de cometer una estupidez.
Suigetsu va conduciendo el coche, y parece tan cansado como si se hubiese tirado toda una semana de juerga.
—Sasuke siempre ha sido un tanto magnánimo.
—No me gustaría que acabarais en medio de todo esto. Sé que a ninguno de los dos os gusta ese rollo.
Mi voz es más áspera de lo que quería, pero no puedo evitarlo. Muy a mi pesar, empecé a pensar en ella y en Suigetsu como en mis amigos, y mira lo que he conseguido. Traición. Una puta traición sin fin.
La sonrisa de Karin desaparece.
—Todos estamos interpretando los papeles que nos tocan. Yo ya me sabía el guion antes de aceptar el título —Mira a Suigetsu, y añade— Los dos.
—No todos hemos podido elegir.
No puedo eliminar la amargura, el enfado, de mi voz. Jamás pedí ser Sasuke. Me arrebataron ese poder de decisión en cuanto respiré por primera vez. Un cargo muy pesado para depositarlo en hombros de un recién nacido, pero a nadie le importaba lo que yo quería. A mis padres no. Y menos a Madara cuando hizo que me quedara huérfano y me convirtiera en el Sasuke más joven de la historia de Olimpo.
—Sube al coche —ordena Karin con un suspiro— Llegarás antes que andando, y no te interesa presentarte ante Madara todo despeinado y hecho un desastre. Las apariencias son el ochenta por ciento de unas negociaciones.
Me paro. El coche se detiene a mi lado.
—¿Quién ha dicho que vaya a ver a Madara?
—Qué poca fe nos tienes —dice Suigetsu riéndose— El amor de tu vida acaba de aceptar un trato para salvarte el pellejo, así que es de esperar que vayas a realizar un acto muy romántico y muy impulsivo para salvarla.
En mi interior, el debate apenas dura un instante. Al fin y al cabo, tienen razón. Ambos tienen un papel que interpretar, como el resto de nosotros. Echárselo en cara sería como enfadarme con el viento por cambiar de dirección sin avisar. Rodeo el coche y me meto en el asiento de atrás.
—Karin, tú la ayudaste a salir de mi casa.
—La chica contrató mis servicios —Karin se vuelve para mirarme a la cara mientras Suigetsu arranca, se coloca en el lado derecho de la carretera, y se dirige hacia el norte— Pero la habría ayudado de todas formas, aunque no me hubiese contratado. —No deja de darle golpecitos con el dedo al apoyabrazos de su asiento, incapaz de quedarse quieta más de un segundo— Me cae bien. Y me gusta cómo eres cuando estáis juntos.
—Ahora no estamos juntos.
Suigetsu se encoge de hombros, sin desviar la mirada de la carretera.
—Las relaciones son complicadas. La quieres. Y es evidente que ella te quiere a ti, o no se habría marchado para salvarte de Madara y del resto de los Trece. Ya lo arreglaréis.
—No sé qué haré si le pasa algo.
Jamás me perdonaré no haberla protegido como prometí.
—Ya le estaba pasando algo antes de que la conocieras, Sasuke. Huía de Madara cuando cayó entre tus reconfortantes brazos. Tú no tienes nada que ver con ese tema —Karin suelta una risa floja— Bueno, no tenías nada que ver con el tema, pero, si hay alguien a quien Madara odie más que a ti, ese es tu padre. Hará todo lo que esté en su mano para acabar con el título de Sasuke. Reducirlo a polvo con la fuerza de su furia y de su orgullo herido.
Hubo una época en la que la venganza que Madara alimenta me hastiaba. Yo quiero vengarme por la muerte de mis padres, sí, pero tiene sentido que yo le odie por haberme dejado huérfano. En cambio, su odio hacia mí carece de él. Joder, ni siquiera su odio hacia mis padres tiene sentido.
—Tendría que haberlo superado.
—Ya —contesta, venga a tamborilear con los dedos— Pero se le ha metido en la cabeza que lo de hijo por hijo por hijo tiene todo el sentido del mundo, así que así hemos acabado.
—¿Qué tonterías estás diciendo? —pregunto frunciendo el ceño.
—¿No me paso la vida hablando de tonterías? —Karin zanja el tema con un gesto de la mano— Sabes que no se detendrá ante nada. Aunque consigas negociar la forma de librarte de toda esta mierda, se pasará la vida con un cuchillo listo para clavártelo en la espalda hasta que ese viejo y cruel corazón suyo deje de latir.
Quiero insistirle un poco en todo ese tema de «un hijo por un hijo». Madara tiene cuatro hijos: dos hijos y dos hijas (cuya paternidad ha reconocido, al menos), que tienen entre mi edad y veintipocos. Cuando su padre muera, Perseo heredará el título de Madara. Es tan malo como su progenitor, motivado por el poder y la ambición, y listo para aplastar a quien se interponga en su camino. La gente comenta que el otro hijo de Madara era mejor persona. Se enfrentó a su padre y perdió; se las ingenió para escapar de Olimpo y no mirar atrás.
—¿Hércules está muerto?
—¿Qué? No, claro que no. Por lo que cuentan ahora es muy feliz —Karin no me mira— No te comas la cabeza con esos enigmas, Sasuke. Preocúpate por lo que pasará esta noche.
Ese es el problema. No sé qué sucederá esta noche. Miro por la ventana, y veo cómo aparece el puente Ciprés ante mí. En mi mente, al menos, cruzarlo es como entrar en un mundo completamente distinto. Puedo contar las veces que he pisado la zona alta con los dedos de una mano y me sobrarían cuatro. Sin contar la noche en la que salvé a Hinata, la última vez que fui fue cuando asumí oficialmente el título de Sasuke. Estaba en esa sala fría, con Kakashi a mi espalda mientras me enfrentaba al resto de los Trece. En aquel momento estaba el grupo al completo, pues la primera esposa de Madara todavía vivía. No era más que un crío, y me tendieron un papel al que no me quedaba más remedio que acostumbrarme.
Ahora tendrán que vérselas con el monstruo que han creado.
No vuelvo a abrir la boca hasta que Suigetsu aparca el coche en una calle llena de rascacielos. A pesar de la opulencia de los edificios que nos rodean, el de Madara es inconfundible. Es muchísimo más alto que los demás y, si bien es precioso, también es frío e impersonal. Le pega.
Me detengo con la mano en la puerta.
—Tengo la sensación de que estoy entrando en un campo de batalla del que no voy a salir con vida.
—Mmm —Karin se aclara la garganta, y dice— Tiene gracia que lo menciones. Tengo un mensaje para ti.
—¿Ahora? ¿Por qué no me lo has dado en cuanto me has visto?
Karin pone los ojos en blanco.
—Pues verás, Sasuke, porque necesitabas una vueltecita en coche. Prioridades, amigo mío —Antes de que se me ocurra una respuesta a su explicación, se sacude un poco y la voz de Deméter emerge de su boca— Tienes mi apoyo, el de Karin, Suigetsu, Atenea... y Poseidón —Se inclina hacia mí y posa un arma sobre mi mano— Haz lo que tengas que hacer.
Me quedo ahí plantado por la conmoción. Apenas puedo respirar.
—Acaba de nombrar a la mitad de los Trece —En los Trece hay una estructura de poder, y casi todos los peces gordos se han unido a Madara: Ares, Afrodita, Apolo. Pero... ¿el mismísimo Poseidón apoya a Deméter? Eso equilibra las cosas de manera considerable. Hago un recuento rápido— Somos mayoría.
—Exacto. Asegúrate de no desperdiciar esta oportunidad —Señala el edificio con la barbilla— La puerta de atrás no está cerrada con llave. Pero la oportunidad no será eterna.
No puedo confiar en ella. No plenamente. Karin ha jurado entregar los mensajes que le den de forma literal, pero eso no significa que sea obligatorio que el emisor original diga la verdad. Podría ser una trampa. Miro el edificio una última vez. Si es una trampa, pues que lo sea. Sakura está en peligro, y no puedo echarme atrás ahora. Si no es una trampa, entonces Deméter acaba de darme luz verde para seguir adelante con mi plan de matar a Madara. Me ha dejado claro que tengo su apoyo, y la mitad de los Trece la respaldan. Si lo hago, existe la posibilidad de que Sakura no me perdone jamás. Vi su cara cuando le pegué la paliza al hombre de Madara. Se quedó espantada al ver la violencia con la que actué. Asesinar a una persona me eleva a la misma categoría de monstruo de Madara, por mucho que se merezca que le meta una bala entre los ojos.
Respiro despacio.
Vale, igual la pierdo para siempre, pero al menos estará a salvo. Estaré encantado de pagar el precio que sea por conseguirlo.
Tengo la sensación de que mi vida lleva muchísimo tiempo dirigiéndose hacia este momento. Desde la noche del incendio. Puede que incluso antes. Para bien o para mal, este capítulo de mi vida acaba hoy.
Confirmo que la pistola está cargada y me la guardo en la parte de atrás de los pantalones. La puerta trasera del edificio se abre sin problemas. Entro y espero, pero no viene nadie a por mí, o a echarme. Es más, los lúgubres pasillos parecen desiertos. Abandonados. No tengo claro si es porque los hombres de Madara son unos chapuceros o porque Deméter me ha despejado el camino, pero no puedo desaprovechar esta oportunidad. Me deslizo por el pasillo hasta la puerta que da a las escaleras. Cuando tenía veintiún años, investigué y planeé un ataque a gran escala a este edificio; a Madara. Contaba con los planos, las tarjetas de seguridad, y toda la información necesaria para llegar hasta Madara y volarle los sesos.
Casi lo llevo a cabo.
En aquel momento me daba igual que fuera una misión suicida; me daba igual que, en el caso de que sobreviviera, todo el poder de los Trece cayera sobre mi persona. Solo podía pensar en la venganza. Hasta que Kakashi me dio una paliza verbal imposible de superar. Me obligó a ver cuáles serían las verdaderas repercusiones de mi imprudencia. Me obligó a aprender a ser paciente, por mucho que la espera me estuviese matando.
Yo pensaba que había desperdiciado todos mis esfuerzos y mis planes.
Me equivocaba.
Hay un montacargas en la tercera planta. No dispone de las mismas medidas de seguridad que los ascensores normales, pues solo lo utilizan los empleados con permiso para hacerlo. No me cruzo con nadie mientras me muevo sigiloso por el territorio de Madara. De nuevo, tengo la sensación de que alguien me ha despejado el camino, aunque no veo ningún indicio de violencia. Con cada pasillo vacío, con cada habitación desocupada que veo, me pongo más y más tenso. ¿No hay seguridad en todo el edificio?
Una especie de sala de baile moderna predomina en todo el espacio del ático, y hay unos ventanales de pared a pared que dan a una terraza desde la que se ve todo Olimpo; además, en las otras dos paredes de la sala cuelgan unos exuberantes retratos de los Trece. El río Estigia crea una oscura franja que atraviesa la ciudad, y no me pasa inadvertido el detalle de que las luces casi parecen más tenues a mi lado del río. Seguro que eso es lo que piensa esta puta gente, ¿no? No se molestan en apreciar el valor de la historia que hay escrita en todas y cada una de las superficies de la zona baja de la ciudad. ¿Por qué iban a hacerlo si se han encargado de eliminarla sistemáticamente de toda la zona que rodea la torre Dodona?
Son idiotas, todos y cada uno de ellos.
Dejo atrás el salón de baile y recorro el pasillo. Es el doble de ancho de lo que sería necesario, y todo el espacio casi parece un cartel de neón que anuncia a fogonazos el saldo contable de Madara. Asomo la cabeza por la puerta de la siguiente habitación y me encuentro con una sala llena de estatuas. Como los retratos del salón de baile, son caricaturescas, y cada una de ellas representa la versión del escultor de la perfección humana. Deben de ser las mismas estatuas que Sakura mencionó justo después de llegar a la zona baja de la ciudad. Me resulta casi imposible resistir la tentación de acercarme a la mía y despojarla de su manto, pero no importa el aspecto de este Sasuke. Ni de puta coña tiene mis cicatrices, y tampoco tendrá ninguno de los rasgos que me convierten en el hombre que soy.
En mi mente resuena la voz de Sakura, suave y segura.
«Para mí eres precioso. Las cicatrices son parte de eso, parte de ti. Son una señal de todo a lo que has sobrevivido, de lo fuerte que eres.»
Suelto el aire que estaba conteniendo y cierro la puerta sin hacer ruido. Aquí no hay nada para mí.
La última puerta que hay al final del pasillo es enorme, diseñada para intimidar. Va prácticamente desde el suelo hasta el techo, y parece revestida con oro auténtico. Joder, Madara es un hombre insoportable en todos los sentidos, ¿no? Como todo el resto del ático, es una muestra del ego de este hombre que su despacho privado esté en la misma planta que visitan con regularidad los peces gordos de Olimpo. Vale, tiene su seguridad, pero cualquiera con un poco de habilidad puede eludirla. ¿Para alguien como Karin? Una soberana chorrada.
Al ver lo fácil que ha sido llegar hasta aquí, una parte de mí espera que, al cruzar el umbral de esa puerta, me tope con una habitación llena de agentes de seguridad preparados para acribillarme el cuerpo a balazos. No habrá sido Madara quien ha decidido estar tan desprotegido, ¿no?
Me cuelo por la puerta y me detengo para ubicarme. El despacho es justo lo que me esperaba: un espacio lleno de cristal, acero y madera oscura, con detalles en oro por toda la estancia. Sin duda es una habitación de una evidente opulencia, pero me resulta tan impersonal como el resto del edificio. De la puerta entreabierta que hay en el rincón sale un gruñido, y saco la pistola que me ha dado Karin. Tardo un par de segundos en reconocer el origen de ese ruido al percatarme de que va acompañado del rítmico choque de la carne contra la carne.
Se me para el corazón. Se está follando a alguien en el baño. No sé si esos sonidos son sexuales o de dolor, y solo de pensar que puede ser Sakura quien esté ahí...
Se me nubla la mente. Mando mi estrategia a la mierda. Una furia cegadora se apodera de mí mientras me acerco a la puerta y la abro con cuidado. Estoy demasiado entretenido preparándome para salvar a la mujer que amo que tardo varios minutos en comprender que no es Sakura la que está apoyada contra el lavabo. No sé quién es esa mujer, pero al menos parece estar pasándoselo bien. Ninguno de ellos se percata de mi presencia mientras me adentro en las sombras. Apenas puedo controlar a mi desbocado corazón cuando me coloco en el rincón más cercano a la puerta, oculto entre las sombras donde ninguno de los dos me verá al salir del baño.
No era Sakura. Pero, si la fastidio, igual sí lo será la próxima vez.
Si ella lo eligiese a él, sería como si me cortaran el cuello con un trozo de cristal, aunque respetaría su decisión. Pero ella no lo elegirá a él. No por voluntad propia. Disfrutará destrozándola, y no puedo permitir que eso pase.
Tardan un par de minutos en acabar. No sé por qué me sorprende ver que apenas hablan antes de salir del baño. La mujer sale primero y atraviesa el despacho corriendo hasta la puerta. Madara tarda un poco más. Para cuando sale y se deja caer sobre la silla que tiene detrás de su mesa, estoy más que impaciente.
Es justo entonces cuando abandono mi escondite y lo apunto con el arma.
—Buenos días, Madara.
Madara se da la vuelta despacio para encararme. He visto su foto por todos los periódicos y páginas de cotilleos más veces de las que puedo contar, pero en persona parece apagado. No dispone de iluminación colocada con destreza para resaltar sus rasgos masculinos. Lleva el traje arrugado y se ha abrochado mal la camisa cuando se la ha vuelto a poner. Es... humano. Está en forma y es bastante atractivo, pero no es ni un dios ni un rey, ni siquiera un monstruo. Solo un hombre mayor.
Me mira fijamente, la estupefacción se adueña de su rostro.
—En persona te pareces aún más a tu padre.
Eso me devuelve a la realidad.
—No tienes derecho a hablar de mi padre —Me aparto del rincón, agarro bien la pistola con la que le estoy apuntando— Levanta.
—Joder, no me puedo creer que seas tan necio como para plantarte aquí —Se levanta poco a poco, se estira hasta erguirse cuan alto es. Me saca unos cuantos centímetros, pero es indiferente. No he venido con la idea de que fuera una pelea justa. No parece especialmente preocupado por la confrontación— He de admitir que tu plan era inteligente. Nunca habría imaginado que esa furcia correría a tus brazos y estaría dispuesta a participar en esa clase de juegos.
Aprieto el arma con más fuerza.
—Tampoco tienes ningún derecho a hablar de ella.
«Aprieta el gatillo. Aprieta el puto gatillo y acaba con todo esto.»
Madara me sonríe con suficiencia.
—¿He metido el dedo en la llaga? ¿O es porque ha vuelto corriendo con el rabo entre las piernas en cuanto se ha dado cuenta de en quién recae el verdadero poder?
—Te veo muy seguro de ti mismo para ser alguien a quien están apuntando con una pistola.
—Si fueras a dispararme, lo habrías hecho en el momento en el que me he sentado —Sacude la cabeza— Resulta que eres idéntico a tu padre en más sentidos que en el físico. Él también vacilaba siempre antes de apretar el gatillo.
Una vez más, me digo que debo hacerlo, que tengo que dispararle y acabar con esto. Madara ha cometido actos de una maldad incalculable. Si hay alguien que se merece que lo ejecuten, es él. Mientras siga con vida, Sakura no estará a salvo. Mi gente no estará a salvo. Joder, mientras siga existiendo, Olimpo entero no será un lugar seguro. Les haría un favor a todas las personas que viven en esta puta ciudad si acabara con el sufrimiento de este monstruo. Sé que Deméter y la mitad de los Trece estarían encantados de que yo fuese su maldita arma. Nadie me reprocharía haberlo matado... Excepto Sakura. Excepto yo mismo.
—Si aprieto el gatillo no seré mejor que tú —Niego despacio— Nada me diferenciaría de los miembros de los Trece dispuestos a cometer actos imperdonables para conseguir más poder.
No quiero más poder, pero nadie que viera esto desde fuera me creería.
Madara sonríe.
—Es que no eres mejor que nosotros, chico. Puede que juegues a ser rey en la zona baja, pero, a la hora de la verdad, has dejado medio muerto a un hombre a palos y ahora te plantas aquí amenazándome a punta de pistola. Es justo lo que habría hecho yo si estuviera en tu lugar.
—No me parezco en nada a ti. —Casi escupo las palabras.
Se ríe.
—Ah, ¿no? Porque desde esta posición no me pareces el bueno de la historia.
Odio que tenga razón. No puedo matarlo. No de esta forma.
Poco a poco, bajo el arma.
—No me parezco en nada a ti —repito.
Resopla.
—En dos días, ya has violado dos veces nuestro acuerdo. Incluso si estuviera dispuesto a hacer la vista gorda la primera, los Trece no van a hacer lo mismo con este ataque. Van a pedir tu cabeza.
—¿En serio? —Me permito forzar una sonrisa lobuna. Por fin, joder, por fin sé algo que este cabronazo desconoce. Si no puedo matarlo, por lo menos esto que me llevo— Conque te crees tu propia fantasía, ¿eh?
—¿De qué estás hablando?
—No deberías haber enviado a tus hombres tras las hijas de Deméter —Chasqueo la lengua— Si estaba dispuesta a dejar sin alimentos a la mitad de la ciudad para recuperar a Sakura, ¿cómo crees que te va a devolver el favor de que hayas ordenado a tu esbirro que apuñale a Hinata?
—Dejar sin alimentos a la mitad... —Se queda quieto con los ojos desorbitados por la sorpresa— Eso no formaba parte del plan.
Tengo que morderme la lengua para no echarme a reír. Nunca le perdonaré a Deméter que le entregara a su hija en bandeja a este hombre, pero no puedo evitar que me cause una diversión perversa la manera en la que lo ha hundido en la mierda en tan poco tiempo.
—Puede que no del tuyo. Ha estado jugando sus propias cartas desde el principio. Eres el único idiota que no se ha dado cuenta.
—Puede que estuviera dispuesta a llegar tan lejos para oponerse a ti, pero sabe qué mano le da de comer.
—Sí —Espero que se relaje un poco antes de darle el toque final— Olimpo le da de comer. Olimpo les da de comer a todos los Trece. Incluso a ti; sobre todo a ti. Han hecho la vista gorda una y otra vez, e ignorado tus pecados. Y ahora te toca pagar.
—No has venido aquí a saldar cuentas —dice con desprecio— Estás aquí para vengarte de forma mezquina.
Aprieto el arma antes de recuperar el control. Venganza mezquina. Así se refiere a que quiera justicia por la muerte de mis padres. Respiro lentamente.
—Da todo esto por terminado y estaremos en paz.
Madara enarca las cejas.
—¿Dar el qué por terminado? ¿La guerra? ¿O mi matrimonio con la preciosa hija de Deméter? ¿Sakura?
—No digas su nombre. —Camino hacia él.
—El trato está firmado, sellado y solo falta que lo envíen. Esa chiquilla es mi premio por haber doblegado la poca resistencia que representas —Sonríe— Y pienso aprovecharla para mi placer ahora que tú ya la has dejado preparada.
Sé que me está tendiendo una trampa, pero ahora que estoy aquí nada parece definitivo.
—No es tuya. No pertenece a nadie más que a sí misma.
—Ahí es donde te equivocas —Se ríe— Te pones a ti mismo en una posición en la que podrías arrebatármelo todo (la vida, esa mujer, cumplir con tu venganza) y en el último momento no tienes los cojones —Un brillo de maldad le ilumina los ojos azul claro— Igual que tu padre.
—Que te den.
Madara se abalanza sobre mí, más rápido de lo que me imaginaba que se movería, y agarra la pistola. También es más fuerte de lo que me esperaba. Aunque intento zafarme de él, me sigue agarrando el brazo. Aprieto el gatillo instintivamente, pero el tiro no da en el blanco. Madara tira de mí para acercarme a él mientras sigue intentando quitarme el arma. Su mirada me augura la muerte. Puede que yo haya dudado en matarlo. Él no me va a devolver el favor.
Oigo de lejos el sonido del cristal al romperse, pero estoy demasiado ocupado luchando por evitar que me robe el arma para preocuparme. Doblo el brazo en su dirección y vuelvo a apretar el gatillo, pero está preparado y la bala se clava en el suelo, a nuestros pies. Por fin consigue hacerse con mi muñeca y me golpea el brazo con la rodilla. Joder, qué daño. A pesar de mis esfuerzos, se me resbala el arma. Bajo la mirada para intentar dar con ella. Madara se aprovecha de mi distracción y me propina un puñetazo en la cara. La habitación gira a mi alrededor. Pega con fuerza. Como me pegue otro puñetazo, podría dejarme inconsciente. Sacudo la cabeza, pero no ayuda a que me dejen de pitar los oídos.
Mis ideas y mis planes se van por la ventana. Solo domina el instinto. Consigo levantar el brazo para bloquear su próximo puñetazo y el impacto me impulsa unos cuantos centímetros hacia atrás. Le hundo el puño en el estómago y se queda sin aliento. Es rápido y golpea con la fuerza de un tren de carga; yo estoy en las últimas porque, a pesar de que odio a este hijo de puta, sigo oyendo la voz asustada de Sakura en mi cabeza.
«Sasuke, para.»
No puedo matarlo. No lo haré. Solo necesito poner tierra de por medio para poder moverme, para poder pensar. Lo empujo.
—¿Por qué mataste a mi padre?
Se ríe.
—Se merecía sufrir —Vuelve a atacar, pero esta vez estoy preparado. Me agacho para esquivar el puñetazo y le propino un gancho izquierdo en el costado. Madara se dobla entre insultos, pero lo único que consigo es ralentizarlo un poco— Aunque lo de tu madre fue una pena.
—Que. Te. Jodan.
Aquí no voy a encontrar respuestas esta noche. No sé por qué había pensado que sí. Madara es un puto abusón decidido a arrancar de raíz cualquier amenaza que se le presente. Mis padres eran una amenaza, con el título recién heredado e inocentes porque pensaron que podían allanar el camino hasta un Olimpo nuevo y mejorado. Madara no permitiría que nada afectase a su autoridad, así que acabó con ellos. Fin de la historia.
No dejo de intentar poner distancia entre nosotros, pero no hay manera. Lo tengo encima y no me da un respiro. Tengo que esforzarme al máximo para resguardarme la cara de sus puños. Ya tengo un ojo tan hinchado que se me está cerrando y solo es cuestión de tiempo que no pueda ver nada con él. Como la pelea siga para entonces, estaré metido en un buen lío.
Esquivo un gancho derecho y le agarro del brazo, aprovecho el impulso para hacer que dé vueltas y se aparte de mí.
—Detente. No tiene por qué ser así.
—No pienso parar hasta matarte.
Sacude la cabeza como si fuera un toro y se abalanza sobre mí. No caigo en qué parte de la estancia estamos hasta que el viento frío me abofetea la cara.
«Mierda.»
—Espera.
Pero Madara no escucha. Se prepara para propinarme un puñetazo que dolerá si me alcanza, pero no ha calculado bien lo cerca que está de la ventana rota, justo como me ha pasado a mí. Se tambalea en el borde y mueve los brazos como un molino para tratar de equilibrarse.
El tiempo se ralentiza.
Aún no está todo perdido. Podría tirar de él hacia dentro. Solo tengo que llegar hasta allí.
Salgo disparado hacia delante con la intención de agarrarle del brazo, de la camisa, de donde sea. Da igual qué clase de monstruo sea, nadie merece acabar de esa forma. Nuestras manos se tocan, pero, a pesar de mis esfuerzos, se me escapa de entre los dedos. En cuestión de un parpadeo, desaparece, la corriente de aire y un grito que se va desvaneciendo son la única prueba que queda de que estuvo aquí en algún momento. Contemplo la ventana rota, la noche oscura y las luces que parpadean en la distancia. ¿Me había dado cuenta de lo cerca que estábamos? ¿Lo he estado empujando hacia atrás intencionadamente para que cayera por la ventana? No lo creo, pero nadie me creerá si digo que ha sido un accidente. No cuando me he plantado en su despacho con una pistola a horas intempestivas de la mañana, cuando no había nadie más.
El viento helado vuelve a abofetearme y me devuelve a la realidad. No puedo quedarme. Si alguien se percata de que he roto el acuerdo, de que en teoría he matado a Madara, será mi gente quien pague el precio. Ahora mismo, confío plenamente en que Deméter cumpla su palabra, aunque en el poco tiempo que nos conocemos me ha demostrado que no puedo fiarme de ella.
Salgo al pasillo y me detengo de golpe al ser consciente de que no estoy solo. Parpadeo entre la oscuridad, hasta que caigo en quién es mi acompañante.
«Hablando de la reina de Roma.»
—No esperaba verte por aquí.
Deméter se pone un par de impecables guantes negros.
—Alguien tendrá que limpiar este desastre.
¿Se refiere al estado en el que he dejado el despacho tras mi paso... o a mí? Exhalo despacio.
—Así que, ¿era todo una trampa?
Enarca una ceja y, durante un instante, se parece tanto a Sakura que el corazón me da un vuelco. Deméter se ríe.
—Para nada. Esta noche te he hecho varios favores y es lo mínimo que puedo hacer para asegurarme de que sigas disponible en el futuro, cuando necesite cobrármelos —Da un paso hacia mí y se detiene— Pero como le hagas daño a mi hija, estaré encantada de abrirte la garganta en canal.
—Lo tendré en cuenta.
—Eso espero. Jamás darán con el cuerpo —Se examina la mano enguantada— Los cerdos son criaturas de lo más eficientes, ¿sabes? Son los trituradores de basura de la naturaleza.
Joder, esta mujer da tanto miedo como su hija. Me aparto cuando se dirige a la puerta del despacho de Madara.
—¿Qué vas a hacer?
—Como he dicho, limpiar —Abre la puerta— Mi hija tiene que quererte mucho si está dispuesta a pedirme ayuda para mantenerte a salvo. Espero que cumplas con el trato que hemos cerrado.
—Lo haré.
No tengo que saber los detalles para estar de acuerdo con ellos. Da igual el precio que se me exija, lo pagaré encantado. Es lo mínimo que puedo hacer después de todo lo que ha pasado.
—Más te vale. Bien, sal de aquí antes de que vengan los esbirros de Ares a investigar.
A investigar la muerte de Madara. La muerte que yo he causado.
Después de lo de esta noche, Sakura no volverá a mirarme con los mismos ojos.
Esa idea me pesa tanto como la muerte de Madara mientras recorro la planta baja. Salgo por la puerta para encontrarme con una pequeña multitud que ya se ha concentrado y con gente que escudriña la noche como si ella escondiera las respuestas. Unos cuantos miran en mi dirección, pero no me prestan demasiada atención. Una de las ventajas de ser un mito es que soy anónimo.
Me doy la vuelta y me alejo.
En las profundidades más oscuras de mi corazón, pensaba que me sentiría victorioso cuando Madara muriera. Sería una forma de equilibrar la balanza, de saldar cuentas por todas las putadas que ha hecho durante los años. Para mí, sí, y por supuesto para mis padres; pero también para tanta gente que no puedo ni ponerla en cifras. El rastro de su destrucción es enorme y data de hace décadas. En vez de eso, no siento nada.
No recuerdo mucho de mi viaje de vuelta a la zona baja. Parece que un instante camino por las tiendas de la zona alta con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha para protegerme del viento y, al siguiente, estoy delante de mi casa. Lo único que me indica que he recorrido todo ese camino a pie es el dolor de piernas y pies que tengo. Me doy la vuelta para contemplar la torre de Madara, apenas visible entre los rascacielos desde donde me encuentro. Detrás de ella, el sol ya brilla en el cielo. Un nuevo día. Todo ha cambiado y, a la vez, todo sigue igual.
Sigo siendo Sasuke. Sigo gobernando sobre mi parte de Olimpo. El resto de los Trece tiene muchas mierdas que solucionar, pero al final Perseo tomará el título del nuevo Madara, se casará con alguien y creará una nueva Hera. Yo cumpliré con cualquiera que sea el trato que se ha hecho con Deméter. Ahora que Sakura está a salvo, podrá abandonar la ciudad y perseguir sus sueños. No la volveré a ver. La vida continuará, más o menos igual que siempre.
La idea me hunde.
Entro por la misma puerta por la que me marché y me dirijo al antiguo comedor. Ahora que se ha convertido en la habitación de los cachorros, está repleto de juguetes y varias camas. Me desplomo junto a la cama del centro, donde duermen los tres perritos. Aunque no hago ruido, no tardan mucho en percatarse de que tienen visita. Cerbero es el primero en venir, se acerca dando pasitos vacilantes hasta mí y se sube a mi regazo, como si marcara territorio. Sus hermanos lo siguen cuando se despiertan al notar que les falta su calor y pegan sus cuerpecitos peludos e inquietos contra el mío.
Acariciarlos me abre algo en el pecho; apoyo la cabeza contra la pared y cierro los ojos. ¿Qué clase de monstruo soy para sentirme peor al pensar en que nunca más voy a ver a Sakura que en la terrible muerte de Madara? No lo sé, pero no soy lo bastante horrible para ponerme en contacto con ella. Si intento meterla en una jaula, no seré mejor que él. Cierro los ojos.
Sakura es libre.
Tengo que dejarla volar.
