LEGADO


ARREGLO


Mayo de 1881

Sueños. Imágenes de la telaraña que la mayoría de la gente lleva consigo mientras duerme, para Naruto Uzumaki, eran el incentivo que lo despertaba antes del amanecer, el ímpetu que lo empujaba hacia la medianoche.

Los sueños eran los escalones para la gloria.

Persiguiéndolos, había alcanzado un nivel de éxito que excedía el alcance de la mayoría de los hombres y había adquirido todo lo que se había propuesto tener: tierras, ganado y riquezas más allá de sus más altas expectativas.

Sin embargo, la desesperación lo mordía como un perro muerto de hambre, que acababa de descubrir un hueso oculto, y mientras miraba las estrellas que cubrían el cielo aterciopelado, sintió como si no hubiera logrado nada.

Era un hombre con un único sueño que permanecía intacto, el que había servido como faro guía para cada objetivo que había cumplido. Sin la realización de su mayor deseo, sus otros logros significaban poco, y temía que no significaran nada en absoluto, si nunca tuviera un hijo con quien compartirlos.

El calor persistente en la tierra reseca, se filtró a través de su espalda, mientras apoyaba su columna vertebral en una posición más cómoda contra el nudoso y retorcido poste, que servía como uno de los mil anclajes para su valla de alambre de púas.

Odiaba el alambrado con pasión, pero sabía que estaba destinado a convertirse en esencial para la supervivencia de todos los rancheros, de la misma manera que el ferrocarril había entrado en sus vidas. Los trabajadores continuaban extendiendo los rieles que llevaban cada vez a más personas hacia el oeste.

Los días de conocer al vecino y de respetar dónde terminaba su tierra y dónde comenzaba la tierra de un hombre, disminuían. El alambre de púas aclaraba las diferencias, marcaba el dominio de un hombre y no dejaba dudas sobre su propiedad.

Desafortunadamente, era un aspecto del futuro que solo unos pocos hombres podían imaginar, y aquellos cegados por las tradiciones del pasado estaban decididos a que el alambre de púas no resistiera el paso del tiempo.

Naruto Uzumaki intentaba asegurarse de que sí lo hiciera.

—¿Naruto? — El ronco susurro, momentáneamente silenció la serenata nocturna de los grillos, ranas y saltamontes.

Echó un vistazo a su hermano menor, que estaba tendido en el suelo, con los brazos cruzados bajo su cabeza oscura y su cuerpo alto y larguirucho paralelo a la valla.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo nos quedaremos? — preguntó Kawaki.

—Toda la noche si tenemos que hacerlo.

—¿Qué te hace pensar que vendrán?

—La luna llena. A los hermanos Hyûga les gusta robar y destruir a la luz de la luna llena.

—No sé cómo puedes estar seguro de que van a cortar el cable aquí mismo, — dijo Kawaki, la exasperación atravesada por su voz juvenil. A los veintiún años, tenía poca paciencia cuando se trataba de esperar el momento siguiente.

—No sé dónde van a cortarlo, pero si cierras la boca, escucharemos el sonido metálico del corte viajando a lo largo del cable, y sabremos en qué dirección ir. Solo cierra los ojos e imagina que estás escuchando ese primer tintineo que proviene de tu violín cuando lo golpeas con el arco.

—No golpeo mi arco con nada. Lo coloco sobre las cuerdas con la misma suavidad con la que toco la mejilla suave de una mujer o presiono mis labios contra su cálida boca. Luego de acariciar lenta y largamente, el camino hacia...

—¿Te callas? — gruñó una voz más profunda.

Naruto no necesitó inclinarse hacia adelante para ver la expresión de disgusto que sabía que encontraría en la cara de Menma. Su hermano del medio, era el único que tenía una esposa, y Naruto imaginó que en este momento preferiría estar acurrucado en la cama, con ella acurrucada contra su costado. Apreciaba el hecho de que Menma estuviera, en cambio, protegiendo la cerca.

Kawaki rió disimuladamente.

—Estás disgustado porque no estás en casa creando tus propias caricias.

—Cuida tu boca, muchacho — advirtió Menma — Vas a cruzar al territorio peligroso si traes a mi esposa a esta conversación.

—Sabes que no diría nada malo sobre Tanahi. Solo imagino que preferirías estar en casa haciendo otro bebé, en lugar de sentarte aquí esperando algo que podría no suceder.

— Ya hemos creado otro bebé — dijo Menma, orgulloso y con una gran cantidad de afecto reflejada en su voz.

Naruto se lanzó hacia adelante para poder ver el rostro de su hermano iluminado por la luz de la luna. A pesar de las fuertes cicatrices en el lado izquierdo de la cara y el parche negro que ocultaba lo peor de todo, Menma parecía ser un hombre que había cumplido todos los sueños que alguna vez se había atrevido a desear. Naruto a veces le envidiaba esa satisfacción, especialmente cuando la había logrado robándole su esposa.

—¿Cuándo pasó esto? — preguntó Naruto.

Menma tiró del borde de su sombrero.

—Demonios, no sé. En algún momento del mes pasado, más o menos, creo. Tanahi acaba de decírmelo esta noche, antes de salir.

—Así que Maggie May va a tener un hermanito o hermanita — dijo Kawaki, con una amplia sonrisa brillando como los rayos de luna que atravesaban las nubes — Me imagino que no planeas nombrar a todos tus hijos como el mes en que nacieron, ¿o sí?

Menma se encogió de hombros.

—Los nombraré como Tanahi quiera nombrarlos.

Naruto volvió a recostarse contra el poste.

—Estoy muy feliz de que hayas arrebatado a esa mujer de mis manos. No me gustaría vivir mi vida en torno a los deseos y necesidades de una mujer.

—Si la amaras, tanto como yo amo a Tanahi, te gustaría — dijo Menma.

Naruto tuvo que admitir que probablemente lo haría, pero encontrar a una mujer a quien amar en una tierra poblada principalmente por vaqueros y perros de las praderas, no era una tarea fácil. Demonios, ni siquiera podía encontrar a una mujer para casarse y que le diera su hijo, mucho menos a una mujer a quien amar.

La ausencia de mujeres decentes en esta parte del oeste, era una espina clavada en su costado, un dolor persistente en su corazón, y una barrera firme para el cumplimiento de su gloria final: un hijo al que pudiera transmitir el legado por el que había trabajado tan duro, domando una tierra conocida por sus desilusiones y promesas rotas.

Había esperado fundar una ciudad que atrajera mujeres al área, pero Konoha crecía lentamente. El banquero, Danzo Himura, tenía una esposa que fácilmente ocupaba todo el ancho del malecón cuando se dirigía a la tienda general. Perry Oliver, el dueño de dicha tienda, era viudo y tenía una hija encantadora.

Naruto había considerado pedirle al comerciante la mano de su hija. A los dieciséis años, su madre se había casado con su padre, pero Naruto no podía casarse con una mujer menor de la mitad de su edad. Además, sospechaba que Kawaki había puesto la mira en la joven. ¿Por qué otra razón sino su hermano tendría una excusa para ir a la ciudad todos los días a comprar algún artilugio inútil de la tienda general?

Ni el sheriff, ni el encargado del salón, ni el médico habían traído mujeres con ellos. La costurera de la ciudad, Mimi St. Claire, no estaba casada, pero tenía alrededor de cuarenta, con suerte.

Con resignación, Naruto llegó a la conclusión de que, una vez más, tendría que buscar más allá de su pueblo, más allá de la pradera, para encontrar a una mujer que pudiera dar a luz su hijo. Ya comenzaba a sentir el peso de los años presionándolo. Él necesitaba un hijo.

Quería un hijo sentado a su lado en este mismo momento, compartiendo la anticipación de la noche. Quería contar las estrellas con su hijo. Necesitaba sentir la brisa sobre sus rostros y saber que cuando ya no tocara su rostro, cuando Naruto estuviera muerto y enterrado, la brisa continuaría acariciando la cara de su hijo.

El río cercano corría al ritmo de la canción de cuna de la Naturaleza: el crujido de los insectos se mezclaba con el zumbido ocasional de las alas de un búho y el aullido de un coyote acosando a la distancia. Naruto quería que su hijo escuchara esa canción, para apreciar la magnificencia de la naturaleza, domarla, poseerla. Se imaginaba a su hijo de pie aquí desde hacía años, mirando todo lo que habían logrado, escuchando el roce del río en la orilla fangosa, escuchando el... ¡Silbido!

La melodía de la destrucción irrumpió en la noche. Naruto se puso en pie de un salto y cuando volvió a oírse el agudo silbido dijo:—Están al sur.

Él y sus hermanos montaron sus caballos con una agilidad que venía de años de perseguir ganado en estampida. El resplandor plateado de la luna iluminaba su camino a lo largo del borde del río.

Con un firme agarre, Naruto retiró la cuerda enrollada de su silla de montar. Solo necesitaba la presión segura de sus muslos para guiar al semental que lo había ayudado a resguardar al ganado del norte.

Cuando las sombras de tres hombres emergieron de la oscuridad, el caballo no titubeó. El hombre más alto disparó su arma, mientras los otros dos luchaban con sus caballos. Naruto escuchó gritos y alaridos. Los caballos resoplaban, relinchaban y se alzaban, con sus cascos cortando el aire.

Alzando su brazo, Naruto chasqueó la muñeca y lanzó un bucle que silbó a través del aire bochornoso y rodeó a Indra Hyûga Õtsutsuki. Naruto tiró con fuerza de la cuerda. La pistola voló de la mano de Hyûga mientras caía al suelo. Sin dudarlo, Naruto aseguró su extremo de la cuerda alrededor del cuerno de la silla de montar, colocó los talones a los costados de su caballo y galopó hacia el precioso río.

Naruto miró por encima del hombro. La luz de la luna se reflejaba en la cara enojada de Indra Hyûga. Naruto se sintió satisfecho con la furia del hombre y guio a su caballo de carrera hacia las aguas poco profundas que se asemejaban más a un riachuelo que a un río en toda regla.

—¡Maldito seas, Uzumaki! — Hyûga gritó justo antes de que el caballo chapoteara en el centro del arroyo.

El agua roció las piernas de Naruto. Miró hacia atrás para asegurarse de que la cabeza de Hyûga estaba fuera de la superficie. No quería que el hombre se ahogara, pero tenía la intención de darle un duro paseo.

Naruto escuchó el eco de tres disparos rápidos. No sonaron disparos en respuesta. El misterioso silencio que siguió señaló una advertencia. Hizo que su caballo se detuviera. Sus hermanos no estaban detrás de él. Tres disparos más rugieron.

Gimiendo, Hyûga luchó por ponerse de pie, farfullando obscenidades que Naruto no se detuvo a responder. Soltando la cuerda del cuerno de la silla de montar, empujó a su caballo hacia la valla.

La alarma se deslizó por su espalda cuando vio las siluetas de dos hombres de pie y un hombre arrodillado. Desmontó antes de que su caballo se detuviera. Cayó de rodillas junto al hombre tendido sobre el suelo.

—¿Qué pasó? — preguntó Naruto.

—Kawaki recibió la bala que Indra disparó, y no se ve bien — dijo Menma.

.

.

—¿Dónde demonios está el maldito doctor? — gruñó Naruto mientras miraba por la ventana del dormitorio. Había enviado a su capataz a la ciudad para buscar al médico, pero eso había sido hacía más de dos horas.

—Él estará aquí pronto — dijo Tanahi en voz baja. Mientras Naruto había traído a Kawaki a casa, sin la ayuda de los hermanos Hyûga, Menma había ido hasta su casa a buscar a su esposa e hija. Con la inocencia de un niño, Maggie había visto la carrera a la casa de su tío, en la oscuridad de la noche, como una aventura.

Naruto se dirigió hacia la cama donde yacía su hermano, con los ojos cerrados y la respiración entrecortada. Vio como Tanahi pasaba un paño húmedo sobre la cara de Kawaki. Habían detenido el flujo de sangre, pero necesitaban que el médico retirara la bala del hombro de Kawaki. No había salido del otro lado, así que Naruto solo podía suponer que estaba incrustada en su hueso. Tuvo suerte de que la bala no hubiera entrado más bajo y atravesado su corazón.

—Se ve demasiado pálido.

Tanahi levantó su mirada hacia la de él. Tenía los ojos grises más bonitos que jamás había visto. Recordó un momento en que pensó que fácilmente podría enamorarse de esos ojos. Tal vez lo había hecho.

—No creo que sea tan malo como cuando Menma recibió un disparo — dijo en voz baja.

—Me sentiría muchísimo mejor si se despertara.

Volvió a su tarea de pasar el paño por la frente de Kawaki.

—Él solo sentiría dolor.

Mejor el dolor que la muerte. Naruto miró a Menma que estaba sentado en una silla cercana, sosteniendo su propia vigilia silenciosa, con su hija dormida acurrucada en el regazo.

—Creo que piensas que debería haber manejado esto de otra manera — dijo Naruto.

—No tiene sentido para mí construir una ciudad, contratar un sheriff, y luego no usarlo cuando tienes problemas.

—Lo contraté para proteger a los ciudadanos. Puedo manejar mis propios problemas.

—No se puede tener las dos cosas, Naruto. Si traes a la ley aquí, entonces no puedes ser tu propia ley.

—Puedo ser cualquier cosa que malditamente quiera ser. Es mi tierra. Hyûga aprenderá a mantenerse al margen, y yo mismo le enseñaré la lección.

—¿Pero a qué precio?

Las palabras resonaron en voz alta con preocupación. Naruto volvió su atención a su hermano herido.

—¿Por qué no metes a tu hija en mi cama? — sugirió en voz baja a Menma.

—Lo haré — respondió mientras se ponía de pie fácilmente, sin despertar a Maggie. Y salió de la habitación.

Naruto envolvió su mano con fuerza alrededor de la pata de la cama, en busca de respuestas a su desafortunado dilema. Los Hyûga se habían mudado al área hacía tres años, pensando que habían comprado la tierra que corría a ambos lados del río. Naruto sospechaba que la persona que les había vendido la tierra había sido un atracador de tierras. El acaparamiento de tierras había sido una práctica común después de la guerra.

Un hombre compraría una parcela de tierra y extendería los límites tan lejos como quisiera, a menudo publicando un aviso en un periódico para validar su reclamo. Aunque la práctica generalmente funcionaba, el aviso en el periódico no era legalmente vinculante. Naruto había presentado reclamaciones ante la oficina de tierras por cada hectárea de tierra que poseía.

Desafortunadamente, los Hyûga parecían creer, como muchos rancheros, que una pistola hablaba más fuerte que la ley. Se habían negado a reconocer la escritura de Naruto sobre la superficie cultivada y habían empujado descaradamente a sus animales a pastorear por sus tierras.

No le habría importado compartir su agua o su hierba si no necesitara controlar la cría de ganado para poder mejorar la calidad de la carne que producían sus vacas.

Había comenzado a levantar su valla de alambre de púas. Si los Hyûga lo hubieran aceptado, Naruto les hubiese dejado una parte del río abierta. Pero habían derribado la cerca antes de que los hombres de Naruto la terminaran de colocar. Irritante, pero inofensivo.

Naruto había visitado a Hiashi Hyûga y le había exigido que mantuviera sujetos a sus hijos. Entonces Naruto había ordenado a sus hombres que terminaran de construir la cerca y que la llevaran más allá del río.

Dos meses atrás, los hijos de Hiashi Hyûga habían destruido otra vez una sección de la cerca, cortando el alambre, quemando los postes y matando a casi cuarenta cabezas de ganado, la mayoría al borde del parto. Naruto le había mandado a Hiashi Hyûga una factura por los daños, que el hombre se había negado a pagar porque Naruto no podía probar que habían sido sus hijos los que derribaron la valla y habían asesinado al ganado.

Naruto ciertamente podría probar que Hyûga había cortado su alambre esta noche, pero como Menma había declarado, ¿a qué costo?

Mantuvo sus pensamientos y su silencio cuando Menma regresó a la habitación y tomó su vigilia en la silla al lado de la cama.

Naruto giró en redondo mientras suaves pasos se cercaban por el pasillo. El alivio lo invadió cuando el Dr. Katõ entró arrastrando los pies en la habitación. El hombre alto y delgado parecía como si estuviera golpeando a la puerta de la muerte él mismo. Sus huesos crujieron cuando cruzó la habitación sin decir una palabra. Puso su bolsa negra sobre la mesita de noche y comenzó a examinar la herida de Kawaki.

—¿Dónde diablos ha estado?— exigió Naruto.

—Tuve que ponerle el brazo en su lugar a Indra Hyûga — El doctor Katõ miró por encima del hombro a Naruto y alzó una ceja delgada, sus ojos azules acusándolo — Indra dijo que usted se lo rompió.

Las dos emociones cruzaban las entrañas de Naruto: furia porque Hyûga había hecho que el médico atendiera egoístamente sus necesidades, sabiendo todo el tiempo que su bala había golpeado a Kawaki; y culpa porque no se había dado cuenta de que había roto el brazo de Indra cuando lo había arrastrado a través del río.

—¿Le dijo Hyûga que le disparó a Kawaki?

El Dr. Katõ suspiró.

—No, no supe esa información hasta que volví a casa y encontré a su capataz esperándome — Negando con la cabeza, comenzó a tocar con los dedos alrededor de la carne devastada de Kawaki — Usted y los Hyûga necesitan resolver sus diferencias antes de que toda esta área se convierta en una zona de guerra.

—¿El Sr. Hyûga va a estar bien? — preguntó Tanahi.

—Sí, señora. Fue una quebradura limpia, y lo dejé al cuidado de su hermana.

Naruto miró al doctor como si acabara de hablar en un idioma extranjero.

—¿Hermana? ¿Indra Hyûga tiene una hermana?

—Sí. Tímida cosa — dijo el Dr. Katõ ausente mientras abría su bolsa negra — Oí decir que ella pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia atendiendo a su madre enferma. Supongo que pasó tanto tiempo siendo obligada a quedarse en casa que nunca piensa irse ahora que ha crecido.

—¿Cuánto creció? — preguntó Naruto.

—¿Qué?

—Quiero decir ¿Cuántos años tiene ella?

—Veintiséis.

—¿Veintiséis? — repitió Naruto.

El Dr. Katõ se dio vuelta y lo miró.

—¿Debo verificar su audición antes de irme?

—Simplemente no sabía que Hyûga tenía una hermana.

—Bueno, ahora ya lo sabe. Vaya a buscar más linternas y lámparas para que pueda tener suficiente luz aquí para sacar esta bala.

Unas horas más tarde, Naruto observó a su hermano menor mientras dormía, con el hombro envuelto en vendas. El Dr. Katõ le había asegurado que Kawaki no estaba en peligro. Él estaría dolorido, débil y de mal humor, pero sobreviviría. Aun así, Naruto decidió que se sentiría mucho más confiado con el pronóstico del médico si Kawaki se despertara.

Naruto asumió que Menma tenía sus mismas inquietudes. Su hermano había convencido a Tanahi de que durmiera con Maggie, mientras él estaba sentado en el lado opuesto de la cama, sin apartar su mirada de Kawaki.

Cuando los plumosos dedos del amanecer entraron en la habitación, Kawaki abrió lentamente los ojos. Con un gemido bajo, hizo una mueca. Naruto se adelantó.

—¿Tienes mucho dolor?

—Ese bastardo inútil me disparó en el hombro — graznó Kawaki — ¿Cómo voy a tocar mi violín?

—Encontrarás la manera — le aseguró Naruto.

—Cuando... esté lo suficientemente fuerte... digo que los echamos de su tierra. — Los ojos de Kawaki se cerraron.

—¿Naruto?

Se giró y se encontró con la mirada turbada de Menma.

—Naruto, tienes que hacer algo para detener esta pelea. El Dr. Katõ tiene razón. La próxima vez, tal vez no tengamos tanta suerte, y no quiero que mi familia quede atrapada en el medio — Menma se movió incómodamente en la silla — No tendré a mi familia atrapada en el medio. Si tengo que elegir...

—No tendrás que elegir. He estado reflexionando sobre la situación, y creo que puedo tener una solución a nuestro problema. Voy a programar una reunión con Hiashi Hyûga y ver si podemos llegar a algún tipo de acuerdo.

—Bueno — Menma se puso de pie, plantó sus manos contra la parte baja de su espalda y se estiró hacia atrás — Voy a dormir un poco — comenzó a caminar hacia la puerta.

—¿Menma? — se detuvo y se volvió. Naruto pesó sus palabras.

—¿Crees que la hermana de Hyûga es tan mezquina como él?

—¿Qué diferencia habría? — le preguntó.

Naruto miró la cara pálida de Kawaki.

—No, no hay diferencia. No hay diferencia en absoluto.

.

.

—¡Por Dios, no tienes derecho! — gritó Hiashi.

Echándose hacia atrás, Naruto apoyó los codos en los brazos de madera de su silla de cuero y entrelazó sus largos dedos presionándolos contra sus tensos labios. Estrechó sus ojos azules y miró la baba

que había salido de la boca de Hyûga y que caía por el borde de su escritorio de caoba. Podía imaginarse cómo se deslizaba por el frente de su escritorio, como una babosa que se escapa por la noche para cubrir la tierra de baba.

Lentamente, levantó sus ojos hacia los de su adversario.

—Tengo todo el derecho de vallar en mi tierra — dijo con calma.

—¡Pero estás cercando el río!

—Está en mi tierra. Cualquier ranchero de sólida reputación se pondría de mi lado. Nadie me culparía por colgar a tus hijos del árbol más cercano. Tenemos un código no escrito, que la mayoría de los ganaderos honran. Una vez que un hombre tiene un derecho válido a un río o a un pozo de agua, otro vaquero no llegará a menos de veinticinco millas de él, con o sin una cerca. Nadie habría cuestionado mi derecho a llevar la cerca más atrás, pero graciosamente dejé kilómetros de tierra abiertos para pastorear.

—|Para burlarte de nosotros. No necesito praderas, ¡maldita sea! ¡Necesito agua!

—Tienes arroyos y ríos en tu tierra.

—No tengo más que lechos de arroyos secos.

Naruto negó con la cabeza en señal de simpatía.

—No puedo evitar que la Naturaleza elija secar tu suministro de agua y dejar que fluya el mío, pero no me separaré gratuitamente de nada mío.

La cara de Hyûga se volvió de un rojo moteado. Se le ocurrió a Naruto que el hombre podría tener un ataque de apoplejía aquí en su oficina. Entonces nunca obtendría lo que quería.

—¿Gratuitamente? — murmuró Hiashi — No compartirás tu agua gratuitamente, pero lo harás por un precio. ¿De eso se trata esta reunión? ¿Es por eso que vallaste el río? ¿Así podrías conseguir algo por el agua? ¿Suficiente como para robar mi tierra?

—He tenido esa extensión de tierra desde 1868.

Hiashi resopló.

—Eso es lo que tú dices.

—La ley respalda mi reclamo — le recordó Naruto.

Hiashi soltó fuerte el aliento.

—Entonces pon tu precio por el agua, y yo lo pagaré. ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Ganado? ¿Más tierras?

Naruto bajó las manos hasta su regazo, los dedos de su mano derecha acariciando el mango de marfil del arma atada a su muslo. Debería haber insistido en que esta reunión se llevara a cabo sin armas.

—Tengo dinero. Tengo ganado. Tengo tierras. Quiero algo que no tengo. Algo tan precioso como el agua fresca. Algo tan hermoso como un río que fluye — Dándole a sus palabras un momento para hacer eco dentro de la cabeza de Hyûga, apretó su mano alrededor de la pistola — Algo tan puro como el agua brillando bajo el sol.

Hiashi negó con la cabeza.

—Estás hablando en acertijos. No tengo nada que sea puro, precioso y bello.

—He oído que tienes una hija — dijo Naruto, deseando no haber sido tan directo.

Los surcos que recorrían la frente de Hyûga se profundizaron.

—Sí, tengo una hija, pero no veo qué tiene que ver eso.

Naruto estaba empezando a cuestionar la sabiduría de mantener su reunión con Hiashi, preguntándose si hubiera sido mejor discutir los detalles de su compromiso con Indra

—Tal vez no te hayas dado cuenta, pero las mujeres escasean por estas tierras. Necesito un hijo.

—¡Dios mío! ¡No puedes hablar en serio! — gritó Hyûga, sus ojos sobresalían de sus órbitas.

—Estoy hablando en serio.

Hiashi se desplomó en su silla.

—¿Me darás acceso a tu agua si te doy acceso a mi hija?

Con una velocidad que Naruto nunca hubiera esperado de un hombre tan corpulento, Hiashi se lanzó sobre el escritorio y agarró la camisa de Naruto. Éste sacó el arma de su funda y la clavó en los pliegues del cuello de Hiashi, pero el hombre aparentemente estaba demasiado enojado como para darse cuenta. Arrojó saliva sobre la cara de Naruto.

—Te veré muerto primero — gruñó Hiashi.

—Eso no te llevará al agua — dijo Naruto en voz baja.

—¡No te daré a mi hija para que la uses como a una puta!

—No la quiero como una prostituta. La quiero como mi esposa.

Hiashi Hyûga parpadeó.

—¿Quieres casarte con ella?

—¿Hay alguna razón por la que no debería?

Hiashi se dejó caer en la silla.

—¿Quieres casarte con Hinata?

¿Hinata? ¿Iba a tirar su valla por una mujer llamada Hinata?

—Ni siquiera la conoces — dijo Hyûga. Naruto se inclinó hacia adelante.

—Mire, Hyûga, hemos estado discutiendo sobre esa franja de tierra durante tres años. La ley dice que es mía y me da el derecho de rodear y proteger lo que es mío. Sus hijos mataron mi ganado...

—No puedes probarlo.

—Hace dos noches, casi mataron a mi hermano. Fui a la guerra cuando tenía catorce años. He peleado con yanquis, indios, renegados, forajidos, y ahora estoy luchando contra mis vecinos — Naruto se hundió en su silla — Estoy cansado de luchar. Hiashi, necesito un hijo al que pueda pasar mi legado. Necesito una esposa que me dé un heredero legítimo. Las candidatas por aquí son escasas...

Hiashi salió de la silla y golpeó el escritorio con el puño.

—¿Las candidatas? Si fuera diez años más joven te golpearía en la cara por pensar tan pobremente sobre mi hija.

—Pienso muy bien de ella porque respeto a su padre. Ambos trabajamos duro para esculpir un imperio en tierras desoladas, y ambos estamos a punto de destruir todo lo que hemos logrado. El alambre de púas es parte del futuro. Lo pongo, tú lo derribas. Voy a seguir poniéndolo — respiró hondo, listo para jugar su mano final — Pero mañana al amanecer, le voy a dar a mis hombres la orden de disparar a matar a cualquiera que toque mi alambrado o traspase mi tierra.

—Eres un hijo de puta — gruñó Hiashi.

—Tal vez, pero he puesto mi corazón y mi alma en este rancho. No voy a dejar que lo destruyas. Casarme con tu hija nos dará un vínculo en común.

—Ni siquiera la conoces — repitió Hiashi, inclinando la cabeza — Ella es...

Naruto tuvo su primer presentimiento.

—¿Ella es qué?

—Frágil, delicada, como su madre — Él levantó su mirada — Honestamente, por Dios, no sé si ella podría sobrevivir estando casada contigo.

—Nunca la lastimaré. Te doy mi palabra sobre eso.

Hiashi caminó hacia la ventana. Más allá del cristal, la tierra se extendía hasta la eternidad.

—¿Retirarás tu valla?

—La mañana después de que nos casemos.

Hiashi asintió lentamente.

—Dame la tierra que corre por veinticinco millas a lo largo de ambos lados del río para mí, y la tendré en la puerta de tu casa mañana por la tarde.

¡Maldita sea! Naruto se preguntó si Hiashi había leído la desesperación en su voz o en sus ojos. De cualquier manera, Naruto había perdido su ventaja, y al mirar la arrogante inclinación de la barbilla de su vecino y el brillo en sus ojos, supo que Hiashi entendía que tenía la sartén por el mango.

—Cuando ella me dé un hijo, te entregaré la tierra.

Hiashi lo señaló con un dedo tembloroso.

—Toda la tierra que pensé que tenía cuando vine aquí.

—Cada acre.

.

.

—¿Estás loco? — rugió Menma.

Luchando por no retorcerse, Naruto miró las llamas que ardían en el hogar. Su hermano, de todas las personas en el mundo, debería entender su deseo de tener una esposa. Demonios, él se había llevado a su primera esposa. Menma podría al menos apoyarlo en su búsqueda para encontrar un reemplazo.

—Tal vez lo sea, pero la ciudad que estamos construyendo no ha hecho mucho por traer mujeres aquí. Mujeres elegibles.

—¡Ni siquiera la conoces!

Naruto giró y se encontró con la mirada de su hermano.

—Tampoco conocía a Tanahi cuando me casé con ella.

—La conocías mucho mejor de lo que conoces a la hija de Hiashi. Al menos se habían escrito cartas. ¿Qué demonios sabes sobre esta mujer?

—Que tiene veintiséis... y es delicada.

—Por lo que escuché, tampoco me imagino que ella se mire mucho al espejo.

Naruto giró la cabeza para mirar a Kawaki, que se sentó en una silla frotándose el hombro, con la cara aún enmascarada por el dolor.

—¿Qué has escuchado? — le preguntó.

—Shinki Hyûga me dijo que no tiene nariz.

—¡¿Qué quieres decir con que no tiene nariz?!

Kawaki levantó su hombro ileso.

—Me dijeron que los indios se la cortaron. Esto casi le rompió el corazón, por lo que su pa le fabricó una de cera. Le quitó el alambre a unas gafas y lo enganchó a la cera para que tenga una nariz para usar, colocándosela y sacándosela... como si fueran unas gafas.

El estómago de Naruto se revolvió. ¿Por qué Hiashi no había revelado ese pequeño defecto de su hija? Porque no había querido perder la oportunidad de obtener el agua y la tierra. Imaginó que los hombres de Hyûga se estaban riendo mucho, ahora mismo.

—Ya detén esto — dijo Menma.

—No. Di mi palabra, y por Dios, que la cumpliré.

—Al menos ve a conocerla antes.

Naruto movió su mano en el aire.

—No hace ninguna diferencia para mí. ¡Quiero un hijo, maldita sea! Ella no necesita una nariz para darme un hijo.

Menma recogió su sombrero de una mesa cercana y lo colocó sobre su frente.

—¿Sabes?, hasta este momento, siempre me sentí culpable por quitarte a Tanahi. Ahora, estoy feliz de haberlo hecho. Era un regalo que nunca hubieras aprendido a apreciar.

—¿Qué demonios significa eso? — preguntó Naruto.

—Significa que a pesar de todo tu enorme imperio, hermano mayor, nunca serás un hombre rico.


CONTINUA