LEGADO
SI QUIERO
Era parte de la vida de una mujer vivir dentro de las sombras proyectadas por los hombres. Hinata Hyûga conocía esa desafortunada verdad y entendía muy bien sus ramificaciones.
Con las manos cruzadas sobre su regazo, miró por la ventana hacia el horizonte donde el sol se retiraba con valentía. Nunca había culpado a su madre por querer correr hacia los majestuosos azules y lavandas que se desplegaban en el cielo. Su madre lo había llamado "una aventura", pero incluso a la edad de doce años, Hinata lo había reconocido como lo que era: una huida.
Su madre hizo una maleta y le dijo a Hinata y Shinki que recogieran sus posesiones más preciadas. Explicó que Indra y Tokuma eran demasiado grandes para emprender esa aventura, ellos, en cambio, eran muy pequeños para quedarse atrás.
Estaban caminando por el pasillo, cuando su padre subió las escaleras, su rostro enrojecido por la furia.
Hinata tiró de Shinki hacia un rincón, escondiendo el rostro de su hermanito en el hueco de su hombro, mientras su padre chillaba y decía a los gritos que ese hombre no se llevaría a su esposa, su propiedad, a ninguna parte.
El terror barrió la cara de su madre. Se giró hacia las escaleras, y su padre sacudiéndola le dio vuelta.
—¡Así es! ¡Lo sé! ¡Lo sé todo! — Le escupió y le dio una bofetada en la cara, que la hizo caer escaleras abajo.
El grito de su madre resonó claramente en la mente de Hinata, como si lo hubiera escuchado en este mismo momento. Durante diez largos años, ella se había preocupado por la mujer que una vez se había preocupado por ella. La "caída accidental", como su padre se refería a ella, había dejado a su madre inválida, con los ojos tristes alojados dentro de un cuerpo inmóvil, sus pensamientos atrapados por una boca que ya no podía hablar. Solo cuando los ojos de su madre se llenaron de lágrimas, Hinata supo con certeza que vivía dentro de una cáscara maldita que la mantenía prisionera.
Su madre simplemente había cambiado una prisión por otra. Y ahora parecía que Hinata haría lo mismo.
—¡Maldición, papá! Hay otras formas de obtener el agua que necesitamos — dijo Shinki. Seis años más joven que ella, él siempre había sido su campeón. A menudo, su cabello oscuro y sus ojos verdes le recordaban al capataz que había desaparecido el día en que su madre resultó herida. — ¡No tienes que darle a Hinata a ese hombre!
Ese hombre.
Hinata había visto a Naruto Uzumaki una vez, y solo desde la distancia. Era más alto y más ancho que ella, y cuando anunció que la tierra que estaba acordonando iba a ser utilizada para levantar una ciudad, el viento había sido lo suficientemente amable como para trasladar su profunda voz a todos los que se habían reunido alrededor de él. Ella no creía que fuera un hombre que se hubiera conformado con menos.
Ahora estaba exigiendo que se convirtiera en su esposa. El pensamiento la aterrorizó.
—Este asunto no está abierto a discusión, Shinki — dijo Indra. Un centinela alto y oscuro, ubicado detrás de la silla de su padre. Desde que se habían trasladado desde Kumogakure a Sunagakure, después de la muerte de su madre, la salud de su padre había decaído considerablemente. Dentro de la familia, Indra descaradamente había ejercido el poder. Solo el amor y el respeto por su padre, le permitió dejar que los extraños pensaran que él seguía a cargo.
—Cuando quiera tu opinión sobre un asunto, Shinki, la pediré — dijo su padre.
—Solo decía.
—Sé lo que estás diciendo, y no estoy interesado en escucharte. Ya le he dado mi palabra.
—Bien, no romperás tu palabra si muere esta noche, y ciertamente podemos arreglar eso — dijo Tokuma.
Hinata mantuvo su mirada fija en los tonos rosados que se extendían por el horizonte. No deseaba ver la profundidad del odio hacia este hombre. Había visto una vez un odio tan profundo: cuando su padre se había enfrentado a su madre. No sabía cómo detenerlo.
Cuando era niña, se había escondido en un rincón oscuro. Como mujer tenía un fuerte deseo de esconderse de nuevo, en su habitación, en lo profundo de uno de sus libros. Temía que Tokuma no estuviera de humor para bromear. Mientras su padre continuaba callado, ella se preocupó porque pudiera pensar que el asesinato podía tener algún mérito.
—¡Matarlo no nos dará el agua!— gritó finalmente su padre. — De eso se trata todo esto. ¡Del agua!
—¡Uzumaki no la tratará mejor que a una puta! — rugió Tokuma.
Furiosa, Hinata apretó las manos en su regazo. Odiaba la ira y la rabia, odiaba la forma en que distorsionaba los rostros de los que amaba, porque amaba a sus hermanos, excepto cuando se transformaban en rostros que temía.
—Hinata, ve a tu habitación. Tus hermanos y yo obviamente tenemos algunos detalles para resolver — ladró su padre.
Se puso de pie, sus manos dolían cuando sus dedos se apretaron alrededor de ellas. Había considerado llorar. Había considerado caer de rodillas y suplicar, pero había aprendido hacía mucho tiempo que cuando su padre e Indra se ponían un objetivo, nada los detenía. Rescató el poco orgullo que le quedaba, inclinó la barbilla y se encontró con la mirada de su padre.
—Padre, no me opongo a este matrimonio.
Shinki parecía como si acabara de apuntarle con un arma.
—No puedes hablar en serio.
Ella dio un paso tentativo hacia adelante.
—Trata de entenderlo. El sueño de padre es criar ganado, y tú siempre has sido parte de él. Solo he podido mirar desde la ventana. Ahora, tengo la oportunidad de ser parte de su sueño. Soy el medio por el cual puede obtener el agua que necesita.
—No tienes idea de lo que pasa entre un hombre y una mujer, Hinata — dijo Shinki, en voz baja. Aborrecía la violencia tanto como ella, y también sabía que él seguía las órdenes de Indra, para que sus hermanos nunca cuestionaran su hombría.
Miró a su padre, recordando cuando tenía seis años y una pesadilla la había enviado corriendo a la habitación de sus padres. Su madre estaba llorando. Sobre ella su padre se retorcía y chillaba, como un cerdo mientras devoraba las sobras del comedero. Había llamado maldita puta a su madre, y aunque Hinata no había sabido qué significaban esas palabras en ese momento, la fuerza con que su padre las había escupido, se le habían grabado en la memoria.
—Lo sé, Shinki — dijo en voz baja.
—Entonces deberías entender por qué Tokuma y yo nos oponemos a esto. Naruto Uzumaki nos odia a todos y no te demostrará misericordia.
—Sin duda, él no es tan cruel.
—Entonces, ¿por qué su primera esposa lo dejó a una semana de su matrimonio? — preguntó Tokuma.
Permaneció como un pilar de fuerza, mirándola como si realmente esperara que supiera la respuesta. Cabello castaño, ojos grises como los de su padre y ella, además de su temperamento generalmente tranquilo lo que lo diferenciaba de Indra.
—Quiero hacer esto — mintió, en beneficio de la tranquilidad y por Shinki, por nadie más.
Su padre golpeó su mano sobre la mesa.
—Entonces, por Dios, que se hará.
.
.
Desde que podía recordar, Hinata había querido ser hombre, disfrutar de las libertades que los hombres daban por sentado. Apartó la cortina de la pequeña ventana de su carruaje de viaje y miró hacia la tierra estéril y llana. ¿Cómo alguien podía considerar este lugar desolado, como un paraíso?, estaba más allá de su entendimiento. ¿Por qué los hombres lucharían por poseerlo?, era incomprensible para ella.
Pero hubo lucha. El brazo roto de Indra servía como testamento de una de las batallas, y esta noche el hombre que había lastimado a su hermano, vendría a su cama. Oró pidiendo la fortaleza necesaria para sufrir en silencio su toque, sin lágrimas.
Una gran casa de adobe apareció ante su vista. Ella solo podía mirar la inmensa estructura rectangular. Un balcón rodeaba cada ventana que podía ver en el segundo piso. El diseño almenado del techo, le recordó un castillo sobre el que había leído una vez.
Cabalgando sobre su caballo al lado del carruaje, Shinki se inclinó y se quitó el sombrero de la frente.
—Ahí vivirás, Hime.
—¿Son torrecillas, esas en las esquinas?
—Sip. Me dijeron que el mismísimo Uzumaki diseñó la casa.
—Tal vez después de hoy, tú y Kawaki puedan ser un poco más abiertos con su amistad.
Shinki negó con la cabeza.
—No por un tiempo. Por ahora no me verás cabalgando por aquí, Hime. El odio es lo suficientemente espeso como para cortarlo con un cuchillo.
—Pensé que se suponía que el día de hoy haría que el odio se fuera.
—Lo que estás haciendo hoy, es como las olas del océano que bañan la costa. No importa cuán fuertes sean, solo se llevan un poco de arena a la vez.
Ella sonrió tímidamente.
—Eres un gran poeta, Shinki — Él se sonrojó como siempre que su hermana lo elogiaba.
—Escucha, Hime, Naruto me da un susto de muerte, no lo negaré, pero intentaré encontrar un momento a solas con él para pedirle que te muestre un poco de dulzura esta noche.
Lo alcanzó a través de la ventana y puso su mano sobre la suya, que descansaba sobre su muslo.
—Él será gentil o no, Shinki, y no creo que tus palabras lo cambien, así que evita la confrontación. Estaré bien.
Se recostó contra el asiento del carruaje y se cubrió la cara con el velo.
De pie en la galería delantera, con sus hermanos flanqueándolo a ambos lados, Naruto observó la procesión que se acercaba. Parecía la caballería, como si Hyûga tuviera a todos los hombres que trabajaban para él en la ceremonia.
Bueno. Él tenía a todos sus hombres aquí, así como a todos los de la ciudad. Quería testigos, muchos testigos. Incluso había logrado localizar al predicador del circuito.
El destino estaba de su lado.
Entornó los ojos hacia el coche rojo situado en el centro de la procesión. Lo había visto una vez, el día que había acordonado la tierra sobre la cual planeaba construir Konoha.
—¿Crees que ella está dentro de ese carruaje rojo? — preguntó.
Kawaki se apoyó contra un tirante.
—Sí, en eso viaja cuando se le permite salir, lo cual no ocurre muy a menudo, según Shinki.
—Si sabes tanto sobre ella, ¿por qué no me comentaste que estaba en el área? — preguntó Naruto.
Kawaki se encogió de hombros.
—No pensé que querrías una mujer que no tuviera nariz.
Naruto señaló con el dedo a cada uno de sus hermanos.
—No la miren boquiabiertos. El Dr. Katõ dijo que era tímida. Probablemente sea por eso, así que no la miren fijamente.
—No estoy en posición de molestar a nadie que tenga una desfiguración — dijo Menma, pasándose el pulgar sobre las pesadas cicatrices que se arrastraban por su mejilla debajo del parche en el ojo.
Naruto asintió y volvió su atención hacia la caravana.
—Una nariz no es importante. — Ojos. Los ojos eran importantes. Dios, esperaba que tuviera unos ojos bonitos.
Los caballos y el carruaje se detuvieron. Todos los hombres estaban sentados en sus sillas de montar, mirando con odio, ni una sonrisa se veía.
—¿Dónde está tu padre? — le preguntó Naruto a Indra Hyûga.
—Se sentía mal esta tarde, así que estaré actuando en su lugar, y quiero hablar con usted en privado antes de la ceremonia.
—Bueno.
Naruto vio como Shinki desmontaba y abría la puerta del carruaje. Una mano blanca enguantada, se deslizó en la bronceada de Shinki. Una mano esbelta. De dedos largos. Apareció un pie cubierto con una zapatilla blanca, seguido de una falda de seda blanca, un corpiño de seda y encaje blanco y un velo, blanco. El velo cubría su rostro, pero por detrás, Naruto podía ver su cabello negro azulado recogido.
—Deja de mirar boquiabierto — susurró Menma a su lado, pero Naruto no pudo evitarlo.
La mujer era alta. El Dr. Katõ había dicho que era una "pequeña cosa tímida", y Naruto esperaba una mujer como Tanahi, una mujer que no llegara más allá del centro de su pecho. Pero Hinata Hyûga era alta como sus hermanos. Pensó que la parte superior de su cabeza podría estar al nivel de la punta de su nariz. Y era delgada, una buena figura de mujer.
Naruto respiró hondo y salió de la galería. Notó que la mujer apretaba sutilmente los dedos de la mano de su hermano. El grueso velo ocultaba sus facciones, pero pensó que podría tener ojos oscuros. Él podría vivir con una mujer que tenía ojos oscuros.
A través de la ligera protuberancia del velo, pudo notar que su padre le había hecho una nariz pequeña. Se preguntó si se derretiría en verano cuando el sofocante calor secaba la tierra. Tal vez le modelaría una nariz de madera, pequeña como la que tenía de cera.
Naruto se quitó el sombrero.
—Señorita Hyûga, es un placer tenerla aquí.
—Espero que así sea, señor Uzumaki.
Su voz era tan suave como la nieve cayendo.
—Haré todo lo que esté en mi poder para asegurarme de que así sea, señorita Hyûga. Le doy mi palabra al respecto.
Era imposible saberlo con el velo cubriendo sus ojos, pero tenía el presentimiento en sus entrañas, de que lo estaba mirando fijamente.
—Quédate aquí, Hinata — dijo Indra mientras desmontaba — Necesitamos unos minutos a solas con tu futuro esposo.
Girándose, Naruto miró a Indra. De todos los Hyûga, Naruto había sentido en el momento en que sus caminos se cruzaron por primera vez, una antipatía instantánea hacia Indra.
—Imagino que lo que tienes que decir le concierne, así que vendrá con nosotros.
—Bien — dijo Indra con los dientes apretados — Necesitaremos al predicador como testigo.
Naruto extendió su brazo e inclinó la cabeza hacia Hinata.
—¿Entramos?
Ella miró a Shinki quien le dio una sonrisa y asintió. Luego soltó a su hermano y envolvió sus dedos alrededor del antebrazo de Naruto. Deseó no poder sentir a través de la manga de su chaqueta que temblaba más que una hoja en el viento.
Hinata nunca había visto una casa con habitaciones tan cavernosas. Sus pasos resonaron sobre los pisos de piedra, mientras caminaban hacia la oficina de Naruto Uzumaki.
Se preguntó si le permitiría pasar tiempo en esta habitación. Estaba maravillada por los estantes del piso al techo, que se alineaban en tres de las paredes. Estantes vacíos, excepto uno, pero estanterías de todos modos. Imaginaba que todos sus libros podrían haber encontrado un hogar allí.
Shinki la había convencido de traer solo algunas de sus pertenencias en caso de que decidiera no quedarse. Como si tuviera una opción en el asunto. Al ver al hombre sentado detrás del gran escritorio de caoba, tuvo la sensación de que dejarlo no sería una opción para ella, una vez que se convirtiera en su esposa.
Así como irse no había sido una opción para su madre.
Cuando Naruto Uzumaki se había quitado el sombrero y las sombras se habían retirado, no estaba preparada para la perfección de sus rasgos cincelados. Ahora trató de no mirarlo, pero parecía incapaz de detenerse. Una sombra de barba enmarcaba unos labios que parecían demasiado suaves para pertenecer a un hombre.
Con los años, el viento y el sol habían esculpido líneas en una cara que reflejaba orgullo y confianza. Y posesión. Naruto Uzumaki era un hombre que no solo poseía todo lo que lo rodeaba, sino que también era dueño de sí mismo.
Pronto él sería su dueño, al igual que su padre había sido dueño de su madre.
Los hermanos de su futuro esposo se sentaron en la parte posterior de la sala, como si nada de este arreglo les preocupara, y sin embargo, ella se quedó con la clara impresión de que estaban preparados para cambiar de opinión en un abrir y cerrar de ojos.
Indra se paró frente al escritorio, Shinki y Tokuma estaban justo detrás de él. Ella siempre había encontrado a sus hermanos un poco intimidantes. Parecía como si Naruto Uzumaki solo los encontrara irritantes.
El reverendo Kakashi Hatake se había presentado amablemente antes de entrar en la habitación. Pareciendo entretenido, se paró cerca de las ventanas que se alineaban en la pared vacía.
Indra sacó una hoja de papel de su chaqueta.
—Antes de que Hinata firme el acta de matrimonio, queremos su firma en este contrato que hemos elaborado. Explica las dos condiciones por las que mi padre accedió a darle permiso para casarse con su hija. Hemos agregado una tercera condición.
Naruto alzó una ceja.
—¿Y esa condición sería?
—Si el destino tiene la amabilidad de hacerla viuda, ella hereda todo lo que posees hoy y todo lo que obtengas a partir de hoy.
Hinata vio como Naruto apretaba la mandíbula. No podía decir que lo culpara. Su familia había perdido la cabeza al pensar que él estaría de acuerdo.
—No hace falta decir que si es mi esposa, todo lo que tengo va a ella después de mi muerte.
—¿No crees que esos dos sentados atrás se opondrían? — preguntó Indra.
—No si les digo que no lo hagan.
—No es lo suficientemente seguro — dijo Indra — Lo queremos por escrito y firmado.
—Mi palabra es lo suficientemente buena para el banco, lo suficientemente buena para el estado, lo suficientemente buena para cualquier hombre que alguna vez haya tenido que depender de ella. Más vale que sea lo suficientemente buena para ti.
Shinki y Tokuma se miraron furtivamente el uno al otro. Indra simplemente movió sus hombros hacia atrás.
—Bueno, para nosotros, no es lo suficientemente buena. Si no firmas el documento, nos vamos a casa, y Hinata se va con nosotros.
Hinata pensó que sería bastante difícil construir un matrimonio sobre una base de odio, pero comenzarlo sabiendo que no existía confianza... Se adelantó en la silla
—Indra, seguramente esto no es necesario...
—Cierra la boca, Hinata — gruñó Indra.
Ella se encogió contra la silla y Naruto Uzumaki plantó sus manos sobre el escritorio y lentamente se puso de pie. Shinki y Tokuma dieron un paso atrás, y ella pensó que si les daba la opción, con gusto abandonarían la habitación. Hime quería irse.
Los ojos azules de Naruto se oscurecieron, y se imaginó que Satanás se vería como un ángel, de pie junto a este hombre, cuando estaba consumido por la ira.
—Nunca uses ese tono de voz en mi presencia, cuando estás hablando con una mujer y, por Dios, nunca le hables a la mujer con la que me voy a casar de esa manera.
—No te casarás con ella si no firmas el documento — dijo Indra.
Naruto entrecerró los ojos hasta que parecieron el filo de una daga. Ella sabía que el orgullo le impedía aplicar su firma al documento. El orgullo evitaría que se convirtiera en su esposa hoy.
Hinata oyó el ruido de unos pies diminutos y vio el destello de un vestido azul y rizos oscuros, cuando una niña pequeña pasó corriendo junto a ella. Acarreando a un pequeño gatito que sostenía firmemente en sus brazos, corrió hacia el hombre parado detrás del escritorio. La mujer que caminaba detrás de ella, obviamente, ignoraba el odio y la ira que colmaban la habitación. Menma se levantó, pero parecía vacilar en interferir.
—¿Unca Naruto? — dijo la niña mientras tiraba de los pantalones de Naruto.
Hinata se levantó lentamente de su silla, temiendo por el bienestar de la niña, sin saber qué hacer para evitar que Naruto se enojara con ella.
Pero ya era demasiado tarde.
Él miró hacia abajo, y la niña le apuntó con su pequeño dedo hacia su nariz.
—Kitty me mordió.
La ira en los ojos de Naruto se transformó en preocupación. Frunció el ceño.
—¿Lo hizo?
Ella sacudió su cabeza, los rizos oscuros rebotando con entusiasmo.
—¿Dónde?
Se estiró sobre los dedos de los pies, levantando el dedo.
—Aquí.
—Ah, Maggie — dijo Naruto mientras buscaba en su bolsillo — Se ve mal.
Maggie asintió, aunque Hinata no podía ver sangre, y la niña aún no había liberado el agarre sobre el animal infractor. Naruto se arrodilló, besó el dedo de Maggie y lo envolvió con su pañuelo, dándole un vendaje casi tan grande como su mano. Ella soltó una risita. Él tocó su dedo con la punta de la nariz.
—Corre ahora.
Mientras corría por la habitación y encontraba una comodidad adicional en los brazos de su padre, Naruto se puso de pie, tomó una pluma, la sumergió en el tintero y garabateó su nombre sobre el documento de Indra.
—Comencemos con esta maldita cosa.
Hinata deseó que Indra hubiera tenido la gentileza de no sonreír triunfalmente.
—Lo siento, no estaba afuera para saludarte cuando llegaste.
Hinata giró su cabeza hacia la suave voz. La mujer que había seguido a la niña a la habitación le sonrió.
—Soy Tanahi, la esposa de Menma. Puse a Maggie a dormir una siesta y terminé quedándome dormida. Espero que me perdones.
—No hay nada que perdonar. Realmente no esperaba que estuvieras aquí.
—¿Por qué no?
Hinata sintió el calor que bañaba su rostro. No podía explicar que no esperaba que Naruto diera la bienvenida en su casa, a la mujer que lo había abandonado, ni había imaginado que la mujer seguiría siendo amiga de un hombre que había sido un marido tan horrible.
—Es que... bueno, este acuerdo se produjo tan rápido que no esperaba que hubiera nadie aquí.
Tanahi sonrió cálidamente.
—Entre todos los cowboys del rancho y la gente del pueblo, tenemos una gran reunión. Naruto cree en hacer todo a la perfección.
Hinata sintió como si un enjambre de abejas repentinamente hubiera invadido su estómago. Había esperado una ceremonia pequeña y tranquila, pero parecía que su futuro esposo era un hombre de audaces preferencias.
Echó un vistazo hacia Naruto. Él usaba la impaciencia tan fácilmente como ella usaba sus guantes.
Indra le estaba explicando al reverendo Hatake que necesitaba su firma para servir como testigo. El reverendo Hatake no parecía dispuesto a querer firmar.
—¡Maldita sea! Solo firme el papel — dijo Naruto, con una irritación muy marcada en su voz.
El reverendo Hatake apretó la mandíbula y asintió lentamente.
—Si esto es lo que quieres — Metió la pluma en el tintero — "La venganza es mía", dice el Señor — Con una penetrante mirada oscura, miró a Indra — Mantenlo en mente.
Firmar el documento había sido una maldita estupidez, decidió Naruto en retrospectiva mientras el reverendo Hatake realizaba la ceremonia. Indra Hyûga le había dado una forma honorable de no casarse con su hermana, y Naruto había sido demasiado terco para aceptarla.
Por su bien, deseó no haber insistido en que ella fuera a su oficina, deseó haberla dejado afuera para que no tuviera que presenciar todo lo que había sucedido. Su mano descansó sobre su brazo mientras se paraban frente al predicador con todos los que conocían de pie detrás de ellos, y podía sentir que temblaba más de lo que lo había hecho antes, cuando lo conoció.
Le había dicho al reverendo Hatake que usara palabras que tuvieran que ver con la confianza, el honor y el respeto, manteniéndose alejado del amor. No quería hacer consciente a la mujer, de lo que se estaba perdiendo.
El reverendo Hatake terminó sus palabras de apertura.
—¿Se pondrían de frente y unirían sus manos? — preguntó en voz baja.
Cuando Naruto tomó las manos de Hinata, su temblor aumentó hasta que pensó que rivalizaba con la sacudida del suelo durante una estampida.
—¿Tú, Hinata Hyûga Õtsutsuki, tomas a este hombre como tu esposo legalmente casado, para bien o para mal, a través de la enfermedad y la salud, para honrarlo y amarlo a partir de hoy?
Un silencio se estableció alrededor de ellos. Naruto resistió el impulso de mirar debajo del velo y asegurarle a su novia que todo estaría bien. ¿Por qué estaba usando un velo de todos modos? Naruto nunca cerró un negocio sin mirar a un hombre directamente a los ojos. Un matrimonio era igual de importante. Le pareció que este momento era el único en que una mujer no debería estar protegiendo su mirada de un hombre.
El silencio se hizo sofocante. Naruto estaba agradecido de que el reverendo Hatake hablara lo suficientemente bajo como para que solo los que estaban cerca pudieran oír. Estaba aún más agradecido de que solo la familia estuviera cerca.
El Reverendo Hatake se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Si aceptas casarte con Naruto, simplemente di: "Sí, quiero".
—Ella quiere — dijo Indra.
—Maldita sea, Hyûga, déjala decirlo — gruñó Naruto.
—¿Diablos, qué diferencia hace? — preguntó Indra.
—Dentro de unos años, podría hacer una diferencia para ella. — respondió Naruto.
El reverendo Hatake se aclaró la garganta.
—¿Podríamos tal vez, abstenernos de usar el nombre del Señor en vano durante la ceremonia?
Naruto sintió el aumento de calor en su rostro.
—Lo siento, Reverendo. ¿Por qué no deja de lado esa parte sobre el amor?
—Eso no deja mucho — dijo el reverendo Hatake.
—Deja suficiente.
—Muy bien. ¿Usted, Hinata Hyûga Õtsutsuki, acepta a este hombre como su legítimo esposo, honrándolo, a partir de hoy?
Ella mantuvo su silencio, y Naruto maldijo su naturaleza impaciente. Debería haber tomado unos minutos para tranquilizarla, para hablarle. Había estado tan preocupado de perder la oportunidad de tener una esposa, que se había precipitado sin tener en cuenta sus sentimientos. Pondría fin a todo el asunto, si no creyera que iba a perder el respeto de todas las personas que estaban en el salón de su casa.
El reverendo Hatake se rasco la cabeza.
—He tenido tratos con Naruto de manera intermitente durante más de cinco años. Puedo asegurarle que no será difícil honrarlo.
—Acepto — dijo en voz baja.
Naruto luchó para que el alivio no se reflejase en su rostro. El reverendo Hatake se volvió hacia él.
—¿Y tú, Naruto Uzumaki, aceptas a esta mujer para que sea tu esposa legítimamente casada, para tener y conservar, a través de la enfermedad y la salud, para honrar y atesorar desde este día en adelante?
—Acepto.
—¿Tienes un anillo?
Asintiendo con la cabeza, Naruto metió la mano en su bolsillo y sacó el anillo que una vez había pertenecido a su madre, una vez había sido usado por Tanahi. Torpemente, tiró del guante que cubría la mano izquierda de Hinata. Su mano era casi tan blanca como el guante... y tan fría como un río en invierno. Había oído una vez que si una mujer tenía manos frías, tenía un corazón cálido. Se aferró a ese pequeño pensamiento de esperanza, mientras deslizaba el anillo en su dedo.
—Con este anillo, te desposo.
Echó un vistazo al reverendo Hatake.
—Lo siento Reverendo, me adelanté a usted.
El Reverendo Hatake sonrió.
—Está bien. Ya hemos pasado por esto, ¿no es así? Ahora los declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.
La boca de Naruto se secó, y ahora eran sus dedos los que temblaban peor que los de ella, mientras lentamente levantaba el velo.
Ella tenía un pequeño y lindo mentón, los labios más rojos que jamás había visto, tal vez el rojo parecía más brillante porque su piel era increíblemente pálida, como si nunca hubiera conocido el toque del sol. Su boca le recordó a una fresa madura, capaz de atormentar a un hombre. Él podía vivir con eso.
Levantó el velo y en contra de su voluntad, su mirada se fijó en su nariz. Su pequeña y perfecta nariz.
Entrecerró los ojos y miró a Kawaki. La boca de Kawaki se abrió, mientras miraba a Shinki, que parecía tan atónito como se sentía Naruto.
—Tu hermano tiene un extraño sentido del humor — dijo Naruto en voz baja mientras volvía su atención a la lectura de su nueva novia. Tenía unos enormes ojos perlas que le recordaban a la luna que se alzaba como una reina cada noche. Tenían forma de almendras, grandes... asustados.
Odiaba el miedo reflejado allí y decidió que si podía hacer que se relajara, podría llenar esos ojos de felicidad, serían su característica más llamativa.
Naruto sonrió.
—Veamos si a tu hermano le gusta mi sentido del humor.
Había planeado todo el tiempo darle un rápido beso y terminar con eso, pero comprendió que a veces las circunstancias exigían que cambiara los planes. Él decidió que un beso largo, lento y agradable, les sería merecido, incluso podría hacer que sus hermanos se retorcieran.
Acunó su rostro en sus grandes manos, bajó su boca a una corta distancia de la de ella, y descubrió lo que debería haber sabido: nunca la habían besado. Fruncía los labios como si acabara de morder un limón.
Cambió de opinión y le dio un simple toque con los suyos, porque no tenía ningún deseo de iniciarla en la forma correcta de besar, frente a toda la ciudad.
—Señoras y señores — resonó la voz del reverendo Hatake — Les presento al Sr. y la Sra. Uzumaki.
CONTINUA
