LEGADO
PIE IZQUIERDO
Había sido un error dejar sola a su nueva esposa, pero parecía que era un día para cometer errores. Después de que el reverendo Hatake lo dejó, Naruto decidió llevar las pertenencias de ella a la casa. Solo había traído un baúl pequeño, y Naruto no tardó mucho en llevarlo a la habitación, pero aparentemente había sido suficiente para perderla.
La oscuridad se estaba instalando y la gente comenzaba a despedirse. Sin su esposa a su lado, Naruto les agradeció su presencia y se negó a responder las preguntas que vio reflejadas en sus ojos.
Cuando el último carro lleno de gente del pueblo rodó en la noche, la tensión dentro de él aumentó. Estaba empezando a pensar que podía saber cómo se sentía una cuerda cuando se estaba poniendo: tensa y estirada.
Necesitaba encontrar a su esposa, darle la oportunidad de despedirse de sus hermanos, enviarlos en su camino y lograr la realización su último sueño.
Vio a Menma apoyado contra el corral y no perdió el tiempo en cruzar el espacio que los separaba.
—¿Has visto a mi esposa últimamente? — preguntó.
—No.
—Llevé su baúl a mi habitación, y ahora no puedo encontrarla.
—Ella tiene que estar aquí — aseguró Menma, luego de volverse para examinar la menguante multitud que eran solo los vaqueros del rancho.
—He buscado en todas partes, incluso en esa cosa chillona en la que viaja.
—Sé lo que estás pensando. Nadie se la robó.
—Pero ella podría haberse ido.
Menma asintió sabiamente como si creyera que probablemente lo había hecho.
—Encontremos a Kawaki.
—¡Menma!
Los dos hombres se volvieron al oír la voz frenética de Tanahi.
—No puedo encontrar a Maggie — dijo mientras patinaba para detenerse y clavaba los dedos en los brazos de su esposo.
—¿Qué quieres decir con que no puedes encontrarla? — preguntó Menma, el pánico enredándose en su voz.
—Quiero decir que está perdida. Se suponía que los hombres se turnaban para mirarla, pero perdieron la pista de a quién le tocaba el turno de cuidarla. Debería haberla vigilado. No debería haber empezado a bailar...
Menma se inclinó y presionó su boca contra la de ella para silenciarla.
—La encontraremos.
—Pero es que si...
—Sé dónde está — dijo Naruto.
El alivio bañó la cara de Tanahi.
—¿La has visto?
—No, pero sé dónde le gusta esconderse. Si estoy en lo cierto, se irá a casa con un gran dolor de estómago.
Comenzó a caminar hacia la casa, tranquilizar a Tanahi era prioridad. Luego seguiría buscando a su escurridiza esposa, pero no estaba de más consultarle:—¿Has visto a mi esposa?
—No desde que la llevaste a caminar. ¿Por qué?
—Creo que se fue. — le comentó mientras empujaba la puerta de entrada.
—Por supuesto que no — dijo Tanahi suavemente.
—No puedo encontrarla, y no creo que esté escondida debajo de mi escritorio con Maggie.
Naruto caminó por el pasillo. Silenciosamente abrió la puerta de su oficina y miró adentro. No quería asustar a su sobrina si tenía una gota de limón en la boca.
Oyó ruido de papel y sonrió. Él amaba mucho a esa pequeña niña.
Con Menma y Tanahi siguiéndole, cruzó la habitación y esperó junto a su escritorio hasta que escuchó el papel crujir nuevamente, una señal de que había terminado una gota de limón y estaba buscando otra. Le había enseñado a no poner más de una a la vez en su boca.
Rápidamente se colocó delante de su escritorio y se acuclilló.
—¡Te atrapé!
Un grito penetrante rebotó en la habitación. Naruto miró a su esposa, encorvada debajo de su escritorio. Ella gritó de nuevo.
Maggie gritó, sus pequeñas manos agitándose frenéticamente en el aire. El gatito erizó su lomo y cortó el aire con la zarpa de una pata.
Naruto intentó tomar a su esposa. Pero ésta retrocedió y le dio una patada en la espinilla, gritando de nuevo. Él gruñó. Maggie comenzó a llorar. El gato hizo un charco en el piso.
Menma lo empujó a un lado, y Naruto aterrizó con fuerza en su trasero.
—Shh. Shh. Está bien — susurró a la multitud reunida debajo de su escritorio, con una voz que Naruto había oído que usaba a menudo para calmar a los caballos — Está bien. Nadie está en problemas. Nadie va a salir herido. Shh. Shh.
Maggie salió de debajo del escritorio y se metió entre los brazos de Menma, unos segundos después se la pasó a Tanahi. Con lágrimas corriendo por su rostro, Maggie miró a Naruto con una acusación en sus ojos grises.
—¡Tuvimos un triste!
Naruto se sintió como un monstruo cuando se puso de pie. Menma extendía su mano hacia Hinata.
—Vamos, Hinata. Está bien. A Naruto no le importa que te comieras sus gotas de limón.
Observó mientras su esposa lo miraba cautelosamente desde debajo del escritorio. No alivió su conciencia notar que ella también había estado llorando. Permitió que Menma la ayudara a levantarse.
—Lo siento — susurró mientras se limpiaba las lágrimas que brillaban en sus mejillas.
— Fue mi culpa — dijo Naruto — No debería haber... — ¿No debería haber qué? ¿Haber intentado sorprender a su sobrina? ¿Cómo demonios iban a saber que su esposa se arrastraría con ella debajo del escritorio?
Pasos acelerados resonaron por el pasillo y los tres hermanos de Hinata irrumpieron en la habitación, Shinki agitando una pistola en el aire.
—¡Aléjate de ella, bastardo! — gritó, arrastrando bastante las palabras.
—Shinki... — comenzó Hinata, pero Naruto levantó una mano para silenciarla.
Se movió alrededor del escritorio y caminó lentamente hacia su cuñado, poniéndose entre los que estaban detrás del escritorio y el arma, ya que ni Indra ni Tokuma parecían dispuestos a intentar quitarle el arma a Shinki.
—Dame el arma, Shinki — dijo Naruto en voz baja y tranquila.
Sacudió la cabeza.
—No voy a dejar que lastimes a mi hermana.
—No voy a lastimarla.
—La escuché gritar. Conozco el sonido de sus gritos.
Agitó el arma a su derecha y Naruto se adelantó.
—La asusté — dijo Naruto — No volverá a suceder.
Shinki se puso verde enfermizo y el sudor le brotó en la frente.
Naruto alcanzó el arma.
—No la lastimaré — repitió.
—Dame tu palabra — jadeó Shinki, el temblor de su mano cada vez mayor.
—Te doy mi palabra — dijo Naruto mientras arrebataba el arma de la mano temblorosa.
Shinki se dobló en dos y devolvió su cena. Mientras los demás en la habitación se ahogaban y gemían. Naruto saltó hacia atrás y apretó los dientes. Maravilloso. Ahora tenía vómito y orina en su despacho para limpiar.
Hinata pasó rápidamente por al lado suyo y presionó sus dedos en la frente de su hermano pequeño.
—Oh, Shinki.
—Estoy bien, Hime — dijo, secándose la boca con la manga y desviando la mirada de Naruto.
Éste miró a Indra.
—Hyûga, deséele lo mejor a su hermana, reúna a sus hermanos y aléjense de mi vista.
Hinata lo miró como si fuera una serpiente.
—Shinki no puede irse. Está enfermo.
—Puede vomitar afuera tan fácilmente como lo hizo adentro.
—Eres cruel — dijo.
—Estoy bien ahora, Hime — repitió Shinki. Extendiendo su mano hacia Naruto, le preguntó:—¿Puedo recuperar mi arma?
—Te la daré en un par de días, después de que los ánimos se hayan calmado — dijo Naruto — En este momento, sería mejor si te fueras.
Shinki asintió y miró a su hermana.
—Buenas noches, Hime — y se abrió paso hacia el exterior.
—¿Tienen que irse? — preguntó ella.
—Tu marido lo exige — dijo Indra — Vámonos. Giró sobre sus talones y salió pitando, con sus hermanos siguiéndolo como perros con sus colas metidas entre las patas.
No era exactamente como Naruto había planeado terminar la noche.
Maggie cruzó la habitación, colocó sus pequeñas manos sobre los muslos de Naruto e inclinó la cabeza hacia atrás.
—Tuvimos muchos pandilleros — dijo — Un grupo de perros.
Él la levantó en sus brazos.
—¿Se han ido todos ahora? — él le preguntó, aunque enfocó su mirada en su esposa que lo miraba como si pensara que podía dañar a la niña. Maggie asintió y apoyó la cabeza en su hombro.
—Solo que ahora me duele el estómago.
—No me sorprende. — Miró a su hermano — ¿Por qué no llevas a tu hija y le mostraré a mi esposa su habitación? Entonces me ocuparé de este desastre.
Entregó su sobrina a Menma y tendió un brazo hacia su esposa.
—Señora Uzumaki — dijo, sabiendo que su voz sonaba demasiado severa, pero incapaz de atemperarla. Había perdido una esposa en su noche de bodas y no tenía la intención de perder a otra.
Dio un paso vacilante hacia él, como si acabara de decir que iba a llevarla a la horca en lugar de a su habitación. Sus dedos se clavaron en su antebrazo, y maldición, todavía estaba temblando.
—Por aquí.
Hinata lo siguió desde el despacho, por el pasillo y subió por un amplio tramo de escaleras. Caminó hacia la última habitación a la derecha, la habitación de la esquina que tenía la puerta cerrada.
—Esta es nuestra habitación. Coloqué tu baúl antes, así que te está esperando.
Su habitación, no la de ella, sino de ellos. Sabía que él tenía la intención de que la compartieran esta noche y todas las demás.
—Lamento haber comido todas tus gotas de limón — dijo, estúpidamente, deseando que el sol nunca se hubiera puesto y que la noche nunca hubiera llegado.
—¿Funcionó?
—¿Disculpa?
—¿Hizo desaparecer la tristeza?
—No completamente.
—Siento escuchar eso.
—Siento haber gritado.
—Sabía que Maggie estaba escondida debajo de mi escritorio. No se me hubiera ocurrido asustarla, de saber que tú también estabas allí.
—Lo siento, dije que eras cruel.
Una esquina de su boca se levantó.
—Probablemente podríamos quedarnos aquí toda la noche disculpándonos por cosas que dijimos o hicimos a lo largo del día. Reconozcamos que empezamos con el pie izquierdo, e iremos desde allí.
Puso su mano en el pomo de la puerta.
—Las dos primeras condiciones... — dijo rápidamente. Naruto retiró la mano de la puerta, se enderezó y la miró. Ella se lamió los labios.—...las primeras dos condiciones en las que mi padre estuvo de acuerdo... ¿Qué eran?
—¿No te lo dijo?
—Dijo que compartirías tu agua con él si me casaba contigo. Sin el agua, perdería su ganado.
—Esa fue la primera condición. Prometí retirar mí alambrado la mañana después de casarnos.
—¿Esa fue tu idea? — le preguntó.
—Fue mi oferta.
—¿Y la segunda condición?
—Cuando me des un hijo, entregaré una porción de mi tierra a tu padre.
—¿Esa fue tu idea también?
Él dudó.
—No.
Hinata sintió como si alguien hubiera atravesado su pecho arrancándole el corazón.
—¿No hay un nombre para una mujer que intercambia sus favores por ganancia? — preguntó.
—También hay un nombre para una mujer que toma un marido. Eres mi esposa, no mi puta.
—En este caso, Sr. Uzumaki, la diferencia se apoya en una línea muy fina. ¿Puedo tener unos momentos a solas?
Él asintió y abrió la puerta de su habitación.
—Voy a ver a mi hermano y su familia, luego volveré.
Se deslizó dentro de la habitación, cerró la puerta y presionó fuertemente su espalda contra ella. Su padre conocía los temores que albergaba, sabía lo que había visto de niña. Había estado parada en la entrada de su habitación, aterrorizada, cuando finalmente él se bajó de su madre.
Le había prometido que ningún hombre la tocaría jamás. Había cambiado su promesa por una franja de tierra, sabiendo muy bien que lo que Naruto Uzumaki esperaba de su esposa, era lo que su padre le había jurado que nunca tendría que dar.
Naruto se apoyó en la viga de la galería y observó cómo Menma metía a Maggie en la parte trasera del carro. Tanahi había tenido la amabilidad de ayudarlo a limpiar su despacho. Deseó tener el poder de borrar sus dudas, tan fácilmente como ella había limpiado el charco del gatito.
¿Era tan terrible que un hombre deseara un hijo?
—Que tengan un buen viaje de regreso a casa — dijo.
Menma levantó la vista de su tarea.
—Lo tendremos.
—Si necesitan algo...
—Estaremos bien — dijo Tanahi — Vuelve con tu esposa.
Al entrar a la casa, Naruto cerró la puerta detrás de él. Después de un día lleno de invitados, la casa parecía insoportablemente vacía. Sus pasos resonaron por el pasillo. Comenzó a subir las escaleras.
Su esposa lo estaba esperando. Su esposa. Había planeado bailar con ella, brindar por su felicidad y encantarla. En cambio, ella había visto que su temperamento se recrudecía más de una vez, y la había asustado. Su grito había sido de puro terror.
Se detuvo frente a la puerta de su habitación. Una luz pálida se deslizaba por debajo. Ella estaba adentro esperándolo. Esta noche tendría a alguien a su lado, y con un poco de suerte, dentro de nueve meses, tendría a alguien en su corazón.
Él al decir sus votos, había jurado para bien o para mal. Haría todo lo posible por mejorar todo para ella, tenía que hacerlo.
Puso su mano sobre la perilla, la giró y descubrió que estaba trabada. Por Dios, ¿este día no terminaría nunca? Había sido desafiado en todo momento, y ya estaba malditamente cansado. Con un estallido de ira que hizo que la sangre corriera por sus sienes, pateó la puerta.
Ella gritó y se levantó volando de la silla que había llevado junto al fuego del hogar, apretando su cepillo contra su pecho.
—Nunca me cierres la puerta — dijo en voz baja y amenazadora — No en mi casa.
Ella negó con la cabeza y dio un paso atrás.
—No, no, no lo haría. Conozco mi deber. Yo... me estaba preparando para ti.
Su deber. Las palabras sonaron increíblemente duras, pero ¿Qué había esperado? Ella sabía menos de él de lo que él sabía de ella, porque todo lo que sabía de él provenía de sus hermanos, y era obvio después de la confrontación en su despacho y de las conversaciones mantenidas a lo largo del día, que tenían pocas palabras amables para decir sobre él.
Sus ojos estaban tan grandes como dos lunas llenas, y ahora podía ver que su cepillo estaba enredado en su pelo. Enredado en su espeso cabello negro azulado que caía libre sobre sus estrechas caderas, como una cascada inmóvil.
Llevaba un camisón de algodón blanco con encaje en la garganta y pequeños botones de perlas en la parte delantera. Algo con lo que una mujer podría dormir.
Cuando dio un paso hacia adelante, vio cómo se le curvaban los dedos de los pies. Por alguna razón inexplicable, esa pequeña acción lo conmovió como nada durante todo el día. Echó un vistazo a la puerta, colgando en un ángulo ridículo, arrancada de las bisagras superiores. Miró a Hinata.
—Enviaré a alguien a reparar la puerta. — Le dio un asentimiento brusco.
Salió de la habitación, bajó corriendo las escaleras y se lanzó a la noche. Vio a Menma, de pie junto a la carreta, besando a Tanahi como si no hubiera pasado todo el día con ella, como si no fuera a compartir el resto de su vida con ella.
—¡Menma!
Éste levantó la cabeza y atrajo a Tanahi hacia él. Naruto se sintió como un tonto. Un maldito tonto.
—Necesito que... me ayudes y arregles la puerta de mi habitación.
—¿Arreglar? ¿Qué le pasó?
—Un pequeño malentendido. La pateé y ahora está colgando de las bisagras. Pensé que sería mejor si alguien más la reparaba.
Naruto gruñó cuando Tanahi lo golpeó en el estómago.
—Mira a nuestra hija — ordenó.
Tanahi y Menma se apresuraron a entrar a la casa. Naruto caminó hacia la parte trasera del vagón y miró dentro. Maggie yacía sobre un colchón de mantas, el gatito que le había regalado estaba curvado sobre su estómago.
—¿No te gustaría tener un niño pequeño para jugar? — preguntó en voz baja.
Vio un movimiento por el rabillo del ojo. Kawaki estaba avanzando hacia el carro.
—¿Kawaki?
Éste se paró en seco.
—¿Qué?
—Mira a Maggie. Necesito un trago.
Ignoró el gruñido de Kawaki mientras se dirigía a la casa.
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Hinata estaba temblando tanto que pensó que nunca más estaría caliente. Tanahi había agregado leña al fuego, pero todavía sentía frío, tanto frío. Su cuñada había colocado una manta alrededor de sus hombros, pero eso tampoco le había traído ningún calor.
—No puedo quedarme aquí — susurró.
Tanahi se arrodilló ante ella y le tomó las manos.
—Estará todo bien.
Hinata negó con la cabeza.
—Mi hermano Tokuma me contó que te casaste con Naruto y que él había sido tan cruel contigo que te fuiste después de solo una semana de matrimonio. — Vio encenderse una chispa de ira en las profundidades grises de los ojos de Tanahi.
—¿Eso es lo que te contó?
—Puedo entender por qué lo dejaste. — contestó mientras asentía.
La mujer comenzó a quitar los alfileres del pelo de Hinata y le sonrió suavemente.
—No, no creo que entiendas. Me prometí a Naruto y me casé con él. Unos días después de casarnos, se dio cuenta de que amaba a Menma y que Menma me amaba, así que me dio la anulación. Me liberó.
—Desearía que me liberara a mí también.
—Nunca olvidaré lo que me dijo esa noche... cuando me dejó ir. — le murmuró mientras cepillaba su cabello.
Hinata no quería saber nada más sobre el hombre con el que se había casado, estaba segura de que sabía todo lo que necesitaba saber. Tenía un temperamento peor que cualquiera que hubiera visto antes, que se encendía con una pequeña chispa.
Sin embargo, recordó que más temprano, ese día, había alterado su temperamento cuando su sobrina se había arrojado sobre sus piernas. Las gotas de limón que tenía en su escritorio para la pequeña. Su renuencia para dejar que Indra hablara por ella durante la ceremonia. En contra de su voluntad, se escuchó preguntar:
—¿Qué dijo él?
—"No necesito amor, Tanahi, pero creo que tú sí, y si lo encuentras con un hombre que sueña con criar caballos, debes saber que lo haces con mi bendición". — Tanahi se puso de pie y le tendió el cepillo a Hinata. — Te dejo con un pequeño secreto. Naruto necesita amor, más que ninguno de nosotros. Sé que tu matrimonio no ha comenzado bajo las mejores circunstancias, pero creo que si le das una oportunidad, adorará al suelo que pisas.
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Con los codos clavados en sus muslos, Naruto miró fijamente el fuego bajo que parpadeaba en el hogar de su oficina. Recordaba el día en que se había casado con Tanahi. Había visto la decepción en sus ojos, un toque de tristeza, pero también había habido esperanza y confianza.
En cambio, el día en que se había casado con Menma. Ella había brillado con amor y felicidad. había esperado que la mujer con la que se casara hoy resplandeciera, pero tampoco había planeado llenarla de puro miedo.
¿Qué había estado pensando para casarse con una mujer que nunca había visto? Había acordado casarse con ella como si fuera poco más que una yegua de cría cuidadosamente seleccionada. No podía culparla por ofenderse, desconfiar y atemorizarse.
—Arreglé la puerta — dijo Menma.
Sin apartar su atención del fuego, Naruto simplemente asintió.
—Lo aprecio.
—Asustaste muchísimo a Hinata... otra vez.
Naruto hizo una mueca.
—Lo sé — suspiró profundamente — Sé cómo acostarme con una puta. No tengo la menor idea de cómo hacer para acostarme con una esposa.
—No parecías tener ningún problema cuando te casaste con Tanahi.
Naruto levantó la vista hacia la ira reflejada en la voz de su hermano. Había ofendido a alguien más sin desearlo.
—Sabes tan bien como yo que nunca llegamos tan lejos. Con Tanahi siendo secuestrada en nuestra noche de bodas y que a ti te dispararan cuando la rescatamos, apenas tuve la oportunidad de besarla. Nunca la vi de pie frente al fuego, en un vestido flojo que apenas la cubría, jugando con luces y sombras. Hinata tiene piernas que le llegan hasta los hombros.
Menma le dio una sonrisa comprensiva.
—Sé todo sobre las sombras. — Se aclaró la garganta — Mira, Naruto, esto no es asunto mío, pero no hay ninguna ley que diga que tienes que acostarte con ella esta noche. Conociendo a su pa, probablemente no tuvo mucho que decir sobre este matrimonio. ¿Qué te costaría darle un par de días para que se acostumbre?
Naruto se levantó.
—Sí, he estado pensando lo mismo. Se está haciendo tarde. ¿Tú y tu familia quieren quedarse aquí esta noche?
—Agradezco la oferta, pero esta noche hay una buena luna y un cielo despejado. Estaremos bien.
Naruto siguió a su hermano desde su oficina y se paró en las escaleras, esperando mientras Menma salía por la puerta principal. Levantó la vista. Las escaleras nunca antes habían parecido tan altas. Cuando comenzó a trepar por ellas, comenzó a imaginar disculpas en su mente, tratando de encontrar la correcta, la que desharía todo el daño que involuntariamente infligió a la tranquilidad de su esposa.
Cuando llegó a su habitación, tocó suavemente la puerta y esperó una eternidad para que ella abriera.
Hinata miró al formidable hombre que estaba parado en el pasillo. Ella abrió más la puerta, dándole acceso a la habitación, ofreciéndole acceso a ella misma. Vio como su manzana de Adán se deslizaba lentamente hacia arriba y hacia abajo.
—Prepárate para cabalgar antes del amanecer,— dijo bruscamente y se volvió hacia las escaleras.
Aturdida, salió al pasillo.
—¿Quieres montar a caballo?
Él dejó de caminar y la miró.
—¿Qué otra cosa crees que montamos? ¿Vacas?
Ella sacudió la cabeza.
—No... es que... yo... solo... no sé hacerlo. Nunca he... montado en un caballo.
Pensó que si dejaba escapar una respiración profunda, se caería y se derrumbaría por las escaleras.
—¿Nunca has montado un caballo?
—Padre dijo que era demasiado peligroso. Siempre viajé en mi carruaje.
—No hay forma en el infierno de que mi esposa viaje por el campo con ese artilugio rojo. Les dije a sus hermanos que se lo llevaran.
—Oh. — Ella presionó su mano en su garganta, tratando de pensar en algo que decir.
—Tengo un caballo tranquilo que puedes montar, y si no lo quieres, puedes montar conmigo.
Rápidamente negó con la cabeza.
—El caballo tranquilo está bien.
—Bien. Entonces te veré antes del amanecer.
Giró sobre sus talones y bajó las escaleras pisando fuerte. Hinata volvió a entrar en la habitación, cerró la puerta y se apoyó en ella. Presionó los dedos contra su boca. ¡Había hecho que sus hermanos se llevaran el odioso carruaje!
Mañana, aprendería a montar a caballo por el campo. Se abrazó a sí misma. Él había dicho que la vería por la mañana. ¿Eso significaba que estaría segura esta noche? ¿Podría dormir sola?
Caminó hacia la cama. No fue hasta que alargó la mano para retirar las mantas que notó las flores que descansaban entre las almohadas. Marchitas ahora, su fragancia todavía flotaba sobre la cama. Cogió una flor amarilla y pasó el dedo por el frágil pétalo. Crecían en la pradera. Suficientemente fáciles de encontrar. No había muchos problemas para tomarlas.
Sin embargo, las lágrimas brotaron de sus ojos. Un gesto tan simple. Quería creer que Tanahi se las había dejado para ella, pero de alguna manera sabía que habían sido un regalo de Naruto.
Caminó hacia el otro lado de la habitación, apartó las pesadas cortinas, abrió una puerta ventanal y salió al balcón.
A lo lejos, vio la silueta de su marido sentado en la barandilla superior del corral, con los hombros encorvados, mientras miraba en dirección a la luna.
CONTINUA
