LEGADO


¿QUÉ TENGO A CAMBIO?


Hinata yacía en la enorme cama de roble escuchando los pasos de su marido. Varios minutos después de la medianoche, finalmente lo escuchó subir por las escaleras. Siguió el sonido por el pasillo, hasta que lo oyó detenerse frente a su puerta. Contuvo el aliento, esperando el clic del picaporte, el eco que anunciaría que venía a reclamarla como su esposa. Pero todo lo que escuchó fue las pisadas de sus botas mientras se alejaba.

Rodó hacia un lado y observó cómo las sombras jugaban en la habitación. Su habitación. Se preguntó cuánto tiempo le daría antes de insistir en que sea "su" habitación.

Durmió irregularmente toda la noche y finalmente se arrastró fuera de la cama a primera hora de la mañana para prepararse para su primer paseo a caballo. Fue entonces, en la quietud antes del amanecer, cuando notó las muchas cosas que había pasado por alto la noche anterior.

Se lavó la cara con el agua que llenaba el pesado lavabo de roble. Contempló su reflejo en el espejo ovalado que colgaba en la pared. Imaginaba que Naruto generalmente se afeitaba aquí. Sus artículos de afeitar descansaban sobre una pequeña mesa junto al lavabo.

Sabía que era hábil con una navaja de afeitar. Su mentón y sus mejillas habían estado lisos y no presentaban rasguños ni cicatrices, salvo uno pequeño, justo debajo de su ojo izquierdo, pero no creía que una navaja descuidada lo hubiera hecho.

Usando una de las dos toallas que había dispuestas junto al lavabo, secó la humedad de su rostro. Luego se acercó al tocador con espejo, se sentó en la silla de respaldo recto y deshizo su trenza.

En la cómoda, había colocada una botella pequeña de "Ron de bahía". Sus hermanos a menudo se rociaban con él, pero olía diferente en la piel bronceada de Naruto. Era dueño de este rancho, pero no creía que pasara tanto tiempo en su oficina como su padre. La piel de Naruto era demasiado oscura, demasiado curtida.

Se levantó el pelo, y rápidamente se puso su traje de montar color rojo. Ella solo se lo había puesto una vez. El día que Mimí St. Claire se lo había entregado, un regalo de Shinki con la esperanza de poder convencer a su padre para que la dejara montar. Ella había admirado a la mujer por viajar al rancho, sin escolta, en un calesín, la había envidiado por tener la libertad de ir y venir a su antojo, ya que no estaba atada a un hombre.

Hinata le había preguntado a su padre si tal vez ella podría hacer lo mismo, pero él le había prohibido viajar sin compañía, como si no confiara en su regreso. Nadie había encontrado el tiempo suficiente para acompañarla a la ciudad, después del día en que Naruto había acordonado la tierra.

Había dedicado tantos años al cuidado de su madre, que quedarse en casa se había convertido en una forma de vida para ella, que rara vez había cuestionado. Había crecido con el adagio de su padre: "El lugar de una mujer está en el hogar, atendiendo a sus hombres".

Hinata saltó al escuchar que golpeaban a la puerta. Tomando una respiración profunda, cruzó la habitación y la abrió. Fue golpeada una vez más por la hermosa visión de los rasgos cincelados de Naruto. Su mirada lentamente viajó desde la punta de su sombrero hasta la punta de los dedos de sus pies.

—Tenemos que irnos—dijo con una voz que sonaba como si lo estuvieran estrangulando.

Ella lo siguió por las escaleras y en la oscuridad de la madrugada. Había dos caballos atados frente a la terraza delantera.

—Esta es Belleza, — dijo Naruto mientras colocaba su mano sobre la grupa castaña de la yegua — Ella es lo más dócil que puedas encontrar. Tira de las riendas para detenerla. Dale un ligero apretón con tus piernas en los costados para que marche. En su mayor parte, simplemente seguirá a mi caballo.

—Suena bastante fácil — dijo Hinata.

Naruto la miró y entrecerró los ojos.

—¿Nunca has montado? — preguntó como si pensara que le había entendido mal la noche anterior.

Ella sacudió su cabeza.

—Mi padre consideraba indecoroso y peligroso que una mujer montara a caballo.

Caminó hacia atrás hasta que se paró al lado del caballo.

—Simplemente agarra el cuerno de la silla de montar, pon un pie en el estribo, elévate hacia arriba, y balancea la otra pierna.

Aunque era alta, todavía encontró el cuerno excepcionalmente alto cuando lo envolvió con sus manos. Naruto agarró el estribo y lo mantuvo firme después de que su pie lo perdió dos veces. Deslizó su bota en él, respiró hondo y se elevó. Naruto la agarró de la cintura con una mano, presionó su otra mano en su trasero y la levantó. Con el calor ardiendo en sus mejillas, Hinata se acomodó en la silla. Nadie jamás la había tocado tan íntimamente.

Cuando el caballo se echó hacia un lado, Hinata clavó los dedos en el cuerno de la silla de montar. Naruto agarró la brida y el caballo se calmó.

—Toma estas — dijo, sosteniendo las riendas hacia ella. Hinata miró las tiras de cuero que se enredaban entre sus dedos. Dedos largos que fácilmente se habían extendido por la mitad de su cintura. Ella extendió la mano y tomó las riendas.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme — gruñó mientras caminaba hacia su caballo y montaba en un movimiento fluido. — Vamos. Dale a Belleza una patada suave.

Ella hizo lo que le indicó, y Belleza siguió al caballo de Naruto a paso lento. Se preguntó cómo se sentiría al galope a través de las llanuras, el viento soplando en su cara. Podía sentir la brisa ahora, solo un leve aliento sobre sus mejillas.

El hombre que montaba a su lado parecía haber nacido en la silla, como si él y su caballo fuesen uno.

Hinata miró a su alrededor, esperando que otros se unieran a ellos.

—¿Dónde está la escolta?

Naruto la miró.

—¿Qué escolta?

—Mi padre siempre insistió en que viajara con al menos seis hombres para protegerme. Solo asumí que tus hombres...

—Yo protejo lo que es mío — dijo con voz tensa.

No tuvo que mover su mano hacia la pistola que descansaba a lo largo de su muslo o el rifle alojado en su silla de montar para convencerla de que hablaba seriamente.

—¿Qué... cuál es el nombre de tu caballo? — le preguntó.

—Satán.

El diablo rubio montaba a Satanás. De alguna manera parecía apropiado.

—Demoré un demonio de tiempo tratando de domarlo — explicó Naruto — Al final, tuve que dejar que Menma lo domesticara.

—Suenas decepcionado.

Él se encogió de hombros.

—Ese el talento de Menma, domesticar a los caballos.

—¿Cuál es tu talento?

Él sostuvo su mirada.

—Yo construyo imperios.

Cabalgaron hacia el oeste durante más de una hora con nada más que silencio y una suave brisa entre ellos. Naruto luchó por mantener su mirada fija en el horizonte lejano en lugar de en su nueva esposa. Él pensó que ayer se veía hermosa vestida de blanco. Pero en rojo, ella era devastadora. El profundo tono, resaltaba la riqueza de su piel de porcelana, el cabello negro y los ojos perlas.

La combinación era casi suficiente para hacerle cambiar de opinión sobre lo que había decidido esa mañana. Pero la vacilación en su voz cuando habló con él y el miedo que aún residía en sus ojos, le impidieron alterar sus planes.

Hizo detener a Satán en lo alto de la pequeña elevación y giró ligeramente el caballo, Belleza se detuvo junto a él.

—¿Por qué nos detuvimos? — preguntó Hinata.

—Para ver el amanecer.

No podía explicar por qué quería ver el sol en el horizonte con esta mujer a su lado. El amanecer no era su hora favorita del día. Él prefería la noche, cuando las nubes se desvanecían para revelar las estrellas. Esas estrellas que lo habían guiado a casa incontables veces. Cuando era niño, incluso les había pedido deseos.

Había pensado en pedirle a Hinata que cabalgara con él anoche, cuando no podía dormir, pero había necesitado tiempo a solas para pensar, para vadear el atolladero que había creado inadvertidamente. No sabía si podría desenredar el desastre, pero esperaba poder darles un camino más tranquilo que seguir.

Podía tratar de explicárselo, pero entonces escuchó su suave respiración, cuando el sol comenzó a lavar la oscuridad. Se preguntó si alguna vez había visto el comienzo de un nuevo día. Él sabía muy poco sobre ella. Todo parecía sin importancia hasta la noche anterior.

—Es hermoso — dijo en voz baja.

Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero no se atrevía a decirlas, ya que no sabía cómo terminaría la mañana.

Apenas volviendo el rostro en su dirección, le dio una sonrisa vacilante y agregó:—Gracias.

Él hizo una mueca.

—Yo no hice el amanecer. Solo te traje a verlo.

Ella se puso seria, asintió levemente y desvió la mirada. En ese momento él hubiera querido restarle la brusquedad a su voz. No sabía por qué siempre sonaba enojado cuando le hablaba. Quizás porque el cumplimiento de su sueño final se basaba en la voluntad de ella de dárselo.

Extendiendo la mano, agarró las riendas de Belleza y alejó a los dos caballos del sol naciente.

Hinata miró el río, los hombres que se alineaban en la otra orilla, y el alambrado de púas que se extendía a lo largo de la corriente. A lo lejos, más allá del río, una nube de polvo se elevaba hacia el cielo mientras el ganado avanzaba hacia la valla.

Reconoció a sus hermanos liderando la manada, Indra con su brazo todavía en una férula blanca, con Tokuma y Shinki a cada lado. Hicieron detener sus caballos, y el ganado paró detrás de ellos mientras los hombres que flanqueaban cada lado, sujetaban a las vacas que querían seguir moviéndose.

Oyó el balbuceo del río y el bajo bramido del ganado. El corazón se tensó en su pecho cuando se dio cuenta de por qué Naruto la había traído hasta aquí: para ver exactamente por lo que su familia la había cambiado.

Deseó haber sido lo suficientemente hábil con un caballo como para simplemente salir galopando de ahí. A su lado, Naruto se quitó el sombrero, se agachó y colocó sus muñecas sobre el cuerno de la silla.

—Siempre me he considerado un hombre afortunado. Tengo más tierra de la que sé qué hacer con ella y dinero suficiente como para que mi familia nunca pase necesidades. Supuse que cualquier mujer estaría contenta de tenerme por esposo. Tu familia y yo hemos estado peleándonos por esta franja de tierra desde el día en que llegaron.

» Quiero un hijo y quiero que cese la pelea. Casarme parecía una forma de tener ambas cosas. Lamentablemente, no pensé que debería considerar y entender tus sentimientos. Ese es el asunto que debes considerar. — Él apartó su mirada de ella — ¿Ves a ese hombre parado junto al alambrado?

Vio a un hombre alto y de huesos delgados colocado junto al alambre de púas, con su caballo atado a un poste.

—Sí.

—Es Shikamaru, mi capataz. Si tú vas allí, él cortará el alambre y te dejará pasar para que puedas reunirte con tus hermanos del otro lado.

—¿Y aun así derribarás el alambrado?

Él giró su mirada azulada e inquebrantable hacia ella.

—Esta tierra ha absorbido mi sudor y mi sangre... y la de mis hermanos. No voy a ceder ni un centímetro, si no recibo nada a cambio.

Sus esperanzas se desplomaron.

—¿Y si decido quedarme aquí?

—Levanta la mano y bájala. Entonces mis hombres retirarán el alambre. Hoy te doy lo que tu familia y yo no pudimos darte ayer: una elección. Quédate o vete. Es tu decisión.

—Pero ya estamos casados.

—Se puede deshacer lo suficientemente fácil.

—Mi padre y mis hermanos estarán furiosos.

Él sostuvo su mirada.

—Estoy preparado para lidiar con eso.

—Rompiste el brazo de Indra antes. ¿Qué vas a hacer esta vez? ¿Matarlo?

Su mirada nunca titubeó.

—Si tengo que.

Su estómago se sacudió. Desde luego, no podía acusar a Naruto Uzumaki de ser deshonesto. Su boca quedó tan seca como el viento.

—Solo me has dado la ilusión de una elección.

—A veces, eso es todo lo que la vida nos da a cualquiera de nosotros.

Unos momentos antes, se había maravillado ante la belleza del amanecer, y ahora estaba viendo la fealdad de los hombres y su avaricia.

—¿Quieres estar casado con una mujer que te odia? — Preguntó, dándose cuenta con un escalofrío de temor de que muy bien podría llegar a odiar a este hombre.

Se colocó el sombrero en la cabeza, arrojando sombras sobre su cara.

—No necesito tu amor, pero necesito tu decisión. Mis hombres tienen un trabajo que hacer.

Sintió que la ira bullía a través de ella.

—Mi padre tenía razón. Eres un bastardo de corazón frío.

Volvió la cabeza bruscamente como si estuviera tan sorprendido por la vehemencia en su voz como ella. Nunca en su vida se había atrevido a hablarle tan bruscamente a nadie. Esperaba que le diera lo que su padre le daba a sus hermanos cuando usaban ese tono duro con él: un revés en la cara.

—Te estoy dando una opción que él no estaba dispuesto a darte — dijo.

Al escuchar la tensión en su voz, se maravilló por su moderación.

—Con gusto la tomare — dijo mientras pateaba los costados de su caballo. Permitió a la yegua dar media docena de pasos antes de tirar de las riendas. Miró por encima del hombro. Naruto no se había movido. Ni un músculo. Lo recordaba como lo había visto anoche: sentado en la valla del corral, mirando la luna.

¿Qué elección le había dado la vida a él por esposa? No había contado, pero había visto menos de una docena de mujeres en su boda. Sus hermanos siempre estaban discutiendo sobre la ausencia de mujeres, especulando sobre dónde encontrar una esposa, yendo tan lejos como para contestar anuncios en diarios. Quizás una ilusión de elección era lo que todos tenían realmente.

Sus verdaderas elecciones se limitaban a vivir dentro de las sombras proyectadas por su padre y sus hermanos o vivir dentro de la sombra proyectada por este hombre.

Siempre sombras, cuando anhelaba el sol.

La prisión siempre era prisión, pero al menos su carcelero actual, le daba la libertad de montar, una razón estúpida para levantar y bajar la mano, pero lo hizo, sin apartar la vista de su marido. El aire de repente se llenó de agudos silbidos, gritos y alaridos.

Naruto instó a su caballo a avanzar hasta que estuvo a la par con el de ella.

—Es mejor que mires lo que les diste — dijo, con la voz baja.

Ella apartó su mirada de él, mientras sus hombres enlazaban los postes torcidos y comenzaban a tumbarlos. Sus hermanos se quitaron los sombreros, le hicieron señas con un círculo sobre sus cabezas y empujaron a sus caballos hacia adelante, siguiendo al ganado.

—Quiero un hijo — dijo Naruto en voz baja.

El corazón de Hinata latía locamente en su pecho.

—Estoy consciente de eso. Mi familia obtiene la tierra y el agua que quiere. ¿Y qué obtengo yo?

Él se quitó el sombrero y se encontró con su mirada.

—Todo lo que quieras.

Hinata consideró pedirle su libertad, pero sabía muy en el fondo de su corazón que nunca abandonaría a un niño que hubiese traído al mundo. Su hijo la uniría a Naruto con más fuerza que cualquier otro voto que ella hubiera pronunciado ayer.

Nunca había sabido lo que era odiar a nadie, pero ahora empezaba a sentir sus incómodas sensaciones. Su padre la había sobreprotegido, la había ocultado del mundo, hasta que se había convertido en poco más que una posesión para ser intercambiada.

—¿Amor? — preguntó.

Sus ojos se oscurecieron.

—Dame un hijo y voy a encontrar la manera de dártelo.

.

.

Kawaki quería matar a los pequeños hombres que estaban construyendo una ciudad dentro de su cabeza. Sus constantes golpes resonaron entre sus sienes.

Se obligó a sí mismo a sentarse y balancear las piernas sobre el costado de la cama. Los golpes se hicieron más fuertes, y se dio cuenta de que gran parte de eso no estaba en su cabeza en absoluto.

—¡El desayuno esta listo!

Gruñó ante la voz en auge de Naruto.

—Ya voy — murmuró. Inclinó la cabeza esperando que Dios lo ayudara y que Hinata siguiera durmiendo. No sabía cómo en el mundo iba a ser capaz de mirarla a los ojos.

Se puso de pie, se lavó lo más rápido que pudo, se puso una camisa limpia y se dirigió al comedor para desayunar.

Naruto y Hinata ya estaban sentados uno frente al otro, él masticando su comida, Hinata arrastrando los huevos de un lado al otro del plato. Kawaki tomó la silla entre ellos.

—Te ves como el infierno — dijo Naruto.

—Me siento como el infierno.

Naruto empujó un plato de huevos fritos hacia él. Las yemas amarillas temblaron y el estómago de Kawaki se revolvió.

—Mete algo en tu estómago — ordenó Naruto. Kawaki cogió la cafetera y vertió el humeante brebaje negro en una taza.

—Solo quiero café.

Apoyó el codo sobre la mesa y la barbilla en la palma de la mano para evitar que la cara cayera sobre la mesa.

—No era necesario que me llevaras a la cama anoche — dijo Kawaki.

—No podía dejarte en la parte trasera del carro de Menma.

Recordó haber pensado en lo cómoda que parecía Maggie acurrucada en el carruaje, entonces se había acomodado a su lado. Sentía la boca como si se hubiera tragado la cola del gato.

—¿A qué hora vas a tirar el alambrado?

—Ya lo he retirado.

Haciendo muecas ante la censura en la voz de su hermano, Kawaki se obligó a mirar a Naruto.

—Supongo que debería haber estado allí.

—Supongo que deberías haberlo hecho, pero ya está hecho. ¿Piensas ir a la ciudad hoy?

—No creo poder sentarme en una silla de montar por más de cinco minutos sin vomitar.

Naruto negó con la cabeza.

—¿Qué diablos pensaban tú y Shinki?

—Estábamos tratando de no pensar. Naruto se recostó en su silla.

—Voy a trabajar en mis libros por un tiempo, y luego tengo que controlar la manada. ¿Serás capaz de estar atento a mi esposa por si ella necesita algo?

Kawaki miró rápidamente a Hinata y asintió.

—Bueno. — Naruto raspó su silla y recogió su plato.

—Lo lavaré por ti — dijo Hinata suavemente.

Kawaki nunca había visto a Naruto mirar como si no supiera qué hacer, pero seguro parecía vacilante ahora. No estaban acostumbrados a tener a una mujer cerca para ver sus necesidades.

—No me importa lavar después de las comidas — dijo Hinata.

Naruto puso el plato sobre la mesa.

—Bien, entonces. Aprecio el gesto.

Salió de la habitación, y Kawaki deseó haber podido irse con él, pero sabía que quedaban muchas cosas entre él y Hinata, y vivir en la misma casa sería un infierno hasta que todo estuviera aclarado.

Dio un largo trago a su café, esperando aclarar su cabeza. Luego se inclinó hacia ella.

—¿Te importa si te llamo Hime? Sé que Shinki lo hace.

Ella levantó la vista y luego volvió a bajarla.

—Está bien.

—No, no está bien, y ambos sabemos por qué — Puso su mano sobre la de ella, quién levantó su mirada. Él le dio una sonrisa triste — Oíste anoche algo que nunca debiste oír.

Bajó nuevamente la mirada.

—No importa.

Él le apretó la mano hasta que lo miró de nuevo.

—Sí importa. Cuando los hombres se emborrachan, dicen cosas que no deberían. No voy a negar que Naruto quiere un hijo... y mucho. Pero también sé que te tratará bien, de la forma en que un hombre debería tratar a una mujer.

—¿Shinki te dijo que no tenía nariz?

Kawaki hizo una mueca.

—Sí, no sé por qué hizo eso.

—Y le dijiste a Naruto.

—Sip, y no sé por qué hice eso.

—Y aun así se casó conmigo. Debe estar realmente desesperado.

Él tomó su mano entre las suyas.

—Tienes que entender a nuestra familia. Has visto a Menma. No hay hombre tan marcado como él. Y aun así Tanahi se enamoró de él. Después de ver eso, creo que no le damos mucha importancia a las cicatrices.

.

.

—¿Qué demonios creías que estabas haciendo esta mañana?

Naruto levantó la vista de la saliva que había aterrizado en su escritorio y se encontró con la mirada ardiente de Hiashi Hyûga.

—Moviendo mi alambrado.

—Con mi hija a caballo, en un lugar donde fácilmente podría haber caído y haber sido aplastada por las reses. Te dije que era delicada.

—Tu hija puede mantenerse bien en un caballo, Hyûga. El caballo es tan tranquilo que mi sobrina de tres años lo monta. Tu hija estaba a salvo.

—Es lo que tú dices. Debes protegerla...

—La protegeré, pero lo haré a mi manera.

Hiashi se dejó caer en la silla. Sus hijos continuaron de pie, con los brazos cruzados, aunque Naruto pensó que Shinki lucía como si pudiera sacar su última comida en cualquier momento, un pensamiento que no encontró particularmente tranquilizador.

—Simplemente no entiendes — dijo Hiashi — Las mujeres no pueden protegerse a sí mismas. Debes mantenerlas cerca o se dañarán, tal como lo hizo mi querida esposa.

Naruto se frotó la frente, tratando de aliviar el dolor de cabeza. Había querido poner fin a la lucha, y solo había logrado reformarla.

—Mira, Hyûga, ahora es mi esposa. Me ocuparé de ella.

—No es fácil entregar a tu hija a otro hombre.

—Pareció bastante fácil ayer. Ni siquiera te molestaste en arrastrarte hasta aquí, para estar con ella cuando el mismísimo diablo la tomó como su esposa.

Hyûga entrecerró los ojos.

—No me sentía bien...

—Creo que pasaste la noche anterior tratando de ahogar tu culpa, y una resaca te mantuvo en casa. — Cuando el hombre comenzó a levantarse de su silla, Naruto levantó una mano — No quiero escucharlo, Hyûga. Tus excusas, tus inquietudes, tus preocupaciones. No me importa nada de eso. Quieres visitar a tu hija, está bien. Visítala. Pero no trates de explicarme cómo cuidar de ella. No te importó cuando la cambiaste por mi agua. Puede montar a pelo, correr desnuda por las llanuras si es su deseo, por lo que a mí respecta.

Naruto estaba seguro de que el hombre iba a sufrir un ataque al corazón, su cara se puso roja, su boca se abría y cerraba, pero no escuchó ninguna palabra.

Naruto se levantó.

—Le haré saber que estás aquí — Salió del despacho y subió las escaleras. Kawaki le había dicho que Hinata se había retirado a su habitación después de que habían terminado de desayunar. Tenía la sensación de que no había logrado todo lo que había planeado esa mañana. Ella todavía era demasiado reservada con él.

Llamó suavemente a su puerta. Él escuchó sus suaves pasos en el otro lado. Abrió la puerta y miró como si esperara encontrar un monstruo en el otro lado.

—Tu familia está en mi oficina. Quieren visitarte... si quieres verlos...

—Sí, me gustaría verlos.

—Necesito controlar mi rebaño. No volveré hasta después del anochecer. Kawaki estará aquí por si necesitas algo.

—Gracias — dijo en voz baja.

No era exactamente lo que quería oír. Ten cuidado. Date prisa en volver. Esperaré por ti. Cualquiera de esas frases lo habría complacido.

Golpeó sus guantes contra su palma y ella se estremeció. Sin preocuparse demasiado por el aguijón en el pecho que le causó su reacción, se dio vuelta para irse, se detuvo y miró por encima del hombro.

—¿Quieres que me quede mientras estás con ellos?

—No. Prefiero verlos a solas.

Bajó las escaleras, sabiendo que no había logrado nada esa mañana.

Hinata estaba parada afuera de la oficina de Naruto, reuniendo coraje. Había creído que su familia esperaría para visitarla, que aguardaría hasta que el dolor en su corazón hubiera disminuido. Tomando una respiración profunda, entró en la habitación.

Shinki se sentó en una silla sosteniendo su cabeza. Supuso que el whisky, y no una enfermedad, era responsable de eso. Kawaki cuando se reunió con ellos para desayunar esa mañana, estaba en las mismas condiciones.

Indra y Tokuma flanqueaban a su padre. Quién se levantó de la silla al entrar ella. Deseó no verlo tan viejo.

—¿Cómo estás, hija?

Hinata cerró la puerta tras su paso y se sentó en una silla cercana.

—Bien, estoy bien.

Su padre se sentó y se inclinó hacia adelante.

—¿El bastardo te lastimó anoche?

De repente, se percató que nunca había escuchado a Naruto referirse a ningún miembro de su familia con odio. Nunca los llamó con nombres despectivos. Jamás insinuó que su origen podría ser cuestionable o que podrían no ser hombres de honor.

—No, padre, mi esposo no me hizo daño.

—¿Él no te lastimó en absoluto? — preguntó Indra.

Levantó la vista y se encontró con la mirada desconcertada de Indra.

—No, Indra. ¿Esperabas que lo hiciera?

—¿Se han acostado? — continuó Indra.

Shinki levantó la cabeza.

—No veo la importancia de eso.

—Ella vino a él virgen — dijo Indra — Una virgen siempre siente dolor. ¿Él se acostó contigo anoche, o no?

Hinata no podía creer las palabras que Indra le había lanzado como si no tuviera sentimientos, ni privacidad. Ella había pensado que su corazón se rompería la noche anterior cuando escuchó las condiciones de su matrimonio. En este momento, ella sintió que su corazón se hacía añicos y deseó tener el coraje de pedirles a todos que se fueran.

—Responde, niña — dijo su padre.

Miró a estos hombres, preguntándose si realmente los conocía. No podría responder, aunque su vida dependiera de ello.

—Dulce Señor, será mejor que no le hayas negado sus derechos anoche — dijo Indra.

—¿Crees que hubiera retirado la cerca si ella se los hubiera negado?— Preguntó Shinki.

—Solo quiero una respuesta simple, Hinata. Sí o no — exigió Indra — ¿Se ha acostado contigo?

—Eso no es absolutamente de tu incumbencia.

Hinata giró la cabeza. Menma estaba en la puerta, con la mano apoyada en la pistola que llevaba en la pistolera. Inclinó la cabeza hacia Hinata.

—No quise irrumpir, pero estoy buscando a Naruto.

—Él... tenía que controlar a la manada — dijo Hinata.

—Bueno, entonces, estoy seguro de que hablo por él,... caballeros... deben irse.

La forma en que dijo "caballeros" hizo que Hinata se diera cuenta de que no los consideraba caballeros en absoluto.

Indra lo miró furioso.

—Eso sonó como una orden y esta no es tu casa.

—Te voy a hacer un favor, Hyûga. No voy a decirle a Naruto lo que acabo de escuchar en esta habitación. Ahora dile buen día a tu hermana y vete a casa.

Su padre se puso de pie.

—Nos íbamos de todos modos. — le dio a Hinata unas palmaditas en la cabeza como si fuera un perro entrenado y le dijo: — Nos mantendremos en contacto.

Su padre arrastró los pies hacia la puerta. Menma se hizo a un lado, dejando un amplio espacio para que su padre y sus hermanos pudieran pasar.

Shinki se detuvo en la entrada y la miró antes de irse, ella pensó que se veía miserable.

Menma cruzó la habitación y tomó la silla que su padre había desocupado. — ¿Estás bien? — preguntó. Ella asintió, mientras presionaba los temblorosos dedos en sus labios, luchando por contener las lágrimas.

—¿Crees que quedan algunas gotas de limón en el escritorio de Naruto? — le preguntó.

Su cuñada sacudió la cabeza.

—No creo que puedan llevarse un triste así de grande. — No sabía cómo, pero de repente los fuertes brazos de Menma la rodearon y ella presionó el rostro contra su hombro.

—Ven y llora — dijo en voz baja.

Los sollozos fueron duros y pesados.

—Nadie se preocupa por mí. Ellos solo quieren el agua y la tierra. Naruto solo quiere un hijo.

Sus brazos se apretaron alrededor de ella.

—No puedo negar que se ve de esa manera, pero a veces las cosas no siempre son como parecen.

Reprimiendo su dolor, se movió para salir de su abrazo. Él le tendió un pañuelo que usó para secarse las lágrimas de la cara. Tomó una respiración profunda y temblorosa y le preguntó:

—¿Cómo está Maggie esta mañana? ¿Está bien su barriguita?

—Ella está perfecta.

—Gracias. — Le dijo mientras le devolvía el pañuelo húmedo.

—Supongo que las cosas no están mucho mejor esta mañana.

Ella sacudió la cabeza.

—Naruto me asusta.

—Lo sé. A veces también me asusta.

Sus palabras la sobresaltaron. Si Naruto asustaba a su hermano, ¿Qué posibilidades tenía de sentirse cómoda con él?

—Ayer, cuando todos estábamos aquí, y Maggie corrió hacia él, me dio tanto miedo... — resopló — Estabas aquí. Sabías lo enojado que estaba, pero de todos modos dejaste que se acercara a él — Ella lo estudió, recordando lo despacio y calmado que se había puesto de pie — Sabías que no la dañaría.

—Con excepción de las puertas, Naruto no es alguien que dirija su ira contra los inocentes.

Él envolvió sus manos con las suyas, justo como Kawaki lo había hecho antes. El pequeño gesto fue increíblemente reconfortante. Lo que hubiera dado porque su padre o hermanos hubiesen hecho lo mismo por ella, en vez de molestarla queriendo saber sobre su noche de bodas.

—Probablemente no debería decir esto — dijo Menma en voz baja — pero podría ayudarte a entender a Naruto un poco mejor si sabes... — Bajó la mirada.

La alarma la atravesó, y se arrastró hasta apoyarse en el respaldo de la silla.

—¿Saber qué?

Él le dio una sonrisa incómoda.

—Puedo hablar con Tanahi sobre la guerra, pero había olvidado lo difícil que es hablar con otros sobre eso.

—¿La guerra entre los Estados?

—La Guerra de la Agresión del Norte según Naruto. Yo tenía doce años y él tenía catorce cuando nuestro padre nos alistó.

—¿Catorce?

—Sip. Yo era el del tambor de Pa, y Naruto... Naruto era su segundo al mando. A muchos de los hombres les molestaba que un chico les diera órdenes. Al principio lo molestaban, parecían deleitarse haciendo lo contrario a lo que les decía que hicieran. Y eso le fastidiaba, y mucho. Una noche, escuché a Pa dándole una reprimenda porque había descubierto que algunos hombres no habían seguido las órdenes que Naruto había dado. Pa le dijo a Naruto:

» No es necesario que les gustes, pero tienen que respetarte y tienen que obedecerte. — Menma negó con la cabeza. — A Naruto dejó de importarle si les caía en gracia o no. Él dejó de pedirles que hicieran las cosas, y comenzó a ordenarles. El hábito se quedó en él, incluso después de que terminó la guerra — se inclinó hacia adelante.

» Creo que lo que trato de decir es que no quiere sonar enojado o duro, lo que pasa es que mucha gente depende de él... y simplemente se le olvidó cómo preguntar. — le soltó las manos y se levantó — Bueno, necesito encontrar a Naruto y regresar a casa. ¿Estarás bien ahora?

A ella le gustaba la forma en que dijo "casa". Como si no hubiera ningún lugar mejor en el mundo entero.

—Estaré bien.

Después de que él se fuera, Hinata simplemente se quedó sentada en la silla por mucho tiempo, recordando la comodidad de su toque, la resonancia tranquilizadora de su voz. Ella ciertamente podía entender por qué Tanahi había pasado por alto sus cicatrices y se había enamorado de él.


CONTINUA