Tres días de lluvia que no cesa. 72 horas sin parar, convirtiendo el bosque en un pantano impracticable. Harry se aventura fuera de la casa varias veces al día para controlar el nivel del río, que amenaza con desbordarse, pero no hay mucho más que hacer. Eso se traduce en muchas horas encerrado con Sirius y Remus. Por suerte, la casa tiene un porche y es posible pasar el rato a solas con un café y una manta sentado en el banco que tiene ahí, hasta que anochece, pero anochece pronto.
Los siente orbitar alrededor suyo, a prudente distancia. Es consciente de que van de puntillas, que se miran entre ellos antes de hablarle y de que, sobre todo, evitan tocarle. Esto último lo agradece, porque está a la vez hambriento de contacto y asustado por esa necesidad.
Es la tarde del tercer día cuando algo cambia. Harry ha estado apurando a que se fuera la luz en el porche y entra con la taza en una mano y la manta bajo el otro brazo. Al ir a dejar la taza en el fregadero, escucha risas y movimiento de agua. No puede resistirse a dejar la manta sobre el sofá y acercarse silencioso hasta la puerta entreabierta del baño.
Un dejavú le golpea en todo el pecho: Remus y Sirius están metidos en la vieja bañera de hierro forjado, el único lujo de la cabaña. Sirius está sentado contra la porcelana y Remus se apoya contra su pecho, los dos cubiertos de agua y espuma, y hablan en voz baja, los brazos tatuados de Sirius alrededor del torso lleno de cicatrices de su compañero.
Harry trata de respirar y siente que el aire no entra bien. Tiene los puños tan apretados que se está clavando las uñas romas en las manos. Dentro de él un tirón le hace inclinarse hacia delante y empezar a pensar en desnudarse y pedirles que le hagan un hueco, porque se muere porque le abracen así como están ellos, simplemente piel a piel y conversaciones en susurros. Y otro tirón le lleva en dirección contraria y es a ese al que sigue, hasta salir de la casa y correr bajo la lluvia, liberando un grito.
Corre y corre, empapado y embarrado, y grita hasta quedarse ronco. No sabe cuánto tiempo lleva ahí fuera cuando siente un hocico golpear su muslo. Junto a él está el gran perro negro, mirándolo con ojos tristes. Acaricia su cabeza y mira hacia la cabaña. A pesar de que se ha alejado bastante, distingue con claridad a Remus en el porche, con la varita en una mano y la manta en la otra.
Parpadea un par de veces, calculando si a esa distancia Remus sería capaz de maldecirle hasta que el gemido del perro junto a él lo distrae. Vuelve a mirarlo y en respuesta el animal sujeta con los dientes su manga y tira de él hacia la casa.
Rendido, se deja llevar y espera la maldición. Pero no llega y cuando ambos suben las escaleras del porche lo que les recibe es un hechizo de secado. Y a él la manta sobre los hombros.
— Entra —es lo único que le dice Remus.
La tetera está en el fuego y Harry se deja caer, derrotado y en carne viva, en el sofá. La puerta se abre y los dos hombres entran, serios. Sirius saca las tazas y prepara té y Remus se sienta en el sofá junto a él, de nuevo sin tocarle, mas con obvias ganas de hacerlo.
— Toma —le dice su padrino, dándole la taza y sentándose en un tosco taburete hecho con un tocón frente a ellos.
Coge la taza, pero no bebe, sólo deja que le caliente las manos y mira hacia la ventana. Afuera ya es noche cerrada y la lluvia sigue cayendo.
— Habla con nosotros, Harry, por favor —susurra Sirius, ronco—. Algo te está comiendo por dentro, hijo.
Esa es la palabra que hace que se gire con violencia a mirarlo, con las cejas bajas, derramando una parte del té sobre la manta.
— No soy vuestro hijo —masculla, fuera de sí.
— Es una manera de hablar —interviene Remus, secando la manta con un hechizo murmurado.
Harry deja la taza en el suelo y se sujeta la cabeza con ambas manos. Sin darse cuenta, está encogido sobre sí mismo. Ignora la mano tentativa en su espalda que trata de confortarlo.
— Aquellas vacaciones de navidad en Grimmauld... os vi, así como hoy, en la bañera.
Remus parpadea, recordando.
— Hubo luna llena. ¿Te resultó violento? No te habíamos contado en ningún momento que estábamos juntos.
Todavía encogido, con la mirada fija en el suelo, Harry negó con la cabeza.
— No hizo falta, el abrazo que os disteis cuando os encontrasteis en la Casa de los Gritos...
— Pero si ya lo sabías —insiste Sirius—, ¿por qué la reacción de hoy?
El joven levanta los ojos intensamente verdes y los mira a los dos.
— Porque tenía razón Vernon, soy un fenómeno, una abominación. Yo quería...
Se calla, porque se le rompe la voz. Sirius se levanta y lo abraza fuerte y Remus se une desde el otro lado.
— ¿Qué querías? —le pregunta Sirius, apoyando la barbilla entre su pelo.
— A vosotros. Quería lo que teníais y eso es... repugnante y yo... no me abracéis por favor —les pide, intentando alejarse, asqueado de sí mismo.
Los dos abrazos se aflojan, pero la distancia no varía. Una mano un poco áspera le toma de la barbilla y se encuentra de frente los ojos grises, enrojecidos.
— No hay nada en el mundo que vaya a hacer que seas a nuestros ojos todo eso que dices. Nada, Harry, ¿me entiendes? —le interroga.
— Pero... —quiere protestar Harry.
— Nada —interrumpe Sirius, sujetando fuerte su barbilla para que no le aparte los ojos— ¿Qué ocurre ahora? En este momento, ¿cuál es el problema con que estemos aquí?
— Ha vuelto, todo eso ha vuelto y el lobo... mi lobo está tirando en una dirección que no puedo asumir. — Se gira hacia Remus y suplica— No podéis estar aquí en la siguiente luna llena.
— ¿Por qué? —pregunta Remus, calmado.
— Porque querrá pelear por él —susurra Harry.
— Dos no pelean si uno no quiere. ¿Peleé contigo cuando te lo llevaste el otro día?
— ¿Y si os hago daño, Remus? —insiste el guardabosque, angustiado.
Con un suspiro cansado, Sirius se levanta y les tiende la mano. Harry lo mira confuso, sin entender lo que su cara expresa.
— Vamos.
Harry mira a Remus y ve una sonrisa. Acepta la mano y un brazo sorprendentemente fuerte tira de él y no lo suelta hasta llegar al dormitorio.
— Desnúdate —indica Sirius con voz firme.
— ¿Qué? ¿Te has vuelto loco? —se libera Harry con violencia.
— Desnúdate. En calzoncillos si quieres, y métete en la cama.
— Sirius, esto no...
Su padrino se acerca y le coge la cara con las dos manos para que le mire.
— ¿Confías en mí? —le pregunta sin perder la calma.
A pesar de la marea de emociones que se reflejan en su cara, Harry asiente.
— Pues haz lo que te digo.
Muy despacio, dándoles la espalda, se desprende del uniforme. Le tiemblan las piernas cuando se sube sobre la cama ampliada y se mete bajo las mantas.
Remus y Sirius se desnudan también pero él no los mira. Los siente cuando se suben a la cama y se colocan uno a cada lado y lo abrazan. Percibe el olor y el calor que le rodea, la piel llena de cicatrices de Remus contra su espalda, el pecho lampiño y delgado de Sirius contra el suyo. Y la calidez rompe un dique dentro de él. No se da cuenta de que está llorando hasta que su cuerpo trata de tomar la instintiva postura encogida y sus acompañantes no le dejan.
Cierra los ojos, pero las lágrimas siguen fluyendo y siente los dedos de Sirius limpiándolas.
— Queremos cuidar de ti, Harry.
— No soy un niño —murmura.
— ¿Y? —cuestiona Remus tras él, apretando más su abrazo.
No hay nada que pueda contestar a eso. La sensación de plenitud en ese momento es tan grande que se relaja, estira las piernas y las enreda con las de Sirius.
— Hace mucho que nadie me abraza —les dice con timidez cuando su cuerpo comienza a reaccionar a la cercanía.
Ninguno de los dos contesta. Se limitan a seguir ahí, abrazados, acariciándole el pelo y susurrando palabras de cariño, hasta que Harry se relaja tanto que se duerme entre ellos.
===o0o===
La sensación de Harry las siguientes semanas es como si el sol estuviera saliendo detrás de un cielo muy oscuro. Pasa sus días trabajando como siempre, después de la tormenta hay muchas ramas caídas y necesita reabrir los senderos, en algunos incluso ha desaparecido el marcado con piedras. Pero cuando regresa a casa, siente que vuelve a un hogar. Remus y Sirius compran y cocinan, se ocupan también de la limpieza. Y comienzan a aparecer pequeños detalles que reconoce, como un montoncito de libros en la mesilla junto a la cama o el mismo champú que había en el baño de Grimmauld en vida de Sirius.
Sobre todo son ellos los que crean hogar. Le abrazan cuando vuelve, siempre hay un roce, una mano en la cintura cuando le rodean para alcalzar algo en la cocina, un brazo en el hombro cuando están sentados en el sofá juntos. Y siguen abrazándole cada noche en la cama.
— ¿Te importa que te acompañe un rato? —le pregunta Remus una tarde, después de casi un mes compartiendo casa, cuando Harry sale para ir a revisar uno de los puentes sobre el río.
— Claro que no.
Caminan en silencio, hombro con hombro. Su antiguo profesor parece disfrutar de estar al aire libre, lo escucha respirar profundamente, como si quisiera llenarse del aire limpio y fragante.
— ¿Te gusta vivir aquí?
— Sí. Siento que estoy haciendo algo bueno.
— Es... muy agradable. Entiendo que te dé paz.
Harry camina un poco más, con las manos en los bolsillos de su parka, antes de confesar con voz ronca.
— Mis últimos meses en Londres... son un borrón. Solo recuerdo la ira, Remus, el sentimiento de necesitar salir de Grimmauld y alejarme de todo. El otro día lo entendí: la casa aún huele a vosotros y eso estaba volviendo loco a mi lobo.
— Lo siento, Harry. Siento no haber estado contigo en ese momento.
El guardabosques niega con la cabeza, la mirada fija en la punta de sus botas.
— Yo no quería verte. Cuando viniste al hospital... te odié. Fue algo irracional, animal.
Remus se detiene y lo mira. Sube una mano y la pone en su cuello, uniendo sus frentes.
— Sirius.
— No era consciente de cuanto lo quería —responde colocando la mano sobre su muñeca y acariciándola.
— Ahora no me odias.
— Aún temo la luna llena.
Sus ojos están llenos de miedo sincero. Remus mueve la mano y acaricia con el pulgar la línea de la mandíbula, cubierta por espesa barba oscura. Después da un paso atrás, atrapa la mano que Harry está volviendo a guardar en el bolsillo y da un beso en el centro de la palma.
— Eso que sientes en casa, cuando estamos los tres juntos... tu lobo también lo siente. Sé que es así, conozco esa sensación de plenitud cuando tienes contigo a tu persona.
— Vosotros... yo no...
Remus sonríe y sujeta su mano, entrelazando los dedos.
— Está bien, Harry. Veamos esos puentes.
Y siguen caminando con las manos unidas.
===o0o===
Con todo, está inquieto la tarde antes de la luna. Pasea por el porche de su casa, tratando de calmarse. Dentro, Remus cocina algo que huele muy bien mientras Sirius lo mira sentado en el sofá. Su padrino tiene un aura de paz que no cree haberle visto en los cortos meses en los que tuvieron trato cuando era adolescente. Lleva el pelo oscuro, veteado de gris, recogido en una coleta en la nuca. Es largo y rizado y a Harry le encanta pasar los dedos entre los bucles cuando están en la cama.
Sirius deja de mirar a Remus, seguramente porque capta el movimiento de Harry a través de la ventana, y se gira hacia él. Le sonríe de una manera que hace que sienta un intenso cosquilleo en el abdomen. Es increíblemente atractivo, con ese aire regio y los tatuajes que asoman bajo sus mangas enrolladas. Sonríe de vuelta sin darse cuenta cuando le llama moviendo el índice.
Entra a la casa. Dentro, el olor de la cocina es aún más rico y le hace salivar. Por lo general, cena muy poco cuando va a transformarse, demasiados nervios en el estómago.
— Huele muy bien —le dice a Remus, poniendo una mano sobre su espalda baja.
Remus sonríe. Apaga el fuego y se inclina un poco hacia él. Le abraza por los hombros y deja un beso ligero entre el pelo color miel. Siente un aleteo de felicidad y se gira hacia el armario para comenzar a sacar las cosas para poner la mesa. La mirada de Sirius le sigue, con un gesto intenso en la cara.
— Vamos, marquesito, esa mesa no se va a poner sola —escucha bromear a Remus.
Sirius ríe y se levanta del sofá, esa risa ronca que le gusta tanto. Pasa junto a él para sacar los cubiertos y roza sus caderas.
— ¿Marquesito? —pregunta, curioso.
— Así me llamaba tu madre.
— Porque se escaqueaba siempre —comenta Remus divertido, llevando la cena a la mesa.
Harry mira su plato, sorprendido.
— ¿Esto es seitán?
— Sí. En la tienda del pueblo dicen que es el que sueles comprar. ¿No está bien?
Parpadea, sorprendido.
— Sí, sí. Solo que... no hace falta. Podéis comer carne, no pasa nada.
Sirius le pone la mano en el brazo y acaricia su muñeca.
— ¿Cómo no vamos a respetar tus decisiones? Remus ha comprado al menos tres libros de comida vegetariana.
— ¿En serio? —interroga a Remus.
— Bueno, lo que nos sobra es tiempo. Sobre todo al marqués, que no se acerca a la cocina.
El aludido le saca la lengua y Harry ríe. Verlos interactuar así es parte de la sensación de hogar.
— Gracias por esto, Rem. Gracias a los dos, por cuidarme —les dice un poco emocionado.
Remus le coge también por la muñeca. El intercambio de miradas entre los tres está lleno de calor.
— Quiero que me prometáis que os vais a mantener alejados de mí esta noche —les dice al cabo de un rato, cuando el sol ya se ha ido del todo y los platos están vacíos.
— Harry, no es...
— Por favor. Los lobos saldrán al primer aullido como la otra noche. Yo me ocuparé de ellos, pero quiero que os mantengáis lejos. Quedaos cerca de la casa.
Los ve intercambiar una mirada. Se pone en pie para dejar el plato y los cubiertos en el fregadero. Escucha el movimiento de una silla tras él justo antes de que los brazos tatuados le abracen desde atrás, abarcando su pecho musculoso.
— Estaremos bien. Tú cuídate, por favor, ¿vale? vuelve a casa con nosotros, pequeño.
Se aleja a pie de la casa, ya con el picor que siempre le genera en la nuca saber que la transformación es cuestión de minutos. Aún siente el hormigueo que le ha generado el abrazo de despedida de Remus y Sirius. Y el apelativo cariñoso como un eco en su cerebro.
Cada paso tiene un reflejo en su interior, un tirón que le dice que vuelva. Respira hondo y comienza a desabrocharse la camisa. Nunca ha tenido un apelativo cariñoso. Es extraño que algo como eso suponga una diferencia, solo es una palabra.
Se detiene en el claro donde los encontró exactamente veintiocho días atrás. Y entonces escucha el aullido. El tirón aumenta, tanto que tensa la mandíbula hasta que los dientes le crujen. Todo él, y aún está pensando como un humano, quiere volver a la cabaña, con ellos.
Cierra los ojos y deja fluir la transformación, los sentidos aún puestos en el aullido. Cuando vuelve a abrir los ojos, el mundo se ve de otra manera. El instinto amenaza con hacerse fuerte y llevarle de vuelta por donde ha venido para encontrarlos, pero entonces hay otro aullido, uno que le eriza el lomo, porque suena a reto.
Corre sobre cuatro patas, el bosque pasando a toda velocidad a su alrededor, mientras otras voces se unen al aullido de la loba. Acelera cuando de repente se da cuenta de que la manada no está donde esperaba encontrarla, sino cerca de su casa.
Los lobos jamás se alejan del bosque, del refugio de los árboles, así que su parte humana trata de razonar, no se acercarán a la cabaña. Pero su parte animal, la que en ese momento está al mando, solo puede pensar en proteger a los suyos. Y, al contrario que cuatro semanas atrás, los suyos no son los animales bajo su cuidado.
Encuentra a la manada apenas a doscientos metros de su casa, en los límites arbolados. La loba, colocada al frente del pequeño grupo, le gruñe con el lomo erizado a dos figuras que ya conoce, en un perfecto dejavú. Solo que esta vez él no salta a interponerse para protegerla, sino que se coloca delante de Remus, que oculta con su cuerpo a Sirius, el verdadero objeto de interés de la loba.
No quiere pelear con ella. No quiere hacerle daño a ninguno de ellos, pero el lobo gris y el gran perro negro son suyos, así que un profundo gruñido de propiedad sale de su pecho y pilla por sorpresa a la manada. Molesta, la loba lanza un amago de dentellada. Tras él, Harry escucha perfectamente gruñir a Remus, incluso a Sirius, y los siente colocarse a sus flancos, pegando sus cuerpos.
Se incorpora sobre las patas traseras, amenazante. Nunca en sus seis años de licántropo se ha planteado realmente atacar a un animal, pero en ese momento no es razonamiento, es instinto, el de proteger a su familia.
===o0o===
El amanecer los encuentra todavía entre los árboles. Han pasado las últimas horas corriendo juntos por el bosque, jugando entre ellos como cachorros. Es su quinta luna llena juntos. La convivencia con los lobos es tranquila, después del encontronazo inicial meses atrás, han estado evitándose, respetando las distancias, pero Harry sabe que no hay ya hostilidad, los lobos vuelven a acercarse a él cuando va a trabajar por la zona del cubil sin enseñarle los dientes.
Es increíble la sensación de plenitud, tal y como le dijo Remus. Cuando corren juntos, es el alfa, el protector, y los dos lo reconocen como tal. Las noches de luna llena se convierten en algo esperado porque el lobo es feliz. Las últimas horas antes de que empiece a clarear son las de volver hacia casa, y ahí es cuando se relajan y juegan. Por lo general es Sirius el que empieza, el que desafía al alfa golpeando con el morro su costado o mordisqueando su oreja.
Acaban siempre revolcados por el suelo en un nudo de patas y colas peludas, por lo general con Remus y Sirius repartiendo lengüetazos. Y la transformación les pilla aún entrelazados a los dos licántropos. Todo es más fácil, duele menos. Cuando abren los ojos de nuevo como humanos, desnudos bajo las hojas de los árboles que ya quieren reverdecer, Sirius está preparado con ropa, hechizos calentadores y, sobre todo, un abrazo y un beso que le deja sin aliento.
El Harry humano también es feliz. Le gusta ser parte de ellos, sentirse cuidado y que comprendan que a veces necesita ser pequeño y acurrucarse. Recuerda muchas veces cuando está tumbado en la cama, cálido, el primer beso. Todo es muy vívido en su memoria, a pesar del entumecimiento de la transformación: recuerda abrir los ojos con una manta cálida por encima y verlos a los dos ahí, después de su primera noche de luna juntos; recuerda con total claridad la sonrisa cariñosa de Remus y la emocionada de Sirius, sus manos callosas sujetándole con cuidado la mandíbula y los labios un poco resecos acariciando despacio los suyos.
Esa mañana de primavera vuelven a casa con Remus en medio, apoyado en ellos dos, porque a él la transformación lo deja siempre más agotado. Entran en la casa y enseguida Sirius lo ayuda a tumbarse en el sofá y lo tapa con cuidado, dejando un beso en su frente. Siempre es el mismo ritual, Harry va a darse una ducha y cuando sale hay un café preparado y Sirius está haciendo el desayuno, es el único día en todo el mes que se acerca a la cocina.
Es la mañana que a Harry más le cuesta ir a trabajar. Y no es por el cansancio de la transformación o la noche sin dormir corriendo kilómetros y kilómetros por el bosque, es por dejarlos así, sabiendo que Remus va a pasar la mañana dolorido y fatigado. Además, esa mañana hay una cosa más que hace que le cueste salir de casa.
Es la primera vez que van a separarse. Cuando Harry vuelva a la hora de comer, la casa estará vacía porque ellos dos se marchan a Londres. Así que al salir de la ducha, pasa de largo el café y busca directamente el abrazo de Sirius. Sigue sin ser una persona especialmente habladora, pero su compañero después de esos meses ya le conoce.
— Volveremos pronto, pequeño —le dice, pasando los dedos entre el pelo oscuro mojado.
Lo sabe. De hecho el plan inicial era que Remus marchara solo y ha sido Harry el que ha insistido para que Sirius le acompañe. Pero ahí está el miedo, no a que no vuelvan, sino a no saber vivir solo de nuevo.
Se siente egoísta. Abraza más fuerte a Sirius y luego se separa y se sienta a la mesa con la mirada clavada en su taza de café. Es absurdo, porque esto era lo que quería desde el principio y lo ha conseguido a base de insistir, de muchas horas hablando con Remus mientras le acompaña en su trabajo. Los ama, los adora, pero no puede vivir sabiendo que su compañero ha dejado atrás a su esposa y su hijo.
— Harry —le llama la voz gastada de Remus desde el sofá.
Levanta la mirada y lo ve, la mirada siempre comprensiva que le lee por dentro y entiende todas las emociones reprimidas. Deja la taza y se desliza hacia él, hasta tumbarse con cuidado a su lado en el sofá y esconder la cara en su pecho, llenándose con su olor a casa.
— Arreglaremos todo y estaremos aquí antes de la próxima luna llena.
— Yo...
Las palabras se le atraviesan en la garganta, sigue sin ser fácil hablar de sus miedos. Volver a Londres implica que Sirius está más al alcance del ministerio, que sigue investigando su vuelta, y le aterroriza pensar que lo van a detener y someter a terribles pruebas. A ratos su cabeza se pone en los peores escenarios, piensa en Tonks gritando reproches a Remus, a Sirius retenido contra su voluntad por los inefables y en él muriendo de soledad cuando no regresen.
Siente a Sirius arrodillarse detrás de él y abrazarlo.
— Ahora sé que volví por vosotros —le escucha murmurar— y no hay fuerza humana o mágica que me vaya a separar de mi familia. Estaremos en casa de nuevo antes de que te des cuenta.
Su lobo se agita dentro, lo siente feliz de tener la nariz llena de sus olores de nuevo después de la ducha. Él simplemente aprieta más los ojos y se deja abrazar, incapaz de hablar, solo necesitando ese momento de saber que son suyos, su familia.
===o0o===
Huele a verano. Y a fruta. Harry está sentado al borde del porche de su cabaña, acompañado de un niño de once años con el pelo azul. No es que le encanten los niños, pero este en concreto es parte de su familia y saca de él todo el instinto protector.
El olor a fruta viene del gran vaso de zumo que Ted se está bebiendo, las piernas delgadas colgando del borde del porche. Su padre insiste en hacerle zumos cuando está con ellos, en la casa no hay refrescos, y el niño parece feliz allí, con los ojos color miel perdidos en el límite del bosque, bebiendo a pequeños sorbos.
No es su primera visita, de hecho es ya el tercer verano que pasa parte de las vacaciones escolares con ellos, pero en este hay un cambio, Ted está más callado, más reflexivo.
— Mamá se va a casar —dice por fin, dejando el vaso sobre la madera del porche.
— ¿Y tú estás bien con eso? —le pregunta con calma.
— Cuando era pequeño, papá siempre estaba enfadado . Y mamá. Se gritaban mucho. Cuando papá se fue, mamá estuvo triste un tiempo. Yo también.
— Lo siento mucho, Ted.
El niño hace un gesto con la mano y recupera el vaso para darle un sorbo a su bebida.
— Ahora mamá está feliz. Charlie es genial. Y a mi me gusta venir a veros y pasar tiempo con papá. Él también es mucho más feliz.
Los dos se giran y miran a Remus a través de la puerta abierta. Está en la cocina, charlando con Sirius mientras da vueltas a una gran olla de pasta. Siempre hay pasta para recibir a Ted cuando viene a pasar unos días con ellos.
— ¿Tú eres feliz aquí, Harry? Mamá se enfadó un poco cuando supo que no querías volver a Londres.
— Soy muy feliz. Me gusta mucho mi trabajo.
Ted le mira, pensativo, calibrando sus siguientes palabras.
— Charlie y tú os llevaríais bien, él trabaja con dragones.
— Lo sé, conozco a Charlie y a su familia.
— Molly una vez se puso triste porque alguien dijo tu nombre. ¿Por qué no quieres volver? a mí me gustaría poder veros todas las semanas.
— Lo que hago aquí es importante para mí. Y no me gusta mucho Londres.
— Yo voy a ir a Hogwarts en otoño. Eso está cerca de aquí, ¿no? Papá dijo que podríais visitarme.
— Claro.
— Entra a lavarte las manos, Ted, vamos a comer —les interrumpe Remus, saliendo al porche secándose las manos con un trapo de cocina.
Su hijo obedece sin chistar, se pone de pie de un salto y entra a la casa con su vaso en la mano. Cuando pasa junto a él, Remus lo detiene para darle un pequeño abrazo y revolverle el pelo, que cambia de azul al tono dorado de su padre.
— ¿Todo bien? —pregunta Remus, sentándose junto a él.
Harry roza sus hombros y se inclina un poco hacia él.
— No me dijiste que Tonks sigue enfadada porque no quiero volver.
Remus hace un ruidito de molestia y le pasa un brazo por los hombros.
— Pequeño... esta es nuestra vida. Si Dora tiene algún problema con ella, siempre estoy dispuesto a escucharla, pero ya está. Aquí es a donde pertenecemos, los tres.
A través de la ventana abierta escuchan a Sirius bromear con Ted. El niño ha aceptado con pasmosa facilidad que ellos tres son una familia, mucho más que los adultos de su entorno.
— En su última visita, Ted me preguntó por qué no hago magia.
— ¿Y qué le dijiste?
— La verdad, que la magia me robó muchísimo y después estuve tiempo enfadado con ella. Y que hace tres años me compensó de alguna manera devolviéndonos a Sirius y permitiendo que me encontraráis.
Su compañero sonríe y le besa con suavidad, sujetando entre sus dedos el mentón barbudo.
— No más lobo solitario.
— No más.
— Papá, la mesa ya está puesta —dice la voz de Teddy a sus espaldas— ¿vais a seguir siendo empalagosos o podemos comer?
Desde dentro de la casa se oye una gran carcajada de Sirius. Harry se sonroja y Remus se limita a sonreír y mover la cabeza, divertido.
===o0o===
Es ya noche cerrada cuando los tres se reúnen en el porche, con una taza de té. Dentro de la casa, Ted duerme a pierna suelta, agotado. Han paseado juntos por la tarde los cuatro hasta el cubil de los lobos, porque el pequeño quería ver a los nuevos cachorros, y cuando se han sentado a cenar estaba tan cansado que apenas podía mantener los ojos abiertos.
— ¿Sabías que Tonks va a casarse? —pregunta Harry, sentado entre los dos.
Remus usa su mano libre para meterla entre el cabello oscuro y acariciar su nuca y cuero cabelludo como sabe que le relaja.
— Me lo ha dicho esta mañana cuando he ido a buscar a Ted. Me alegro por ella, Charlie es un buen tipo. Y gana una gran familia.
— Andrómeda está feliz también —interviene Sirius, que ha recuperado el contacto con su prima en los últimos meses y suele ir a verla cuando acompaña a Remus a Londres—. Me ha preguntado por ti, Harry.
— Todos preguntan por ti en realidad cuando vamos a Londres.
— ¿Todos? —cuestiona, distraído por el masaje.
— Hoy habían organizado un desayuno familiar —le cuenta Remus—. Nos han invitado a la boda, a los tres.
Harry se remueve, inquieto.
— Ted también me ha preguntado si iremos a verle a Hogwarts. Yo... yo no sé si estoy listo para volver, aunque sea de visita —explica, en un susurro, sintiéndose pequeño por primera vez en bastante tiempo, un retortijón desagradable en las tripas.
Sirius le pasa la mano por la cintura y lo pega a él. Aunque es más grande, parece que sigue creciendo, se siente perfectamente confortado por la cercanía.
— No tienes que tomar una decisión ahora, quedan meses para cualquiera de las dos cosas. Y de cualquier manera, nada te obliga a hacerlo.
— Podéis hacerlo vosotros. Ir sin mí.
— ¿Por qué nos plantearíamos siquiera tal cosa? —interroga Sirius con fiereza.
— Es vuestra familia.
— Tú eres nuestra familia —le recuerda Remus.
Harry respira hondo y se llena de su olor, y del de la hierba calentada por el sol y la resina de los árboles. Mira las estrellas, imponentes en el cielo sobre el bosque. Y agradece, como hace cada noche, por tenerlos en su vida.
— Lo pensaré —les dice finalmente.
Y luego se acurruca contra el calor de sus compañeros.
===o0o===
Todo parece más pequeño en Londres. Es ruidoso y gris y añora el bosque en cuanto se aparece en la habitación del hotel mágico.
Ellos ya están allí, han viajado un par de días antes. Él realmente solo va a estar en la ciudad esa noche para la cena previa y al día siguiente para la boda. Aún así, la ansiedad le está comiendo. Por suerte, en cuanto se materializa en la habitación, dos pares de brazos le atrapan con fuerza.
— Llegas a tiempo de una ducha —le dice Sirius.
En casa no es cómodo meterse los tres juntos en la vieja bañera, y por lo que sea no se lleva bien con los hechizos de ampliación, así que no puede evitar sonreír al darse cuenta de que el baño de la suite tiene una ducha romana enorme.
Aunque no es una persona demasiado sexual, hay ocasiones como esa en las que agradece tener dos compañeros que le conocen bien y sale de la ducha relajado y un poco sonrojado. Se mira en el espejo mientras se seca, con uno a cada lado como siempre.
La última vez que le midió, Remus dijo que parecía haberse detenido en el metro noventa y cinco. En el bosque su altura y sus anchos hombros no son relevantes, pero ahí, en ese momento que los ve a los dos, se da cuenta de lo cambiado que lo van a ver sus conocidos.
Los dos hombres junto a él se ven bien, en ese momento de hecho tienen ese brillo satisfecho de después del sexo. Tiene la impresión de que la vida en la montaña les ha ido bien, parecen incluso más jóvenes.
— ¿Creéis que debería afeitarme? —pregunta, pasándose la mano por la barba oscura que no se ha quitado desde que se marchó.
Sirius se pone de puntillas y lo coge de la barbilla para que se gire a mirarle.
— Estás perfecto.
— No sé, ¿no parezco...?
— ¿Un rudo guardabosques que vive en las montañas de Escocia? —le sugiere, con una sonrisa provocativa.
Harry enrojece y Remus se echa a reír.
— Vamos a vestirnos, que al final llegaremos tarde —les dice a los dos, empujándolos hacia el dormitorio.
Es extrañísimo volver a ponerse una túnica. Ya no le gustaban mucho en la escuela, ni en su época de auror, pero la cena la ha organizado Andrómeda y nadie contradice a la madre de la novia por lo visto. Y mucho menos el hombre que se llevó lejos a su primer yerno.
Definitivamente, no está preparado para la reacción de la gente al verle. O reacciones, porque oscilan desde el pasar por delante de él sin reconocerle, a echarse a sus brazos, pasando por quedarse mirando con distintos grados de sorpresa o desaprobación.
El abrazo más estrecho se lo da Molly Weasley. La mujer parece dispuesta a no soltarle, colgada de su cuello. Harry recuerda que la primera vez que la vio le pareció una matriarca formidable y ahora casi tiene que doblarse por la mitad para agacharse y dejarse abrazar.
— Molly, vas a tener que soltarle —escucha que comenta Sirius a su lado en un murmullo.
— Casi diez años, Harry Potter —le dice ella por fin, separándose y golpeando su pecho con el índice extendido.
— Lo siento, Molly.
— Deberías.
— ¿Harry?
Se da la vuelta, buscando a la voz familiar que le llama. Frente a él, Hermione le mira tapándose con un mano la boca por la impresión y la otra colocada sobre el voluminoso vientre.
— Hola, Hermione.
Nadie la ve venir, es sorprendentemente ágil para estar tan embarazada, y es otro dejavú: le rompe la nariz de un puñetazo, exactamente igual que a Malfoy en la escuela.
Se arma un poco de revuelo a su alrededor, Ron sujetando a su mujer que se queja de dolor en la mano, el mismísimo Malfoy, con el que la novia mantiene una gran relación, muerto de la risa a unos metros, Sirius sacándole de allí para llevarle al baño.
— Ven, siéntate —dice, ayudándolo a sentarse sobre un inodoro, los anchos hombros casi ocupando la totalidad de la pequeña cabina—. Levanta la barbilla, déjame que lo vea.
— No debí venir, Pads —susurra, conmocionado.
— Quédate quieto para que pueda... eso, así episkey.
Con un intenso crujido, su nariz vuelve a su sitio.
— Toma —Remus le tiende una bolsita con hielo, ni siquiera sabe en qué momento ha entrado al baño.
Harry la coge y los mira a los dos mientras limpian las manchas de sangre de su ropa. Sirius tiene el ceño fruncido y Remus parece simplemente cansado.
— Pequeño... creo que eso ha sido lo peor, ahora ya está todo tranquilo —intenta calmarle.
— ¿Nos dejáis un momento a solas, por favor? —pregunta una voz profunda a sus espaldas.
El ceño de Sirius baja todavía más y Harry sabe que está a punto de ponerse en modo protector. Mira a Remus y le hace un asentimiento con la cabeza, así que su compañero lo toma de la mano para llevárselo de allí. Pero Sirius es terco, antes de dejarse arrastrar de vuelta a la fiesta, se acerca, le pone la mano en la mandíbula y le besa, sin dejar de mirarle a los ojos.
— Estaremos ahí fuera —le recuerda—. ¿Sí?
Y no se mueve hasta que Harry le sonríe un poco y dice que sí en un bajo murmullo.
Sale despacio de la cabina, con la bolsa de hielo aún en la mano. Frente a él, los que en su día eran sus dos mejores amigos.
— Ni siquiera te había reconocido —es lo primero que comenta Ron—. Por un momento he pensado en cuando entramos en el ministerio, en Runcorn.
Aprieta los labios, sin saber qué decir. Junto a Ron, Hermione se sujeta la mano dolorida contra el pecho.
— Lo siento, Harry. Yo... no esperaba verte y así y con ellos ... ha sido todo... demasiado.
— ¿Tú mano está bien?
— Sí. ¿Tu nariz?
— Sirius lo arregló.
— Ya lo vimos... —responde ella, cruzando los brazos sobre el pecho, con la misma cara de molestia que en la escuela cuando no hacían los deberes.
— Hermione... —le reniega Ron con suavidad.
— ¿Qué? No podía creerlo hasta que lo he visto. Esos hombres podrían ser tus padres, Harry.
— ¿Eso es todo lo que tienes que decirme después de casi diez años? —cuestiona, controlando su temperamento a duras penas.
— Chicos, por favor —trata Ron de conciliar.
— Te marchaste. Ni una carta, ni una llamada, nada.
— Sabes muy bien porqué me fui y como estaba en ese momento.
— ¡Pero a ellos no los echaste de tu vida!
Harry lo siente, el calor conocido de su magia alterándose. Trata de respirar, de controlar su temperamento, pero el espejo sobre el lavabo comienza a vibrar.
— Disculpadme —les gruñe, y los rodea para salir del baño.
No mira a los lados, simplemente camina hacia delante evitando gente hasta estar en la calle y apoyarse en la fachada.
— ¿Estás bien?
Levanta la mirada y se encuentra con la última persona que esperaba.
— Lo estaré, necesito un minuto.
Malfoy se apoya junto a él y saca un cigarrillo.
— ¿Te importa?
Niega con la cabeza. En ese momento lo último que le molesta es un poco de humo.
— Imagino que Weasley no ha conseguido que Granger se calme.
— Hay cosas que no cambian —masculla, frotándose la cara.
— Bueno, tú evidentemente lo has hecho. Y no puedes gustarle a todo el mundo, créeme, lo sé por experiencia propia.
Lo mira por primera vez realmente. El hombre junto a él no es el chico con el que fue a la escuela, tiene otro aire y una mirada mucho más seria que su tono burlón.
— ¿Cómo te ha ido a ti estos años?
Malfoy se encoge de hombros y da una larga calada. Es indudablemente guapo, con un aire elegante y a la vez moderno, puede imaginarlo modelando para las revistas que venden en la tienda del pueblo en la que hacen la compra.
— No me quejo aunque tampoco echo cohetes. Claro que yo no tengo dos hombres maduros e interesantes esperándome en casa cada día.
No puede evitar una pequeña carcajada. A su lado, Malfoy da una última calada y se deshace de la colilla con un hechizo rápido. Se endereza y lo mira, más serio.
— Escucha, Potter. Has atravesado más mierda que toda la gente de ahí dentro junta, y aquí estás, has salido airoso y construido una vida. Si no pueden entenderlo, que les den. Disfruta de lo que tienes.
Y le da un par de golpecitos en el hombro antes de volver a entrar.
Las palabras de Malfoy le resuenan dentro las siguientes horas. No se había parado a verlo así, pero es cierto que es un superviviente. Lo ha perdido todo, incluida la vida y la humanidad, siempre mirando por los demás.
Por la noche, acostado entre sus compañeros, sabe que ellos tampoco duermen, puede notar su tensión.
— Os amo —les murmura.
Siente que el abrazo se estrecha. No lo ha dicho nunca en voz alta y se siente bien, mejor de lo que se esperaba.
— Lo sabemos —responde Sirius, acariciando su mandíbula.
— Y nosotros a ti —añade Remus desde su espalda, con la nariz acariciando su hombro y su cuello.
Cierra los ojos, con un suspiro relajado, y se permite visualizar el paisaje desde su porche. Unas horas más y estarán ahí de vuelta, en su vida en la reserva.
