LEGADO


LIBERTAD


Cuando el reloj de la planta baja sonó doce veces, Hinata salió de la cama. Naruto no había venido a su habitación, ni siquiera estaba segura de que estuviera en la casa.

Ojalá hubiera traído sus libros. Había esperado estar ocupada como esposa y pensó que no tendría tiempo para leer, pero descubrió que no tenía nada más que tiempo.

Recordó que en el estante medio de la oficina de Naruto, había libros. Se puso su bata de noche, aumentó la llama de la lámpara y se dirigió al pasillo oscuro y silencioso. Sosteniendo la lámpara en alto y cuidando cada paso que daba. Bajó las escaleras y caminó hacia el estudio de Naruto.

Abrió la puerta, y se quedó sin aliento al verlo sentado detrás de su escritorio. Él levantó la cabeza y, como una cierva que olía peligro, no pudo moverse. La lámpara de su escritorio estaba encendida, tan baja que gran parte de la habitación permanecía en las sombras. Las cortinas estaban corridas, así que las amplias ventanas le daban una visión de mil estrellas que centelleaban en el cielo nocturno.

Arrastró su silla por el suelo y se levantó. Ella agitó la mano.

—No, no te levantes. Lo siento. No quise molestar. No sabía que estabas aquí.

Él inclinó la cabeza.

—¿Necesitabas algo?

—No podía dormir y me acordé que vi algunos libros en los estantes. Pensé que podría pedir uno prestado.

—Tómalo tú misma.

Ella se lamió los labios secos.

—Menma te estaba buscando esta tarde.

—Sí, me encontró. Llegó su madera e iré a su casa el domingo para ayudarlo a construir un ala adicional. Puedes venir si quieres.

Pensó en Maggie, Menma y Tanahi. Pensó que disfrutaría pasar el día en su compañía, con personas que no siempre estaban enojadas.

—Me gustaría eso.

—Bien. ¿Cómo estuvo la visita de tu familia?

—Estuvo... bien. Bueno... — Ella caminó rápidamente hacia la estantería —...solo será un minuto.

—Tómate el tiempo que quieras.

Solo media docena de libros estaban parados en el estante. Las fundas estaban deshilachadas y gastadas. Levantó la lámpara más arriba hasta que pudo distinguir el título del primer libro: "Todo el arte de la ganadería". El libro ubicado a su lado se llamaba: "El práctico Husbandman".

Arrastró sus dedos sobre los lomos. Por el rabillo del ojo, vio a su esposo acercarse a ella.

—¿Has leído este? — le preguntó.

—Cada palabra — dijo, en voz baja, su aliento rozando su cuello.

—¿Lees libros sobre cómo ser un marido? — preguntó con asombro. Giró su cabeza para encontrarlo mirándola — No sabía — explicó — No sabía que se habían escrito libros sobre este tema. ¿Crees que alguien ha escrito un libro sobre cómo ser un ama de casa que yo pudiera leer?

Él rió. Profunda, ricamente. Con una amplia sonrisa, le tocó la mejilla con la punta de los dedos. El calor que se arremolinó a través de su cuerpo la sobresaltó, y retrocedió, su corazón latiendo con fuerza, su aliento atrapado en su garganta.

La sonrisa de su esposo desapareció, y regresó a su silla detrás del escritorio.

—Siéntete libre de leer cualquiera de mis libros.

Ella agarró "El práctico Husbandman"... seguramente el consejo ofrecido a un esposo se aplicaría también a una esposa. Sujetando el libro contra su pecho, corrió por la habitación y se detuvo en la puerta. Tragó saliva antes de mirar por encima del hombro a su marido. Él la estaba mirando, pero no quedaba humor en sus ojos azules.

—Eh... ¿vendrás a la cama pronto?

—¿Quieres que vaya? — preguntó.

Apretó sus dedos alrededor del libro. ¿Le estaba dando una elección real o solo otra ilusión?

—Preferiría que no lo hicieras.

—Entonces no lo haré — Metió la pluma en el tintero y comenzó a garabatear en sus libros de cuentas, descartándola en el proceso.

—Gracias.

Corrió por el pasillo y escaleras arriba hasta su habitación. Poniendo la lámpara sobre la mesita de noche, se quitó la bata y se deslizó debajo de las sábanas. Se puso las almohadas detrás de la espalda, levantó las rodillas y abrió el libro, anticipando todos los secretos que se despejarían.

Pero en realidad, no era la llave que había esperado.

La luz del sol de la mañana entraba por la ventana ubicada al final del pasillo, y Naruto estaba parado frente a la puerta de su habitación, sabiendo simplemente que tenía el derecho de entrar a la habitación, sabiendo que era un derecho del que no haría uso. No todavía, de todos modos.

Odiaba el miedo que veía en los ojos de su esposa cada vez que lo miraba. Las pocas veces que la había tocado, el miedo se había intensificado. ¿Qué demonios pensó ella que él iba a hacer: destrozarla?

Despreciaba la forma en que abría la puerta y miraba hacia afuera como si temiera lo que podría encontrar al otro lado, pero de todos modos golpeó. Abrió la puerta, y él contuvo su frustración ante la aprensión reflejada en sus ojos.

—Enviaré a uno de mis hombres a la ciudad esta mañana para recoger suministros. Si me das una lista de lo que necesitas, haré que los recoja por ti.

—Oh, gracias. Solo será un momento.

Corrió hacia el escritorio y arrancó un papel de un cuaderno. Suponía que tenía un diario. Sabía tan poco de ella, pero descubrió que le gustaba la forma de su trasero cuando se inclinó y comenzó a escribir en la hoja de papel. Se enderezó y giró antes de lo que hubiera deseado. Vacilante, sostuvo el papel hacia él, que lo tomó de su mano.

—Gracias — dijo en voz baja.

Él odiaba también su gratitud. Salió de la casa y cruzó el patio hacia donde un joven estaba esperando al lado del carro. Extendió la hoja de papel hacia Pete.

—Necesito que traigas esto para mi esposa.

Pete bajó la vista y comenzó a patear el suelo con la punta de su bota.

—Vamos, muchacho, no tengo todo el día — Naruto sacudió la lista debajo de su nariz. — Toma la lista y vete.

Pete levantó la mirada, su rostro pecoso más rojo que el cabello cubierto por su sombrero.

—No puedo leer.

—¿Qué quieres decir con que no puedes leer? Te doy una lista todas las semanas, y la llevas a la ciudad y recoges mis suministros.

Pete cambió su postura.

—Nah, señor. Cookie me lee la lista. Memorizo todo, pero no sabía que iban a tener otra lista para mí, y Cookie salió con la manada hoy, pero puede decirme qué escribió y lo recordaré. Tengo buena memoria.

Naruto pensó que más de la mitad de sus hombres probablemente no sabrían leer. Eran hombres inteligentes de los que podía depender para hacer el trabajo, y ese trabajo rara vez requería la lectura. Su hijo necesitaría un tutor, si la ciudad no tuviera una escuela dentro de unos años. Naruto se encargaría de que el tutor también le enseñara a cualquiera de sus hombres que quisiera aprender. Mientras tanto, harían lo mejor posible con lo que tenían.

Naruto desdobló la lista de Hinata y miró la única palabra que había escrita.

Pete se aclaró la garganta.

—¿No lees bien?

Naruto se encontró con la mirada seria del joven.

—No, leo bien, pero esto es algo de lo que tendré que ocuparme. Irás a la ciudad y conseguirás los suministros que necesito.

—Sí señor.

Hasta que Pete se subió a la carreta y comenzó a rodar hacia la ciudad, no se atrevió Naruto a mirar la lista de su esposa nuevamente. Sacudió la cabeza con desconcierto, preguntándose si alguna vez entendería cómo funcionaba la mente de una mujer, convencido de que nunca entendería a su esposa.

Se dirigió a la casa, buscando en todas las habitaciones, seguro de que ya no estaría en su habitación. Estaba vestida cuando llamó a su puerta antes. Seguramente ella no se quedaría en su habitación todo el día.

Pero cuando llamó a la puerta de su dormitorio, le abrió tan vacilante como siempre. Él levantó su lista.

—¿Flores? ¿Querías que mi hombre fuera a la ciudad y te comprara algunas flores?

Ella parpadeó, cruzando sus manos como si estuviera a punto de rogar.

—Estaba pensando que podría recogerlos en su camino de regreso al rancho.

—¿Por qué no puedes hacerlo tú?

Sus ojos perlas se abrieron con alarma.

—Porque están afuera.

—Sé dónde están las flores.

—No me permiten salir. Los peligros...

—¡Jesucristo! ¿Estabas prisionera en la casa de tu padre?

Las lágrimas brotaron de sus ojos.

—Antes me ocupaba de mi madre. Aquí... mi padre pensó que era mejor para mí permanecer adentro. Dijo que había peligros. Renegados. Forajidos. Una mujer no estaba a salvo en ningún lado.

Naruto se pasó repetidamente el pulgar y el índice por la mandíbula, tratando de dar sentido a lo que acababa de escuchar.

—¿Te has estado quedando en esta habitación todo el día?

—¿Hay otra habitación en la que debería quedarme?—Preguntó mientras asentía.

Él cerró los ojos con fuerza. No solo le tenía miedo a él. Le tenía miedo a todo. Dios mío, ¿podría haberse casado con una mujer que fuera más opuesta a él?

Lanzando un suspiro, abrió los ojos.

—No tienes que quedarte en ninguna habitación. No tienes que quedarte en la casa. Si quieres flores, sal a buscarlas.

Se veía horrorizada.

—Pero... ¿y los peligros?

—No estarás sola aquí. Mis hombres están cerca. Si los necesitas todo lo que tienes que hacer es gritar. Estarán a tu lado antes de que cierres la boca, así que ve a buscar tus flores.

Él se dio vuelta para alejarse.

—¿Dónde estarás? — le preguntó.

—Controlando la manada — Deseó no haber visto el alivio surgir en sus ojos.

Hinata estaba de pie en la terraza delantera, disfrutando de la sensación de la cálida brisa que se deslizaba por su cabello, liberando suavemente los mechones de su moño. Inhaló profundamente e imaginó que podía oler la libertad. La libertad de deambular de la casa al establo, de caminar por los campos que se encontraban más allá de la casa.

Podía oír el ruido constante de hierro contra hierro. Salió del porche y caminó hacia el cobertizo al otro lado del granero. Un hombre movía un fuelle para calentar las brasas.

—Hola — le dijo en voz baja.

Él giró su oscura mirada hacia ella. Tenía una constitución poderosa, su piel negra brillaba por el trabajo.

—Señora.

—Solo estaba dando un paseo — le dijo.

—Es un buen día para eso, ocho meses más o menos y será demasiado caluroso para disfrutar.

Ella mordió su labio inferior.

—Creo que te vi en la boda, pero no recuerdo tu nombre.

—Sansón.

Ella se sonrojó tímidamente al ver sus músculos tensarse contra su camisa, el brazo colgando a su lado que todavía parecía agarrar algo.

—¿Sansón? El nombre te queda bien.

—Sí, señora, eso es lo que pensó mi amo cuando me nombró.

—¿Eras un esclavo?

—Sí, señora, lo fui.

Su mirada se deslizó hacia la tierra abierta que se extendía hacia el horizonte.

—La libertad es un poco aterradora, ¿verdad, Sansón?

—Sí, señora, seguramente lo es, pero trae consigo una medida de gloria. Recuerdo la primera bocanada de aire que tomé como hombre libre. Su olor. Pensé que olía mucho más dulce que cualquier cosa que hubiera respirado alguna vez antes.

Ella juntó sus dedos.

—Estaba pensando en recoger algunas flores.

—Haga eso, y cuando llegue donde las flores son más coloridas, párese un momento y respire profundamente.

Ella sonrió tímidamente.

—Voy a hacerlo. Gracias.

Caminó por el costado del establo justo cuando otro hombre estaba saliendo del granero. Recordó su nombre porque había estado esperando junto al alambre de púas por su decisión.

—Hola, Shikamaru —dijo vacilante.

Se detuvo rápidamente y se quitó el sombrero.

—Señora Uzumaki.

Hinata sintió un nudo en el estómago. Pensó que nunca se acostumbraría a recibir ese nombre.

—¿Está belleza dentro del establo?

—No, señora. Se la llevé a Menma.

La decepción se apoderó de ella. Le había gustado mucho el caballo.

—¿Quiere que ensille otro caballo para usted? — Preguntó Shikamaru.

Hinata negó con la cabeza.

—No, hoy voy a caminar. Gracias.

—Bueno, hágame saber si quiere montar, y le encontraré un caballo.

—¿Estás casado?

Su cara se sonrojó.

—No, señora.

—¿Hay aquí alguien casado?

—Naruto está casado, pero creo que usted lo sabía.

Él sonrió como si estuvieran compartiendo una broma privada.

—Sí, lo sabía — agitó la mano ante ella, señalando el horizonte.— Iba a salir y recoger algunas flores. ¿Cree que es seguro?

—Oh, sí, señora. Solo tenga cuidado con los agujeros de los perros de las praderas. No querría que se tuerza un tobillo.

—Gracias por la advertencia.

Caminó entre los altos pastos de la pradera, disfrutando de la sensación del sol calentando su rostro.

Antes de su accidente, su madre había cuidado un jardín de flores, cuando lo hacía, eran las únicas veces que parecía estar realmente en paz. Habían pasado años desde que Hinata había pensado en el jardín de su madre, en su dulce voz mientras tarareaba acariciándolas, en la fuerte fragancia de la tierra recién revuelta en las manos de su madre y en las hermosas flores que siempre adornaban cada habitación.

Hinata se inclinó y arrancó una flor silvestre. Se preguntó si a Naruto le importaría si plantaba flores cerca de la galería. Seguramente no, si no le importaba si caminaba más allá de la casa.

Miró por encima del hombro. La casa no estaba tan lejos como para no poder verla. Todavía podía oír el martilleo constante del herrero mientras trabajaba.

Como si fuera una niña, se sentó en el suelo, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Había pasado largas horas leyéndole libros a su madre, que la habían llevado a todas las partes donde no se le permitía ir, mientras también llevaba a su madre a lugares donde ya no podía ir.

Después de que su madre murió, Hinata había seguido refugiándose en sus libros. Había sido más fácil que tratar de ir más allá de los límites que su padre había establecido a lo largo de los años.

Hasta que se casó con Naruto, se había sentido satisfecha con una vida que giraba más en torno a la ficción que a la realidad. Pero ahora se preguntaba qué pudo haber pasado por alto, qué había más allá de su pequeño mundo.

Solo sabía que no tenía ninguna habilidad cuando se trataba de hablar con su marido. Cada vez que miraba sus claros ojos azules, su corazón se aceleraba, sus palmas se humedecían, y su respiración lentamente se reducía a nada.

Si él no pareciera siempre estar tan enojado.

—Bueno, ahora, ¿Qué estás haciendo?

Abrió los ojos y fue saludada por la sonrisa de Kawaki que se acuclillaba a su lado. Tenía ojos grises hermosos. Ella levantó su flor solitaria.

—Estaba recogiendo flores.

—Hay otras más bonitas, más allá — Se puso de pie y estiró su mano hacia ella — Ven.

Ella deslizó su mano en la suya, y él la ayudó a ponerse en pie. Cuando comenzaron a caminar, su mano permaneció acurrucada dentro de la suya. Deseó poder sentirse tan cómoda con su esposo.

Oyó un pequeño ladrido. Echó un vistazo alrededor, pero no pudo ver ninguna señal de un perro. El sonido volvió, un pequeño quejido.

Kawaki soltó su mano y sacó su arma de la funda.

—¿Qué es? — preguntó.

—Un perro de las praderas — dijo mientras aceleraba el paso — Quédate aquí.

Nunca antes había desobedecido la orden de un hombre, y no sabía qué era lo que la poseía para desobedecer ahora... tal vez fue el llanto lastimoso que se parecía tanto a un niño herido o el hecho de que

Kawaki le recordaba tanto a Shinki, que todavía no había podido pensar en él como en un hombre.

Vio al pequeño animal marrón, antes que Kawaki, gimiendo y con su lengua saliendo de su largo hocico para lamerse la pata.

—Oh, no — susurró mientras corría hacia adelante, se arrodillaba junto a la pequeña criatura y estudiaba la trampa de hierro que había capturado su pata — ¿Quién haría algo así?

Kawaki se agachó junto a ella.

—Ve de regreso a la casa. Lo sacaré de su miseria.

Ella giró la cabeza.

—No creo que su pata esté rota. Su hueso no está asomado como lo hizo el de Indra cuando Naruto le rompió el brazo.

—¿Qué tiene que ver eso con algo? — preguntó Kawaki.

Hinata frunció el ceño.

—Si puedes separar los lados metálicos, podría sacar su pata de la trampa. Entonces podría llevarlo a la casa y cuidar su herida.

Kawaki podía hacer poco más que mirar a la mujer.

—Es un perro de las praderas — le recordó.

Cautelosamente, ella pasó sus dedos sobre su cabeza.

—Es solo un bebé. Por favor, ayúdalo.

Hime lo miraba con tanta esperanza en sus grandes ojos perlas, que no podía hacer lo que sabía que debía hacer. Deslizó su arma en la pistolera. Gracias a Dios, estaba casada con su hermano y no con él. Naruto podría romper su corazón. Kawaki no lo haría.

Cerca del anochecer, Naruto detuvo su caballo frente al establo. Las flores que había juntado del suelo en el camino, se habían marchitado en su mano. Desmontó, tratando de decidir si su esposa las querría de todos modos.

—¿Jefe? — Se volvió hacia la irritada voz de Shikamaru. — Tenemos problemas — dijo el hombre.

Naruto suspiró, para nada sorprendido. Uno de sus pozos se había secado y tenía ganado muriendo en el extremo norte.

—¿Qué tipo de problema?

—Un perrito de las praderas. Kawaki llevó a tu mujer a caminar, y encontraron un perro de las praderas. Él la dejó que lo conservara.

—¿Qué él qué?

—Él la dejó llevarlo a la casa para curarlo. Dijo que iba a darle leche. ¿Alguna vez oíste algo así? Le garantizo que no les sentará bien a los hombres. Pensé que debía saberlo.

Las flores cayeron de su mano.

—Encárgate de Satanás, ¿quieres?

—Te desharás de ese perro de la pradera, ¿no? — Preguntó Shikamaru.

—Me desharé de eso, por supuesto.

Casarse con una mujer que no conocía, no había sonado como una mala idea hasta que lo hizo. ¿Qué diablos podría querer con un perro de las praderas?

Naruto se dirigió hacia la casa. Kawaki se sentó en los escalones, con una larga pierna estirada delante de él y la otra sirviendo como lugar de descanso para su violín mientras tocaba las cuerdas.

Se detuvo frente a su hermano, quien inclinó la cabeza hacia atrás, y sus ojos grises parecían tan inocentes como los de un bebé recién nacido.

—Dime que vamos a preparar un guiso de perrito de las praderas — ordenó Naruto.

Kawaki sonrió.

—Estaría mintiendo si dijera eso. Hace mucho aprendí que mentir solo trae problemas.

—Entonces, ¿Qué demonios estabas pensando para dejarla traer a un perro de las praderas a la casa? — gritó Naruto.

Kawaki levantó un hombro en un medio encogimiento descuidado.

—Ella no es mi esposa. No creía que fuera mi deber decirle que no podía quedarse con él. Pensé que era tu obligación tomar esa decisión.

—No hay decisión que tomar. Un perro de las praderas no es una mascota. Es un rufián.

—¿Vas a decirle eso?

—Maldita sea, lo haré.

—¿Vas a decirle que no puede quedárselo?

—Demonios, sí, voy a decirle que no puede quedárselo.

Kawaki negó con la cabeza.

—Seguro que no me gustaría entrar a la casa en tus botas.

—No podrías, aunque quisieras. Tus pies son demasiado grandes. ¿Dónde está ella?

—La última vez que la vi, estaba en la cocina.

Marchó por la casa y entró a zancadas en la cocina.

Con la criatura retorciéndose en su regazo, Hinata se removió en una silla de respaldo recto. Y levantó la cabeza.

—Oh, gracias a Dios — dijo en un suspiro apresurado con obvio alivio.

La ira desapareció de él al ver su hermoso rostro sin miedo en sus ojos.

—Aquí — dijo mientras se levantaba y sostenía al bribón hacia él. — Abrázala.

—¿Qué?

—Abrázala — repitió mientras empujaba al animal en sus manos, lo agarraba del brazo y lo acercaba a la silla — Siéntate.

Aturdido por la urgencia en su voz, Naruto se sentó.

—Limpié su herida y le puse ungüento, pero estaba teniendo un momento terrible tratando de envolver su pata — explicó mientras recogía una tira de lino blanco del suelo — Sostenle su pata para que yo pueda vendarla. De lo contrario, se lamerá el ungüento.

Naruto luchó por mantener inmóvil al animal mientras Hinata enrolló una buena sábana limpia, alrededor de su herida.

Sus manos de repente se aquietaron, y lo miró.

—Alguien puso una trampa en tu tierra. ¿Qué clase de persona cruel haría eso?

La culpa le hizo aclarar la garganta.

—Alguien que reconoció que un perro de las praderas es peligroso.

Sus manos una vez más se detuvieron.

—¿Cómo ella puede ser peligrosa?

—Porque viven bajo tierra y hacen agujeros en la pradera. Un caballo mete una pata en ese agujero, y por lo general se rompe la pata y tiene que recibir un disparo.

—Entonces el hoyo es el peligroso, no el perro de las praderas.

—Es como decir que un arma es peligrosa, no el hombre que la sostiene.

—No es lo mismo para nada — terminó de envolver el vendaje alrededor de su pata.— Kawaki pensó que debería llamarla Problema, pero me gusta el nombre Preciosa. ¿Qué piensas?

Pensó que podía acostumbrarse a mantener una conversación con ella sin que estuviera aterrada, pero primero tenía que lidiar con esta tarea desagradable.

—Los perros de las praderas son el peor enemigo de un vaquero. No puedes quedártelo.

—¿Por qué? Voy a mantener a Preciosa conmigo. No la dejaré cavar ningún agujero.

—Necesito sacar al perro de la pradera de aquí.

Ella agarró al animal de sus manos y se escabulló a una de las esquinas de la cocina, se acuclilló encorvándose sobre el perro, como para protegerse a sí misma y al animal.

—¿Qué vas a hacer con ella? — le preguntó, la aprensión en sus ojos.

El perro lanzó un aullido agudo. Naruto no pudo decirle a la mujer que iba a dispararle al bribón. Se puso de pie con tanta fuerza que la silla se tambaleó y cayó de costado. Su esposa se estremeció.

—Haré una maldita correa, pero si se quita la correa, no seré responsable por eso.

Naruto salió disparado por la puerta de la cocina en la parte trasera de la casa y se dirigió al establo. Tiró de las riendas de la pared y caminó hacia la sala de trabajo en la parte posterior del edificio. Puso las tiras de cuero en la mesa llena de cicatrices, desenvainó su cuchillo y comenzó a cortar.

Si alguna vez tenía hijas, iba a enseñarles cómo lidiar con un mundo difícil. Podían maldecir, masticar tabaco y beber como un hombre por lo que a él le importaba, pero seguro que no iban a ser criaturas temerosas con miedo hasta de sus propias sombras o de las voces de sus maridos.

Escuchó los pasos amortiguados y talló más profundamente en el cuero.

—¿Así que le diste la noticia? — preguntó Kawaki mientras se inclinaba contra la puerta.

—Sip — respondió a través de sus dientes apretados, mientras perforaba un agujero desigual en el cuero con la punta de su cuchillo.

—¿Cómo se lo tomó? — le preguntó.

—Ella lo tomó muy bien.

Kawaki negó con la cabeza.

—Desearía tener tu habilidad con las palabras. No podría pensar en una forma de decírselo sin romperle el corazón.

Entró en el cuarto de trabajo y miró por encima del hombro de Naruto.

—¿Qué estás haciendo?

—Trabajando.

—Puedo ver eso. Pero... ¿Qué estás haciendo?

Naruto apretó la mandíbula hasta que le dolió.

—Una correa.

—¿Una correa? ¿Para qué? Es tan pequeña... ¡Dios mío! Estás dejando que se quede.

Naruto giró y blandió el cuchillo frente a la cara de su hermano.

—No digas otra palabra. Ni una sola palabra. Si valoras tu piel, te borrarás esa sonrisa estúpida de la cara y te largarás de aquí.

Levantando las manos, Kawaki comenzó a retroceder.

—No soñaría con decir nada.

Pero cuando se perdió de vista, su risa resonó por todo el granero.


CONTINUA