Hay personas a las que les tienta el alcohol, a otras el tabaco. A mi me tientan las gominas y las contis, que le hago, soy una fácil. Un poquito más de historia para ver a Draco y de paso a nuestros tres de las Highlands. Y cierro esto, palabrita.

==o0o==

Después de tirar el cigarrillo, se adentra en la fiesta de nuevo, haciendo un hechizo para disimular el olor. Los busca con la mirada, sabe que él la estará consolando. Sonríe para sí porque acaba de aconsejar a Potter que los mande a todos al diablo, a sabiendas de que igual se gana otro puñetazo por eso.

Se acerca, despacio, con las manos en los bolsillos y aire despreocupado. Su relación familiar ha hecho que se sienta cómodo entre Weasleys y demás en los últimos años, su prima y él han desarrollado un vínculo muy estrecho desde la guerra y, a pesar de su apariencia indolente, ha sido uno de los pilares de Tonks desde que su marido se marchó. El otro es ese pelirrojo con pinta de bonachón con el que su sobrino juega en ese momento, ajeno al drama familiar.

— ¿Está bien? —pregunta en voz baja a otro pelirrojo, situándose cerca pero sin invadir su espacio personal.

— Creo que sí, aparte de lo de la mano.

— Se ha pasado veinte pueblos.

— Lo sé. Yo también estoy impresionado, pero lo entiendo. Entendí que se fuera y entiendo que no quiera volver. Pero ella… bueno, ya sabes.

— Claro que lo sé.

Hace ademán de alejarse, porque el pelirrojo últimamente parece incómodo hablando con él en público.

— Draco —le dice cuando ya ha dado tres pasos—. ¿Vienes luego?

Se gira y, por primera vez en toda la conversación, lo mira a la cara.

— ¿Quieres que vaya?

— Te necesita. Tú… la entiendes mejor.

Por un momento Draco se pregunta en qué momento se ha convertido su vida en eso, discutir con la persona más terca del mundo y luego masajearle los pies. En qué momento en lugar de buscarse un maduro interesante como Potter ha acabado metido en una situación con la que ninguno está cómodo pero de la que no acaban de salir. No hay frivolidad que pueda disimular el efecto que tienen esos ojos azules cuando le piden ayuda. Ha tratado de alejarse mil veces, pero no hay manera, siempre acaba como en ese momento diciendo que sí.

Esa noche cuando se aparece en el salón de la pequeña casa, se encuentra a Hermione sola, sentada en bata con una taza entre las manos. Libre de aparentar nada, se deja caer junto a ella con un suspiro y la besa en la mejilla. Desde que está embarazada, algo con lo que Draco aún no ha conseguido lidiar, su dinámica ha cambiado, hay más conversación y cero sexo. Y el problema no es la falta de sexo con ella, es lo destructiva que suele ser la conversación.

— ¿Y Ron?

— En la ducha. Creo que te está esperando —le responde con sequedad.

— ¿Por qué estás molesta conmigo? —pregunta, aunque ya debería haberse acostumbrado al tono desagradable.

Ella bufa. Es algo que hace muchas veces cuando está frustrada y no sabe sacar sus emociones hacia afuera, un rasgo que las hormonas del embarazo están potenciando.

— ¿No has venido a eso?

— He venido porque tu marido cree que me necesitas, pero ¿sabes qué? —le contesta poniéndose de pie—, igual es mejor que me vaya a mi casa. No soy tu psicólogo ni la puta de Ron y estoy bastante harto de que me trates así.

— Espera, Draco —le pide, estirando la mano para cogerlo de la muñeca.

Él se suelta con cuidado y le da la espalda. Así empezó todo, unos años atrás, ella parándolo en un evento familiar para pedirle su opinión sobre una cuestión política en una discusión con su suegro, como si no tuvieran un pasado sin cerrar. Ron confesándole meses más tarde, después de armarse de valor con varias cervezas, que su entonces novia tenía una fantasía y él quería regalársela.

Lo que había empezado medio en broma medio en serio, para darle a Hermione el capricho de ver a su novio con un hombre, había derivado en un sinsentido en el que Draco siempre sentía que tenía todas las de perder. Porque no sabía decir no.

— No puedes tratar así a la gente, Hermione. Lo que le has hecho hoy a Potter ha sido injusto y estoy seguro de que lo sabes pero tu orgullo te impide reconocerlo. No te he visto acercarte a disculparte, pero tampoco te has disculpado conmigo o con Ron cada vez que nos has hablado mal estos meses.

— Son las hormonas —farfulla ella, dejando la taza sobre la mesa.

— Las hormonas te sirven de excusa para todo. Pues oye, que te las aguante el que te ha preñado, que al fin y al cabo para eso te casaste con él. Yo me voy a mi casa porque mañana se casa mi prima y tengo que seguir aparentando ser un muñeco vacío para darte argumentos para meterte conmigo. Eso sí, luego no me pidas que se la chupe a Ron porque tú no tienes ganas. Igual es el momento de hacer como Potter y buscarme dos papis que me cuiden y me empotren bien, porque es para lo que valgo, ¿no?

Y va a hacer una salida dramática de la habitación, muy en su estilo, pero se encuentra bajo el marco de la puerta con Ron. Tiene los pantalones del pijama puestos y la parte de arriba en la mano. El pelo anaranjado aún gotea un poco y a Draco se le van los ojos al pecho fuerte y a la barriga cada vez menos musculosa, su parte preferida para apoyar la cabeza cuando descansan después del sexo.

— ¿A dónde vas?

— A casa, Ron —responde más bajo y menos frívolo, porque con él le cuesta ser así, y más viéndolo tan… abrazable.

— ¿Qué ha pasado? —pregunta el pelirrojo, acabando de vestirse y sujetándolo con cuidado del brazo.

— Draco ha decidido que prefiere poner el culo para dos hombres de la edad de su padre —responde su mujer, sin un atisbo de humor en la voz.

Ron los mira a los dos sin entender. Draco se suelta y se gira solamente para decir la última palabra justo antes de desaparecer.

— ¿Sabes qué, Hermione? Vete a la mierda.

==o0o==

Esta vez es Potter el que se acerca. Draco está sentado a solas con una copa de vino en la mesa en la que han comido mientras la gente baila. Ha conseguido disimular bastante bien su estado de ánimo, fiel a su personaje, pero llegados a ese punto ha bebido demasiado y está muy cerca de echarse a llorar viendo bailar a Ron y Hermione.

— Tienes cara de necesitar un cigarrillo —le dice Potter con esa nueva voz grave y profunda que gasta.

— Necesito muchas cosas. Pero sí, quizá sea una buena idea.

Se tambalea un poco al levantarse, pero disimula, es el rey del fingimiento. Ya en la calle, enciende un cigarrillo y aspira la mitad de golpe. Luego empieza a toser, por supuesto, y está a punto de vomitar todo lo que ha bebido.

Potter desaparece un momento y cuando vuelve lleva un gran vaso de agua que le tiende sin decir nada. Draco bebe un par de sorbos y respira hondo, apoyado contra la pared.

— ¿Parezco tan patético como me siento ? —pregunta, extrañamente cómodo con el gran hombre callado.

— No te conozco como para opinar, pero creo que igual es buena idea irse a casa.

Draco cierra los ojos y se apoya contra la pared.

— Odio irme a casa solo.

— Y también odias estar ahí dentro. Hasta yo he visto como mirabas a Ron y Hermione, Malfoy.

— Larga historia de mierda. Dime una cosa —plantea, fumando aún con los ojos cerrados a ver si el mundo deja de dar vueltas y de paso no tiene que ver en la cara de Potter un rictus de rechazo—. ¿Los quieres a los dos igual?

— No creo que eso sea posible.

Abre los ojos y lo enfoca. Potter tiene un gesto concentrado, un poco ceñudo, y se rasca la barba, pero cero rechazo o juicio.

— ¿Cómo funciona entonces?

— Ellos son diferentes para mí. Los quiero a los dos, pero no de la misma manera, no sé si me explico.

— Sí.

— ¿Necesitas que te acompañe a casa?

Intenta bromear y poner una sonrisa torcida y volver a su tono burlón de siempre.

— ¿No tienes suficiente con tus maduritos?

Por primera vez desde la tarde anterior ve la cara de Potter relajarse y un amago de sonrisa, junto a un brillo travieso en los ojos que siguen siendo increíblemente verdes.

— Puedo pedirle a alguno de los invitados que te acompañe a casa en ese caso. He visto al menos dos con ganas de acercarse y ofrecerse.

— Necesitas volver a llevar gafas, Potter.

— Y tú mirar a tu alrededor. Vamos, Malfoy, ¿dónde está el hombre seguro de sí mismo de ayer?

— Me lo dejé en casa de tus amigos.

Potter guarda silencio y Draco piensa si acaba de pasarse de frenada con la respuesta, al fin y al cabo por muy cabrona que haya sido Hermione, siguen siendo sus amigos. Va a abrir la boca para disculparse cuando otra voz, más grave aún, le interrumpe.

— Tonks dice que van a cortar la tarta.

Atina a ver una sonrisilla en la cara de Potter justo antes de que asienta y desaparezca, dejando al pasar una palmada en el hombro del exministro.

A Draco le intimida Kingsley, a pesar de que es uno de los mejores amigos de su prima y su jefe. Es tan alto, tan… hombre. Y tan serio.

— ¿Va todo bien, Draco?

No puede evitar un calorcillo subiéndole por el vientre al escuchar su nombre, esa voz…

— Sí, sí, ya entro.

Espera que el gran hombre de media vuelta y se marche, no es que sean cercanos precisamente y ya ha sido educado interesándose, pero en lugar de eso se apoya en la pared en el lugar que ha dejado Potter.

— Hace buena noche —comenta, sacando un pañuelo para secarse la cabeza rapada.

Draco respira hondo, intentando que el estómago deje de temblarle, pero lo que consigue es llenarse del olor del hombre que está apenas a un brazo de distancia. Maldice a todos los magos ancestrales porque, además de tener una voz increíble, huele espectacular. Y porque, por una vez en los malditos últimos años, no está comparando con el pelirrojo que seguramente siga bailando dentro con su mujer. Con un suspiro, decide cortar los peligrosos pensamientos y se separa de la pared en la que está apoyado con muy poca dignidad.

— Yo creo que me voy a ir a casa ya —comenta sin mirarle—. ¿Me despides de mi prima?

— ¿He dicho algo que te moleste? —pregunta Kingsley, sujetándolo del codo cuando se tambalea al dar un par de pasos.

— ¿Qué? no, claro que no. Estoy borracho y triste, Shaklebolt. El que puede que diga cosas inadecuadas soy yo.

— Creo que no estás en condiciones de irte solo a casa.

No tiene energía ni para negarse. Deja que el auror lo desaparezca, sin pararse a pensar en cómo sabe dónde vive. Pero claro, es un auror y él un exmortífago vigilado, ¿no?

Le viene justo para abrir la puerta y correr hasta el baño para evitar vomitarse los pies y acabar de perder del todo la dignidad. Durante unos momentos infinitos, expulsa la cena, el vino y la tristeza mientras la gran mano morena le sujeta la frente.

Pasa por el proceso de lavarse la cara y los dientes sin mirar a Kingsley, que le observa callado desde la puerta.

— Gracias —le dice por fin, aún sin mirarle.

Y hace ademán de salir, pero el gran hombre no se aparta de la puerta.

— Puedo quedarme si necesitas hablar.

— ¿Por qué? —se anima a preguntar por fin, levantando los ojos para mirarlo— Si quieres follar no tienes que andarte con remilgos. Total, ya que más da.

— Hablar, Draco. Sigues sin estar en condiciones de estar solo.

Si hay una cosa que a Draco le desarma, es que sean amables con él cuando está frágil. Le pasó con su prima cuando le escribió después de su juicio para ofrecerle verse, que se echó a llorar y tuvo que esconderse para que su madre no le viera desmoronarse. Porque no está acostumbrado a recibir amabilidad, seguramente por eso se enganchó en su día a Ron, porque el pelirrojo es la bondad hecha persona. Así que vuelve a ocurrir, lo poco que queda de su fachada de hombre frívolo y mordaz se desmorona cuando se echa a llorar con la cara contra el pecho del auror, que lo abraza con cuidado y lo deja llorar sin decir nada.

— Lo siento —se disculpa al cabo de un rato, al darse cuenta de que ha malogrado la camisa de Kingsley.

— Se lava. ¿Te sientes mejor?

Asiente, aunque es incapaz de mirar más allá de la mancha en el pecho fuerte. Por Merlín, ¿siempre ha sido tan alto ese hombre?

— ¿Un té?

— Bien.

Y se aparta para dejarle salir por fin del baño.

En la cocina, Kingsley se sienta en una de las sillas que rodean la pequeña mesa redonda y lo observa mientras Draco se mueve preparando las tazas y poniendo la tetera.

— Tonks se va a enfadar cuando vea que los dos nos hemos ido.

— Ella me mandó a buscarte.

Lo mira interrogante, la respuesta parece contener más de lo que parece a primera vista.

— Lleva meses animándome para que te pida una cita. Yo creo que soy muy mayor para ti, pero… bueno, ver a Harry con Sirius y Remus, pues…

A Draco le resulta increíblemente tierno ver al curtido auror prácticamente tartamudear por él.

— A ellos les funciona.

— Yo… no estoy aquí por eso, no trato de llevarte a la cama. Realmente parecías necesitar compañía.

La pregunta sale sola, porque es evidente para alguien tan observador como él.

— ¿Quién te ha roto el corazón, auror?

Y por un rato se olvida de sus propias penas mientras escucha las de Kingsley.

==o0o==

La noticia del nacimiento de la hija de Ron y Hermione le llega estando en el trabajo, en su oficina en el laboratorio que lleva el nombre de su padrino. En el fondo es un sentimental, y la nota escueta que trae la lechuza se lo recuerda.

"Estamos en San Mungo, todo bien. Ven, por favor.

R."

No los ha visto desde el día de la boda. Se ha resistido a base de trabajar mucho, pasar tiempo en casa de su tía que anda tristona porque su nieto está en Hogwarts y su hija y su nuevo yerno en medio de un viaje de novios larguísimo, y quedar con Kingsley.

El auror no ha dado ni un paso hacia delante, sus citas son platónicas. Hablan, mucho, van a museos o al teatro. Ha descubierto que le gusta cantar, tiene una voz de tenor muy agradable. Y es un gran comedor que se mantiene en forma haciendo algo tan muggle como salir a correr.

Le gusta. Tienen gustos parecidos, una vez pasada la timidez inicial tiene un gran sentido del humor y, sobre todo, le hace sentir bien consigo mismo sin necesidad de grandes demostraciones de afecto. Algo tan simple como pasar a recogerlo por el ministerio y caminar juntos por la calle sin preocuparse por nadie le hace feliz.

Mira la nota de Ron sin saber qué hacer. Por un lado, le parece mal no ir, pero por otro lado teme recaer, se ve a sí mismo como un adicto que necesita mantenerse lejos de sus drogas.

— ¿Draco?

Desde el marco de la puerta su socia lo mira interrogante.

— Llevo llamándote un rato.

— Perdona, Pans. ¿Decías?

— Que se te hace tarde.

Mira su reloj de pulsera y da un pequeño brinco en la silla, efectivamente se le hace tarde.

— Saludos a tu auror —le despide Pansy desde el pasillo mientras él sale apresuradamente para aparecerse en el vestíbulo del ministerio.

Cuando llega a la fuente del vestíbulo, encuentra a Kingsley hablando con su prima.

— ¿Qué tal la vuelta a la vida real? —le pregunta, besando su mejilla.

— Calla, calla —responde Tonks, tocándose la cabeza como si tuviera una enorme resaca—. Y evento familiar a la vista. Enhorabuena, por cierto.

Draco la mira extrañado, sin comprender.

— Charlie dice que quieren que seas el padrino de Rose.

Siente como se le cae la sangre a los pies.

— No me han dicho nada —murmura.

— Ups, me he cargado la sorpresa —prosigue Tonks con una sonrisa pilla, ignorante de lo que pasa por la cabeza de dos de sus personas favoritas—. Por suerte entro de turno de treinta y seis horas.

— Y llegas tarde —le reniega su jefe.

Tonks mira el gran reloj del vestíbulo, besa la mejilla de su primo y echa a correr hacia los ascensores, dejando tras ella un silencio incómodo.

— Ron me ha escrito para que vaya al hospital.

Echan a andar para salir por la puerta reservada a los aurores, en silencio, sin mirarse, hasta estar en la calle.

— Kings…

— No me tienes que decir nada, Draco.

— Pero quiero. No voy a ir.

— No puedes desairar así a los Weasley y lo sabes —le recuerda con un tono muy neutro.

— Mierda todo. —Draco se frota la frente con fuerza— ¿Por qué me hacen esto?

Los grandes hombros de Kingsley se encogen un poco y su tono pierde la neutralidad cuando responde, mostrando por primera vez cuánto le afecta la situación. x

— Eso es fácil: no quieren que te alejes.

— Y yo no quiero acercarme.

— No vas a poder rehuirles mucho más.

Draco se detiene y lo sujeta del brazo para que le mire.

— No quiero volver con ellos.

— Y yo no quiero ser un sucedáneo para evitarte la tentación.

— Kings… no. Tú… mira, necesito tener esta conversación a solas —masculla, aludiendo a que la gente a su alrededor se está parando sin disimulo para intentar hacer oreja.

Los desaparece a los dos a su casa. En cuanto están los dos en el salón, Kingsley se suelta y se separa varios pasos, la fachada de hombre contenido ya rota del todo.

— Ya me dejaron por alguien más joven, Draco, no puedo pasar por esto otra vez.

— ¡Aquí nadie va a dejar a nadie! —grita Draco, perdiendo también los nervios, con los puños apretados— Mierda de ex, estoy harto de él.

—¡ Y yo de los tuyos!

Es la primera vez que lo ve molesto. Sabe que tiene carácter, uno no aguanta cuatro años de ministro en el momento que le tocó vivir sin tener un poco de genio. Pero no lo ha dirigido a él en esas semanas.

— ¿Eso es? ¿Estás esperando que abandone? ¿Por eso no has intentado nada?

— Tampoco tú.

La respuesta le deja parado. Es cierto que él tampoco ha hecho nada por mostrar más interés que el amistoso.

— Tenemos los dos la autoestima regular —murmura, acercándose más—. Pero he querido besarte en cada una de nuestras citas. Te habría besado el día de la boda si no fuera porque me habías sujetado la frente mientras vomitaba.

— Sigo pensando que estás fuera de mi alcance, Draco. Eres…

— Un tipo inseguro escondido debajo de un caparazón bonito. Pero estar contigo estos días me ha hecho bien. Y —se pone de puntillas para hablarle cerca del oído, sujetándose a sus fuertes bíceps— he tenido tiempo de fantasear mucho con tus manos sobre mí.

Los ojos oscuros brillan y a continuación Kingsley lo coge de la cintura para besarle. Un beso que le limpia el cerebro y, después de unos segundos le hace pensar en bucle : "Oh mierda, oh Salazar" mientras aprieta más fuerte el agarre en sus bíceps y lo profundiza.

==o0o==

No es en ese bautizo, sino en el del primer hijo de Tonks y Charlie, una niña llamada Sirah, en el que Harry y Draco vuelven a encontrarse. Están en el jardín de la casa de Andrómeda, que pasea a la niña con cara de orgullosa abuela, y, como cabe esperar en una gran familia, hay mucho bullicio, así que Draco se aparta para fumar lejos de los niños.

— Hoy tienes mucho mejor aspecto que la última vez que nos vimos —le saluda Potter, apoyándose en la pared junto a él.

— No estar a punto de vomitar ayuda bastante. Tú tampoco estás mal,no esperaba verte hoy.

— Bueno, Ted puede llegar a ser muy persuasivo. Y tu prima también.

Los dos miran en silencio el jardín. Ron y Hermione están allí con su hija, que tiene casi un año, mezclados con el resto del clan pelirrojo.

— He oído que declinaste la invitación a ser padrino.

— Hasta las Highlands llegan los cotilleos.

— Ellos están en contacto —señala Harry con la cabeza a los tres hombres maduros que hablan con calma a la sombra de un árbol, cada uno con un vaso en la mano.

— Lo sabes entonces.

— ¿Qué encontraste alguien que te valora?

Draco deja que las palabras de Potter calen, con todo lo que implican. Los dos guardan silencio unos minutos mientras Draco se acaba el cigarrillo.

— No he vuelto a hablar con Ron —le dice en bajo, mirando al pelirrojo, sabiendo que Potter entenderá.

— Yo tampoco. Pero a mi no me avisó cuando nació su hija.

— Ya. No me arrepiento, ahora veo que lo que hice fue cuidar de mí mismo, como tú cuando te marchaste. Pero a veces aún le echo de menos. Luego me acuerdo de como me sentía cada vez que salía de su casa y se me pasa.

Junto a él, Potter sonríe. Es extraño sentirse tan cómodo con él, pero Draco ya ha aprendido a dejarse querer y el licántropo es un amigo en potencia.

— He estado leyendo, la flora de tu Reserva es impresionante —comenta, cambiando a su tono entre frívolo y burlón habitual mientras se aparta el flequillo de los ojos y saca las gafas de sol del bolsillo de su traje italiano—. ¿Sería posible una visita guiada si prometo no arrancar nada?

Harry mira a sus hombres, que ríen por algo que Kingsley está contando.

— Solo escribe y buscamos una fecha. Estaría bien darles unos días juntos.

Draco sigue su línea de visión. Hay algo en el tono de Potter que suena a preocupación y tristeza.

— ¿Los inefables siguen diciendo que la situación de Sirius no es duradera? —pregunta, suavizando de nuevo el tono— Sé que Kingsley ha estado preguntando por ahí.

— Cada día puede ser el último. Cuando me encontraron, Remus me dijo que lo único que le había detenido en su día para seguir a Sirius al otro lado del velo había sido que había prometido cuidar de mí. A veces creo que me buscaron para que yo cuide a Remus cuando Sirius vuela a irse. —Potter se detiene y coge aire, está claro para Draco que la incertidumbre sobre su compañero es una sombra presente en su día a día— Últimamente está más cansado, como si se fuera desgastando y no puedo evitar pensar que se nos está acabando esta prórroga.

— Eso es una gran mierda. Hablaré con Kings y buscaremos un par de semanas, si no es molestia.

— Para nada, si no coincidís con Ted hay una habitación libre, la construimos cuando empezó a quedarse con nosotros. Eso sí, vas a necesitar ropa y calzado más resistente, me temo —se burla un poco Harry, dando un vistazo a sus zapatos de diseñador y su traje de verano.

— Algo encontraré.

Saca la varita, se deshace de la colilla y caminan los dos como coordinados hasta reunirse con sus compañeros, recogiendo por el camino nuevas bebidas para todos que son agradecidas con gestos de cariño.