LEGADO


ME GUSTA


—Nunca antes se había visto un perro de las praderas con correa — dijo Menma.

Naruto clavó un clavo en la madera nueva, con la esperanza de que su hermano se ahogara con su risa estrangulada.

—Un hombre de visión abriría una tienda en Konoha vendiendo correas especialmente diseñadas para perritos de la pradera — agregó Kawaki, sonriendo.

Naruto detuvo su martilleo y miró a su hermano menor.

—Si no quieres tu visión obstaculizada por dos ojos hinchados, hablarás de otra cosa.

—Creo que Kawaki tiene un punto válido — dijo Menma — Con todos los perros de la pradera que hay por aquí, vender correas podría ser un negocio en auge, especialmente para un hombre interesado en la construcción de imperios.

—No hay duda de eso — dijo Kawaki — y no le lleva mucho tiempo a Naruto hacer una correa. La que hizo para Hime solo le tomó unos diez minutos, y habría necesitado menos tiempo, si no hubiera tallado el nombre del perro en ella.

Menma comenzó a reírse.

—Tiene que tener el nombre del perro tallado, en caso de que lo pierda. ¿De qué otra forma sabrías a quién pertenece? — La risa que había estado conteniendo explotó a su alrededor.

Las carcajadas de Kawaki llenaron el poco espacio que quedaba para el ruido. Naruto no pudo ver lo cómico de la situación.

—¿Ya pensaste que querías agregarle a tu casa? — preguntó.

Podía ver a Menma luchando por sofocar su risa. Tenía un fuerte deseo de ir a ayudar a su hermano, golpeándolo en la cabeza con su martillo.

—Sí — finalmente logró decir Menma.

—Entonces tenemos que dejar de jugar y subir el marco.

—Tienes razón — admitió Menma, su rostro se puso serio un breve momento antes de que su risa estallara de nuevo — Dios mío, Naruto, un perro de las praderas con correa. Nunca pensé que dejarías que una mujer te envolviera en su dedo.

—No estoy enrollado en su dedo, y me gustabas mucho más cuando nunca te reías.

La risa de Menma menguó.

—Pero a mí no me gustaba. No me gustaba para nada.

Naruto sabía que Menma se había tenido en baja estima hasta que Tanahi se envolvió en su corazón. También sabía que no habría ningún envoltorio entre él y Hinata... ni alrededor de su corazón, ni alrededor de su dedo. No era su destino.

Entonces enderezó su cuerpo y dijo:—Hagamos este marco.

—Es tan bueno escucharlos reír, saber que están disfrutando de su mutua compañía — dijo Tanahi.

Hinata miró a la mujer que estaba a su lado, con los dedos extendidos sobre el estómago, con una sonrisa satisfecha en el rostro.

—Cuando vine por primera vez, rara vez hablaban entre sí y nunca se reían — confesó Tanahi en voz baja.

—¿Por qué? — preguntó Hinata.

—Por las culpas y los malentendidos, mayormente. — Como atraída por recuerdos dolorosos, de otra época, Tanahi lanzó un largo y lento suspiro antes de caminar hacia el fuego donde se cocinaba la carne.

Hinata vio como los hombres comenzaban a levantar el armazón que serviría como estructura para la adición a la casa de Menma. Estaba descubriendo rápidamente que Naruto hacía todo buscando la perfección.

Junto con Kawaki, habían comenzado su viaje mucho antes del amanecer y habían llegado a la casa de Menma justo cuando el alba susurraba en el horizonte. Naruto la ayudó a desmontar, antes de tomar la taza de café que Tanahi le ofreció al salir al porche.

—¿Tú sabes lo que quieres? — le preguntó a Menma cuando su hermano deslizó su brazo alrededor de Tanahi y la besó en la mejilla.

—Sí — dijo Menma, entregando a Naruto un pergamino, que éste desenrolló y levantó para que la nueva luz del día pudiera brillar en él.

—Parece que quieres agregar dos habitaciones a la parte de atrás y poner un desván encima de ellas.

—Eso es lo que Tanahi quiere.

—Entonces, hagámoslo.

Y lo hicieron. La medición, el cortado, el golpeteo de los martillos contra los clavos que se incrustaban en la madera, habían hecho eco en la pradera.

Cuando terminaron de colocar el marco en su lugar, Naruto tomó su primer descanso. Hinata sostuvo a Preciosa con más seguridad en sus brazos y vio como su esposo se quitaba el sombrero, se sacaba la camisa empapada en sudor y se sacudía como un perro que acaba de salir de un río. Arrojó su camisa sobre un arbusto cercano, colocó su sombrero en su lugar y volvió al trabajo. Aunque él no le había echado un vistazo desde su llegada, ella no podía dejar de mirarlo.

Su espalda bronceada brillaba, sus músculos se aglomeraban y se estiraban mientras levantaba una tabla. Sus largas piernas cortaban la distancia entre la pila de madera y el marco recién construido. Apoyó la tabla contra el marco y se agachó, una mano sujetando la tabla mientras la otra buscaba el martillo en la hierba.

Sus pantalones le apretaban los glúteos. No creía haber notado lo delgado de sus caderas. Le recordó la parte superior de un reloj de arena: sus hombros anchos se desplegaban hacia afuera, su espalda se estrechaba hasta formar una cintura estrecha.

—Desearía que no hubieran hecho eso — dijo Tanahi en un suspiro.

Con las mejillas sonrojadas, Hinata miró a Tanahi.

—¿Qué?

—Quitarse las camisas. Estoy tratando de preparar la cena, y todo lo que quiero hacer ahora es verlos trabajar.

Hinata volvió su atención a los hombres. No sabía cuándo Menma y Kawaki se habían quitado las camisas, pero sus espaldas no llamaron su atención como lo hizo la de Naruto, no le hicieron preguntarse si sus pieles estaban tan calientes como parecía.

Vio que Maggie corría hacia los hombres, con sus rizos oscuros rebotando tanto como el cucharón que llevaba en su pequeña manita. El agua se derramó por los lados. Hinata estaba segura que solo unas pocas gotas podrían haber permanecido en el cucharón cuando la niña se detuvo bruscamente junto a Naruto y se lo tendió.

Una cálida sonrisa se extendió por su rostro, mientras tomaba el cucharón, echó la cabeza hacia atrás y tomó un largo y lento trago. Cuando Maggie juntó sus manos y abrió sus ojos grises, Hinata tuvo la sensación de que Naruto estaba montando un espectáculo para su sobrina. Cuando se quitó el cucharón de la boca, llevó su dedo a la punta de la diminuta nariz y dijo algo que Hinata no pudo oír. Maggie sonrió alegremente, agarró el cucharón y corrió hacia el balde de agua.

Sin aliento, miró a su madre.

—Unca Naruto dijo que era el agua más dulce que alguna vez tuvo el placer de beber. Le voy a regalar un poco más. — Metió el cucharón en el balde antes de correr hacia su tío, el agua salpicando su falda.

—Pobre Naruto. Ella lo adora. No va a poder trabajar ahora — dijo Tanahi.

—El sentimiento parece ser mutuo — dijo Hinata, deseando que le otorgara a ella esa cálida sonrisa.

—Tienes razón. Él la malcría. Me estremezco al pensar cómo va a echar a perder a sus propios hijos.

El calor avivó las mejillas de Hinata al recordar sus deberes de esposa.

—Yo... quería agradecerte antes, por las flores que colocaste en mi cama el día que me casé.

Tanahi sonrió.

—Yo no coloqué flores en tu cama.

—Oh. — Hinata miró a Naruto. Habían terminado de levantar el marco y asegurarlo en su lugar. Los hombres habían comenzado a poner los tablones de madera en el suelo. Naruto sostenía un clavo mientras Maggie lo golpeaba con un martillo. Después de unos suaves toques, Naruto le quitó el martillo y colocó el clavo en su lugar.

No sabía qué pensar de Naruto Uzumaki. Parecía tan duro como los clavos que sobresalían de su boca sonriente, ni en broma el tipo de hombre capaz de recoger flores... Aunque, sabiendo con certeza que él era quien había colocado las flores en su cama, le resultaba difícil sentir aversión hacia él y mucho menos odiarlo. Sin embargo, todavía no le gustaba la idea del matrimonio.

Maggie trepó por el marco que habían tendido sobre el suelo, el marco que sería el piso de la parte nueva, y se acercó para sostenerle los clavos a Kawaki. Aunque llevaba su brazo en cabestrillo, estaba logrando hacer su parte del trabajo. Algo que Hinata tuvo que admitir ella no estaba haciendo.

—Tanahi, ¿Qué puedo hacer para ayudar?

—Dejé varios edredones en el porche. ¿Por qué no los colocas alrededor del árbol para que podamos sentarnos a comer a la sombra?

Hinata colocó a Preciosa en el suelo, y con su mascota rascándose la correa, corrió al porche, agradecida de tener una tarea, aunque no creía que eso le impidiera pensar en su marido.

Por el rabillo del ojo, Naruto observó a su esposa correr hacia la parte delantera de la casa. Estaba pasando un buen rato concentrado en la tarea que tenía entre manos: construir la casa de Menma. Pero, aun así, sus pensamientos a la deriva se dirigían hacia ella.

No había ayudado que hubiera lavado su ropa durante esa primera semana y que cuando comenzó a sudar, su aroma a lavanda se había levantado a su alrededor, envolviéndolo. Había pensado que se volvería loco, con su fragancia rodeándolo, mientras estaba increíblemente lejos.

Había cometido un error al no ejercer sus derechos de marido en la noche de bodas. Ahora, no tenía idea de cómo acercarse a ella y hacerle saber que su indulto había terminado.

Sabía que si llamaba a su puerta, le abriría con terror en los ojos, y no podía soportar la idea. Le recordaba la forma en que demasiados soldados lo habían mirado durante la guerra. Ellos habían seguido sus órdenes y habían ido a la batalla, temiéndole a él más de lo que le temían al enemigo o a la muerte.

No creía en vivir con remordimientos, pero a veces se preguntaba cuántos hombres de dura naturaleza había enviado a la muerte.

No quería que su esposa lo mirara con el mismo miedo en sus ojos cuando él llegara a su cama. Solo que no sabía cómo borrarlo. Durante un corto periodo, mientras cuidaban al perro de la pradera, el miedo había desaparecido de sus ojos, pero Naruto no se veía a sí mismo trayéndole un perro de las praderas herido todas las noches.

Se puso de pie y fue a buscar más tablas y clavos. Cuando se acercó al montón de madera, se detuvo lo suficiente como para admirar la parte trasera de su esposa mientras se inclinaba y ponía colchas en el suelo.

Ojalá supiera cómo mantener el miedo fuera de sus ojos, permanentemente.

Comerían en silencio, salvo, seguramente por la conversación que Kawaki les brindaría. Naruto no podía pensar en una sola cosa para conversar con su esposa. Era como cuando había decidido escribirle a Tanahi por primera vez. Su primera carta solo habían sido unas pocas líneas.

Para el final del año, él había estado compartiendo páginas enteras de su vida con ella. Había pensado en escribirle una carta a Hinata, pero esa parecía la salida del cobarde. Necesitaba aprender a decir el tipo de palabras que pondrían suavidad en los ojos de una mujer, el tipo de suavidad que se veía en Tanahi cada vez que miraba a Menma.

Llevó varias tablas hasta la estructura del armazón, las colocó en su lugar, se arrodilló junto a una, y se quitó un clavo de la boca.

—Menma, cuando tú y Tanahi viajaban hacia aquí... ¿de qué hablaban?

Menma clavó una tabla que serviría como piso y se encogió de hombros.

—De lo que sea que ella quisiera hablar.

Naruto reprimió su frustración.

—¿De qué quería hablar ella?

Menma se quitó el sombrero de la frente.

—De ti, mayormente. Siempre hacía preguntas sobre el rancho, el tipo de hombre que eras, la casa.

—No debes haberle dicho la verdad sobre la casa, si de todos modos vino—dijo Kawaki.

Naruto giró su mirada.

—¿Qué pasa con mi casa?

Kawaki borró su sonrisa de la cara y miró a Menma. Menma negó con la cabeza y le lanzó una mirada como diciendo: "esta vez deberías haber mantenido la boca cerrada", y comenzó a clavar sobre el tablón.

—¿Qué pasa con mi casa? — volvió a preguntar Naruto.

—Uh, bueno, eh... es grande — explicó Kawaki.

—Por supuesto que es grande. Tengo la intención de tener una gran familia.

—Bueno, entonces, no tiene nada de malo — dijo Kawaki, y le dio un clavo a Maggie — Maggie May, sostenlo aquí para tu tío Kawaki.

Naruto miró a su hermano, intentando entender lo que acababa de escuchar.

—Tu comentario no tiene nada que ver con el tamaño de mi casa. Quiero saber a qué te refieres.

Kawaki cerró los ojos de golpe y respiró hondo antes de encontrarse con la mirada de Naruto.

—No se ve como una casa. Es... es... — Desvió su mirada hacia Menma, quien había detenido su martilleo.

Naruto pensó que su hermano podría estar buscando coraje. Sabía que su casa era inusual.

Kawaki miró a Naruto.

—Creo que es francamente fea. Ahí lo dije, pero eso es lo que creo. Menma piensa lo mismo.

Menma entrecerró su ojo.

—Mantenme fuera de esta conversación, muchacho.

Naruto sintió como si una manada de ganado acabara de pisotearlo.

—¿Estás de acuerdo con él? — le preguntó a Menma.

Éste apretó la mandíbula.

—Es diferente. Eso es todo. Es simplemente diferente. No es un lugar en el que me gustaría vivir.

—¡La comida está lista! — llamó Tanahi.

—Gracias a Dios — dijo Menma mientras se ponía de pie — Me muero de hambre. ¿Y tú, calabaza? — Maggie chilló mientras él la levantaba en el aire.

Naruto desplegó su cuerpo y agarró el brazo de Kawaki antes de que pudiera escaparse.

—¿Por qué nunca antes dijiste nada?

La cara de Kawaki se encendió de un rojo brillante.

—Estabas tan orgulloso de ella, y lo que pensamos nosotros no es importante. Lo que importa es lo que Hime piensa de ella. Tal vez deberías preguntarle.

Preguntarle si odiaba la casa tanto como odiaba a su marido. No, jamás le preguntaría, así viviera hasta los cien años.

—Me gusta la casa — afirmó rotundamente.

Kawaki le dio una débil sonrisa.

—Entonces no hay problema. Vamos a comer.

Después de atar a Preciosa a un arbusto cercano, Hinata observó con creciente inquietud cómo se acercaban los hombres. Cada uno se había lavado rápidamente en la bomba de agua, antes de volver a ponerse su camisa. Por ese pequeño acto, estaba extremadamente agradecida. No creía poder comer si el pecho de Naruto permanecía descubierto.

Había puesto tres colchas alrededor de una caja de madera con el fondo hacia arriba. Allí Tanahi había puesto bandejas con tiras de bistec y patatas, los platos y los utensilios estaban repartidos en las colchas.

Su cuñada se sentó en una de ellas. Menma se dejó caer a su lado, Maggie se acurrucó en sus brazos.

—Se ve bien — dijo.

Hinata sabía que no tenía sentido esperar que Kawaki se sentara en la colcha junto a ella, pero de todos modos se encontró deseándolo. Él le dio una sonrisa antes de tomar su lugar en la colcha opuesta.

Cuando Naruto se sentó a su lado en la pequeña colcha, parecía increíblemente grande.

—Esta no es una de mis vacas, ¿verdad? — preguntó Naruto.

Menma sonrió.

—Probablemente. Vagaba por mi tierra. ¿Qué se suponía que debía hacer?

—Mandarla a casa.

—No en tu vida.

Kawaki extendió su brazo.

—¿Solo aquí? Soy el único sin una mujer para compartir mi colcha. Maggie May, ven a sentarte conmigo.

Con la cara brillante de emoción, Maggie saltó, cruzó la pequeña área y se tiró sobre Kawaki. Resoplando bruscamente, él la apartó con su brazo bueno. Menma tomó a su hija y le preguntó a Kawaki.

—¿Estás bien?

Éste que había palidecido considerablemente, asintió.

—Estoy bien.

—Lo siento — dijo Maggie, con el labio inferior temblando.

Él sonrió.

—Está bien, cariño. Todavía estoy un poco dolorido. — Él palmeó su muslo

—Sólo ven y siéntate a mi lado, no en mí, ¿de acuerdo?

Cuidadosa y lentamente, se arrastró sobre la colcha y se sentó a su lado.

—¿Qué le pasó a tu brazo? — preguntó Hinata. Un silencio cayó sobre la reunión mientras todos la miraban. El calor subió a su cara — Lo siento. No pensé en preguntar antes.

Kawaki pareció incómodo cuando respondió:

—Me dispararon.

—Querido Señor. ¿Fuera de la ley? — preguntó, horrorizada ante la idea.

—Criadores de ganado — dijo Naruto mientras colocaba patatas en su plato

—Pero ya no nos molestarán más.

—Estoy agradecida de escuchar eso — dijo Hinata. Cortó su carne en pedacitos, comiendo con moderación.

—No comes ni para mantener vivo a un pájaro — dijo Naruto.

Levantó la mirada y lo encontró mirándola con furia, con el ceño fruncido. No podía decirle que cada vez que él estaba cerca, su estómago se anudaba tan fuerte que apenas podía tragar.

—Nunca he sido una comilona — dijo en voz baja y bajó la vista a su plato.

—Supongo que estoy acostumbrado a ver comer a los hombres — dijo Naruto bruscamente.

—Nunca comí tanto como mis hermanos — dijo. Y un silencio profundo los rodeó. Hinata deseó poder pensar en algo, cualquier cosa que decir.

—¿Cuándo crees que llegará el ferrocarril aquí? — preguntó Tanahi.

Naruto alcanzó más papas.

—En algún momento del próximo año.

—Las cosas deberían cambiar entonces — dijo Tanahi en voz baja.

—Supongo que lo harán. Con algo de suerte, Konoha comenzará a crecer tan rápido como Abilene. Voy a construir una escuela. ¿Quieres estar a cargo de encontrar un buen maestro? — le preguntó Naruto.

Tanahi sonrió.

—Me encantaría. Además, tengo experiencia en colocar anuncios, y definitivamente queremos a alguien del Este.

—Dame una lista de todo lo que necesitarás, para poder calcular los costos antes de ir a hablar con el Sr. Himura al banco.

Tanahi se inclinó hacia adelante y tomó la mano de Hinata.

—Hime, ¿te gustaría ayudarme?

Hinata miró a Naruto. La estaba estudiando como si esperara su respuesta. Sin duda, si hubiera querido que lo ayudara, lo habría sugerido.

—No sé nada sobre escuelas. Tenía un tutor.

—Entonces aprenderemos juntas — dijo Tanahi.

Hinata negó con la cabeza.

—No, no creo que pueda.

—Nuestro hijo estudiará en esa escuela — dijo Naruto — Deberías poder opinar.

Hinata asintió rápidamente.

—Está bien, entonces, lo haré.

—Bien — dijo Naruto bruscamente.

Tanahi apretó la mano de Hinata.

—Será divertido.

Sí, ella imaginaba que lo sería, y eso le daría algo que hacer además de lavar platos y ropa. Naruto y Kawaki rara vez estaban dentro de la casa y mantenerla requería tan poco de su tiempo que pensó que posiblemente podría volverse loca.

La conversación se dirigió a otros aspectos de Konoha, pero tenía poco sentido para Hinata. No había visitado la ciudad desde el día en que la tierra había sido acordonada. Había pedido varias veces que alguien la llevara, pero ninguno de sus hermanos había tenido tiempo. Siempre había pensado que sería emocionante ver crecer algo de la nada... como ver a un niño convertirse en adulto.

Su marido había plantado las semillas para tener una ciudad, el día que había acordonado la tierra. Recordó que Indra lo había llamado un bastardo codicioso ese día... uno de los nombres más agradables que tenía para Naruto. Ella sabía muy poco sobre negocios, pero no veía cómo una escuela o una iglesia, como la que le había ofrecido construir al reverendo Hatake, le traerían mucho dinero.

De hecho, en el poco tiempo desde que era su esposa, no había visto evidencia de avaricia en él, excepto la mañana en que se había negado a tirar el alambrado si ella lo dejaba. Pero incluso entonces, no había ganado nada más que una esposa reacia, mientras su familia tenía acceso al agua. Eventualmente, él ganaría un hijo, mientras que su familia además ganaría tierras.

Estaba empezando a pensar que Naruto ocultaba su codiciosa naturaleza tan bien, que se preguntó cómo Indra lo había descubierto.

—La nueva adición a la casa parece estar bien — dijo Tanahi, desviando la conversación de los temas sobre Konoha.

—Debería tener el primer piso y la mayoría de las paredes en su lugar antes del anochecer — dijo Naruto.

—Significa mucho para mí que tú y Kawaki renuncien a su día de descanso para construir nuestra casa.

—Para eso está la familia — dijo Naruto.

—Pero no podremos devolverte el favor. No puedo imaginar que alguna vez necesites agregar algo a tu casa.

—Hablando de la casa de Naruto — dijo Kawaki — Hime, ¿Qué piensas de ella?

Hinata miró a Kawaki, luego a Naruto, que la miró con tanta intensidad que casi dejó de respirar. Palabras sin sentido revolotearon por su mente.

—Tenemos que volver al trabajo — dijo Naruto, colocando su plato vacío en la colcha.

Menma gimió y se frotó el estómago.

—Estoy demasiado lleno. Tengo la intención de sentarme y relajarme por un rato.

—Pensé que querías estas habitaciones — dijo Naruto.

—Las quiero, pero podemos terminarlas el próximo domingo.

—Va a ser mucho más calor el próximo domingo — dijo Naruto mientras se ponía de pie — Regresaré al trabajo.

Hinata vio a su marido sacarse la camisa por la cabeza, mientras caminaba hacia la casa.

—Algún día, Kawaki, vas a aprender cuándo mantener la boca cerrada — dijo Menma.

Naruto levantó una tabla y la llevó al otro lado de la casa. Se había cansado de golpear agachado el piso. Menma y Kawaki podrían terminarlo cuando despertaran de sus siestas. Ambos se habían quedado dormidos bajo las ralas ramas del árbol: Menma con la cabeza apoyada en el regazo de Tanahi, Kawaki con Maggie acurrucada contra él.

Hinata simplemente se sentó a la sombra, con las manos cruzadas en su regazo, luciendo hermosa. Se preguntó si le habría dado permiso a todos, para llamarla Hime, excepto a él. No es que ella le hubiera preguntado... ni él tampoco.

Puso la tabla vertical contra el costado de la casa y la clavó en su lugar. El sudor rodó a cada lado de su columna vertebral. Estaba pensando que esa noche se daría un buen baño caliente.

Puso otra tabla en su lugar y comenzó a colocar los clavos en la madera. Un buen baño caliente en su casa. En su gran casa.

Él giró y se congeló. Hinata estaba parada a su lado, sosteniendo un cucharón con agua. El miedo asomando en sus ojos.

—Tanahi pensó que podrías tener sed.

—No fue muy amable de su parte, enviarte a la guarida del león, pero aprecio el agua.

Él tomó el cucharón de su mano temblorosa y bebió el líquido claro en un largo trago. Su mirada se clavó en la de ella, se pasó el dorso de la mano por la boca antes de devolvérselo

—Gracias.

Levantó otra tabla y la colocó contra el marco.

—Acerca de tu casa — comenzó.

—Te construiré otra — dijo mientras alineaba el tablero — No hace ninguna diferencia para mí.

—En realidad, me gusta.

Echó un vistazo por encima del hombro. Estaba agarrando el cucharón con la fuerza suficiente como para que sus nudillos se volvieran blancos.

—¿Te gusta?

Ella asintió bruscamente.

—Eh... creo que es un poco dura... eh, quiero decir, creo que parecería más amistosa si tuvieras algunas decoraciones.

—¿Quieres decir cómo chucherías?

—Y tal vez algunas pinturas o tapices. Quizás un cantero con flores en el frente. Podría darte una lista de ideas...

—No es necesario. Solo hazlo. — Se agachó y puso un clavo contra el tablero.

—¿Qué pasa si no te gusta lo que hago?

—Al parecer, mi gusto por las cosas no es del gusto de todos. — Golpeó el clavo — Confiaré en tu criterio. Tengo un catálogo de Montgomery Ward en mi oficina. Pide lo que necesites desde allí o ve a la tienda general de Oliver y obtenlo.

De pie para colocar otro clavo, miró por encima del hombro, esperando que hiciera algún comentario, pero estaba mirando, con los ojos muy abiertos, al área donde habían comido. Naruto miró por el borde del tablero. Menma aparentemente se había despertado de su siesta, había inclinado su cuerpo sobre el de su esposa, y estaba disfrutando de su postre: los dulces labios de Tanahi.

—No es cortés mirarlos — dijo Naruto mientras clavaba otro clavo en su lugar.

—Pero ellos están... ellos están...

—Besándose — dijo Naruto — Simplemente se están besando.

Hinata se volvió, su cara roja.

—Pero están muy cerca el uno del otro.

—Es más divertido de esa manera. ¿No te lo dijo el libro que te presté?

No creía que su sonrojo pudiera crecer más profundo, pero lo hizo.

—Ese libro está mal titulado — dijo en un susurro silencioso, como si temiera que alguien la oyera — No tiene nada que ver con ser un esposo.

No pudo evitar sonreír.

—Pero tiene todo que ver con la cría.

La confusión nubló sus ojos.

—No entiendo.

—La ganadería es una palabra educada para criar y cuidar del ganado.

—Podrías habérmelo explicado antes de que lo tomara.

Él se encogió de hombros.

—Te casaste con un ranchero. Pensé que no te haría daño leer el libro. Nos dará algo para discutir en la cena.

Sus ojos se agrandaron.

—¡No lo haríamos!

Su sonrisa se redujo hasta desaparecer en una línea endurecida.

—No, si puedes pensar en otra cosa para hablar durante nuestras comidas. Me estoy cansando de comer en silencio. Si quisiera eso, me quedaría fuera de la cocina y comería allí.

—No me di cuenta de que querías hablar mientras comíamos. En casa, no me permitían hablar durante las comidas.

—Parece que tu pa y yo teníamos la misma actitud: los niños son vistos y no escuchados, pero ya no eres una niña.

—No, mujeres... las mujeres deben ser vistas y no escuchadas.

Naruto negó con la cabeza incrédulamente.

—Paso todo el día escuchando el mugido del ganado y las voces ásperas de los hombres. Por la noche, me gustaría escuchar la voz suave de una mujer.

—Voy a... Trataré de pensar en algo que podamos discutir durante las comidas.

—Bueno. — Él volvió a su tarea. — Antes de irnos, debes decirle a Menma que te permita elegir un caballo. Belleza le pertenece a Maggie. Creo que es hora de que dejemos de pedírselo prestado.

Con las primeras sombras de la noche moviéndose, Naruto se apoyó contra la viga de madera del porche delantero de Menma y miró a Hinata, parada en el corral, hablando con su hermano. Hablando, sonriendo, de vez en cuando riendo.

Nunca antes había escuchado su dulce risa. Parecía tan inocente como ella.

—¿Te gustaría algo de beber? — le preguntó Tanahi.

Sin apartar los ojos de su esposa, Naruto envolvió sus dedos alrededor del vaso de limonada que le ofrecía Tanahi.

—Mi hermano parece haberse convertido en el hombre de las damas.

—Él no es una amenaza para ella — dijo Tanahi suavemente.

Naruto sacudió la cabeza.

—¿Y crees que yo lo soy?

—Ella piensa que lo eres.

—Cristo, no sé cómo puede pensar eso. No la he tocado desde el día que me casé con ella.

—¿Con qué frecuencia la llamaste por su nombre desde que te casaste?

—¿Qué tiene eso que ver con algo?

—Has estado aquí desde el amanecer y nunca te oí llamarla por su nombre. A una mujer le gusta escuchar su nombre de vez en cuando.

Su cuñada le golpeó el brazo, y la limonada se derramó del vaso a su mano. Dio un paso atrás.

—¡Maldita sea!

Ella lo golpeó de nuevo.

—Llámala de forma cariñosa.

—¿Cómo qué?

—Trocito de azúcar.

Él hizo una mueca.

—Cariño, querida.

—No puedo ver palabras como esa rodando por mi lengua.

—Entonces encuentra una palabra que lo haga, pero llámala algo.

—¿Por qué? Ella nunca dijo mi nombre tampoco.

—Estás actuando como un niño de dos años.

Se sentía como un tonto, mirando a su esposa, que con otro hombre, lucía como si se estuviera divirtiendo, cuando nunca había disfrutado un solo momento de su compañía.

Tanahi se frotó el brazo.

—Lo siento. Realmente no es asunto mío. Solo quiero verte feliz.

—Lo seré tan pronto como tenga a mi hijo.

Una tristeza se apoderó de sus facciones.

—¿Es un hijo tan importante para ti?

—Sí. Es el único sueño incumplido que me queda.

—¿Por qué quitaron lo relacionado con el amor de sus votos matrimoniales?

Cambió su mirada al vaso de limonada, la verdad tan amarga como la bebida en su mano.

—No soy un hombre fácil, Tanahi. Lo sé. El amor no es algo que pueda darme. No veía ningún sentido pedirle que hiciera una promesa que no podía cumplir. — Le devolvió el vaso — Tenemos que irnos antes de que la oscuridad se instale. — Salió del porche.

—No te das crédito suficiente — dijo en voz baja.

Con una sonrisa triste, él la miró.

—Parece que me di demasiado. Si le dijera que puede irse y que aún mantendría mi alambrado caído, estaría corriendo antes de que saliera la primera estrella.


CONTINUA