LEGADO


UNA SONRISA


Con las flores marchitándose en su mano, Naruto caminó por la casa. Todas las habitaciones estaban vacías. Todas las habitaciones excepto la cocina, y allí, solo encontró al perro de la pradera.

Había llegado temprano y entrado por la cocina, con la idea de pedirle a su esposa que lo acompañara, y no pudo encontrarla.

Salió de la casa y se dirigió al granero. No alivió su mente el hecho de ver el puesto vacío donde debería haber estado la yegua de Hinata.

—¡Shikamaru!

Su capataz apareció desde la parte de atrás.

—¿Sí señor?

—¿Sabes dónde está mi esposa?

—Sí, señor. Ella fue a la ciudad con Kawaki.

—Pensé que había ido a la ciudad ayer, con él.

—Sí, señor, ella lo hizo, y el día anterior también.

La inquietud lo recorrió al recordar algunos momentos que pasaron por su mente: Kawaki abrazando a Hinata fuera de la tienda general. Kawaki levantando a Hinata en sus brazos y haciéndola girar en la casa de Menma.

Hinata hablando con Kawaki durante las comidas sin la necesidad de su lista de temas. Por la noche, Kawaki había empezado a entrar en la oficina de Naruto para escuchar a Hinata leer. De vez en cuando, Naruto levantaba la vista de sus libros contables para encontrar a su hermano mirando a su esposa como si fuera la mujer más maravillosa del mundo.

Naruto se odiaba a sí mismo por resentirse a la intrusión de Kawaki. Su hermano tenía cinco años cuando su madre había muerto, y él había crecido sin ninguna otra mujer en su vida. Naruto sabía que no debería envidiar el placer que encontraba en la voz suave de Hinata, pero lo hizo.

—¿Quieres que deje de ensillar su caballo? — Preguntó Shikamaru.

—No — respondió rápidamente — No, ella es libre de ir y venir a su antojo — y arrojó las flores al establo vacío, regresando a la casa.

El crepúsculo se había asentado sobre la tierra antes de que regresaran. Sentado a la cabecera de la mesa en el comedor, Naruto oyó sus risas lejanas en el pasillo. Sus entrañas se apretaron ante el delicioso sonido que nunca esbozaba en su presencia.

Se obligó a ponerse de pie cuando entraron en el comedor, sus miradas tan culpables como dos niños que se habían escabullido para ir a pescar, antes de terminar sus quehaceres.

—Lo siento, llegamos tarde — dijo Kawaki mientras corría la silla de Hinata para que se sentara.

Sonriendo tímidamente a su cuñado, se sentó. Kawaki tomó su lugar a su lado y comenzó a servir el estofado en sus cuencos.

—Perdimos la noción del tiempo.

—Me lo imaginé — dijo Naruto mientras tomaba asiento — He alimentado a tu maldito perro de las praderas.

Hinata levantó la mirada, luego la bajó rápidamente hacia su plato de guiso.

—Gracias.

—Estaba ladrando tan fuerte que no podía concentrarme en mi trabajo — dijo Naruto.

—Lo siento. La llevaré con nosotros la próxima vez.

Con nosotros la próxima vez. Las palabras colgaron pesadas en el aire. Naruto sintió un nudo en el estómago.

—¿Cómo fue tu viaje a la ciudad?

Hinata levantó la cabeza y miró a Kawaki, quien abrió y cerró la boca.

—Bien — dijo Hinata — Me fue bien.

Naruto raspó su silla en el piso. Como consumidos por la culpa, Hinata y Kawaki se apartaron de la mesa.

—Los dejaré disfrutar de su comida — dijo Naruto.

No le sorprendió que ninguno de ellos protestara. Caminó hacia el corral, sabiendo que era un tonto. Le había pedido a Tanahi que se casara con él, entonces había enviado a Menma a buscarla y ella se había enamorado de su hermano.

Se había casado con Hinata, y le había dicho a Kawaki que le hiciera compañía. ¿Qué demonios había esperado que sucediera?

Metiendo la mano en su bolsillo, retiró el reloj que Tanahi le había dado como muestra de su afecto cuando había llegado al rancho por primera vez. No esperaba que Hinata le diera nada como símbolo de su afecto, pero estaba seguro de que lo dejaría.

Consideró argumentar que demasiados años separaban a Hinata de Kawaki, pero pensó que el amor no le daba mucho valor a la diferencia de años. Además, él era mayor que Hinata y su corazón no parecía darse cuenta.

Les construiría una casa en un rincón distante de su tierra, porque no creía que su orgullo pudiera tolerar verlos juntos, sabiendo que en algún momento ella debería haber sido suya. Luego vería si encontraba otra esposa. Podría publicar un anuncio en los periódicos del este o quizás podría...

—¿Naruto? — La voz de Kawaki surgió detrás de él — Naruto, necesito hablar contigo.

Se guardó el reloj en el bolsillo y se envolvió en una pared de indiferencia. Empujó la parte de sí mismo que podría ser lastimada, a un agujero oscuro y se volvió para mirar a su hermano menor.

—Imaginé que lo harías — dijo mientras doblaba un codo sobre la barandilla del corral.

Kawaki miró hacia abajo y raspó la punta de su bota en la tierra.

—No sé cómo decirlo.

—Solo dilo directamente. Esa suele ser la mejor manera.

Kawaki asintió y se encontró con la mirada de su hermano.

—Hime me pidió que no te dijera nada, pero supuse que deberías saberlo.

Naruto tragó saliva por el nudo que se había formado en su garganta.

—Me imagino que sí.

Kawaki se metió las manos en los bolsillos.

—¿Recuerdas cuando me llevaste a ese circo cuando tenía siete años?

Si Kawaki había esperado disminuir la ira de Naruto, lo había logrado. Navidad, 1867. El Circo Colosal y la Casa de fieras de Haight y Chambers de Nueva Orleans, habían levantado tiendas en San Antonio. Naruto y Menma seguían recuperándose de la guerra y tenían solo algunas monedas en sus bolsillos, pero querían darle a Kawaki una Navidad que no olvidara. Naruto no pudo evitar sonreír ante los buenos recuerdos.

—Sí, y tú me molestaste todo el día con preguntas. Amenacé con pagarle a ese tragasables para que te clavara una de sus espadas en la garganta, solo para que te callaras.

Kawaki se rió entre dientes y se frotó el costado de la nariz.

—Pensé que hablabas en serio.

—La amenaza no funcionó, ¿verdad?

Kawaki negó con la cabeza.

—No, y así es Hime cuando la llevo a la ciudad. Tiene muchas preguntas y todo la sorprende. Nunca la llevaron a la ciudad, Naruto. Nunca.

—Pero tú lo hiciste, y creo que ella está agradecida por eso.

Kawaki dio un paso más.

—No estaba prestando atención a las preguntas que me estaba haciendo. Solo estaba respondiéndolas. Mientras yo respondía a sus preguntas, ella estaba trabajando en esta idea. Hoy, finalmente, tuvo el coraje de hacer algo al respecto... y el Sr. Himura se rio de ella. Lo que lo empeoró es que Indra estaba allí y el bastardo...

—Whooo. Detén los caballos — Naruto levantó la mano — ¿De qué demonios estás hablando?

—Intento decirte lo que sucedió hoy en la ciudad. Mira, Hime pensó que cuando llegara el ferrocarril aquí, la gente necesitaría un lugar donde alojarse. Así que estaba pensando en construir un hotel. Sabía que habías hablado con el Sr. Himura acerca de un préstamo para el ebanista, así que pensó que era allí donde tenía que empezar, obteniendo un préstamo.

» Ayer se quedó afuera del banco todo el día. No pudo reunir el valor para entrar. Hoy al fin, reúne el coraje y se dirige al banco. Solo Indra está adentro, y él le dice que el salón tiene todas las habitaciones libres que esta ciudad va a necesitar. Entonces él y el Sr. Himura comienzan a reírse de ella, Indra le dice que tu cama es la única cama de la que debe preocuparse.

—¿Qué hizo ella? — preguntó con los dientes apretados.

Kawaki sonrió.

—Hubieras estado orgulloso. Ella simplemente le agradeció al Sr. Himura por su tiempo y se fue con la cabeza en alto.

—¿Quién más estaba en el banco?

—Un par de rancheros y la cajera. Lo preocupante es que su autoestima está a la altura del vientre de un caracol. He estado tratando de contarle historias divertidas para hacerla reír, pero eso no es lo que ella necesita. Pensé que tal vez esta noche podrías ser dulce. Háblale, haz que se sienta especial.

—¿Ser dulce, hablar con ella?

—Sí, ya sabes, di esas palabras que a las mujeres les gusta oír. Las palabras que las hacen brillar más que la luna llena.

Naruto asintió.

—Yo haré eso.

La cara de Kawaki se dividió en una amplia sonrisa.

—Me alegra habértelo dicho. Hime temía que estuvieras enojado con ella por querer hacer algo por sí misma.

—No estoy enojado con ella.

—Sabía que no lo estarías — Kawaki retrocedió un paso — Supongo que deberíamos ir a la casa. Ella querrá leer pronto. Te aseguro me gusta escucharla leer — Se giró hacia la casa.

—¿Kawaki?

Se detuvo y miró por encima de su hombro. Naruto pesó sus palabras.

—Nunca le digas que me dijiste lo que pasó hoy.

—Oh, no lo haré. Solo asegúrate de darle unas buenas palabras dulces.

Naruto asintió.

—Lo haré.

Palabras dulces. ¿Qué sabía él de dulces conversaciones? Ni una maldita cosa.

.

.

Naruto golpeó la puerta hasta que las bisagras vibraron. Escuchó los vacilantes pasos del otro lado.

—¡Es Naruto! ¡Abre!

La puerta se abrió un poco. Naruto reprimió su temperamento. Danzo Himura abrió la puerta más.

—Naruto, buen señor, me asustaste hasta la muerte. ¿Pasa algo?

—No sé, Danzo. Escuché un rumor que me impide dormir. Solo espero que no sea cierto.

Siempre ansioso por cotillear, Danzo Himura salió al porche trasero del piso superior. Como la mayoría de los recién llegados a Konoha, vivía por encima de su negocio y su negocio era el banco.

—¿Qué rumores? — preguntó.

—Escuché que mi esposa entró al banco hoy y pidió un préstamo.

Danzo se río con un agudo chillido que irritó los nervios de Naruto.

—Oh, eso. No te preocupes Naruto, la rechacé. Indra estaba allí, y él le explicó la locura de su pedido. Se supone que debe darte un hijo, e Indra lo dijo en voz alta y clara.

Naruto cerró sus manos en puños para evitar que rodeasen la garganta de la pequeña comadreja.

—¿Podrías salir un poco más, Danzo? — le preguntó.

—Por supuesto. — contestó mientras caminaba hasta el borde del porche. Naruto señaló el horizonte lejano

—¿Qué ves ahí afuera, Danzo?

Éste se encogió de hombros.

—Luna. Estrellas. Tierra.

—Mi tierra — dijo Naruto — Hasta donde puedes ver, es mía. No tengo un hijo, Danzo. Si una serpiente me muerde mañana y muero, toda esa tierra irá a manos de mi esposa. — Naruto inclinó la cabeza — Ahora que lo pienso, la tierra ya le pertenece porque me honró al convertirse en mi esposa.

Se quitó el sombrero de la cabeza y bajó la cabeza hasta que él y Himura se miraron a los ojos. Danzo retrocedió y Naruto lo siguió hasta que el hombre no tuvo otro lugar adonde ir y no tuvo más remedio que inclinarse sobre la barandilla como un retoño en el viento.

—Si mi esposa entra a tu banco, no quiero que tenga que pedir nada. Quiero que saltes de tu silla y le preguntes qué puedes hacer por ella. Y si quiere un préstamo, entonces por Dios, que le darás un préstamo.

—Pero... pero las garantías — tartamudeó Himura.

—¡Te acabo de mostrar tu maldita garantía!

—Pero Indra dijo...

—Me importa un comino lo que dijo Indra o lo que cualquier otro miembro de su familia diga. Si ella quiere la luna, por Dios que voy a encontrar la manera de dársela. En este momento lo único que quiere es un préstamo tuyo, y te agradecería muchísimo si pensaras en su solicitud esta noche y decidieras por la mañana que sería en el mejor interés de esta ciudad dárselo.

Naruto dio un paso atrás. Himura se enderezó e infló su pecho.

—¿Me estás amenazando?

—No, Himura, no lo hago — dijo Naruto con una voz que sonó engañosamente suave — Nunca amenazo, pero te daré mi palabra de que si alguna otra vez avergüenzas a mi esposa, como lo hiciste hoy, construiré un banco al lado del tuyo y te sacaré del negocio. A donde sea que vayas, te seguiré, hasta el día que muera, y nunca volverás a trabajar en un banco, mucho menos tener uno propio.

Naruto giró sobre sus talones y comenzó a bajar los escalones. Se detuvo y se volvió.

—Himura, no quiero que mi esposa sepa nunca de esta conversación.

Himura asintió en silencio y Naruto bajó los escalones. No creía que Danzo Himura lo acusaría alguna vez de hablar dulcemente.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, Naruto observó cómo su esposa pasaba lentamente el dedo por la lista de temas.

—¿Hime?

Levantó la mirada, con la decepción grabada en sus rasgos.

—No tienes que hablar conmigo si no quieres. No discutiré sobre la cría de ganado en la mesa.

Ella asintió con gravedad, miró rápidamente a Kawaki y luego volvió a mirar sus notas.

Naruto podía sentir el brillo de los ojos de Kawaki clavados en él. Aparentemente, su hermano había descubierto que Naruto no había hablado con dulzura con su esposa la noche anterior y eso no le había sentado bien.

Hinata cambió su mirada a Naruto y se mordió el labio inferior.

—¿Qué hubieras hecho si el Sr. Himura no te hubiera dado el préstamo para el ebanista?

Naruto se recostó en su silla, increíblemente complacido con su pregunta y feliz de que no estuviera planeando dejar que Himura o su hermano la detuvieran para alcanzar su sueño. Se preguntó qué otras preguntas había escrito en su lista.

—Iría a un banco en otra ciudad, para convencerlos de que me den el préstamo.

—¿Qué pueblo?

—Sunagakure probablemente sea el mejor.

—¿Qué tan lejos está?

Un golpe en la puerta interrumpió su pregunta, Naruto tenía una buena idea de a dónde se dirigía con las preguntas, y esperaba que no tuviera que viajar hasta allí.

—Kawaki, ¿por qué no vas a ver quién está en la puerta? — preguntó Naruto.

Su hermano empujó la silla hacia atrás y salió de la habitación. Unos minutos más tarde, con la incredulidad reflejada en su joven rostro, escoltó a Danzo Himura al comedor.

Hinata giró con gracia en su silla.

—Señor Himura, qué placer es tenerlo en nuestro hogar. ¿Le gustaría tomar un café mientras habla con mi esposo?

Naruto no sabía si alguna vez había conocido a alguien tan amable como su esposa, y en ese momento estaba muy orgulloso de que ella estuviera casada con él.

Himura giró su sombrero en sus manos.

—En realidad, señora Uzumaki, estoy aquí para hablar con usted.

Cuando Naruto raspó su silla en el piso para levantarse, Himura pareció como si casi hubiera salido de su piel.

—Puedes usar mi oficina. Necesito controlar la manada.

Salió de la casa, se dirigió al establo y ensilló a Satanás. Para cuando sacó al caballo del granero, Himura estaba subiéndose a su carruaje.

—Espero que sepas lo que estás haciendo — espetó Himura, con los labios fruncidos.

Naruto sonrió con satisfacción.

—No sería tan exitoso como lo soy hoy, si no supiera el valor de una buena inversión.

—Las mujeres no saben nada de negocios — dijo Himura.

Naruto corrió el sombrero de su frente.

—Ellas saben cómo administrar una casa. Ellas saben cómo manejar una familia. ¿Por qué diablos no crees que puedan manejar un negocio?

Farfullando, Himura golpeó las riendas y envió al caballo del buggy al trote, volviendo a la ciudad.

Naruto escuchó el excitado chillido de su esposa cuando llamó a Kawaki.

Ignoró el dolor en su pecho porque ella no había elegido compartir su alegría con él, y fingió que no le importaba porque tarde o temprano, no tendría otra opción. Tendría que venir a él, y cuando lo hiciera, aprendería que nada en la vida venía sin un precio. Para tener lo que ella quería, Naruto tendría que obtener lo que quería.

Al tocar suavemente la puerta de su oficina, Naruto se apartó de la ventana y del cielo nocturno.

—Adelante.

Hinata abrió la puerta y miró dentro.

—¿Puedo hablar contigo por un minuto?

Escuchó el temblor en su voz.

—Por supuesto.

Como alguien a punto de enfrentarse a un verdugo, entró en la habitación y se detuvo frente a su escritorio. Ella agitó su mano hacia su silla.

—Te puedes sentar.

—¿Es eso lo que quieres?

Ella le dio un asentimiento brusco.

A grandes zancadas, cruzó la habitación y se dejó caer en su silla. Apoyó el codo sobre el escritorio, se frotó lentamente los labios con el pulgar y el índice y levantó una ceja.

Ella bajó su mirada al suelo.

—Yo... eh... — Ella aclaró su garganta — Pensé que sería bueno si tu ciudad tuviera un hotel. Logré obtener un préstamo y el señor Inuzuka está diseñando los planos para el edificio...

—¿Hime?

Levantó la vista.

—Siempre debes mirar a un hombre a los ojos cuando hablas de negocios.

Visiblemente tragó.

—Lo hace más difícil.

—El hombre con el que haces negocios sabe eso. Te respetará por ello, y es más probable que te dé lo que estás pidiendo.

—¿Sabes por qué estoy aquí?

—Tengo una buena idea.

—¿Y aun así vas a hacer que pregunte?

—Todo lo que vale la pena en la vida, tiene un precio.

—¿Y tú precio?

La desconfianza y el miedo acechaban en las claras profundidades de sus ojos. Los odiaba a los dos.

—Pide.

Ella respiró hondo y apretó sus manos en puños a los costados.

—Tengo el dinero. Tengo a alguien para construirlo — apretó la mandíbula y enarcó la barbilla — Pero necesito la tierra. Cuando tú anunciaste que habías reservado tierras para una ciudad, en mi ignorancia, supuse que eso significaba que era gratis. Esta tarde, el Sr. Inuzuka me explicó que todavía eres dueño de la tierra, y que los comerciantes deben comprar los lotes antes de poder construir sobre ellos — La resignación rasgó su voz — Sin la tierra, no puedo construir el hotel.

Naruto empujó su silla hacia atrás. Ella saltó. Así tuviera que atarla, él iba a hacer que dejara de saltar cada vez que se movía.

Fue a una esquina y tomó un pergamino. Lo colocó en el escritorio y lo empujó suavemente. Rodó sobre la superficie plana, revelando el diseño de su ciudad: las calles planificadas, los lotes de construcción. Colocó su tintero en un extremo del rollo para mantenerlo en posición y colocó la lámpara en el otro extremo.

—¿Dónde quieres tu hotel? — preguntó.

La curiosidad reemplazó el miedo cuando se inclinó sobre el mapa. Pasó el dedo por la calle más ancha.

—Main Street — dijo en voz baja — Supongo que lo querría en la misma calle que el banco y la tienda general. ¿Dónde estará el ferrocarril?

—Espero que llegue a este extremo de la ciudad — dijo, tocando el punto más al sur.

—¿Para qué son estos bloques de tierra más pequeños? — preguntó, tocando una sección apartada de la ciudad.

—Casas, si tenemos suficientes personas mudándose.

Hinata mordió su labio inferior.

—El hotel debería estar cerca del ferrocarril — levantó su mirada hacia él —¿No lo crees?

No estaba preparado para el placer que lo atravesó. Ella quería su opinión. Tragó saliva.

—Ahí es donde lo pondría.

Asintió con la cabeza y colocó su dedo en un terreno justo al lado de donde había dicho que estaría el ferrocarril.

—¿Cuánto me costaría este pedazo de tierra?

Sintió la gloria del éxito surgir a través de él. Su sueño era construir un hotel. Él entendía de sueños. Su sueño era tener un hijo. Un simple intercambio: un sueño por otro. Ambos podrían tener lo que querían. Pero sin confianza, sin afecto, el precio repentinamente parecía demasiado alto.

—Una sonrisa — dijo en voz baja.

Ella levantó su mirada.

—¿Disculpa?

—El precio es una sonrisa... como las que le das a Kawaki o a Menma... o a ese maldito perro de las praderas tuyo.

Su esposa parpadeó y se enderezó. Luego jaló sus labios hacia atrás para revelar una sonrisa torturada que se parecía más a una mueca.

La lección aprendida fue dolorosa: no podía forzar el afecto. No pudo forzar una sonrisa. Y se imaginó que si se arrastraba en su cama y tomaba lo que era suyo por derecho, se sentiría más vacío de lo que estaba ahora.

Metió la pluma en el tintero y garabateó «El hotel de Hime» en el cuadrado en blanco del mapa de su ciudad. Luego caminó hacia la ventana, colocó sus manos detrás de su espalda, y miró hacia el cielo sin luna, tratando de llenar un vacío que solo parecía profundizarse con cada momento que pasaba.

—¿Eso es todo? — preguntó detrás de él.

—Eso es todo.

—¿Ese bloque de tierra es mío?

—Es tuyo.

—Oh, Naruto.

Él se volvió de la ventana. Con evidente asombro, tocaba las palabras que él había escrito en el mapa. Lágrimas brillaban en sus ojos mientras las miraba y sonreía... una sonrisa gloriosa que le quitó el aliento.

—Nunca he tenido nada en toda mi vida, y ahora soy dueña de este pequeño pedazo de tierra.

—Tienes mucho más que eso. En verdad, ni siquiera tenías que sonreír. Siempre fue tuyo.

—No entiendo.

—Cuando te casaste conmigo, te convertiste en mi compañera, no solo en mi vida, sino en todo: mi rancho, la ciudad... en todo, y yo me convertí en tu compañero.

Como él sabía que sucedería, su sonrisa se retiró como el sol antes de una tormenta.

—Entonces el hotel... ¿será tuyo también?

—Será nuestro. Pero seré un compañero silencioso.

—¿Qué significa eso?

—Que eres libre de hacer lo que quieras con el hotel. Hazlo como quieras, y voy a cerrar la boca. Pero si alguna vez quieres una opinión sobre algo, estaré aquí.

Ella cruzó sus manos en su regazo y se las miró.

—Nada ha cambiado, Hime.

—Todo ha cambiado — dijo en voz baja. Levantó la mirada hacia la de él —¿Qué pasa si quiero que el hotel ocupe dos de estos espacios en el mapa?

Él levantó una ceja.

—¿Dos espacios?

Ella asintió.

—Quiero que sea un gran hotel. Cuando la gente pase por aquí, quiero que hablen de ello.

Regresó al escritorio.

—Entonces marca otro bloque.

Sonriendo, ella metió la pluma en el tintero y con movimientos deliberados, escribió su nombre en un espacio en el mapa. Ella lo miró fijamente.

—¿Qué pasa si quiero tres?

—Tengo algunos otros planes para la ciudad también.

Ella se inclinó hacia adelante.

—¿Cuáles son tus planes? — Su pregunta hizo eco en su corazón. Se había sentido desairado cuando no había compartido sus planes con él antes, y ¿Qué había compartido él con ella? Ni una maldita cosa.

Se sentó, apoyó el codo en el brazo de madera de la silla. Él solo le decía a la gente lo que necesitaban saber para hacer el trabajo. No recordaba haberle contado a nadie todo lo que esperaba.

—Uh, bueno, tengo un periodista interesado en venir a Konoha.

Sus ojos se agrandaron.

—¿Un periódico? ¿Tendremos un periódico?

Le gustaba la forma en que había dicho "nosotros".

—Sí, tendremos un periódico. Él podrá poner anuncios y publicar boletines informativos.

—¿Cómo se llamará el periódico?

—El Líder Konoha.

—¿Qué más?

— Una mortuoria. — visiblemente se estremeció. — La gente muere — dijo.

Ella miró en el mapa y recorrió con su dedo a lo largo de las líneas que representaban las calles.

—McGirk, Tipton, Phillipy... — Su voz se apagó, dejando los nombres de tantas otras calles no dichas — ¿Por quién nombraste estas calles?

Él dejó de acariciar su mentón. Su mente de repente se llenó con los sonidos de cañones, explosiones y disparos.

—Hombres a los que mandé a la muerte — dijo en voz baja — Eran niños realmente, más temerosos de mí que del enemigo — Él levantó un hombro — Poner sus nombre a las calles, es mi manera de recordarlos, de honrarlos.

—No eras muy viejo durante la guerra.

—Pocos soldados lo fueron. Se deslizó en su silla.

—Sé muy poco de ti.

—¿Qué quieres saber?

—Todo — desvió la mirada como avergonzada — ¿Sabías que quería construir un hotel?

—Escuché el rumor.

Lo miró.

—¿Crees que será exitoso?

—Absolutamente.

Puso sus manos sobre el escritorio, con el miedo grabado en las claras profundidades de sus ojos, pero no pensó que era miedo a él.

—Naruto, quiero hacer algo diferente con el hotel.

Se levantó y comenzó a caminar. Con tanta gracia. Tan elegante. Se preguntó si realmente alguna vez la había visto caminar.

—¿Qué quieres hacer? — le preguntó.

Se detuvo y agarró el respaldo de su silla.

—Quiero usar el hotel para atraer mujeres a Konoha.

Frunció el ceño.

—¿Cómo?

Se deslizó alrededor de la silla, se sentó y se inclinó hacia adelante, con una emoción en los ojos, como nunca le había visto.

—Mencionaste colocar un anuncio para que las mujeres vengan a Konoha como novias, lo cual me parece tan injusto. Una mujer debe prometerse con un hombre que nunca conoció, tal como Tanahi se prometió contigo. ¿Qué pasa si ella cae en una trampa? ¿Si quisiera casarse con alguien más? No todos los hombres son tan generosos como tú. No todos los hombres renunciarían a su reclamo. ¿O qué pasaría si conoce al hombre y no le agrada?

Saltó de la silla y comenzó a caminar de nuevo. Naruto estaba fascinado mirándola, como si realmente pudiera ver formarse sus pensamientos.

—Quiero darles a las mujeres una razón para venir a Konoha que no tenga nada que ver con el matrimonio. Quiero tener un buen restaurante dentro del hotel, donde los hombres se reúnan para hablar de negocios. Quiero que las mujeres administren el hotel y trabajen en el restaurante. Traeremos mujeres de todo el país aquí. Capacitándolas. Ofreciéndoles las habilidades que necesitan para trabajar en nuestro hotel. Si encuentran un hombre que les gusta y se casan, no será porque no tenían otra opción.

Sus palabras chocaron contra él con la fuerza de un toro en estampida. Ella no tuvo otra opción. Se preguntó con quién podría haber decidido casarse si le hubieran dado la oportunidad.

Dejó de caminar, colocó sus palmas sobre el escritorio, y se encontró con su mirada.

—¿Qué piensas?

Que deberías haber tenido una elección.

Mantuvo sus pensamientos sólo para él, se levantó y caminó hacia la ventana. A lo lejos, podía oír su molino de viento. Detrás de él, podía sentir la tensión de Hinata mientras esperaba su respuesta.

No le había dado una opción cuando había decidido que se casarían, pero ahora podía darle una opción. Él se quedaría fuera de su habitación hasta que lo quisiera allí.

Girando, él capturó su mirada.

—Creo que estás a punto de construir un imperio.


CONTINUA