La avaricia de su padre, las había llevado a ese lugar con apenas seis años de vida. Un borracho violento, impertinente y pervertido, que gastaba sus miserables ganancias como minero, en mujeres de la noche y alcohol. Dejando a su numerosa familia de cuatro hijos y su infeliz mujer, devastados en la miseria y la desolación, no valía la pena.

— Son unas piltrafas muertas de hambre — pronunció con desprecio la mujer frente a ellas — Pero tienen espíritu — las miró de una a la otra — Me ocuparé de ellas — le dijo a la mujer que las había llevado allí.

— Gracias — inclinó la cabeza de agradecimiento y vergüenza — Muchas gracias, señora Gertrud — levantó la mirada con los ojos empañados en lágrimas — No le pediría esto sí… —

Ella levantó una mano haciéndola callar. No estaba allí para escuchar sus arrepentimientos u horribles lamentos, de la miserable vida que llevaba a causa de su inútil esposo.

— Trabajaste muchos años aquí, Sylvia — acotó sin más y con fingida indiferencia hacia la pobre, descarnada y triste sirvienta ante sí — Tómalo como un favor por tantos años de servicio — asintió en silencio — Te daré cinco minutos para que les digas adiós y luego, deberás irte en silencio —

Salió dignamente por la puerta, con la frente en alto y un enorme manojo de llaves colgando del mandil. La señora Gertrud Margulis, una mujer negra, inteligente y transgresora, que llevaba el mando de las sirvientas de la mansión Laurel desde hacía años. Se caracterizaba por ser una fiel empleada y sumamente honrada, en uno de los tantos territorios de los Cotswolds dentro del corazón de la campiña inglesa, repletos de enclaves deliciosos y pueblos de piedra, pertenecientes al Ducado Row.

— ¿Mami? —

Habló su pequeña Dea, muerta de miedo y aferrando la mano de su inseparable hermana gemela. No sabía que estaba pasando, pero estaba segura de que no volvería a ver a su madre después de esa noche.

— Mami tiene que irse, cariño — inspiró profundo y entre temblores, tratando de mantener la calma — Prometanme que se portarán bien, que escucharán siempre los consejos de la señora Gertrud y que harán todo lo posible para ser felices — se arrodilló ante ellas y las abrazó con todas sus fuerzas — No comentan los mismos errores que está tonta madre —

— ¿Volverás? — preguntó su hija Gaia correspondiendo el abrazo.

— No lo sé, mi amor — nunca, jamás volvería, porque era consciente de que su marido no le permitiría sobrevivir esa noche, después de lo que había hecho con sus cuatro hijos — Pero procura obedecer a tus mayores hasta que yo regrese, ¿Está bien? — las soltó, al fin — Sean buenas, no engañen y tampoco mientan a nadie — adoró sus hermosas caritas — Trabajen duro, sean fuertes y valientes, que no hay nada en este mundo que no logren o puedan tener — acarició sus rizos, lentamente — Estudien mucho, sean listas e inteligentes, que ningún hombre les diga que es lo que deben decir o hacer — les regaló un último beso en la frente — Y cuando encuentren a alguien que las ame, que de vuelta el mundo por ustedes y que escuche cada una de sus palabras sin dejar de sonreír, nunca lo dejen ir, porque estoy segura de que las hará feliz — su labio inferior tembló, ya no podía contener el llanto y el dolor que la estaba desintegrando por dentro — Las amo, mis niñas — dejó un pequeño recuerdo en cada una antes de incorporarse — Mamá siempre las va amar —

Abrió la puerta más cercana y salió a trompicones de allí, huyendo con su alma hecha pedazos y sin mirar atrás. Si volteaba, tan sólo un instante, se arrepentiría y volvería a por ellas, para vivir juntas en un doloroso y perturbador infierno de violencia, negligencia y soledad. Un atroz calvario para cualquier persona en la humanidad y ni hablar, de un niño.

— ¿Niñas? —

Pronunció la señora Gertrud después de unos minutos y apareciendo tras la puerta, un tanto extrañada. Ninguna de las dos lloraba. Al parecer, ya habían sufrido lo suficiente y no había más lágrimas que derramar.

— Vengan por aquí — las invitó a seguirla, haciendo un ademán hacia el pasillo y recobrando la compostura enseguida — ¿Quién de ustedes es Gaia? — la niña de vestido azul levantó una manita — Tu madre me dijo que te gustan los animales — asintió y sin soltar a su hermana ni un instante — Muy bien, tú te harás cargo de los ponys, los pollitos y las madrigueras a partir de mañana …— le dio tiempo a que lo asimilara — Dante te enseñará todo lo que necesites, él se encarga de los establos y te ayudará el tiempo suficiente, hasta que puedas acondicionarte al trabajo pesado, ¿Está bien? —

— Sí, señora Gertrud — el pasillo las guiaba al cuarto de servicio.

— ¿Dea? —

Pronunció el nombre de la otra niña, un poco más delgada, ojerosa y con un andrajoso vestido rosa. Se veía mucho más seria y parca que su hermana.

— ¿Sí? —

— Si eres tan diligente como Sylvia para la limpieza, trabajarás con Cynthia durante el día— se trataba de una de las criadas más jóvenes — Y le ayudarás a alistar los cuartos de la princesa Eyra y al joven maestro Lai, mientras ellos no están —

Un trueno irrumpió, aún más, el lúgubre ambiente. Afuera se desataba una horrible tempestad y como era la costumbre en las viejas campiñas en pleno noviembre.

— Además, te ocuparas de la biblioteca y el aseo de las ventanas a diario, ¿De acuerdo? —

— Está bien, señora Gertrud — se detuvieron frente a una puerta blanca en una de las alas más alejadas de la casa.

— Bien — se veía a kilómetros que eran unas niñas obedientes — Antes de dormir, les daré un baño — suspiró fuerte, doblando las mangas del vestido y arreglando su mandil — Ésto será difícil para ustedes y para mí — abrió el grifo de agua caliente y las ayudó a desvestirse — Pero le prometí a su madre que cuidaría de ustedes y así lo haré — sonrió enternecida al observar lo pequeñas y menudas que eran — Como su abuela Mary cuidó de mí —

El tiempo voló, se desintegró y aunque fue muy duro para todos, las gemelas se adaptaron rápidamente a su nueva vida, después de ocho años de servidumbre. La paga era mínima, pero lo suficientemente generosa, como para llenar cada día un poco más, la pequeña caja vacía de puros que Artur, el mayordomo, les había regalado.

— ¿Dea? — abrió la puerta trasera de la cocina preguntando por su hermana y no encontrandola — Cynthia… —

Se acercó a la sirvienta que siempre estaba con ella y que ahora se encontraba amasando pan.

— ¿Dónde está mi hermana? —

Envuelta en un sucio overol roto, camisa escocesa a cuadros, una derruida gorra y pesadas botas de campaña, todos confundiría a esa bonita señorita con un pequeño varón.

— Está en el jardín de invierno con la señora… — limpió sus manos con un trapo para poder quitar los restos de harina y prestarle total atención — Hoy regresa el maestro Lai, después de estar tres años en la academia y… — se congeló al ver su semblante aterrado — ¿Qué ocurre? —

La sostuvo de los hombros, ya que se veía muy pálida y asustada. Algo malo le había pasado, no había dudas de eso. Ella trabajaba en los establos, el gallinero y las madrigueras. Un mundo rodeada de hombres y cualquier cosa podría pasarle al encontrarse expuesta.

— Es que… — no sabía cómo decirlo o explicarlo — Esta mañana desperté un poco rara y me sentía muy cansada — sus ojos se llenaron de lágrima — Comencé con mis labores, ya que Dante me necesitaba y al rato, mi estómago comenzó a dolerme — llevó ambas manos a su bajo vientre — Y al llegar al retrete, me dí cuenta que, tengo una hemorragia —

Cubrió su rostro soltando un sollozo. No podía seguir explicando aquello, tenía miedo de estar muriendo y mucho.

— ¡Oh, Gaia! ¡Cariño! — la abrazó como si tratase de su hermana pequeña y de hecho, ambas lo eran — No te asustes, estarás bien —

La arrulló de un lado a otro entre sus brazos, después de besarle la coronilla. Era más que obvio que, nadie le había comentado de los cambios biológicos que las mujeres sufren a lo largo de los años.

— Acompáñame al sanitario, tenemos que hablar —

La llevó bajo su brazo al baño de servicio más cercano. Tenían mucho qué conversar y de los cuidados a tener la próxima vez.

— ¿Tú qué crees, Dea? — habló la señora Helen y acompañada de su bella hija Eyra, disfrutando ambas de la hora del té — ¿Esta noche tendré que servir carne roja o pavo? — dejó la taza sobre su plato — A mi hijo le encanta el pavo asado —

— No conozco los gustos del joven maestro, my lady —

Le sirvió un poco más de té. Ni siquiera conocía personalmente al heredero del ducado, cómo para saber cuáles eran sus gustos culinarios.

— Pero las verduras de esta temporada, son exquisitamente dulces y quizás podría acompañarlo con alguien guisado o estofado de ternera — hizo lo mismo con la joven princesa — O puré con crema espesa, sería una mejor opción — le entregó a su vez una rebanada de pastel a cada una.

— Tienes razón y no puedo esperar menos de una de las discípulas de Gertrud — sonrió ampliamente y más que satisfecha al recibir su plato — Como siempre, eres brillante para presentar la mesa y acompañarla como es debido, querida — inclinó la cabeza en agradecimiento — ¿Has pensando la propuesta que te hice? —

— No lo he conversado con mi hermana aún, my lady — se removió incómoda y planchando con las manos mandil de su uniforme — Es una decisión muy importante la que debo tomar y no me corresponde a mi sola hacerlo —

— No hay nada en que pensar, Dea — acotó la otra joven presente — El puesto de ser una de las doncellas de la duquesa, no es una oferta que puedas dejar pasar a la ligera —

Metió una cucharada de pastel a su boca y el mismo, se deshizo en su lengua de una forma muy dulce.

— Lo sé, princesa — apartó un rebelde rizo de su rostro — Pero Gaia quiere viajar a Londres, para reencontrarnos con nuestros hermanos y no la puedo abandonar a su suerte en una ciudad tan grande —

Le prometieron a su madre, antes de dejarla ir que, siempre estarían juntas y cuidarán una a la otra en todo momento.

— Tres días — dijo la duquesa en forma de ultimátum — Tienes tres días para darme una respuesta razonable y podrás… —

— ¡Madre! — la voz de un hombre joven no la dejó continuar, interrumpiendola.

— ¡Hijo mío! —

Lo recibió entre sus brazos. Había crecido tanto en estos últimos cinco años que ya era todo un hombre. No era el pequeño Lai que recordaba.

— ¡Bienvenido a casa! —

Consternada. Completamente consternada y obnubilada, así se encontraba después de la conversación que mantuvo con Cynthia. No podía creer que el cuerpo humano pudiera experimentar tales cambios como esos. Pero, lo más espeluznante de todo, eran los encuentros íntimos entre un hombre y una mujer por las noches. La llenaba de pánico el simple hecho de poder experimentarlo.

— Es algo asqueroso — murmuró consigo misma y limpiando uno de los establos con un enorme azadón — Jamás haré una cosa así — volvió a tocar su abdomen, llena de certezas y dudas — Seguro va a dolerme —

Rió por lo bajo, siguiendo atentamente con su labor. Luego de eso, tenía que alimentar a los pollitos y no había tiempo que perder en absurdos soliloquios.

— ¿Qué cosa? — pronunció su amigo Dante desde atrás.

— Nada — le dió la espalda, se sentía muy avergonzada por lo de esa mañana — No lo entenderías —

— Claro que no y no preguntaré nada al respecto, si es lo que te preocupa — él era unos tres años mayor que ella y de hecho, tenía la misma edad que el hijo de los duques, sólo que su vida fue completamente diferente — ¿Ya te sientes mejor? —

Recordaba haberla visto correr como una loca, desde el retrete hasta la casa de atrás.

— Sí, gracias —

Volteó al fin y después de quitarse toda la vergüenza de encima. Dante era inteligente, despierto y muy listo para su edad. No era un neófito del mundo de las féminas.

— En unos tres o cuatro días, estaré mejor — sonrió, quitándose el gorro de la cabeza y dejando caer sus largos rizos por la espalda — Todo el mundo está muy inquieto, el joven maestro regresará hoy — tomó asiento en el suelo para jugar con una de las espigas de heno entre los dedos.

— Cinco años de ausencia es mucho tiempo — su amigo hizo lo mismo — Seguramente, ya es todo un gran señor —

Lo rememoraba como un niño pequeño, frágil y enfermizo, de enormes ojos azules, que resplandecian de su pálido rostro por su extraño cabello negro azabache.

— Sólo he visto al joven maestro desde lejos, una única vez y hace algunos años — se llevó la espiga a la boca — No recuerdo mucho de él y mucho menos de su amigo asustadizo, el pequeño llorón de cabellos castaños — su lejano encuentro fue en el verano de hace unos seis años atrás o quizás un poco más, en el mismo tiempo en el que ellas llegaron allí — Ya que mamá Gertrud, no nos permitía acercarnos demasiado a ellos o a la princesa Eyra, hasta que lo autorizaran los señores — la espiga bailaba de un lado a otro en sus labios.

— ¿La extrañas? — habló sin pensar y mirándola a los ojos — A la señora Gertrud, ¿La extrañas? —

— Como no tienes idea — tragó pesado para pasar el dolor que le corroía la garganta — Pero ella nos educó y nos crío bien, somos su legado — miró la pequeña lágrima azul que colgaba en su cuello — Al igual que el de nuestra madre —

Las risas y el momento a menos entre ellos, la hacían sentir cada vez más incómoda. Ella no tenía más que a su hermana y los tiempos compartidos, eran cada vez menos. Realmente, no sabía cómo sentirse o qué hacer en situaciones así. Se sentía ajena al afecto fraternal y familiar que a ellos los invadía.

— ¿Dea? — llamó la duquesa en un gesto austero — Acércate — así lo hizo, tan obediente como siempre y girando con nerviosismo el pequeño anillo engarzado en su mano derecha — Ella es la muchacha de quién te hablé en mi última carta, Lai —

Sus ojos se encontraron y ella quedó hipnotizada, prendada de él y sus irises tan azules como el Mar Báltico, pero haría todo lo posible para poder disimularlo. El heredero del ducado, ese joven niño desconocido de cabello azabache, rasgos finos y que había visto a lo lejos hace tanto tiempo, se había convertido en un apuesto y admirable hombre.

— ¡Rufus! —

Silbó con dos dedos en los labios llamando al sabueso de la casa. El atardecer ya empezaba a marcar el final del día y debían regresar después de sacarlo a pasear.

— ¡Rufus! ¡Tenemos que comer! ¡ Vamos a casa! — un alarido lastimero desde el fondo del bosque la hizo correr hasta allí — ¡Rufus! —

Lo encontró ensangrentado y tumbado en el suelo, esforzándose por respirar. Un enorme jabalí salvaje lo había herido horriblemente.

— ¡Maldita bestia del demonio! — lo apuntó con el arma que siempre cargaba con ella cada vez que salía al bosque — ¡Hoy te mueres! —

Apretó el gatillo cuando arremetió al reparar en su presencia, pero otra detonación se escuchó mucho antes de abrir fuego. Alguien más había disparado. Observó en varias direcciones buscando su procedencia y lo encontró, a unos cuantos metros de ella. Un joven alto, castaño y de increíble porte, apuntaba en su dirección con un rifle humeante en las manos. Bajó el arma y la guardia al cruzar miradas . Sus ojos eran verdes, tan verdes como ese inmenso bosque y la impactaron.

— ¡Rufus! — salió del trance al escucharlo llorar — Rufus, amiguito — tocó con las manos temblorosas la enorme herida en uno de sus flancos — ¿Qué te hicieron? — la sangre escurría a borbotones — Todo estará bien, lo prometo — lo abrazó intentando levantarlo, pero no pudo hacerlo, era muy pesado.

— No sobrevivirá — aseguró la profunda voz del joven de hace unos instantes — Lo mejor será que… — ella se incorporó, aturdida, nauseabunda y cubierta de sangre.

— Sólo hazlo y ya — caminó unos metros tapándose los oídos con fuerza y haciéndose pequeña junto a los pies de un inmenso árbol — No quiero escucharlo sufrir más — y una segunda detonación, marcó su final.

La cena estuvo excelente y exquisita. Todo salió bien y a la orden. Gracias a la excelente coordinación y supervisión de Cynthia, una de las tantas protegidas de la señora Gertrud había tenido bajo su manto a lo largo de los años, no podía haber fallas.

— Estoy muerta —

Desató su largo cabello, se quitó los zapatos, aflojó un poco el escote del uniforme y se recostó sobre una de las bancas del jardín de invierno, para descansar los ojos por unos minutos. Inhaló profundamente y se durmió al instante, sin contemplar que alguien la había seguido y esperaba el momento justo para acercarse, al salir de las sombras. ¿Sería muy avaricioso de su parte, esconderla en el lugar más recondito del mundo y resguardar su existencia sólo para él?, Evitando así que, otros hombres la anhelaran o tuvieran como si fuera una joya invaluable.

— Has crecido mucho, preciosa — tomó uno de sus largos rizos que caían con gracia y lo llevó a sus labios, dándole un delicado beso — A penas y recuerdo cuando te ví por última vez, pero sigues siendo encantadora, a pesar de los años —

No la había olvidado pequeña hada alada de tristes ojos avellanas, que se tomaba la molestia de encender una lámpara para él en las noches de tormenta y dejaba flores en su habitación cuando al despertar. Ella sería siempre, lo más hermoso que había visto en su vida y lo más tierno que no había podido olvidar.

— Y eso fue todo, Dante — conversaba con él como lo hacían todas las noches antes de ir a dormir y desde sus camas literas — Después de darle fin a Rufus, el joven Hellsing se encargaría de transmitir la mala noticia al duque — frotó sus ojos al sentirse cansada — Él lo amaba —

— Sí, como todos, era un buen perro y lamento mucho que hayas pasado por algo como eso — negó con la cabeza y llevando las manos tras la nuca — Tendría que haber estado contigo —

— Estoy bien — una lágrima rebelde caía por su sien, no la pudo detener a tiempo — ¿Sabés algo, Dante? — esperó a que continuara — El joven Hellsing es el niño llorón que encontramos en el bosque hace unos años atrás —