Hasta la Eternidad:


3: El rostro del conde


Kilkenny. Sureste de Irlanda

El abogado del conde resultó ser un tipo agradable. Y no le dio opción a negarse cuando le ofreció su casa para pasar la noche. Cuando acercó la taza de café hacia Hinata, sonriendo y mostrando unos dientes blancos, ella no pudo por menos que sonreírle. Tras probar el café, sin embargo, lo habría besado.

—Es muy bueno.

—Se imaginaba que iba a servirle algo más parecido a una taza de agua sucia, ¿verdad? —Dejó escapar una risita ante su cara de circunstancias—. Como usted yo viví seis años en España, en Barcelona cuando era más joven, señorita Hyūga, y me acostumbré al café fuerte del mismo modo que me acostumbré a la paella, al cocido o al bacalao. Me encanta la buena mesa, venga de donde venga.

Hinata asintió, divertida. El abogado era un hombre alto, de pelo blanco largo.

—Si tenemos tiempo, antes de que regrese a Madrid, le invitaré a una buena comida.

—Francamente, señorita Hyūga, preferiría que me enviara una buena botella de vino del Penedés, o un buen Ribera del Duero. Tampoco hago ascos al Rioja, desde luego.

Hinata estaba pasando un rato divertidísimo. Le habían facilitado el nombre y la dirección del abogado para que él le expusiera exactamente las instrucciones del conde y le entregara el «salvoconducto» para hospedarse en el castillo de Konohagakure durante la realización del trabajo.

No cabía duda de que aquel hombre tenía gustos caros que a todas luces podía permitirse. La casa estaba apartada, rodeada de un jardín hermoso y bien cuidado, y era grande, tenía las paredes revestidas casi por completo de madera, con luces indirectas, muebles costosos y aún más costosas tapicerías. El despacho en el que se encontraban en ese momento era una muestra de buen gusto y del poder adquisitivo de las clases pudientes.

—Hábleme del castillo —le pidió ella, asintiendo con un gesto cuando él levantó la cafetera otra vez, en señal de ofrecimiento—. Gracias. Espero poder dormir esta noche.

Jiraiya Watford se sirvió también una segunda taza endulzada con una pastilla de sacarina que removió con mano nerviosa. Se retrepó después en el butacón de enormes orejeras que parecían aprisionarlo, dio un sorbo y miró directamente a la joven, al tiempo que suspiraba.

—¡Si yo tuviera veinte años menos...! —dijo, galante, haciéndola sonreír otra vez—. Bien, ¿qué quiere saber sobre el castillo?

—Todo lo que pueda decirme. Sólo me dijeron que es del siglo XI.

—En realidad Konohagakure es anterior. Comenzaron a levantarlo en el X. No era más que una construcción cuadrada y tosca, con dos torreones igualmente cuadrados, uno a cada lado. Los vikingos colonizaron la costa oriental de Irlanda, como sabrá, y penetraron en el interior de la isla.

» En el año 1014, en la batalla de Clontarf, fueron derrotados por el monarca Brian Boru, o Boroimhe si le agrada más, aunque él murió allí mismo, asesinado por los vikingos que huían a la desesperada de la derrota. En realidad, fueron sus hijos los que consiguieron vencerlos definitivamente —explicó—. Fue después de aquella batalla cuando Firgo Namikaze lo dotó de una geometría mucho más imponente, aprovechando la recompensa que obtuvo por luchar del lado de Brian, quien llegó a ser Gran Rey de Irlanda.

» Pero quien realmente acabó de levantarlo, casi en la forma en que ahora se puede admirar, fue Sigmur Namikaze, que adquirió poder y el título de lord en la época de Enrique VII, el hijo de Owen Tudor, hacia 1495. ¿La aburro?

—¡Nada de eso! Me parece fascinante.

—Sigo, entonces. Después de años, lord Minato acabó de embellecerlo, aunque a su muerte el castillo sufrió desperfectos y una de las alas se quemó casi por completo.

—¿Está destruida?

—Está totalmente restaurada. Su hijo, Naruto Namikaze, el zorro, vengó la muerte de su familia y reconstruyó el ala incendiada. Cinco años después, también él murió en otro ataque. Los siguientes condes fueron adquiriendo, con el paso del tiempo, verdaderas obras de arte, algunas de las cuales usted tendrá que valorar. Por supuesto, también lo modernizaron con las últimas tecnologías.

Hinata dejó su taza de café, de finísima porcelana y, aunque habría tomado una tercera, se recordó a sí misma las noches que había pasado en blanco a causa de los efectos de la cafeína, de modo que se reprimió. Tabaco, café y estrés a partes iguales podían dar con ella en un camino sin retorno antes de tiempo, como alguna vez le avisara su médico de cabecera.

—El Zorro. Extraño apodo. Supongo que por las batallas...

—¡Ni mucho menos! —rio el abogado—. Los hombres de Naruto Namikaze lo apodaron así por sus incontables correrías tras las damas. Al parecer, era eso, un zorro, en lo que a conquistas se refiere. Según cuenta la historia, estaba en una de esas andanzas cuando atacaron el castillo y mataron a toda su familia. Desde entonces está maldito y algunos le dan el sobrenombre de «el Conde Errante».

—¿Maldito?

—Dicen que su espíritu vagará por el castillo sin descanso hasta que aparezca la reliquia de la familia.

Hinata esbozó una sonrisa un poco forzada y no pudo evitar que un escalofrío recorriera su columna vertebral.

—¿Su espíritu?

—Su fantasma, si quiere. No puede quejarse, señorita Hyūga —bromeó—, va a vivir en un castillo con espectro incluido.

—No creo en los fantasmas, salvo en los que se encuentra una a cada paso.

El abogado soltó una sonora carcajada y se inclinó para darle unas palmaditas en la mano con afecto.

—Ciertamente, hoy en día hay demasiados, querida.

—Y dígame: ¿Qué es eso de la reliquia? ¿Una joya? ¿La muela del juicio de algún santo?

—Una sandalia. Aunque me parece que, sea lo que sea, usted tampoco cree en las reliquias.

—No soy lo que se dice muy creyente.

—En Irlanda sí lo somos. La sandalia era... o es, porque en algún lugar debe encontrarse oculta aún, de Jesús. Jesús el Nazareno.

—Ya veo.

—No, creo que no ve nada —replicó el abogado, muy serio ahora—. Esa sandalia llegó a suelo irlandés por medio de José de Arimatea, según cuenta la leyenda de Konohagakure, y fue custodiada por la familia desde que no eran más que unos granjeros analfabetos y sucios. Dicen que la reliquia les dio fuerza, valentía y poder.

» Se perdió la noche en que quemaron la torre y asesinaron a Minato Namikaze, a sus dos hijos menores y a todos sus criados y guardianes. Cuentan que cuando Naruto llegó al castillo, su padre, moribundo ya, lo maldijo hasta que la hallara de nuevo. De ahí que vague todavía entre sus muros.

—Hasta que la encuentre.

—Exactamente. Hasta que la encuentre.

—Y dice usted que eso sucedió en...

—En el año 1535.

—De modo que lleva buscando esa zapatilla unos... 469 años, ¿no es así? —calculó Hinata con rapidez.

—Sandalia, no zapatilla.

—Perdone. Jiraiya se reclinó de nuevo entre las orejeras de su sillón y observó a la joven con interés.

—¿Qué haría usted si se encontrara con el fantasma del conde de Konoha, señorita Hyūga?

Ella enarcó las cejas perfectamente delineadas y dijo:

—Invitarlo a una Guinness, ¿Qué otra cosa?

Una nueva carcajada irlandesa retumbó en el despacho del abogado.

.

.

Shizune Katō acabó de inspeccionar la platería, dio el visto bueno a su limpieza y salió de la salita en la que trajinaba una muchacha que terminaba de cumplir con sus quehaceres. Caminó por la amplia galería que la conducía al patio central, conocido también como el patio de las columnas o el claustro.

Aunque vivía en el castillo desde hacía años, a veces se sentía abrumada por su tamaño, sus largos pasillos, las gigantescas escaleras de piedra, los altísimos techos, sus enormes salas. Se había acostumbrado a la riqueza que se albergaba en su interior, pero habría permanecido allí, aunque no fuese más que un conjunto de grises y frías piedras. Lo consideraba su hogar.

Tardó varios minutos en cruzar el corredor y antes de salir al claustro se detuvo ante una de las pequeñas pinturas colgadas en el muro, la enderezó y deslizó el dedo índice por el marco, comprobando satisfecha que no había polvo.

Le gustaba el trabajo bien hecho y, por fortuna, tenía bajo su mando a un grupo de trabajadores competentes.

De todos los lienzos, aquél era su preferido. Como tantas otras veces, ella fijó sus ojos, grandes y aún vivarachos, en el rostro encantador de aquella chiquilla pelirroja que sonreía a quien la plasmara en el óleo.

Al mirar por enésima vez aquella carita de piel pálida y compararla con el perfil atezado, varonil y hermético del cuadro situado justo al lado, el del caballero que fuera condenado a vagar por entre los muros del castillo, una vez más se estremeció. Suspiró y continuó su camino, recordando...

Hacía más de quince años que cargaba sobre sus espaldas el gobierno del castillo, un trabajo arduo que requería mano dura y mano izquierda a partes iguales. Konohagakure no era una casa de dos pisos, sino una fortaleza en la que constantemente había situaciones que controlar y objetos que arreglar, sustituir, limpiar... Absolutamente todo dependía de ella, desde la contratación de personal hasta la supervisión de la intendencia. Pero le agradaba hacerlo y disfrutaba con ello.

El actual conde, Minato Naruto de Namikaze, había heredado aquella descomunal mole de piedra y los terrenos que la circundaban, juntamente con otras dos propiedades y una sustanciosa fortuna, hacía ya ocho años. Ella, y el resto del personal, entraban en el lote.

En un principio supusieron que el joven conde, que antes de la muerte de su padre apenas había pisado el castillo, no conservaría a muchos de los empleados, y que por ende, ella perdería su empleo. Bastó una conversación para confirmarla en su puesto. Había resultado una entrevista extraña, que aún ahora, después de ocho años, seguía causándole zozobra.

El joven, que apenas contaba veintiún años, la recibió en la biblioteca. Estaba de pie, erguido, con las manos cruzadas a la espalda, inmerso en la contemplación de los cuidados jardines, a través de las enormes cristaleras. Aunque era el dueño, parecía desentonar en aquel lugar, como si no estuviera allí más que de paso. Su cabello rubio, relucía bajo el pálido sol que se filtraba por los ventanales.

—¿Me mandó llamar, señor? —preguntó ella con voz queda, mientras sus dedos retorcían las cintas del inmaculado delantal que llevaba sobre su oscura vestimenta.

El conde no se volvió a mirarla, pues estaba más interesado, al parecer, en la vista del bosque que abrazaba la propiedad, a lo lejos, mecido por una suave brisa.

—Debo entender que sigue siendo el ama de llaves —dijo con una voz profunda y ronca, poco acorde con un hombre tan joven.

—En efecto, señor.

—¿Cuánto tiempo lleva en su puesto?

—Cinco años, señor.

—¿Por qué?

La pregunta la confundió. Durante unos segundos no supo qué responder. Podría haber echado mano de sus antiguas credenciales, alegado que el padre del conde la había contratado por su excelente hoja de servicios, que cumplía su trabajo concienzudamente. No dijo nada de eso. Sólo musitó:

—Amo Konohagakure.

Entonces él sí se volvió a mirarla. Y en su cara morena, Shizune no descubrió a un joven estúpido que acababa de convertirse en una de las mayores fortunas de Irlanda y que, muy seguramente, aún necesitaba de los consejos de un asesor hasta para limpiarse la nariz.

Lo que encontró, por el contrario, fue una sonrisa de diablo, unos ojos azules como el cielo y un parecido tan asombroso al Conde Errante que se le atascó el aire en los pulmones.

—Todos dicen que soy su vivo retrato, ¿verdad? —dijo él, como si le hubiera adivinado el pensamiento—. ¿Usted qué opina?

—No sé si la opinión de una simple ama de llaves le interesa demasiado, señor. Imagino que ha visto sus retratos.

—Así es. Y, en efecto, no me interesa su opinión, pero sí quiero que responda a mi pregunta.

Ella le tomó antipatía de inmediato. Altanero y engreído, sabedor de la inmensa fortuna heredada y convencido, probablemente, de que seguían existiendo los señores feudales y los siervos. Y él era uno de aquéllos.

—Entonces le diré que bien podría haberle confundido, señor, si no fuese porque usted tiene el cabello corto, viste un traje de marca y él, por el contrario, botas altas, calzones y camisa pasada de moda hace unos... quinientos años.

El conde dejó escapar una carcajada espontánea.

—De modo que ama estas piedras.

—Me enamoré de ellas el primer día que las vi.

—¿A pesar del fantasma de mi antepasado?

—A pesar de todo.

Namikaze se acercó al globo terráqueo situado junto al lado derecho de la gran mesa de nogal, lo abrió y se sirvió una generosa ración de whisky. Luego, con mucha calma, dejó la botella de jerez a la vista de Shizune, incitándola en silencio y observándola atentamente.

—¿Lo ha visto?

—¿A quién, señor? —Sintió que se sonrojaba al intuir que él conocía su pequeño vicio. De vez en cuando, sobre todo cuando llegaba el frío, gustaba de beber un poco de jerez antes de acostarse.

—¿Es necesario que le diga el nombre, señora Katō?

Ella cambió el peso de una pierna a otra, inquieta.

—¿Es necesario que le conteste?

Los ojos del joven relucieron como zafiros.

—Si se atreve... Todo el mundo dice que es una leyenda.

—Lo es, señor. Una leyenda.

Ella lo vio encogerse de hombros.

—Desde que era niño me han parecido estúpidas esas historias de misterio —murmuró el conde, dirigiendo la vista hacia los ventanales—, y el castillo parece estar envuelto en ellas.

—Si se queda en Konohagakure una temporada, puede que las comprenda mejor.

Él se volvió, la miró de nuevo y sonrió fugazmente mostrando la blancura de sus dientes. Aquel demonio era capaz de hacer pecar a un santo sólo con sonreír, pero ella sabía muy bien que no debía confiarse.

—Mi padre —dijo en un tono más severo— ha dejado demasiados asuntos de los que debo hacerme cargo. Regreso a Dublín esta misma noche. Francamente, no entiendo cómo al viejo le encantaba vivir entre estas paredes inhóspitas y frías, aislado de todo, ni la causa por la que yo debo hacerlo ahora. Nunca me gustó ni me gustará este castillo. Bien —se irguió en toda su estatura—, usted me mantendrá informado de cualquier contratiempo que pueda surgir.

—Es mi deber, señor. Ya lo hacía con su padre.

—Lo sé. Él hablaba de usted siempre que me visitaba. Confío en que siga tratando al personal con mano firme, ya sabe que, si se aflojan las bridas, se desbocan.

Shizune sintió que algo bullía en su interior. Aquel hombre hablaba del personal que trabajaba para él como si de caballos de carga se tratara, y eso le desagradó.

—Procuraré, como hice siempre, que todo esté en orden.

—Si apareciera ese... fantasma me avisaría, ¿verdad? —preguntó él, con la intención de hacer una broma, pero a Shizune se le erizó el vello de la nuca.

—¿El Conde Errante? Me temo que tendrá que armarse de paciencia, señor. Además, usted no cree en leyendas, acaba de decirlo.

Minato volvió a reír. Dejó el vaso sobre la mesa, se acercó a ella, se inclinó y casi pegó su nariz a la suya.

—Es usted aguda. Franca. Con agallas —enfatizó con un susurro que hizo que Shizune deseara desaparecer—. Después de todo, mi padre tenía razón: es usted una mujer singular. Me será útil.

«Como quien compra un coche o una cámara fotográfica», pensó la señora Katō.

—¿Eso quiere decir que sigo en mi puesto, señor?

—Por el momento.

Luego el conde salió de la biblioteca sin despedirse, dejándola sola y desconcertada.

El muchacho se había convertido en hombre entre visita y visita a Konohagakure, por imposición del testamento del anciano conde, que siempre pretendió que su hijo se sintiera tan próximo al castillo como lo había estado él.

Durante los primeros años, y a pesar de su animadversión por la propiedad, el joven no había faltado ni uno solo; se quedaba un mes completo, volviendo locos a los sirvientes con sus idas y venidas, sus caprichos y sus exigencias. Atemorizando a todos.

Contrariamente a su padre, el difunto conde, el joven se hizo odiar, pero sus estancias habían sido voluntad de su padre y tenía que cumplirlas, pues de otro modo la propiedad habría pasado a manos de una fundación.

Por fortuna para todos, cumplió los veinticinco años, y la cláusula prescribió. A partir de ahí, los negocios y las mujeres ocuparon todo su tiempo, y Konohagakure quedó relegado a una obligación de un par de días anuales, a lo sumo.

El día anterior se presentó de improviso, despidió a dos mozos que cuidaban de las caballerizas porque habían osado montar sus potros purasangre, y metió de nuevo el miedo en el cuerpo a los sirvientes.

La señora Katō, por descontado, jamás hizo comentario alguno sobre las apariciones, aún cuando ella misma las viera y estuviera a punto de enloquecer.

Se dio la vuelta nuevamente al escuchar algo como un arrastrar de pies a sus espaldas.

¡Allí estaba! Como en otras ocasiones. Medio escondido entre las sombras. De no haber sabido que era él, podría haberlo confundido con el actual conde.

Hacía dos años lo había visto por primera vez. Después del sobresalto inicial y a pesar del susto, aún tuvo el valor suficiente para increparlo, creyendo que se trataba del otro. Sin embargo, él no contestó y siguió mirando con gesto de enojo el cuadro de Shannon Namikaze a los tres años de edad, que un desaprensivo visitante había lastimado por descuido, luego de saltarse la cinta de seguridad.

Shizune lo había observado con más detenimiento mientras se le aproximaba. Percibió algo extraño en su silueta, algo... etéreo, misterioso y terrible. Un cosquilleo de miedo le recorrió la espina doral.

Cuando él se volvió y la miró fríamente a los ojos, la señora Katō soltó un grito sofocado y se desmayó. La encontraron dos muchachas del servicio, la llevaron a su cuarto y avisaron al médico del pueblo cercano.

Durante más de media hora, una vez recuperado el conocimiento, Shizune Katō no pudo articular palabra. Y para cuando pudo hacerlo, pensó que lo mejor sería callar o correría el riesgo de que la ingresaran en un psiquiátrico. Pero no olvidaría nunca aquellos ojos fríos, azules, irisados y electrizantes que la hicieron regresar al abismo del desmayo.

Lo que había visto en el claustro no era una persona. ¡No era humano! ¡Y sin lugar a dudas, no era el conde! Al menos, no el actual conde de Konoha.

Su cuerpo, alto, erguido, orgulloso, era el cuerpo de verdadero guerrero y se difuminaba mientras ella lo observaba. Los muebles se traslucían a través de aquella aparición del infierno.

Muchos días después, cuando Shizune Katō se sintió con ánimo para regresar al trabajo, anduvo por el castillo con el corazón encogido, dudando entre presentar la renuncia y escapar de allí a toda prisa o acudir a un psiquiatra. En cada rincón, en cada sombra, le parecía ver la alta figura del Conde Errante, Naruto Namikaze.

Por fortuna, Shizune no era una mujer que se amedrentara ante cualquier cosa, y tras unos días de temor y angustia, pensó que si realmente había visto al conde muerto hacía casi quinientos años, debía de existir una explicación. Ella no creía en fantasmas, pero había vivido una experiencia en su propia carne que sembró en ella la incertidumbre y la duda. Y eso le hacía cuestionarse la existencia del Más Allá.

Su convicción fue total cuando lo vio por segunda vez, justo dos meses después de la primera aparición.

Él estaba en la rosaleda del jardín y tenía un rostro enormemente atractivo a pesar de su semblante contrariado. Aquella mirada azul parecía reflejar un deseo de destrucción, pero, a la vez, su mano derecha acariciaba una de las rosas blancas henchidas y aterciopeladas. Sujetaba la flor con mimo, como si fuera de cristal.

Shizune se había acercado despacio, con el corazón martilleándole de forma acelerada en el pecho. Los latidos le retumbaban en los oídos, ahogando todos los demás sonidos, y sentía que tenía el cráneo a punto de estallar.

—¿Señor?

La aparición se volvió en redondo y la cólera en su mirada se suavizó, aunque sus ojos seguían siendo fríos y penetrantes. Shizune tembló de pies a cabeza. El empezaba a desvanecerse de nuevo entre las flores, y ella, armándose de valor, comentó:

—Están preciosas este año, ¿no le parece, señor?

La figura dejó de evaporarse. Shizune observó sorprendida el guiño del fantasma. Naruto Namikaze no dijo nada. Seguramente no podía, pensó ella. ¿Acaso los fantasmas hablaban? Pero la aparición asintió con un ligero movimiento, arrancó la rosa blanca y se la tendió.

Al borde del desmayo, la señora Katō estiró su mano para aceptar el presente. No llegó a hacerlo. Naruto se difuminó en el aire y la rosa cayó a tierra.

En circunstancias normales, Shizune podría haber acabado en un manicomio. Serenamente, sin embargo, hizo averiguaciones sobre el paradero del actual conde y, una vez que supo que se encontraba en Tokio en el mismo momento en que ella se cruzara con el espectro, una increíble tranquilidad la invadió. Se sintió especial y más creyente que nunca.

Desde entonces lo había visto algunas veces más. Le sonreía y se marchaba a sus quehaceres, pero no intentaba entablar conversación de nuevo por temor a que él le respondiese. Una cosa era ver a un muerto, convivir con un fantasma, y otra diferente dialogar con él. No creía poder mantener su mente a salvo si Naruto Namikaze empezaba a hablarle desde el Otro Lado. Prefería descubrirlo por sí misma cuando le llegara su tiempo.

Naruto tenía en las manos, en esos instantes, una muñeca de trapo que había pertenecido a su hermana y que se mostraba a los visitantes del castillo como un juguete excepcional de época. Y estaba furioso. Ahora, después de tantos encuentros, ella podía adivinar su estado de ánimo.

Shizune se sentía pesarosa por él. Debía de resultar insoportable verse obligado a vagar entre los muros del castillo sin encontrar la paz eterna. Si la leyenda era cierta, aquel ser no hallaría su camino hacia la eternidad hasta recuperar la reliquia de la familia.

A ella le habría gustado ayudarle.

—Buenas noches, señor —se despidió, muy bajito, alejándose hacia las cocinas.

El conde, por supuesto, no contestó, pero pareció oír con claridad su saludo, siguiéndola con la mirada.


Continua