Desde que era un niño, sentía envidia de él. De ese chico valiente, rubio y ojos color miel, que se encargaba de los establos, las caballerizas y los animales en Laurel. No sentía envidia de su apariencia física y mucho menos, de su atlético porte producto de su estilo de vida. No, ya que en ese sentido, no tenía nada que enviar, pero sentía una envidia infinita, al ser el poseedor de ese ápice de libertad que él jamás podría tener al ser un Hellsing. Sin mencionar que, siempre iba acompañado de esa pequeña, audaz y risueña chica bonita, que le había robado el alma. Ella era la razón de porque se encontraba despierto antes del alba. Tenía una inmensa necesidad de volver a verla.
— ¡Te dije que no, Dante! ¡Ya déjame en paz! —
Escuchó el grito de ella desde el interior y no pudo evitar acercarse, sus pies tenían voluntad propia. Había pasado una semana desde la última vez que había podido verla. Los banquetes y las reuniones sociales de la alta sociedad le estaban robando tiempo valioso a su lado.
— Por favor, tienes que venir conmigo, Gaia — rogaba de rodillas ante ella como si fuera una plegaria — Les dije a los chicos que tú irías conmigo al festival y no puedo fallarles —
— Mira… — lo apuntó con un cepillo después de pasárselo por las finas grupas de un pony — Me importa un bledo tu estúpida apuesta con ellos, yo no iré y punto final —
— Por favor, te lo imploro — caminó hincado hasta su lugar para abrazarle las piernas — Tú eres mejor en esto que yo, tienes que ir —
Frotó su frente con fuerza al sentirse frustrada, no sabía qué hacer. La última aventura que tuvieron con Dante, no había terminado bien.
— ¿Puedo llevar a Dea? —
Su hermana era la única contención que tenía en momentos de crisis o incertidumbre, como en ese caso. Le era inevitable no arrastrarla con ella, a los lugares donde siempre concurrirán con su gran amigo y confidente.
— ¡Por supuesto que sí! — se incorporó como un resorte para darle un enorme abrazo — ¡Gracias! ¡Muchas gracias! — hundió la cabeza en su cuello al levantarla en vilo.
— Sí, sí, ya suéltame… — correspondió el abrazo ágatas y dándole pequeñas palmadas al girar los ojos a la nada — Joven Hellsing, ¿Qué hace aquí? — habló sorprendida al verlo allí de pie y bajo una de las vigas del cobertizo de los ponys — ¿Qué se le ofrece? —
Su amigo la bajó al suelo y fingió demencia, al ser descubiertos en una de sus tantas situaciones incómodas e infraganti en una próxima travesura.
— Vine a ver a Aquiles —
Respondió serio y suprimiendo los celos que le quemaban por dentro. Si sus ojos tuvieran el don de asesinar, el hombre frente a él, ya habría muerto mil veces por tener la osadía de tocarla.
— ¿Su caballo? — preguntó extrañada — Aquí es el área de los ponys, joven Hellsing, su caballo se encuentran en el otro establo —
Explicó, arriando al pequeño animal junto a ella. El área de los caballos de monta, se encontraba a unos treinta metros de dónde ellos estaban, no existía lógica que él se encontrara allí a esa hora de la mañana.
— Sí, lo sé — cruzó los brazos delante del pecho — Pero la princesa me dijo que había unos recién y también quería verlos — los ojos de ella se iluminaron.
— No tiene idea de lo hermosos que son, joven — llevó al pequeño pony a su corral — Soy muy tiernos y esponjosos — guardó todos los insumos en sus respectivos lugares para poder acompañarlo — Si me permite un momento…— aferró una cubeta entre las manos — Voy por agua y avena para Luna… — cargó con la misma con mucha dificultad — Y enseguida lo acompaño —
— No hay prisa, aquí te espero — abrió la puerta para ella — Ve con cuidado — la observó con fingido disimulo hasta que la perdió.
— Joven Hellsing — habló el sujeto detrás dejando de apilar henos y haciéndolo voltear — Gracias por lo que hizo ayer por Gaia — se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano.
— ¿Tú dónde estabas? — reclamó con mala cara — Eres el guarda de este lugar, ¿Por qué permitiste que saliera sola al bosque, sin ninguna compañía y ayuda? —
Si pudiera darle un golpe, lo haría, pero como buen caballero jamás destiñe.
— Me encontraba acompañando a la princesa Eyra, joven — excusó con los puños apretados — Ella adquirió un alazán y esa clase de caballos es muy difícil de montar — inhaló profundo intentando serenarse — Por esa razón, no pude acompañarla como lo hago siempre —
Él se acercó lentamente y en silencio, como un enorme oso pardo con ojos ardidos. No había excusas para su descuido y estupidez, porque ella podría haber muerto en un instante.
— Sé muy bien lo que te traes con la princesa y no querrás que abra la boca ante los duques, al confesarles lo que descubrí entre ustedes la última vez que estuve aquí — susurró por lo bajo y muy cerca de su oído — No vuelvas a descuidar tu trabajo con ella… — se refería a Gaia — A menos que, quieras salir como un perro con el rabo entre las patas de aquí — dio un paso atrás y dando por sentada su amenaza.
— Usted jamás le haría algo así a la princesa — aseguró con su acento cockney saliendo a relucir — Nunca la traicionaría de tal manera —
Se miraron a los ojos en un extremo desafío mutuo. Ambos tenían secretos qué decir y revelar al mundo.
— Que Eyra sea mi prometida y que yo me haga de la vista gorda de todo lo que hace… — lo apuntó con un dedo al pecho — No significa que no me ofenda como hombre y que no pueda decirle toda las mentiras o verdades de lo nuestro a sus padres — levantó los hombros en un gesto desinteresado — No lo diré una vez más, Dante — volvió a su semblante original — Espero que lo pienses dos veces, antes de hacer mal tu trabajo y volver dejar sola a Gaia — volvió a cruzarse de brazos — Que para eso te pago —
Ultimátum. No sé habló más del asunto, habían percibido que no estaban solos.
— Lo siento — ella llegó sofocada y con la camisa empapada — Pero Luna no se encontraba de buen humor hoy — sus turgentes pechos se encontraban pegados a la ropa húmeda, enseñándole todo — Y pateó la cubeta de agua encima de mí — los miró de uno a otro que se habían sonrojado — ¿Qué ocurre? —
Amaneció y lo primero que vió al abrir los ojos, fue a ella descorriendo las cortinas con una hermosa sonrisa. Su hada alada regresaba todas las mañanas para darle un buen despertar. Ella era el motivo para abrir los ojos todos los días y observarla en silencio por un tiempo eterno, recorriendo la habitación de aquí para allá haciendo el aseo. Pero ya no podía tolerarlo más, debía hacer algo al respecto.
— Buenos días, joven maestro — saludó cohibida al voltear y encontrarlo sentado en la cama, observándola en silencio, como siempre lo hacía — La duquesa y la princesa lo esperan para desayunar — informó a los pies de la cama y las manos entrelazadas delante de su falda — ¿Quiere que le prepare el baño? — apartó con delicadeza el mismo rizo del rostro que desde niña no lograba dominar — ¿O que llame a su asistente o mozo de cuadra para que lo ayude a preparar su ropa? —
Ese hombre y sus ojos color zafiro, la perturbaban de una manera inexplicable. Sentía cosquillas en la nuca y en su vientre, cada vez que posaba la mirada en ella. Era como un arma letal o un animal al acecho que espera el momento justo para poder atacar.
— No has cambiado nada — mencionó sin pensar y sin responder ninguna de sus preguntas — Sigues teniendo los mismos ojos tristes y la tierna sonrisa angelical, como en el primer día en que te ví —
La señora Gertrud siempre la mantuvo alejada de él, incluso cuando eran apenas unos niños. No era digno para el hijo de un duque estar cerca de la servidumbre, pero como se caracterizaba desde sus inicios, en ser una persona con carácter fuerte e inquebrantable, no existía barrera o límite que no pudiera romper.
— ¿Disculpe? —
Era la primera vez que recibía un halago como ese, sacándola de balance.
— Ven — estiró una mano en su dirección que no fue tomada — Ven aquí — insistió — Sólo quiero verte de cerca — apoyó sutilmente los dedos sobre la palma que le ofrecía y tiró de ella con delicadeza — Tranquila — asió su rostro con una mano para poder tocarla y que dejara de temblar — Eres preciosa, mi niña — acarició sus labios con el pulgar, moría de ganas por poder probarlos — ¿Qué edad tienes ahora? —
Inspeccionó su rostro y su cuerpo, palmo a palmo con sus propias manos. Tenía ganas de devorarla completa, justo ahí y en ese momento. Sentir su piel contra la suya y sin importarle en lo absoluto su estatus, posición o riqueza. Sólo la quería a ella, porque tenía hambre y sed de poseerla sin clemencia.
— ¿14 o 15 años, quizás? —
Cálculo divagando. Él era tres años mayor que ella, de todos modos y con una enorme experiencia en las artes amatorias, gracias a Madame Symza, la bellísima dueña del mejor burdel exclusivo de Londres.
— 15, joven maestro — respondió en un tenue susurro — Cumpliré 16 en ocho días — el azul de sus ojos la tenía encantada — El 29 de julio, para ser precisa — ahora su mano llegó al lazo que contenía su cabello — Por favor, no —
Muy tarde, su cabello castaño rojizo cayó sobre sus hombros como una larga cortina rizada.
— Tu cabello es…— un golpe en la puerta los interrumpió — ¿Puedes venir esta noche? — pestañeo impávida y sin respuestas — Es una orden — no le permitió refutar al abrir la boca — Te estaré esperando, no llegues tarde —
La soltó dejándola ir, ya huyó de allí al ingresar su asistente, junto al mozo de cuadra para ayudarlo esa mañana.
— ¡Esto es ridículo, joven Hellsing! — reclamó bajo su brazo siendo cargada como un costal — ¡Todas los hombres aquí! ¡Desde Dante, hasta Henrry en viejo cochero, han visto una parte de mí! —
La había secuestrado sin consideración, para esconder su hermoso cuerpo e inocente pudor del mundo.
— ¿Quién cree usted que cuida de mí cuando estoy enferma? — puntualizó retórica.
— ¡Silencio! — abrió la puerta de la enclenque choza donde ella habitaba de una feroz patada — ¡Las señoritas como tú, no andan por la vida semidesnudas a la luz del día! — la sentó en una silla.
— ¿Señoritas como yo? — mofó con gracia e inclinándose hacia atrás, mostrando en todo su esplendor sus espectaculares senos — No veo ninguna señorita aquí, joven Hellsing, así que, abstengase a volver a decir ese absurdo — mordió sus labios y miró en otra dirección sin tener más nada que decir — ¿Es cierto lo que dicen las criadas de usted? — habló después de un rato.
— Depende —
Acotó en una pose muy indiferente y apoyado contra el marco de lo que antaño había sido una puerta. Más tarde le ayudaría a ponerla en su lugar de nuevo.
— ¿Qué es el prometido de la princesa Eyra? —
Una brisa fría la golpeó de repente, haciéndola temblar. Si no se quitaba la ropa, pescaría un resfriado pronto.
— Sí, es cierto, lo soy — el sol la iluminaba como si fuera una obra de arte, se veía incandescente e inalcanzable — Pero eso no nos impide que, cada uno de nosotros, tenga libre albedrío al momento de elegir con quién retozar —
Aclaró de antemano y ella permaneció inalterable. Era evidente para él que no había secretos entre ella y su mejor amigo. Por esa razón, le hervía la sangre cada vez que los veía juntos, a pesar de ser uno de sus vasallos ocultos dentro del Ducado desde hacía años.
— Es consciente de la relación de la princesa con Dante — asintió en silencio de un leve movimiento — ¿Por qué lo permite?, ¿Acaso no siente nada por ella? —
Quiso saber abrazándose a sí misma, empezaba a sentir los efectos de la ropa mojada y el frío lindante.
— La princesa es muy bella y su inteligencia es admirable, es cierto — se relajó en su sitio sin apartar la mirada — Pero no tiene nada de lo que busco en una mujer — indicó obvio.
— ¿Y qué es lo que busca, joven Hellsing? —
Caminó hasta ella, para inclinarse a su altura y ayudarle a quitarse la ropa mojada.
— Te busco a ti —
Su cuarto olía a rosas y perfume de hombre. Lo había ambientado delicadamente con finas fragancias y luz tenue de velas, sólo para ella. La esperaba con ansias, bebiendo una copa de vino y observando las horas del reloj pasar.
— ¿Maestro? — escuchó su voz desde la puerta y él giró el rostro para encontrarse con un ángel.
— Ven — hizo lo mismo que en la mañana al dejar la copa a un lado — Estás preciosa —
Llevaba un sencillo camisón blanco de muselina, con fino encaje y largo hasta las rodillas.
— Las doncellas de la duquesa se ocuparon de mí — respondió avergonzada, jamás se había presentado así ante un hombre.
— Hicieron un gran trabajo — la guió de la mano a la silla de frente — Yo se los pedí y no me defraudaron — le sirvió una copa que aferró con las manos temblorosas — Dea…— pronunció su nombre al tomar asiento y asir la suya.
— ¿Huh? — respondió, ya que tenía los labios ocupados.
— Háblame de ti — pidió, dando un pequeño sorbo.
— No hay mucho que tenga que saber de mí, joven maestro —
— Lai — corrigió inmediatamente — Te brindo todo el derecho del mundo de llamarme por mi nombre —
— No es correcto que lo haga, teniendo en cuenta lo de la cena de esta noche — no se iba a dejar amedrentar o dar órdenes a la ligera por él — Acaban de nombrarlo duque y una simple sirvienta como yo, no merece el privilegio de que lo llame por su nombre —
— Tú no eres una simple sirvienta para mí, preciosa —
Giró la copa en mano para acercarla a su nariz y captar el aroma del mejor vino cuya cosecha data de hace unos 20 años.
— Usted no me conoce lo suficiente, como para decir algo como eso —
El vino no le gustó en lo absoluto, tenía sabor a madera y frutos pasados. No tenía el paladar suficiente como para soportar su exótico sabor amargo.
— Es por eso que quiero que esta noche me hables de ti y así poder conocerte —
¡Por todas las fuerzas de la naturaleza! ¿Qué diablos había hecho? Sus ojos seguían fijos en la descascarada y vieja pared que se caía a pedazos. Pensando en todos los momentos excitantes, dolorosos y extraños que había tenido entre sus brazos. Fingió dormir al caer rendida y él se marchó en silencio, después de regalarle un dulce beso y algunas tenues caricias. ¿Ahora qué haría? ¿O cómo rayos escaparía de toda la porquería hecha con ese hombre? Se incorporó a traspiés, se cubrió con su vieja sábana y rebuscó la caja de puros debajo de unas tablas del suelo.
— Bien, no tengo otra opción…— le dolía todo, pero se mantenía incólume — Me voy de aquí, antes de que los duques descubran todo y me maten —
Tenía que irse, huir de allí, no sólo por los duques, sino también por los condes de Hellsing, una feroz familia de terratenientes eran de temer. Poseía el dinero suficiente como para viajar a Londres, alquilar una habitación y buscar a uno de sus hermanos que se encontraba viviendo en la gran ciudad.
— Espero encontrarte, Aslan —
La veía dormir entre sus brazos en completo silencio y siendo iluminada por la luz de la luna.Velaba su sueño, como siempre quiso hacerlo y desde que conoció los placeres que brinda el cuerpo de una mujer, fingiendo plácidamente que se trataba de ella. No cabían dudas, existía un dios y la había puesto en su camino, para ser de su mundo un poco más lindo. Le había entregado su virtud, había regalado su dulce inocencia a un hombre como él y ahora le pertenecería eternamente. No podía pedir nada a cambio, todo lo que ella le ofreció esa noche, fue más que suficiente para él y con eso basta.
— Ssshhh — sopló entre dientes para intentar calmarla, ya que se removió incómoda y con expresiones de dolor — Lo siento, amor mío — murmuró, besando su frente al levantarle el rostro con dos dedos bajo el mentón — La próxima vez, te prometo que no seré tan brusco —
Un golpe desde la puerta llamó su atención y se incorporó procurando no despertarla. Desató el dosel para esconderla bajo finas telas y que nadie reparara en ella o la perturbara. Ocultó su desnudez bajo una bata y se dispuso a abrir al intruso que, tuvo la osadía de despertarlo a altas horas de la noche.
— ¿Keilot? —
Pronunció sorprendido, ya que tenía el semblante completamente desencajado y los ojos furiosos.
— Gaia se fue —
Pronunció, estrujando una nota en su mano. Ella había huido de él.
