LEGADO


DAR, TOMAR, COMPARTIR


Naruto estaba fuera de la habitación de Hinata. Había decidido que si solo iba a tener una noche con ella cada mes, iba a sacar lo mejor de la misma.

Esta vez no se iría de la cama hasta que amaneciera en el horizonte, y si no quería que él le hiciera el amor otra vez, se contentaría con simplemente abrazarla durante toda la noche.

Llamó a la puerta y esperó una eternidad para que ella le dijera que podía pasar. Entró en la habitación y dio un portazo.

—Llegas temprano — dijo mientras pasaba el cepillo por su cabello negro y sedoso.

—No veo ningún punto en esperar — La tomó en sus brazos y colocó su boca sobre la de ella como si no hubiera un mañana, deseando a Dios que hubiera, que sus dedos de los pies se curvaran, y que lo quisiera en su cama todas las noches.

El cepillo cayó al suelo, y ella le rodeó el cuello con los brazos más agarrada que la soga en un becerro que se escapaba. Ella presionó su cuerpo contra el suyo, y las plantas de sus pies, se deslizaron sobre sus empeines

Él gimió, ella gimió, y la necesidad corrió a través de él como un río embravecido. Sosteniéndola cerca con una mano, su boca devorando la de ella, usó su otra mano para soltar los botones de su camisón, escuchando varios tintineos al caer al piso.

Lo bajó y se deleitó en la gloriosa visión del cuerpo desnudo de su esposa, mientras se quitaba los pantalones. La levantó en sus brazos y la llevó a la cama. Él la recostó, luego envolvió su cuerpo sobre el suyo, lloviendo besos sobre su rostro, su garganta y sus pechos.

Él la tocó con sus manos, su boca, sus ojos, todo el tiempo maravillándose de su belleza, el brillo rosado de su piel, el gris intenso de sus ojos.

Cuando unió su cuerpo con el de ella, no escuchó una fuerte inspiración, ni un grito de dolor, solo un suspiro de asombro. Él sacudió sus caderas hasta que sus suspiros se convirtieron en jadeos y su cuerpo se retorció debajo del suyo. Empujó más fuerte, más profundo, deleitándose en el momento en que su suave voz hizo eco de su nombre y se estremeció entre sus brazos.

Con un gemido gutural, echó la cabeza hacia atrás, apretó los dientes, y con un empujón final se lanzó al abismo del placer.

Respirando pesadamente, se dejó caer sobre su cuerpo tembloroso. Todavía podía sentir su cuerpo latiendo alrededor de él. Presionó un beso en su garganta, en su barbilla, en su mejilla... y probó la sal de sus lágrimas.

El odio a sí mismo reemplazó a la completa dicha. Él no le había dado la ternura que había planeado. Había entrado en esta habitación como un toro embravecido, con un solo pensamiento, un propósito en su mente: enterrarse tan profundo y tan rápido como pudiera en su calor glorioso hasta que estuvieran tan cerca uno del otro, que una sombra no podría haberse deslizado entre ellos.

Ella compartiría su cuerpo con él una vez al mes y en lugar de saborear el momento, había tomado su ofrenda y la había usado tan rápido como un rayo brillaba en el cielo. Presionó sus labios contra el rabillo del ojo, donde sus lágrimas brillaban, frescas y cálidas.

—Lo siento, Hime — dijo con voz ronca — No quise lastimarte.

—No me lastimaste — susurró.

Él levantó la cabeza y se encontró con su mirada. Podía ver el dolor que él había causado arremolinándose en las claras profundidades de sus ojos. Tal vez no la había lastimado físicamente, pero tenía pocas dudas de que había herido el corazón de su mujer, la parte que más anhelaba conquistar. Él pasó sus dedos por su cabello.

—Te hice daño, y lo lamento. Ella sacudió su cabeza.

—No, no me lastimaste. Fue maravilloso. — ¿Maravilloso? Ella pensó que el apresurado apareamiento había sido maravilloso.

—Entonces, ¿por qué estás llorando?

Ella le tocó la mandíbula con dedos temblorosos.

—Porque siempre te duele tanto.

Él la miró, incapaz de dar sentido a sus palabras.

—¿Qué?

Sus mejillas se pusieron rojas cuando bajó las pestañas.

—Te miro — confesó, su voz apenas por encima de un susurro — Gruñes y gimes. Tus músculos se tensan y tiemblan. Aprietas los dientes — levantó sus pestañas — La agonía debe ser insoportable. ¿Es así como la naturaleza iguala las cosas, ya que el parto es insoportable, las mujeres reciben un regalo de placer mientras hacen al bebé y los hombres solo reciben dolor?

—¿Pensaste que estaba sufriendo? — Ella asintió con timidez. La esperanza se encendió en su interior como los cohetes que él y Menma habían hecho con los restos de la alfombra cuando eran niños — ¿Es por eso que querías esperar y ver si llevabas a mi hijo? ¿Evitarme el sufrimiento de intentarlo cuando podría no ser necesario?

Ella arrastró sus dedos a lo largo de las marcas de sus mejillas, su pulgar rozó sus labios.

—No soporto verte lastimado así.

—Oh Dios — Se dejó caer de espaldas, se cubrió los ojos con un brazo y se echó a reír. Sus hombros se sacudieron con fuerza, y la cama tembló con su arrebato.

—¿Qué es tan gracioso?

Luchando por detener su risa, miró la cara preocupada de Hime. Se había levantado sobre un codo, su pelo negro azulado una cortina de seda cubría sus hombros. Con una amplia sonrisa, él extendió la mano, le pasó los dedos por el pelo y acercó sus dulces labios a los suyos.

—Eres preciosa, ¿lo sabías? Tan malditamente preciosa. Él le dio un ligero beso sobre su tentadora boca.

—No siento dolor.

Sus ojos perlas se ensancharon hasta que fueron más grandes que cualquier luna llena que alguna vez haya guiado su viaje a través de la noche.

—¿De ningún modo?

—No, todo lo contrario de hecho.

Él la acostó nuevamente, metiendo su cuerpo debajo del suyo, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro.

—Así que la naturaleza no te dio ninguna compensación. Eso no parece justo — Ella sonrió cálidamente, su rubor se arrastró debajo de las sábanas que había subido para cubrir sus pechos — Pero yo estoy contenta.

Su sonrisa se escapó mientras tragaba.

—¿Eso significa que no te molestaría intentarlo de nuevo? ¿Solo en caso de que no tuviéramos suerte?

Enterrando su rostro contra su garganta, ella asintió y presionó un beso justo debajo de su nuez de Adán.

La dicha disparó a través de él, que se inclinó hacia atrás, ahuecó su mejilla, y bajó su boca a la de ella, besándola profundamente mientras apartaba la sábana para poder sentir la longitud de sus extremidades presionadas contra las suyas.

Varios minutos después, él se atrevió a mirar sus pies. Distraído, deslizó su boca sobre su barbilla.

—¿Qué estás haciendo? — preguntó ella.

Haciendo una mueca, consideró regresar su boca a la de ella y besarla hasta que olvidara la pregunta y su extraño comportamiento, pero tenía que saber la verdad. Maldición, tenía que saberlo.

—Tanahi me dijo que sus dedos de los pies se enroscan cuando Menma la besa. Solo estaba tratando de ver si tus dedos se doblan cuando te beso.

Se puso de un precioso tono rosa y rodó sus hombros hacia su barbilla.

—Todo mi cuerpo se encrespa cuando me besas.

—¿Todo tu cuerpo?

Ella asintió rápidamente.

—Cada pulgada.

—Bueno, demonios — dijo mientras acomodaba su boca con avidez sobre la de ella con los planes de mantener su cuerpo fuertemente encrespado por el resto de la noche.

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—Shizune Lee — dijo Hime.

Naruto levantó la vista de sus libros contables. Hinata estaba sentada en su oficina, acurrucada en su silla, con un montón de cartas sobre la mesa a su lado.

—¿Shizune leyó qué? — preguntó.

Echó la cabeza hacia atrás y se rió. Señor, amaba su risa, la columna de marfil de su garganta, el destello de alegría en sus ojos.

—Shizune Lee, L—E—E. Ese es el nombre de la mujer a la que estoy pensando contratar para administrar el hotel. Dirige una pensión en el este, lo que creo que le da una experiencia maravillosa. ¿No estás de acuerdo?

Apoyó el codo sobre el escritorio y se pasó el pulgar y el índice por los labios. Una pequeña emoción siempre corría a través de él cuando le pedía su opinión, cuando compartía un rincón de su sueño con él.

—Lo que creo... es que tenemos que ir a la cama.

Sus ojos se agrandaron, no con miedo sino con asombro y anticipación.

—Naruto, todavía no está oscuro.

Arrastró la silla por el suelo, se puso de pie y avanzó hacia ella.

—Te hice el amor esta mañana, y tampoco estaba oscuro.

—Eso fue diferente. Todavía no nos habíamos levantado de la cama.

—Un error que puedo remediar. — Tomó la carta de sus dedos, la arrojó sobre la mesa y la tomó en sus brazos.

Riendo, rozó su nariz contra su cuello mientras la sacaba de su oficina. La puerta de entrada se abrió y Kawaki entró a la casa.

—¿A dónde vas? — preguntó Kawaki.

—A la cama — dijo Naruto mientras comenzaba a subir las escaleras.

—¿Qué hay de la cena?

—Ve a ver al cocinero.

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—Ve a ver al cocinero — dijo Kawaki — Eso es lo que dijo Naruto. Luego, él y Hime comenzaron a reírse como un par de coyotes borrachos con whisky de maíz.

Menma miró a Tanahi al otro lado de la mesa y sonrió.

—¿Así que decidiste venir a ayudarnos con nuestra cena?

Kawaki se encogió de hombros.

—Mejor que esperar a esos dos. Puede que nunca vuelvan a bajar — Le guiñó un ojo a Tanahi — Además, las comidas de Tanahi saben mejor que las del cocinero.

Al acercarse a la olla de frijoles, Tanahi le dio unas palmaditas en la mano.

—Aprecio el cumplido. Parece que las cosas entre Naruto y Hinata están mejor.

—Extrañas diría yo — dijo Kawaki mientras cortaba el bistec.

—¿De qué manera? — preguntó Menma.

Kawaki apoyó el codo sobre la mesa y apuntó con el tenedor a Menma.

—Hime nos lee todas las noches. Se supone que Naruto está trabajando en sus libros contables. Solo que él termina mirándola. Luego ella levanta la mirada y olvida todo lo que leyó. Se miran el uno al otro durante unos minutos, entonces Naruto dice que es hora de irse a la cama, y se van, y yo me pregunto ¿Cómo sigue la historia? Hime comenzó a leer a Lily Marner hace más de una semana y todavía no ha terminado el primer capítulo.

—Es posible que tengas que empezar a leer para ti — sugirió Tanahi.

—No es lo mismo escuchar la historia en mi voz — Kawaki continuó cortando su bistec — Solo necesito ser paciente. Creo que las cosas volverán a la normalidad una vez que Naruto obtenga su hijo.

—No contaría con eso — dijo Menma, encontrándose con la mirada de su esposa. Sabía por experiencia que cuando la mujer que un hombre amaba traía a su hijo al mundo, el vínculo solo se profundizaba y se fortalecía.

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—¿Señor Inuzuka?

Hinata asomó la cabeza dentro de la tienda donde trabajaba Kiba Inuzuka. Se había despertado a las dos de la mañana pensando en unas ideas para el hotel, que quería compartir con él, pero no podía encontrarlo por ninguna parte. Al entrar en la tienda, decidió esperarlo.

Grandes hojas de papel cubrían su escritorio, y no pudo evitar mirarlas. Vio los planos para la nueva oficina del periódico y la del boticario. Pequeñas empresas, grandes negocios, encontrarían un hogar en Konoha.

Apartó los papeles y vio un dibujo de un edificio con muchas habitaciones. Las letras en negrita en la parte superior proclamaban que era un hotel.

Hundiéndose en una silla, estudió el dibujo. No era su hotel, y sin embargo el diseño parecía increíblemente familiar, le recordó a Naruto. Oscuro. Atrevido. Las habitaciones eran grandes, diseñadas para la comodidad y no para el bienestar.

No era práctico para una ciudad en la que simplemente pasarían muchas personas. Sin embargo, a una parte de ella le atraía, especialmente si, como sospechaba, su marido había sido responsable de esos planos.

—Señora Uzumaki. ¡Qué placer!

Saltó de la silla sobresaltada.

—Señor Inuzuka, quería hablar con usted — Su mirada regresó al dibujo —¿De quién es este hotel?

— Oh eso — le dio una sonrisa culpable — Uh, bueno... eh — Se quitó el pelo castaño de la frente.

—Naruto le pidió que hiciera planes para un hotel, ¿no?

—Sí, señora. Hace algunos meses, de hecho.

—¿Qué va a hacer con esos planos ahora?

—Me dijo que los ignorara. Dijo que esta ciudad solo necesitaba un hotel.

—Gracias, Sr. Inuzuka — Ella comenzó a caminar hacia el exterior.

—Pensé que había venido a discutir algo.

Ella sonrió.

—Me acabo de dar cuenta de que primero tengo que discutirlo con mi esposo.

Mientras entraba al rancho, vio a Naruto de pie junto al corral. Una amplia sonrisa se extendió por su rostro mientras ella detenía a Gota de limón y desmontaba.

Ella se acercó a él, entrelazó sus brazos alrededor de su cuello, y lo besó profunda, intensamente. Desde el momento en que la hizo su esposa, él había estado colocando secretamente regalos al alcance de su mano, regalos que venían sin envolver, sin moños, regalos cuyo valor solo podía medirse con el corazón.

Él retrocedió y frunció el ceño.

—¿Por qué fue eso?

—Vi los planos para tu hotel.

Él hizo una mueca.

—Oh, eso. Fue solo una idea con la que estaba jugando. Nunca se afianzó, no como tus planes.

Ella pasó sus dedos a través de su cabello, que se rizaba en la nuca.

—Me levanté esta mañana con un pensamiento. Quiero que una de las habitaciones sea especial, pero no estaba exactamente segura de lo que quería. Iba a hablar con el Sr. Inuzuka sobre eso, y luego vi tus dibujos. Tus habitaciones eran mucho más grandes que las mías.

—Quería darle a un hombre espacio para estirarse.

—Quiero darle a un hombre y a una mujer un lugar para hacer el amor — Ella se separó y comenzó a pasearse, la idea era poco más que una semilla — Realmente creo que muchas de las mujeres que vienen a trabajar al Gran Hotel eventualmente se casarán. Algunas se casarán con hombres como Shikamaru, y tendrás que proporcionarles a tus hombres un tipo diferente de alojamiento.

—¿Ah sí? — preguntó Naruto, intrigado como siempre por la forma en que Hime ponía las ruedas de una idea en movimiento dentro de su cabeza, como un molino de viento construido en el camino de una brisa constante.

Sus pasos se hicieron más rápidos a medida que la excitación ardía intensamente en sus ojos.

—En su mayor parte, se casarán con hombres de medios modestos, hombres que se contentan con cumplir los sueños de otros. Se casarán en la iglesia que algún día construirás, y luego irán a la casa donde ellos probablemente vivirán por el resto de sus vidas.

—La mayoría no podrá realizar un viaje de bodas, pero quiero darles un lugar donde puedan ir por una noche y sentirse especiales. Una habitación tan bella como su amor, tan grandiosa como sus esperanzas para el futuro, donde un hombre pueda hacer el amor con su esposa por primera vez en una enorme cama con flores que los rodeen — Ella dejó de caminar — ¿Qué piensas?

Que debería haberte llevado a un lugar especial. Nunca se había detenido a considerar exactamente qué boda quería una mujer, lo que la primera noche de un matrimonio debería haber anunciado.

Ciertamente, no un marido pateando la puerta mientras su esposa se preparaba para complacerlo. No podía deshacer los errores que había cometido en el pasado, pero podía asegurarse de no repetirlos en el futuro.

Se detuvo, apoyada en la punta de los dedos de sus pies, con las manos apretadas delante de ella, esperando su respuesta. Él podía hacer poco más que compartir la verdad con ella.

—Pienso que podrías necesitar más de una habitación especial.

Ella agarró su mano.

—Dos habitaciones, entonces. ¿Me ayudarás a diseñarlas y amueblarlas? Quiero una habitación donde un vaquero se sienta cómodo quitándose las botas, y una mujer pueda sentirse hermosa deslizándose de su vestido de novia.

—Entonces definitivamente deberías tener un sacabotas en la habitación.

Una mirada distante se deslizó en sus ojos.

—Debería tener un sacabotas en cada habitación — Ella sacudió la cabeza

—He ignorado por completo los detalles.

—No creo que hayas ignorado nada. Yo soy el que ha pasado por alto muchas cosas — apartando los errantes mechones de cabello de su cara le dijo — No creo que me haya molestado en decirte que eres hermosa.

Un sonrojo encantador se elevó sobre sus mejillas, sus ojos se entibiaron, y sus labios se abrieron.

Él la levantó en sus brazos y gritó:—Shikamaru, ocúpate del caballo de mi esposa.

Ella se acurrucó contra él mientras la llevaba hacia la casa.

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La vida era una serie de cambios, y Hinata sabía que después de esta noche su vida sería diferente para siempre. Ya no podía posponer lo inevitable. La alegría y el dolor se entrelazaron alrededor de su corazón mientras leía las últimas palabras de la historia y cerraba el libro.

—Me gustó esa historia — dijo Kawaki — ¿Qué vas a leer a continuación?

—Encontraré algo — dijo en voz baja mientras giraba el anillo en su dedo. Podía sentir la mirada de Naruto clavada en ella, pero no podía obligarse a mirarlo, todavía no.

Ganaría tanto esta noche... pero perdería aún más. Kawaki desplegó su cuerpo y se levantó.

—Supongo que me iré a la cama.

—Nos vemos en la mañana — dijo Naruto.

Escuchó mientras los pasos de Kawaki resonaban por la habitación y la puerta se cerró a su paso.

—No me has mirado en toda la noche — dijo Naruto.

—Lo sé — Dejó el libro a un lado y levantó la mirada hacia él — hoy fui a ver al Dr. Katõ.

Profundos surcos cubrieron su frente y saltó de la silla.

—¿Estás enferma?

Ella sonrió incómoda.

—No.

Caminó alrededor de su escritorio y se arrodilló ante ella.

—Entonces, ¿Qué pasa Hime?

Volveré a dormir sola cuando ya me he acostumbrado a dormir contigo.

—Finalmente tuvimos suerte. Estoy esperando a tu hijo.

Bajó su mirada a su estómago.

—¿Estás segura?

Ella extendió sus dedos a través de su cintura donde su hijo estaba creciendo. Lo había sospechado durante dos meses, pero había querido estar segura antes de decírselo, antes de darle esperanza y quitarle el motivo para que durmiera con ella.

—Tu hijo debería estar aquí en la primavera.

Entrelazó sus dedos con los de ella hasta que sus manos unidas se parecían a una mariposa que extendía sus alas.

— Mi hijo — Él levantó su mirada hacia ella — Nuestro hijo — Él le tocó la mejilla con la mano que tenía libre — ¿Cómo te sientes?

—Bien, todo está bien — Las lágrimas brotaron de sus ojos — Excepto que quiero llorar todo el tiempo, pero el Dr. Katõ dijo que eso era normal.

Con el pulgar, capturó una lágrima antes de que cayera por el rabillo del ojo.

—He querido esto por tanto tiempo, Hime, que no sé qué decir. Gracias no parece suficiente.

—Por el amor de Dios, no me agradezcas. — empujó con fuerza sus hombros, y él cayó hacia atrás, su trasero golpeando contra el suelo de piedra. Ella se puso de pie y lo miró — Esta es la razón por la que te casaste conmigo, ¿verdad? ¿La razón por la que mi familia me entregó a ti? ¡Solo estoy haciendo lo que me trajeron a hacer!

Ignorando la expresión afligida de su esposo, se apresuró a salir de la habitación antes de que pudiera ver las lágrimas correr por su rostro. Ella quería darle un hijo, la oportunidad de hacer realidad sus sueños, pero no quería su gratitud.

Ella quería su amor.

.

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Un hijo.

Iba a tener un hijo.

De pie en el corral, Naruto sonrió como un idiota mientras los vientos lo rodeaban, trayendo el clima más frío que anunciaba la llegada del otoño. Cuando los vientos más cálidos llegaran a fines de la primavera, estaría sosteniendo a su hijo en sus brazos.

Y hasta entonces... estaría durmiendo solo. Hime lo había dejado dolorosamente claro. La sonrisa desapareció de su rostro. Lo había dejado entrar en su cama porque se sentía obligada. Había empezado a pensar que había dormido allí porque ella lo quería allí.

Se estremeció cuando el viento aulló y expulsó todo el calor de su cuerpo. Había estado esperando con ansias el invierno por primera vez en años. Había imaginado despertarse con Hinata acurrucada a su lado, compartiendo la calidez que compartían bajo las mantas.

Echaría de menos tantas cosas. La forma en que ella metía la nariz en su hombro. La forma en que frotaba la planta de su pie sobre su empeine. La forma en que olía antes de hacerle el amor; la forma en que olía después.

Él gimió profundamente.

En un momento pensó que le quedaba un solo sueño por cumplir: tener un hijo. Algo realmente triste cuando un hombre de su edad se dio cuenta de que se había conformado con un pequeño sueño, cuando

podría haber tenido un sueño mucho más grande: tener una mujer que lo amara y que le diera un hijo.

Golpeó su puño contra la barandilla del corral. No necesitaba amor, pero maldita sea, de repente lo quería desesperadamente. ¿Cómo demonios podía hacer que lo amara, un hombre que no sabía nada de ternura o palabras suaves o alguna de las cosas suaves que las mujeres necesitaban?

No sabía cómo pedir. Él solo sabía cómo ordenar. Su padre le había enseñado eso.

Se alejó del corral y caminó lentamente hacia la casa. No deseaba dormir solo en su fría cama. Él trabajaría en sus libros por un tiempo. Luego saldría a mirar a su rebaño, a revisar sus molinos de viento, a buscar algo que nunca podría encontrar.

Abrió la puerta que daba a la cocina y se detuvo. Hime sostenía un tronco en un brazo, inclinándose para recuperar otro.

—¿Qué diablos crees que estás haciendo? — rugió él.

—El fuego en mi habitación casi se ha ido, y podía oír el viento. Pensé que estaría más frío por la mañana.

—Dame eso — dijo, tomando el tronco de ella. Se agachó y apiló más troncos en el hueco de sus brazos — No debes llevar cosas pesadas.

—No soy una inútil— dijo, con las manos en sus estrechas caderas.

Se preguntó si alguna vez se había dado cuenta de lo delgada que era. Sabía que sí, simplemente no había considerado cómo eso podría afectarla cuando llegara el momento de parir a su hijo.

—No dije que lo fueras — dijo bruscamente mientras se ponía de pie — Pero no quiero que cargues madera o cualquier otra cosa pesada. Si necesitas algo, házmelo saber.

—No estabas aquí.

—Entonces pídeselo a Kawaki.

Parecía que quería seguir discutiendo, pero simplemente pasó a su lado. ¿Cuándo se había vuelto tan caprichosa? Tendría que ir hasta lo de Menma mañana y descubrir qué otras pequeñas sorpresas le esperaban en los próximos meses.

La siguió a su habitación. Ella se sentó en el borde de la cama mientras él reavivó el fuego en su hogar. Se puso de pie y se pasó las manos por los pantalones.

—Listo. Vendré cada dos horas más o menos y revisaré el fuego. No es necesario que te levantes de la cama.

—Bueno.

Él la miró. Tenía las manos envainadas en el regazo, los pies descalzos cruzados uno encima del otro.

—¿Ni siquiera tienes la sensatez de usar zapatos mientras caminas sobre estos fríos pisos de piedra? — preguntó mientras se arrodillaba ante ella y plantaba los talones en sus muslos — Tus pies están helados.

Ella empujó las puntas de sus pies contra su pecho y lo lanzó al suelo.

—Están bien — dijo ella.

Él entrecerró los ojos y lenta y deliberadamente llegó a su altura máxima.

—Métete debajo de esas mantas... ahora — dijo en voz baja.

Ella abrió la boca como para protestar. Cuando dio un paso amenazante hacia la cama, ella cerró la boca y se metió bajo las mantas. Él se sacó la camisa por la cabeza.

—¿Qué estás haciendo? — le preguntó.

Se dejó caer al borde de la cama y se quitó las botas.

—Voy a calentar tus pies.

De pie, al lado de la cama se quitó los pantalones antes de deslizarse en su cama con un rápido y fluido movimiento.

—Pon tus pies entre mis muslos.

Sus ojos se agrandaron.

—Pero están helados.

—Lo sé. ¡Ahora, hazlo, maldición!

Ella presionó sus labios y empujó sus pies entre sus muslos desnudos. Él aspiró profundamente entre sus dientes.

—¿Es eso lo que querías? — le preguntó, mirándolo.

—No, pero te quiero caliente — respondió él, devolviéndole la mirada.

Las lágrimas brotaron de sus ojos, y ella desvió la mirada.

—No se suponía que fuera así cuando te lo dijera. Se suponía que íbamos a ser felices.

Acunando su mejilla, suavemente la giró hasta que sus miradas se encontraron.

—Estoy feliz, Hinata. Más feliz que nunca en mi vida.

Ella colocó su mano sobre su pecho y él saltó.

—¡Dulce Señor! Incluso tu mano está fría — Él tomó su otra mano y presionó sus palmas contra su pecho, poniendo sus manos sobre las suyas — ¿Cómo puedes tener tanto frío?

—Estabas afuera. ¿Cómo puedes ser tan cálido? — le preguntó.

—Tengo más carne en mis huesos.

Ella corrió su lengua a lo largo de su labio inferior.

—Lamento haberte empujado antes, en tu oficina y aquí. No sé qué me pasó...

—No importa. Quiero un hijo, Hime, más de lo que siempre he querido algo.

—Lo sé. Quiero darte este niño. Espero que se parezca a ti.

Él tocó su mejilla.

—Nunca pensé en cómo se vería. Creo que no tendrá más remedio que tener el pelo negro y los ojos grises.

—Él será alto — dijo.

—Esbelto.

Ella asintió levemente y le dio una suave sonrisa.

—Pasará un tiempo antes de que le salga barba.

—Creo que así será — Su pulgar se movió hacia adelante y hacia atrás sobre su mejilla. — Sé que no quieres mi gratitud, y sé que no eres inútil, pero quiero cuidarte mientras llevas a mi hijo.

Ella no protestó cuando él se inclinó, puso su mano alrededor del dobladillo de su camisón, y lentamente lo levantó sobre su cabeza. Ella no se movió cuando presionó su boca contra su estómago.

—Nuestro hijo está creciendo aquí — dijo con asombro, preguntándose por qué había pensado alguna vez que se contentaría con dejar que cualquier mujer trajera a su hijo al mundo, ¿por qué no se había dado cuenta de que necesitaba una mujer a la que pudiera respetar y apreciar, una mujer como Hinata?

Ella pasó sus dedos por su cabello. Se tragó el nudo en la garganta, la miró y le dijo

— Me alegro de que seas su madre.

Nuevas lágrimas brillaron en sus ojos. Aliviándola, él la besó tan suavemente como podía. Luego retrocedió y le sonrió.

—Tu nariz está fría. Puede que tenga que dormir aquí solo para mantenerte caliente.

—Desearía que lo hicieras.

—Si quieres que lo haga, lo haré. Te daré lo que quieras, Hinata.

Porque ella estaba cargando a su hijo. Al corazón de Hinata le dolía tanto el anhelo como la alegría. Los lazos que los unían serían una pared que los separaría para siempre. Pero las paredes podían romperse, y esta noche, ella quería, ella necesitaba escalar esa pared para ella.

—Hazme el amor. Sé que ahora no hay motivo, ya que ya llevo tú...

Él acarició con su pulgar sus labios cuando una gran cantidad de ternura llenó sus ojos.

—Estoy pensando que podría haber más de una razón para hacerlo ahora.

Él bajó sus labios hacia los de ella con un suspiro, ella le dio la bienvenida, a su calidez, a su sabor, a su dulzura mientras su lengua barría lentamente su boca.

La urgencia que había parecido acompañar todos sus amores antes se derritió como escarcha sobre el cristal de la ventana cuando el sol se extendió para tocarlo.

El objetivo que una vez lo había llevado a su cama ahora era una chispa de vida creciendo dentro de ella. Sus pechos ya habían comenzado a ponerse tiernos, y pronto su vientre se hincharía.

Con el propósito logrado, había esperado que se abriera un abismo entre ellos mientras esperaban el nacimiento. Ella no había esperado disfrutar de la gloria de su cariño.

Con infinita ternura, la tocó como si fuera un regalo raro, sus dedos recorriendo su carne, burlándose, provocando hasta que su boca se movió para satisfacerla. Sentía como si su cuerpo se hubiera convertido en líquido caliente, las sensaciones eran una neblina que se arremolinaba mientras viajaban desde la parte superior de su cabeza hasta la punta de los dedos de sus pies. No importaba dónde se apoyara su boca, se sentía como si la tocara a toda ella.

Hinata deslizó las palmas sobre sus hombros, presionó las manos a lo largo de su espalda y pasó los dedos por su cabello, saboreando las diferentes texturas de su cuerpo: el ligero bello que cubría su pecho, los músculos duros que se ondulaban cada vez que se movía, el cálido aliento que dejó un rastro de rocío sobre su carne mientras su boca continuaba su exploración sobre su cuerpo.

Nada de lo que habían compartido antes la había preparado para esto: la alegría suprema de ser deseada, de sentirse querida.

Cuando él se levantó sobre ella y capturó su mirada, su respiración se detuvo. Cuando él la penetró con un golpe largo y lento, su cuerpo se curvó fuertemente alrededor de él.

Ella se movía al ritmo de sus empujones seguros y rápidos: dar, tomar, compartir. Su poder. Su fuerza. Su determinación Su valor. La vida que ellos crearon. Donde una vez le había temido, ahora ella entendía que lo amaba.

Su cuerpo se arqueó, contra el suyo, y en sus ojos, vio reflejada la gloria y el triunfo, y la recibió como propia cuando se estremeció y enterró su rostro en la abundancia de su cabello, su aliento rozando su cuello y hombro.

Letárgicamente, ella se recostó sobre su pecho y escuchó su respiración profunda. Si en verdad la hubiera amado, ella no creía que él podría haberle dado más. Con su hijo creciendo dentro de ella, la esperanza volvió a crecer en su corazón de que algún día la amara.


CONTINUA