Ira. Desde hacía seis años que era el único sentimiento que rondaba por su vida. Se había convertido en un ser despreciable, codicioso, abusivo y sin misericordia. Un verdadero tirano. El conde Hellsing o simplemente, "La Bestia", como le decían. No quedaban rastros o un ápice del joven gentil, amable, sentimental y bondadoso de antaño. Un hombre con el corazón roto y el alma hecha pedazos, era difícil de volver a armar.

— Levántate — exigió a uno de los mozos de cuadra después de darle un golpe — Vives en mis tierras y recibes una abundante paga por ello — dio dos pasos hasta él para verlo a la cara — Pero aún así, tienes la osadía de robarme, pretendiendo que no me daría cuenta de nada — con el fuete en mano levantó su mentón con amargura — Aunque no lo creas, soy un empleador justo y por esa razón, escucharé tus razones, Seth — lo soltó de un movimiento brusco — Antes de decidir el castigo que voy a darte —

— Mi esposa Ivette — un hilo de sangre descendía por su barbilla — Está muy enferma, su excelencia, el embarazo no le ha asentado bien y se encuentra muy débil — sus manos se encontraban atadas detrás de la espalda — No tuve otra opción y le juro que no lo hubiera hecho nunca — sus ojos azules suplicaban piedad y clemencia — Pero hablé con la condesa y ella me corrió como un perro cuando le supliqué por ayuda, el médico es muy costoso para un pobre mozo de cuadra como yo y tuve que hacerlo — cayó al suelo llorando como una criatura — ¡Mi esposa trabajó para los condes desde que era una niña y hasta que su estado se lo permitió! ¡Tenga consideración! — se ahogaba con sus propias palabras — ¡Recibiré el castigo que sea necesario pero, por favor, su excelencia! ¡Salve a mi hijo y a mi mujer! —

El llanto desconsolado de ese pobre mozo, era algo desolador para cualquiera que lo escuchara, pero había cometido pecado contra sus amos y debía pagar.

— ¡Dante! — llamó a su asistente entregándole el fuete — ¡Diez azotes por su impertinencia! — ordenó sin tregua — Y una vez que termines… — susurró por lo bajo colocando una mano en su hombro — Que el doctor Lyndel vea a su esposa —

El sonido de sus pesadas botas contra el suelo de madera alejándose, fue lo único que se escuchó en la oscuridad del lugar. Otra vez volvería a verla y a pesar de los años de dolor que le dejó su partida, el resentimiento para con ella, no desaparecía. Necesitaba descargar su furia contra alguien o su mente colapsaría.

— ¿Duquesa? — habló una de sus más fieles sirvientas — Sus hermanos están aquí —

— Diles que pasen, Judith y tráenos un poco de té —

Dejó su bordado a un lado y esperó a sus hermanos con ansias, frotando su enorme vientre de embarazo. Estaba a unas pocas semanas de dar a luz, pero su aspecto lozano y saludable, la mostraba radiante.

— Duquesa —

Su hermano mayor Aslan, un hombre alto, corpulento, de enormes ojos esmeraldas y cabello cual café recién tostado, hizo una reverencia glacial frente a ella al ingresar.

— Gracias por tener la buena voluntad de recibirnos a su santidad y a mí, en este día tan especial — una sonrisa burlona adornaba su angulosa y perfecta cara.

— Déjate de juegos, Aslan y saluda como se debe a tu hermana —

Reclamó Logan, su inseparable hermano menor por unos dos años, unos centímetros más bajo, de ojos grises, piel clara y cabello cobrizo, dándole un codazo. En otras palabras, uno de los sumo sacerdotes más jóvenes y renombrados de Londres.

— Vengan aquí y denme un abrazo — abrió los brazos para poder recibirlos — ¿Dónde está Gaia?, Me prometió que vendría con ustedes — preguntó a ambos después al separarse.

— Llegará en la noche, su barco desde Italia acaba de arribar hace unas horas en Londres —

La cara de molestia de su hermano mayor, era todo un poema y no hacía justicia a su sentir. Presentía que la noche sería un caos cuando ella llegara a Laurel. Pero era obvio que sucedería al arribar allí. Convertirse en una cantante renombrada y con una fama inimaginable, no era fácil de llevar para nadie.

— Cambia esa cara, Aslan — pidió ella, acariciándole la mejilla — Es nuestra hermana y prometió que no se excedería al llegar aquí — siempre estaría de su lado y la justificaría en cualquier oportunidad que tuviera, no por nada eran gemelas — Es el cumpleaños de Irina, se portará bien, confía en ella —

Movió la mano de un lado a otro en un gesto sin importancia y pensando que esa noche, comenzarían los festejos para celebrar el cuarto natalicio de su primogénita Irina. Una niña hermosa, feliz e idéntica a su padre.

— Pues… — su santidad tomó asiento junto a la ventana para admirar el atardecer — Yo no le creo nada — sus hermanos hicieron lo propio a su lado — ¿O ustedes sí? —

Negaron al unísono en total acuerdo. Su hermana Gaia era una mentirosa, embustera, ambiciosa y miserable incurable. Según ella, nada en el mundo se consigue diciendo la verdad y lo peor de todo, es que estaba en lo cierto.

— Gaia pierde la cabeza y los estribos cada vez que vuelve a cruzarse con él, pero esta vez, va a comportarse — volvió a justificarla y su sirvienta regresó a la habitación con el carrito del té — Gracias, Judith, puedes retirarte — la despachó ya que ella se encargaría del resto.

— Han pasado muchos años y ya tendrían que haberlo superado, pero ya vez, ese hombre es muy insistente e insufrible, todavía recuerdo la última vez que lo corrí del Fleming's — desprendió su saco y abrió las piernas para ponerse más cómodo — Ese pequeño ratón de campo, está completamente loca — soltó una pequeña risa nostálgica — Aún no puedo olvidar cuando la volví a ver al escapar de Laurel — tocó la enorme cicatriz que cruzaba su rostro de izquierda a derecha — Todavía creo que es un milagro, el que ella estuviera allí esa noche —

La noche estaba oscura, sin luna y la desolación, como también el peligro, deambulaba por uno de los barrios más bajos del antiguo Londres. Había llegado allí en búsqueda de su hermano y de hecho, no logró encontrarlo o al menos, tener razones de su último paradero.

No muy lejos se encontraba St. James. Pero en los bajos fondos, una criatura como ella, corría grandes peligros al encontrarse con prostitutas, vagabundos, ladrones o personas con oficios mucho peores que esos.

— Bien, no se encontraba en el burdel de Madame Symza y en este garito tampoco —

Leyó por enésima vez el papel en mano y descansando su cuerpo en una de las descaradas paredes de una vieja posada, escondiendo su rostro bajo una andrajosa capa.

— La única opción que tengo, es seguir caminando —

Se adentró sin temor alguno y siguiendo plenamente su instinto. Un hombre alto pasó junto a ella con un extraño caminar y sin reparar en su presencia, después de haberle chocado un hombro. Se detuvo un momento y observó la escena en silencio, dos sujetos más lo seguían sin perderle pisada. Sus sentidos quedaron alerta, ya que un escalofrío recorrió por completo su columna vertebral. No era la primera vez que veía una escena como esa y prefirió mantenerse al margen. Pero no, no fue sufriente, si curiosidad era más y corrió tras ellos al escuchar una multiplicidad de golpes y quejidos al doblar las esquina.

— ¡Fue suficiente! — apuntó a los sujetos de antaño con la pequeña pistola que siempre llevaba escondida en su bota — ¡Sueltenlo ya! —

Advirtió, ya que el hombre que había chocado con ella, se encontraba en el suelo siendo sometido por los dos.

— ¡Vete de aquí, niña! — portaba una enorme navaja que manipulaba con una destreza inigualable — ¡El problema no es conti…! — le dió tiro en el hombro que lo hizo callar y provocando que soltara el arma.

— ¡Dije que lo dejen! —

No habría una segunda oportunidad. No tenía un buen adiestramiento en armas, pero su puntería

jamás fallaba.

— ¡Voy a contar hasta tres! — movió la pistola hasta el otro sujeto — Uno…— dio un paso y ellos otro, pero en sentido opuesto — Dos…— su dedo índice se apoyó en el gatillo — ¡Tres! — disparó al aire y ellos huyeron perdiéndose en las sombras — ¡Por todas las fuerzas de la naturaleza! — guardó el arma en su bota y se acercó apresurada hacia tipo en el piso — ¡Señor! — tenía los ojos cerrados y una enorme herida que atravesaba su rostro de lado a lado — ¿¡Se encuentra bien!? — lo movió un poco — ¿¡Puede oírme!? —

— Eres muy ruidosa —

Pronunció con la voz ronca, adolorida y bañado en sangre. Tenía un leve acento cockney.

— Ayúdeme a levantarme —

Pidió, incorporando el torso con los brazos y la cabeza gacha para no marearse.

— Sí, claro, sí — respondió nerviosa y pasándole un brazo alrededor de la cintura — ¿Listo? — asintió, llevando un pañuelo a su rostro que extrajo de uno de los bolsillos de su saco — A la cuesta de tres — indicó — Uno, dos, tres — dobló un poco las rodillas en el conteo — ¡Arriba! — dijo con los dientes apretados y poniéndolo en pie — ¿A dónde lo llevo? — preguntó en un suspiro.

— A Fleming's —

Respondió él, guiando el camino al club de juego más sofisticado y exclusivo de Londres. El dolor lo hacía temblar y tambalearse a cada paso.

— Le prometo no ser una carga pesada para usted y le juro que la compensaré debidamente, pero debo llegar allí — presionó la herida para intentar detener la hemorragia — Es el único lugar donde podrán ayudarme —

— No se preocupe, yo quise ayudarle y además, es una enorme casualidad — acotó ilusionada de poder llegar — Me estaba dirigiendo a ese mismo lugar y le estoy agradecida por guiarme el camino—

Él rió por lo bajo. Esa diminuta criatura bajo su brazo, tenía enormes agallas.

— ¿Qué haría un pequeño ratón de campo como tú, en un lugar como ese? —

Quiso saber, ya que por su vestimenta anticuada y su manera tan jocosa al hablar, delataban que ni por asomo, pertenecía a un lugar tan perturbador como Londres y sus bajos fondos.

— Estoy buscando a mi hermano mayor, señor — explicó, arrastrando los pies y sudando mucho, cargar con él la agotaba — Mi madre lo mandó a vivir aquí con un pariente cuando niño y según las últimas razones que tuvimos de él, ahora trabaja en Fleming's —

Un detalle extraño. Él conocía a todas las personas trabajando en aquel lugar y no recordaba a ningún mozalbete que tuviera algún parecido físico con ella. Era pequeña, valiente y muy menuda. Un ratón de campo muerto de hambre. No tenía nada que hacer allí o a quién buscar, en un antro como ese.

— ¿Cuál es su nombre? — la fachada del club podía verse a dos calles.

— ¿El mío o el de él? —

Se detuvieron un segundo, ya que ambos necesitaban respirar y tomar aire. Él hizo un gesto obvio para que contestara y poder continuar.

— El nombre de mi hermano es Aslan Curtis, señor…—

Abrió los ojos gigantes y quitando el pañuelo de su rostro muy lentamente, al reconocer su propio nombre y el cual ya no era parte de él.

— Y el mío es Gaia —

Sin saber porqué lo hizo o la razón, él la rodeó con sus enormes brazos muy lentamente y la abrazó sin querer separarse jamás. Después de tantos años de búsqueda, las había encontrado.

— ¡Hermanos! — abrió la puerta de golpe asustandolos a todos — ¡Ya llegué! —

Al fin de cuentas, no llegaría en la noche. Gaia Curtis, había regresado a Laurel.

Las risas no tardaron en llegar. No había dudas, esas cuatro personas allí reunidas eran hermanos, que se amaban, cuidaban y protegían los unos a los otros. Parecía mentira e incluso para ellos que, a pesar del tiempo, seguían manteniendo el mismo lazo. Estaba intacto.

— ¡Eres un tirano y mentiroso malhumorado, Aslan! — le arrojó un cojín a la cara — ¡No estás contando la historia bien! — reclamó, apuntándole -¡Cuando te dejé en la habitación de Fleming's y el doctor te atendió suturandote el rostro entre llantos! — señaló al suyo propio conteniendo una enorme carcajada — ¡Me gritaste e insultaste, hasta acabarte la garganta cuando terminó! — lo mató con sus ojos avellanas — ¿¡Qué clase de reencuentro feliz fue ese!? — estaba indignada — ¡Lo arruinaste todo, como siempre! —

Él presionó un puño en alto para no gritarle como se le diera la gana, ya que ella fingía ser una dama del espectáculo londinense y debía aguantar. Mantendría la compostura hasta el final y después arreglarían las cosas en primado, como siempre lo hacían.

— Gaia…— su otro hermano habló serio y digno desde su sitio, como si hubieran experimentado un cambio drástico de papeles al intervenir en su lugar — Estabas vagando sola por uno de los barrios más bajos y peligrosos de todo Londres, eras una niña, por Dios — bebió de su taza de té para aclararse la voz — Yo hubiera actuado igual que Aslan e incluso, peor —

Su fachada de sumo sacerdote era como un eclipse y ocultaba al mundo su verdadero temperamento interior. Podía llegar a ser tan despido, fiero y vil, como el eterno poseedor del mismísimo averno de los infiernos.

— Logan, hermanito, sabes que te amo… — irrumpió la actual duquesa tomando una galleta de un pequeño plato frente a ella — Pero nuestro reencuentro no fue del todo grato y el mejor —