Hasta la Eternidad:
7: Cripta
Armada de nuevo con su ordenador portátil, como se repitiera Naruto mientras la vigilaba, la estudiosa señorita Hyūga se dirigió al Salón de Cristal, donde había estado trabajando parte de la mañana, para continuar su trabajo.
Dedicaría su atención a algunas piezas más antes de tomarse un descanso y echar un vistazo a la sala de armas, que Shizune le mostrara al día siguiente de su llegada y que contenía tantas espadas, dagas y escudos que sería una delicia examinar algunas con detenimiento. Deseaba ver de cerca aquellas piezas, varias de las cuales lucían incrustaciones de piedras preciosas y semipreciosas. Luego seguiría con la pintura.
Depositó el ordenador sobre una vitrina que contenía retratos en miniatura y se fijó en el alto techo del salón. Resultaba increíblemente hermoso, cubierto totalmente de espejos. La acometió una oleada de vértigo, al verse reflejada en aquel salón cabeza abajo. Los altos y estrechos ventanales permitían que la suave luz exterior, como una caricia, rebotara en el cristal inundando la sala de pequeños arcos iris.
Se agachó a observar con mayor detenimiento la base de un candelabro de pie, de nueve brazos, y se le escapó una exclamación de sorpresa ante el esmerado y magnífico trabajo del orfebre. Los dibujos, filigranas de hojas y pétalos, eran una verdadera delicia. Una espléndida obra de arte. Del XVII, aventuró para sí.
A sus espaldas, Naruto la contemplaba. Aquella mañana, Hinata llevaba el largo cabello recogido de cualquier modo con horquillas y se había vestido con una blusa ajustada de color melocotón, a juego con unas botitas de media caña y unos pantalones vaqueros, tan ceñidos, que la visión de su prieto trasero lo trastocó.
¡Acabaría por echársele encima, si ella no tenía la decencia de vestirse correctamente! ¿Por qué diablos, en aquella época, las mujeres habían adoptado el modo de vestir de los hombres en lugar de lucir los vaporosos vestidos de antaño?
Sonrió, divertido, al imaginarla recubierta de las diferentes capas de ropa que utilizaban las mujeres en el XVI y que al cabo de los siglos terminaron por abandonar, incómodas. No cabía duda de que las ropas actuales eran mucho más prácticas, pero ¡por Cristo que convivir con la maldita señorita Hyūga embutida en aquellos pantalones, que más se parecían a sus propias calzas, le estaba dejando el cerebro hecho papilla!
Hinata se incorporó y Naruto hubo de hacer un esfuerzo titánico para no volver a materializarse, apresarla entre sus brazos y besarla hasta que las piernas se le convirtieran en gelatina. Claro que eso era imposible.
En el móvil, sonó el Adagio con insistencia. Ella lo sacó, miró quién llamaba y tecleó algo en el ordenador antes de atender la llamada sin dejar de fisgar una pieza tras otra.
—Dime.
—¿Hinata?
—Hola, Ino.
—¡Te he llamado tres veces! ¿Dónde diablos estás metida? ¿No hay cobertura?
—Lo siento, pero estaba trabajando. —Se apartó ligeramente de una empuñadura nacarada para inspeccionarla desde cierta distancia, con gesto crítico—. ¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? Dime tú qué pasa. ¿Va todo bien? ¿Le has echado ya el guante?
—No te pongas pesada —advirtió, acercándose a acariciar la pieza—. Si sigues con eso voy a colgarte.
—Vale, vale, vale... —aceptó su amiga—. No he dicho nada, señorita Borde. Sólo te llamaba para decirte que me he comprado el coche.
—¿Cuál?
—Un Audi —rió Ino al otro lado—. ¡Cariño, tienes que verlo! ¡Una maravilla! ¡Corre como un condenado!
—Felicidades.
—Lo he mandado pintar de color verde manzana.
—¿Estás loca? —Hinata se rió con ganas—. ¡Verde manzana!
—Precioso, de verdad. Lo mismo me da la vena y lo pongo en carretera para ir a verte... ¿Me dejarían entrar en el castillo?
—¡Ni se te ocurra presentarte con esa vulgaridad! —avisó Hinata, divertida por sus excentricidades—. Además, ya sabes que aquí se conduce por la izquierda y tú no eres lo que se dice Fernando Alonso...
—«Y tú no eres lo que se dice Fernando Alonso...» —repitió Ino en tono de burla—. ¡Mira que eres rancia, hija!
—Yo también te quiero...
—¡Vete al cuerno! Puesto que no te interesa mi coche, te dejo. Tengo a mi lado a un bombón danés, al que no le importa probarlo..., aunque sea yo quien conduzca. Voy a enseñarle la ciudad.
—Diviértete —le deseó Hinata—. ¡Y conduce con cuidado!
—Ciao —se despidió Ino, y cortó.
Hinata se quedó mirando unos segundos la pantalla del móvil y luego se echó a reír.
—¡Es una loca!
Naruto saboreaba cada palabra y cada gesto. Resultaba gratificante escucharla y estaba dispuesto a hacerlo durante todo el día. No tenía nada en que ocupar el tiempo, y observar a aquella mujer lo fascinaba.
Durante un buen rato, ella estuvo mirando, tocando, observando de lejos y cerca distintas piezas. ¡Y sonriendo, de cuando en cuando, como una maldita bruja! A Naruto no le cupo duda de que la joven disfrutaba con su trabajo.
—Y ahora, a otra cosa —la oyó canturrear al cabo de un rato.
El conde cerró los ojos. ¡Dulce Jesús, hasta su voz le hacía sentir cosquillas en la entrepierna!
La musiquilla del condenado móvil comenzó a sonar de nuevo, in crescendo, y Hinata se fijó de nuevo en la pantalla con gesto de fastidio.
A lo largo de los últimos tiempos, Naruto había visto a otros utilizar aquellos extraños artilugios. La primera vez, pensó que se trataba de un loco que hablaba consigo mismo. ¡Pero qué maravilla de adelanto: hablar con cualquiera y en cualquier lugar!
—Hola, Gaara —respondió Hinata—. ¿Cómo estás? —Silencio—. Llegué sin problemas, sí. Hace días. —Otra pausa, sacando la lengua al aparato—. No te preocupes, ya sé que estás muy ocupado. —Ojos en blanco, con un ligero gesto de hastío—. Sí, sí, de acuerdo, no te preocupes. —Un nuevo silencio, mientras avanzaba con pasos cortos—. Otro beso para ti. Adiós.
Cínica, deberías haberlo enviado al infierno.
—No ha hecho nada para que lo envíe al infierno —se respondió.
—Busca un motivo.
—No hay motivos. Hija, eres idiota.
Se guardó el móvil en el bolsillo del pantalón y caminó con decisión. Naruto, entretanto, intentaba entender la última frase. «¿Otro beso para ti?»
Hinata andaba deprisa, con el ordenador bajo el brazo, y él salió en pos de ella a largas zancadas mientras se preguntaba quién demonios sería el tal Gaara. Aquellos aparatos empezaban a gustarle menos. Ella atravesó dos salas abriendo y cerrando puertas.
Naruto la siguió, lógicamente ahorrándose el trabajo y pasando a través de los muros como si no existieran. De pronto ella frenó, tan en seco que él estuvo a punto de topar con su espalda. La vio mirar fijamente el pasillo que conducía a la capilla y enarcó una ceja. Adivinaba lo que ella estaba pensando. ¿Qué maldito interés tenía aquella mujer en la cripta?
Ni lo intentes, le advirtió la voz a Hinata.
Con resolución, olvidando el consejo de su yo interior, ella cubrió los metros que la separaban del pasillo, lo recorrió y llegó hasta la puerta. Tras vacilar por un instante, la abrió, entró y la cerró de nuevo a sus espaldas. Aquella vez no se entretuvo en admirar las pinturas, sino que se dirigió con paso vivo hacia la puerta de la cripta.
La empujó para probar. Seguía cerrada, claro. Pero en aquella ocasión Hinata no se lo pensó dos veces. Dejó el portátil en el suelo, tomó uno de los candelabros, lo depositó junto a la puerta para alumbrarse, se quitó una de las horquillas que mantenían su cabello en orden —si orden se podía llamar al caos de guedejas oscuras que se le escapaban por todos lados excepto en el ridículo moño con que se coronaba— y, en cuclillas, comenzó a hurgar en la cerradura. Su larga cabellera se desparramó sobre sus hombros y espalda y brilló bajo la luz de las velas como oro negro.
No seas ilusa, no vas a poder abrirla.
—No importa. Lo intentaré.
Sí que importa. No vas a poder abrirla sólo con una horquilla.
—Todas las cerraduras se abren.
¿Quién te crees que eres? ¿James Bond?
—¡Cállate de una maldita vez!
Pero su conciencia estaba en lo cierto y resultaba imposible abrirla con una simple horquilla. Echó un vistazo a las botas que llevaba puestas y se encogió de hombros. Le habían costado un riñón, pero si había que estropearlas por una buena causa...
Se sentó en el suelo, se quitó la derecha y no sin esfuerzo arrancó la tira metálica que adornaba el calzado. No era lo que se dice una ganzúa, pero la varilla podía servirle. Se puso la bota, dobló la varilla formando una L y volvió a hurgar en la cerradura.
Un buen rato después seguía agachada en su empeño, con el entrecejo fruncido, totalmente volcada en la puerta, y Naruto, entre aburrido y divertido por las conversaciones que ella mantenía a solas, se dedicó a dar vueltas por la capilla esperando que se convenciera de que no se abriría y...
El chasquido lo contrarió. Al volverse, Hinata había desaparecido y la puerta de la cripta estaba entreabierta.
¡Condenada mujer! ¿Es que no había nada a lo que no se atreviera? En la época de Naruto la habrían quemado por bruja, o alguien le habría dado una buena tunda en aquel bonito trasero. Esta idea le agradó, al imaginarse con ella cruzada sobre sus piernas y...
Sacudió la cabeza para alejar la placentera visión. Aquél era un recinto sagrado. No se permitía a los visitantes bajar allí, contrariamente a lo que sucedía en otros lugares donde los sarcófagos no sólo se tocaban, sino que, incluso, se fotografiaban.
Se evaporó y volvió a aparecer al lado de la mujer, ya dentro de la cripta. Ella se encontraba inmóvil en medio del lugar. Había descendido con rapidez los nueve escalones y tenía los ojos clavados en el sarcófago de la madre de Naruto. Las velas del candelabro silueteaban una plétora de sombras en torno a ella.
—¡Jesús! —musitó, piadosa. Su voz reverberó en los muros de la cripta—. ¡Es magnífico!
Eres parca en palabras, cariño. Es principesco. ¡Soberano!
—Realmente principesco —admitió, dando por una vez la razón a la voz interior.
Naruto se sintió agradecido al escucharla y miró, por millonésima vez, la estatua que representaba a su madre. Era como si el tiempo hubiera querido premiar la obra del escultor y de quien la planeó. Mientras el resto de los sepulcros, gastados y agrietados, proclamaban a gritos el tiempo transcurrido, la estatua de Kushina Namikaze seguía entera, sin fisuras, como si acabara de ser esculpida.
Parecía tan real, que de no ser porque era de mármol, se podría haber dicho que iba a hablar de un momento a otro. Resultaba casi irreverente en su hermosura y realmente agresiva y atrevida para su época.
Hinata alargó la mano despacio y pasó sus dedos sobre la suave superficie. Fría y satinada como únicamente el mármol podía serlo. Pero era tal la belleza de la obra, y tan extraña su postura, en pie, no yaciente, que ella se sintió sobrecogida.
Naruto parpadeó al ver los dos surcos de lágrimas que brotaban de los ojos perlados de la muchacha.
—Eras una beldad —la oyó decir muy quedo, como si temiera hablar en voz alta.
El fantasma notó como si palpitara una vida donde había estado su corazón. Amó a su madre. Y el modo en que aquella chica veneraba su imagen lo paralizó. Se percató de que comenzaba a concebir por la señorita Hyūga algo más que lujuria.
Se sacudió de hombros para despejarse. Aunque aquella mujer se arrodillara ante la sepultura de Kushina Namikaze y ofreciera mil misas por su alma inmortal, estaba donde no debía y él tenía la obligación de hacerle perder las ganas de husmear, de una vez por todas. Consciente de que su enfado contrarrestaba la pasión, por lo que en esos momentos era invisible, se situó a sus espaldas.
—Deja a los muertos con los muertos.
Hinata pegó un salto, y el eco devolvió un grito aterrado. Volvió la vista de un lado a otro de la cripta, buscando a quien le hablara al oído, pero no vio a persona alguna. No había nadie más en aquel lugar, sólo ella y... los muertos.
Hinata no creía en fantasmas, aparecidos o espectros —como se quisieran llamar—; de hecho ni siquiera creía en la parapsicología. Aunque nunca le gustaron los cementerios, se creía muy capaz de pasar una noche en el interior de uno, en caso necesario. Los que realmente asustaban eran los vivos.
Pero en ese momento, con el vello de punta y la sangre galopando alocadamente por sus venas y latiéndole de un modo atroz en los oídos, tomó conciencia de que estaba allí, estaba a solas y le habían hablado. No se lo había imaginado. Era real. No pensó más. Salió corriendo de la cripta, enfiló hacia las escaleras, ascendió los escalones de tres en tres y cerró la puerta de golpe a sus espaldas.
Naruto permaneció un buen rato sentado sobre su propio sarcófago, riendo entre dientes, felicitándose por el susto con que había ahuyentado a aquella cotilla.
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Hinata no bajó a cenar y se disculpó excusándose en su trabajo. Una de las criadas llamó a su puerta y ella sólo abrió cuando la sirvienta le explicó que le subía una bandeja con algo de cena. Antes de dejarla pasar, escondió tras la enorme cama la maleta que estaba llenando con sus pertenencias. Esperó a que la criada dejase la bandeja, le dio las gracias y cuando volvió a quedarse a solas, colocó de nuevo la maleta encima de la cama para seguir guardando cosas.
Había tomado una decisión. Se marchaba de Konohagakure. ¡Al demonio la tasación y al demonio el jodido castillo! Nunca hasta entonces había tenido una experiencia tan demoledora y tan terrorífica. Si alguien quería asustarla, ¡como si lo había conseguido!
Recogió el porta-retratos que depositara a su llegada sobre la mesilla de noche. La fotografía de su abuela, a quien había querido de forma especial. Lo lanzó dentro, casi con rabia.
Entonces se quedó muy quieta, mirando con obsesión la fotografía de la anciana, elegante, de bondadoso gesto y cabello blanco.
—¡Maldita sea! —rumió en voz alta.
Se sentó en la cama y se tapó el rostro con las manos. ¿Qué le estaba pasando? ¿Se estaba volviendo loca? ¿Cómo podía ser tan estúpida?
Los muertos no hablan. No regresan.
—Había alguien. ¡Había algo allí abajo!
Si los muertos pudiesen volver, tu abuela se te habría aparecido ya, chica.
—¡Qué tontería!
Y mucho menos dan órdenes como la que has oído en la cripta.
—Fue una sensación terrible. Te estás poniendo histérica.
—¡Nunca he estado histérica en mi vida! —gritó. Una risita interior la hizo reflexionar. Su insoportable conciencia, aquella voz que escuchaba de cuando en cuando y que parecía contradecir sus opiniones, la sacaba a veces de sus casillas. Aunque reconocía que, en la mayoría de los casos, solía acertar.
Respiró hondo varias veces y se relajó, notando que se serenaba. ¡Menuda licenciada estaba hecha! Se había comportado como una idiota allí abajo, sólo porque alguien —iba a averiguar quién demonios era— le había gastado una broma pesada.
Había escapado como un conejo asustado. Con seguridad, alguien la vio entrar en la cripta y pensó que era la víctima ideal para una broma, aunque fuera tan macabra. Bajar tras ella, esconderse detrás de alguna sepultura y soltarle aquella siniestra frase le habría resultado muy divertido.
Extremadamente divertido, con toda seguridad. ¿Qué había hecho ella, aparte de salir disparada, perdiendo el culo y su carísimo ordenador? El muy condenado debía de estar aún riéndose de ella.
Hinata rezó para que la broma quedase entre ellos dos y no fuera motivo de chanza entre el personal de servicio, pues de lo contrario no iba a ser capaz de mirar a nadie a la cara.
Bufó, se levantó y comenzó a recolocar las cosas donde estaban. Afortunadamente había recuperado la sensatez; ¿iba a ser tan estúpida de abandonar el castillo sin acabar su tarea? Perder su trabajo por semejante actitud resultaba ridículo. ¿Qué podría aducir ante su jefe? ¿Qué había oído la voz de un fantasma? ¡Por Dios, vivimos en la era de los viajes espaciales, no en la de las brujas!
Por otra parte, necesitaba su ordenador, pero no pensaba bajar otra vez a la cripta sola. Tendría que hablar con la señora Katō, pero ¿Qué explicación iba a ofrecerle? ¿De qué argumento iba a valerse para justificar su presencia allí?
Una vez que todo se encontraba en su lugar, tomó el móvil y marcó el número de su amiga. ¡Tenía que hablar con alguien o acabaría demente! Ino tardó demasiado en responder.
—¿Dónde estás?
—En la cama —respondió su amiga, con voz agitada.
—Te dejo, entonces.
—¡Ni se te ocurra! ¿Qué pasa? ¿Te lo has ligado?
—Sería lo último que haría. ¡Es un idiota!
Ino guardó silencio al otro lado. Hinata pudo oír un susurro masculino, una exclamación de su amiga y luego una larga carcajada. Estaba a punto de cortar cuando la voz de Ino sonó de nuevo:
—¡Cuéntame!
—No quiero interrumpir. Te dejo.
—No pasa nada. Anda, tesoro —la oyó decir a su acompañante—, prepara una copa y dame un momento. Enseguida estoy contigo. —Luego volvió a dedicarle toda su atención—. Cuéntame, Hinata. No me gusta cómo suena tu voz.
—Vas a pensar que estoy loca...
—¿Quieres decirme de una buena vez qué pasa? —exigió Ino.
—Estoy asustada —respondió Hinata muy bajo, casi con vergüenza.
—¿Te ha acosado?
—¡No, por Dios! Deja de decir tonterías.
—Entonces ¿qué?
—Me he colado en una cripta.
Un corto silencio al otro lado.
—Y ¿Qué tiene eso de especial? Los castillos las tienen, ¿verdad?
—Es que... me pareció oír algo. ¡Oh, déjalo! Es una bobada.
—Acaba de una vez, me tienes en ascuas.
—No sé... No había nadie aparte de mí, al menos eso creo, pero... oí una voz y...
Sonó un silbido que la hizo apartar el móvil del oído.
—¿Un muerto? —preguntaba Ino, divertida—. ¿Quieres decir que has hablado con un muerto?
—¡No te atrevas a reír! —Se irritó por el modo en que su amiga le tomaba el pelo.
—¡Carajo, Hinata! ¿Cómo quieres que no me ría? Los cadáveres no van por ahí hablando a los vivos. Lo que te hace falta es irte a la cama con un chico y relajarte.
—A estas alturas prefiero una tila —gruñó.
—También, aunque no es lo mismo —volvió a reír Ino—. Seguramente no es más que cansancio. Te conozco y podría jurar que te has tomado el trabajo muy en serio.
—Anda, cariño —la animó ya en serio—: métete en la cama, trágate un par de aspirinas y deja de ver cosas raras. Mañana todo te parecerá una tontería.
—Creo que te haré caso. Descansa.
—¡No tengo la más mínima intención! —bromeó Ino, y colgó.
Por un momento, Hinata se quedó mirando el móvil. Su amiga estaba en lo cierto, seguramente todo se debía al cansancio y al exceso de trabajo. Llevaba dos años sin tomarse unas largas vacaciones. Tiró el aparato sobre la cama y se acercó al armario a preparar la ropa que se pondría a la mañana siguiente.
Shizune había dicho que los meteorólogos habían anunciado una caída de las temperaturas y ella se había comprado un delicioso conjunto de lana color verde musgo que hacía juego con el pasto del castillo, antes de salir para Irlanda. No habría ocasión mejor para su estreno.
Abrió la puerta del armario.
Y se quedó helada.
¡Encima del estante de los zapatos estaba el portátil! Como si jamás lo hubiera perdido.
Se le cayó el alma a los pies.
Giró en redondo y miró la habitación con el miedo reflejado en el rostro. Le pareció que las piernas se negaban a sostenerla. Tenía la garganta y la boca secas, pero hizo un esfuerzo y masculló:
—La broma está durando demasiado. ¡Y maldita la gracia que me hace! ¡Salga para que pueda verle!
Se sintió espantosamente ridícula. Nadie salió de detrás de las cortinas, y la situación le recordó la escena de una película de terror. No había nadie, pero ella percibía una extraña presencia, algo intangible, una fuerza inexplicable. ¿A quién hablaba? Allí sólo había mobiliario. Resultaba absurdo, pero ella temblaba como una niña asustada.
La habitación le resultó opresiva, los muros parecían más oscuros, más estrechos, las luces titilaban como si amenazaran con apagarse. Sintió el frío exterior que se filtraba entre las rendijas de la piedra, a través del marco de las ventanas, alcanzándola y envolviéndola con una capa gélida que la hizo tiritar. ¡Podía oler su propio miedo!
Retrocedió hasta la pared muy despacio, sin dejar de observar cada rincón, cada sombra. Le vinieron unas ganas inmensas de gritar, pero ni siquiera era capaz de pronunciar palabra. Tenía la garganta acorchada y se sintió paralizada. Un sudor frío le adhería la ropa al cuerpo.
Con la espalda contra el muro, respiró hondo para sobreponerse, tratando de recuperar la cordura. Allí no pasaba nada, ¡por los clavos de Cristo! Era todo fruto de su imaginación. Las sombras únicamente albergaban sombras, no seres de fantasía. Poco a poco, según transcurrían los segundos, los alocados latidos de su corazón se fueron normalizando.
La escena de Don Juan Tenorio le vino de repente a la mente, y ella gimió en voz baja. No la recordaba bien, y sabía que no era más que una obra de teatro, pero se vio reflejada en ella. Tenía que superar el miedo. Tratando de aparentar una serenidad que no sentía y de que su voz sonara irónica, invitó:
—De acuerdo. Si eres un fantasma, fíltrate por las paredes y muéstrate.
Una forma humana comenzó a materializarse en medio de la habitación. Y entonces Hinata maldijo su propia idiotez. Un grito ahogado se heló en su garganta, las piernas se le doblaron y ella se precipitó en un pozo oscuro.
Continua
