Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission
Capítulo 2
Durante los siguientes días, atravesé los nueve círculos del infierno, tratando de armar una lista de pros y contras sobre trabajar en Smith & Devaney.
Al principio, estaba pérdida, aterrada de tomar una decisión. Sin mencionar que seguía tratando de asimilar el volver a encontrarme con Edward Cullen. Él ya no era un fantasma de mi pasado, pero tenía la posibilidad de existir en mi presente.
Ese horrible prospecto me hacía descartar la idea de trabajar allí. No tenía sentido emocional para mí. Aunque estaba afligida por la razón y me parecía difícil de creer, la entrevista me había enseñado que aún seguía dolida y furiosa con Edward Cullen. Verlo a diario traería de vuelta los recuerdos que pensé que ya había dejado atrás, pero claramente no lo había hecho.
Incluso ahora, recordaba el agobiante temor y la interna inquietud que solía sentir en la secundaria. Todo porque un chico decidió que no le agradaba y los otros tuvieron que seguirle como corderos.
¿Era la cantidad de dinero realmente suficiente para compensar ese conflicto?
El pro número uno era el salario, por supuesto. Chicago no era un chiste cuando se trataba de gastos básicos. La renta era astronómica, y me gustaba comer bien. Había estado desempleada por casi un mes ya, y el dinero del seguro de vida de mamá estaba reduciéndose.
También tenía casi treinta años, lo cual era demasiado grande para estar saltando de trabajo en trabajo como lo había estado haciendo. Había estado buscando, al parecer infructuosamente, un lugar donde pudiera encajar y crecer. La competencia en Chicago era intensa, y por muy buena que creía que era en mi trabajo, siempre había alguien mejor. Que me ofrecieran un trabajo en Smith & Devaney era más de lo que jamás había soñado. Era jodidamente increíble, y aún me parecía difícil de creer.
Si tan solo no fuera Edward Cullen el que lo ofreciera.
Me pregunté de nuevo si él estaba ofreciéndome el trabajo porque estaba calificada, o porque me debía una recompensa.
No, no podía dudar de mí misma. Me merecía esta oportunidad. Me merecía ese salario anual de ciento cinco mil dólares. Me merecía trabajar en una compañía donde podía quedarme y crecer.
Pero, ¿era posible en una empresa donde Edward Cullen trabajaba? Porque él sería el que decidiría si me ascendían o no. ¿Realmente quería darle ese poder?
Diablos, no.
Lo cual me llevaba a mi gran contra: el chico que una vez me había arrancado el corazón y me lo había hecho tragar.
Hacía más frío de lo que había esperado en Forks, Washington. Era más gris también.
Mi sacrificio altruista de darle a mamá y a Phil su libertad para viajar con el equipo de béisbol de él, de mudarme lejos de Phoenix, parecía cada vez más como un enorme error. Mi práctico y sensato papá no comprendería cómo una cosa pequeña como el tiempo podría afectar todo mi humor. Era estúpido, en serio, pero había tomado esta decisión por mi cuenta, y ahora tenía que vivir con ello. Necesitaba aguantármela.
Mudarme al pueblo de Forks en el medio de la nada parecía valer la pena hasta el primer día que llegué al estacionamiento de la secundaria, cuando vi lo que tenía que ser el chico más hermoso que jamás había visto caminar frente a mi camioneta. No había nada que me gustara más que tener un enamoramiento con un chico adorable. Un buen enamoramiento podía mantenerme a flote por un largo tiempo. Incluso podría hacer que valiera la pena vivir en un lugar remoto y lluvioso.
Mientras él pasaba, noté que el chico tenía el color de cabello más inusual, el cual parecía brillar como bronce pulido contra el día gris. Cuando su rostro giró en mi dirección, estaba frunciendo el ceño, pero lucía como un modelo con pómulos altos y una mandíbula casi cuadrada. Jamás había visto un rostro tan perfectamente construido. No muchas personas podían fruncir el ceño y aún así lucir hermosas, pero lo hacía parecer jodidamente bueno. Sus ojos claros parecían arder en los míos mientras pasaba, dejando atrás un rastro de fuego que ascendía por mi espalda.
Quedé anonadada y sin respiración de solo una mirada que duró segundos.
Lo busqué en los pasillos de la secundaria, soportando las miradas de los otros estudiantes, tratando de que no me importara que nadie me hablaba, que nadie recibía a la chica nueva. Era el segundo semestre de mi tercer año, así que lo entendía—llegaba tarde a la fiesta, y en una escuela de un pueblo pequeño, yo era una intrusa.
Y quizás pensaban que mordía o algo.
O quizás no les gustaba la manera en que lucía. Tenía un poco de sobrepeso, no era exactamente una reina de la belleza con mis espinillas y aparatos, pero mis ojos eran grandes y de color canela claro, de lejos mi mejor rasgo. No era temible o de apariencia horrible, solo... no una delgada reina de la belleza.
No vi al chico hermoso de nuevo hasta la clase de Biología, y fue entonces que todo se desmoronó.
La clase estaba llena. Había solo un asiento disponible. Resultaba ser el asiento junto al chico hermoso, y diablos, si creía que su ceño fruncido era aterrador afuera, ahora era definitivamente violento.
—Lo siento —dije cuando me tropecé con las patas traseras de su silla y casi dejé caer mis libros en su regazo.
—Vete al diablo, encogedora de pollas —contestó.
¿Encogedora de pollas?
Oh. Me estaba diciendo que le daba asco.
Me hundí lentamente en la silla contigua con mis libros abrazados contra mi pecho, mirándolo boquiabierta. Nadie jamás había sido tan grosero conmigo, especialmente sin una buena razón.
—No me mires —espetó, como si fuera una idiota que necesitaba instrucciones.
Giré mi rostro, dándome cuenta tontamente que sus ojos eran de un color verde deslumbrante.
Los chicos en la mesa frente a nosotros se habían volteado para mirarme de pies a cabeza.
—Oh, Cullen —rio uno de ellos—. Realmente sacaste la lotería esta vez, amigo.
El hablante me miró con desdén, entonces le chocó los cinco a su compañero de escritorio como si acabara de anotar un jonrón o algo.
—Él simplemente está molesto porque ella va a bajar sus calificaciones —rio el otro sarcásticamente.
—Vete al diablo, Crowley —gruñó el chico hermoso. Aparentemente, «vete al diablo» es su frase recurrente.
Coloqué mis libros con cuidado en la mesa frente a mí, medio esperando que colapsara o explotara. Nada a mi alrededor parecía seguro en el momento.
—S-Soy una estudiante sobresaliente —dije, y quise encogerme. Mi voz era pequeña y temblorosa.
No sabía lo que había hecho para merecer tanto odio del chico hermoso, quien parecía cada vez menos y menos hermoso con cada segundo que pasaba, pero no quería que pensara que yo era estúpida. Si acaso, él probablemente disminuiría mi calificación.
—No me importa lo que eres —dijo, su mirada examinándome con burla—. Pero te encuentras en mi mesa, no eres bienvenida, y conduces una camioneta espantosa. Si arruinas mi calificación durante los laboratorios porque no puedes seguirlos, voy a estar furioso.
Él definitivamente ya no era el chico hermoso en mi mente.
—Vaya comité d-de bienvenida —dije, pero mi voz seguía siendo chiquita, y tartamudeé de nuevo.
Una vez que mis palabras fueron registradas, Cullen hizo algo con su boca. Antes de darme cuenta lo que había pasado, una bola de saliva impactó mi mejilla.
—Allí está tu bienvenida.
Lágrimas furiosas y de humillación se asomaron rápidamente y me tomó más tiempo de lo que me hubiera gustado parpadear para quitarlas. Cuando vi su rostro de nuevo, él me estaba mirando como si estuviera asombrado. Pero el asombro rápidamente fue reemplazado por burla mientras volteaba hacia los chicos, que estaban carcajeándose, y les dijo que se callaran.
Levanté un hombro, quitando su escupitajo de mi mejilla. Entonces, tomé mis libros, me puse de pie, y salí corriendo del aula como una cobarde.
El profesor de Biología estaba entrando mientras yo intentaba irme.
—Está yendo hacia el lado equivocado, señorita —dijo amablemente.
—Disculpe —dije, las lágrimas amenazando de nuevo con asomarse ante su tono gentil—. Entré al aula equivocada.
Encontraría otra clase de Biología.
Con suerte, en Marte.
~PJE~
Cuando parecía que pensar en el trabajo en Smith & Devaney por un minuto más iba a hacer explotar mi cabeza, llamé a la persona más sensata que conocía: mi papá.
Él conducía un Honda Civic 2007 porque aún se movía; se sentaba en un sillón reclinable comprado en los años ochenta porque aún no se había venido abajo, aunque estaba jodidamente cerca; y las paredes amarillas de mamá aún recibía a los visitantes, aunque ahora lucían un poco tristes y gastadas.
Ahora que lo pensaba, papá odiaba el cambio, y probablemente no aprobaría nada que me hiciera sentir incómoda. Él no comprendería el atractivo de querer trabajar en un edificio icónico en una metrópolis diversa y próspera. Él era un hombre simple de pueblo pequeño que disfrutaba de pescar y cazar, ver a los Mariners en el verano, y los Seahawks en el otoño.
Conservativo o no, necesitaba una dosis de su pragmatismo sensato ahora mismo. Me encontraba peligrosamente cerca de aceptar un trabajo que probablemente adoraría, pero con una compañía de la que podría arrepentirme.
Alguien tenía que hacerme entrar en razón.
Abrí mi portátil, y entonces presioné el botón de videollamada. Sonriendo a la cámara, me aseguré de que no hubiera nada entre mis dientes.
Papá odiaba las videollamadas. Si se saliera con la suya, lo llamaría al teléfono fijo. La única razón por la que él tenía un iPhone era porque me había puesto llorosa con que él no tuviera uno, y él odiaba cuando lloraba. Como vivía lejos, quería ser capaz de ver su rostro—esa expresión pacientemente impaciente de censura que ponía para mantenerme con los pies en la tierra.
Después de cinco largos y tensos tonos, finalmente contestó.
—¿Bella?
—Papá, todo lo que puedo ver es tu oreja.
La imagen en la pantalla de mi portátil saltó y se sacudió antes que su rostro apareciera, y sonreí ante su expresión, sintiendo mi pecho aliviarse.
—Allí estás, mi persona favorita en el mundo.
Papá fruncía el ceño mientras intentaba centrar el teléfono en su rostro, pero la expresión era falsa; su risa contenida hacía que su teléfono rebotara, y su rostro en mi pantalla titilaba como el de la chica de esa película vieja, El Proyecto de la Bruja de Blair.
Después de intercambiar formalidades, fui al punto.
—Bueno, recibí una oferta de trabajo de una compañía que puede pagar una suma de dinero sustancial —dije con un suspiro largo—. Es decir, un poco más de lo que alguna vez he hecho. Más impactante. Pero mi jefe sería alguien de la secundaria. No lo soportaba, y ahora me hace querer vomitar. ¿Qué debería hacer?
Una de las cejas de papá lentamente se elevó, y entonces él carraspeó.
—Paso. El dinero no lo es todo, y pasar la mayoría de tus horas en el trabajo. ¿Realmente quieres pasarlo tratando de no... eh, vomitar?
Froté mi frente.
—Pero es para una empresa importante. ¿Y escuchaste que es por mucho dinero?
—Escuché algo sobre vomitar —contestó secamente.
—Sí, pero eso es solo si veo a mi jefe. Él dijo que no tendría que lidiar con él —añadí útilmente.
—¿Cómo puedes no lidiar con tu jefe? —preguntó y se encogió de hombros, el movimiento haciendo que su rostro desapareciera. La imagen en mi portátil se distorsionó, presentándome con una toma diagonal del cuadro de ánade real que colgaba sobre la chimenea.
—Maldita cosa. —Lo escuché susurrar mientras finalmente centraba la cámara de vuelta en su rostro.
—En este caso, me reportaría con una persona de alta gerencia dentro del departamento. Mi jefe es el vicepresidente. Estaría haciendo lo mío mientras que él hace cosas de vicepresidente.
—No comprendo el problema aquí —gruñó papá—. Parece que quieres aceptar el trabajo más de lo que no quieres.
—Pero ese es el problema —insistí—. No debería querer el trabajo porque no puedo soportar a esta persona. Tenemos un pasado horrible. Pero es el trabajo de mis sueños, así que estoy confundida. No puedo decidirme.
Él entrecerró los ojos.
—¿Cuál es este pasado horrible del que hablas?
Él me hizo llorar, me hizo dudar de quién era. A veces incluso me hizo desear nunca haber nacido.
Nunca le había contado a papá sobre el acoso. Me había sentido demasiado avergonzada, demasiado apenada. Ir a vivir con él se suponía que era una decisión adulta. ¿Qué tan adulto podría haber sido si hubiera recurrido a él para decirle que era atormentada? Además, no creía en tener a mi papá luchando mis batallas. Sin mencionar que él era el alguacil, y el castigo probablemente hubiera sido algo completamente vergonzoso.
—Él simplemente fue un verdadero imbécil en la secundaria —dije en modo cortante, sin querer adentrarme en ello. Ni siquiera pensar en ello.
—Bueno, ¿él sigue siendo un imbécil?
No, eso era la cosa. La cosa muy aterradora.
—Él no parece serlo. Pero cada vez que lo vaya a ver, recordaré qué bastardo era.
—Eso me dice todo justo allí —dijo papá—. Y aunque estoy feliz de que me llamaras para hablar sobre esto, parece que ya has tomado una decisión, y ahora estás volviéndote loca tratando de convencerte de lo contrario. Parece una pérdida de tiempo, Bells.
Intercambiamos malas caras.
—Entonces, ¿dices que debería tomar el trabajo?
—¿Los cerdos vuelan? —contestó—. Creo que deberías dejarlo pasar porque no quiero que seas infeliz y estés vomitando en público, pero también puedo ver que ya te has decidido. No puedo decirte que estará bien, pero nada es permanente.
Me enderecé.
—Así es. Siempre puedo renunciar.
—Eh, no era lo que quería decir —dijo alargando las palabras—. No tienes que quedarte en Chicago, ¿sabes? ¿Por qué no te mudas de vuelta aquí donde el costo de vida tiene sentido?
Era nuestro viejo argumento. Él había estado asombrado y triste cuando me mudé al otro extremo del país para asistir a la Universidad DePaul en Chicago por su carrera de Marketing. Había planeado ir a la Universidad Estatal de Arizona para estar más cerca de mamá, pero ella había fallecido a principios de mi último año de secundaria, y mi vida había cambiado drásticamente. Aturdida, deprimida, y arruinada, había intentado escapar del dolor de perderla al mudarme a Chicago.
También había pensado en escaparme de papá. Si no me importaba él o no lo viera tanto, quizás su muerte no me destrozaría tanto cuando eventualmente él se muriera también.
Meses y meses de terapia eventualmente habían corregido esa idea idiota.
Así como me había tomado meses y meses para acostumbrarme a Chicago. Al principio, había odiado el ajetreo y el bullicio de la ciudad. Era completamente diferente a lo que había conocido antes—un enorme choque cultural. Encima de eso, estaba sufriendo, sola, y sintiéndome sola y como si hubiera perdido mi piedra de toque.
Bueno, ¿qué había esperado? Me había mudado lejos de él.
Me encariñé de Chicago gradualmente cuando mi compañera de cuarto de la universidad, Rose, comenzó a sacarme los fines de semana. Comenzamos buscando lugares inusuales, como el Museo y Archivos Leather, el cual se dedicaba a la historia del BDSM y el fetichismo. Ver y oler todo ese cuero, y para lo que estaba hecho, me escandalizó deliciosamente.
Fuimos a la Fuente Crown en el Parque del Milenio con su pantalla de quince metros que escupía agua a las personas. Había caminado bajo la boca de la persona en la pantalla, recibiendo el agua mientras caía en mi cabeza, llamándolo mi bautismo.
Entonces estuvo Ed Debevic's, el restaurante con estilo de los años cincuenta con meseros descarados que vestían disfraces. Un motociclista con una camiseta blanca y una chaqueta, al estilo James Dean, me sirvió una hamburguesa mientras intercambiábamos insultos juguetones. Tomándome desprevenida, él incluso me había invitado a salir al final de la cena. Aunque habíamos salido varias veces y tuvimos varias sesiones de besos intensos, no tuvimos mucho en común, y la relación se apagó.
Pero fue divertido. Fue liberador. Siempre había algo nuevo para experimentar, y comencé a apreciar la ciudad, a recibir su diversidad. Al final, sentía que pertenecía.
—Lo siento, papá, pero no me mudaré de vuelta a Forks. —Suspiré—. Ahora mismo, Chicago es donde quiero estar. El estadio Wrigley Fields, el Parque del Milenio, el Dog House.
—Perritos calientes —bufó—. Te quedas por un perrito caliente.
—Y por este trabajo, supongo.
—No sé por qué te molestaste en preguntarme sobre ello —se quejó.
—Aprecio tu consejo —contesté.
—Jamás lo escuchas.
—Siempre lo considero.
—Y entonces lo ignoras.
—Oye, tengo mucho tiempo para cometer errores.
—Mmm —gruñó—. Esperemos que este no sea uno de ellos.
Sí, esperemos.
—Bueno, te amo sin importar los errores que cometas —dijo con un pesado suspiro, porque las declaraciones de amor lo ponían incómodo.
—Lo mismo digo —dije, porque yo era igual.
También estaba evidentemente loca y era codiciosa, porque iba a aceptar el trabajo en Smith & Devaney. Pero no era Edward Cullen quién ganaría.
Tomaría el trabajo porque sentía que podía hacer una diferencia, y divertirme al hacerlo.
Mientras que él permaneciera fuera de mi vista.
¡Gracias por la respuesta al primer capítulo! Siempre me sorprenden. Les comento que actualizo tres veces por semana y con el paso de los capítulos, estos serán más largos :)
¿Qué opinan del Edward de la secundaria? Jaja
