Naruto Y Hinata en:

La Oferta


NUEVE


[...]

Dicen que los médicos son los peores pacientes, pero es la opinión de esta cronista que cualquier hombre es un paciente terrible. Podríamos decir que ser un paciente exige paciencia, y Dios sabe que la mitad masculina de nuestra especie no goza precisamente de demasiada paciencia.

Ecos de Sociedad de Lady Wattpad,
2 de mayo de 1817

[...]

Lo primero que hizo Hinata a la mañana siguiente fue chillar.

Se había quedado dormida sentada en el sillón de respaldo recto junto a la cama de Naruto, con los brazos y piernas en posición muy poco elegante y la cabeza ladeada en una postura bastante incó moda. Al principio su sueño fue ligero, con los oídos aguzados por si le llegaba alguna señal de malestar de la cama del enfermo.

Pero después de una hora o algo así de un total y bendito silencio, el agotamiento pudo con ella y cayó en un sueño profundo, ese tipo de sueño del que uno debería despertar en paz, con una llana y descansada sonrisa en la cara.

Y posiblemente a eso se debió que cuando abrió los ojos y vio a dos personas desconocidas mirándola fijamente, se llevó un susto tan grande que a su corazón le llevó cinco minutos completos volver a latir con normalidad.

—¿Quiénes son ustedes?

Las palabras ya le habían salido por la boca cuando comprendió quiénes tenían que ser, necesariamente: el señor y la señora Sarutobi, los cuidadores de Mi Cabaña.

—¿Quién es usted? —preguntó el hombre, en un tono no menos belicoso.

—Hinata Ōtsutsuki —respondió ella, atragantándose—. Eh... yo... —apuntó a Naruto, desesperada—. Él...

—¡Dígalo, muchacha!

— ¡No la torturen! —graznó el enfermo.

Las tres cabezas se giraron hacia Naruto.

— ¡Está despierto! —exclamó Hinata.

—Quisiera Dios que no lo estuviera —masculló él—. Me arde la garganta como si tuviera fuego ahí.

—¿Quiere que le vaya a buscar otro poco de agua? —le ofreció Hinata, solícita.

—Té, por favor.

Ella se levantó de un salto.

—Iré a prepararlo.

—Iré yo —dijo firmemente la señora Sarutobi.

—¿Quiere que la ayude? —preguntó Hinata, tímidamente. Algo en ese par la hacía sentirse diez años mayor. Los dos eran bajos y rechonchos, pero irradiaban autoridad.
La señora Sarutobi negó con la cabeza.

—Buena ama de llaves sería yo si no supiera preparar un té.

Hinata tragó saliva; no sabía si la señora Sarutobi estaba enfada da o hablaba en broma.

—No fue mi intención dar a entender que...

La señora Sarutobi interrumpió la disculpa agitando la mano.

—¿Le traigo una taza?

—A mí no debe traerme nada. Soy una c...

—Tráigale una taza —ordenó Naruto.

—Pero...

—Silencio —gruñó él apuntándola con el dedo. Después miró a la señora Sarutobi con una sonrisa que podría haber derretido una cumbre de hielo—: ¿Tendría la amabilidad de añadir una taza para la señorita Ōtsutsuki en la bandeja?

—Desde luego, señor Uzumaki, pero ¿podría decirle...?

—Puede decirme lo que quiera cuando vuelva con el té —le prometió él.

Ella lo miró severa.

—Tengo mucho que decir.

—De eso no me cabe la menor duda.

Naruto, Hinata y el señor Sarutobi guardaron silencio mientras la señora Sarutobi salía de la habitación, y cuando ya se había alejado bastante y no podía oír, el señor Sarutobi se echó reír.

— ¡Le espera una buena, señor Uzumaki!

Naruto sonrió débilmente. El señor Sarutobi se volvió hacia Hinata y le explicó:

—Cuando la señora Sarutobi dice que tiene mucho que decir, es que tiene mucho que decir.

—Ah —dijo Hinata.

Le habría gustado decir algo más inteligente, pero con tan poco tiempo de aviso, lo único que se le ocurrió fue «ah».

—Y cuando tiene mucho que decir —continuó el señor Sarutobi, con la sonrisa más ancha y astuta—, le gusta decirlo con inmenso vigor.

—Por suerte —terció Naruto, sarcástico— tendremos nuestro té para mantenernos ocupados.

El estómago de Hinata gruñó audiblemente. Naruto la miró brevemente, con expresión divertida.

—Y un buen poco de desayuno, también —añadió—, si conoz co a la señora Sarutobi.

—Ya está preparado, señor Uzumaki —asintió el señor Sarutobi—. Vimos sus caballos en el establo esta mañana, al volver de la casa de nuestra hija, y la señora Sarutobi se puso a trabajar en el desayuno inmediatamente. Sabe cuánto le gustan los huevos.

Naruto miró a Hinata y le sonrió con expresión de complicidad:

—Me encantan los huevos.

A ella volvió a gruñirle el estómago.

—Pero no sabíamos que estaba acompañado —dijo el señor Sarutobi.

Naruto se echó a reír, y al instante hizo un gesto de dolor.

—No me imagino que la señora Sarutobi no haya preparado comida suficiente para un pequeño ejército.

—Bueno, no tuvo tiempo para preparar un desayuno adecuado, con pastel de carne y pescado —explicó el señor Sarutobi—, pero creo que tiene tocino, jamón, huevos y tostadas.

Esta vez el estómago de Hinata lanzó un rugido. Ella se puso la mano en el estómago, resistiendo apenas el deseo de sisearle «¡Cállate!».

—Debería habernos dicho que venía —continuó el señor Sarutobi—. No habríamos ido de visita si lo hubiéramos sabido.

—Fue una decisión de último momento —explicó Naruto, esti rando el cuello a uno y otro lado—. Fui a una fiesta desagradable y decidí marcharme.

—¿De dónde viene ella? —preguntó el señor Sarutobi haciendo un gesto hacia Hinata.

—Estaba en la fiesta.

—Yo no estaba en la fiesta —enmendó Hinata—. Simplemente estaba allí.

El señor Sarutobi la miró con desconfianza.

—¿Cuál es la diferencia?

—No estaba en la fiesta. Era criada en la casa.

—¿Usted es una criada?

—Eso es lo que he estado tratando de decirle.

—Usted no parece criada. —Miró a Naruto—. ¿A usted le parece criada?

Naruto se encogió de hombros, indeciso.

—No sé qué parece.

Hinata lo miró enfurruñada. Tal vez eso no era un insulto, pero no era un cumplido tampoco.

—Si es la criada de otros, ¿Qué hace aquí? —insistió el señor Sarutobi.

—¿Podría reservar la explicación para cuando vuelva la señora Sarutobi? Porque estoy seguro de que ella repetirá todas sus pre guntas.

El señor Sarutobi lo miró un momento, pestañeó, asintió y se volvió hacia Hinata.

—¿Por qué va vestida así?

Hinata se miró y comprobó, horrorizada, que se había olvidado que vestía ropas de hombre, ropas tan grandes que apenas lograba que las calzas no le cayeran a los pies.

—Mi ropa estaba empapada —explicó—, por la lluvia.

Él asintió, comprensivo.

—Vaya tormenta la de anoche. Por eso nos alojamos con nues tra hija. Teníamos pensado volver a casa, ¿sabe?

Naruto y Hinata se limitaron a asentir.

—No vive muy lejos —continuó el señor Sarutobi—, sólo al otro lado del pueblo. —Miró a Naruto, que se apresuró a hacer un gesto de asentimiento—. Ha tenido otro bebé, una niña.

—Felicitaciones —dijo Naruto.

Por su cara, Hinata comprendió que no decía eso por simple educación. Lo decía en serio.

Se oyeron fuertes pisadas procedentes de la escalera; sin duda era la señora Sarutobi que volvía con el desayuno.

—Tendría que ir a ayudarle —dijo Hinata, poniéndose de pie de un salto y corriendo hacia la puerta.

—Una vez criada, siempre criada —comentó sabiamente el señor Sarutobi.

Naruto no habría podido asegurarlo, pero creyó ver a Hinata hacer un mal gesto.

Pasado un minuto, entró la señora Sarutobi llevando un esplén dido servicio de té de plata.

—¿Dónde está Hinata? —preguntó Naruto.

—La envié a buscar el resto —contestó la señora Sarutobi—. No tardará nada. Simpática muchacha —añadió con toda naturalidad—, pero necesita un cinturón para esas calzas que le prestó.

Naruto sintió una sospechosa opresión en el pecho al pensar en Hinata, la criada, con sus calzas en los tobillos. Tragó saliva, incó modo, al comprender que esa opresiva sensación bien podía ser deseo.

Y a continuación gimió y se llevó la mano al cuello, porque la saliva tragada para aliviar la incomodidad le producía más incomo didad después de una noche tosiendo.

—Necesita uno de mis tónicos —dijo la señora Sarutobi.

Él negó enérgicamente con la cabeza. Ya había probado uno de esos tónicos, y estuvo vomitando durante tres horas.

—No aceptaré una negativa —le advirtió ella.

—Jamás acepta una negativa —añadió el señor Sarutobi.

—El té hará maravillas —se apresuró a decir Naruto—. No me cabe duda.

Pero la atención de la señora Sarutobi ya se había desviado a otra cosa.

—¿Dónde está esa muchacha? —masculló, y fue a asomarse a la puerta.

—¡Hinata! ¡Hinata!

—Si consigue impedirle que me traiga un tónico —le susurró Naruto al señor Sarutobi rápidamente— cuente con cinco libras en el bolsillo.

El señor Sarutobi sonrió de oreja a oreja.

—¡Considérelo hecho!

—Ahí está —anunció la señora Sarutobi—. Ay, Dios de los cielos.

—¿Qué pasa, querida? preguntó el señor Sarutobi caminando lentamente hacia la puerta.

—La pobre criatura no puede llevar una bandeja y sujetarse las calzas al mismo tiempo —contestó ella, riendo compasiva.

—¿No la va a ayudar? —preguntó Naruto.

—Sí, claro que sí —contestó ella y echó a andar.

—Vuelvo enseguida —dijo el señor Sarutobi a Naruto, por encima del hombro—. No quiero perderme esto.

—¡Que alguien le busque un maldito cinturón a la muchacha!—gritó Naruto, malhumorado.

No encontraba nada justo que todos salieran al corredor a ver el espectáculo mientras él estaba clavado en la cama.

Y ciertamente estaba clavado. La sola idea de levantarse lo ma reaba.

Esa noche debió haber estado más grave que lo que pensó. Ya no sentía la necesidad de toser cada pocos segundos, pero sentía el cuer po agotado, exhausto. Le dolían los músculos y le ardía la garganta de irritación. Hasta las muelas le dolían un poco.

Tenía vagos recuerdos de Hinata atendiéndolo. Le había puesto compresas frías en la frente, había estado velando al lado de la cama, incluso le había cantado una canción de cuna. Pero nunca logró ver le la cara. La mayor parte del tiempo no había tenido la energía para abrir los ojos, y cuando lograba abrirlos, la habitación estaba oscu ra, y ella siempre estaba en las sombras, recordándole a...

Contuvo el aliento, y el corazón se le desbocó en el pecho, porque en un repentino relámpago de claridad, recordó su sueño.

Había soñado con «ella».

No era un sueño nuevo, aunque hacía meses que no lo tenía. No era una fantasía para inocentes tampoco. Él no era ningún santo, y cuando soñaba con la mujer del baile de máscaras, ella no llevaba su vestido plateado.

No llevaba nada encima, pensó sonriendo pícaramente.

Pero lo que lo asombraba era que ese sueño le hubiera vuelto después de tantos meses dormido. ¿Era algo que tenía Hinata lo que se lo hizo volver? Había supuesto, había deseado, que la desaparición de ese sueño significara que había acabado su obsesión por ella.

Era evidente que no.

Ciertamente Hinata no se parecía a la mujer con la que bailó hacía dos años. Su pelo no era largo, y era demasiado del gada. Recordaba claramente las exuberantes curvas de la mujer enmascarada en sus brazos; comparada con ella, bien se podía decir que Hinata era escuálida.

Sí, tal vez su voz se parecía un poco, pero tenía que reconocer que con el paso del tiempo sus recuerdos habían ido perdiendo nitidez y ya no recordaba con toda claridad la voz de su mujer misteriosa. Además, la pronunciación de Hinata, si bien excepcionalmente refinada para ser una criada, no era de tan buen tono como la de «ella».

Soltó un bufido de frustración. Como detestaba llamarla «ella». Ése le parecía el más cruel de los secretos de «ella»: se había negado a decirle su nombre. Una parte de él deseaba que le hubiera mentido, diciéndole un nombre falso. Así por lo menos habría tenido cómo llamarla cuando pensaba en ella.

Un nombre para susurrar por la noche, cuando miraba por la ventana pensando dónde demonios estaría.

Sonidos de pasos, tropiezos y choques procedentes del corredor, le impidieron seguir reflexionando. El señor Sarutobi fue el prime ro en volver, tambaleante bajo el peso de la bandeja con la comida para el desayuno.

—¿Qué les ocurrió a ellas? —preguntó Naruto, mirando la puerta con expresión desconfiada.

—La señora Sarutobi fue a buscarle ropa adecuada a Hinata —repuso el señor Sarutobi dejando la bandeja en el escritorio—. ¿Jamón o tocino?

—Las dos cosas. Estoy muerto de hambre. ¿Y qué demonios quiso decir ella con «ropa adecuada»?

—Un vestido, señor Uzumaki. Eso es lo que usan las mujeres.

Naruto consideró seriamente la posibilidad de arrojarle el cabo de la vela.

—Quise decir —explicó, con una paciencia que él habría calificado de santa—, ¿Dónde va a encontrar un vestido?

El señor Sarutobi se acercó tranquilamente y le instaló en el regazo una bandeja con pastas con el plato de comida.

—La señora Sarutobi tiene varios vestidos extras, y siempre tiene mucho gusto en prestarlos.

Naruto se atragantó con el bocado de huevo que acababa de echarse en la boca.

—La señora Sarutobi no tiene la misma talla de Hinata.

—Tampoco usted —observó el señor Sarutobi—, y bien que ella llevaba sus ropas.

—Creí oírle decir que las calzas se le cayeron en la escalera.

—Bueno, ya no tenemos que preocuparnos de eso con el vestido. No creo que le pasen los hombros por el agujero del cuello.

Naruto decidió que su cordura estaría más segura si se ocupa ba de sus asuntos, y dedicó toda su atención al desayuno.

Ya iba en su tercer plato cuando apareció la señora Sarutobi en la puerta.

—Aquí estamos —anunció.

Entonces apareció Hinata, prácticamente sumergida en el volu minoso vestido de la señora Sarutobi. Aparte de los tobillos, claro. La señora Sarutobi era su buen medio palmo más baja.

—¿No está monísima? —dijo la señora Sarutobi, son riendo de oreja a oreja.

—Ah, sí, sí —repuso Naruto, curvando los labios.

Hinata lo miró indignada.

—Tendrá abundante espacio para el desayuno —dijo él, brava mente.

—Sólo lo llevará hasta que yo le haga limpiar su ropa —explicó la señora Sarutobi—. Pero por lo menos es decente. —Se acercó a la cama—. ¿Cómo está su desayuno, señor Uzumaki?

—Delicioso. No había comido tan bien desde hace meses.

La señora Sarutobi se inclinó a susurrarle:

—Me gusta su Hinata. ¿Nos la podríamos quedar?

Naruto volvió a atragantarse. Con qué, no lo sabía, pero se atragantó de todos modos.

—¿Qué?

—Ya no somos tan jóvenes el señor Sarutobi y yo. No nos iría mal otro par de manos aquí.

—Eh... esto... yo... bueno... —se aclaró la garganta—. Lo pensaré.

—Excelente. —La señora Sarutobi volvió hasta la puerta y cogió a Hinata por el brazo—. Usted viene conmigo. El estómago le ha estado gruñendo toda la mañana. ¿Cuándo comió por última vez?

—Ehh... en algún momento ayer, diría yo.

—¿Ayer a qué hora? —insistió la señora Sarutobi.

Naruto tuvo que ponerse la servilleta en la boca para ocultar su sonrisa. Hinata parecía estar totalmente arrollada. La señora Sarutobi tendía a hacerle eso a las personas.

—Eh... bueno, en realidad...

La señora Sarutobi se plantó las manos en las caderas. Naruto sonrió. Una buena le esperaba a Hinata.

—¿Me va a decir que ayer no comió en todo el día? —bramó la señora Sarutobi.

Hinata miró desesperada a Naruto.

Él contestó con un encogimiento de hombros que le decía «no busques ayuda en mí». Además, disfrutaba viendo el cariño con que la trataba la señora Sarutobi. Estaba dispuesto a apostar que esa pobre muchacha no había sido tratada con cariño desde hacía años.

—Ayer estuve muy ocupada —dijo Hinata, evadiendo la res puesta.

Naruto frunció el ceño. Lo más probable era que estuviera ocu pada huyendo de Hidan Cavender y de la manada de idiotas que lla maba amigos.

La señora Sarutobi hizo sentar a Hinata en el asiento del escri torio.

—Coma —le ordenó.

Naruto la observó comer. Era evidente que ella intentaba hacer uso de sus mejores modales, pero el hambre debió ganar la batalla, porque pasado un minuto estaba prácticamente zampándose la comida.

Sólo cuando cayó en la cuenta de que tenía las mandíbulas fuer temente apretadas comprendió que estaba absolutamente furioso. Con quién, no lo sabía exactamente, pero no le gustaba ver a Hinata tan hambrienta.

Había un extraño vínculo entre él y la criada. Él la había salvado a ella y ella lo había salvado a él. Ah, dudaba de que la fiebre de esa noche lo hubiera matado; si hubiera sido realmente grave, estaría batallando con ella en esos momentos. Pero ella lo había cuidado, lo había puesto cómodo y tal vez lo hizo avanzar en el camino a la recuperación.

—¿Me hará el favor de vigilar que coma por lo menos otro plato? —le pidió la señora Sarutobi—. Voy a ir a prepararle una habitación.

—Uno de los cuartos para los criados —dijo Hinata.

—No sea tonta. Mientras no la contratemos, no es una criada aquí.

—Pero...

—No se hable más —interrumpió la señora Sarutobi.

—¿Quieres que te ayude, querida? —le preguntó el señor Sarutobi.

Ella asintió y al instante siguiente la pareja ya se había marchado.

Hinata detuvo el proceso de comer tanta comida como era humanamente posible para mirar la puerta por donde acababan de desaparecer. Sin duda la consideraban una de ellos, porque si no hubiera sido una criada de ninguna manera la habrían dejado a solas con Naruto. Las reputaciones se podían arruinar con mucho menos.

—Ayer no comió nada en todo el día, ¿verdad? —le preguntó Naruto en voz baja.

Ella negó con la cabeza.

—La próxima vez que vea a Cavender lo voy a dejar convertido en una pulpa sanguinolenta —gruñó él.

Si ella fuera una persona mejor se habría sentido horrorizada, pensó Hinata, pero no pudo evitar una sonrisa al imaginarse a Naruto defendiendo más su honor. O a Hidan Cavender con la nariz recolocada en la frente.

—Vuelva a llenarse el plato —le dijo él—. Aunque sólo sea por mi bien. Le aseguro que antes de marcharse la señora Sarutobi contó los huevos y las lonjas de jamón que había en la fuente, y querrá mi cabeza si no ha disminuido el número cuando vuelva.

—Es una señora muy buena —dijo ella, poniéndose huevos en el plato. El primero le había aplacado apenas el hambre; no necesitaba que la instaran a comer.

—La mejor.

Con suma pericia, ella equilibró una loncha de jamón entre el tenedor y la cuchara de servir y la trasladó a su plato.

—¿Cómo se siente esta mañana, señor Uzumaki?

—Muy bien, gracias. O si no bien, por lo menos condenada mente mejor que anoche.

—Estuve muy preocupada por usted —dijo ella, quitando el borde de grasa del jamón con el tenedor y luego cortando un trozo con el cuchillo.

—Ha sido muy amable al cuidar de mí.

Ella masticó y tragó. Luego dijo:

—No fue nada en realidad. Cualquiera lo habría hecho.

—Tal vez, pero no con tanta gracia y buen humor.

El tenedor de ella quedó inmóvil a medio camino.

—Gracias —dijo—. Ése es un hermoso cumplido.

—Yo no... mmm...

Naruto se interrumpió y se aclaró la garganta. Ella lo miró con curiosidad, esperando que acabara lo que fuera que iba a decir.

—No, nada —musitó él.

Decepcionada, ella se metió el trozo de jamón en la boca.

—¿No hice nada de lo que tenga que pedir disculpas? —soltó él de pronto, a toda prisa.

Hinata tosió y escupió el trozo de jamón en la servilleta.

—Eso lo interpretaré como un sí —dijo él.

— ¡No! Simplemente me sorprendió.

—No me mentiría acerca de esto, ¿verdad? —insistió él, mirándola con los ojos entrecerrados.

Ella negó con la cabeza, recordando el beso perfecto que le había dado. Él no había hecho nada que exigiera una disculpa, pero eso no significaba que no lo hubiera hecho ella.

—Se ha ruborizado —la acusó él.

—No, no estoy ruborizada.

—Sí que lo está.

—Si me he ruborizado —contestó ella descaradamente—, es porque me extraña que a usted se le ocurra pensar que pudiera haber motivo para pedir disculpas.

—Se le ocurren muy buenas respuestas para ser una criada —comentó él.

—Perdone —se apresuró a decir ella.

Tenía que recordar su lugar; pero eso le resultaba difícil con ese hombre, el único miembro de la alta sociedad que la había tratado como a una igual, aunque sólo fuera por unas horas.

—Lo dije como cumplido. No se reprima por mi causa.

Ella guardó silencio.

—La encuentro muy... —se interrumpió, obviamente para bus car la palabra correcta—. Estimulante.

—Ah. —Dejó el tenedor en la mesa—. Gracias.

—¿Tiene algún plan para el resto del día?

Ella se miró el voluminoso vestido e hizo una mueca.

—Pensaba esperar a que estuviera lista mi ropa y entonces, supongo que iré a ver si en alguna de las casas vecinas necesitan una criada.

—Le dije que le encontraría un puesto en la casa de mi madre —dijo él, ceñudo.

—Y eso se lo agradezco mucho —se apresuró a decir ella—. Pero preferiría continuar en el campo.

Él se encogió de hombros, con la actitud de aquel al que jamás la vida le ha puesto ningún escollo por delante.

—Entonces puede trabajar en Konoha Hall, en Kent.

Hinata se mordió el labio. Ciertamente no podía decirle que no quería trabajar en la casa de su madre porque tendría que verlo a él. No podía imaginarse una tortura más exquisitamente dolorosa.

—No debe considerarme una responsabilidad suya —le dijo finalmente.

Él la miró con cierto aire de superioridad.

—Le dije que le encontraría otro puesto.

—Pero...

—¿Qué puede haber en eso para discutir?

—Nada —masculló ella—. Nada en absoluto.

No serviría de nada discutir con él en ese momento.

—Estupendo —dijo él, reclinándose satisfecho en sus almohadones—. Me alegro que lo vea a mi manera.

—Debo irme —dijo ella, empezando a levantarse.

—¿A hacer qué?

—No lo sé —repuso ella, sintiéndose estúpida.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Que lo disfrute, entonces.

Ella cerró la mano en el mango de la cuchara de servir.

—No lo haga —le advirtió él.

—¿Qué no haga qué?

—Arrojarme la cuchara.

—Eso ni lo soñaría —contestó ella entre dientes.

Él se echó a reír.

—Pues sí que lo soñaría. Lo está soñando en este momento. Sólo que no lo «haría».

Hinata tenía aferrada la cuchara con tanta fuerza que le temblaba la mano.

Naruto se reía tan fuerte que le temblaba la cama. Hinata continuó de pie, con la cuchara bien cogida.

—¿Piensa llevarse la cuchara? —le preguntó él sonriendo. «Recuerda tu lugar», se gritó ella, «recuerda tu lugar».

—¿Qué podría estar pensando para verse tan adorablemente feroz? —musitó él—. No, no me lo diga —añadió—. Seguro que tiene que ver con mi prematura y dolorosa muerte.

Muy lentamente ella se volvió de espaldas a él y colocó con cuidado la cuchara en la mesa. No debía arriesgarse a hacer ningún movimiento brusco; un movimiento en falso y le arrojaría la cuchara a la cabeza.

—Eso ha sido muy maduro de su parte —comentó él, arquean do las cejas, aprobador.

Ella se giró lentamente hacia él.

—¿Es así de encantador con todo el mundo o sólo conmigo?

—Ah, sólo con usted —contestó él. Sonrió—. Tendré que procurar que acepte mi ofrecimiento de encontrarle empleo en casa de mi madre. Usted hace surgir lo mejor de mí, señorita Hinata Ōtsutsuki.

—¿Eso es lo mejor? —preguntó ella, con visible incredulidad.

—Me temo que sí.

Hinata se dirigió a la puerta limitándose a mover la cabeza. Sí que eran agotadoras las conversaciones con Naruto Uzumaki.

—¡Ah, Hinata! —exclamó él.

Ella se volvió a mirarlo. Él sonrió guasón.

—Sabía que no me arrojaría la cuchara.

Lo que ocurrió entonces no fue responsabilidad de Hinata. Ella quedó convencida de que por un fugaz instante, se apoderó de ella un demonio, porque de verdad no reconoció la mano que se alargó hasta la mesilla y cogió el cabo de una vela.

Cierto que la mano parecía estar unida firmemente a su brazo, pero no le pareció conocida cuando esta mano se movió hacia atrás y arrojó el cabo de vela a través de la habitación.

Dirigida a la cabeza de Naruto Uzumaki.

No esperó para ver si su puntería había sido acertada. Pero cuan do salía a toda prisa del dormitorio, oyó la carcajada de Naruto. Y luego lo oyó gritar:

— ¡Bien hecho, señorita Ōtsutsuki!

Y entonces cayó en la cuenta de que por primera vez en años la sonrisa que curvó sus labios era de alegría pura y auténtica.


Continua