Hasta la Eternidad:
8: Cuadro familiar
Abrió los ojos, parpadeando con rapidez, y lo primero que vio fueron las baldosas del suelo debajo de sus narices. Notó un dolor punzante en la cabeza, se llevó la mano a la frente y se incorporó de golpe al verla manchada de sangre.
Se quedó sentada en el suelo, como una estúpida, mirando aquella sustancia viscosa y roja en sus dedos. Sentía que su cabeza estaba a punto de estallar. Llegó gateando hasta la cama, en la que se apoyó para ponerse de pie. Cuando consiguió recuperar la verticalidad, se tambaleó. Inclinada contra la pared, pudo acercarse hasta el cuarto de baño.
No recordaba qué demonios había sucedido ni el motivo por el que estaba en el suelo con una brecha en la frente. Nunca hasta entonces se había desmayado. Tenía una extraña sensación de déjà vu y el estómago revuelto.
Rumiando un taco se acercó hasta el espejo del armario y se miró, con un gesto de contrariedad: la herida no era importante, pero iba a quedarle un precioso cardenal en la sien derecha. Abrió el armario en busca de alcohol y tiritas.
Al cerrar la puerta, volvió a verlo. A su espalda. Reflejado a medias en el espejo.
Como un tifón, ella se encaró con el hombre con los dedos crispados de furia.
—Va a responder por esto, ¡grandísimo cabrón...!
Naruto sonrió, retrocediendo hacia las sombras de la habitación para evitar que ella le viera el rostro. Antes, al oírla gritar y caer al suelo como un fardo, se había quedado perplejo. Claro que la reacción había sido lógica. No podía esperar aparecer de golpe y que ella le diera las buenas noches.
Reconocía que su materialización podía causar ese efecto en los vivos, tal como le sucediera a la señora Katō y a algún otro a lo largo de los siglos. Temió que el golpe hubiera sido grave, ya que la frente de la joven había chocado contra las baldosas en un golpe seco.
Sin embargo, aquella preciosidad era al parecer mucho más fuerte de lo que él pensaba, porque apenas unos segundos después de la caída se había despertado, había gateado, y ahora, aparentemente recuperada, lo había insultado... Todo eso, por lo visto, sin estar demasiado asustada.
—Me alegro de que no sea nada grave lo de la cabeza —habló con voz profunda.
Hinata le regaló un rictus de enojo, sintiendo un escalofrío al escucharlo. Aquella voz ronca y aterciopelada resultaba realmente seductora. Ella tomó un trozo de papel higiénico, dando la espalda al intruso, lo mojó en alcohol y se limpió la pequeña brecha, volviendo a jurar en voz alta por el escozor.
—Voy a hacer que le despidan. —Abrió una tirita y se la puso sobre el corte. Al volverse para encararse de nuevo con él, sus ojos despedían rayos de indignación—. ¡Explíquese, carajo!
Naruto se encogió ante el exabrupto y retrocedió más, hasta los ventanales, adonde la luz no llegaba. Aún no era el momento de mostrar su rostro, pensó. La admiró mientras caminaba resuelta, para enfrentarse a él.
Estaba hermosa como ninguna otra mujer, con el pelo revuelto, aquel pequeño apósito en la frente y los ojos inyectados en sangre, mirándolo de frente, con los brazos en jarras, como una Valkiria de leyendas Vikingas.
—Siento haber aparecido tan de repente, pero vos me invitasteis, si lo recordáis.
—¿Qué yo le...? —Lo llamó algo muy feo—. ¿Qué hace en mi habitación?
—Traje vuestro juguete.
—¿Mi juguete? —Miró hacia el armario por un segundo— ¿Se refiere al ordenador?
—Creo que se llaman así —asintió Naruto.
Hinata se relajó en parte mientras atisbaba entre las sombras, tratando de verle la cara, que él parecía desear mantener oculta en la oscuridad. Al menos, no parecía peligroso, uno de esos que invaden la intimidad de una mujer para violarla.
¡Sólo era un condenado idiota que casi le había provocado un infarto! Pero aquella voz... era la misma que le hablara entre los sarcófagos. Presa de otro ataque de ira, Hinata se encrespó:
—¿De modo que fue usted el imbécil que me dio un susto de muerte en la cripta? —Avanzó un par de pasos, acordándose de Gaara, quien le advirtiera que debía solicitar licencia de armas y hacerse con una pistola. Ahora, podría disparar a aquel idiota entre las cejas—. ¿Se divierte así? ¿Asustando a la gente?
—Hinata, lo lamento de veras —se disculpó Naruto al verla tan alterada. La ira la hacía más atractiva aún—. No pretendía asustaros, sólo aparecí. Vos me convocasteis.
—¿Qué yo le convoqué? Eso sí que tiene gracia. ¡Y no use mi nombre de pila, condenado sea! —gritó ella de nuevo—. ¿O acaso nos han presentado?
Naruto se rió con ganas.
—¡Mi señora! La furia os hace parecer una amazona. Os aseguro que nunca, durante estos siglos, he conocido a ninguna otra dama que gane en hermosura a medida que se enfada.
Hinata lo escuchó con atención y lo miró más detenidamente aunque, por alguna razón, no conseguía verle la cara. Era idiota. Del todo. ¡Definitivamente, aquel hombre era un idiota al cuadrado!
Y atractivo como un demonio, le dijo aquella vocecita.
Alto.
Altísimo, la rectificó la voz.
De hombros anchos.
No seas ingrata, nena, jamás has visto hombros como éstos, volvió a interferir su otro yo.
Desde luego, el hombre no tenía mal aspecto, admitió, aunque seguía sin verle la cara, y entre las sombras sólo alcanzaba a apreciar un mentón fuerte.
¡Por Dios crucificado, hija, es un verdadero Adonis!, insistió la vocecilla, que empezaba a enfadarla de veras.
¡De acuerdo, condenada seas, lo es!, admitió Hinata por fin. Tenía el pelo... aun no podía distinguir el tono, era largo, y le llegaba seguramente a la mitad de la espalda. Sus ojos, curiosamente lo único que ella podía ver con claridad, eran dos zafiros en la negrura...— se fijó detenidamente en ellos—; su pecho, medio descubierto bajo aquella camisa amplia y abierta, presentaba piel dorada, y a pesar de la amplitud de las mangas, se adivinaban unos brazos fuertes. Cintura estrecha, piernas robustas, enfundadas en aquellos... ¿pantalones? estrechos y negros, ceñidos como una segunda piel.
Es un ejemplar único, chica. ¡Un tipo para llevárselo a la cama!
—¿He pasado la inspección? —preguntó Naruto, con un deje de arrogancia.
Hinata parpadeó, recobrando la cordura. Pero ¿Qué hacía allí, casi a medianoche, en su habitación, con un desconocido? Su enfado regresó de repente.
—¡No sea presumido, hombre! —espetó—. Sólo quiero quedarme bien con su fisonomía para describírsela a la señora Katō y que le ponga de patitas en la calle. Salga de una vez para que pueda verle bien la cara.
La risa masculina le pareció agradable y tranquilizadora.
—Os aseguro que os va a resultar un poco difícil conseguir que me despidan.
—¿Eso piensa? —resopló ella, totalmente colérica ya, notando muy a su pesar que aquella voz le producía cosquillas en el vientre. Caminó con determinación hasta la puerta, tiró del picaporte y abrió la boca dispuesta a gritar pidiendo ayuda. No pudo hacerlo. Una mano asió su brazo y la desplazó hacia atrás, como si él hubiera estado a su espalda. Ella se volvió con coraje—. ¡Ni se atreva a tocarme!
El intruso, sin embargo, seguía estando al otro lado de la estancia, y a Hinata un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Cómo diablos...? Regresó a ella la sensación horrible de encontrarse en presencia de una incógnita.
Naruto también experimentaba sensaciones. Tocarla con el pensamiento le produjo un estremecimiento. Desde su muerte jamás había tocado a otro ser humano, porque su cuerpo pasaba a través de los vivos.
Sin embargo, esta vez... La miró muy serio, sin darse cuenta de que sus ojos brillaban más que de costumbre, con un fuego interior. Le faltaba la respiración y notaba que la sangre le corría desbocada por las venas. Inspiró un par de veces para relajarse.
—No hace falta que alarméis a la buena de Shizune, mi señora. Me iré por donde he venido en cuanto dejéis de mirarme.
—¿Qué yo le miro? —gritó Hinata.
Lo estás haciendo, cariño.
—Y deje de hablarme como si estuviésemos en el siglo XVIII.
—Lo siento si no me expreso bien. —Sus ojos destellaron con un amago de risa, y el corazón de Hinata dio un vuelco—. He intentado ponerme al día durante estos siglos, pero debo reconocer que esta forma de hablar, con tantas palabras malsonantes intercaladas en el vocabulario, me resulta difícil.
—¿Durante estos siglos? —preguntó ella, parpadeando con rapidez—. Ya sé. Usted se ha escapado de un manicomio cercano. O es un maldito y desgraciado estúpido, hijo de perra, que me ha tomado por idiota y...
—¿Veis a lo que me refiero, mi señora? De cada tres palabras, una subida de tono. —Hizo chascar la lengua varias veces.
—¡Sólo faltaba que, además, intente enseñarme modales!
—Sin lugar a dudas podría hacerlo. Por ejemplo, esos pantalones que lleváis son demasiado ceñidos. Os dejáis abierta la blusa de modo provocativo. Esas cosas apestosas que os ponéis en la boca y echan humo...
—¡Suficiente! —se enfureció Hinata, señalando la puerta con una mano temblorosa—. ¡Salga ahora mismo de aquí! Mañana aclararé este asunto con la señora Katō.
—Me encuentro muy cómodo en este cuarto —comentó Naruto, divertido por su enojo. Resultaba gratificante que, por fin, alguien le plantase cara sin miedo—. Antes era el mío.
—Antes de que le internaran, supongo. ¡Fuera!
Una sonrisa hermoseó el atractivo rostro del hombre, aunque ella no pudo apreciarlo. Él se le acercó lentamente y Hinata, a su pesar, se vio obligada a retroceder hacia el cuarto de baño. Aunque había salido de las sombras, Hinata seguía sin ver su rostro con claridad, como si algo lo velase expresamente. Naruto se detuvo a tres metros, divertido, para evitar que ella se escabullera en el aseo, aterrada.
—¿Me echaríais vos?
La burla hizo erguirse a Hinata y, aunque su voz no sonó demasiado convencida, lo amenazó:
—¡Por supuesto! Y le aseguro que soy capaz de atacarle donde más le duela.
Eso es, femenina ante todo.
Naruto enarcó una ceja, sin entender. La miró intensamente por un instante. Aquella mirada ardiente la hizo desear que él siguiera avanzando y la tomase en sus brazos para luego bes... ¡Por Dios! ¿Qué estaba pensando?
Que te encantaría ser besada por este loco, mujer. Eso es lo que estás pensando. La maldita conciencia de nuevo.
—Sea como queréis. —Su voz ronca le hizo sentir un cosquilleo en la columna vertebral—. Os recomiendo que no digáis nada de esto a la señora Katō, ni a los demás. No sería acertado, creedme. El conde de Namikaze os da las buenas noches —dijo, haciendo una reverencia que parecía copiada de una película de Errol Flynn.
En ese mismo instante desapareció. Simplemente se evaporó. Se difuminó. ¡Puf!
Hinata sintió que se mareaba, que todo le daba vueltas, que las paredes se le venían encima y que su corazón se paraba de golpe. Se desmayó por segunda vez en su vida. En esta ocasión, por fortuna, cayó sobre la mullida alfombra.
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.
La habitación parecía un campo de batalla cuando Shizune llamó y obtuvo el correspondiente permiso.
Abrió los ojos como platos y observó el desorden. No había nada en su lugar. La cama estaba deshecha. Las sábanas y el edredón en el suelo, el colchón patas arriba —se preguntó cómo había podido la joven quitarlo de encima de la cama—, el arcón abierto, y todo cuanto en él había diseminado por el suelo.
Las pesadas cortinas estaban descolgadas, las sillas del revés, el armario abierto de par en par y la mesilla separada de la pared. El paso de un huracán no habría causado tantos estragos.
Hinata se encontraba encaramada en el respaldo de uno de los sillones, en tan precario equilibrio, que Shizune temió por ella. ¡Podía caerse y romperse la crisma tan fácilmente! Sin duda buscaba algo entre los apliques de la luz, en forma de antorchas, a juego con el estilo antiguo de la habitación.
Hinata se dirigió a la señora Katō desde su altura, con una expresión colérica.
—¿Dónde está?
Shizune avanzó con cuidado. Si la joven perdía el equilibrio, ella no sería capaz de amortiguar su caída.
—¿Por qué no baja de ahí? —le instó, estirando los brazos como si quisiera ayudarla.
—¿Dónde diablos está?
—¿Qué cosa, señorita?
—¡La maldita cámara! —Hinata olvidó su búsqueda y saltó con la agilidad de un gato. Se limpió las manos en los pantalones, unos vaqueros azules, desgastados y rasgados en las rodillas, que le sentaban maravillosamente—. ¿Dónde está escondida? ¿Es una de las bromas que gasta su jefe, Shizune? ¿O una prueba? Pues déjeme decirle que voy a llamarlo ahora mismo y va a oír lo que pienso exactamente de él.
» Como broma, lo de la cripta hasta puedo admitir que estuvo bien, me lo merecía por curiosa, pero lo de anoche fue demasiado. ¡Me hizo quedar como una estúpida! Imagino que aún estará riéndose a mi costa. Yo he venido a trabajar, señora Katō, y mi trabajo es muy serio. ¡No tengo intenciones de servir de diversión a un retrógrado esnob hijo de puta, por mucho que pague! —Se sentó en el suelo, a los pies de la cama, como si la perorata la hubiera agotado.
Shizune había palidecido al oír mencionar la cripta, pero trató de no mostrar su asombro. Temía lo peor.
—Si se tranquiliza un poco, querida —sugirió en voz baja, maternal—, acaso pueda contarme qué ha pasado.
Hinata la miró con rabia contenida, pero luego se encogió de hombros y palmeó el suelo, invitando al ama de llaves a acompañarla. Shizune se sentó en el borde del somier.
—¿Está usted segura de poder identificar a cualquier miembro del personal?
—Por supuesto. Todos están bajo mis órdenes.
—Ya se lo describí. Alto. De un metro noventa aproximadamente. Rubio de Pelo largo, muy largo. —Entretenida en meter los dedos en el artístico roto de fábrica de la rodilla de su pantalón vaquero, Hinata no pudo ver el rostro de la señora Katō, ni su expresión cada vez más asombrada.
»—. Lleva una especie de pantalón negro. Unas calzas. Camisa blanca y botas altas y negras por encima de la rodilla. Es el mismo hombre que vi la otra vez. Y si no me equivoco, puede que sea el maldito lord Namikaze en persona.
Shizune quiso hablar, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. ¡Había sucedido! Ahora tenía una prueba más de que no estaba trastornada, de que realmente él habitaba entre los muros de Konohagakure.
—¿Conoce a alguien que sea tan parecido al conde? —insistió Hinata, esperando su respuesta—. ¿O estoy en lo cierto y es él realmente?
—Eso es imposible, señorita. Hace apenas una hora nos ha llegado la noticia. Lord Namikaze sufrió un accidente cuando regresaba a Dublín. Su coche se estrelló contra una valla de protección y se precipitó al vacío.
Hinata parpadeó, turbada.
—Lamento su muerte.
—No, no ha muerto. Según el señor Watford se encuentra en coma. Tardaron en encontrarlo porque el automóvil rodó hasta la playa en un paraje poco transitado. Aún se preguntan cómo es que no quedó destrozado, porque el coche estaba hecho un amasijo de hierro y chapa. —Se mordió los labios.
—Vamos, cálmese, Shizune. —Hinata le apretó la mano con afecto—. Seguramente se repondrá. Me pareció un hombre fuerte.
—No estoy afectada por él, aunque no le deseo mal. —Se enjugó una lágrima—. Es por el difunto señor. Él siempre temió que su hijo sufriría un accidente. Siempre lo supo, el pobre. Demasiados caprichos y coches caros.
—Siento haber hablado mal de él, pero el hombre al que vi era tan... tan parecido, pero distinto a la vez...
—¿Cuándo lo vio?
—Anoche. El muy degenerado entró... ¡Apareció en la habitación como si fuese la suya! —Shizune dejó escapar un gemido—. Me dio un susto de muerte. Creo que fue el mismo que me intimidó en la cripta. Lamento... —sonrió, disculpándose— haber sido tan curiosa, pero las puertas cerradas siempre me han intrigado.
—No sé muy bien de qué me habla, señorita, pero no hay problema —repuso la irlandesa, con la voz medio ahogada.
—Y tal como apareció, desapareció. Deploro todo este desorden. —Señaló la habitación con un movimiento de la mano—, pero tengo que encontrar la cámara.
—¿Qué cámara?
Hinata se puso de pie y comenzó a colocar cada cosa en su lugar. Cuando le llegó el turno al colchón y trató de moverlo, se preguntó hasta qué punto se había encolerizado, porque ahora, más calmada, era incapaz de levantarlo. Lo intentó por segunda vez, sin resultados.
Deja el orgullo, chica.
—¿Me echa una mano, por favor? —pidió.
Shizune se acercó y entre las dos lo consiguieron, no sin cierto esfuerzo. Acabaron sudorosas, y la irlandesa se sentó en el borde, limpiándose con una punta de su inmaculado delantal las gotas que perlaban su frente.
—¿Cómo pudo usted sola...?
—Cuando me enfurezco soy capaz de mover montañas.
Cuando te enfureces eres como una burra parda.
—Recuerdo un día que me enfadé con mi padre. Yo tenía solamente doce años y era un alfeñique. Mi padre mide más de metro noventa y pesa unos noventa kilos, y sin embargo lo agarré por las piernas y lo levanté al menos treinta centímetros del suelo. Todavía hoy me lo recuerda.
—Ya veo, ya.
En silencio, hicieron la cama entre ambas y solamente cuando la señora Katō hubo colocado los cojines sobre el edredón, preguntó:
—¿Y por qué busca una cámara, señorita?
—¿Qué otra cosa puede ser? Aparece un hombre en mi cuarto, me habla, me dice que uso ropa provocativa y luego desaparece.
Y te cogió del brazo, le recordó su voz interior, pero ella no quiso escucharla.
—Una grabación. Una película. Algún dispositivo técnico. Si no me hubiera enfadado tanto, hasta podría haber admitido que era un trabajo impecable. En realidad, por un momento, creí que... —recordó, atragantándose.
—¿Qué estaba viendo un fantasma? —aventuró Shizune.
—El truco es muy bueno, desde luego —admitió Hinata—. Deberían utilizarlo para crear más ambiente con los grupos de visitantes. El castillo se convertiría en toda una atracción.
Shizune Katō comprendió que no podía callar por más tiempo. Durante unos segundos se debatió entre guardar silencio para dejar que la joven continuara pensando que todo había sido una broma macabra y sincerarse con ella. Sólo por un instante. Luego, tomó una decisión y rezó para que Hinata no acabara en una clínica psiquiátrica.
—Tengo que enseñarle algo. —Se encaminó hacia la puerta—. Pero ahora no es el momento, he de atender un asunto que no admite demora. La espero en la biblioteca a la hora del té.
A Hinata le costó moverse. «De modo que el ama de llaves se guarda algo —se dijo—. Bien. Esperaré.»
Su enfado se evaporó en parte. A fin de cuentas, la cosa no había sido tan grave, solamente se había tratado de una burla pesada y ella había salido ilesa, salvo por el pequeño corte en la frente y el cardenal que lucía ahora. Afortunadamente, era una artista con el maquillaje, y apenas se le notaba.
¡Lástima!, oyó decir a la voz, el tipo era realmente guapo.
Con puntualidad irlandesa, Shizune entró en la biblioteca al tiempo que el reloj de cuco marcaba las cinco en punto.
—Buenas tardes, señorita. Venga conmigo, por favor.
Shizune echó a andar aprisa y Hinata la siguió entre recelosa e intrigada.
En el exterior, la tormenta estalló de modo repentino. El agua azotó las ventanas y los muros y las luces comenzaron a parpadear, amenazando con apagarse y provocándole a Hinata un espasmo de frío.
Recorrieron la galería, atravesaron un vestíbulo y llegaron a unas escaleras estrechas que subían al piso superior. El ama de llaves abrió una puerta, presionó el interruptor de la luz y se internó por un pasillo que desembocaba en otra galería ancha, de unos seis metros de pared a pared, con ventanales góticos y vidrieras de color caramelo. Una larguísima alfombra roja amortiguaba los pasos de ambas. Flotaba un ligero olor a moho, como si el lugar no se ventilara con frecuencia.
Las luces titilaron de nuevo y se apagaron durante unos segundos. Las dos mujeres permanecieron inmóviles hasta que la luz regresó y luego reanudaron la marcha en silencio. El corazón de Hinata latía a más pulsaciones de las normales. Un sexto sentido le decía que aquella excursión iba a depararle nuevas sensaciones.
Un trueno ensordecedor estremeció hasta los muros del castillo y ella esperó que dispusieran de un generador de emergencia. Después de lo sucedido, se sentía incapaz de deambular por el castillo en completa oscuridad o alumbrándose con el mechero.
Un candelabro sería romántico, oyó decir a la voz.
Aunque no era el momento más propicio para pararse a contemplar obras de arte, Hinata no pudo dejar de sentirse atraída por las pinturas que colgaban en las paredes. Pura deformación profesional.
Cuadros enmarcados, seguramente familiares, de los Namikaze. Damas con elegantes atuendos luciendo antiguas joyas, caballeros con armadura, hombres ataviados para la caza y con su presa abatida a los pies... No se entretuvo con los óleos, pero indudablemente los marcos, por sí solos, valían una fortuna.
Distraída como iba, casi chocó con Shizune, que se había detenido frente a una de las pinturas. Estaban en un rellano medio circular, y la escasa luz que el día tormentoso y gris permitía filtrarse por los ventanales, combinada con la iluminación mortecina y amarillenta de un único aplique, creaba un ambiente lúgubre.
Shizune le indicaba con la barbilla un óleo de unos dos metros de alto por cuatro de ancho.
Hinata se situó a su lado.
Era un cuadro espléndido que representaba a un grupo familiar. El caballero, colocado a la izquierda, sentado en un elegante sillón rojo, lucía una barba recortada, cuidada, rubia, y ropa formal.
A su lado, una mujer hermosísima que Hinata identificó de inmediato con la estatua de la cripta, la puso alerta. Un joven pelirrojo, sonriente, con un brazo sobre los hombros de una niña de unos diez años, encantadora con su vestido blanco y su tocado azul y, cerrando el grupo, un hombre de...
Otro trueno retumbante hizo que ambas se sobresaltasen, y la luz se apagó dejándolas inmersas en la oscuridad. Un relámpago que destelló poco después encontró a Hinata con la vista en el cuadro todavía. Ella sintió que se mareaba cuando sus ojos se clavaron en el rostro de aquel hombre. Alto, rubio, de ojos celestes. Vestía calzas negras, camisa blanca, altas botas negras... Hinata dejó de respirar.
La fantasmal luz del rayo se evaporó y las envolvió la más completa oscuridad.
—Señora Katō... Es... —soltó Hinata en un gemido agónico.
—Sí, señorita —asintió Shizune, buscando su mano en las tinieblas y apretándosela con fuerza—. Naruto, sexto conde de Namikaze. Año 1532.
Continua
