Hasta la Eternidad:
9: Irreal
Era incapaz de evitar que la taza, de fina porcelana, golpeteara contra el platillo.
Incapaz de pensar con lógica.
Incapaz de pensar, simplemente ¡carajo!, ni siquiera como una demente. Sus neuronas debían de haber quedado reducidas a papilla, demasiado fundidas para devolverle la cordura.
Hasta su voz interior enmudeció después de la asombrosa y escalofriante experiencia de ver retratado al hombre que se le apareciera en su alcoba la noche anterior. ¡Porque era él, joder! ¡Era para acabar como una cabra!
Se refugiaron en el gabinete, a salvo de miradas curiosas y oídos indiscretos. La luz había regresado casi de inmediato después de que el relámpago iluminase la figura de Naruto Namikaze, aunque verse arropada por cientos de vatios no relajó sus nervios en tensión.
La señora Shizune había pedido un servicio de tila para ambas, y desde hacía un buen rato ambas permanecían en el más absoluto silencio. Shizune temía decir algo que arrojara más dudas sobre un asunto tan disparatado y Hinata tenía un nudo marinero en las tripas y otro en la garganta que le impedían casi respirar.
—No puedo creerlo —musitó.
Shizune acabó su infusión y se acarició el entrecejo con un dedo. Lo que Hinata vio en sus ojos la sobresaltó una vez más.
—No puedo creerlo —repitió—. ¡Los fantasmas no existen!
—Éste sí, querida.
Hinata se levantó y se acercó al ventanal ojival. En el exterior, el tiempo se había calmado. La tormenta dejó paso a un claroscuro que un sol pálido disputaba a unas nubes negras, como si ahora, después de iluminar la fantasmal estancia donde colgaba su cuadro, no tuviera razón para continuar azotando los muros del castillo.
El patio a sus pies estaba desierto y encharcado, oscuro y frío como un cementerio. Hinata se preguntó si, en realidad, no habría ido a parar a uno, porque ¿qué hacía si no un aparecido paseándose por las habitaciones como si tal cosa?
—Estamos en el siglo XXI, Shizune —dijo, sin mirarla, como si la afirmación lo explicara todo.
—Y siguen practicándose exorcismos —repuso el ama de llaves.
Ahora parecían más calmadas, como si estuvieran intercambiando opiniones sobre alguna receta de cocina, sobre los precios del mercado o sobre el último CD de Von Karajan.
Hinata no podía creer que estuviera pasándole aquello. ¡Simplemente, esas cosas no sucedían! En las películas sí, claro. Y en las novelas. Pero ella no era la protagonista de un filme de terror de Karloff ni la heroína de un relato de Stephen King. Su mente se negaba a admitir lo que había visto.
Se negaba a admitir lo que Shizune Katō trataba de hacerle comprender. ¡Por Dios bendito, era absurdo! ¡Fantasmas en aquella época! Debía de tratarse de una confabulación para volverla loca. Hasta se le ocurrió que quizás Gaara tenía algo que ver con aquel escabroso asunto. Seguramente no deseaba casarse con ella, tenía una amante y había empleado buena parte de su dinero en contratar a un par de buenos actores que...
Deja de pensar estupideces, chica.
—¿Cuándo lo vio usted? —preguntó.
Shizune suspiró profundamente.
—La primera vez, hace unos años.
—¿Dónde?
—En el patio de las columnas.
—¿Le habló?
Una risa inquieta se extendió por el gabinete. Una risa que le puso a Hinata los pelos de punta.
—Si lo hubiera hecho en aquel momento, yo no estaría aquí, sino encerrada y con una camisa de fuerza. Únicamente lo vi. A medias. Su imagen no era nítida del todo —explicó—. Parecía como si... como si se estuviera desvaneciendo, como si fuese...
—Evanescente.
—Sí. Después tuve que superar el miedo que me infundía el saber que vivía en un castillo encantado... —Se rió como si se mofara de sí misma—. Lo siento, pero la conversación me parece sacada de un cuento.
—Desde luego que lo parece. Pero mire, señora Katō, soy una persona sensata y... —Ja, sensata. Su voz interior.— ...moderna. Quiero decir que no soy dada a la lectura de novelas de misterio ni a ver películas de terror, ni sigo programas de sucesos paranormales. Me muevo en el mundo actual y trabajo con ordenadores, y uso teléfonos móviles, y tengo un televisor de plasma, así que...
—Los fantasmas no tienen cabida en su mundo. ¿Es eso lo que quiere decir?
—¡Exactamente! Tiene que tratarse de una broma. Dígame que es una broma y yo lo entenderé y... —Al ver que Shizune negaba con la cabeza, exclamó—: ¡Por Dios santo, los fantasmas no existen!
El ama de llaves suspiró ruidosamente.
—Creo que eso ya lo ha dicho muchas veces. Pero ¿juraría que no lo ha visto?
Hinata se disponía a replicar, pero enmudeció. Aquella mujer no mentía. Creía realmente que en el castillo de Konohagakure habitaba un espectro. No estaba mintiendo, ni era partícipe de una broma. Simplemente, creía, sin más.
—Shizune. —Dejó la taza con cuidado sobre el pequeño mantel blanco y se acercó al ama de llaves, colocándose en cuclillas frente a ella—. Shizune, seamos lógicas.
—¿Lógicas? ¿Qué lógica podemos aplicar a lo que le ha pasado?
—¡Santa Madre de Dios, yo ni siquiera soy creyente! —estalló la joven.
—Sin embargo, nombra a Dios, a la Virgen y a los santos con demasiada frecuencia.
Hinata se levantó, irritada, más consigo misma que con la mujer. Buscó sus cigarrillos y encendió uno.
—¿Eso le calma los nervios?
—No. Sí. ¡No lo sé! ¿Quiere uno?
—Creo que me vendría mejor un Whisky. En ese armario, por favor.
Hinata extrajo una botella y dos vasos y sirvió una generosa cantidad para cada una. Entregó a Shizune el suyo y se acomodó en el borde de la mesa. De un solo trago ingirió más de la mitad del contenido.
—Vaya con cuidado, señorita, es de los fuertes.
—No lo suficiente para asimilar lo que usted quiere que asimile. —Tomó otro trago—. Pero hábleme de él.
Shizune se recostó en el sillón que ocupaba. Su mirada se perdió en un punto fijo y empezó a hablar dando vueltas al vaso entre sus venosas manos.
—Cuando lo vi por primera vez, perdí el conocimiento. La impresión fue terrible, para qué voy a mentirle. Luego, poco a poco, comprendí que no había sido una visión, de que mi mente no estaba trastornada. Con discreción, hice averiguaciones sobre lord Namikaze. Sobre el actual lord Namikaze, quiero decir. Él ni siquiera estaba en Irlanda cuando sucedió, de modo que no me quedó más remedio que admitir que la persona a quien vi no era él. —Bebió un sorbo.
—¿Un hermano, tal vez?
—El señor es hijo único —negó Shizune—. Ni siquiera tiene un primo que se le parezca, sólo un par de parientes que, por lo que yo sé, viven en Australia. No ponga esa cara, sé lo que está pensando. Le aseguro que registré todo el castillo a conciencia. Hasta me atreví a fisgar en la sala privada de milord. Quise convencerme, de todos modos, de que había sido una ilusión mía. Hasta que lo vi por segunda vez. Entonces supe que todo era cierto, que existía.
—Shizune, cuando morimos..., morimos, y eso es todo.
—Entonces ¿cómo explicaría lo que ha visto?
—El hombre que entró en mi habitación era tan real como usted y yo.
De real, no tenía nada. No sé... Se difuminaba en el aire. Se evaporó, recuerda, delante de tusnarices ¡No atravesaba los muros, maldita sea! Pero se evaporó en el aire. —Sin hacer caso a su voz interior, trató de calmarse—.
—¿Pretende usted que crea que un espectro, salido de quién sabe dónde, se coló en mi cuarto? ¿Con qué fin? ¿Acaso su fantasma es tan educado que vino a darme las buenas noches?
—Yo no pretendo que crea nada, querida. —Shizune se incorporó cansinamente, como si hubiera envejecido de repente veinte años—. Pero él existe. No me pregunte cómo es posible, no lo sé, como no lo sabe usted tampoco. Hay hechos que la razón niega y la realidad confirma. Éste es uno de ellos.
—¡De acuerdo! Pongamos que existe una fuerza extraordinaria en el castillo. Pongamos, inclusive, que hay una presencia que no podemos explicar. Todos sabemos o hemos oído hablar de lugares en los que se han detectado fenómenos extraños. Mesas que se movían, luces que se encendían y apagaban, señales inexplicables en las paredes.
» He leído en algún artículo que al hacer una fotografía aparecía una figura duplicada en el espejo. Hace unos años, en Madrid, algunos expertos estudiaron fenómenos paranormales en el palacio de Linares... ¡Pero todo tiene una explicación lógica! ¡Esos fenómenos y presencias tienen una base científica, Shizune! ¡Por todos los infiernos, el hombre ha llegado a la Luna y estamos enviando sondas a Marte!
—¿Y...? —Al ver que la joven parecía haber acabado con sus argumentos, el ama de llaves sonrió con tristeza—. Todas esas cosas me las dije yo misma. Y seguí viendo a lord Namikaze. Pero hay sucesos que ni siquiera los científicos pueden explicar, señorita. Y ahora debe disculparme. Estoy cansada y he tenido un día ajetreado, de modo que, si no le importa, voy a reposar un poco —dijo, dirigiéndose hacia la puerta.
—¿Se va a la cama? —saltó Hinata—. ¿Cómo puede hacerlo después de...?
La tranquilidad de la señora Katō la impacientó.
—Espero que no tenga miedo de un fantasma que, según afirma usted misma, no existe.
Hinata se puso rígida. Se estaba quedando sin argumentos. Enarbolaba la bandera de la modernidad por un lado, y por otro, daba la impresión de ser una niña asustada con el cuento del coco.
—Por descontado que no tengo miedo —mintió.
Miedo no, matizó su otro yo, más bien terror.
—Entonces, la veré más tarde.
Cuando Shizune se hubo ido, Hinata se apresuró a servirse otro Whisky doble. Se sentó en el rincón más apartado del gabinete, entre la mesa de caoba y la pared, encogió las piernas y se abrazó las rodillas mirando la puerta obsesionada. Ya no tenía a nadie a quien hacer partícipe de sus recelos, y un frío horrible le recorrió la médula espinal.
—No seas idiota, por el amor de Dios —se regañó—. Debe de haber una explicación para todo esto que se me escapa.
Es verdad que te repites.
—¡Me repito, sí! —se contestó a sí misma—, pero me niego a creer en apariciones. Me niego a creer que un maldito fantasma esté rondando dentro de los muros de este castillo, por muy castillo irlandés que sea, por mucha maldición que haya y muchas leyendas que circulen sobre ese condenado Conde Errante. ¡Me niego a convertirme en un flan tembloroso!
Muy decidida, como si su afirmación le hubiera dado bríos para superar tan inquietante y angustiosa experiencia, se levantó, dejó el vaso y se fue directa a la puerta. Sin llegar a ella, volvió sobre sus pasos, tomó la botella de Whisky y luego salió resueltamente del gabinete. En cuanto lo hizo, se arrepintió.
Las nubes, espesas y negras, se habían vuelto a apoderar de Konohagakure, y en la galería penumbrosa, sólo unas luces aquí y allá ahuyentaban las sombras. El pasillo que debía recorrer le pareció infinito. Tragó saliva, echó los hombros hacia atrás y levantó el mentón, decidida a llegar a su habitación a paso tranquilo. Iba a encerrarse y a tirar la llave.
Cuando dobló la primera esquina y llegó al patio de las columnas, ya estaba corriendo desesperada.
Naruto la vio ascender las escaleras de tres en tres. Se apoyó cansinamente en una de las columnas y sonrió. Aquella mujer tenía coraje. Otra, en su lugar, habría escapado del castillo la noche anterior, entre alaridos y, seguramente, sin su equipaje. No Hinata Hyūga. No la dulce y cabezota señorita Hyūga. Aquella mujer iba a presentar batalla. Y él apreciaba una buena pelea.
.
.
La puerta de la habitación se había abierto silenciosamente. Y silenciosamente los pasos del fantasma lo acercaron hasta la cama.
Ella sabía que vendría. Lo había sabido desde el momento en que lo vio. No podía escapar de él, por eso lo había estado esperando. La atraía, como la llama de una vela atrae a una polilla.
Lo vio acercarse despacio —un fantasma no tiene prisas—, y su corazón dejó de latir.
El habitáculo estaba inundado por un vaho color neón claro que enmarcaba la alta figura del extraño ser, que la miraba fijamente. Ella no podía apartar la vista de aquel rostro atezado, que ahora veía con claridad.
Sus ojos eran de un intenso azul, y sus largas y espesas pestañas acotaban sus pómulos altos donde se le distinguían unas marcas en las mejillas. Su boca... Un mar de labios carnosos y sensuales, cuyo puerto era una boca plena al abrigo de mil besos. Una boca creada para besar.
Hinata imaginó el contacto de esos labios al pasearse por todo su cuerpo, lamiendo y mordiendo, saboreando su piel.
Con una perversidad cadenciosa, como si nada en el mundo importara más que aquella presencia irreal, hizo a un lado los cobertores que la arropaban y mostró su cuerpo a los ojos ávidos y penetrantes que la instaban a entregarse en silencio. Un ligerísimo camisón silueteaba sus formas, y Hinata se sintió más mujer que nunca.
Era una sensación lúdica, pagana y exquisita. En el envite eterno del juego de la posesión, una mujer y un hombre, el hombre con el que iba a cubrir el sendero que lleva de la unión física al éxtasis. No era virgen, pero se sentía como si lo fuera, como si jamás hubiera saboreado las delicias del amor, el aquelarre del deseo.
Lo deseaba. Lo deseaba tanto que le dolía el pecho de esperarlo.
El vaho se hizo más denso, más tupido, envolviendo a ambos en una sábana cálida.
El espectro sonrió y luego, tan lentamente que a ella su instinto la instaba a apurarlo, se inclinó y sus largos dedos desprendieron una de las hombreras del camisón mostrando la blancura de la piel de su hombro desnudo.
Muy despacio, él fue retirando la prenda, alargando el momento de desnudarla por entero, paladeando cada segundo, su deseo insatisfecho, regodeándose, haciendo de su anhelo un gozo.
La seda resbaló por el cuerpo de Hinata en un susurro que abrasó cada molécula. Un fuego de llama irreverente que los condenaba a un rito terriblemente sensual y sexual.
El fantasma tomó entre sus labios y sus dientes el botón rosado y endurecido de su pecho y Hinata arqueó su cuerpo entregándose definitivamente con un gemido de placer impúdico.
—Namikaze... —murmuró.
Mientras su boca, ardiente como las brasas, avivaba los tizones de su pecho, la palma derecha, abierta, tan caliente como su boca, acariciaba los relieves del cuerpo de la muchacha. Era una mano grande, encallecida por el manejo de la espada. La mano de un guerrero.
Se deslizó al otro pecho, masajeó su vientre y osciló, lenta y opresiva, hacia la unión entre sus muslos. Los largos dedos juguetearon con los rizos que cubrían el jardín de su morada lúbrica, y ella arqueó más las caderas y entreabrió ligeramente las piernas en una ofrenda rendida.
La sangre le bullía y trenzaba su cuerpo en contorsiones, acuciada por una avasalladora urgencia de culminar. Ansiaba que él la besara, pero Naruto seguía alimentándose con la suavidad y el sabor de su pezón, que mordisqueaba hasta provocarle dolor. Ella lo soportó entre aquel tobogán de deleites, pero cuando el dolor se intensificó, se retiró y gritó.
Agarró la larga y rubia cabellera de Naruto y tiró con fuerza para quitárselo de encima, apartando los dedos masculinos que hurgaban en su interior, embistiendo con fuerza, poseyéndola con el ritmo que ella habría deseado que imprimiese a su miembro. En un instante, el gozo se trocó en angustia.
—¡Noooooo!
Su propio grito la hizo incorporarse con los ojos muy abiertos.
Parpadeó, aturdida y sola. La desilusión la embargó. La cabeza le palpitaba, le dolía de forma rabiosa, y ella recordó la botella de whisky como el recurso al que acudiera para infundirse coraje. El pecho le seguía doliendo y vio que de su pezón derecho colgaba uno de sus pendientes, que no se había quitado antes de acostarse.
¡Maldita sea, ni siquiera recordaba haberse metido en la cama en pleno día! Tenía el enganche clavado en la carne. Se lo arrancó con un gesto de dolor y lo tiró sobre la mesilla de noche, maldiciendo su estupidez y aquel escabroso sueño.
Se mojó los dedos índice y pulgar con la lengua y los deslizó por la zona dolorida hasta que la molestia remitió. Luego, con un suspiro de resignación, se dejó caer de nuevo sobre los almohadones. ¿El sueño...? ¿La pesadilla...? Había sido tan real que aún vibraba al recordarlo. Gimió, se acurrucó como una niña pequeña en posición fetal y se echó a llorar.
Naruto se pegó al muro. Había estado observándola desde que dejara el gabinete y ascendiera las escaleras hasta su habitación, con la botella bajo el brazo y corriendo como una loca. Le divirtió que bebiera directamente de la botella paseándose de un lado a otro, como un animal enjaulado, con la vista en la ventana y soltando un juramento de cuando en cuando.
El alcohol estaba surtiendo su efecto con bastante rapidez, y cuando ella, tambaleándose, se desvistió y trató de embutirse en aquel camisón de seda blanco, casi transparente, la borrachera la venció. Hinata había caído sobre la cama, con el camisón enrollado sobre su pecho, borracha como una cuba. A pesar de su estado consiguió gatear y meterse entre las mantas poco antes de quedarse profundamente dormida.
Naruto habría deseado colocarle bien la prenda, tenderla con delicadeza entre las sábanas y arroparla con una caricia. Estaba asombrado de la ternura que aquella mujer despertaba en él. Hacía siglos que una mujer no le provocaba tanta ternura.
Una mujer había sido la causante de su maldición, y él se había jurado que ninguna otra conseguiría engendrar en su corazón ni en su alma tal sentimiento y, sin embargo... Se lamentó en su desdicha y terminó por sentarse a los pies del lecho. ¡Ya no tenía corazón, y su alma sólo Dios sabía dónde demonios se encontraba a esas alturas! Un dolor casi físico le hizo morderse los labios para no blasfemar.
La había velado durante el resto del día y de la noche, soportando la tortura de estar tan cerca sin poder tocarla, deseándola de un modo tan feroz que lo asustaba.
Cuando ella comenzó a retorcerse y gemir en sueños, y también en sueños deslizó la hombrera del camisón dejando a la vista uno de sus gloriosos pechos, pronunciando su nombre con voz entrecortada, Naruto volvió a tomar conciencia de que su cuerpo se materializaba, se endurecía progresivamente. ¡Por san Patricio, se había puesto duro como una piedra! Habría deseado tomarla en aquel momento, poseerla con furia, sumergirse en la plenitud de la cópula.
Podía percibir el fuego de la mujer, y eso lo desarmaba y lo enfurecía a un tiempo. No podía complacerla ni complacerse. Todo lo que hizo fue alejarse un poco y pegarse al muro, con la boca seca y la sangre corriendo por su cuerpo como si jamás se hubiera evaporado de allí.
Debería haberse marchado, pero no pudo. Ahora Hinata, medio despierta, lamiéndose los dedos y aplicándolos a su pezón dolorido, lo dejó clavado donde estaba. La visión fue tan placentera, tan sensual, tan excitante, que se le formó un nudo de deseo que apenas pudo contener. Y maldijo a su padre.
Y maldijo a Dios por mantenerlo en aquel estado, entre la vida y la muerte, sin pertenecer realmente a ninguno de los dos lados. Había faltado a Dios y abandonado a su familia cuando más lo necesitaban, pero quinientos años eran moneda más que suficiente para pagar por aquella huida. ¿Debía ser castigado también con la tortura del sexo, de una manera tan rabiosa y apremiante, sin posibilidad de respuesta?
.
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El sol del amanecer penetraba débilmente por los ventanales, anunciando un cielo despejado y claro, en un juego de luces y sombras que convertían la alcoba en un espacio acogedor y mágico. Hinata se desperezó y saltó de la cama. Al hacerlo, una punzada de dolor la aguijoneó.
—¡Dios...!
Ayer te pasaste, chica lista, la recriminó la voz.
Con el humor avinagrado, se arrancó el camisón, echó un vistazo hacia la ventana y se metió en el cuarto de baño. La ducha fría la despejó del todo, aunque salió del agua con los dientes castañeteándole de forma incontrolable.
Al menos, el dolor de cabeza parecía haber remitido, y ella se encontraba con fuerzas para atacar el nuevo día. ¡Al garete el día anterior! Se envolvió en la bata y, a pesar del frío, abrió de par en par los altos ventanales, por los que entró un aire helado.
Fuera, el verde lujuriante de la campiña y dos hombres que ejercitaban a un par de hermosos sementales la devolvieron a la realidad. Inspiró y contuvo el aire hasta que sus pulmones protestaron y luego los vació lentamente, serenándose, volviendo a ser dueña de sus pensamientos. Un mal sueño. Una pesadilla que se debió, sin duda, a las confidencias de Shizune Katō y a su propia fantasía.
Se arrebujó en la bata y se volvió para vestirse...
Dio un brinco y se clavó el borde de la ventana en los riñones, pero ni siquiera notó el dolor. Sus ojos se abrieron como platos y se le heló la sangre.
¡Allí estaba de nuevo! Recostado con indolencia en el muro, sus fuertes brazos cruzados sobre el amplio pecho, apenas cubierto por su camisa holgada. Mirándola directamente.
Hinata intentó tragar saliva y no la encontró en su garganta, repentinamente seca. No se atrevió a moverse. Cerró los ojos con fuerza.
—Es una alucinación —dijo en voz alta—. Una alucinación, una alucinación —repitió para convencerse a sí misma.
¡Y qué alucinación, hija!
Abrió los ojos despacio, esperando no ver a nadie..., y las piernas comenzaron a temblarle.
—Buenos días, acushla.
Hinata hizo un esfuerzo sobrehumano para hablar, a punto de caer, una vez más, en el pozo de la inconsciencia. ¿Realmente le había hablado la aparición? ¿Había oído su voz o era también fruto de su calenturienta imaginación?
—¿Quién eres? —La voz le salió aflautada.
Él sonrió. Simplemente sonrió. ¡Y de qué manera, Jesús! Una mujer podría perder la virtud, hacer votos de clausura o matar a cualquiera sólo por verlo sonreír. ¡Aquel hombre, o lo que fuese, estaba como una rosquilla! ¡Para comérselo!
Notando el bombeo del corazón en los oídos, se obligó a avanzar hacia él. «Un fantasma no habla. Venga, bien, admito que puede aparecerse, pero no puede tener ese aspecto tan soberbiamente seductor.
Un espectro no...» A unos pasos de él alargó la mano. Tenía que tocarlo. Necesitaba tocarlo para convencerse de que todo era un sueño, de que aún no había escapado de la pesadilla de aquella noche o de su estúpida borrachera.
El cuerpo de Naruto comenzó a diluirse. Su imagen, hasta ese momento tan sólida como la de cualquier ser humano, comenzó a difuminarse. Hinata entrevió el muro a través de él... De pronto, se abalanzó hacia la figura del fantasma, Naruto desapareció por completo y ella se dio de bruces contra la pared.
Allí quedó, reclinada en el muro, como una beoda, sin atreverse a moverse ni a respirar. Las sienes volvían a palpitarle dolorosamente, y un temblor incontrolable se apoderó de su cuerpo. Apoyó la cabeza en la pared y cerró los ojos con fuerza, temiendo volverse y encontrar que Naruto Namikaze estaba a su espalda. Sólo después de una inacabable pausa reunió el valor suficiente para darse la vuelta.
Se había marchado. Definitivamente. No había ni rastro de él, aunque ella notó otra vez que un calor agradable la invadía a pesar del frío intenso que se colaba por las ventanas abiertas.
Lentamente, aterrada, se dejó caer al suelo.
Las lágrimas le quemaron las mejillas, y sus ojos, como los de una demente, atisbaron cada rincón. Tenía un miedo irracional, pero el anhelo de volver a verlo la dominaba.
Continua
