Hasta la Eternidad:
11: Imaginación
Se despertó poco antes de las diez de la mañana, completamente despejada y lúcida, como si hubiera dormido veinte horas seguidas. A pesar de que solía levantarse temprano, se quedó acostada un rato más con la vista en el alto techo, repasando lo sucedido y preguntándose, por enésima vez, si su cabeza funcionaba como debiera.
Tenía claro, sin embargo, que la noche anterior no había vivido un sueño. La experiencia podía adjetivarse de mil y un modos: de extraña, increíble, insólita e inadmisible, pero había sido tan auténticamente real que daba miedo.
Los ventanales filtraban unos rayos de sol mortecinos, pero al menos no llovía, y Hinata se alegró por ello. Decidió que resolvería aquel enredo más tarde. Se desperezó, fue al baño, llenó la bañera de agua caliente, agradeciendo aquella comodidad que en tiempos de Naruto no existía, y su recuerdo la animó del todo.
En su mente se dibujó aquel cuerpo espléndido de fuertes músculos, su piel bronceada, sus ojos azules, su boca. La verdad es que el chico no tenía desperdicio, pensó con mohín pícaro, dejándose abrazar largamente por el agua espumosa.
Se ajustó una falda amplia y larga hasta media pierna, una blusa negra y zapatos cómodos. A punto de salir recordó que iban a subir a un desván, de modo que cambió la falda por el pantalón vaquero descolorido y se puso un jersey de lana por si en el desván hacía frío.
Cuando bajó al pequeño comedor, parecía haberse quitado un gran peso de encima. Tal y como dijera Shizune Katō, aceptar la presencia de Naruto la hacía sentirse más ligera, distinta del resto. Especial.
Shizune estaba ocupándose de las vituallas del castillo, por lo que no la vio aquella mañana. Hinata lo agradeció. No tenía idea de cómo encararse con ella y explicarle lo sucedido la noche anterior.
Untó un par de tostadas con mantequilla y se sirvió una generosa taza de café. Cuando se disponía a atacar la primera, se abrió la puerta y por ella asomaron una cabellera blanquesina y el rostro de un hombre guapo.
—¿Queda café? —preguntó.
Hinata se lo quedó mirando, preguntándose quién era. Alto, elegante, con un jersey de cuello alto color beige, unos pantalones negros entallados y zapatos italianos, dueño de unos primorosos ojos azules, una abundante cabellera blanca, una sonrisa encantadora y un cuerpo que haría volver la vista a más de una que se cruzase con él por la calle.
Se llenó una taza de café y se sirvió un par de cucharones de huevos revueltos en un plato que depositó sobre el inmaculado mantel blanco, sentándose frente a ella.
—Buenos días. Imagino que usted es la señorita Hyūga —dijo, extendiendo la mano por encima de la mesa—. Mi nombre es Toneri. Toneri Ōtsutsuki. Estoy encantado de ser su compañero de estancia.
Hinata estrechó aquella mano grande, de largos dedos. El apretón fue fuerte y sincero, y ella se encontró sonriéndole al sujeto, que parecía realmente divertido.
—¿Compañeros de estancia? —preguntó, dando un mordisco a su tostada.
—Llegué anoche. A una hora intempestiva, debo reconocerlo. Siento admitirlo, pero me perdí, seguramente por no interpretar bien las indicaciones. Este castillo está condenadamente retirado y el señor Watford no fue demasiado explícito en cuanto a su ubicación. —Bebió un poco de café e hizo una mueca de desagrado—. Esta pócima sería capaz de resucitar a un muerto.
—¿Muy fuerte para usted?
—Un poco, sí. —Dejó la taza a un lado.
—La culpa es mía —confesó Hinata—. Me gusta el café bien cargado, y me temo que la cocinera lo prepara a mi gusto.
—No importa. Tampoco soy un devoto del café.
—De modo que va a pasar unos días en Konohagakure.
—Me han concedido ese honor, sí —asintió él. Luego afirmó con seriedad—: Me he enterado del accidente del conde. Una lástima.
—¿Lo conoce?
—No he tenido el placer. Solicité su permiso para alojarme unos días en el castillo y avanzar en algunas de mis investigaciones. —Como ella enarcaba las cejas a modo de pregunta, explicó—: Hasta hace dos años me ganaba la vida planificando edificios.
» Demasiados planos y demasiados ladrillos. Me ahogaba. Abandoné el despacho en el que trabajaba en Manhattan y me vine a Europa a estudiar lo que siempre deseé: los druidas. Y mis pasos me trajeron a Konohagakure.
—Entiendo.
Toneri fijó en ella sus ojos azules, con una mirada tan intensa que Hinata se vio forzada a desviar la suya hacia su plato.
—Es usted preciosa, si me lo permite.
Por fortuna para ella, la insistente musiquilla de su móvil le permitió evadir el inesperado cumplido que la ruborizó. Pulsó el botón de responder y atendió la llamada.
—Discúlpeme. Dime.
Al otro lado, desde Madrid, la voz de Gaara le llegaba un poco distorsionada.
—Todo bien, sí. ¿A Kyoto? ¿Qué diablos vas a hacer a Kyoto? —Asintió—. Ni se te ocurra, odio esas vajillas. —Silencio—. Sí, ya sé que a tu madre le encantan.
—Un nuevo silencio—. De acuerdo. Está bien, un kimono, sí. ¿Verde? Me parece estupendo, Gaara. Pásalo bien. Un beso.
Colgó y dejó el móvil sobre el mantel. Se quedó mirando el artefacto, preguntándose si Gaara era idiota o tomaba clases nocturnas. ¡Una vajilla japonesa! ¿Es que pretendía completar el ajuar?
—Disculpe. ¿Su marido, quizá?
La pregunta de Ōtsutsuki la hizo parpadear.
—No. Aún no.
Con suerte, no lo será nunca, le advirtió la voz interior que la martirizaba. Decídete de una vez y dile que habéis terminado.
—No pretendo entretenerla. —Se levantó—. Tengo que empezar a trabajar.
—En el castillo encontrará una biblioteca espléndida. Sin duda le aportará información sobre su tema.
—Si me indica dónde...
Hinata consultó su reloj de pulsera. Las diez cincuenta y cinco. Se levantó.
—Lo lamento de verdad, señor Ōtsutsuki, pero tengo una cita... —sonrió enigmáticamente— dentro de cuatro minutos. No se preocupe. Encontrará personal que le guíe. —Recogió el móvil y la carpeta en la que pensaba tomar sus apuntes, le dedicó una inclinación de cabeza al hombre y se dirigió hacia la salida.
—¿La veré a la hora de la comida?
—No lo sé aún. Que encuentre lo que busca —le deseó.
Toneri volvió a sentarse una vez que ella se hubo ido, con gesto serio. Una mujer espléndida, se dijo. Sería fantástico tener un escarceo con ella en el tiempo libre que le dejara la búsqueda que lo había llevado hasta allí. ¡Fantástico, desde luego!
Hinata avanzó a toda prisa por el pasillo y al llegar a las escaleras subió los escalones de dos en dos. Saludó a un par de sirvientes con los que se encontró y siguió hasta el lugar de su cita.
Cuando alcanzó la puerta de acceso a la galería de pintura de la familia Namikaze, aminoró el paso. Recordó de pronto que la puerta no estaba abierta cuando Shizune la acompañó hasta allí, pero en ese momento la encontró entornada. Al parecer, Naruto le facilitaba las cosas.
Por un lado estaba ansiosa de volver a encontrarse con el fantasma, y por otro... Un escalofrío la recorrió desde la base del cuello hasta los talones.
Cerró la puerta a sus espaldas y recorrió el tramo de galería hasta el rellano, donde colgaba el gigantesco cuadro familiar. Se hallaba desierto. La decepción se apoderó de ella. Caminó de un lado a otro, esperando por espacio de unos minutos, y luego se debatió entre la frustración, que la impulsaba a irse, y su propio deseo de quedarse.
Acabó por sentarse en el suelo, en una esquina y, por un momento, le entraron ganas de llorar. Mil y una ideas la acuciaron durante aquel espacio de tiempo en el que aguardó a que él apareciera. Estaba confusa. En realidad, confiaba en que pasaría algo tan espectacular como lo de la noche anterior.
¡Por fuerza debía de estar perdiendo el juicio! Si tuviera que dar explicaciones a alguien ¿Qué le diría? ¿Qué estaba esperando a un espectro? ¿Qué se había citado con el fantasma del castillo? Se sintió patética.
Naruto la sorprendió lanzando miradas furiosas al retrato que lo representaba junto a su familia.
—¿Quién es ese individuo? —preguntó a modo de saludo.
Hinata dio un respingo e intentó levantarse con tanta rapidez, abrazada como estaba a su móvil y su bloc de notas, que perdió el equilibrio y a punto estuvo de darse de narices contra el suelo. Algo evitó la caída y ella se aferró a lo que parecía un brazo que le rodeaba la cintura.
La sacudió una emoción tan fuerte que el aire escapó de sus pulmones dejándola sin aliento, pero ella no se movió, sino que alzó su rostro para verse reflejada en aquellos ojos azules que parecían dos zafiros brillantes.
Naruto desprendía un aroma increíblemente atrayente. Una mezcla de cuero y sándalo. ¿Los fantasmas tenían olor? Quizá fuera un muerto viviente, pero la fuerza que emanaba de él parecía más humana que cualquier otra cosa en el mundo, y el calor que irradiaba su cuerpo, o su espíritu, o lo que demonios fuese que componía aquel conjunto musculoso, le infundieron una profunda sensación de seguridad.
Sin embargo, Naruto no la estaba tocando, aunque ella percibía una energía extraña que la rodeaba, protegiéndola. Sin ser consciente de lo que hacía cerró los ojos y se creó la ilusión de estar recostada contra su pecho.
Notó en su espalda los músculos fuertes y desarrollados, y dudó, una vez más, si él era de veras o era un ser que no existía y, por tanto, todo aquello no era sino otro sueño, o el mismo que se repetía con variaciones.
Naruto no respiró siquiera. No la abrazó más que con la imaginación, aunque ansiaba hasta el infinito estrechar contra sí su carne. El perfume que despedía la joven, a áloe y flores frescas, le nubló los sentidos.
Sólo se atrevió a posar sus labios en sus cabellos para besárselos ligeramente, en tanto su cuerpo, de cintura para abajo, respondía a la proximidad cimbreante, caliente y enloquecedora de aquel talle femenino.
Hinata no supo el tiempo transcurrido desde que la ilusión de su cuerpo pegado al del fantasma se convirtiera en algo casi real, pero dicha ilusión se desvaneció como por ensalmo cuando él le dijo al oído:
—¿Quién diablos es ese individuo con el que desayunabas?
Ella recordó al recién llegado. Sonrió con disimulo. Al parecer, Naruto era un perro de presa cuando quería algo. Y... ¿no había en su pregunta un deje celoso?
—Creo que ha venido a estudiar.
—¿A estudiar? La primera noticia que tengo de que en mi casa hayan abierto una escuela. ¿No está demasiado crecido para eso?
—Tú eres el que parece estar interesado en él, ¿no? Averígualo.
Naruto se encogió de hombros y se olvidó del visitante.
—¿Preparada para la excursión, acushla?
Hinata se separó un poco de él, con las mejillas ligeramente arreboladas. Se pasó la mano por el cabello y asintió.
—Preparada.
Naruto se acercó a una de las antorchas sujetas al muro, a la izquierda del cuadro. Hacía tiempo que las antiguas antorchas de brea fueron sustituidas por otras de luz eléctrica, pero los soportes mantenían la ilusión de los de antaño. Lo movió hacia la derecha y Hinata oyó un ligero chasquido.
—¿Tan fácil? —preguntó, divertida, con el cosquilleo de la aventura en sus venas—. Parece mentira que no hayan dado con el truco después de quinientos años.
—¿Quién dice que no? —repuso Naruto, sonriente, dirigiéndose al otro soporte, situado a la derecha del óleo. Ahora lo hizo girar hacia la izquierda. Un nuevo chasquido, y en el muro los bloques de piedra comenzaron a ceder.
—¡Guau!
Como en una vieja película de misterio, la pequeña abertura, de apenas un metro cuadrado, la invitaba a entrar en un mundo de aventura y peligro. Hinata dejó que embargara sus sentidos la presencia de Naruto, quien, con un gesto, la invitó a introducirse en la pared.
—Tú primero —invitó ella, haciéndose a un lado.
Él se le acercó y la abrazó otra vez, con suavidad, por la cintura. Hinata aguantó la respiración.
—Cobarde —bromeó él.
Acto seguido hizo pasar sus anchos hombros por el hueco y desapareció en el interior del agujero. Hinata dudó por un segundo. ¿Estaba en sus cabales? ¿Realmente estaba dispuesta a seguir a un fantasma por los pasadizos secretos de un castillo del siglo X? ¿No sería mejor regresar y...?
La mano de Naruto, que apareció con una rapidez sorprendente como si brotase de la pared, la asió de la muñeca y tiró de ella. Hinata no sabía si sentía o imaginaba. Se dejó llevar y se vio arrastrada a la oscuridad. Cuando las pesadas piedras se cerraron a su espalda, sepultándola en vida —o eso pensó fugazmente—, se mordió los labios para no gritar de miedo.
No oía nada. No tocaba nada. Era como si estuviera sus pendida en el espacio, en tierra de nadie. La oscuridad era completa y densa. Olía a humedad, y esa humedad se filtraba por su ropa hasta calarle los huesos. ¿O tal vez era el pánico? Algo la sujetó con fuerza, y ella gritó.
—¡Silencio! —ordenó Naruto.
Más que seguirlo, fue remolcada a través del pasadizo, absolutamente a ciegas, dependiente por completo de un espectro para el que, sin duda, deambular por aquellos corredores secretos era el pan nuestro de cada día. Hinata tropezó con un escalón, imprecó en voz alta, trastabilló unos peldaños más arriba, sin saber dónde pisaba, sin saber hacia dónde se dirigían, aferrándose a una sombra.
Por fin, después de un suplicio que duró siglos, siempre ascendiendo a oscuras, Naruto empujó una especie de batiente y un ligero haz de luz le permitió a ella ver dónde ponía los pies.
Un segundo después se encontraba en una habitación amplísima, de techos abuhardillados, y Naruto cerraba la pequeña trampilla.
Hinata se paseó absorta por la pieza. La luz se colaba en un espacioso desván a través de una veintena de saeteras. El polvo lo cubría todo, y una miríada de telas de araña colgaba en los rincones. Hinata echó una ojeada al exterior y la altura le produjo vértigo. Desde allí divisó los patios de abajo, una parte de los jardines, la muralla y, más allá, el bosque, verde, exuberante, frondoso e intimidatorio.
—¿Dónde estamos?
—En lo que fue el cuarto de juegos de mis hermanos y mío. Y el lugar más apropiado para repeler un ataque. Ocupa toda la parte alta de la torre sur.
—¿Y nadie sube aquí?
—No. Nadie sube desde hace tiempo. También se llega aquí por una estrecha escalera que arranca del fondo de la galería donde estaban nuestras habitaciones de niños.
Hinata se quedó pasmada.
—Entonces ¿por qué hemos subido por ese pasadizo secreto?
—Resulta mucho más interesante, ¿no? —respondió él, sonriendo como un demonio. Sacudió el polvo de años que cubría un pequeño canapé forrado de raso verde—. Tomad asiento, milady.
Hinata lo observó: medio inclinado, con su mano derecha sobre el pecho en una reverencia estudiada y el brazo izquierdo extendido en actitud suplicante. Se tuvo que reír sin remedio.
—¡He pasado un miedo horroroso!
—Valiente Mata-Hari estás hecha.
—¿Qué sabes tú de Mata-Hari? —Hizo caso omiso del asiento ofrecido y empezó a buscar entre tantos objetos antiguos que despertaron su interés, retirando las telas de araña con el brazo y sin prestar atención a los diminutos habitantes del desván que correteaban tras los muebles—. Me pareció entender que no habías oído hablar de esa mujer.
—No. No sabía nada de ella. Pero anoche, cuando me echaste de tu habitación, me acerqué a la biblioteca. Una dama interesante. Vendía sus favores a cambio de secretos de Estado. ¿Una prostituta? ¿Una espía?
—La mejor espía de todos los tiempos. —Se agachó y puso en movimiento un viejo caballo de balancín—. Pensaba que este tipo de juguetes era posterior al siglo XVI.
—Era de mi hermana Shannon. —Él también se acercó y acarició el juguete con cariño.
Ella observó su gesto de dolor. Sin duda el recuerdo de su familia lo hacía sufrir. Por un instante, deseó abrazarlo y reconfortarlo, decirle que no estaba solo, que ella se encontraba allí para... Se levantó ahuyentando aquellas estúpidas ideas.
—Vas a tener que contarme muchas cosas. Un caballo no era juguete para una niña, y menos en aquella época.
—Ella era distinta. Un verdadero diablillo que nos hacía rabiar a Lian y a mí. Le tomó el gusto a montar gracias a este juguete, y te aseguro que a pesar de sus pocos años, cabalgaba como un centauro.
Hinata lanzó una exclamación y se colocó en cuclillas para desempolvar con las manos una hermosa arca. A pesar del tiempo, la madera permanecía casi intacta.
—Nogal —afirmó, descubriendo un trabajado diseño de frentes decorados con motivos florales y volutas espigadas—. Yo diría que es del XIX.
—Lo es.
—¿Qué hace aquí arriba, olvidada? —Se puso en pie y se acercó a otro objeto cubierto por un paño oscuro. Al quitar la tela, el polvo que levantó la hizo toser. Un espejo circular, en madera tallada y posteriormente dorada, con fauces de demonios cornudos y venera en el copete—. ¿Y esto? —se dirigió hacia Naruto, que la observaba fijamente—. ¿Es que nadie ha pensado en sacar todo esto a la luz? Se podría organizar una bonita subasta.
—Ya lo ves. Mis descendientes almacenaron trastos en el desván y luego se olvidaron de ellos. Mira. Ahí tienes una arqueta del XVIII. —Señaló un rincón.
Hinata se pasó la lengua por los labios al retirar la sábana que la cubría: una arqueta cilíndrica, de base plana y tapa piramidal, de clara influencia islámica, diseñada originalmente para contener perfumes y que más tarde se utilizó en actos religiosos. Según ella recordaba, allí se conservaba la Sagrada Forma durante el Jueves y Viernes Santo.
—Dios mío, las incrustaciones de marfil son una maravilla. —Se limpió el polvo de las manos en las perneras pantalón y sonrió a Naruto—. Me parece que voy a pasar en este desván mucho tiempo.
—Eres mi invitada por todo el tiempo que quieras.
—Tú me hablaste de pinturas.
El conde fantasma retribuyó su interés dirigiéndose al fondo del desván, seguido de cerca por Hinata. Bajo su atenta inspección, levantó la tapa de un arcón que debía de medir tres metros de largo, dos de ancho y metro y medio de altura, calculó ella. La tapa golpeó el muro y millones de partículas de polvo se elevaron en el aire.
Hinata tosió otra vez. Con los ojos llorosos pudo advertir que el interior estaba repleto de paños aceitados. Agitada, muerta de curiosidad, vio a Naruto encaramarse en una pequeña escalera de mano y sacar una de aquellas piezas con cuidado. Tras apoyarla contra el frente del arcón, retiró el lienzo que la cubría poco a poco.
Conteniendo la respiración, ella se colocó en cuclillas: era una escena de colores oscuros, fuertes, en su mayor parte negros, marrones y verdes, de trazos suaves. Representaba a un perro jadeando junto a un jabalí muerto con un fondo de bosque nocturno. Escuela holandesa, se dijo.
Antes de darle tiempo para apreciar el óleo sin enmarcar en todo su conjunto, Naruto ya estaba desenvolviendo el siguiente, que, de inmediato, acaparó toda la atención de Hinata. De trazos igualmente delicados, éste plasmaba un acantilado, con olas de tamaño medio rompiendo contra rocas negras y escarpadas en un mar nocturno y temible. El contraste de los negros y el blanco inmaculado de la espuma era magistral.
Hinata se dejó caer al suelo, donde se quedó sentada sobre sus piernas cruzadas, con la boca abierta. Deseaba alargar la mano y tocar el óleo, pero no se atrevía.
—Jesús..., daría cualquier cosa por poseerlo —dijo en tono reverente.
—Es tuyo, si lo quieres.
Ella miró a Naruto y supo que hablaba en serio. Completamente en serio.
—No te pertenece. No puedes dármelo.
—¿Qué no me pertenece? Este cuadro es...
—Este cuadro, y todos los cuadros, y todo lo que hay en este castillo pertenece al actual conde de Namikaze. A Minato N. Namikaze.
—Te equivocas. Ese cabrón ni siquiera sabe lo que tiene aquí. Y el óleo lo pintó mi hermano Lian.
—¿Tu hermano pintó estos cuadros? —se asombró ella—. ¿Es una broma?
—En absoluto. —Sacó otra pintura más, la desenvolvió y se la mostró con orgullo. Representaba un grupo de gente atravesando un campo en medio de una intensa nevada. Hinata contenía la respiración.
»—. Lian era un devoto de las letras, del arte y, en especial, de la pintura. Se pasaba horas y horas en este desván jugando con sus óleos y sus colores mientras yo me ejercitaba con las armas y mi padre, desesperado, lo reprendía continuamente por tan estúpidos entretenimientos y le exigía que se dedicara a actividades más provechosas. Mi madre, sin embargo.
sonrió, nostálgico »—, lo animaba a continuar. No sé nada de pintura, sólo sé que a mí estos cuadros me encantaron siempre. Por eso, cuando él... cuando murió —hablando de ello los músculos del rostro se le endurecieron y sus ojos se volvieron iridiscentes—, los mandé embalar protegidos por lienzos engrasados, de modo que se conservaran por mucho tiempo. Parece que lo he conseguido. Tú eres la experta, ¿no? Dime. ¿Qué opinas? ¿Son buenos?
Hinata no respondió al momento y volvió a fijar la vista en el acantilado. Notó que la sangre le circulaba con más rapidez ante aquella visión espléndida.
—¿Buenos? No. ¡Son extraordinarios! Podrían alcanzar cifras exageradas en subasta, aunque sin duda habrá que restaurar alguno.
—No pretenderás que vayan a parar a manos de cualquiera. De hecho, los he estado protegiendo durante siglos.
—¿Protegiendo?
Naruto desvió la mirada de sus ojos profundos, casi avergonzado. Se pasó la mano por el pecho medio descubierto, gesto que la hizo boquear y desear ser ella quien acariciara aquella piel tostada, y... Acabó por encogerse de hombros, desechando tales pensamientos.
—Algunos de mis descendientes ya quisieron ponerlos en venta. No eres la primera persona experta en pintura que pisa este desván. Otros lo hicieron con anterioridad. Pero nadie consiguió sacar de aquí ni un solo cuadro de Lian.
Ella seguía mirándolo con suma atención, y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Mejor no me digas qué hiciste para impedirlo.
Naruto se rio a gusto. Se colocó de hinojos ante ella y alargó la mano. Retrocedió antes de tomarla de la barbilla. Aunque no hubo contacto, fue como una descarga para ambos y él se quedó muy serio. Permaneció mirándola a los ojos, con tanta intensidad que Hinata sintió que enrojecía.
Si te sigue mirando así, vas a saltarle al cuello.
—Sólo te diré que sucedieron algunas cosas extrañas —susurró Naruto.
—¿Extrañas?
—Objetos que se mueven solos... Lienzos que vuelan... Cosas por el estilo.
—Y así nació la leyenda de que el castillo de Konohagakure estaba encantado.
—No. Eso viene de mucho antes. Desde que alguien me viera por primera vez. Creo que fue por el 1600, más o menos.
—Muy divertido. Sin embargo, quieres regalarme a mí uno de los cuadros de Lian. ¿Por qué?
Naruto se quedó muy callado. Sus ojos, enormes, azules como el cielo, profundos y atrayentes, se posaron en la boca de Hinata y ella dejó de respirar. Durante un larguísimo instante, la mirada del espectro le acarició los labios, apasionada, plena de deseo, tanto que ella casi sintió el contacto del fantasma en su boca y rememoró su sueño.
Se quedó muy quieta, como una estatua de piedra, mientras la sangre le corría alocada en las venas y el imperioso deseo que él despertaba en ella la abrasaba. Naruto recorrió con sus ojos el sendero que conducía de su boca a su largo cuello y de allí al promontorio redondeado de los pechos femeninos.
Se sentía duro como una roca. Podría quebrarse en ese momento si no la alejaba de su cabeza. Pero anhelaba tanto alargar la mano y tocar aquellas cúpulas perfectas...
Ten tú un poco de iniciativa, hija, alentó a Hinata su propio yo.
Cerró los ojos. Naruto alargó el brazo. Casi con miedo, ella estiró la mano hasta que los dedos de él, largos y fuertes, le acariciaron la nuca, enredándose en los largos mechones de cabello negro azulado.
Sin abrir los párpados, Hinata se sintió cautiva de una dulzura intensa. Los dedos masculinos juguetearon con su pelo, ora cubriendo su oreja izquierda, ora descubriéndola, estirándolo sobre los hombros, colocándolo de modo que le cayera sobre el pecho. Persiguiendo una guedeja suelta, rozaron levemente el pezón de Hinata por encima de la tela de la blusa, y a ella el pulso se le aceleró.
Ahora o nunca. Tírate a la piscina, ¡ya!
Hinata cerró los ojos con más fuerza, incapaz de soportar un segundo más aquella avidez. Deseaba que él la besara. Quería saber lo que se sentía al ser besada por un fantasma, por alguien que no existía, que pertenecía al Más Allá. Necesitaba la boca de Naruto sobre la suya...
Como si él le hubiera leído el pensamiento, la mano derecha del fantasma se adueñó de su nuca y la atrajo hacia sí. Hinata quedó atrapada contra su pecho y, sin darle tiempo para reaccionar, él tomó su boca.
Podría haber estallado la tercera guerra mundial y Hinata Hyūga no se habría enterado de nada. La boca de Naruto Namikaze, sexto conde de Konoha, abrasaba, lanzaba dardos encendidos a sus terminaciones nerviosas, rompía cualquier hechizo. Era evidente que ella no estaba besando al aire, a una ilusión, y sus sentidos se dispararon.
Los labios de Naruto, gruesos, calientes y avasalladores eran suaves como la seda, como ella soñó que serían. Un calor intenso bajó desde su boca al centro mismo de su ser, y su cuerpo reaccionó pegándose más al hombre, tan necesitado y sediento de caricias.
Naruto jugó con su boca durante una eternidad, y ella le respondía. Sus lenguas iniciaron una danza de cortejo, como áspides en celo.
—Acushla...
El apelativo cariñoso en gaélico, ahora, hizo que el cuerpo de Hinata se estremeciera.
Al instante siguiente, las manos de Naruto se detenían en los botones de su blusa, abriéndola, y ella, ya sin pudor, se encontró arrancando la camisa del cuerpo musculoso de él, arrojándola a un lado.
Maravillada ante la visión de aquel trapecio perfecto de piel tostada y músculos fuertes, acarició con sus palmas abiertas los poderosos pectorales, los anchísimos hombros, los brazos. Deslizó las manos acariciando sus costados hasta toparse con la tela que le impedía ir más allá.
Con las pupilas turbias de deseo, Naruto percibió que sus ceñidas calzas presentaban un abultamiento indecente entre los muslos. Aquella mujer iba a hacerlo estallar si no se detenía, pero ¡Dios Santo! ¿Cómo podría detenerse ahora?
Volvió a estrecharla con más fuerza, tomó de nuevo posesión de su boca y sus dedos emprendieron una batalla urgente con el cierre del sujetador. Hinata enroscó sus brazos alrededor de aquel cuerpo caliente y vibrante, dejando de lado cualquier amago de pensamiento que la hiciera dudar de aquella realidad.
Espectro o no, Naruto era más real que el resto del mundo que la rodeaba, y ella lo necesitaba, le urgía tenerlo encima de ella, dentro de ella. La humedad que notaba ya entre sus muslos no era una ilusión, como tampoco lo era el juego de Naruto con su lengua, ahora en la ternilla de su oreja.
—Quítate este artilugio del diablo —pidió Naruto entre dientes, abandonando el intento de abrir el condenado broche del sujetador.
A Hinata no le dio tiempo a reír porque la boca de él la silenció antes de deslizarse sobre la parte superior de sus pechos. Con un rápido movimiento, ella tiró del corchete y la liviana prenda íntima quedó bailando sobre los globos gemelos.
Naruto aferró el borde del sujetador con los dientes y tiró de él, y ella misma le facilitó la tarea deslizándoselo por los brazos. Con sus pechos al descubierto, Naruto la separó de él ligeramente, tomándola de los hombros. Sus ojos, inhumanos en su belleza, como dos zafiros, centellearon de deseo al contemplarla.
—Dios... —gimió.
Con exquisito cuidado, la hizo recostar sobre las tablas del suelo, sin dejar de mirarla, de acariciarla con los ojos. Ella se dejó hacer. Se encontraba a medias entre la realidad y la fantasía. Estaba siendo seducida por un ser al que no sabía cómo catalogar.
Naruto no existía, era un hombre que había vivido en el año 1535, que había muerto poco después, que estaba enterrado en la cripta de los sótanos del castillo, y sin embargo...
Sin embargo estaba allí, con ella, haciéndola arder de lujuria, casi obligándola a suplicar que la tomase, besándola como nadie la había besado jamás, acariciándola de modo enloquecedor... ¡Si todo eso era un sueño, no deseaba despertar nunca!
Hinata estiró las piernas para que él le quitara los zapatos y las encogió cuando bajó la cremallera del pantalón y empezó a bajárselo. Se quedó embelesada ante el gesto asombrado de Naruto al descubrir el pequeñísimo tanga que cubría su pubis. Él echó los pantalones a un lado y se quedó sentado sobre sus talones, fija la vista en aquel diminuto trocito de tela.
Se pasó la punta de la lengua por los labios, y Hinata gimió, metió los pulgares por el borde del tanga y se lo quitó. Con las piernas elevadas para deshacerse de la prenda, le regaló a Naruto una generosa visión de su trasero y el inicio de su valle más íntimo. Lo oyó soltar un taco.
—Quiero verte —le exigió ella, medio ahogada.
Naruto apretó las mandíbulas, y su poderoso cuerpo se puso rígido. Hinata tenía conciencia de que su osadía de hembra exigente del siglo XXI chocaba con la educación masculina del XVI, pero eso la divertía.
Con toda seguridad, las mujeres con las que él había gozado en vida se habían mostrado sumisas y esperado que el varón tomase la iniciativa, pero los tiempos habían cambiado. Ella lo deseaba con desesperación, y le importaba un pimiento si su descaro le rompía los esquemas.
De repente Naruto, acaso adivinando o leyendo su pensamiento, se puso en pie con agilidad, la miró con intensidad y después se desprendió de las botas de caña alta. Con un guiño pícaro, remetió dos dedos bajo la cintura de las calzas y se las quitó, de modo que quedó cubierto solamente por una especie de taparrabos. Hinata tragó saliva al ver toda aquella piel desnuda y el abultado paquete e hizo un comentario sarcástico para aliviar su propia tensión.
—No es mucho mayor que mis braguitas.
Naruto, realmente divertido, se despojó de la última prenda que lo cubría con un simple tirón hacia un lado. Los ojos de Hinata se abrieron como platos cuando aquel miembro saltó hacia delante y hacia arriba, libre de todo confinamiento.
Ya quisieran los actores porno.
Ella suspiró con deleite y lo contempló a placer mientras él permanecía de pie, expuesto a su observación. Tenía un cuerpo magnífico, digno de ser plasmado en un cuadro o esculpido en una estatua de bronce o mármol. No había ni un gramo de grasa en aquel cuerpo de largas y poderosas piernas, estrechas caderas, vientre plano y pecho poderoso.
Era un espécimen único.
Disfrútalo, tonta.
Hinata levantó los brazos, invitándolo en silencio a acercarse.
Naruto no se hizo rogar. Deseaba tanto el abrazo del liviano cuerpo de una mujer, de aquella mujer en concreto, que padecía. El pene le dolía de tan duro como estaba, y elevó un agradecimiento silencioso a Dios por concederle otra oportunidad.
Se acostó al lado de Hinata. Las manos del fantasma recorrieron cada montículo y valle de su cuerpo. La aspereza de aquellas palmas fuertes se diluyó en el contacto delicioso de otra piel, que notaba ardiendo.
Naruto acarició, pellizcó, volvió a acariciar. Sedujo con el contacto de sus dedos y el calor húmedo de su boca. Se apoderó de los pezones, convertidos ya en duras puntas de diamante.
Hinata entregó su cuerpo a los dientes que mordían con delicadeza, a la experta mano que navegaba por su vientre y sus caderas hasta vararse en el epicentro de sus muslos. Se abrió para él. Se entregó como jamás lo hiciera antes.
Tenía los ojos fuertemente cerrados, como si así retuviese aquella placentera y ardiente sensación para que no desapareciera nunca, porque el subconsciente insistía en que era aberrante estar... estar haciendo el amor con un fantasma. Seguramente todo era una alucinación, fruto de su deseo insatisfecho.
Hacía más de tres años que no se acostaba con nadie. Había tenido algunas experiencias sexuales, claro está. No era una mojigata, pero el sexo no ocupaba en su vida un grado de preeminencia. O quizá nunca encontró quien lo activara. Con Gaara ni siquiera lo había intentado. Él era demasiado tradicional y estirado.
Por eso ahora, cuando se sentía vibrar en aquel tobogán de pasión, se daba cuenta de que Gaara III, como solía llamarlo, no la había atraído nunca. Ella simplemente se había dejado llevar por la corriente. Había admitido que sus padres, y los de Gaara, decidieran que estaban hechos el uno para el otro y que debían, tarde o temprano, acabar en boda.
Naruto arqueó las piernas y se colocó sobre ella. Hinata abrió los ojos de repente, temerosa de que la realidad que vivía se fuera a escapar.
No. Él estaba allí, a punto de hacerla suya con el mástil de su miembro, bogando para penetrarla. La calentura la envolvió, y sus manos apresaron aquellas nalgas masculinas. ¡Y qué nalgas, madre! Fantasma o demonio, daba lo mismo. Era Naruto, y ella lo deseaba con toda su alma. Por una vez, iba a hacer caso a su otro yo particular y aprovechar el momento.
—Ahora... —suplicó.
Naruto apoyó su frente en la de Hinata. Su cuerpo, tantas veces difuminado en la nada, estaba ahora duro como las paredes de un acantilado, y el sudor le bañaba los músculos, tensos bajo la luz que penetraba por las altas ventanas de saetera. Se sintió más vivo que cuando vagaba por los páramos irlandeses. Más humano que cuando cabalgaba sobre su montura y rendía pleitesía a la batalla y a la espada.
—Acushla —susurró con voz ronca—, espera un poco. Déjame disfrutar, mi amor. Hace casi quinientos años que se me perdió este momento...
Se recreaba en ella, en sus ojos hermosos, intrigantes y fascinantes. Ojos capaces de convencer a un asesino de que dedicara su vida al sacerdocio.
—¿Quieres decir que... —Hinata se atragantó con la risa—... que no has echado un polvo en quinientos años?
Sin poder remediarlo, estalló en carcajadas y su cuerpo se sacudió bajo el de él.
Aun presa de la calentura, Naruto se dio cuenta de que no era para menos. Cualquier otra mujer estaría ya loca de atar, a ciencia cierta, sin saber si realmente lo había visto u oído. Hinata no sólo lo había aceptado como a un ser navegante entre dos mundos, sino que se le estaba entregando.
De una sola acometida entró en ella. La risa histérica de Hinata cesó como por ensalmo en cuanto ella notó su invasión. Bizquearon sus ojos, y sus uñas se aferraron a las nalgas. El miembro de Naruto era tan grande y duro que ella se sintió completamente llena, plenamente mujer. Su vagina se contrajo alrededor del falo, absorbiéndolo, estrujándolo en su túnel hambriento.
El ritmo sincopado que bailaron juntos a partir de ese momento los transportó a otro mundo, acaso al mundo del que venía él y del que jamás debió salir. Naruto embestía frenético, impulsando su cuerpo, más vibrante que nunca, al calor del cuerpo de ella, su razón para sentirse realmente vivo, su fuego para derretir el hielo de su propia muerte, para relegar a la nada el hastío insalvable del espectro que vaga entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Y ella lo siguió en cada embestida, replicando con la pelvis a cada embate, con el aguijón de sus uñas en la espalda, apremiándolo a llevarla a un clímax que ya vislumbraba.
Llegó como un torrente, impetuoso y sin freno. El coro en su garganta fue el eco de cada espasmo. Laxa, dejó que su cuerpo flotara. Sus manos, inertes, cayeron a sus costados. Una película de sopor invadió sus párpados, y la respiración se fue ralentizando junto con su corazón, que desaceleraba con cada latido.
¡Hija de mis entretelas, esto sí que ha sido un polvo!
Entreabrió los ojos y se encontró sola, tumbada en el suelo polvoriento, desnuda. En el claroscuro del desván buscó a Naruto, pero había desparecido, y se apoderó de ella el desamparo de la soledad entre sollozos.
Lentamente, como una sonámbula, se incorporó y una vergüenza repentina la embargó. Todo le daba vueltas y vueltas, como a un borracho. Había conseguido un orgasmo tan brutal que le temblaban hasta las manos. Sin duda debía de haber perdido la razón, pero su mente se negaba a admitir lo que sus miembros delataban.
Mecánicamente, buscó sus ropas y se vistió, con una comezón que la corroía por dentro. ¿Cómo había dado con la entrada a aquel desván? Le resultaba inexplicable, pero lo cierto era que había pasado por la puñetera entrada del túnel secreto, subido a aquella parte del castillo y encontrado un montón de pinturas excelentes que ahora podía contemplar a su antojo, desparramadas en torno a ella.
Su mente, con seguridad obnubilada por los extraños acontecimientos, había hecho el resto y se había imaginado que gozaba con el fantasma del conde Naruto Namikaze, revolcándose como una puerca sobre un suelo con el polvo por colchón. Nunca su imaginación la había llevado tan lejos ni una masturbación la había elevado tan alto.
Y dolía. ¡Vaya si dolía comprobar que todo había sido fruto de su mente!
Mordiéndose los nudillos para no estallar en sollozos, se agachó para recoger su libreta.
Lo vio al erguirse.
Su corazón dejó de latir.
Ya no le cupo duda de que estaba realmente como una cabra. Sus alucinaciones regresaban, volvían a asaltarla de forma cruel. ¡Maldito fuese Naruto y aquel endemoniado castillo encantado! ¿Por qué no podía olvidarse de él? ¿Por qué se negaba a admitir, de una vez por todas, que él no existía, que había muerto hacía casi cinco siglos?
Sacudió la cabeza con fuerza para despejarse. Pero seguía viéndolo. Y las piernas le flaquearon porque Naruto, que se encontraba en el extremo más alejado del desván, aparentemente abstraído en una de las saeteras, se volvió hacia ella y la observó con una mirada cargada de tristeza.
—¿Naruto?
El avanzó hacia ella. Con paso felino de guerrero. Con porte de señor feudal de aquella época. Con su enorme atractivo masculino...
Hinata empezó a notar que se caía, que el suelo estaba cada vez más cerca. Su locura estaba llegando al cénit.
Naruto había soñado, del mismo modo que soñara ella. Y continuó haciéndolo al sujetarla entre sus brazos antes de que se golpeara contra el suelo. Hinata se dejó abrazar sollozando, hundiendo el rostro en su pecho, empapándolo con sus lágrimas al tiempo que sus pequeños puños le golpeaban los hombros con una fuerza fruto de la desesperación.
Naruto había disfrutado en su propio ser el sueño erótico de ella. Había gozado del acto de amor junto a Hinata, aunque para él no se había llegado a consumar, salvo en la imaginación. Pero el alma de ambos había estado unida por unos momentos sublimes, en una cópula tan real que sólo el cielo sabía el valor de tal regalo.
—¡Lárgate! ¡Márchate y déjame en paz!
—Acushla...
—¡No existes! —le gritó ella—. ¡No existes! ¡Sólo eres producto de mi mente!
—Chsss. —Naruto trató de serenarla, sufriendo por no poder acunarla ni acariciar realmente su cabello revuelto, abarcarlo de veras con sus dedos. Su llanto le hacía más daño que la daga que acabó con su vida—. Acaso éste sea nuestro ceannuidhe, nuestro destino.
Poco a poco, el llanto de Hinata remitió, y ella quedó desmadejada. Como una beoda, se incorporó y se apartó de él. Se sentó en un travesaño de la escalera de mano.
Él seguía imaginando que la acomodaba en su regazo, como a una niña, sin dejar de acariciarle el cabello y darle besos en la frente. Sus ojos perlas, enrojecidos por el llanto, le parecieron tan hermosos a Naruto que apenas resistió el deseo de besarle los párpados. Le sonrió con amargura.
—Si no estuviera ya maldito por la falta cometida en vida, debería estarlo ahora por haberte hecho esto, acushla.
—¿No me estoy volviendo loca? —preguntó ella con una vocecita que hizo que al fantasma se le encogiera el corazón—. ¿De veras ha pasado lo que creo que ha pasado?
—Mi mente lo ha provocado.
—¿Tu mente? ¿Quieres decir que tu deseo por sí solo ha sido capaz de hacerme llegar al orgasmo? ¡Eso no es posible!
—Ni siquiera yo estoy muy seguro de lo sucedido, amor. Si tuviera la iuchair, la llave, para librarte de esto, lo haría, aunque muriera mil veces o hubiera de estar vagando por toda la eternidad.
—De modo que todo ha sido una alucinación.
—¿Acaso puede ser otra cosa? —repuso él, resuelto, con su alma a punto de estallar en mil pedazos—. ¿No es una alucinación que un hombre del siglo XVI, muerto en batalla, te pueda hacer el amor?
Algo se derritió en el interior de Hinata al escucharlo. El sufrimiento de él era tan patente, tan intenso, que ella quedó atrapada en un vínculo de unión hacia él, como jamás lo había estado respecto a un ser vivo.
Desconocía el motivo por el que el destino la había elegido a ella para aquella experiencia inusitada, inexplicable, pero lo cierto era que estaba en aquel castillo, que la atraía irremediablemente un hombre de una época anterior y que lo sentía vivo, caliente y deseable. Intentó acariciarle el rostro suavemente.
Tuvo una sensación, como si algo cálido resbalase entre sus dedos, pero no consiguió tocarlo. Veía un rostro duro, hermético, de guerrero de otra época, curtido en batallas cruentas de las que ella sólo había oído hablar o leído en libros de historia. Un ser con un alma agonizante por una maldición. Los viejos relatos de fantasmas le vinieron a la mente por unos instantes. ¿Habría algo de cierto en ellos?
¿Por qué, si no, había ella encontrado a Naruto? ¿Acaso no era una prueba viviente del mundo inabarcable de los muertos?
—Tengo hambre —soltó, obligándose a regresar a la realidad—. ¿Tú comes?
A Naruto le agradó el modo en que ella era capaz de recuperar la cordura y le dedicó una sonrisa que la hizo olvidarse de la comida y pensar en comérselo a él. Naruto no contestó, pero se levantó y caminó hacia la salida del desván.
—No es mi intención que mueras de inanición, acushla, aunque bien sabe Dios que si de mí dependiera no te dejaría salir de aquí en siglos.
—¿Hasta el fin de tu maldición?
—Y mucho más.
—¿Es eso una promesa? —Le habría encantado abrazarse a su cuello.
Naruto se inclinó sobre ella y la besó en la boca. Lenta, embriagadoramente, hasta dejarla sin aliento. Hinata no sabía si era realidad o entelequia, pero disfrutó aquel beso como ningún otro.
—Si un fantasma puede prometer —le oyó decir con voz ronca—, yo te prometo que mi amor durará lo que dure la eternidad.
Se sintió transportada. Nadie le había dicho jamás nada tan hermoso y se sintió desvalida como una criatura, pequeña y frágil. Pero también poderosa. Su presencia era un resorte que la impulsaba. No respondió.
No podía hacerlo. ¿Cómo prometer amor a un ser que ni siquiera existía? Se dejó llevar por la fuerza sobrenatural de su fantasma a través del pasadizo. Y en aquella ocasión ni siquiera notó el frío del túnel porque estaba arropada por el calor de su cuerpo.
Continua
