Hasta la Eternidad:


12: La persona Indicada


Por la noche, en el silencio de su alcoba, Hinata comenzó a escribir un diario. Pretendía anotarlo todo, cada segundo, cada experiencia. Si después, cuando todo acabara, su mente enfebrecida olvidara sus encuentros con Naruto, aquellas notas constituirían la prueba de que había sucedido.

Lo necesitaba para mantener la cordura.

Y como cabecera escribió: «Hoy me ha besado un fantasma.»

.

.

—Hoy no la vi en todo el día. ¿Dónde estuvo, señorita?

La pregunta de Shizune la hizo volver en sí.

El ama de llaves había decidido servir la cena en persona a sus dos invitados. En ese momento, ponía frente a ella un plato de salmón asado con una patata cocida al limón y tomates cherry.

Aunque las comidas seguían siendo elaboradas y exquisitas, Hinata no había probado bocado del entrante y atacó con deleite. Pero en realidad no estaba en aquel comedor, sino algunos metros más arriba, en el ático del castillo, aferrada a la presencia de Naruto.

Shizune estaba pendiente de ella. Pero también Ōtsutsuki, de un modo que no le pareció tan inocente como por la mañana.

—Trabajando, señora Katō.

—La busqué por todas partes. Me asustó.

—¿Por qué?

—Este castillo es muy antiguo, y no todos los lugares se encuentran en las mejores condiciones. Bien podría haberse hecho daño. ¿Tuvo algún problema?

La miraba fijamente, y Hinata supo a qué se refería. Se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Ninguno, señora Katō. Me entretuve entre algunos cuadros antiguos, eso es todo.

—Todos son antiguos.

—Con la firma de Lian Namikaze.

Shizune perdió el color y la bandeja del servicio vibró entre sus manos imperceptiblemente.

—¿Valiosos? —preguntó, tratando de reponerse, dando la espalda a Ōtsutsuki.

—He de evaluarlos con detenimiento, pero seguramente no tendrán mucho valor —mintió, sin saber a ciencia cierta el motivo.

Shizune asintió, se excusó y desapareció del comedor. Ōtsutsuki se apresuró a servir más vino a la muchacha, que había consumido ya dos copas.

—Disculpe. ¿En algún sótano? —preguntó con una sonrisa que, en otras circunstancias, habría acelerado el corazón de Hinata.

—¿Cómo?

—Los cuadros. ¿Quizás en algún sótano?

—No exactamente —repuso. Podía haberle dicho que los había encontrado en un desván del castillo, pero no quería que alguien más conociese el lugar secreto que Naruto y ella compartían. Aquel sitio sería, en adelante, su refugio. El refugio de su adorado fantasma.

Toneri no pareció molesto por lo escueto de su respuesta. Muy al contrario, hizo chocar su copa con la de ella y sonrió de modo encantador.

—Si por casualidad encontrara información sobre los druidas en ese lugar me lo diría, ¿verdad? Libros antiguos o algo así. Lo que sea me vendrá bien.

—¿No encontró nada en la biblioteca?

—¡Fascinante lugar! Sí, por supuesto, encontré textos muy antiguos, verdaderas joyas. Pero todo es poco. Es mi sueño, ya sabe.

Hinata reflexionó. Ōtsutsuki la trataba con delicadeza y compañerismo, mientras que ella apenas había mostrado una actitud agradecida. Se obligó a ser amable.

—Le prometo que, si cae algo en mis manos, lo pondré a su disposición.

—Es usted una buena chica. ¿Quiere casarse conmigo? Tengo treinta años, soy atractivo, como puede ver, y tengo dinero. Un partido estupendo.

Hinata alabó su sentido del humor y sus picardías. Era agradable que alguien la ayudara a evadirse de su experiencia personal.

Sin embargo, a Naruto, casi cubierto por pesados cortinajes al otro extremo del comedor, no le hicieron mucha gracia las bromas del americano. ¿Estaba siendo celoso? Hizo un esfuerzo por relajarse y, algo después, su cuerpo se desvanecía en la nada, como si jamás hubiera estado allí.

Cualquier noticia sobre el estado del conde llegaba puntualmente al castillo a instancias de su abogado, el señor Watford. Los sirvientes rumoreaban allá donde se encontrarán, en las galerías, en las escaleras, en el cobertizo, preguntándose qué pasaría si el lord moría.

¿Quién se haría cargo de sus posesiones? ¿Perderían el empleo? ¿Qué sería de ellos? La salud del conde no les importaba demasiado, pues se había granjeado su desprecio a pulso a lo largo del tiempo, pero la situación a la que podía llegarse si faltaba quien pagaba sus sueldos los tenía a todos sobre ascuas.

Hinata, en cambio, no pensaba en él. Desde el día en que Naruto la guiara al ático, subía a él cada mañana después de desayunar. Aquella parte del castillo representaba algo así como esa tosca cabaña sobre la copa de un árbol que siempre deseó de niña y jamás pudo tener.

Se sentía cómoda entre el polvo que cubría tantos objetos olvidados y no paraba de asombrarse con cada descubrimiento que hacía: una vieja vasija, o un talismán, o cubiertos de plata ennegrecidos le confirmaban la idiotez del actual conde de Namikaze.

Eran casi todos objetos de museo que no debían estar relegados al olvido. Luego se acordaba de Naruto y de sus insinuaciones sobre extraños fenómenos y sonreía.

Las pinturas de Lian eran fabulosas. Después de una semana de arduo trabajo consiguió catalogarlas por temas. Había de todo un poco: paisajes, granjas, puestas de sol, algún retrato de campesinas rechonchas de colorado rostro que parecían reír, divertidas, ante quien las inmortalizó en su momento, hacía ya más de cuatro siglos. Gente que había vivido, amado, tenido hijos seguramente y muerto hacía mucho, mucho tiempo.

Naruto aparecía cuando ella menos lo esperaba, irritándola a veces con sarcásticos comentarios.

—Siglo XVI —musitó Hinata con detenimiento ante un lienzo recién desembalado que representaba a una pareja de campesinos desbrozando la tierra.

—Del XV —la corrigió el fantasma a su espalda.

—Imposible. Estos óleos habrían perdido...

—Del XV —insistió Naruto. Se acomodó sobre un viejo baúl, abrió las piernas y apoyó los antebrazos en ellas—. Idigor McMallaghan.

—¿Quién demonios era Idigor McMallan?

—McMallaghan —rectificó él. Hinata estuvo en un tris de saltar sobre él y comérselo a besos—. Fue un hombre perseverante. Por lo que sé, pintó un centenar de cuadros antes de acabar ése. Dicen que no consiguió pintar bien más que uno. Justo ése. Alguien de mi familia lo compró. Colgaba en la biblioteca cuando yo era un niño. Jamás me gustó.

Hinata lo apoyó en la pared y se levantó, limpiándose las manos en sus vaqueros.

—Está claro que no sabes un carajo de pintura, chico. Es único. Y vale una fortuna.

—¿De cuánto sería la fortuna?

—Sacarías, como mínimo, unos dieciocho o veinte mil euros —aventuró ella, rotundamente, volviendo a echar una ojeada al óleo—. Eso tirando por lo bajo.

—Es una buena cantidad.

—Si te decidieras a poner en venta muchos de los cachivaches que están aquí medio perdidos, podrías invertir en... —Se quedó callada al oírlo reír y se sonrojó ligeramente—. Acabo de decir una tontería.

—Totalmente, acushla. Un fantasma no invierte. Ni vende. —Y tras un largo silencio, añadió—: En realidad, ni siquiera debería estar aquí, hablando contigo y calculando precios.

Hinata lo observó atentamente y lo que vio en el rostro del fantasma hizo que el corazón se le encogiera. No era solamente tristeza lo que percibió en sus ojos, sino algo mucho más profundo, algo que la obligó a acercarse y abrazar al aire, aunque su piel se le erizó al notar su calor.

Siempre que Naruto estaba cerca fluía aquella calidez extraña, que parecía extenderse para protegerla de todo y de todos. Los cuentos que le habían contado cuando era pequeña decían siempre que las estancias donde aparecían espectros se encontraban heladas, acaso porque el ser llegado del Más Allá arrastraba consigo el frío de la muerte. Con Naruto ocurría todo lo contrario. Emanaba un calor tan humano que parecía estar vivo.

—Quieres marcharte, ¿no es verdad? —preguntó ella, besando los rubios y largos cabellos.

—Llevo deseándolo casi quinientos años. —Su voz fantasmagórica, apenada y suave, golpeó a Hinata en el alma—. Pero no puedo hacerlo. —Sus ojos azules permanecían fijos en los de ella—. No puedo hacerlo hasta encontrar la reliquia y hasta que alguien...

Hinata le tapó la boca.

—Podría ayudarte. En realidad, eso es lo que esperas de mí, ¿no es cierto? Por eso te me apareciste, porque crees que soy la persona indicada a través de la que encontrarás la clave de la maldición.

Naruto apretó las mandíbulas y se puso de pie, haciéndola a un lado. Caminó hacia el extremo más alejado del desván, allí donde se detenía otras veces para mirar al exterior, como el pájaro en su jaula que respira el aire, pero no puede abrazarlo.

Hinata admiraba aquella estampa. No había dejado de hacerlo desde la primera vez que lo vio. Si ahora, en el siglo XXI ofrecía un aspecto espléndido, encerrado entre cuatro paredes, ella podía imaginarlo en su tiempo, ataviado con su atuendo de guerra, empuñando una poderosa espada y enfrentándose a sus enemigos, cabalgando por praderas y turberas, al mando de sus huestes, que lo habrían seguido a ciegas.

Un ser digno de perdurar en la memoria de un pueblo. Su estatura y arrogancia hacían de él un ser fascinante, y sus rasgos, aristocráticos y duros, ponían al galope su corazón como si de un potro desbocado se tratara. Cada movimiento, cada flexión de sus músculos, cada expresión y cada sonrisa la conquistaban. Y si causaba aquel efecto ahora, que no era más que un espectro llegado del Otro Lado, ¿qué no habría sido estando vivo?

—¿Tuviste muchas mujeres?

Naruto la miró con una ceja enarcada y la ironía flotando entre sus labios, haciéndola enrojecer.

Eso es, la reprendió su voz particular, pregunta más idioteces, cariño.

—¡Cállate!

Las largas piernas de Naruto lo acercaron de nuevo hasta ella. Sus ojos refulgían divertidos.

—¿Te contesto o me callo? ¿O acaso vuelves a hablar sola?

—No hace falta que contestes —gruñó, dándole la espalda.

Sus fuertes manos se posaron con delicadeza sobre sus hombros, y ella volvió a sentir aquella descarga. Y el aliento de Naruto junto a su oreja le inyectó otra dosis de deseo.

—Si sientes curiosidad...

—¡No!

—Entonces ¿por qué preguntas?

—¡Olvídalo, por favor! Me importa un bledo si eras casto o si pasaban por tu cama todas las campesinas del condado.

¡Y un cuerno te da lo mismo!

—No practicaba la abstinencia, desde luego.

—¡Te digo que me da igual, carajo! —le gritó, tapándose los oídos.

Al segundo siguiente, una energía extraña la invadió de pies a cabeza, y algo etéreo y ardiente la estrechó. El fantasma atrapó sus labios y la besó. Su boca la obligó a abrir la suya, a aceptarlo, a fundirse con él y entregarse de nuevo.

Ella sabía que era un espejismo, que no estaba pasando de veras, que Naruto no era sino la imagen de su cuerpo en vida, pero quedó cautiva en aquel vaho caliente, tanto que la abrasaba y extendía el calor a cada molécula de su cuerpo, haciendo que lo deseara de un modo irracional.

Y aunque su cerebro le decía a gritos que se alejara, que él no era humano, que a nada podía llegar junto a aquel ser de fantasía, una fuerza ingobernable la dominaba y la sometía. Inerme, ella se encontró en el suelo, con la blusa desabotonada. ¿Podía un fantasma resultar tan real? ¿Hasta ese punto?

Las manos callosas acariciaban su cintura, su vientre, subían hacia sus pechos. Contempló, en su rostro de espectro, tan atractivo que su gesto huraño le arrancó un gemido, su ceño fruncido, sus ojos azules, brillantes por una furia que ella misma parecía haber desatado.

De un zarpazo, Naruto arrancó el liviano sujetador y se lanzó como un demente para tomar en su boca los brotes encrespados de sus pechos. Ella se abandonó sin remilgos y levantó las caderas hacia él, atraídas por la virilidad inflamada junto a su muslo derecho. Luego, ya nada importó.

Ni siquiera las advertencias de su conciencia que la instaban a alejarse y acabar de una vez por todas con aquella locura. Importaba sólo el poder que Naruto ejercía sobre ella, su magnetismo, su arrolladora masculinidad, que la transformaba en una criatura débil, femenina y entregada a una fuerza superior, una fuerza que había burlado a la muerte y a los siglos.

A pesar de ello, se resistió aún por un instante, pero el fuego de Naruto la sometió. Sus dedos, hábiles como anguilas, se deslizaron bajo la cinturilla del pantalón y ella se prestó a facilitarle la labor de quitárselos.

—Odio esta prenda —le oyó decir mientras sus manos exploraban entre los muslos, arrancando la suave tela que custodiaba su santuario.

Hinata estiró las manos para agarrar mechones del cabello rubio de Naruto cuando él escondió la cabeza entre sus muslos. No encontró nada. No tocó nada, y eso la llevó casi hasta la locura. Deseaba tocarlo.

Necesitaba tocarlo. Necesitaba su cuerpo como algo tangible en lugar de abarcar la nada. Pero pudo más su boca buscando, encontrando, haciéndose dueña de su fuente íntima, ávida de caricias, aunque no pudiera abrazarlo.

Naruto le hizo el amor de un modo feroz. Como un sediento, bebió en sus jugos, succionó, mordisqueó y besó desde el pubis hasta el vientre. Cuando la lengua caliente jugueteó con su ombligo, Hinata gimió de deseo.

Aquellas manos masculinas parecían estar en todas partes a la vez, sin darle cuartel, sin dejarla tomar un respiro. Ella recibió el miembro entre sus piernas, se abrió más, gimió más, en una espera acuciante. Naruto la penetró de una sola embestida aferrándole las nalgas y aupando su pubis.

La unión fue salvaje, un aquelarre obsceno, una danza lujuriosa cuyo paso final era el éxtasis.

Hinata casi se desmayó al alcanzar el orgasmo y sonrió cuando oyó el sofocado gruñido de Naruto en su propio placer, como un acorde compartido.

Exhausta, como una muñeca rota, extendió los brazos hacia arriba y abrió los ojos. Los de Naruto refulgían como los de un gato. No halló en ellos, sin embargo, la dulzura de la vez anterior, sino un rictus amargo en su boca.

—¿Qué...?

El fantasma se incorporó. Desnudo. ¿Cuándo se había desnudado sin que ella se enterase? Espléndido como un dios pagano. Cada músculo bañado en sudor, cada movimiento para ajustarse las calzas y la camisa componían una auténtica sinfonía.

Hinata no recordaba a nadie tan perfecto como aquel hombre, a pesar de las cicatrices que le surcaban el pecho, recuerdos de batallas ya muy lejanas. Imposible creer que realmente fuera humo, un reflejo, una ilusión, cuando ella lo tenía allí mismo, erguido y furioso.

—Lo lamento, acushla. No tengo derecho. Lo siento de veras, no volverá a ocurrir.

Luego, inspiró tres veces, con los párpados cerrados, la cabeza hacia atrás, su larga y ru bia cabellera cayéndole sobre los hombros como seda brillante. Después, desapareció.

Y ella desahogó su frustración a voz en grito hasta que la garganta le dolió y el llanto contenido se derramó, libre.

Aquella noche pretextó un poco de jaqueca y se disculpó con Ōtsutsuki por no bajar a cenar, a través de Shizune, que la dejó a solas en su habitación, con algo de lástima.

Mientras escribía en el diario, el móvil sonó en repetidas ocasiones y la pantallita le mostró el nombre de Gaara, pero ella no contestó. Como una sonámbula, ignoraba el aparato que la unía al mundo real y que ahora le estorbaba.

El móvil le recordaba que ella no pertenecía a Konohagakure, que vivía en otro siglo, en otro mundo. Que lo que estaba sucediendo, lo que ella estaba dejando que sucediera, era cosa de locos.

Antes nunca se perdía en fantasías, pero ahora se hallaba totalmente inmersa en un mundo imaginario, deseando poder viajar en el tiempo, trasladarse al siglo XVI, encontrarse con Naruto cuando vivía. Poder besarlo, abrazarlo, libar su carne caliente y salada por el sudor. ¡Sentirlo vivo! ¡Vivo! Y salvarlo del destino atroz que lo aguardaba.

A cada momento que pasaba, sentada en el suelo, en un rincón de la alcoba que le perteneciera a él, abrazándose las piernas para no perder la noción de su propio yo, tomaba más conciencia de que el destino la había llevado hasta el castillo de Konohagakure por un motivo bien definido.

Ella era la llave que lo liberaría del estigma de una maldición sin precedentes. Lo salvaría. Naruto no podía seguir vagando entre aquellos oscuros y fríos muros, no podía enamorarse de ella. Y lo que era más importante, ella no debía enamorarse de un espectro.

Pero ¿Qué dices? ¡Ya estás enamorada, idiota!

Ahuyentó aquel pensamiento insano y se aferró otra vez al recurso del llanto, tabla de su frustración, hasta apreciar su sabor salado en los labios. ¿Por qué negarlo? Se había enamorado de Naruto, de un hombre nacido quinientos años atrás, que no existía realmente, que aparecía y desaparecía a su antojo, condenado para siempre.

Acabaría por volverse loca si no se lo contaba a alguien. Pero ¿qué iba a contar? ¿A quién contárselo? La única persona que podía entenderlo era Shizune Katō, y Hinata no deseaba cargar sobre las espaldas de la buena mujer aquel barullo. Aunque estaba segura de que Shizune sospechaba algo.

Probablemente no lo que estaba sucediendo, pero algo sospechaba. Y en cuanto a Ino... Si se le ocurría llamarla e insinuarle siquiera lo que le estaba pasando, aquella bendita loca se presentaría en Konohagakure en un abrir y cerrar de ojos, poniéndolo todo patas arriba.

El móvil volvió a sonar. La melodía del Adagio se le hizo insoportable y ella cogió el teléfono con brusquedad.

—Sí —respondió, un poco cortante.

Al otro lado, Gaara hablaba deprisa, excitado, diciendo que le había preocupado que no contestara y preguntaba qué estaba pasando.

En el exterior, la tormenta estalló de repente y la lluvia torrencial azotó las cristaleras. Un relámpago iluminó la estancia y el trueno rugió como un cañonazo. Como si él se hubiera encolerizado porque ella hablase con otro hombre.

—Hinata... —decía Gaara—. ¡Hinata! ¿Estás ahí?

Ella contempló durante unos segundos el aparato en su mano derecha, tomó aliento y se lo aplicó de nuevo al oído.

—Estoy aquí.

—¿Qué mierda pasa? Te está sucediendo algo raro, lo presiento. Quiero que vuelvas a Madrid. ¿Me oyes? ¡Vuelve de una jodida vez!

Debía de estar muy preocupado, porque Gaara de Sabaku III jamás soltaba un taco, aunque le estuvieran pisando los testículos. Y ella, por su parte, no aceptaba de buen grado cualquier orden.

—No voy a volver. Al menos por ahora.

—¿Qué diablos...?

—Escucha, y escucha bien —dijo autoritaria, enjugándose las lágrimas—. Tengo que acabar un trabajo y en ello estoy. Y no volveré hasta haberlo finalizado, ¿entiendes?

—¡Manda ese trabajo al infierno! —bramó Gaara—. Por todos los cielos, cariño, no te hace falta, sabes que puedo mantenerte. Queda poco tiempo para la boda, hay miles de cosas que preparar y... Hinata, tesoro, no te veo bien. Es como si... como si te estuvieras alejando. Cada vez que te llamo te noto más distante. ¿Qué pasa?

Eso de «poder mantenerla» la sacó de sus casillas. Estuvo a punto de colgar, pero se contuvo. Lo peor era que Gaara no lo decía con mala intención. Es que era así de memo, el pobre. «Y sí, es cierto —pensó—. Me estoy alejando. ¡Ay! ¡Si tú supieras cuánto...! Estoy retrocediendo en el tiempo, hasta el siglo XVI, en los brazos de un fantasma por el que estoy perdidamente chiflada.»

—Tengo un montón de asuntos pendientes, Gaara. Lo lamento. Siento dejarte en la estacada, pero vamos a tener que cancelar la boda.

—¡¿Cancelar la boda?! —Al otro lado no se hablaba, se vociferaba—. ¿Te has vuelto loca?

—No lo sé —gimió.

Se hizo el silencio. Hinata sólo oía la agitada respiración de Gaara. Lo conocía lo suficiente como para saber que estaba buscando argumentos para convencerla y que no los encontraba. Escuchó:

—Cariño...

—Acushla... —Como por arte de magia, se duplicó en sus oídos la voz de Naruto, el hombre que no podría conseguir, con el que no podría casarse ni formar una familia.

—Cariño... —Volvía a ser Gaara, el humano, el de verdad, con el que sí podía casarse y tener hijos—. Hinata, por favor, escucha: nuestras familias cuentan con esa boda. —No, rectificó ella en su fuero interno. Hablaba el hombre con el que otros habían planeado casarla—. ¿Me escuchas? ¿Sigues ahí?

Hinata se puso de pie. Le dolía todo el cuerpo. Se acercó hasta la ventana y, apoyada en el muro, miró al exterior. Los relámpagos se sucedían con una frecuencia inusitada, alternándose con truenos ensordecedores.

Abajo, en el jardín, identificó una sombra. Pegó su cara al cristal, y su corazón se paró por un instante. Desde la distancia, Naruto también miraba. El azul de sus iris semejaba un faro que lo barría todo a través de la cortina de lluvia. Estaba apostado junto a un árbol, chorreando agua como cualquier mortal.

La furia lo materializaba, y en esos momentos ella lo vio más terrible que nunca.

—Gaara, esto se ha terminado —dijo al teléfono—. No es culpa tuya, puedes echármela toda a mí y disculparme con tu familia. Se ha terminado.

—Pero no puedes... —Un largo silencio—. ¿Estás segura?

—Puedo —replicó tajante—. Y sí, Gaara, estoy segura. Más segura de lo que nunca he estado en mi vida.

Pulsó el botón para cortar.

Le costó trabajo respirar. Notaba una opresión en el pecho y la garganta, una sensación aterradora que martilleaba su cerebro: acababa de cerrar definitivamente la puerta que la unía al siglo XXI para lanzarse de cabeza hacia el pasado, donde esperaba guiar a un fantasma al encuentro de la paz eterna.


Continua