Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es Powered by 23 Kicks, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to Powered by 23 Kicks. I'm only translating with her permission.


Capítulo 7

Le mentí a Alice. Al final del día, le dije que simplemente iría a casa. En cambio, caminé hacia Bar Allegro en el hotel convenientemente ubicado frente a mi edificio de apartamentos.

Allegro era muy Art Deco con sus paredes azul oscuro de cuero y asientos a juego, íntimo y tranquilo. Potencialmente, era el lugar perfecto para conseguir un hombre de negocios. Si las cosas iban como esperaba, él sería de afuera de la ciudad, queriendo satisfacer un deseo, y tendría un cuarto arriba.

No necesitaba una compañera para encontrar eso, y una aventura de una noche era casi una necesidad llegados a este punto. Jamás había hecho algo así antes —salido expresamente para encontrar alguien a quien follar— pero mi vibrador de confianza solo me reducía la tensión, dejándome ansiando más. Soñar con Edward era un síntoma horrible del que necesitaba deshacerme.

Le ordené un martini sucio al barman, quién me observó con apreciación. Lo hubiera considerado, pero él obviamente vivía en la ciudad, y quería un extraño que no volvería a ver.

Llevando mi trago hacia una esquina del club, cerca del vestíbulo del hotel, me acomodé en uno de los sillones. Colocando mi bebida sobre la mesa ratona con superficie de mármol, abrí mi bolso de cuero suave, saqué mi iPad, y entonces abrí Wordle.

Seguía siendo temprano, ni siquiera las seis en punto, y solo se encontraba un cliente más en una mesa. De cabello canoso, bien vestido y con un vaso de whisky en mano, leyendo un periódico. Él me echó un vistazo, y entonces me descartó.

Quizás era gay. O, diablos, felizmente en una relación.

Había resuelto el acertijo de Wordle, y había pasado a Spelling Bee cuando mi radar interno comenzó a sonar. Levantando la cabeza, vi a mi síntoma caminando hacia la barra con su glorioso traje, cabello broncíneo brillante y pesado contra su ceja.

¡Mierda!

Tensándome, entrando en pánico, giré en el sofá, dándole la espalda a la barra para mirar la entrada del hotel. Como un avestruz con su cabeza en la arena, si no podía verlo, quizás él no me vería.

Un par de hombres de negocios vestidos de traje pasaron, tirando de su equipaje detrás de ellos. Uno me vio sentada allí y me quedó mirando. Ignorando lo inestable que me sentía en ese momento, le sonreí, me agradaba su barba de chivo y su cuerpo largo y esbelto. Él me guiñó un ojo y me asintió una vez.

¿Regresaría?

—Él es un poco joven para ti, ¿no crees?

Mientras el tono de voz sedoso y algo engreído se registraba, mis ojos se cerraron con dolor. De todos los bares que Edward Cullen tenía que entrar esta noche, ¿tenía que ser este?

—¿Qué haces aquí? —pregunté—. No te sientes.

Edward me ignoró, sentándose del otro lado del sillón, como si perteneciera allí, separando las rodillas. El hielo en su vaso tintineaba mientras lo levantaba para tomar un sorbo.

Bajando la mirada de sus ojos cautivadores, observé el movimiento de su garganta mientras tragaba.

—Lo más importante, creo, es, ¿qué haces aquí? —contestó, bajando el vaso junto al mío con un clic distintivo.

Desconcertada, mi mente se puso en blanco por unos valiosos segundos.

—Lo que hago después del trabajo no te concierne —respondí cortamente, molesta por la mirada suave de amistad en su rostro. Él estaba actuando como si el que los dos nos hubiéramos encontrado fuera una feliz coincidencia, cuando era todo lo contrario.

Los ojos de Edward cubiertos por pesadas pestañas eran oscuros en la limitada iluminación, pero aún así intensos y penetrantes, como una fuerza magnética de la que no podía apartar la mirada. Esos ojos me decían que él sabía exactamente lo que estaba haciendo allí, y me sonrojé de la vergüenza.

—Una hermosa mujer como tú no debería recurrir a esto —dijo—. Parece una manera fría de encontrar un poco de calor.

Bajo el reproche en su voz, creí escuchar genuina preocupación, la cual mi corazón interpretó de manera completamente erróneas. El calor que él afirmaba que no encontraría se esparció por mi espalda.

Tomé mi vaso y bebí un trago largo, haciendo una mueca ante la fuerte amargura.

—No es de tu incumbencia —repetí bruscamente—. Por favor, vete.

Edward estiró un brazo por el respaldo del sillón, sus dedos a solo milímetros de mi hombro. Estaba sintiéndome incómodamente caliente, y me aparté de él, lo cual llevó su atención a mis piernas. Aunque la falda me cubría hasta los gemelos, no dejaba nada a la imaginación, fácilmente revelando mis curvas.

—No me tienes miedo, ¿o sí? —preguntó tranquilamente.

Me sobresalté ante la suave e inesperada pregunta, mi mirada regresando a su rostro. Él seguía mirando mi regazo, donde mis manos estaban aferrando mi iPad, sus pestañas un abanico atractivo contra sus mejillas. La corbata que se había puesto temprano había sido descartada, y su camisa estaba abierta en el cuello, revelando la curva de su garganta.

Incluso eso era atractivo.

—No, no te tengo miedo —bufé mientras sus ojos regresaban a los míos. Al menos, no por las razones que él podría estar pensando. No, le temía por cómo su presencia hacía reaccionar a mi cuerpo.

—Entonces, ¿alguna vez vamos a hablar? ¿Solo hablar?

Sin palabras, fulminé con la mirada su rostro abierto e inseguro, sintiéndome completamente indefensa. Y ridícula, considerando que estaba allí tratando de olvidarlo.

—No ahora mismo —contesté.

Ni ahora, ni aquí, diablos, cuando intentaba encontrar alguien para follar.

—¿Por qué no?

Él estaba siendo ignorante o un dolor en mi trasero. ¿Estaba tratando de hacerme hablar al avergonzarme?

—Porque estoy haciendo otra cosa en estos momentos.

Necesité de toda mi fuerza de voluntad para no moverme nerviosamente bajo su mirada. En ninguna parte de su expresión estaba el rostro frío y joven que aún veía a veces en mis sueños. Las únicas similitudes eran su nariz ligeramente torcida y esas cejas oscuras y gruesas.

—Entonces, tengo poco tiempo aquí —masculló—. Hasta...

Apreté la mandíbula.

—Sí. Hasta. Así que, di lo que necesitas y vete.

Una arruga apareció entre sus cejas, y pude ver que mi respuesta le dolió, que le molestó. El resultante peso en mi pecho me tomó por sorpresa; no debería importarme cómo él se sentía.

Él levantó una mano para frotar una de sus cejas, y la honesta expresión de dolor en sus ojos apartó el mío.

—Después de la secundaria, quise... No podía seguir siendo cómo era —dijo con un suspiro entrecortado—. Mi ira era incapacitante. Así como mi culpa por todo lo que había hecho. Eventualmente, decidí ir a terapia y buscar ayuda. Me llevó un largo tiempo enfrentar todo. Más tiempo de lo que hubiera anticipado. —Rio débilmente—. Pero después de lidiar con mucha mierda e ira, cambié. Sé que no habrías aceptado eso en nuestra entrevista, pero no soy la misma persona que solía ser.

Observé la pared de cuero azul en el rincón junto a nosotros mientras sus palabras se asimilaban. Dolían. Me hacían sentir como si no me encontrara en la misma página que él, que de alguna manera estaba quedándome atrás. Que me estaba perdiendo de algo vital, porque también había ido a terapia, y aún no sentía que fuera capaz de soltar a la Bella de diecisiete años a su alrededor.

Y seguía estando jodidamente molesta.

Así que, ¿de alguna manera fue capaz de erradicar esa parte fea y horrible de él mismo? ¿Qué me estaba perdiendo?

—Puedo ver que has cambiado —dije rápidamente—. Después de todo, no me has escupido ni una vez.

Su rostro se tensó.

—Sí. ¿Realmente quieres comenzar esto? —bufé con enfado y frustración.

Su mirada no titubeó. Mientras más molesta parecía que mdiablose volvía, más suaves se volvían sus ojos. Me hacía sentir como un monstruo que él intentaba domesticar, pero yo no era un monstruo, . Estaba furiosa porque él estaba allí, arruinando mi plan para intentar olvidarme de él.

—Estoy listo para comenzar cuando tú lo estés —dijo simplemente. Desarmándome.

Retrocedí de inmediato.

—¿Sabes qué? No quiero hablar de esto ahora mismo. —Levanté mi vaso de nuevo. El líquido bajó como ácido.

Tranquilízate.

—¿Qué mejor momento que ahora, cuando estamos lejos de la oficina? —preguntó Edward tentativamente—. ¿Es tan horrible de mi parte esperar que bajes la guardia un poco?

La mirada de esperanza y remordimiento en sus ojos hizo retorcer mi corazón. Alocadamente, mientras él más persistía, más desequilibrada comenzaba a sentirme.

¿Por qué era tan aterrador pensar en perdonarlo?

—Lo siento, mis defenshas son muy afiladas —contesté, pronunciando mal la palabra, y él esbozó una sonrisa.

De acuerdo, bien, quizás menos que eso.

—¿Entonces soy tu juez y jurado? —pregunté, tratando de recuperar el equilibrio—. ¿No puedes dejar atrás tu pasado hasta que te perdone por ser un bastardo imbécil?

Sus ojos se volvieron imposiblemente más gentiles.

No me mires de esa forma.

—¿Fui un bastardo imbécil, no? No tienes que contestar eso; sé que no me has perdonado. Lo has dejado claro —masculló.

Sus palabras flotaron en el espacio entre nosotros, pesadas y horribles. Me sentía horrible. Cargar esta ira era agotador, y mi boca comenzaba a temblar cuando él continuó.

—Pero, he dejado atrás mi pasado. Tuve que lidiar con una gran cantidad de mierda para poder hacerlo. Aprender a perdonarme a mí mismo por ser un bastardo es algo en lo que aún tengo que trabajar, pero como lo intento, siento una pequeña sensación de paz.

No siento tal paz. De hecho, estaba sintiéndome incómodamente angustiada. Maldito sea, estaba presionando el tema cuando no estaba lista, pero había demasiadas palabras en mi cabeza y no podía pedirle que se detuviera.

—Estuve molesto por un largo tiempo con mi comportamiento y con la manera que traté a las personas. Pero había una razón, y no fuiste solo tú, Bella.

Escuchar que él había hecho cosas horribles a otras personas, no solo a mí, me tomó por sorpresa. ¿Su comportamiento hacia mí no había sido personal? ¿Había una razón? ¿Qué razón podía ser lo suficientemente buena para atacarme? ¿O a alguien?

Mi terapeuta una vez me dijo que los matones usualmente eran abusados ellos mismos, pero jamás había sido capaz de colocar el recuerdo de Edward en la categoría de víctima. Él era inteligente, popular, y apuesto. Había conducido un buen coche, se había vestido bien, y practicaba deportes en vez de tener que trabajar después de clases. ¿Qué diablos había de vulnerable en eso?

Y quizás fuera el efecto del alcohol, pero no podía decidir si estaba furiosa o aliviada de que no había sido la única a la que él había tratado tan mal. La única cosa que sabía era que no me encontraba en un lugar aún para preocuparme de su presunta razón.

—Así que eras un imbécil que no discriminaba. Qué suerte tuvimos todos de recibir tu marca particular de atención —dije, y las palabras salieron chiquitas, como si estuviera al borde de las lágrimas.

Mierda.

Para distraerlo y ganar un poco de tiempo, metí mi iPad de vuelta en su bolsillo. Me llevó más de un intento insertarlo en el espacio correcto, y maldije de nuevo.

—Pero olvida eso. Solías tratar de destrozarme de todas las formas que podías, ¿y ahora vas a sentarte allí y hablarme sobre el perdón personal? A la mierda eso. ¿Cómo puedes perdonarte a ti mismo? ¿Cómo diablos funciona eso?

—Terapia. Y mucha introspección —respondió suavemente, como si yo fuera una bomba que él intentaba desactivar—. Me llevó un largo tiempo, pero aprender a perdonarme a mí mismo me fue mejor que permanecer atascado en un lugar donde apenas funcionaba.

Me era imposible imaginarlo —una supuesta personalidad de tipo A— apenas funcionando. Hubiera involucrado verlo como una víctima también. Y no podía.

Pero tampoco iba a tener este tipo de conversación en un bar. De ninguna manera. Esta noche se había desviado hacia La Dimensión Desconocida, y necesitaba llevarla de vuelta a su curso. Ahora.

—Escucha, estoy muy emocionada de que hayas sido capaz de perdonarte a ti mismo. Estoy segura que hay una lección allí en alguna parte para mí, pero no estoy de humor para pensar en ello, para recordar. Por favor, vete.

Por favor, por favor, por favor.

Viendo que mi vaso estaba vacío, lo levanté, llamando la atención del barman.

—No creo que otro trago sea una buena idea —dijo Edward, y entonces bajó su mirada a mis botas de taco aguja—. Realmente no quieres tropezar en esos.

Maldita su constante preocupación.

—Me agarraré del brazo de alguien —espeté, y él me dio una sonrisa torcida.

—¿Te inclinarás borracha hasta su cuarto, donde probablemente olvidarás la mayoría de lo que pase y te arrepentirás en la mañana?

—¿Quién dice que me arrepentiré? —pregunté con una ceja arqueada, y sus manos se elevaron en rendición—. Mira, realmente me estoy cansando de decir esto, pero no es de tu incumbencia.

Sus dedos comenzaron a tamborilear sobre el cuero junto a mi hombro, casi como si estuviera nervioso.

—Si realmente buscas un ligue, hubieras cruzado el río. ¿Quizás ido hacia Tunnel o Bodega donde las personas de nuestra edad se juntan?

El barman apareció con mi segundo martini entonces, salvándome de tener que contestar que mi parada en Allegro fue más una cosa de último momento. No que hubiera importado, porque Edward parecía decidido a poner trabas en mis planes.

—¿Puedo ofrecerle algo? —le preguntó a Edward educadamente.

—Él no se quedará —dije.

—¿Podrías ser un par de aguas frías?

Miré con furia la espalda del barman mientras se alejaba, y entonces volteé hacia Edward.

—¿Qué haces aquí? Nunca lo dijiste. ¿Me seguiste?

Él exhaló y agachó la cabeza, entonces me miró de reojo.

—¿Y si lo hice?

Mi corazón dio un salto, tanto por la expresión en su rostro, y la idea de que él me siguiera.

—¿Por qué? —pregunté, incapaz de esconder el temblor en mi voz—. ¿Por qué harías eso?

Estaba negando con la cabeza antes de que terminara de hablar, y lucía genuinamente confundido mientras levantaba la mano hacia su cabello para atravesar sus dedos por él.

—¿Me creerías si dijera que no lo sabía?

Le di una mirada de gran incredulidad.

—Llamé a un taxi que pasó por mi lado, y entonces miré al otro lado y te vi. Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, te había seguido por una cuadra, y entonces giraste hacia el hotel aquí.

¿Qué se suponía que debía responder a eso?

—Acordamos una relación profesional solamente —dije, tomando un sorbo saludable de mi martini.

Él sacudió la cabeza, su mirada penetrante.

—Bella, tenemos historia. Mala historia, cierto, pero lo que digo es que somos más que solo compañeros de trabajo.

Me ahogué.

—No, no lo somos. Somos compañeros de trabajo, punto.

Se pellizcó el puente de la nariz.

—¿Es demasiado pedir que algún día seamos más que eso? Ya no quiero ser tu enemigo.

—Tienes una manera graciosa de demostrarlo —dije—. Me seguiste, sabiendo lo que siento por ti, sabiendo que no estoy lista para hablar de... para hablar. Te he pedido que te vayas varias veces, y aún sigues aquí.

Bajó la cabeza.

—No creo que llegaríamos a alguna parte si lo dejo en tus manos.

—Esa es mi elección, no tuya —dije entre dientes.

No sabía qué vio en mi rostro, pero lo que sea que fuera hizo que su mandíbula se tensara. Bebió el resto de lo que había en su vaso, y entonces se sentó derecho.

—Tienes razón. Estoy esperando mucho, demasiado pronto.

Al fin ve la razón.

—Pero aún creo que perdonarme sería mucho más saludable que follarse a un extraño.

Lo miré boquiabierto.

—Por supuesto que lo haces. —Me reí secamente—. Estás lleno de opiniones sobre mi vida. Pero no puedes evitar que deje de hacer lo que quiero.

—No es mi intención —contestó, y se puso de pie.

Ahora que estaba yéndose, sentí una breve sensación de alivio, rápidamente seguido por remordimiento.

¿Qué demonios?

—¿Te veré mañana? —preguntó.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué no lo harías?

Edward se encogió de hombros, mirándome con la nariz en alto como un semidiós disconforme.

—No lo sé. Tu Lothario podría ser el asesino del hacha o peor.

Resoplé en su dirección.

—Dudo que alguno de los hombres de negocios del hotel tengan un hacha en su equipaje.

—Quizás no —aceptó, encogiéndose de hombros—. Probablemente use un cuchillo o un martillo.

Fruncí el ceño. Él intentaba asustarme.

Como si preocuparme por contraer Covid no fuera suficiente.

El barman apareció entonces con una bandeja con nuestras aguas. Él bajó los vasos sobre la mesa ratona y se retiró. Mientras lo hacía, noté a Barba de Chivo caminando por el pasillo del vestíbulo. Cuando se acercó más y vio que no me encontraba sola, sus pasos titubearon.

Edward también lo notó.

—Mira ese vello facial perfectamente recortado —masculló, inclinándose hacia mí, y aparté la cabeza rápidamente—. Ese probablemente sea el tipo de hombre que lleve cuchillos. O quizás equipamiento quirúrgico, como agujas hipodérmicas y fórceps.

Puse los ojos en blanco, sintiendo una extraña urgencia de sonreír, la cual aplasté.

—Oh, cállate.

Como Edward no se había apartado, Barba de Chivo giró hacia la sala a varios metros de distancia, lejos de nosotros, y se dirigió hacia la barra sin mirar atrás.

¿Eso quería decir que él ya no estaba interesado?

Lo cual estaba bien. Ya no estaba de humor, de todos modos, gracias al agente Dudley.

—Bien podrías irte ahora —dijo.

—Tienes razón —acepté, retorciéndome lejos de él para ponerme de pie.

Vaya, no te caigas.

Edward estaba riendo a mi lado, su mano alrededor de mi brazo desnudo. Una sensación de pequeñas chispas se expandieron por mi piel ante su contacto.

Me incliné para tomar mi bolso, pero él me ganó, y entonces lo colgó sobre su hombro.

—Oye —chillé.

—Cerremos la cuenta y te llevaré a casa.

Lo miré con furia mientras él me dirigía hacia la barra, a unos asientos de distancia de donde Barba de Chivo nos ignoraba deliberadamente.

—¿Sabes dónde vivo?

—Miré tu declaración de salarios e impuestos. Añádelo a mi lista de transgresiones —respondió.

—Imbécil.

El barman nos estudió con una mirada de diversión antes de colocar una chequera sobre la barra con mi tarjeta de crédito. Escribí una propina y mi firma, mientras que Edward hacía lo mismo a mi lado.

Entonces, Edward me tomó del codo de vuelta. Deseaba tanto zafarme de su agarre, pero la verdad era que estaba un poco ebria. Dejamos el bar, mis tacones repiqueteando sobre el piso de mármol del vestíbulo del hotel.

Así que, me estaba yendo, pero era con el hombre equivocado... y ciertamente, no de la manera que creí que estaría. Debería estar teniendo cita arriba antes de irme a casa, saciada y considerablemente menos cachonda de lo que había llegado.

Como iba la cosa, Edward me acompañó del brazo a cruzar la calle llena de tráfico de Randolph hacia mi edificio de apartamentos, y no estaba completamente relajada.

—Estos son apartamentos de lujo —mencionó Edward cuando llegamos.

—Mi mamá murió durante mi último año de la secundaria, dejándome con una póliza de seguro de vida —le dije—. Así es cómo puedo costear este lugar.

Mierda, ¿por qué había divulgado eso?

Vi el rostro de Edward tensarse, y entonces centrarse en mí con tristeza.

—Lo siento —dijo, su voz un atractivo murmullo—. No lo sabía.

—Ninguno de ustedes lo sabía, y hubiera muerto antes de decir una palabra al respecto, no que te hubiera importado, de todos modos.

Edward inhaló y cerró los ojos brevemente.

—Me gustaría pensar que no hubiera sido malo con respecto a la muerte de tu madre.

—Sí, bueno, no te di una oportunidad. Me gustaría mi bolso ahora —dije—. Luces jodidamente ridículo con él en tu hombro.

Me lo tendió sin pronunciar una palabra, su mirada serena y seria mientras me miraba. Como todo sobre él, me ponía incómoda de adentro hacia afuera.

Inserté el código en la entrada y la puerta se abrió con un clic. Edward se estiró a mi alrededor, tomando el pomo y abriéndola.

—De acuerdo, entonces. Gracias por acompañarme todo el trayecto hasta casa —dije, entrando rápidamente, y alejándome de él, dirigiéndome hacia los ascensores.

En respuesta, Edward me sonrió.

—Te veo mañana.

—No si te veo primero —mascullé inútilmente, lo cual hizo que echara su cabeza hacia atrás y riera.

Era la primera vez que lo había visto hacer eso; él a menudo estaba en control. Pasé un segundo demasiado largo admirando el sonido agradable, lo fácil y lo libre que lucía. Su última mirada a mi rostro era una de diversión amigable, y me dejó sin aliento. Santo cielo, él era hermoso.

Mientras él giraba y se alejaba, di uno paso hacia adelante para seguir su caminata casual por la acera.

Y, perversamente, para ver si voltearía a mirar. Había leído una vez que si alguien miraba atrás después de dejarte, quería decir que no querían irse del todo.

¿Voltearía a mirar?

Cuando lo hizo, corrí lejos de la puerta con un gritito.