Hasta la Eternidad:


13: Dagas


La carpeta estaba tan enmohecida que se deshacía. El cuero con que la confeccionaran conservaba, sin embargo, un tacto suave. Durante un largo momento la miró detenidamente, sin atreverse a abrirla, preguntándose qué encontraría dentro.

En el fondo, no quería hurgar en un pasado que no correspondía por entero a la familia Namikaze, pero le había llamado la atención aquella mañana en el desván, cuando la encontró bajo una pila de libros carcomidos y polvorientos. ¿Qué podía hallar allí? ¿Qué buscaba, en realidad?

—Puede que sólo sean facturas.

Sabes que no lo son. Presientes que no lo son.

A pesar del tiempo desapacible, había preferido salir al jardín para ojear el contenido, de modo que buscó un asiento junto a un frondoso boj y, subiéndose el cuello del abrigo, se acomodó.

Desanudó las cintas rojas que ceñían la carpeta y se encontró una primera hoja amarillenta, carcomida en los extremos, pero aún legible. Parpadeó repetidas veces porque a primera vista no comprendió lo que decía el texto.

Estaba escrito en un inglés antiguo. Al fijarse con detenimiento en algunas frases, le parecieron poemas. Poemas compuestos hacía largo tiempo. Con mucha paciencia, consiguió traducir:

Desciendo a las profundidades del Averno,
me alimento de cólera y de odio,
me abrigo con piel de intransigencia,
y duermo sobre espinas de rencor.

Es tal la furia que desata mi alma,
que me ahogo en vaharadas de injusticia.

Mi mundo es cueva negra,
mis nubes, de tormenta,mi agua, hiel.

Quisiera ver el mundo destruido,
cabalgar sobre ruinas,beber sangre...

Faltaba un trozo de página y no podía leerse más que la firma: Naruto Namikaze. 1711.

A Hinata se le heló la sangre. Cerró la carpeta de golpe, aspirando bocanadas de aire frío y asimilando el dolor de aquel escrito. Alcanzó a comprender la desesperación de Naruto en esas pocas líneas, y una sensación de afinidad la acercó aún más a él.

Lo había escrito casi doscientos años después de morir, tras verse obligado a vagar como un fantasma por el castillo, sin alcanzar la paz. Era tal el odio contenido en aquellas letras de tinta borrosa que se adueñó de su pecho esa misma ira. Detractó a Minato Namikaze por haber condenado a su hijo al sufrimiento eterno, e injurió a Dios por consentirlo.

Hacía dos días que Naruto no había vuelto a materializarse. Y ella decidió bajar de nuevo a la cripta. No estaba segura de qué la impulsaba, pero una fuerza desconocida parecía empujarla a investigar más acerca de su vida... y su muerte.

Abrir la puerta no le resultó complicado aquella vez. Después de hablar con Shizune, le habían facilitado una llave. Tomó uno de los candelabros de la capilla y descendió los escalones, lo dejó a un lado y se sentó en el sarcófago de piedra de Naruto Namikaze.

La imagen que lo representaba yacente, engalanado con cota de malla y capa, su escudo y su espada, estaba desgastada por el paso del tiempo, con aristas quebradas en alguna esquina. Pero era su rostro, no cabía duda. Un rostro con fuerza, hermoso... y muerto.

Acarició temerosa la fría superficie, preguntándose si se atrevería a llevar a cabo lo que se había propuesto.

No lo hagas, le advirtió su ego.

Se incorporó y comenzó a buscar en la tapa del sarcófago algún resquicio que le permitiera moverla. Cuando encontró una muesca lo suficientemente grande para meter los dedos, tiró con todas sus fuerzas. Por descontado, la mole de piedra ni se movió, y Hinata casi dio gracias al Cielo por ello.

¿Qué quieres encontrar? Deja las cosas como están.

Sí, era lo mejor. Olvidarse de lo que podría hallar en aquella tumba. ¿Qué otra cosa podía haber más que cenizas? Realmente... ¿Qué pensaba encontrar dentro del féretro de un hombre desaparecido en el siglo XVI?

—¿Señorita Hyūga?

Hinata dio un respingo. En su azoramiento, golpeó con el codo el candelabro, que se estrelló contra el suelo de la cripta sumiéndola en la más absoluta oscuridad. Ella ahogó un grito de pánico y retrocedió.

—¿Se encuentra bien, señorita Hyūga?

La llamita de un encendedor iluminó ligeramente la estancia y el rostro agradable de Toneri Ōtsutsuki, que la miraba con mucha atención.

Hinata dejó escapar un largo suspiro.

—Señor Ōtsutsuki. Me ha dado usted un susto de muerte.

—¿Qué demonios hace aquí abajo, en esta tumba? —El americano movió la pequeña llama en abanico hasta dar con el candelabro. Encendió un par de velas y lo levantó. La mortecina luz ahogó las sombras de la cripta. Los ojos de Toneri escrutaban los de Hinata—. ¿Se encuentra bien? Parece que hubiera visto un fantasma.

Hinata se mordió los labios para no lanzar una carcajada histérica y asintió. «¡Si tú supieras!», pensó...

—Perfectamente, gracias. Estaba... husmeando.

—Como yo. —Echó una ojeada alrededor—. ¿Ha encontrado algo interesante? ¿Qué buscaba?

El cuerpo de un hombre muerto hace siglos.

—Nada, en realidad. Sentí curiosidad por ver dónde estaba enterrado Lian Namikaze. ¿Y usted?

—Un tesoro —respondió Ōtsutsuki, con socarronería—. Antiguamente solían enterrar a las personas con alguno de sus más preciados objetos. ¡Qué sé yo! Una espada, una daga, un colgante...

¿Le tomaba el pelo? Estaban en una cripta, no en la tumba de un faraón egipcio. Y tampoco en un túmulo druídico.

—Tenemos una sala llena de armas —dijo Hinata, pasando a su lado, camino de las escaleras—, si quiere se la mostraré. O se lo pediré a la señora Katō. Estoy segura de que se la enseñará con mucho gusto. ¿Viene?

—Sí. ¡Sí, desde luego! Ni siquiera sé el motivo por el que bajé aquí. Vi la puerta de la capilla abierta y... ¡Este lugar es demasiado tenebroso! Debe de haber colecciones mucho más interesantes que ésta de cadáveres en piedra. ..

Naruto también estaba allí y le gustó muy poco el modo descarado con el que Ōtsutsuki fijaba su atención en el trasero de Hinata. Cuando los dos intrusos salieron de la cripta, masculló una grosería. Avanzó por entre los sarcófagos donde descansaban los restos familiares, incluidos los de su esposa, su hijo y alguno de sus nietos, y se detuvo junto a su propia tumba.

Su rostro tallado en piedra.

Resultaba espantoso verse a sí mismo sobre la lápida.

Se observó durante un momento y luego, sobreponiéndose, pensó en el intento de Hinata por abrir la sepultura. ¿Qué esperaba encontrar? ¿La explicación a la locura de la que estaba siendo víctima? ¿Su cuerpo incorrupto?

Él sabía muy bien que dentro de aquel ataúd de piedra no había nada. ¡Absolutamente nada! Estaba vacío. Completamente. Salvo por la armadura que había abandonado al salir de él para vagar por los siglos entre los muros de Konohagakure.

Por lo que parecía, la cotilla de la señorita Hyūga no acababa de creerse que sus encuentros eran con un espectro.

.

.

Shizune estrujaba su inmaculado delantal entre las manos.

—Nunca había pasado nada igual —afirmó por tercera vez.

Aceptó con una leve inclinación la taza de tila que Hinata le puso delante y bebió en sorbos cortos y frecuentes, cuidando de no derramar líquido. Y se encontró más relajada.

—Soy la responsable última del castillo. ¿Cómo voy a explicarle lo ocurrido al señor Jiraiya?

—Usted no tiene la culpa, señora Katō —aseguró Ōtsutsuki, acompañando sus palabras con unas suaves palmaditas en el brazo de la mujer—. Nada tiene que reprocharse.

—¡Pero está todo tan revuelto!

—¿Ha echado algo en falta?

—Un par de dagas. Muy valiosas. La daga verde de Niamb y la daga roja del Herrero. Esmeraldas y rubíes.

—¡Qué extraños nombres! —señaló Ōtsutsuki.

—Cada una de ellas tiene su leyenda. Se dice que la verde perteneció a Niamb, una hermosa joven de cabellos largos y rubios, hija del rey Tír na nÓg. Se encontró con Oisín, el hijo de Finn mac Cumhall, lo sedujo, lo tomó por esposo y se lo llevó a la Tierra de la Juventud —explicó.

—¿Y cuál es la historia de la daga roja? —se interesó Hinata.

—Perteneció a CúChulaínn, uno de los grandes caballeros de la Rama Roja, que defendió el Ulster contra las tropas de Connaught. Con ella dio muerte al perro del Herrero, de ahí su nombre propio. —De pronto se echó a llorar—. ¡Perderé mi empleo si no se soluciona este asunto del robo!

—No diga tonterías, señora Katō —la calmó Hinata —. Usted no está contratada como guardia jurado, por Dios, sino como ama de llaves. ¡Ciertos objetos deberían estar bajo llave y no a la vista de todo el mundo! Cualquiera pudo sustraerlos.

Los ojos de Ōtsutsuki relampagueaban de codicia.

—¡Joder, qué historia! —murmuró.

Se oyeron unos golpecitos discretos en la puerta y apareció Yamato, que se hizo a un lado para dejar paso a un hombre bajo y grueso como el tronco de un árbol, con una gabardina parda y desgastada. Totalmente desprovisto de pelo, su cuero cabelludo brillaba como una bola de billar a la luz de las bombillas.

—Hemos terminado —dijo—. De momento.

—¿Tenemos alguna pista?

—No, señor... Ōtsutsuki, ¿verdad? —El hombre se quitó las gafas y se puso a limpiarlas mecánicamente con un pañuelo arrugado que sacó de su bolsillo—. Resulta sorprendente, no obstante, que las cámaras no hayan grabado nada.

—¿Qué cámaras?

—Las que hay instaladas en la sala de armas. Las hemos revisado a fondo y no grabaron nada en absoluto. Se supone que esos dichosos aparatos son muy fiables, que se disparan en cuanto se produce algún movimiento en la sala, pero no han captado ni una sola imagen, salvo la de la propia sala... vacía.

» Y mis veinte años de experiencia como policía me han enseñado que los ladrones cada vez son más osados, pero es impensable que sus imágenes no queden registradas, sobre todo si se llevan objetos de incalculable valor, ¿no creen?

—¿Pudieron... desactivar esas cámaras? —preguntó Hinata—. ¿Trucarlas de algún modo, inspector?

—Pudiera ser. —Se encogió de hombros—. Pudiera ser.

Volvió a ponerse las gafas y miró detenidamente a cada uno. Shizune se encogió en su asiento y Ōtsutsuki se removió inquieto. Únicamente Hinata permaneció estática, apoyada en el borde de la mesa.

—Siento haber tenido que fisgonear las habitaciones de la servidumbre y las suyas, pero ustedes comprenderán mis motivos.

—Desde luego, inspector —aceptó el americano—. Sólo espero que no me hayan desordenado demasiado mis cosas.

—Encontrará todo como estaba —gruñó el policía—, se lo aseguro.

—Muy agradecido.

—Mis hombres y yo nos vamos. Si alguno de ustedes recuerda algún detalle, por pequeño que parezca, les agradeceré que me avisen. La señora Katō sabe dónde encontrarme. Y usted, Shizune, deje de poner esa cara de víctima, nadie va a culparla del robo.

Sonrió a la mujer. Su rostro, tosco y grave desde que hiciera su aparición, se tornó más dulce y agradable, haciéndolo parecer más joven »—. Si todos los dispositivos de seguridad que su patrón tiene instalados no han sido capaces de detectar a un ladrón, dígame qué podría haber hecho usted para evitar que se llevasen esas malditas dagas. ¡La mayor parte de los objetos debería estar en un museo!

—Pero el señor Jiraiya...

—El señor Jiraiya comprenderá que ha sido un caso de mala suerte. Sin duda, en este lugar, casi todo es capaz de despertar los más bajos instintos. Y esto parece obra de profesionales, no me cabe la menor duda.

O de fantasmas, le dijo a Hinata su voz.

Shizune logró sonreír cuando el policía se despidió con un gesto seco y salió del estudio. Toneri se levantó y se fue derecho hacia el estante de las bebidas.

—Necesito un trago. Los sabuesos me ponen de pésimo humor.

—Sólo hacen su trabajo.

—Pero miran a todo el mundo como si llevara tatuada la culpabilidad en la frente —farfulló—. Su trabajo es encontrar al que robó esas armas, no mirarnos de arriba abajo como si fuéramos los ladrones. ¿Alguien quiere una copa? —Sin esperar respuesta sirvió tres generosas cantidades de whisky y entregó dos a las mujeres—. Además, ¿Qué pensaba? ¿Qué habíamos escondido las armas en nuestras habitaciones? ¿Debajo de la cama? ¡Por Dios crucificado!

—Tienen un valor incalculable.

—¡No tanto, señora, como para poner en duda mi reputación! Provengo de una familia decente y acomodada desde hace muchas generaciones. Y de todos modos, ¿Dónde diablos puede uno vender ese tipo de objetos? Se supone que serán rastreados.

Hinata apuró su copa y estiró sus músculos agarrotados. Habían permanecido en el estudio toda la tarde, mientras la brigada de policías revolvía el castillo de cabo a rabo en busca de una pista. Reconocía que había dudado de Ōtsutsuki y quizá de algún criado durante los primeros momentos de confusión, cuando Shizune dio la voz de alarma, pero luego desechó sus sospechas.

Las afirmaciones del inspector no dejaban lugar a dudas. ¡Nada! ¡Las cámaras de seguridad no habían captado nada! ¡Ni una sombra! ¿Sombra...? Y entonces se le ocurrió. Se preguntó a qué diablos estaba jugando ahora Naruto, al robar sus propias armas.

.

.

Cuando se retiraron a dormir, en cuanto Hinata entró en su habitación, lo invocó.

Naruto no hizo acto de presencia.

En ropa interior, pero con la gruesa bata de baño y zapatillas, ella buscó una linterna y se encaminó hacia la galería del cuadro familiar, decidida a hurgar un poco más en el pasado.

Movió los resortes a ambos lados del cuadro, dejó al descubierto el pasadizo secreto que Naruto le mostrara y, después de asegurarse de que la entrada volvía a quedar cerrada tras ella, lo recorrió, ascendiendo hasta llegar al desván. La angostura le provocó cierto grado de claustrofobia.

Naruto tampoco estaba allí. Al menos no se materializó, ni acudió a su nueva llamada.

Enojada con él y consigo misma, rebuscó en el mueble antiguo donde encontrara el poema escrito por el fantasma, como si una mano invisible la guiase, intuyendo que, tal vez, daría con algo que la ayudaría a comprender aquel misterio.

Tenía que haber una clave para salvarlo de su agonía, para romper su maldición. ¿Tal vez estuviera en el robo de aquellas dagas? Ella había sido elegida para encontrarla, estaba convencida.

Por algún extraño guiño del destino, había sido designada para salvar un alma errante. Todo aquello resultaba ridículo, pero no iba a renunciar a su propósito. Estaba dispuesta a pasarse allí toda la noche en caso necesario, hasta encontrar algo, aún no sabía bien qué.

Había sido indecisa en algunas ocasiones a lo largo de su vida, pero ésta no iba a ser una de ésas. A fin de cuentas, no tenía sueño ni nada mejor que hacer.

Registró el ático de arriba abajo. Si Naruto había robado las dagas, ¿Qué mejor lugar para esconderlas que su refugio? Pero después de casi una hora se dio por vencida.

Lo que sí encontró fue otra carpeta. Tan deteriorada como la anterior, acaso más, olvidada en el fondo de un pequeño arcón.

Colocó la linterna en el borde, de modo que la luz se proyectase directamente sobre la carpeta, y la abrió. Actas levantadas hacía cientos de años, contratos de arrendamientos de tierras, facturas de compraventa de ganado. Tres actas de matrimonio...

Y un pergamino muy ajado, enrollado y sujeto con un cordel. Cuando quiso desatarlo, el cordel se pulverizó en sus manos. Otro poema, se dijo en cuanto echó un vistazo a los trazos fuertes y seguros.

Pero aquél no había sido escrito por Naruto sino por Minato Namikaze. Al menos, la firma así lo atestiguaba. Estaba escrito y fechado el 22 de diciembre del año del Señor 1535.

El sol se nubla cuando tú apareces.
La luna empalidece cuando sales.
Las estrellas no sirven sino para adornar tus cabellos.
Tú eres mi universo,
mi firmamento,
mi vida.

¡Qué bonito! Un poema de amor escrito para una mujer del pasado por un hombre que, sin duda, la adoraba. Una oda olvidada bajo capas de polvo que deleitaría los oídos de cualquier mujer del siglo XXI. Ella no era especialmente romántica, pero los versos le parecieron hermosos en su sencillez, sin florituras.

El eterno poema en que el amante compara a su amada con los astros... Se preguntó cómo habría sido la existencia de aquellas personas, de los padres de Naruto. Aquel escrito demostraba que estaban profundamente enamorados y que su matrimonio, lejos de los contratos por interés de aquella lejana época, había sido por amor.

Con seguridad, si podía fiarse del retrato familiar, el cariño había sido la pauta dominante en aquella unión. Hasta aquella fatídica noche de la masacre en que Minato maldijo a su primogénito.

Naruto había heredado, al morir su padre, los castillos, las tierras con sus habitantes, ganado y joyas, pero de nada le servía todo aquello a un fantasma... El asunto de las dagas le volvió de pronto a la cabeza, y con él su malhumor.

¡Debía tener unas palabras con él por hacerle pasar tan mal rato a Shizune!

Cerró la carpeta y, con ella debajo del brazo y la linterna en ristre, abandonó el desván.

Horas después, seguía sin conciliar el sueño.

Desazonada, acabó por levantarse. El frío se había adueñado de la habitación al apagarse la chimenea. Se anudó la bata, se calzó las zapatillas y salió a la galería. El castillo estaba sumido en sombras, y un silencio de ultratumba lo envolvía todo, pero después de haber estado hablando con el mismísimo fantasma de Namikaze y haber hecho el amor con un hombre de otro siglo, ni la oscuridad ni el silencio afectaban ya a Hinata.

Con paso vivo descendió las escaleras en dirección a las cocinas, escuchando el leve golpeteo de las zapatillas sobre las alfombras. Acaso un vaso de leche caliente la ayudaría a dormir.

Se había enamorado de la cocina a primera vista, cuando se la mostrara Shizune. Era tan amplia, que su pisito de soltera en Madrid habría cabido casi dos veces en ella. Las antiguas viviendas carecían de los problemas actuales de espacio y se podían permitir esos lujos.

Encontró, luego de abrir varios armarios, una taza en la que vertió leche y bendijo al inventor del microondas mientras observaba el recipiente que daba vueltas en el interior. Antes de que sonara el timbrazo que indicaba que la leche ya estaba en su punto, buscó algunas galletas y después se sentó a una mesa de cocina, cuadrada, desnuda, para engullir el fruto de su hurto.

El primer sorbo de leche llegó acompañado de una sorpresa.

—¿Insomnio, acushla?

Hinata se atragantó y comenzó a toser, enrojeciendo como la grana mientras miraba a Naruto con los ojos encendidos. Él, entre tanto, se acomodó en una esquina de la mesa y esperó hasta que ella recuperó el aliento.

—¡Carajo, qué susto! —gruñó Hinata—. Llevas dos días sin aparecer y ahora te presentas como un... un...

—¿...un fantasma? —Se le formaron unos hoyuelos encantadores en las mejillas marcadas.

—¡Muy gracioso! Si sólo has venido a burlarte, puedes regresar al infierno. —Le dio la espalda.

No pudo ver la mueca de dolor de Naruto, pero sí lo oyó decir:

—Allí he estado casi cinco siglos.

Se volvió hacia él justo cuando comenzaba a desvanecerse.

—¡Espera!

Naruto recuperó poco a poco su apariencia humana. Antes de conocer a Hinata se había materializado en muy pocas ocasiones y siempre como consecuencia de la ira, dando algún que otro susto a los incautos que tuvieron la desgracia de encontrarse con él, no más de diez o doce a lo largo de aquellos siglos, por lo que recordaba.

Sin embargo, desde que aquella mujer pisara Konohagakure, materializarse y esfumarse se estaba convirtiendo en una costumbre casi cotidiana. No podía remediarlo, de todos modos. La presencia de ella provocaba el milagro... o la maldición. Cruzó los brazos sobre su poderoso pecho y se recostó con indolencia en una de las paredes.

—¿Y ahora qué?

—Quiero que me expliques qué has hecho con las dagas. ¿Por qué las robaste?

Naruto arqueó una ceja, lo que irritaba a Hinata, pues lo consideraba un gesto de sarcasmo.

—No sé de qué malditas dagas estás hablando.

—La Daga Roja del Herrero y la Daga Verde de... —trató de recordar— de Niamb. Se llaman así, ¿verdad? Rubíes y esmeraldas en su empuñadura. ¡Armas con leyenda, según nos contó Shizune! Estaban en la sala de armas. Siglo XIV.

—¡Esas dagas! ¿Qué diablos tengo yo que ver con ellas?

—Las has robado.

—¡¿Yo?!

Su exclamación sorprendida la hizo dudar por un segundo. Sólo por un segundo.

—El inspector asegura que las cámaras no grabaron nada. Y las dagas no han aparecido.

—Y esa «nada» debo de ser yo, supones...

—¿Quién si no? Tú eres el único que puede hacerlo sin ser filmado. O eso, o inutilizaste las cámaras.

Naruto bufó. Se separó de la pared y caminó hacia ella, con su andar seguro y felino que a Hinata le provocaba un hormigueo en la boca del estómago. Apoyó las manos en la mesa y se inclinó hasta que su rostro estuvo tan cerca que ella bizqueó.

—Dime, acushla. Si yo hubiera querido robar las dagas que ahora pertenecen a mi tataratataratataranieto, ¿crees que me habría hecho falta hurgar en esas cámaras, artilugios del infierno que ni siquiera sé cómo funcionan?

» ¿Para qué, si puedo estar en la misma habitación que los mortales sin que noten mi presencia? ¿Para qué, si puedo ser invisible a vuestros ojos? Por otro lado, aunque a mí no me hubieran grabado..., deberían haberse visto las dagas moviéndose solas, ¿no? —elevó la voz.

—No lo sé —titubeó ella.

—No lo sabes porque no tiene lógica, tesoro. ¿Y dónde se supone que las he escondido? ¿En mi féretro? ¿Con qué motivo?

Ella le sostuvo su airada mirada e insinuó:

—¿Para que aparezcan en la habitación de alguien en particular?

—¡Por san Patricio, señora! —Alzó los brazos al cielo.

Naruto comenzó a caminar por la cocina, yendo y viniendo, lanzando improperios en voz baja, con las manos entrelazadas a la espalda.

A Hinata le pareció magnífico en su cólera. Sus ojos penetrantes como los de un lobo, su cuerpo erguido, tensos los músculos. Al enfadarse se convertía en un ser tangible, perfecto y avasallador, y la luz proyectaba sobre su rostro claros y sombras. ¡El gran señor feudal, irritado y protector!

—Miedo me da imaginar lo que estás pensando —dijo él de pronto—. Es por ese idiota americano, ¿verdad? ¿Crees que he robado mis propias armas para inculparlo?

—¿No es así?

Naruto se desvaneció y reapareció un segundo después a su lado, con tal celeridad que ni siquiera le dio tiempo a reaccionar. Antes de poder remediarlo la había tomado por los brazos y levantado del asiento. ¡Y la estaba sacudiendo de tal forma que le entrechocaron los dientes! ¡Por todos los santos del cielo, la estaba tocando realmente!

—¡Señora mía! —tronó—, si yo quisiera deshacerme de ese estúpido petimetre que babea mientras te devora con los ojos el culo y el escote, no recurriría a semejante pantomima. —De pronto se dio cuenta de que la estaba zarandeando, de que sus manos tocaban la carne de ella.

La soltó de golpe y retrocedió, poniendo distancia entre los dos, aturdido por la intensidad del deseo que lo había invadido al sentir su tacto »—. Simplemente me aparecería unas pocas veces ante sus narices y lo obligaría a precipitarse al vacío. ¡Fin del capítulo y fin de ese idiota! ¡Punto!

El argumento era impecable, pero ella estaba tan azorada como él mismo por el contacto. ¡Era el primer contacto real! Se obligó a pensar en otra cosa para no volverse loca, a disimular el ansia que la consumía, como a él.

Se dejó caer en la silla y asintió. Un fantasma no necesitaba acumular pruebas delictivas contra nadie si quería deshacerse de él. Simplemente podría volverlo loco y empujarle al suicidio o, como mal menor, ponerlo en fuga con el rabo entre las piernas.

Hinata reparó en su semblante airado y presintió, sin embargo, que la cólera de Naruto no se alimentaba exclusivamente de su acusación. Era algo más profundo y más impetuoso.

Está celoso...

—¡Estás celoso!

Los ojos azulados del espectro se achicaron. Se quedaron clavados en su boca, en el jugoso y gordezuelo labio inferior. Hinata, sin poder remediarlo, se humedeció los labios con la punta de la lengua, notando que la proximidad de él la agitaba, despertando de nuevo su deseo. Cuando apartó la mirada de la boca de Hinata y la clavó en sus ojos, el corazón de la joven se turbó.

—Celoso —repitió él con una voz extraña, sonora y calmada, envolvente e hipnótica—. Nunca tuve celos. De hecho, nunca supe qué sentían los demás cuando hablaban de ello. —Guardó un silencio largo e inquietante.

»—. Pero, acushla, si albergar irritación cuando alguien te mira es tener celos, los tengo. Si desear estrangular a cualquiera que se atreva a sonreírte es tener celos, los tengo. Si rezar para alejar de mí esta ansia de abrazarte, besarte y poseerte hasta perder el sentido es tener celos... ¡los tengo, condenación! —estalló.

Era tan satisfactorio para ella que se mostrara airado en una confesión tan íntima, que la asaltó una dicha repentina. Aunque le estaba vedado, Naruto se había enamorado de ella. O la deseaba. Eso ya era suficiente. Hinata quería abrazarse a su fuerte cuello, embriagarse con la suavidad de su largo cabello rubio, suelto a la espalda.

—¿Quién dice que debas rezar para no desearme?

Se puso de puntillas y aguardó, con el corazón en un puño, hasta que la boca de Naruto provocó una explosión en la suya. Un instante después, la tendía sobre la mesa y arrancaba la bata de su cuerpo. ¡Volvía a suceder! Su febril imaginación y el poder de la mente del fantasma la arrastraban, una vez más, a un paraíso que no podía rechazar.

Una de las zapatillas se perdió bajo la mesa y la otra quedó colgada del dedo gordo de su pie.

Naruto le subió hasta el cuello el sujetador, sin entretenerse siquiera en quitárselo, y tomó posesión de uno de sus pechos, acariciando el pezón entre el pulgar y el índice hasta convertirlo en un dardo duro y sensible. Su mano se deslizó luego con extrema lentitud y se detuvo entre los dos cuerpos. Un tironcito y se deshizo del trocito de tela que cubría la entrada a la cueva de sus deseos.

Hicieron el amor de forma salvaje, furiosa, como si él quisiera que ella pagara por lo que les estaba sucediendo, como si la culpara de su pasión, de sus celos y de su irreprimible hambre de ella.

Fue una cópula increíble en la que ambos dominaron y se sometieron, revolcándose como dos dementes sobre la mesa. Dos locos atacados por la misma enfermedad. Dos locos fabulando un éxtasis que sólo sucedía en sus mentes.

Naruto necesitaba poseer aquel cuerpo de mujer para seguir sintiéndose vivo. Producía en él el mismo efecto cada vez que estaban juntos. Era su puente a la vida, la droga que lo alejaba de la muerte.

Hinata lo necesitaba también, porque quería olvidar que él no le pertenecía, que nunca podría pertenecerle por que no existía.

Como en la ocasión anterior, al verla asombrada y exhausta tras finalizar el coito, Naruto renegó entre dientes, le pidió perdón y se evaporó.

El amanecer encontró a Hinata llorando otra vez en silencio, con la cabeza entre los brazos, apoyada sobre la mesa de la cocina de Konohagakure. Nunca antes había llorado tanto en su vida.


Continua