Hasta la Eternidad:
14: Hombre misterioso
El viento helado que le azotaba el rostro y le alborotaba la cabellera resultó una bendición después de las horas de sueño inquieto. Sólo cuando el alba despuntaba había vuelto a la cama, carcomida por la culpa y diciéndose a sí misma que seguramente así no ayudaba a Naruto en nada.
Si el destino la había llevado hasta Irlanda para acabar con la maldición de un fantasma, ella no sabía si enamorarse de él era el mejor camino. Debería haber asumido aquello como una misión para devolver a Naruto Namikaze la paz de la eternidad. La noche anterior supo que él sufría, como ella. Intuía que Naruto, prisionero entre dos mundos, entre la vida y la muerte, luchaba y vacilaba entre ambos.
Hinata sabía que nunca llegarían a unirse físicamente. Que, si conseguía desentrañar el misterio y lo ayudaba a encontrar la reliquia para poner fin a la maldición, Naruto se desvanecería en la nada. Desaparecería.
Regresaría definitivamente a su tumba y se reuniría con sus antepasados. Esta idea la desasosegó, y se preguntó si, cuando él ya no estuviera, podría seguir sintiendo sus manos, su boca y su cuerpo haciéndole el amor. La posibilidad de perderlo la volvía loca.
Bajó a desayunar, a eso de las diez de la mañana. Las ojeras le llegaban hasta la barbilla y estaba demacrada. Ni si quiera el maquillaje pudo disimular las huellas de la mala noche que había pasado. Ōtsutsuki, que hacía más de una hora deambulaba por el castillo, salía de la biblioteca cuando ella se topó con él.
—¡Vaya cara! —exclamó al verla—. No ha podido dormir, ¿verdad? Sin ánimo de ofender, señorita Hyūga, no tiene usted muy buen aspecto.
—Apenas pegué ojo —respondió—. Un par de cafés cargados harán maravillas.
—Ya desayuné, pero la acompaño, si me lo permite.
Sí, pensó Hinata. Necesitaba la compañía de un ser vivo, de carne y hueso, completamente real, a quien pudiera tocar, para evitar que su mente acabara trastornada del todo. Echó de menos a Ino en aquellos momentos, pero ni por asomo la metería en aquel lío. Accedió a la propuesta de Toneri cuando él mencionó los hermosos caballos de las cuadras y le pareció una idea fantástica salir a cabalgar.
—¿Cree usted que nos permitirán hacerlo? —dudó él, con un gesto de asco al tomarse el café que se sirvió sólo por acompañarla—. Me han dicho que lord Namikaze es muy remiso a permitir que nadie monte sus sementales.
—Despidió a dos mozos por eso, sí. Pero ahora no está en condiciones de prohibir nada. No creo que a Shizune le importe que ejercitemos un poco a los animales.
—No lo había pensado. —Ella se dio cuenta de que Toneri resultaba de veras atractivo y muy agradable. Se preguntó la causa por la que no le había caído en gracia en un primer momento, cuando cualquier mujer estaría encantada de ser el objeto de sus atenciones.
»—. ¿No es cruel el destino? Un hombre que lo tiene todo y ahora se debate entre la vida y la muerte. La señora Katō dijo esta mañana que han llegado noticias sobre su estado. Sigue igual y, al parecer, los médicos están perplejos. Es un caso tan extraño...
—A pesar de la ciencia, se sabe muy poco sobre el coma.
—Me pregunto si sentirá algo una persona en ese estado.
—Supongo que no. ¡Sería horrible! No me encuentro en condiciones de charlar sobre ese tema. —Se levantó—. Lo lamento. Disculpe.
—Entonces olvidemos el asunto y vayamos a cabalgar. Hay un pueblecito cercano que es precioso. Muy pintoresco. Antiguamente, pertenecía al feudo de los Namikaze.
Hinata subió en busca de un grueso chaquetón para protegerse del frío. Cuando bajó, Toneri le sonrió con dulzura.
—Es increíble, pero cuanta más ropa lleva encima, más bonita parece —bromeó.
—¿Nunca habla en serio? —rio ella.
—Procuro no hacerlo, es malo para la salud. Me va a perdonar, pero no quiero regresar sin una foto suya. Me encanta presumir ante mis amigos. Deme un minuto y regreso. No le importa, ¿verdad?
Subió a la carrera hacia el piso superior y ella caminó hacia la salida principal. El día había amanecido espléndido, aunque frío, y prometía seguir así. La vista del jardín que rodeaba el castillo era tan encantadora, que Hinata perdió la noción del tiempo hasta que Toneri apareció junto a ella, encandilado como un chiquillo y mostrando una cámara digital de última generación.
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Yamato en persona se encargó de dar instrucciones a los mozos de las cuadras para que ensillasen a dos de los mejores sementales. El de Toneri era un caballo de color mostaza y el de Hinata un pinto.
Cuando se disponía a montar, un relincho a su espalda la hizo descubrir un hermoso caballo negro zaino. Hacía mucho que no cabalgaba, pero algo la impulsó a pedir que ensillasen aquel magnífico ejemplar. Naruto habría tenido uno similar, pensó, admirando el animal. No lo imaginaba en otro tipo de montura.
—¿Va a caballo con frecuencia? —preguntó Ōtsutsuki, acomodándose sobre la silla, luego de ayudarla a montar a ella.
—Cuando tengo tiempo, que no es mucho.
—Entonces, preciosa, voy a darle una lección de equitación que no olvidará. ¡Soy un centauro!
Hinata encontró divertidas sus payasadas y, afianzando las bridas en su mano derecha, lo incitó:
—¡Le reto a una carrera! El que llegue segundo al pueblo, pierde.
Toneri hizo corcovear a su caballo hasta que el animal se colocó a la par de la joven. Se irguió ligeramente sobre la silla y susurró en voz baja, tan cerca que su agradable perfume a colonia cara la envolvió:
—Y... ¿Qué apostamos?
Ella se mordió el labio inferior, pensando, sin reparar en la mirada lujuriosa que él le lanzaba.
—¿Una cena?
Toneri se encogió de hombros.
—Estaba pensando en otra cosa... —insinuó.
Hinata rio de buena gana, suponiendo que se trataba de otra broma.
—Caballero, estoy comprometida.
No seas falsa, has roto con ese idiota de Gaara III.
—Le aseguro que voy a intentarlo todo para que olvide a su novio y acabe por aceptar la nacionalidad norteamericana. ¡Es una promesa!
Sus risas resonaron en los oídos de Naruto, que los observaba desde las almenas con gesto huraño. Apretando los dientes, con una cólera inhumana inundándole las venas, maldijo al americano y maldijo a Hinata por provocársela, por hacer que la deseara de una forma tan irracional. Sobre todo, porque ya no quería encontrar jamás aquella condenada reliquia y esperaba quedarse siempre cerca de ella.
Ōtsutsuki no había mentido: demostró ser un jinete avezado y experto, de modo que la sobrepasó y ganó la carrera con facilidad. Cuando ella llegó a las primeras casas del pueblo, él había desmontado del caballo y ya la aguardaba.
—¡Gané! —Hizo el signo de la victoria.
Hinata admitió la derrota con elegancia, aceptando su ayuda para desmontar. Toneri la tomó de la cintura y dejó que su cuerpo resbalase junto al suyo lentamente. Ella advirtió su excitación y volvió a preguntarse la causa de no sentirse atraída por un hombre como aquél.
No cabía duda de que era encantador, culto, conocedor de la vida... y de que pertenecía a su siglo. Claro que también Gaara era de su tiempo y lo había enviado al carajo por teléfono, sin tener siquiera la decencia de esperar a decirle cara a cara que su compromiso había pasado a mejor vida. «¡Todo es culpa de Naruto!», pensó, enojada.
No, bonita, la culpa es toda tuya.
Toneri la retuvo entre sus brazos más de lo que marcaba la cortesía, mirándola muy serio, y ella supo que iba a besarla. Se quedó aguardando, sin apartar su mirada y sin intención de separar su cuerpo de sus fuertes músculos. Quería probar. Debía cerciorarse de que aún conservaba un pie en la realidad.
Al sentir su boca sobre la suya, aceptó la caricia. Toneri profundizó el beso y la estrechó entre sus brazos, apresándola con ansia. Su lengua le acarició los dientes, libó sus labios... Hinata lo apartó empujando con las manos contra su pecho musculoso, tapado por el gabán. Se retiró y retrocedió, y el mohín de frustración de Toneri se lo dijo todo.
—Lo siento.
Ōtsutsuki la soltó y carraspeó. De pronto, parecía no saber qué hacer con las manos y acabó metiéndoselas en los bolsillos.
—Perdóneme —rogó—. No pude resistir el impulso. Es usted muy bonita.
—Tomemos algo. En este pueblo debe de haber una taberna típica, imagino —sugirió ella para suavizar la incomodidad del momento.
—¡Ah, querida! —Toneri volvía a ser el divertido calavera—. Acepto encantado, pero recuerde que eso no es suficiente. El ganador quiere cobrar su premio y usted me debe una cena. Voy a encargarme de reservar una mesa en el restaurante más caro, se lo juro.
Hinata aceptó, agradeciendo que Toneri se tomara su rechazo con buen humor, y echaron a andar llevando a sus caballos de las bridas.
Aturdida aún, no pudo captar la bilis que él derramaba a sus espaldas acariciando con la mirada cada una de sus curvas. No pudo adivinar tampoco sus siniestras intenciones.
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No regresaron al castillo para comer. La apuesta perdida se saldó con una comida, y Ōtsutsuki avisó del retraso a la señora Katō, disculpándose en nombre de los dos. Habían dejado las monturas en un cobertizo, en la parte de atrás de una taberna, y deambularon por el pueblo como dos buenos amigos. Ambos parecían haber olvidado el incidente.
Luego buscaron un restaurante pequeño y acogedor, decorado con motivos de caza. Los acomodaron al lado de la chimenea, y ellos degustaron un excelente puré de verduras, pescado en salazón y un sabrosísimo guiso de carne, todo ello acompañado con dos buenas jarras de cerveza helada.
Toneri demostró ser un hombre inteligente, versado en temas diversos, capaz de abstraer a cualquiera de sus preocupaciones. Hablaron de Estados Unidos, de la niñez de Hinata en Japón, de España y de Irlanda. Sobre todo de Irlanda.
—Hibernia —nombró él con ensoñación—. Nunca he entendido el motivo por el que se han cambiado los nombres que los romanos dieron a los pueblos. Hibernia resulta mucho más... mágico.
—Bueno, han pasado unos cuantos años desde que los romanos conquistaran esta isla —comentó Hinata, atacando una buena porción de pudin con pasas que estaba delicioso—. Aunque, en realidad, nunca fue conquistada del todo. Y dígame, señor Ōtsutsuki, ¿cómo van sus estudios?
—Toneri, por favor. Ya somos amigos, ¿no es cierto?
—Toneri —asintió la joven.
—¡Este pudin está soberbio! ¿Te tomarías otra ración?
—No puedo ni con un café.
—Pues yo repito, si no te importa. —El americano hizo una seña al dueño del local con el dedo, indicando el plato vacío. Luego devolvió su atención a la joven—. He encontrado bastantes datos sobre los Tuatha Dé Danann, considerados los verdaderos ancestros del pueblo irlandés. La biblioteca de Konohagakure es increíblemente rica.
» Los druidas ya estaban aquí cuando los escotos, una tribu muy primitiva, asoló lo que era provincia romana, durante el reinado del rey McNelly, hacia 428. Al parecer, san Patricio intentó convertir a los nativos al cristianismo, pero los druidas eran una raza especial. ¿Sabes que, según algunos libros, eran capaces de controlar el tiempo?
Hinata le dedicó una atención extrema.
—¿El tiempo?
—Viajar en el tiempo. Desvanecerse y materializarse en otra época. Las leyendas son increíbles, ¿no? ¿Qué pensarías si te digo que he encontrado algunos documentos que hablan sobre Kushina, la esposa de Minato Namikaze, que vivió allá por el año 1500? Era una druidesa. Tenía el don de la adivinación y era experta en sanar. He leído que Pomponio Mela, un romano, decía que las mujeres de este tipo eran conocidas como Branduith.
Hinata sintió que algo helado le bajaba por la columna vertebral. Ciertamente, las leyendas eran increíbles, pero ¿había algo más increíble que el hecho de que alguien maldito morase aún entre los muros de Konohagakure? Y si Naruto era el hijo de aquella mujer ¿Qué había de extraño en que le hubiera enseñado sus artes? ¿Podía Naruto controlar también el tiempo? Dejó volar su imaginación.
—¿Encontraste algo sobre José de Arimatea? —La pregunta se le ocurrió de repente.
—¿José de Arimatea? ¿El judío que pagó el entierro de Jesucristo? —se extrañó Toneri—. ¿Qué tiene que ver con los druidas?
—Nada, imagino. Como has nombrado a san Patricio...
—Si he de ser sincero, en algún lado oí que el de Arimatea llegó a Irlanda y murió aquí —dijo él de pasada—. Eso forma parte también de la leyenda según la cual Juan y María Magdalena huyeron después de la muerte del Mesías. ¿De verdad no quieres un poco más? —ofreció cuando le pusieron delante otro plato de postre.
—De verdad, gracias.
—Bien. Cuéntame algo de ti —pidió—. Yo ya te he expuesto mi curriculum completo. Eres un misterio para mí..., aunque tengo intenciones de averiguarlo todo.
Hinata le rio la broma y resumió, en pocas palabras, su procedencia, estudios y trabajo.
—¿Encuentras interesante observar una pintura durante horas para saber si las pinceladas se trazaron al derecho o al revés?
—Bueno, aunque lo que más me gusta es la pintura, me interesan casi todas las manifestaciones artísticas. En realidad, todo lo que tenga más de cien años. Y Konohagakure es un museo. ¿Sabes que un simple juego de candelabros del XIX puede costar en el mercado más de cincuenta mil euros?
—Eso... ¿Cuántos dólares son?
Ya se sabe que los americanos lo miden todo con su moneda, pensó ella, y la europea no iba a ser una excepción, aunque ahora estaba haciendo estragos al majestuoso dólar.
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Eran las seis de la tarde cuando regresaron al castillo y la oscuridad se cernía ya sobre ellos. Las altas almenas apenas se vislumbraban, abrazadas por una neblina persistente y húmeda que amenazaba con engullir la magnífica construcción, y a Hinata la agobió cierto temor al ver titilar entre la bruma, cada vez más espesa, las escasas luces del castillo.
—Da un poco de miedo, ¿no? —musitó Toneri, como si le hubiera adivinado el pensamiento.
Ella no contestó, pero admitió para sí que «miedo» era una palabra que se quedaba corta para definir lo que ella percibía en ese momento. Algo siniestro rodeaba Konohagakure. Algo sobrenatural, casi maligno.
Sin pretenderlo, buscó a Naruto en las alturas, pero lo único que alcanzó a divisar fue el contorno de las inmensas torres que, alzándose hacia el cielo, se difuminaban en la niebla. A pesar de la prenda de abrigo que se había puesto sintió que el frío le penetraba hasta los huesos.
Dejaron los caballos en la cuadra y dieron gracias al muchacho que los atendió. Hinata se excusó y subió a su cuarto para dejar constancia en su diario de la divertida excursión.
Al tomar la libreta, una hoja amarillenta revoloteó hasta el suelo. La recogió y frunció el ceño. Era un certificado de boda del año 1522, uno de los documentos que encontrara en el desván. Habría jurado que había devuelto todos los papeles a la deteriorada carpeta...
No eres infalible, Hinata.
Encogiéndose de hombros, volvió a guardar el acta en su lugar y luego dejó la carpeta en un cajón del armario. A continuación, anotó con rapidez sus impresiones de la cabalgada y la visita al pueblo, y se arregló un poco para la cena.
La sensación agobiante que la había embargado ante la visión del castillo en medio de la niebla la mantenían intranquila. Sin querer, miró por encima de su hombro un par de veces mientras caminaba, a solas, por las largas galerías.
Se cruzó con Shizune cerca del comedor.
—¿Qué tal? ¿Lo pasaron bien?
—Sí, gracias. El pueblo es muy pintoresco.
—Los turistas llegan cada vez en mayor número.
—La vista del valle es única. Daba la impresión de que podrían aparecer hadas y elfos en cualquier momento.
—Sí. De niña me encantaba creer que podía acabar encontrando la ciudad escondida de las hadas —sonrió la señora Katō —. Pero de eso hace ya muchos años.
—Tiene que contarme alguna de esas historias. ¿Bajó ya el señor Ōtsutsuki?
—La espera en el comedor. Parece un joven agradable.
—Lo es.
—¿Va a ayudarle usted en la cripta, señorita?
La pregunta de Shizune la dejó atónita. ¿Ayudar a Toneri en la cripta? Trató de disimular su zozobra.
—No me lo ha pedido. En realidad, aún no me ha explicado bien lo que busca.
—Parece que le interesan las figuras de los sarcófagos. Está haciendo un estudio sobre tumbas antiguas..., o algo así. —Se encogió de hombros—. Pidió permiso por teléfono al señor Jiraiya. Y le he dado una copia de la llave, como a usted.
Por alguna razón, a Hinata le desagradó la idea de que alguien husmeara entre los restos de los Namikaze.
—Entiendo. Bueno, yo de sarcófagos no sé nada, pero si me lo pide intentaré echarle una mano, aunque mi trabajo va algo retrasado y hoy he perdido todo el día.
—No creo que corra mucha prisa, dado el estado del señor —oyó decir al ama de llaves mientras se alejaba.
Siguió los pasos cortos y rápidos de Shizune mientras se le formaba un nudo en el estómago. ¡La cripta! Toneri había dicho que solamente le interesaban las leyendas de los druidas. Pero había bajado a la cripta cuando ella estaba allí, dándole un susto de muerte, por cierto.
«Un tesoro», había respondido él en broma a su pregunta de qué hacía allí. Y ahora le decía a Shizune que quería estudiar las sepulturas. Realmente, ¿Qué era lo que Toneri Ōtsutsuki buscaba en Konohagakure?
Continua
