Hasta la Eternidad:
15: El Silencio
Revisó los documentos una y otra vez, pero ninguno era otra cosa que lo que aparentaba: papeles sobre rentas, actas de matrimonio, documentos de venta y alquiler... Y los poemas. Releyó dos veces el que escribiera Naruto y otras tantas el de su padre. El primero, desesperado; el segundo repleto de dulzura.
Al repasar detenidamente el segundo, la incertidumbre volvió a asaltarla. Parecía una simple oda a una mujer y, sin embargo... Era tan simple, que ella intuía que había algo oculto tras aquellas líneas.
Lo que en un primer momento le pareció un canto de amor iba tomando otra forma. Algo le decía que el padre de Naruto, el hombre que gobernara aquellas tierras en otra época, podría haber hecho un trabajo mejor. No tenía razones que apoyaran aquella suposición, pero a cada segundo que pasaba la idea cobraba más fuerza.
Leyó el poema otra vez más, pero no acababa de ver lo que buscaba tan afanosamente.
Malhumorada consigo misma, acabó por dejar aquel amarillento y desgastado pergamino en la vieja carpeta, desesperada ante su incapacidad. Le habría encantado descubrir un mensaje oculto entre aquellas frases, una pauta.
¡No podía creer que Minato Namikaze hubiera maldecido a su primogénito para la eternidad sin dejarle una condenada pista! En todos los relatos de misterio y en las novelas policíacas, las había.
Por otra parte, había transcurrido casi un mes desde su llegada y poco a poco comenzaba a sentir que formaba parte de Konohagakure.
Hacía días que Naruto no aparecía, aun cuando ella lo instaba a materializarse cada noche, en el retiro de su habitación. Su ausencia le resultaba cada vez más insoportable, y la añoranza se le agudizaba cuando la oscuridad envolvía el castillo en su manto de terciopelo negro.
Sin embargo, ella no regresó al desván. Los momentos vividos allí, junto al fantasma, la excitaban y le dolían. Reiteradamente pensaba que todo había sido fruto de su imaginación, que el Conde Errante, el zorro, nunca se le había aparecido y que ahora, una vez curada de su locura, su mente se negaba a volver a experimentar la visión. Había dado con la entrada del pasadizo secreto por propia intuición.
Probablemente Naruto jamás le mostró las pinturas de su hermano Lian, ella simplemente había visto la firma al pie de los óleos. Jamás habían hablado, ni discutido, ni intercambiado opiniones. ¡Jamás habían hecho el amor! Pero... ¿y la cocina? Allí él aferró su carne, la tocó. ¿O tampoco?
Eran cerca de las cuatro de la madrugada, y Hinata seguía dando vueltas en la cama, sin poder dormirse, presa de una súbita ansia de saber qué carajos era lo que estaba haciendo en Konohagakure, aparte de permitir que su mente se deshiciera en papilla. En algunos momentos, dudaba incluso de dónde se encontraba, si en la realidad o en la fantasía. Y ¿por qué estaba obsesionada con la maldición? ¿Qué quería descubrir tras ella?
—¿Insomnio?
Hinata respingó y se incorporó de golpe en la cama, como una autómata. La voz procedía del rincón más oscuro de la habitación, aquella parte apenas iluminada por la tibia luz de la luna, que pugnaba por asomar entre las gruesas nubes. Era como si la voz llegara directamente del infierno.
—¿Naruto?
—¿Es que acostumbras a recibir otras visitas masculinas a estas horas de la noche? —preguntó él con ironía, materializándose a los pies de la cama y provocándole un nuevo sobresalto.
El sarcasmo molestó a Hinata.
—¿Qué haces aquí? Casi me había convencido de que eras fruto de mi fantasía.
—No creo que nuestros... interludios puedan achacarse únicamente a la ofuscación, acushla. ¿Tienes un minuto para dedicarme? Ya que no puedes dormir...
—¿Es que tú nunca duermes?
La sonrisa de Naruto le formó aquellos hoyuelos divinos en las mejillas, y a ella le subió la adrenalina y la asaltó la necesidad de echársele encima y comérselo a besos. Indudablemente, debía de estar como una demente. Le iba a costar una fortuna ingresar en una clínica psiquiátrica y ponerse en tratamiento para que la recuperaran. Como era de esperar, el espectro no contestó a su estúpida pregunta.
—Encontré unos bocetos en el desván que me gustaría que vieras —le informó.
—¿Bocetos? ¿De qué? —preguntó Hinata con fingido desinterés, pero incapaz de disimular cierto apremio.
—Sepulturas.
Ella abrió los ojos como platos. ¿Naruto pretendía que ella se levantara a las... —encendió la lamparilla y miró el reloj de pulsera que había dejado sobre la mesita— cuatro y media de la madrugada, para ver bocetos de sepulturas? Comenzó a dudar sobre quién era realmente el loco. Apagó la luz, se tumbó de nuevo y se tapó con las mantas.
—Buenas noches, milord.
Naruto quedó sumido en la oscuridad, pero no se apartó ni un centímetro de los pies de su cama. De su cama. Ya no eran los mismos colchones ni las mismas sábanas, claro está, pero seguía siendo su lecho, aquel en el que dormía y se revolcaba con alguna que otra dama cuando vivía.
Curiosamente, la imagen de todas aquellas mujeres, incluida la que él tomó por esposa y le dio un heredero, se borraron de su mente ante la visión turbadora del cuerpo de Hinata bajo las mantas.
El deseo de enviar todo al infierno y meterse con ella en aquella cama le produjo un dolor casi físico. Suspiró en silencio y retrocedió hasta el rincón en el que se había materializado, obligándose a desechar de su espíritu la avidez por poseerla, dispuesto a evaporarse.
Antes de desaparecer del todo, una pregunta de Hinata lo hizo regresar al mundo de los vivos.
—¿Tienes poder sobre el tiempo, Naruto?
El conde parpadeó, confuso. ¿Sobre el tiempo? ¿Quién podía tener poder sobre el tiempo?
—Explícate —pidió con voz neutra.
Ella volvió a encender la luz para verlo bien. Sin preocuparse de cubrirse, dejó que los cobertores resbalasen cuando se incorporó, y Naruto pudo apreciar una camisa de dormir tan liviana que hubo de desviar la mirada.
¡Aquellas malditas prendas que vestía Hinata lo llevaban al límite de su resistencia! Cuanto más se materializaba más débil se sentía, y no podía remediar hacerse visible cuando se encontraba cerca de la mujer. Por eso... y por la rabia contenida que albergaba su alma por haberla visto con el americano, había estado ausente una semana entera.
—Toneri ha descubierto un escrito en la biblioteca que dice que algunos druidas tenían poder para controlar el tiempo. Para viajar en el tiempo —precisó sin necesidad.
Naruto apretó los dientes con tanta fuerza que ella los oyó rechinar. ¡El maldito Ōtsutsuki!
—Yo no soy druida.
—Pero tu madre lo era, ¿no es cierto? Era una druidesa.
—¿Quién lo dice? —inquirió él, poniéndose rígido.
—Ton...
—¡Toneri otra vez! —explotó el fantasma, acercándose con dos zancadas largas y gatunas al pie del lecho—. Querida, ¡empiezo a estar hasta las narices de ese jodido Toneri!
Hinata no pudo evitar notar una punzada de felicidad al oírlo bramar. Su fantasma, su maravilloso y deseable fantasma, seguía celoso como un becerro.
—No entiendo qué tienes contra él.
—Que está a tu lado, que puede hablarte cuando le viene en gana, tocarte cuando quiere, pasear contigo sin esconderse, sin la presión de que los demás puedan verlo. Reír contigo. Él es humano. Yo, por el contrario, debo aparecer cuando estás a solas, so pena de provocar la histeria colectiva.
Ella no pudo por menos de echarse a reír. Antes de darse cuenta, Naruto había rodeado la cama, se había acercado a ella, tomándola entre sus brazos, y la estaba besando, de esa forma que la transportaba. Su cuerpo reaccionó como yesca a la que acercan una llama, prendiéndose de inmediato.
Sucedía otra vez. ¡Dios, volvía a tenerlo como si fuera de carne y hueso! El beso fue tan intenso, tan salvaje, tan abrumadoramente profundo, que cuando la soltó ella tenía los labios hinchados. Se llevó la mano a la boca para palpárselos.
Naruto estaba al otro lado del cuarto. No se había movido de allí.
—Eres un machista. Y en esta época, tesoro, eso no está bien visto.
—Da la casualidad, acushla, de que no soy, afortunadamente, de esta podrida época —replicó él, consumido por el deseo insatisfecho, el hambre apremiante.
Ella le devolvió la mirada sin temor, retándolo, de tú a tú, de igual a igual. Si aquel engendro del diablo pensaba que iba a atemorizarla con su furia, iba listo. Ella era una Hyūga, como solía decir su padre siempre una Hyūga podía ser más terca que una mula.
Eso es, más que una mula parda.
—¿No querías mostrarme unos bocetos? —dijo, retirando el edredón, y a punto estuvo de provocarle un colapso, si tal cosa hubiera sido posible, cuando el camisoncito resbaló a lo largo de sus piernas y él pudo ver aquella perfección por duplicado así como el parche de unas braguitas de color blanco que lo dejaron sin respiración.
—¿Qué?
—Los bocetos. Has hablado de bocetos de sarcófagos.
Naruto cerró los ojos mientras ella se desprendía del camisón y buscaba algo que ponerse. Debajo de la prenda no llevaba más que aquellas diminutas braguitas que solía usar y que él podría romper con un solo dedo.
Se obligó a relajarse y a pensar en cualquier cosa mientras ella se vestía con un pantalón vaquero y un jersey amplio, con escote de barco, que dejaba un encantador y pálido hombro al descubierto.
—Quinientos años de maldición no han acabado conmigo, pero juro por Dios que, si me ofreces muchas visiones como ésta, estaré acabado —suspiró Naruto.
—¿Decías?
—¡Nada! Vamos, si quieres ver esos dibujos. No tenemos toda la noche.
—Yo pensaba que tú sí la tenías —bromeó ella.
Guardó silencio y se mordió los labios porque Naruto presentaba ahora unos ojos soberbios, azules y furiosos. Vaya, aquella noche no parecía muy inclinado a bromear. Hinata se encogió de hombros y lo siguió.
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El castillo estaba sumido en un silencio opresivo en tanto ellos avanzaban en su recorrido secreto hasta el desván. A fuerza de subir por aquel largo túnel, a Hinata ya se le antojaba familiar.
No bien cerró la trampilla, Naruto se fue directo a una arqueta, de donde extrajo unos rollos de papel grueso y descolorido. Los extendió sobre un tablón carcomido que usó a modo de mesa y retrocedió un par de pasos. Hinata se acercó y echó una ojeada.
En efecto, parecían bocetos de sepulturas. Los estudió con detenimiento, durante un buen rato, sin ver más que un dibujo inacabado de líneas toscas que figuraba un féretro con ornamentos de animales y plantas en su base. Se trataba de esquemas de estatuas que representaban al difunto yaciente y anotaciones a cada lado de las medidas, escritas con una letra burda.
Uno en especial destacaba del resto. La estatua de la madre de Naruto, la quinta condesa de Namikaze. En el dibujo, de largos trazos, la imagen de aquella mujer había sido tratada con esmero. Ya se adivinaba que la escultura sería de gran belleza, como así lo había comprobado Hinata en la cripta.
Pero fue un pequeño boceto el que más le llamó la atención. Reproducía una pequeña cabina. Miró a Naruto sin entender.
—¿Qué es esto?
—Dímelo tú. ¿Qué crees que es?
—Parece un hueco. Un... escondrijo.
—Indudablemente.
—¿Dónde?
—No tengo ni la más remota idea. Los descubrí hace tres días. He inspeccionado la cripta de arriba abajo, repasando todos los sarcófagos de mis antepasados de uno en uno, incluso de mis descendientes. Nada. No he mirado dentro de los féretros, por descontado.
A Hinata la estremeció un escalofrío al imaginarse a Naruto colándose en el interior de una de las sepulturas. ¿De qué otro modo podía un fantasma ver el interior de un sarcófago?
—Bueno, es un boceto. Quizá lo esbozaron y luego lo ignoraron —aventuró, poco convencida—. ¿Podrías mover las lápidas?
Naruto se pasó la mano por los largos cabellos, que ahora le caían sobre los hombros, rubios relucientes. No contestó.
—Esperaba que esto pudiera darnos una pista para... —Guardó silencio.
—Para encontrar la reliquia. —A ella la adrenalina le subió como la espuma ante el reto que suponía, por fin, localizar la dichosa sandalia—. ¿Seguro que miraste bien? ¿No habrás pasado algo por alto?
—Puedes jurarlo.
Hinata suspiró y se sentó en el suelo, donde se acomodó con la espalda contra el arcón y las piernas estiradas. La sola idea de ponerse a buscar la reliquia la despejó del todo. Era un desafío, pero en realidad no tenían idea de por dónde empezar.
—No puedo creer que en quinientos años no hayas sido capaz de encontrar esa jodida zapatilla.
—Eso suena a blasfemia, acushla.
—Mira, no me fastidies, ¿ok? Después de conocerte, de aceptarte como lo que eres, un fantasma, sigo dudando de las enseñanzas de la Iglesia católica. En realidad, de cualquier creencia religiosa. Comprenderás que no entienda qué tiene de especial una sandalia, aunque hubiera calzado el pie del mismísimo Jesucristo.
—¡Era el hijo de Dios!
—Eso está por ver —repuso, escéptica.
Naruto se quedó en blanco.
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Mientras ellos discutían sobre la base de la fe del cristianismo, en otro extremo del castillo una figura se movía sigilosamente en dirección a la capilla. En absoluto silencio, la sombra empujó las puertas, entró y cerró a sus espaldas.
Con pasos seguros atravesó el pasillo central, se quedó durante un instante parado frente al pequeño y espartano altar y luego se dirigió hacia la cripta. Abrió la puerta, encendió la linterna que llevaba en la mano derecha y comenzó a descender los escalones. Al llegar abajo, barrió toda la estancia con el haz de su linterna.
Había al menos veinte sarcófagos, y la figura avanzó entre ellos como si conociera el lugar. Junto a la sepultura de Kushina de Namikaze, iluminó la bella cabeza esculpida de la mujer, y sus ojos claros se detuvieron en el rostro hermoso del frío mármol durante unos segundos. Luego prosiguió hacia la pared del fondo.
La primera tumba no era de piedra y databa del año 1200. Debido al paso de los siglos y a la calidad de la madera, ésta se había deteriorado de tal modo que apenas se percibían los restos de algunas líneas de hojas en su base.
La figura apoyó la linterna sobre la tumba situada a su derecha de tal manera que el haz de luz incidiera sobre la sepultura más antigua. No le costó demasiado mover la plancha superior, que llevaba esculpida, también en madera, la imagen del difunto, un caballero con una larga túnica, que sujetaba en sus manos un espadón a modo de cruz sobre el pecho.
Sus facciones, carcomidas por el tiempo, parecieron contraerse cuando la tapa del sepulcro se desplazó a un lado. Muy poco. Lo suficiente para permitir al intruso meter el brazo y extraer un paquete de medianas proporciones que depositó en el suelo.
Al desenvolverlo, la amarillenta luz de la linterna se topó con esmeraldas y rubíes. Las piedras preciosas despidieron un brillo que se atomizó en la negrura.
Y Toneri Ōtsutsuki se ufanó en la oscuridad. Si no encontraba lo que estaba buscando, al menos no se iría de allí con las manos vacías. La Daga Roja del Herrero y la Daga Verde de Niamb. Valían una fortuna, pero estaba dispuesto a renunciar a ellas a cambio del verdadero tesoro de Konohagakure.
Continua
