Hasta la Eternidad:
16: Dos supuestos
Ajenos por completo a las andanzas del americano, Naruto y Hinata estaban inmersos en su universo particular. La soledad del desván los aislaba y protegía del resto del mundo.
En un momento dado, ella le pidió que le hablara de su familia. Naruto se relajó y, sentado junto a ella en el suelo, con la vista perdida en las estrellas que parpadeaban tras las altas ventanas de saetera, comenzó a narrar capítulos de su vida que ya creía olvidados en el tiempo.
Relató las travesuras a las que él, y siempre él, arrastraba a Lian cuando ambos no levantaban un palmo del suelo. Habló sobre el nacimiento de Shannon, a quien todos adoraron desde el instante mismo en que su carita asomó en la cuna; sobre el modo en que le enseñaron a aquella diablilla todo cuanto llegó a saber; sobre su risa, su inteligencia y su vivo genio.
Y describió la inmejorable relación que siempre mantuvo con su padre, hasta aquella funesta noche en que lo desterró de su corazón, maldiciéndolo. Y habló también de Kushina Namikaze. Hinata le observaba en silencio mientras él derramaba en su relato el amor hacia aquella mujer que le diera la vida.
—¿Se amaban tus padres?
La sonrisa de Naruto fue como un fogonazo en la oscuridad. ¡Qué atractivo era! Como un muchacho revoltoso maquinando cualquier travesura. Su gesto, casi siempre adusto, se suavizaba cuando reía, haciéndolo parecer más joven.
—Si el amor moviera montañas, mi padre habría traído hasta Irlanda el Kilimanjaro para ella.
—¡Qué hermoso! Leí su poema. —El cambió de postura, interrogándola con un repliegue de sus cejas—. Sí. Un poema que tu padre escribió para tu madre.
—Jamás me enteré de que tuviera esas aficiones. ¿Cómo sabes que es de mi padre?
—Está firmado. El 22 de diciembre de 1535.
El cuerpo de Naruto se tensó. Se puso de pie con celeridad y se alejó hasta una de las ventanas, siguiendo su costumbre. Destellos lunares penetraban por el estrecho resquicio sobre el muro, lo que permitió a Hinata entrever sus mandíbulas fuertemente contraídas. Lamentó haber sacado el tema a colación, porque Naruto volvía a refugiarse en su silencio, alejándose de ella, sin querer hacerla partícipe del azote que martirizaba su corazón.
Aquella fecha —pensó él—. ¡Aquella maldita fecha!
—Es curioso. Tres días antes de Navidad. —Pero nada dijo de la masacre que había presenciado aquel día, hacía casi quinientos años—. ¡Odio esas fechas!
—A mí tampoco me gustan. Me entristecen.
—¿Por qué?
—¡Oh! Es una tontería.
—Me encantan tus tonterías, acushla.
—Tenía un perro. Un perro pequeño y precioso. Su pelo era de color caramelo, y yo lo quería muchísimo. —Hinata se sinceró—. Yo tenía doce años. Mi abuela me lo había regalado dos años atrás, dos días antes de morir. Yo quería a ese perro más que a nada en el mundo porque ella me lo había legado.
—¿Querías mucho a tu abuela?
—La adoraba. Teníamos una relación muy especial. A pesar de la diferencia de edad, era mi amiga y mi confidente. Han pasado muchos años, y algunas noches todavía despierto recordándola confesó.
»—. Enrique murió el día de Navidad. Lo atropello un indeseable que iba borracho al volante. —¿Por qué le estaba contando aquel episodio de su vida? Ni siquiera sus padres estaban al tanto de su animadversión por las fechas navideñas, y en cambio se estaba sincerando con un fantasma.
—¿Enrique?
—El perrito.
—¿Le pusiste a un perro el nombre de un rey de Inglaterra? —se alarmó él—. ¡Cristo crucificado! En mi época te habrían quemado en la hoguera.
—Yo deseaba ponerle Hiashi, pero mi padre se negó en redondo. Es su nombre.
Él se rio a gusto y luego, más relajado, recuperó el tema.
—De modo que el viejo escribía poemas...
—Eso es. Compara a tu madre con las estrellas. Dice que es su vida.
—Lo era, ciertamente. —Su voz rezumaba amargura.
—Naruto... ¿Qué fue exactamente lo que pasó aquella noche?
A Hinata le pareció que, al oír la pregunta, él se materializaba más. El fantasma se tomó su tiempo antes de contestar.
—Había una mujer —dijo, recostando el hombro contra el muro—. Siempre hay una mujer en la vida de un hombre, ¿no es cierto? Se llamaba Gwendy de Barston y era hermosa, muy hermosa. —No se percató de la punzada de celos que sus palabras provocaron en Hinata.
»—. Me encapriché de ella de un modo absoluto y ella supo retenerme en su cama lo suficiente para que yo no regresara a tiempo a Konohagakure con mis hombres y para que Indra de Hibern, enemigo declarado de mi familia desde hacía décadas, atacara el castillo y diera muerte a todos cuantos habitaban en él. Mi hermano, mi hermana, mi padre, los criados... Los pasó a todos a cuchillo. —Hablaba cada vez más bajo—. Había tanta sangre que... —Entonces enmudeció.
Hinata se levantó, se acercó a él y posó la mano sobre el brazo de aquel guerrero de otra época. Los músculos de Naruto se evaporaron entre sus dedos y, una vez más, ella fue víctima de la frustración. Lo que más deseaba era poder ayudarlo en su agonía, pero consolarlo seguía siendo imposible.
—Si te resulta doloroso, no sigas.
Él acarició el rostro de la muchacha con sus ojos y luego los posó en su boca.
—Han pasado casi quinientos años, pero aún me hace daño, acushla.
—No debí preguntar.
—No. No es tu culpa. Tienes derecho a saber. —Inspiró profundamente y se perdió en sus recuerdos, como si los captara en la lejanía y vomitara los acontecimientos de aquella infausta noche—. Cuando llegamos, mi padre agonizaba. La herida en el estómago lo había estado torturando, pero aún tuvo fuerzas para hablar. Me culpó de la masacre por no haber estado aquí. Y me maldijo.
—Pero él te amaba.
—Me amaba, sí. Pero también amaba a mis hermanos y a su servidumbre. Era un hombre que amaba al mundo entero, a pesar de su apariencia hosca y casi siempre terrible. «Vagarás por entre estos muros hasta que el firmamento alumbre la reliquia y alguien ofrezca su vida por ti.» Y así ha sido hasta ahora, Hinata.
—Hasta que el firmamento alumbre la reliquia —repitió ella—. ¿Qué quiso decir?
—Hace cinco siglos que me lo pregunto. Indra de Hibern ansiaba la reliquia que custodiaba mi familia desde hacía cientos de años. La leyenda aseguraba que esa reliquia, la sandalia del hijo de Dios, otorgaba el poder y el amor a quien la custodiaba. Ese perro la quería. Tanto la codiciaba que mató a toda mi familia con tal de conseguirla. ¡Y Gwendy, esa zorra, lo ayudó!
—¡Tu amante! —musitó ella, con repulsa.
—Y la de De Hibern. Sí, no le importó compartirla conmigo con tal de lograr sus fines. Ambos estaban confabulados para que ella me atrajera a su cama y yo desatendiera las órdenes de mi padre aquella noche, dejándole el campo libre a fin de que pudiera cometer su felonía.
Era tal el desprecio con que escupía las palabras, que Hinata sintió que se lo trasmitía.
—¿Y qué fue de ella?
—La maté. Sin piedad.
—¿La asesinaste? —Se estremeció.
—No, acushla. La juzgué, la sentencié y llevé a cabo su ejecución. Y después, acabé con Indra de Hibern, poco a poco, con mis propias manos. Lo estrangulé.
—Pero tú no tenías derecho a...
—¡Todo el derecho del mundo! Yo era el señor de Konohagakure. Señor de todo este maldito condado. Señor de hombres y animales, de las tierras y hasta del mar que bañaba mis costas. ¡Yo era la Ley! —estalló.
Hinata solamente pudo asentir.
—Era otra época, princesa —continuó Naruto, algo más calmado—. En mi mundo, el señor impartía justicia y yo sólo hice lo que mi rango y mi sangre demandaban. Ejecuté a los causantes de aquella matanza.
» De todos modos, te juro que los habría matado igual, aunque hubiese nacido labrador. Su codicia acabó con mi familia y muchos otros inocentes y obligó a mi padre a presenciarlo. Eso lo indispuso contra mí y lo llevó a lanzarme una maldición que nunca debió salir de sus labios moribundos. Me condenó a ser un fantasma por los siglos...
—Algo intuí al leer el poema que escribiste.
Naruto volvió a ponerse rígido.
—¿También encontraste ése?
—El poema es muy hermoso, aunque un poco...
—Destructivo. Fue el primero y único que escribí.
—Hubo un poeta español llamado Espronceda. Escribió: «Me agrada un cementerio, de muertos bien relleno...» —recitó—. Y él no llevaba, como tú, doscientos años buscando el camino hacia el descanso eterno.
Él profirió una risotada que la perturbó. Una risa malévola que brotaba de sus ojos traslúcidos, para nada mortales, que venían del otro lado de la muerte.
—Seguramente ese hombre estaría tan harto del mundo como lo estaba yo, porque, a fin de cuentas, ¿tiene algo de hermoso?
Se quedó pasmada por el desprecio que destilaban sus palabras.
—¿Hermoso? ¡Por descontado que el mundo es hermoso!
Naruto la tomó por los hombros, cara a cara, con las comisuras de los labios ligeramente estiradas por la mordacidad.
—¿De veras? Dame un ejemplo y yo te lo rebatiré con otro.
Hinata pensó por un momento.
—Se ha erradicado la viruela. En tus tiempos, la gente moría de esa enfermedad. ¡Y de la peste!
—Y ahora hay cáncer. Y sida.
—El hombre ha llegado a la Luna.
—Y desconoce lo que hay en los fondos marinos.
—Se han construido hermosas ciudades.
—Y se está acabando con los bosques.
—Europa se ha unido y se combate la miseria...
—¡Ya! Y millones de seres humanos mueren de hambre cada año mientras unos pocos tienen como principal problema el sobrepeso —atacó Naruto, sin piedad.
Hinata se separó bruscamente de él. No encontraba argumentos suficientes para seguir en aquella guerra dialéctica, así que recurrió al reproche más fácil.
—¡Dios! ¡No puedo creer que esté discutiendo todo esto con un fantasma!
Naruto echó la cabeza hacia atrás y se rio de su genio, de su malhumor. Se le acercó hasta casi tocarla y ella notó su aliento en el cuello cuando él susurró:
—Eres hermosa cuando te encabritas, acushla. Y yo... ¡Cristo, lo que yo daría por tenerte! Te necesito... Necesito olvidar aquellos días, la muerte, la sangre y la maldición. Te necesito muy cerca, aunque sea con el pensamiento. Además... —jugó con su vena más libertina—, me encanta el lunar que tienes bajo el pecho derecho.
Hinata, a su pesar, dejó que la fuerza de él, su mente, que siempre la dominaba, la arrastrara hasta el suelo... Sería fabuloso si alguna vez Naruto y ella se encontraran en una cama, como cualquier pareja normal, unidos sus cuerpos sudorosos en la batalla amorosa, sintiéndose en carne y hueso y no sólo en la imaginación. Pero daba la casualidad de que no eran una pareja normal y Naruto no era sino un aparecido. Hinata se mordió los labios para reprimir un sollozo.
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Noviembre dio paso a diciembre, y la Navidad ya estaba en puertas.
Ino había llamado para preguntar si se verían durante las fiestas y para luego contarle que se había dado un golpe con el coche, nada de importancia. Y una vez más le insistió en que regresara a tiempo porque tenían preparada una fiesta estupenda para su cumpleaños, porque además irónicamente en diciembre era su cumpleaños, un mes que no quería del todo, pero Hinata desestimó la oferta y envió besos por el móvil a su decepcionada amiga.
En Konohagakure se organizaban ya las celebraciones, y Shizune estaba inmersa en los preparativos para que todo resultara perfecto, a pesar de las noticias sobre el estado del conde, que seguían manteniendo a todos preocupados.
La llamada de Jiraiya, aquella misma tarde, les hizo saber que el enfermo parecía estar debilitándose y continuaba sin despertar. El último parte médico no variaba en nada respecto a los anteriores, salvo porque el paciente había sufrido un ligero paro cardíaco del que consiguieron salvarlo.
Jiraiya había comenzado a realizar gestiones para localizar a los pocos parientes que el lord tenía en Australia y que sin duda acogerían con agrado la herencia de su abultada fortuna.
Estaban adornando todas las dependencias de la servidumbre. Montañas de espumillón verde y rojo sacados del sótano empezaban a colgar de los altos techos y se enroscaban en las columnas. Shizune había encargado a dos de los muchachos que adquiriesen para el castillo un abeto no muy grande, que se colocó en el comedor pequeño con más espumillón y lazos de terciopelo rojo.
—En este salón era costumbre reunir al personal para cenar, brindar por la dicha de seguir vivos y cantar algún que otro villancico —explicó.
—Como una gran familia.
—Exacto. Lord Namikaze no ha pasado aquí ninguna Navidad —dijo Shizune, colocando el último lazo rojo en una de las ramas del abeto, subida a una escalera que Hinata sujetaba—, pero en vida del difunto conde estas fechas eran entrañables, señorita. —Alargó la mano para tomar la estrella que Hinata le tendía—. Mañana llega mi nieto. Ya le hablé de él, ¿recuerda usted?
—Claro, y estoy deseando conocerle.
Shizune colgó con cuidado la estrella, la miró por unos segundos y luego, suspirando, bajó de la escalera. Hinata la ayudó a hacerlo. La señora Katō no quiso ni oír hablar de que la joven la reemplazara en esa tarea. Ella había adornado el abeto navideño desde que llegara a Konohagakure y seguiría haciéndolo hasta que sus cansadas piernas no se lo permitieran. Retrocedió un poco y contempló su obra con detenimiento.
—¿No le parece que tiene demasiados lazos, señorita?
—Ha quedado precioso —alabó Hinata—. ¿Me acompaña a tomar una taza de café?
—Mejor un té para mí.
Pasaron por las cocinas, Shizune preparó el servicio para las dos y luego se dirigieron hacia el gabinete donde Hinata solía trabajar, aunque en los últimos días casi había abandonado sus obligaciones. Había retrasado el trabajo más de la cuenta.
En circunstancias normales, ya debería haber finalizado hacía días y enviado un informe por correo electrónico a su jefe, de modo que pudiera presentar la minuta. La empresa facturaba en función de la tasación, o del valor de venta en caso de subastas, y ella se llevaba un cinco por ciento. No podía quejarse. Además, tenía lo suficiente ahorrado como para tomarse un largo descanso. Y eso era lo que pensaba hacer.
Reconocía haberse demorado adrede, pero después de aquella misma mañana, luego de la segunda llamada de Shino Aburame, un poco nervioso por el retraso, no pudo ni quiso dilatar más su estancia allí y le aseguró que había terminado.
Envió el correo electrónico con una lista detallada y comunicó, al mismo tiempo, que se tomaba unas vacaciones indefinidas. Eso dio lugar a la tercera llamada de Aburame en aquella semana.
—Entiendo que quieras un descanso, Hinata —había dicho Shino al otro lado de la línea—, pero esperaba tu concurso en una subasta dentro de unos días, en nuestra sucursal de Viena. Regresaremos antes de las fiestas. Hay un pájaro con dos Rembrandt. ¿Te imaginas?
—¿Qué?
—¡Dos Rembrandt de la primera etapa! —se extasió él—. Van a pujar una fortuna por cada cuadro. Ni siquiera se conocía su existencia. ¡Son auténticos! El tipo los ha encontrado en un desván.
Hinata sintió que el corazón le daba un vuelco. En un desván... Últimamente parecían perseguirla los hallazgos en desvanes y áticos, pensó.
—Te oigo mal.
—¡Estoy esquiando en Chamonix! ¿Me escuchas?
—A medias.
—¡Chamonix! —gritó Shino—. Hemos tenido una tormenta de mil diablos que ha inutilizado una antena y hay poca cobertura. ¿Me oyes, Hinata?
—Te oigo, Shino, te oigo.
—Bien. ¿Qué me dices de lo de Viena, entonces?
Hinata dudó solamente por un segundo. Viena era una ciudad que la embrujaba, y habría dado un pico por volver a ella, por pasar las fiestas de Navidad allí. Sus padres se encontraban en ese momento al otro lado del mundo, en un crucero, gozando del sol y las playas del Caribe, como siempre en esas fechas durante los últimos cinco años.
—Lo lamento, Shino, de verdad —contestó—. Necesito un descanso. Irlanda es una maravilla en esta época.
—¡No me jodas! Debe de hacer un frío del carajo.
—¿Y en Viena no? —rio ella—. Échale una ojeada a lo que te he enviado y ya hablaremos a la vuelta.
—Contaba contigo, diablos —protestó de nuevo su jefe, pero estaba claro que se daba por vencido.
—Te veré en Madrid.
—Vale. Pásalo bien, embaucadora.
Hinata se quedó un largo minuto mirando el aparatito como una estúpida, preguntándose si hacía bien. Luego se encogió de hombros, guardó el móvil y se olvidó de una vez por todas de Shino, de la empresa y del resto del mundo. Por suerte, Gaara no había vuelto a molestarla luego de su última y alterada conversación. Ella tenía algo que hacer.
Un trabajo más importante que todas las subastas y todos los Rembrandt posibles.
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Al entrar en la habitación, Shizune reparó en la gastada carpeta que descansaba sobre el escritorio. La acarició con cuidado, como si temiera que fuera a deshacérsele bajo las manos.
—¿Dónde la encontró, señorita?
—En el desván.
—¿Dónde aparecieron las pinturas de Lian Namikaze?
—Hinata asintió mientras tomaba asiento y hacía espacio para el servicio—. Hay algo que no he querido preguntarle hasta ahora, señorita Hyūga.
Hinata le prestó toda su atención. En ese momento, el ordenador portátil emitió una musiquilla, y ella lo miró por un segundo. Había recibido un mensaje de correo electrónico. Suponiendo que era de su jefe, se disculpó.
—Será sólo un momento, señora Katō. —Sin siquiera sentarse pulsó una tecla. Para su sorpresa, no era de Aburame sino de Gaara. Lo marcó para borrarlo sin abrir.
¡Oye, piensa antes de pulsar «supr»!
«No tengo nada que pensar, se lo dejé muy claro», pensó ella.
Ábrelo. Puede ser importante.
«Malditas las ganas que tengo —volvió a hablarse a sí misma—. Seguramente insistirá en la boda.»
¡Ábrelo, hombre, y sal de dudas!
Enviando a su machacona conciencia al infierno picó dos veces sobre el mensaje.
El texto era escueto:
Lo he pensado. Creo que tienes razón. No hay reproches. He comunicado la noticia a mis padres. Y enviado un telegrama a los tuyos. Espero que quedemos como amigos. Besos.
Gaara.
Hinata leyó el mensaje dos veces. Gaara había enviado un telegrama a sus padres, según decía. ¿Y qué demonios era lo que ella acababa de recibir, sino otro? Desde luego, era una ruptura de lo más insípida.
«Lo he pensado. Stop. No hay reproches. Stop. Besos. Stop. Gaara.» ¡Por todos los infiernos, qué menos que una larga carta explicativa, un intento de reconciliación, una súplica...!
No. Era mejor así. Gaara y ella ya no eran dos adolescentes, tenían muy claro lo que querían, y ella no deseaba aquel compromiso. Al parecer, él lo había aceptado con estoicismo. Mejor para todos. Hinata hizo clic en «Opciones» y lo borró definitivamente. No pensaba contestar.
Se sentó, bajó la tapa del portátil y centró su atención en Shizune.
—Disculpe. Nada importante. ¿Me decía?
—Que tengo una pregunta que hacerle, señorita.
—¿Y es...?
Shizune, antes de hablar, dudó por unos instantes.
—Dígame, ¿por dónde sube al desván? —Antes de que la joven respondiera, continuó—: Sé que hay una puerta al final de la galería donde se encontraban, hace siglos, lo que eran las habitaciones de los niños, pero, por favor, no me diga que sube por esa escalera.
La joven dudó.
—Lleva cerrada años —prosiguió Shizune—. Una muchacha del servicio se cayó por ella mientras limpiaba al hundirse un escalón podrido, y mandaron clausurarla. Nadie ha vuelto a utilizarla salvo yo, muy de tarde en tarde, cuando subo a limpiar.
» Hace ya más de dos años que no lo hago. Mis huesos empiezan a protestar, y la escalera es peligrosa. Y usted tampoco ha podido hacerlo, lo he comprobado. A no ser que... haya utilizado una de sus horquillas para forzar la cerradura, como hizo en la cripta.
Hinata se sonrojó. Shizune llevaba mucho tiempo en aquel castillo, se las sabía todas. ¡Había visto a Naruto, por amor de Dios! Poco se le escapaba, así que a la joven le pareció estúpido ocultarlo. Ni lo intentó.
—Por un pasadizo desde la galería donde cuelga su cuadro.
Shizune asintió en silencio. Las distrajo momentáneamente una muchacha que pidió permiso y entró. Depositó una bandeja de pastelillos sobre la mesa y salió en el más absoluto de los silencios. Hinata sirvió una taza de té para Shizune y otra de café para sí. Los pastelillos de limón parecían deliciosos, pero ella tenía el estómago contraído y el apetito se le evaporó. No obstante, encendió un Camel.
—Él le enseñó el pasadizo, ¿verdad? —inquirió Shizune después de tomar su taza y acomodarse.
Hinata suspiró antes de responder.
—Lo hizo, sí.
El ama de llaves se contrajo ligeramente. Durante un momento se quedó absorta, soplando el té, como si se hubiera agotado el tema. Pero no...
—Ha estado viéndolo con frecuencia, ¿no es cierto?
—Sí.
—¿Cómo de frecuentemente?
—Lo bastante para que me mostrara los tesoros del desván y para conversar unas veces y discutir otras sobre el mundo, el pasado y el actual, sus adelantos y sus geniales idioteces.
Shizune se sorprendió, sus ojos como platos.
—¡Habla con milord!
Hinata dio una larga calada al cigarrillo.
—De modo que milord.
—¿Acaso no lo es? —se defendió el ama de llaves—. La muerte no conlleva la pérdida del título.
—Usted lo aprecia.
—¡Qué tontería!
—Lo aprecia. Siente gran respeto por el fantasma de Naruto.
—No el tipo de respeto a que creo que se refiere —aseveró Shizune—. Le juro que hago la señal de la cruz cada vez que pienso en él. Su presencia en el castillo burla todas las leyes de la naturaleza.
—Creo que eso lo dije yo cuando usted me habló de él. ¿Recuerdo mal o fue usted misma la que argumentó algo así como... «hay cosas, querida, que ni siquiera los científicos pueden explicar»?
Shizune pareció encogerse desde su cabello, pulcramente recogido en un rodete en la nuca, hasta las puntas de sus zapatos de grueso tacón, lustrosos bajo la luz de los halógenos.
—Amo Konohagakure —dijo—, y no quiero que se convierta en un castillo maldito. Está bien que tenga una leyenda, que la gente hable sobre la presencia en sus almenas de un fantasma... Eso contribuye a que las visitas sean numerosas y, gracias a ellas el conde no lo pone en venta.
» Odia este castillo desde que era un niño y solamente ha estado en él por exigencias del testamento de su padre, quien amaba cada piedra. Pero Konohagakure le da cierto prestigio, y eso es algo que al conde le encanta. A pesar de todo, es un hombre orgulloso de su linaje, al menos en lo que al poder se refiere.
» Mientras Konohagakure siga teniendo su leyenda, todos los que trabajamos aquí seguiremos recibiendo nuestra paga. —Hizo una pausa durante la que se sirvió un pastelillo y lo mordisqueó sin apetito—. Pero entiéndame bien, señorita. Si todo el mundo comienza a ver al Conde Errante, como usted y yo lo hemos visto, esto se llenará de científicos, de estudiosos de la parapsicología, de buscadores de fantasmas con sus máquinas y sus instrumentos.
» A nadie le interesa que este castillo se convierta en un circo. Es nuestro hogar. —Inspiró hondo y continuó con decisión—: Así que creo que lo mejor para todos sería que el sexto conde de Namikaze desapareciera definitivamente.
Hinata apagó su cigarro malhumorada.
—Eso es, exactamente, de lo que se trata, señora Katō. De que Naruto desaparezca de Konohagakure. No porque el castillo pueda llegar a convertirse en una feria, sino porque creo que aquello que anhelan las almas es descansar por fin. Morir realmente y... —Se le quebró la voz y Shizune la observó por unos segundos con fijeza.
—Se ha enamorado de él —aseguró en un susurro.
Hinata boqueó, como si le faltara el aire, pero lo que salió de su garganta fue lo más parecido a un sollozo.
—Por Dios... —Se cubrió las mejillas con las manos.
La señora Katō estaba a su lado al segundo siguiente. Su brazo le rodeó los hombros, y Hinata se abandonó a las lágrimas.
—¡Virgen de los Cielos! Debe marcharse de aquí, criatura. ¡Ponga tierra por medio!
—¡No!
—¿No lo entiende? —Le acarició el cabello como si fuera una niña—. Esto ha llegado demasiado lejos. Cuando me dijo que había visto a Naruto, casi me sentí feliz, por no ser la única persona que había estado cara a cara con él. Feliz, al saber que no estaba realmente loca. Pero esto... ¡Tiene que alejarse de Konohagakure!
Hinata se deshizo de su abrazo y puso distancia entre ambas.
—Me he propuesto encontrar esa jodida reliquia. —Shizune se persignó ante la blasfemia—. Encontrarla para que Naruto pueda descansar al fin en... en... ¡donde demonios descansen los espectros!
Shizune sintió lástima y negó con la cabeza.
—Creo que usted olvida que el fin de la maldición se basa en dos supuestos. «Cuando el firmamento alumbre la reliquia... y alguien ofrezca su vida por ti» —repitió las fúnebres palabras de Minato Namikaze—. Dígame, querida... ¿está dispuesta a dar su vida por un fantasma?
Continua
