Hasta la Eternidad:


17: La Clave


Udon Ise era alto, con cabello castaño, y cubierto de pecas hasta las orejas. Tenía gafas, la nariz un poco respingona, los labios abultados y un hoyuelo encantador en la barbilla. Un niño grande. No parecía tener más de veintidós o veintitrés años. El apretón con que acogió la mano tendida de Hinata fue caluroso y sincero. A ella le cayó bien de inmediato.

—¡Jesús! —exclamó el joven—. Abuela, creo que acabo de enamorarme.

Hinata le dedicó una sonrisa que Udon le devolvió.

—Me temo que tendrá que ponerse a la cola, caballero —se oyó decir a Toneri tras el recién llegado—. El primero que se ha enamorado de la señorita Hyūga he sido yo. Toneri Ōtsutsuki. —Alargó la mano para estrechar la que le ofrecía el joven.

—El señor Ōtsutsuki es americano y está realizando un estudio sobre los druidas —le informó Shizune—. Y me temo que ninguno de los dos tiene posibilidades. Por lo que sé, la señorita ya está comprometida.

—¡Oh, vaya! —se lamentó Udon con una mueca compungida.

—Yo me he propuesto que enviude antes de la boda —bromeó Ōtsutsuki—. Podríamos ser dos los que asesinemos y luego... ¡que gane el mejor!

La carcajada de Udon fue sonora.

—¡Trato hecho! Y le advierto, señor americano, que soy muy persuasivo cuando quiero algo —continuó la broma el joven, guiñando un ojo a Hinata—. Deben perdonarme —se agachó y levantó el maletón del suelo como si no pesara—, pero necesito una ducha y una cama, por ese riguroso orden.

—¿No vas a comer nada?

—Excuso eso, seanmhair. —Le besó el cabello—. Estoy agotado. Llevo cuarenta y ocho horas sin dormir. Un trabajo de última hora antes de venir. Les veré en la cena. ¿Me acompañas, abuela?

Shizune se disculpó y se fue tras su nieto. A Hinata la enterneció verlos juntos. La señora Katō apenas le llegaba hasta la mitad del pecho a aquel hombretón agradable y dicharachero, y se veía a la legua que él la adoraba.

—¿Hace un paseo antes de la comida? —la invitó Toneri.

Hinata apenas le prestó atención. Volvió a decirse que era guapísimo, aunque había algo en él que la intranquilizaba un poco.

Se preguntó, nuevamente, qué era lo que Ōtsutsuki buscaba en la cripta.

—Uno corto —aceptó—. He de terminar un informe urgente —mintió.

Toneri la tomó del brazo.

—Milady —dijo con su socarronería habitual—, prometo no robarle más de media hora.

.

.

20 de diciembre de 2004. Castillo de Konohagakure.

«He vuelto a revisar el desván, pero mi búsqueda ha sido infructuosa. No he podido encontrar nada que nos ayude a descifrar el enigma. A veces creo que nunca lo conseguiremos, que Naruto habrá de permanecer maldito por los siglos venideros.»

Cerró el diario de golpe y lo lanzó sobre la cama, donde tenía desparramados documentos y bocetos. Les echó un vistazo de reojo: los mismos trazos, anotaciones, alguna que otra indicación sobre la forma de la sepultura y los dibujos que debían adornar la parte baja de los sarcófagos. Letra de rasgos firmes, seguros, toscos.

Sintió un vahído repentino. Alargó la mano y tomó uno de los bocetos, fijándose obsesivamente en las notas. Luego rebuscó hasta dar con el poema de Minato Namikaze. No estaba muy segura, pero habría jurado que era la misma letra. ¿Minato Namikaze había realizado aquellos bocetos? ¿Por qué? ¿Es que no había artistas en el siglo XVI que se dedicaran a ese trabajo?

Llevando consigo ambos pergaminos, salió a toda prisa vestida como estaba, con bata y zapatillas, y bajó las escaleras de dos en dos, jugándose el físico, porque las zapatillas se le escapaban de los pies.

Atravesó el patio de las columnas y enfiló el pasillo al que daban las dependencias de la servidumbre. Cuando llegó a las cocinas, algún reloj dio las once. Una muchacha estaba trabajando todavía, pasando un paño por un estante.

—¿Dónde está la señora Katō?

—Se retiró a descansar, señorita.

—¿Puede indicarme su cuarto? Es importante.

La chica vio que Hinata apretaba unos pergaminos contra su pecho y parecía nerviosa. El ama de llaves era muy estricta en lo que se refería a su descanso, por lo que la muchacha se mostró reacia a facilitar la información.

—¡Por favor! —rogó Hinata.

La otra cedió, encogiéndose de hombros.

—Por el pasillo de la derecha. Es la última puerta. Pero no le diga que yo se lo indiqué.

Hinata dio las gracias y se alejó a escape. Al pararse frente a la puerta, el corazón le golpeteaba en el pecho dolorosamente. Durante un momento, dudó en llamar. Posiblemente no significaba nada que la letra del poema y de los bocetos fuera la misma. Y si lo era, ¿adónde la llevaba eso? ¿A que Minato Namikaze tenía aficiones artísticas, aunque un poco macabras? No. Ella intuía que había una conexión.

Shizune acabó de atar la redecilla con la que se protegía el cabello para dormir antes de atender la puerta. Cuando abrió, sus ojos se dilataron por la sorpresa.

—¿Ocurre algo, señorita?

—Necesito su ayuda, señora Katō —habló la joven atropelladamente—. Tengo que saber si la letra de estos bocetos y la de este poema son de la misma persona. Siento molestarla, Shizune. Seguramente es una tontería, pero he de averiguarlo. ¿No me comentó que Udon trabajaba para la policía?

—En efecto. Es calígrafo, pero... Ya entiendo. ¿Cree haber encontrado algo?

—No lo sé.

—Averigüémoslo —dijo, tirando de ella.

La habitación que ocupaba Udon estaba a escasos metros. Shizune llamó tres veces y luego empujó la puerta sin ninguna ceremonia, colándose dentro con Hinata a la zaga.

—¿Qué diablos...? —protestó Udon cuando la luz lo golpeó en la cara—. ¡Abuela! ¡Señorita Hyūga!

—Levanta de la cama —ordenó el ama de llaves—. Tienes trabajo.

—¿Tiene que ser ahora? ¡Por todos los santos, abuela! ¡Estoy desnudo!

—Pues ponte algo encima —se impuso Shizune, y ambas le dieron la espalda a Udon.

Escucharon al joven despotricar y el rechinar del somier cuando se incorporó. Un momento después, Udon avisó:

—Bien. Estoy visible. —Sólo llevaba un simple batín y se estaba calzando unas zapatillas—. Espero que sea importante, seanmhair.

Shizune no necesitó pedirle a Hinata que le pasara los pergaminos. Acto seguido, se los tendió a su nieto.

—Necesitamos saber si la letra de ambos papeles es de la misma persona.

Udon echó un primer vistazo. Se acercó hasta la pequeña mesilla de noche, encendió la lamparilla y extendió los pergaminos debajo.

—Yo diría que es posible.

—¿Posible o seguro? —lo acució Shizune.

—Tendría que estudiarlos más detenidamente, abuela.

—¡Pues hazlo ya!

No había excusa posible. Era una orden. Udon observó a ambas mujeres expectantes, la señorita Hyūga un poco más nerviosa. Se encogió de hombros, se olvidó del mullido colchón, seguro ya de que su abuela no iba a dejarle pegar ojo hasta que le diera una respuesta.

Abrió el armario, sacó un maletín y extrajo de él una lupa. Volvió a examinar ambos documentos a la luz de la lamparilla. Hizo algunas anotaciones y se mantuvo en silencio durante un buen rato. Al final, se puso de pie, asintió y devolvió los pergaminos a Hinata.

—Sin duda. Los escribió la misma persona, aunque en éste los trazos se efectuaron con cierta premura, sin acabar de cerrar las oes ni alargar las...

—Ahórrate la clase teórica, Udon —lo cortó Shizune—. ¿Significa eso algo para usted, señorita?

Hinata, de repente, sentía un frío intenso. Sabía que estaba cerca de algo, pero ¿de qué?

—No lo sé, Shizune. Significará siempre y cuando el quinto conde de Namikaze no tuviera afición al dibujo.

Shizune no entendió nada.

—¿Por qué son tan importantes esos papeles? —quiso saber Udon, bostezando y rascándose la cabeza, convirtiendo su cabello en una maraña castaña que le confería un aspecto muy gracioso.

—Tampoco lo sé —contestó Hinata—. Son solamente unos dibujos de tumbas y un poema. Y tengo la sensación de que es un aviso.

—¿Un poema? —se extrañó Shizune—. ¿Un poema de Minato Namikaze?

—Sí.

—Vaya. Por lo que yo sé de la familia, el único al que le gustaban las artes era el hijo menor, Lian. Usted misma lo pudo comprobar al ver sus óleos. El poema ¿qué dice?

Hinata enrolló los pergaminos con cuidado.

—Está dedicado a su esposa. A Kushina. —Lo recitó de memoria—. Fechado el 22 de diciembre del año del Señor 1535.

—¿Ha dicho el 22 de diciembre?

—Eso es.

—Pues falta poco para el aniversario de ese poema —intervino Udon, bostezando de nuevo.

La señora Katō guardó silencio por un momento y luego, sin dirigirse a nadie en particular, se preguntó en voz alta:

—¿Por qué escribiría un poema a su esposa el mismo día de la masacre?

Hinata parpadeó varias veces seguidas.

—¿Qué ha dicho?

—Que, si yo no estoy confundida, el día 22, hace 469 años, se perpetró el asesinato de lord Namikaze y su familia. Justo dos años después de la muerte de la condesa.

—¿Está segura de la fecha?

—Creo que sí. Vamos a la biblioteca, señorita —dijo, tomándola del brazo—. Hagamos la comprobación.

—Abuela...

—¡Acuéstate, Udon! Esto podemos hacerlo nosotras solas.

.

.

El libro estaba tan desgastado que el dibujo de la cubierta apenas resultaba visible. Era un libro grande, de pergaminos desiguales, encuadernado en piel basta y toscamente cosido a mano. Sus hojas estaban amarillentas y sobadas por el toqueteo de muchas manos.

Se trataba del libro en que los Namikaze habían ido registrando, generación tras generación, la fecha de los nacimientos y las defunciones de la familia y de los sirvientes, incluidos los arrendatarios de las tierras circundantes, desde el año 1134. Hinata lo trató con veneración. Tenía en sus manos una verdadera joya.

—Aquí están las fechas de la familia del quinto conde —señaló, después de pasar varias hojas con cuidado—. Kushina de Namikaze, nacida el 10 de julio de 1488. Fallecida el 22 de diciembre de 1533. Minato Namikaze, nacido el 25 de enero de 1478. Muerto el 22 de diciembre de 1535.

» Lian... Shannon..., muertos en la misma fecha. Naruto Namikaze, nacido el 10 de octubre de 1508. Muerto el... —Al llegar a la fecha del fallecimiento de Naruto, Hinata tuvo la sensación de que el suelo se hundía bajo sus pies.

Allí constaba el día de su muerte, en tinta negra. Los trazos eran más suaves, como si los hubiese escrito una mujer, seguramente su esposa. Hinata parpadeó para evitar que las lágrimas cayesen sobre el pergamino. Muerto el 5 de marzo del 1540, a los 31 años.

Cerró el libro y se dejó caer en uno de los sillones de la biblioteca. Se masajeó las sienes, que habían comenzado a palpitarle dolorosamente. Shizune devolvió el libro a su lugar y después se sentó en el brazo del sillón para acariciarle el cabello.

—¿Por qué lord Minato escribió un poema para su esposa el mismo día en que les dieron muerte? —volvió a preguntarse Hinata—. Tiene que querer decir algo. Lo presiento.

—No imagino qué. Mi especialidad no son los misterios.

—Konohagakure fue asaltado de noche. Ahora resulta que el mismo día, el conde le escribió un poema a su fallecida esposa —seguía pensando en voz alta—. ¿Cuándo escribió el poema? ¿Antes del ataque? ¿Mientras los atacaban?

Shizune se pellizcó el caballete de la nariz.

—Tiene algo que ver, ¿no es cierto? Usted imagina que ese poema tiene algo que ver con todo este secreto, con la desaparición de la reliquia y la maldición.

—Estoy segura, Shizune, pero no acabo de ver la conexión. Creo firmemente que Minato nos dejó una pista y sólo tenemos que encontrarla.

.

.

Poco después, cuando los relojes daban la medianoche, Hinata acompañó a Shizune a su habitación y ascendió, cansinamente, hasta la suya propia. Era absurdo que pasaran ambas la noche en vela. Le dolía la cabeza de pensar en aquel endiablado acertijo para el que no encontraba solución.

Recostada en los almohadones, con la vista perdida en los altos techos y los pergaminos abrazados aún contra su cuerpo, repasó una y otra vez los dos únicos datos de que disponía para resolver el enigma. Ya no iba a poder conciliar el sueño. Konohagakure fue atacado un 22 de diciembre. Minato escribió un poema un 22 de diciembre.

Y la condenada reliquia desapareció justo un 22 de diciembre. En todo esto debía de haber una ilación. Los hechos no habían sido fortuitos, estaba convencida, pero ¿Qué quiso decir el conde al escribir el poema? ¿Lo escribió en un momento de añoranza por su esposa puesto que era el segundo aniversario de su muerte?

¿Lo escribió durante el asalto al castillo para dejar una señal? ¿Escondió él mismo la reliquia? ¿La robaron? ¿Significaban algo aquellos dibujos de sarcófagos? ¿Acaso la sandalia de Jesús de Nazaret estaba escondida en una de las sepulturas?

—Si existe una relación entre los bocetos y el poema, eres la única que puede conseguir descifrarla, acushla.

La voz de Naruto, cansada y desalentada, la hizo volver al presente, sobresaltada. ¡Mierda! ¡Nunca se acostumbraría a sus repentinas apariciones! Lo buscó entre las sombras hasta distinguir, junto a uno de los ventanales, su alta y espléndida figura. Tenía un hombro apoyado en el muro, y los poderosos brazos cruzados sobre el pecho.

El cabello, suelto a la espalda, daba la impresión de mecerse por la brisa..., aunque no había brisa alguna. Bajo la abierta y amplia camisa blanca, que destacaba en la penumbra como un faro, podían apreciarse sus tensos músculos y su piel morena. Todo en él era increíble. Era un ejemplar soberbio. Un fantasma arrogante y orgulloso que, sin embargo, clamaba por su ayuda.

Hinata sintió una compasión profunda por él. Lo amaba. Lo amaba como jamás había amado a un ser humano, y la atormentaba no ser capaz de prestarle lo que demandaba.

Dejó los pergaminos sobre la cama y se levantó. Fuera, la noche lucía desapacible y fría, aunque despejada. A lo lejos, se divisaban las siluetas de los bosques. Y la escarcha blanquecina.

Los troncos de la chimenea se habían apagado ya hacía rato, pero Hinata no tenía frío. Una vez más, cuando Naruto se encontraba cerca, aquel suave calor que emanaba de su cuerpo, casi etéreo ahora, la envolvía y reconfortaba. Se le acercó a pasos lentos.

Naruto se ladeó un poco para mirarla, y ella se quedó sin respiración ante sus ojos. Dos zafiros, brillantes, inhumanas, gritando al mundo, en silencio, en señal de una agonía que la hería como un cuchillo. Intuyó que él había perdido la esperanza, aunque ella sabía que estaban muy cerca de descifrar el misterio.

Habría querido estrecharle, darle fuerzas, confortarlo en su angustia, pero ella tenía una opresión en el pecho que le impedía respirar y sabía que si lo intentaba sólo tocaría el aire...

Estaban tan cerca... y tan tejos a la vez, que Hinata quería blasfemar hasta quedarse afónica.

Se situó delante del fantasma y miró al exterior. Las copas de los árboles apenas se mecían y hasta a las alturas parecía llegar el lamento de Konohagakure. Se dejó llevar por la ensoñación al contacto de algo cálido que rodeaba su cuerpo. Naruto la abrazaba, y ella se dejó caer contra su pecho granítico, anhelando su protección, su fuerza de guerrero. Lo amaba con locura.

Naruto aspiró el perfume que despedía su cabello. No podía abrazarla como deseaba, pero su mente le regalaba la quimera de tenerla entre sus brazos. Se mordió los labios cuando Hinata se echó ligeramente hacia atrás, como si realmente se apoyara en él.

—¡Dios! —suplicó contra su pelo—. Sería tan hermoso...

Permanecieron así, abrazados en la imaginación, durante mucho tiempo. La noche los arropaba como a dos amantes a los que el sueño sólo adormece, saboreando cada instante como si fuera el último. El silencio era su capa. La oscuridad, el cobijo que los transformaba en dos apariciones.

Hinata se dejó mecer por los brazos de Naruto. Podía sentirlo. Era consciente de sus músculos, gruesos y duros como sogas. Se preguntó qué pasaría si ella muriera en aquel instante. ¿Se quedaría para siempre en Konohagakure, vagando por las almenas, como él desde hacía 469 años? ¿Podrían estar realmente juntos entonces?

Desde la muerte de su abuela, Hinata huía de cualquier término que significara el final físico, y sin embargo, en ese instante, con la respiración de Naruto junto a su cuello, deseó morir. Era un pensamiento demente, totalmente absurdo e ilógico, pero allí y entonces quería convencerse de que estaba loca, de que había traspasado la barrera de la razón. Nada le importaba ya salvo poder tenerlo. Si para ello debía abandonar el mundo de los vivos y adentrarse en el de los muertos, estaba dispuesta.

—¿Tanta importancia tiene si mi padre escribió ese poema la misma noche en que atacaron Konohagakure?

La pregunta de Naruto la hizo regresar de súbito a la dolorosa realidad. Se volvió ligeramente para contemplar aquel rostro viril, atezado, adusto y terriblemente atractivo.

—Creo que es la clave —aventuró, bajito.

—Me dejó una pista, ¿verdad?

—Eso es.

—Demasiado tortuosa para la estúpida mente de un hombre del siglo XVI.

—Demasiado tortuosa para la estúpida mente de una mujer del siglo XXI.

Fuera, todo parecía estático. Vieron que empezaban a caer pequeños copos de nieve, como diminutas perlas de algodón que descendían lentamente hasta el suelo y se posaban sobre las copas de los árboles. Maravillada por el repentino cambio meteorológico, Hinata permaneció en éxtasis ante el blanco con que la nevada estaba pintándolo todo.

—Nieve para la Navidad —musitó Naruto a sus espaldas.

—Es preciosa.

—Lo es. He visto muchas nevadas, pero sigo asombrándome cuando veo los copos caer. Es como si los difuntos llorasen.

Hinata sintió un escalofrío al escucharlo.

—A mí me parece un regalo del cielo.

—Eso decía mi madre. —¿Le había besado el cabello?—. Disfrutaba en la nieve como una niña y solíamos jugar a batallas de bolas. Decía que la nieve era el anuncio del alumbramiento del Mesías.

Hinata asintió y se recostó otro poco contra él recordando que, también ella, cuando era una mocosa, se divertía revolcándose en la nieve con... Abrió los ojos de repente, de par en par. Sus circuitos neuronales se pusieron alerta. Giró en redondo para mirar a Naruto frente a frente.

—Repite lo que has dicho.

—¿Qué cosa?

—Repite lo que decía tu madre, Naruto.

—No sé qué quieres...

—La nieve era el anuncio del alumbramiento del Mesías. ¡Eso has dicho! ¡Lo has dicho!

Corrió hacia la cama, con el cabello flotando a su espalda como una capa oscura en la penumbra. Naruto la siguió, sin entender aquel repentino cambio, su ansiedad y su nerviosismo. Hinata encendió la luz y desplegó los pergaminos.

—¡Eso es! —gritó, mirándolo, sonriendo de oreja a oreja—. ¡Eso es, joder! ¡Lo hemos tenido todo el tiempo delante de nuestras narices, Naruto!

—¿Qué demonios hemos tenido delante?

—¡La clave! Mira. —Él se inclinó sobre el lecho para echar un vistazo a los bocetos—. Mira estos dibujos. Estas flores.

—Bien, los veo. Diseños florales para adornar una sepultura.

—No cualquier sepultura, Naruto. No cualquier sepultura.

Riendo como quien ha perdido el juicio, Hinata giró con los brazos en alto, dando varias vueltas sobre sí misma, y se dejó caer boca arriba sobre la cama. ¡Tenía la solución del enigma en su mano! ¡Tenía la clave para salvar a Naruto!

Cuando su histérico ataque de risa remitió, Hinata miró al fantasma. El sexto conde de Namikaze la observaba a su vez, intrigado, sin comprender su hilaridad ni sus gritos. Ella se sentó sobre sus talones y alargó la mano para acariciar el pecho masculino, que se evaporó entre sus dedos.

Su euforia por haber dado al fin con la clave del misterio desapareció como por encantamiento. Se dio cuenta de que estaba a punto de poner fin a tantos años de expiación... ¡A punto de perderlo!

Las lágrimas acudieron de repente a sus ojos y ella se puso en pie de un salto, para ahuyentarlas.

—Tenemos que hacer una visita —apremió, ahogando un sollozo.

Naruto se irguió en toda su estatura. Acababa de comprenderlo todo. Sus ojos también se nublaron. Los de Hinata, llorosos, le decían que les quedaba poco tiempo. Sintió una mezcla de alivio y desesperación en el pecho. El misterio empezaba a aclararse, y eso significaba que él estaba a punto de viajar, definitivamente, al Otro Lado.


Continua