Hasta la Eternidad:
18: Descanso Eterno
Eran como dos barcos varados ante la tumba.
Quinientos años de sufrimiento y desesperanza estaban a punto de evaporarse. Sólo tenían que alargar la mano, y el misterio acabaría.
Sin embargo, los dos parecían remisos a violar el sepulcro. Los dos candelabros de la capilla que Hinata había bajado hasta la cripta les procuraban la suficiente luz para admirar la figura de inmaculada belleza de Kushina de Namikaze. Las sombras danzaban en torno a ellos, como sabuesos negros.
—Tenemos que abrirla.
—Me cuesta ser yo mismo quien profane la tumba de mi madre.
Los ojos de Naruto se habían tornado más oscuros y brillantes, y Hinata supo que su adorado fantasma estaba tan próximo a llorar como un humano. Se le encogió el corazón. Habría deseado hallar la solución al enigma ella sola, sin tener que hacerlo pasar por aquel trance, pero ya no había remedio. Además, él tenía todo el derecho del mundo a estar allí. Más derecho que nadie.
Ella intentó mover la lápida, pero su esfuerzo fue en vano, así que pidió ayuda a Naruto con un mohín en los labios.
—No voy a poder hacerlo yo sola.
—Eso me temo. Es una losa muy pesada.
—Y no podemos pedir ayuda a nadie. Pensarían que estoy como una cabra si le digo a alguien que baje aquí a abrir un sarcófago.
Naruto inspiró hondamente y cerró los puños con fuerza.
—Retorcido hasta el final —murmuró, refiriéndose a su padre.
Hinata estudió la sepultura con detenimiento. Era tan hermosa que le sabía mal tener que violarla.
Su mente, lúcida como siempre, comenzó a trabajar con rapidez, como los engranajes de un reloj.
—No puede ser.
—¿Qué no puede ser?
—La lápida debió de ser colocada por varios hombres. Al peso de la losa hay que añadir el de la estatua. Es imposible que tu padre pudiese moverla él solo.
—Pediría ayuda.
—No. —Comenzó a pasearse entre los sepulcros, con las manos cruzadas a la espalda—. No. —repitió al cabo de un momento—. Escondió la reliquia cuando estaban atacando Konohagakure, ahora estoy segura. Fue un acto desesperado, Naruto. Piensa. ¡Piensa, condenado seas! —le espetó—. Supongo que un fantasma puede pensar, ¿no?
A pesar de la tensión y del lugar, ella seguía maquinando. Aquella mujercita era única, estaba hecha de una pasta distinta de la del resto de los mortales. La gran mayoría de la gente habría optado por marcharse del castillo a las primeras de cambio. Ella, no.
Hinata no sólo se había quedado en Konohagakure, sino que había aceptado convivir con un espectro y lanzarse a desenmarañar el cenagoso misterio que lo mantenía merodeando entre sus muros. Ahora estaba allí, en compañía de un aparecido, rodeada de las sepulturas de sus antepasados, tratando de atinar con la solución que él había tenido a su alcance durante tantos años sin siquiera sospecharlo.
Allí, tan cerca. Sólo había que pensar. Naruto deseó no haber nacido en el siglo XVI sino en la época actual. Hinata estaba hecha para él. ¡Dios la había creado para ser su compañera! Por desgracia, el Creador se había adelantado quinientos años.
Hinata se colocó otra vez más frente a la escultura de Kushina.
—«Eres mi firmamento...» —recitó, repasando los rasgos de su cara.
Naruto sintió un vahído y continuó:
—«Cuando el firmamento alumbre la reliquia...»
—¡Eso es! Esa cavidad dibujada en los bocetos. ¡Tiene que ser eso!
Antes de que ella acabara de hablar, Naruto ya estaba levantando la mano hacia el broche de piedra que descansaba entre los senos de la estatua. Sus dedos se fundieron con la piedra, traspasándola. El fantasma, conmovido, suspiró.
—Al fin, la clave.
Hinata no se lo pensó dos veces. Se encaramó sobre la lápida y de pie, con cuidado, pisó las líneas cinceladas de las flores de piedra. Estiró el brazo y tocó también el broche, y en el acto la invadió la sensación de que la mano de él se acoplaba a la suya con un sello invisible. Los dos estaban juntos en aquella aventura de locos.
Unidos sus dedos, ella apreció el señorial perfil de Naruto, cuyos ojos perforaban las cuencas vacías de los de su madre, con los dientes apretados, el cuerpo tenso como la cuerda de un arco, más visible que nunca. Ella apretó el broche de piedra con fuerza y esperó, pero no pasó nada. Y entonces, le habló a Kushina:
—Ayúdanos. —Fue como un rezo—. Ayúdalo, por favor.
A Hinata la sacudió un estremecimiento cuando la luz de uno de los candelabros titiló y las sombras de la cripta danzaron, produciendo el efecto de que la estatua de Kushina les sonreía. Hizo girar el broche y oyeron un ruido sordo, de piedra moviéndose sobre piedra.
Saltó al suelo y se apartó un par de pasos, absorta y expectante, con un nudo en la boca del estómago. ¡La estatua se estaba abriendo lentamente! ¡Los pliegues del vestido que caían desde el escote hasta cubrir los pies de la figura se estaban desplazando hacia un lado!
—Dios... —gimió Hinata, temiendo no poder soportar la tensión.
Los brazos de Naruto la rodearon, consiguiendo que su calor prevaleciese sobre el frío intenso que se había apoderado de ella. La humedad de la cripta desapareció, el miedo pasó a ser solamente un mal recuerdo. Hinata abrió los ojos como platos cuando la piedra acabó de desplazarse y, en el vientre de la estatua, apareció una caja.
Como una autómata, se aproximó a la sepultura y la extrajo. Lanzó una exclamación admirativa ante la hermosura del cofre. Madera de sándalo con tiras de oro e incrustaciones de piedras preciosas. Sin duda, una caja para la custodia de una reliquia sagrada.
Antes de abrirla se la ofreció a Naruto. El la contemplaba a su vez fijamente, pero no mostraba signos de alegría. Parecía no importarle haber encontrado al fin lo que había estado buscando durante casi quinientos años. Su rostro era una máscara de dolor, y ella supo lo que estaba pensando. Era el final de una larga lucha, pero también era el final para ellos.
Mordiéndose los labios para ahogar un sollozo, centró su atención en el cofre y lo abrió con cuidado. Parpadeó ante la rica tela que contenía y sacó el paquete. Sus manos se echaron a temblar. No era creyente y el tema de las reliquias le había parecido siempre una superchería, un asidero de la fe, una respuesta a la incógnita sobre lo que había más allá de la muerte.
Ella siempre había tenido los pies en la tierra, pero ahora, abrazando entre sus manos la que pudo haber sido ciertamente una de las sandalias de Jesús, temblaba como una hoja. Millones de creyentes de todo el mundo peregrinarían en un arrobamiento místico que la propia Iglesia de Roma bendeciría.
Tontamente, se preguntó si era digna de tocar siquiera aquella sandalia. Sobrecogida, le afluyeron las lágrimas a los ojos, imparables. Se refugió en la presencia de Naruto, con un nudo en la garganta por el esfuerzo de reprimir el llanto.
—Hazlo conmigo —pidió.
Naruto se inclinó a su lado, y entre ambos, con los dedos de ella pasando a través de los del fantasma, retiraron la rica tela. Era lo que ella esperaba. Una sandalia vieja, amarillenta pardusca, desgastada, de cáñamo burdamente cosido y deshilachada. Hinata contempló aquel objeto de hacía dos mil años y sintió el repentino impulso de arrodillarse ante él y pedir perdón, no sabía por qué.
—¡Vaya, vaya, vaya! —Como un latigazo, desde la entrada de la cripta, aquella aparición rompió el hechizo.
Toneri estaba en mitad de la escalera, con el hombro izquierdo contra la pared, en una pose indolente. Les apuntaba con una pistola que empuñaba con la mano derecha.
—¡Ōtsutsuki!
—De modo que, al final, la listilla de la señorita Hyūga halló la reliquia. Ha tenido usted una colaboradora estupenda, lord Namikaze.
Hinata no acababa de comprender la actitud del americano. El repentino temor al verlo allí, apuntándole con un arma, se disipó. ¿Lord Namikaze? Torció la cabeza para mirar a Naruto.
El fantasma estaba tras ella, con la mano derecha sobre su hombro, y parecía tan real como Ōtsutsuki, con sus ojos brillantes y azules como zafiros fijos en Toneri, mostrando una indiferencia de hielo. «¡Ōtsutsuki lo está viendo!», pensó Hinata, asombrada y regocijada al mismo tiempo. La cólera hacía tan visible a Naruto que Ōtsutsuki lo confundía con el conde. Hinata tomó aire, prestó su atención al americano y preguntó:
—¿Qué buscas aquí?
La risotada de Toneri resonó amplificada entre las sepulturas.
—¿Acaso no está claro, encanto? —El aire cordial que solía adoptar se esfumó, dando paso a una mueca de odio—. ¡Quiero esa maldita reliquia! ¡Y la quiero ahora!
—No te pertenece.
—¡Por supuesto que sí! Envuelve la sandalia en el lienzo, métela en el cofre y déjala sobre la tumba. Luego, apartaos.
Hinata hizo lo que él le ordenaba. Sus pensamientos giraban como una peonza buscando una salida. No se había vuelto medio loca desentrañando el misterio para permitir que ahora aquel cabrón se llevara la sandalia del Mesías. ¡Cómo la había engañado, el muy hijo de puta!
—Realmente no importaría, acushla —dijo Naruto, a su lado—. Yo debía encontrar la reliquia, pero la maldición nada decía de conservarla. —Ella lo miró desconcertada y vio en sus labios una sonrisa diabólica—. De todos modos, no voy a permitir que se la lleve. Pertenece a Konohagakure. Siempre ha pertenecido a mi familia. Y aquí se quedará. Tampoco yo he dedicado casi quinientos años a buscarla para dejarla marchar ahora.
Ōtsutsuki se mostraba muy seguro.
—¡Ésa es otra! Debo reconocer que tienes una mente privilegiada para la fantasía, señorita Hyūga. Y, por lo que veo, lord Namikaze te secunda. Cuando descubrí tu diario creí que estabas loca. ¡Un fantasma! —Otra risotada y bajó dos peldaños. Hizo un gesto con la mano armada y esperó a que retrocedieran para acercarse al cofre. Lo tomó bajo el brazo—. ¿Estás escribiendo el borrador de una novela de misterio?
—¿Hurgaste entre mis cosas, mal nacido?
—Veo que no te has enterado de nada. Registré el condenado castillo desde las almenas hasta los sótanos, cielo. Tus papeles estaban muy a la vista, muñeca. Debo admitir que por un momento me quedé perplejo, cuando leí sobre la aparición.
» Bonita historia para niños —sonrió—. Puede que hasta tenga éxito cuando la publiquen. Francamente, hasta creí que lo de su accidente era cierto, lord Namikaze, y que estaba moribundo de verdad en una clínica.
Naruto acogió irónicamente el halago.
—Esto no es una fantasía, Ōtsutsuki —replicó Hinata, con una confianza ciega que recorría cada fibra de su cuerpo—. Naruto es un fantasma. En realidad, es el fantasma del sexto conde Namikaze. Y el actual conde, en efecto, está en coma, lo creas o no.
—Claro, claro. Por eso yo puedo verlo. Por eso voy a meterle una bala en el cuerpo. Puedo asegurarte que será realmente un fantasma antes de que yo salga de esta cripta.
—Dudo que tenga la oportunidad —sonrió Naruto—. Déjeme decirle que es usted el que no entiende un carajo. He estado al tanto de todas sus idas y venidas, de sus pesquisas, si quiere llamarlas así. Es usted un simple ladrón, pero reconozco que en algo me ha sorprendido: ha tenido agallas para bajar aquí.
—El diario de Hinata es muy explícito. Sabía que estaba a punto de descubrir lo que yo perseguía, de modo que solamente he tenido que estar pendiente de sus pasos. ¿Agallas para bajar aquí, dice? ¿Por qué no habría de tenerlas? No temo a los muertos.
Naruto hizo chascar la lengua.
—Pues debería, Ōtsutsuki —siseó el conde, con aquella entonación que paralizaba—. Debería.
Toneri, impresionado a su pesar, quiso disimular la repentina inquietud que le causaron aquellas palabras. Sin poder evitarlo echó una rápida ojeada por entre las sepulturas.
Naruto aguardó en silencio, alerta a las reacciones de su enemigo. No perdía de vista el arma. Sabía que Ōtsutsuki se estaba poniendo nervioso, podía oler su miedo a aquella distancia, por más que él se esforzara por enmascararlo.
No podía matarlo a él, pero el temor a que disparase contra Hinata lo mantenía pegado al suelo y le impedía moverse. Un parpadeo y el americano podía apretar el gatillo. Habría debido ocuparse de él mucho antes, pero había estado demasiado absorto buscando la solución al enigma y ahora había puesto a la muchacha en una situación real de peligro.
No quería correr riesgos. ¡No podía correrlos! Prefería un millón de veces que aquel descerebrado se llevase la reliquia a que la mujer que amaba fuese víctima de un desenlace fatal.
—No solamente puedo matarle —oyó decir a Toneri, que había recuperado la confianza—, sino que lo haré.
—No podrás salir de Konohagakure si disparas —le advirtió Hinata con un hilo de voz.
—Esta cripta está bastante aislada, lejos de las galerías y de las habitaciones de la servidumbre. Nadie oirá el ruido de un disparo. Por si no te has dado cuenta, preciosa, la nevada ha cesado y cae una tormenta de mil diablos ahí afuera. El estruendo de los truenos ahogará cualquier ruido que se produzca aquí dentro.
Hinata dio un paso hacia él. Notó algo, como si la mano de Naruto intentase asirla del brazo para retenerla, pero avanzó otro paso más, clavando su mirada en la de Toneri.
—¿Vas a matarnos a los dos? —preguntó—. ¿Cómo explicarás después el hallazgo de los dos cadáveres?
—No es tan complicado. Creí que con tu mente privilegiada para las fantasías ya lo habrías adivinado. Tú robaste las dos dagas. Buscabas la reliquia, pero el conde la descubrió primero. Dispararás contra él y luego, aterrada por lo que has hecho, te pegarás un tiro.
—Bonita historia. ¿No te interesaría ser mi colaborador en la novela de misterio? Tienes madera.
El asintió con admiración.
—Eres una mujer con coraje. Me encantará gozarte antes de volarte la tapa de los sesos, te lo juro.
—Me halagas, Toneri. —Si conseguía aproximarse un poco más a él, estaría lo bastante cerca para intentar saltarle encima. Ōtsutsuki tenía un brazo ocupado con el cofre, y si ella lograba eludir el arma, si era realmente rápida, podría hacerle perder el equilibrio y... Estaba muerta de miedo, le temblaban las rodillas y sabía que se estaba jugando la vida, pero debía intentarlo—. De manera que el plan es ése.
» Matas al conde, me violas a mí y luego me pegas un tiro en la cabeza. Cuando descubran los dos cadáveres e investiguen, encontrarán las dagas en mi cuarto, escondidas sin duda en un lugar inverosímil. —Necesitaba distraerlo como fuera. Había leído en algún sitio que las mentes criminales gustaban de alardear de sus logros—. Y dime, Toneri, ¿Cómo pudiste robarlas sin que las cámaras te filmasen?
El americano cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro. Se encogió de hombros con aire aburrido.
—No me he dedicado nunca a diseñar edificios.
—Lo suponía. —Avanzó un poco más.
—Mi campo es la electrónica. Para mí fue un juego de niños trucar las cámaras para que grabaran un salón vacío. Cambiar la cinta me llevó menos de cinco minutos.
—¡Brillante! —aceptó Hinata—. Creo haberlo visto antes en alguna película. Pero, óyeme, esas dagas valen una fortuna. Soy experta en antigüedades y puedo asegurarte que el cofre que ahora tienes en tus manos ni siquiera posee la mitad de valor, salvo en el sentido espiritual. ¿Por qué desestimar las dagas y dejarlas como prueba de mi... crimen?
Las llamas de los candelabros seguían con su danza, alumbrando en las facciones de Toneri un desdén infinito.
—Sigues sin entender. Esa reliquia me pertenece. ¡Debía haber obrado en poder de mi familia desde hace 469 años!
—¿Por qué? ¿Qué familia?
La pregunta de Naruto lo hizo parpadear con rapidez, retrocediendo un paso, como si acabara de caer en la cuenta de que la muchacha no estaba sola.
—Mi nombre es Toneri Hibert —pronunció despacio, levantando el arma y encañonando de nuevo a su enemigo—. Mi bisabuelo cambió ligeramente el apellido cuando emigró a Estados Unidos. «De Hibern» sonaba demasiado extranjero.
Los ojos de Naruto fulguraron en la penumbra. Todo su cuerpo se tensó, y sus dedos se hundieron en el hombro de Hinata.
¡De Hibern! Era, pues, un descendiente del bárbaro que...
—Tu antepasado fue un bastardo —le escupió Naruto, extremadamente sereno, aunque ella captaba su furia con tanta claridad como si fuera un fuego que se extendía por la cripta—. ¡Un jodido bastardo que acabó con mi familia! Un cabrón sin alma que permitió que violasen y asesinasen a una niña de 12 años, a mi hermano, a mi...
—¡Basta ya de idioteces! —gritó Toneri, retrocediendo un paso más y chocando con el primer escalón. A Hinata le pareció el momento adecuado para abalanzarse sobre él, pero el hombre recobró el equilibrio en un segundo y no le dio tiempo ni a moverse—. ¡Esa gente murió hace cinco siglos, carajo!
—Y tú vas a morir ahora —sentenció el fantasma.
—Te equivocas, milord —le apuntó a la cabeza—. Eres tú quien va a morir ahora.
Como en una película rodada a cámara lenta, Naruto hizo a un lado a Hinata y caminó con paso elástico hacia Toneri. Ella vio la mano de aquel chiflado, su dedo índice curvado sobre el gatillo. No podría explicar ni en un millón de años lo que pasó por su cerebro en ese instante.
No pensó en que Naruto era inmortal, en que no estaba vivo, en que era solamente un espectro. Ni se planteó que las balas no podían herirle. Únicamente vio que Toneri iba a dispararle. ¡Que iba a disparar contra el hombre a quien ella amaba!
Con un alarido de desesperación, cruzó por delante de Naruto y se interpuso entre él y la pistola justo en el momento en que el americano apretaba definitivamente el gatillo.
El estampido del disparo en el interior de la cripta hizo que incluso Toneri se encogiera.
Hinata notó la mordedura de la bala en su brazo izquierdo y se quedó paralizada, mirando como una boba hacia el punto donde había recibido el impacto. No sentía dolor, sólo estupor y el calor pegajoso de su propia sangre.
El cerebro de Toneri trató de procesar lo que ocurría. ¡Él no había disparado a la mujer! Aunque ella se había colocado delante del conde, en el último instante, por una fracción de segundo, el cuerpo del lord había cubierto de nuevo a la joven. ¡Él había disparado a Namikaze pero la bala había atravesado su cuerpo y alcanzado el brazo de Hinata!
Naruto echó un rápido vistazo a la joven y comprobó que la herida no revestía gravedad. Se volvió lentamente hacia Toneri, que retrocedió, confundido. La confusión se trocó en terror ante unos ojos iridiscentes, irreales y fantasmagóricos, con un halo de violencia pavoroso. Intentó tragar aire, ascendió de espaldas un par de escalones, sin dejar de apuntarle, pero su mano temblaba de forma incontrolada.
El fantasma avanzó hacia él despacio, su rostro una máscara fiera. Su rubia cabellera ondeaba sobre sus hombros. Toneri percibió un frío repentino que le traspasaba los huesos.
—¡Quieto ahí!
Naruto se detuvo, curvando sus labios en una sonrisa salvaje y perversa. Una sonrisa sarcástica, con olor a triunfo. Respiró un par de veces muy hondo, llamando a su alma atormentada a la calma, obligándose a abandonar el impulso fiero que lo hacía totalmente visible.
—¿Quieto? ¿Dónde? —preguntó—. ¿Aquí?
La imagen de Naruto desapareció del lugar en que Toneri la tenía fijada y reapareció al segundo siguiente al fondo de la cripta. A Toneri se le escapó una exclamación de asombro inducida por el miedo.
—¿Mejor aquí? —oyó preguntar ahora a Naruto, como si le hablara desde ultratumba.
Su cuerpo se materializó a la derecha, tras la sepultura de Kushina.
—¿Tal vez aquí?
El americano notó un aliento helado en la nuca. Se volvió y lanzó un alarido de pavor al ver a Naruto a su espalda. Disparó una y otra vez, a ciegas, contra sombras que lo aturdían. El espanto que lo dominaba le nubló la razón. Quería huir, pero antes debía destruir al demonio que lo enloquecía. Lo veía por todas partes, pero no lo encontraba en ninguna.
Descompuesto por el miedo, era un pelele sin recursos. El arma le temblaba en la mano, se le escapó y cayó rebotando del escalón al suelo.
—No... puede... ser —balbuceó Toneri.
—Es, Señor Toneri.
Hasta Hinata se estremeció cuando la risa de Naruto retumbó entre los muros de piedra. Encogida en el suelo y apretándose la herida como podía, se le puso la carne de gallina. Naruto iba a tomar venganza. No tendría misericordia. Volvía a ser el guerrero de antaño, presto a cobrar su deuda.
Se había convertido en un ser destructivo, dispuesto a matar como lo habría hecho quinientos años atrás, con el mismo dolor por la muerte de los suyos, pero también con la misma determinación. Era como si la historia quisiera repetirse, pero ahora él estaba allí, estaba donde debía estar, defendiendo lo que era suyo.
En algún momento Toneri Hibert debió de tomar conciencia de la situación. Entre alaridos y trompicones, abandonó la cripta.
Naruto lo dejó escapar. No pareció importarle.
—Naruto... —llamó Hinata, sollozante.
El espectro le regaló la mirada más tierna que ella había visto nunca. Se acercó, se inclinó y depositó en sus labios un beso casto que apenas la rozó.
—Todo ha concluido, acushla. Tha gradh agam ort —le dijo como si saliera de las tinieblas—. Te amaré siempre.
Luego desapareció y ella gritó su nombre una, mil veces, convulsionada por los sollozos, el dolor, y la pérdida.
La maldición de Minato había desaparecido para siempre. «Hasta que el firmamento alumbre la reliquia... y alguien ofrezca su vida por ti.» El sexto conde de Namikaze podía ya descansar en paz.
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A varias millas de allí, en la suite Cork de su clínica privada, el monitor que controlaba las pulsaciones de Minato Naruto Namikaze pareció imantarse. De ochenta pasó a indicar ciento veinte, y de ciento veinte pasó a ciento cuarenta.
Segundos después la enfermera de guardia empujó la puerta de la habitación llamando a un médico a voz en grito. Cuando se personó a la carrera la doctora Haruno, una mujer alta y pelirosa, el monitor marcaba ya las ciento sesenta pulsaciones.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó, perpleja.
Ciento setenta. Ciento ochenta. Tanto la doctora como la enfermera observaban las oscilaciones de la pantalla sin capacidad de respuesta. Nunca habían visto nada semejante. Era imposible que el corazón de un paciente soportase semejante presión.
Con la misma rapidez con que se dispararon, las pulsaciones cesaron. Exactamente un minuto después de que el corazón de lord Namikaze comenzara a desbocarse, se paró en seco. El pitido monocorde del monitor pareció alentar la línea horizontal que anunciaba la muerte clínica.
Pálida como un cadáver, la doctora Haruno se acercó al enfermo y buscó el latido en la carótida. Mantuvo los dedos en el cuello, buscando un pulso que sabía no iba a encontrar, sin dar aún crédito a lo que acababa de suceder. Luego, con la vista clavada en la enfermera, cuyo rostro había adquirido un tinte verdoso y que parecía a punto de desmayarse, negó en silencio. Miró su reloj de pulsera y dijo:
—Hora de la muerte, las dos y cinco minutos.
Con el embozo de la sábana cubrió el rostro del cadáver. A paso lento, se aproximó a la otra mujer, le pasó el brazo por los hombros y juntas abandonaron la habitación después de apagar la luz, sin molestarse siquiera en desconectar los aparatos.
Aunque la temperatura en el interior de la clínica era siempre alta y estable, tanto la doctora como la enfermera se encontraron en el pasillo palmeándose los brazos, como si repentinamente una corriente fría se hubiera colado dentro.
Aquel invierno estaba resultando francamente extraño, pensó la doctora. El clima se estaba rebelando.
En el exterior, la tormenta que acompañaba al suave manto de nieve que arropaba toda Irlanda fue in crescendo. La única luz visible en la suite Cork era la verde del monitor, que seguía posicionada en aquella línea horizontal, monótona y fatídica; la prueba técnica que certificaba la parada cardiorrespiratoria con resultado de muerte.
Exactamente cinco minutos después, aquella línea verde, sin explicación alguna, comenzó a formar escalas ascendentes y descendentes, contraviniendo toda lógica médica: el corazón de aquel paciente latía de nuevo.
Cuando dos celadores entraron en la habitación empujando una camilla para hacerse cargo del cadáver, Minato Naruto Namikaze se encontraba sentado en la cama y se había arrancado todos los cables y sondas que le mantenían unido a aparatos de la última tecnología.
Uno de los celadores abrió la boca, pero volvió a cerrarla; el otro salió a escape y poco después regresó a la carrera con la doctora Haruno, que prácticamente cayó en estado de apoplejía a la vista del «resucitado». De inmediato solicitó la presencia de otro colega y exigió proceder a otro examen del enfermo.
Él no sólo hizo oídos sordos a sus órdenes, sino que se levantó, sin pudor alguno en su desnudez, buscó sus ropas en el armario y comenzó a vestirse, ante el pasmo total de quienes lo contemplaban como si de un aparecido se tratara.
A Naruto le costó calzarse los zapatos, pero aun así se los puso. No eran las botas que él había utilizado permanentemente durante los últimos siglos.
Para entonces, en la suite Cork se había congregado ya el personal de la clínica en pleno. Todos hablaban al mismo tiempo.
Lord Namikaze, abstraído de aquel bullicio, se metió en el cuarto de baño y se quedó mirando el cuerpo que se reflejaba en el espejo. Inspiró hondo, familiarizándose con aquel rostro conocido y extraño a la vez. Tenía el cabello más corto, pero el iris azul de sus ojos no había cambiado.
—¿Puede alguien conseguirme cuchillas de afeitar? —pidió desde dentro. Un silencio sepulcral se hizo en el cuarto contiguo—. Y que alguien llame a Jiraiya.
Continua
