Todos son dueños de su propia historia. Es por esta razón, que yo te cuento la mía.
En un mundo diferente, en donde el oscurantismo no azotó con mano de hierro a Europa, la conquista de los españoles a territorio sudamericano ocurrió entre 1319 y 1321. Después de 100 años de abusos y masacres, México se alzó en armas y se volvió una nación independiente. En 1421 los mexicanos tomaron la decisión de realizar una contraconquista a Europa, pues los españoles querían recuperar sus colonias a toda costa. Con el apoyo de los antiguos virreinatos y las capitanías generales, tres años después de su independencia, México atacó los puertos españoles. La guerra fue la más sangrienta que suelo europeo jamás se presenció. Finalmente, el emperador Héctor ll conquistó el imperio verdugo y España cayó envuelta en llamas, llanto y sangre, constituyéndose así varios imperios, entre ellos: El Gran Imperio Mexicano, en el año de 1426.
Capítulo 1: El esclavo (1526)Año 1526
Las densas aguas del mar y el gran recorrido le habían quitado hasta el último vestigio de sus fuerzas. Koemi Hamada, un pobre hombre que hasta hace no mucho tiempo había disfrutado de una vida pacífica en su nación, ahora se encontraba camino al estrecho de Gibraltar con un destino incierto.
Tenía fiebre debido a los cambios de temperaturas constantes; su salud estaba mermando con cada día de encierro y el hambre había azotado su cuerpo solo para empeorar su condición. La higiene de los barcos españoles no había sido la mejor y en tanto que habían otras personas a su lado, en su mismo estado, incluso peor que él.
— ¡HEMOS LLEGADO!—Anunció el almirante a viva voz, dejando que la tripulación se encargara de alzar las velas y empezar con el desembarco una vez que pisaran la tierra que los había visto nacer. Los soldados hablaban alegremente con entusiasmo mientras llevaban alimentos a las personas desprovistas de su libertad, quienes se acurrucaban entre sí con miedo.
No era lo mismo para todos. Un joven de cabello largo con rasgos hermosamente afelinados y orgullosos se arrastró con cuidado hasta el lugar de su amigo convaleciente para darle aviso de lo que sucedía.
—Koemi… Koemi—lo llamaba mientras sacudía una de sus mangas—Despierta ya. Koe-
El aludido abrió los ojos de golpe y dió un manotazo hacia su amigo, gritando desesperado en su propio idioma
— ¡ALÉJATE DE MÍ! ¡NO ME TOQUES!
— ¡Tranquilo, Koemi!—el amigo sujetó sus manos y se acercó a él para calmarlo. Un rostro conocido ante la incertidumbre podría calmar sus preocupaciones—Soy yo…
—Kubo…—Koemi parpadeó duramente, despabilando su mirada y prestando atención a su alrededor—¿Qué pasa? ¿Dónde estamos?
—No lo sé. Estos hombres dicen cosas extrañas pero nos han traído comida. Apresúrate antes de que otros la tomen. Ven conmigo, si no te quedarás en los huesos.
Koemi se levantó con ayuda de su amigo, observando con rencor a los hombres que los vigilaban desde hacía meses en ese maldito barco. Kubo tomó un pan y se lo entregó a Koemi, quien empezó a comer lentamente.
Observó a los guardias reír y susurrar mientras lo miraban con burla. No iba a tolerarlo más.
— ¿De qué sirve este alimento?—respondió mientras estrujaba el pan entre sus manos—No sirve de nada. Seguimos aquí.
—Koemi, por favor—insistió su amigo—Si no quieres morir, debes comer.
—¡NO QUIERO NADA DE ELLOS!—Koemi tomó el pan entre sus manos y lo aventó al suelo, Los guardias lo miraron y se acercaron a él, muy molestos por interrumpir su plática con sus arranques.
—¡ESCLAVO! Maldita carga, ¡NO DESPERDICIES LA COMIDA!—le gritaron mientras uno de ellos se acercaba a él y lo tomaba del brazo con brusquedad para arrojarlo al suelo—¡RECOGE ESO DE INMEDIATO Y CÓMELO!
—¡MALDITOS SEAN, TODOS USTEDES!—contestó Koemi desde el suelo.
— ¡Cállate!—le esperaron los guardias, hartos de él—¡CÁLLATE DE UNA VEZ! ¡O TE MATAREMOS!
—INTÉNTALO SI QUIERES. NO LES TEMO—Koemi se levantó con dificultad y los encaró como si sus fuerzas no le fallaran de un momento a otro. Los miró con furia y les gritó:—¡ASESINOS!
Era la única palabra que sabía pronunciar en ese idioma después de meses a su merced. Entonces, el guardia más cercano alzó la mano y lo abofeteó, provocando que Koemi cayera cerca de la mesa de alimentos. Kubo se interpuso para calmar la situación pero las amenazas continuaron, Aprovechando esa distracción, Koemi estudió con cuidado a los hombres extranjeros y notó una daga en el cinturón de uno de ellos. En cuestión de segundos tomó un poco de fuerza y con agilidad se hizo de la daga, empuñándola con destreza.
—¡Koemi, espera!—gritaban los demás omegas del barco, un tanto asustados.
— ¡ATRÁS!—les gritó Koemi, habiendo desarmado solo a uno de ellos. El otro rápidamente sacó su espada y le apuntó con ella, pero Koemi no se iba a dejar amedrentar. Ya no más— ¡Guarda tu espada ahora, soldado! ¡O LES QUITARÉ LA VIDA A LOS DOS!
Desgraciadamente, los guardias no se molestaron en desperdiciar sus fuerzas. Uno de ellos era un alfa reconocido por ser el mejor en adiestrar a los omegas esclavizados con la famosa "voz de mando". Con una sonrisa de suficiencia se colocó delante de su amigo, se aclaró la garganta y dijo sin alterarse:
—Baja ese cuchillo.
Curiosamente, el omega no cedía. Pareciese que la voz de mando no funcionaba en ese espécimen tan fiero.
—Te dije que bajaras ese cuchillo ¡AHORA!
No tuvieron más remedio que intentar luchar con él para desarmarlo, sorprendiéndose de la resistencia que tenía. Más allá de ese pequeño forcejeo, Koemi terminó desplomándose en el suelo una vez más debido al cansancio extremo que sentía.
—Maldito omega de mierda. Te enseñaremos lo que un alfa es capaz de hacer… —Un guardia le quitó el cuchillo, y el otro se dirigió hacia Koemi con intenciones malévolas. Kubo ya se estaba preparando para luchar de ser necesario, hasta que el capitán bajó a cubierta por el escándalo y lo detuvo a tiempo con una sola frase.
—Guarda la compostura, soldado.
—Señor San Juan—ambos soldados se alejaron de Koemi y saludaron al hombre de voz molesta.
En meses, era la primera vez que veían al capitán del barco. Tenía la piel morena, el cabello castaño oscuro, las patillas pronunciadas, y un bigote muy peculiar.
—Discúlpenos, pero estos malditos omegas deberían ser educados con buenos modales. Yo les enseñaré cortando sus gargantas…—dijo el soldado, queriendo aparentar su miedo, pero el capitán lo miró mal.
—Eso ya no te concierne a ti—lo reprendió—Guarda esa espada ahora.
El soldado suspiró y bajó la cabeza, resignado. El capitán, ya más tranquilo, volteó a ver a todo el cargamento de esclavos y se posicionó frente a todos ellos hablando el idioma de Kubo y Koemi:
—¡Escuchen! Hemos llegado a su destino. ¡A PARTIR DE AHORA, USTEDES SON PROPIEDAD DEL GRAN IMPERIO MEXICANO Y DE LA ANTIGUA ESPAÑA! Empezaremos el desembarco pronto. Preparen todas sus cosas, lleven un pan para el camino… Y guarden silencio. ¡No hablen, no miren a nadie a los ojos y no respondan si no les llaman! De lo contrario, los soldados del emperador se encargarán de ustedes y les darán un castigo ejemplar.
— ¡Que muera el emperador!—Gritó aquel menudo cuerpo que se negaba a ceder ante ellos, sujetado de su amigo— ¡Y QUE SU ESTÚPIDO IMPERIO CAIGA SOBRE SUS CABEZAS!
El capitán posó los ojos en aquel hombre y suspiró al aire.
—Qué insolente eres…—Miró a los demás almirantes presentes y dio indicaciones claras—¿Ven a este omega de acá? No le den comida ni agua por dos días en el trayecto. Llegaremos al palacio pronto, y ahí les darán 10 azotes frente a todos los esclavos por su comportamiento.
— Señor, no haga eso—dijo el otro chico, bastante alarmado. Debido a su inteligencia, aprendió un poco de la lengua de los soldados. Kubo miró a Koemi severamente y se levantó para hacer una reverencia, provocando que aquel flequillo que tenía cubriera su ojo izquierdo—No lo haga. Koemi morirá si no come y no soportará los azotes. Él está enfermo desde hace días. Por favor, no lo dejen morir de una manera tan indigna.
El capitán miró a Kubo y luego a Koemi. Analizando bien su estado, no le convenía dar esas órdenes. Acató el pedido de Kubo y respondió:
—No queremos problemas ¿no es cierto?—El capitán apartó a Kubo con cierto rechazo de sí—De acuerdo. Seré indulgente, porque esto ya no me corresponde a mí. Sus vidas ahora pertenecen al Emperador Miguel de Rivera y de la Cruz. Él decidirá quién vive y quién muere. Y este sujeto—señaló al pelinegro de ojos avellana, mirándolo con desprecio—tiene prohibido morir en nuestro barco.
El capitán San Juan se retiró a cubierta seguido de los guardias, pues ya estaban a punto de desembarcar.
Para Koemi fue el colmo. Su desesperación se acrecentaba cada segundo y ya no quería causarle problemas a Kubo, su compatriota y amigo de guerra, que incluso ahora, lo defendía como fiera.
Ambos habían sido hábiles guerreros de clase baja por su condición, aunque eso no los hacía mejores ni peores soldados rasos alfa en batalla. Su única limitación eran los cambios que sufrían al estar cerca de los periodos de celo: La fuerza disminuía, su concentración mermaba y no eran capaces de levantar su espada ni portar sus armaduras.
Su belleza, su larga cabellera y su condición los hizo el blanco perfecto cuando los ejércitos mongoles intentaron invadir las ciudades de las provincias japonesas más importantes, formando alianzas con señores de la guerra enemigos de su pueblo.
Los padres de Koemi y su hermano mayor, un escriba que no hacía daño a nadie, murieron a manos de ese ejército que los tomó por asalto en su pequeña provincia mientras, de forma cobarde, el ejército principal se encontraba lejos. Los pocos soldados se encontraban desarmados porque iban a celebrar una hermosa festividad en compañía de sus seres queridos. Esa noche, los llantos de hombres y mujeres omegas se escucharon por todos lados mientras las llamas consumían las casas, los templos y los cuerpos de los civiles asesinados a sangre fría.
Kubo y Koemi, aunque lucharon con gran valentía y a sus posibilidades, no soportaron ver que el corazón de sus seres queridos era atravesado por el filo de la espada enemiga. El ataque fue tan brutal que ni siquiera perdonaron a los niños, mujeres o ancianos. Las cabezas eran cortadas sin piedad, así fuera un pequeño niño alfa o una mujer beta, aniquilaron cuanta vida tuvieron enfrente en cuestión de segundos. Saquearon todo cuanto pudieron y, aunque los jóvenes soldados estaban dispuestos a suicidarse antes de perder su honor, fueron capturados.
Su tormento apenas comenzaba.
Los invasores tomaron como prisioneros a los jóvenes omegas que encontraron y apartaron a varios de ellos, los más hermosos y con rasgos delicados, para venderlos como esclavos en diversos reinos y palacios imperiales.
El barco estuvo viajando por meses a diferentes puertos. Koemi y Kubo observaron con dolor cómo sus compañeros y amigos del pueblo, aquellos que quedaron, iban desapareciendo con cada puerto que visitaban. Los seleccionaban uno a uno, y los hacían bajar del barco para nunca regresar.
Jamás los volverían a ver.
Por supuesto, los mongoles dejaron lo mejor para el final. Los hombres y mujeres omegas más hermosos fueron llevados al Imperio Mexicano a finales de Febrero de 1526, arribando a la que antes conocían como "La Nueva España", ahora conocida como "México".
Sí, habían pasado meses esperando a ser comprados como animales en las peores condiciones. No fue sino hasta que llegó un hombre chino de cabello negro y mirada severa. Ese hombre compró a varios de los esclavos y los hizo abordar nuevamente para llevarlos a Europa por orden del emperador.
Su destino era el Palacio Imperial de la Antigua España.
—¡HEMOS LLEGADO! ¡HEMOS LLEGADO! ¡EL DESEMBARCO COMIENZA AHORA!—gritaron todos los tripulantes, estando completamente activos en sus tareas.
Cuando bajaron del barco, los omegas fueron puestos en carretas y llevados a ese dichoso palacio.
Entre tanto, Koemi y Kubo conversaban entre susurros.
—Koemi, vamos. Necesitas recuperar tu fuerza si queremos escapar. Tenemos la oportunidad antes de llegar al palacio.
—No quiero vivir en un mundo donde Tadashi y mis padres ya no están—se lamentó aquel chico, bajando su rostro para ocultar su tristeza. —Lo único que me mantiene vivo es el fuego de la venganza. Y no descansaré hasta aniquilar al único culpable de esto… El emperador pagará con su vida toda la masacre que provocó.
….
Desgraciadamente, esa convicción no duraría mucho debido a la incertidumbre y al miedo a ese mundo desconocido. Estando en tierra, Koemi pudo mejorarse en cuestión de días pero al llegar al palacio imperial, Kubo y él se quedaron asombrados por la magnificencia de los cimientos.
Parecía que cada rincón del palacio estaba adornado de oro y plata, las vestimentas extrañas estaban hechas con las más finas telas y cada pasillo por el que transitaban era adornado con pinturas, esculturas y relieves de monstruosas figuras, como aquella de un dragón cuya cabeza sobresalía de una pila de cráneos bañados en oro. Era aterradoramente hermoso; de una forma poética en el mismo palacio se respiraba la muerte.
Llevaron al grupo de omegas esclavos a los baños, donde los desvistieron, los bañaron y fueron inspeccionados minuciosamente: desde su salud bucal hasta su condición sexual. Sin embargo, Koemi no cedió en ningún momento, resistiéndose a todo procedimiento y alterando el orden del lugar.
—"NO ME TOQUEN. ALEJENSE. ¡NO ME TOQUEN O LES ARRANCARÉ EL BRAZO!"—se escuchaba el alboroto desde los baños.
Tantos habían sido sus gritos que cuando la emperatriz madre, Luisa de la Cruz y Paredes de Rivera, pasaba por ahí, se molestó por el desorden que el nuevo esclavo estaba provocando. Pidió que llevaran a su presencia al omega insolente que no guardaba silencio.
Cuando Koemi estuvo frente a Luisa fue llevado contra su voluntad. Aunque iba ataviado con otras ropas más presentables que aquellas que llevaba en el barco, se percató de que su suerte estaba echada y que tal vez había cometido otros errores. El omega había sido sometido y se le había dicho estrictamente que no podía mirar a la Emperatriz Madre a los ojos. Tenía miedo, pero sus ganas de sobrevivir eran más fuertes. Alzó la mirada y quedó asombrado con lo que vió.
Aquella mujer que estaba sentada frente a él era morena y estaba usando un vestido amplio, con una gran corona de oro adornada con flores, relieves y bordados. Rápidamente ocultó su mirada cuando Luisa le preguntó con severidad qué había pasado, por qué había alterado la paz en el palacio. Una mujer con ojos rasgados que se encontraba al lado de Luisa tradujo el mensaje y se lo dijo a Koemi en su lengua. Al entender la pregunta y al contar con la intérprete, Koemi fue liberando cada palabra que se atoraba en su garganta, cargada con súplica.
—Señora, mi señora… Lo veo en sus ropas, en su porte y sus joyas. Es una señora noble y poderosa. Le suplico, le imploro, que me deje ir a mí y a mi amigo Kubo. Nosotros no debemos estar aquí…
—¿Por qué dices eso?—preguntó la madre, tamborileando sus dedos en la hermosa silla donde estaba sentada—No entiendo la causa de tu petición.
—Me han traído a este infierno a la fuerza. Sálveme… Déjeme ir, o de lo contrario, yo y mi amigo nos suicidaremos. No toleraremos que se mancille nuestro honor. Somos soldados, aprendices de samuráis, no esclavos.
—No veo por qué quieres cometer esa tontería sobre suicidarte en este lugar. Mancharias nuestras alfombras.—dijo la madre con cierto desdén. Luego regresó su mirada a los ojos de Koemi mientras decía:—Al contrario, yo diría que eres un omega muy afortunado
— ¿Afortunado?—preguntó Koemi con gran indignación, rompiendo la primera regla: no mirar a la madre del emperador a los ojos—Mi familia ha sido asesinada, mi pueblo fue masacrado bajo la espada de los mongoles. Fui traído aquí, lejos de mi hogar, de mis tierras… Ya no me queda nada en este mundo.
Koemi comenzó a contarle su historia, de cómo era feliz en la tierra donde nacía el sol, de sus primeros años como aprendiz samurái y de las enseñanzas de sus padres, del honor de su familia y de su querido hermano. Todo le había sido arrebatado en un abrir y cerrar de ojos.
La mujer, después de guardar un largo silencio y de pasar por alto acciones tan descorteses, dijo:
—Me imagino todo el dolor que pasaste. Eres un guerrero valiente, no pongo duda alguna en tu testimonio, niño… Pero siento decirte que no podrán dejar este lugar nunca más. Has sido traído al Palacio de Tezcatlipoca y ahora eres parte del harem de mi hijo, el Emperador Miguel. Tu trabajo es servirnos a nosotros, los miembros de nuestra noble dinastía. Mi hijo decidirá si vives, si mueres, si te comen los perros. Él, y yo, tenemos el poder sobre ti ahora.
— ¡JAMÁS! NO LE SERVIRÉ A NADIE DE USTEDES—Koemi no podía creerlo. ¿Acaso no existía la empatía en ese reino? ¿Qué tanto podían escuchar esas historias desgarradoras de los esclavos y decidir apartar la mirada?—SI NO ME AYUDA, ENTONCES MÁTENME.
— ¡Haz silencio!—dijo la Emperatriz Madre, cansada de tanto desparpajo— ¿No entendiste nada de lo que te dije? ¿Acaso sabes qué significa estar aquí?—Luisa se levantó y llevó con ella un candelabro para acercarlo al rostro del nipón y mirarlo de frente. Ningún omega le había faltado el respeto de esa forma y más que enojo, sentía curiosidad. Debía ocultarlo bien.—No sabes lo que dices. Estás en el imperio más grande de los viejos y nuevos continentes. Es nuestro imperio. Mi hijo Miguel, es el hombre más poderoso que existe. Todos los omegas pelean por ingresar aquí y estar con él. Nuestro Palacio y nuestro harem son paraísos para las personas comunes. Ya estás aquí, y no puedes hacer nada. Solo sobrevivir. Se rigen por reglas estrictas, es importante que las sigas para sobrevivir. ¿Lo entiendes? Deberás comportarte y hacer lo que yo te diga si quieres conservar tu honor. Si me obedeces, podré protegerte y ayudarte a regresar a tu tierra. Solo debes ser leal y entregarte fielmente a nuestro Emperador.
Koemi escuchó atento a esto, pues en dos segundos entendió que no había más esperanza. Estaba perdido…. Totalmente perdido.
En primer lugar, el Imperio Mexicano era conocido en todo el mundo por su fuerza y brutalidad. Había tomado control de Europa después de derogar sus acuerdos con España, realizando una contra conquista hacía poco más de un siglo. Si había escuchado bien, él estaba en Europa. Y eso significaba… Que estaba del otro lado del mundo, muy lejos de casa.
En segundo lugar, ya no tenía su espada, armaduras ni escritos. Todo lo que era él, había sido robado en la masacre de su pueblo. No tenía nada valioso, más que sus ropas y memorias. Regresar a Japón le tomaría años y sin dinero, armas, o algo de valor, estaba atado de manos, atrapado en un infierno extranjero.
Y finalmente, tenía miedo: Era un miedo horrible que jamás sintió. Nunca antes había estado con otras personas, y que de pronto le dijeran que debía entregarse a un hombre que no conocía, le estaba afectando en su orgullo.
—Jamás podré hacerlo—dijo con voz quebrada—Señora, por favor… Libérame… Yo solo quiero eso. Quiero ser libre.
—Levántate, muchacho—Luisa se conmovió por la sinceridad de su mirada. Le había tomado cariño con solo una conversación. La sinceridad era algo que Luisa apreciaba mucho y ese joven omega había mostrado una convicción extraordinaria por sobrevivir. Sin embargo, una vida sin sentido no era lo que ella deseaba para él.—¿Cuál era tu nombre?
—Koemi, mi señora.
—Bien, Koemi… Haré lo que me pides. Te dejaré libre.
—¿Qué? Señora, ¿habla en serio?
—Claro que sí. La vida que te espera allá afuera no será tranquila, debes saberlo. Pero existen condiciones.
—La escucho, majestad
—Por ahora, me servirás a mí siendo uno más… Sí, un esclavo más, aún si eso significa que otros te pisoteen y pasen sobre ti. Sería problemático hacerte un concubino de mi hijo, por lo que te mantendrás lejos de él. Te daré un poco más de dinero si cumples con tus tareas adecuadamente. Lo único que te pido es que no rompas la paz de este lugar. Sírveme un año, únicamente, y serás recompensado.
— ¿Cómo dijo? ¿Un año…?
—Sí, un año. Tendrás varias tareas que yo misma te encomendaré. Como también eres un guerrero, servirás en los ejércitos de mi hijo y lo acompañarás en las próximas batallas. Cuando no estemos en guerra, tu deber será el entretenimiento, luchando contra otros esclavos mientras mi león y yo miramos. Esto es para que tú no te sientas mal por tu pasado. ¿Qué dices? ¿Aceptarías esto?
Koemi se quedó callado. Eso al parecer era mucho mejor, más digno. Estaba dispuesto a decir que accedía, hasta que la Emperatriz Madre dijo:
—Sin embargo, antes de aceptar esta propuesta, debo decirte que eso significa que permanecerás dentro del harem, aunque no tendrás las mismas comodidades que los concubinos.
—No me importa, no quiero ser un concubino.
—¿Estás seguro?—Luisa sonrió con elegancia—Siendo concubino tienes la oportunidad de ser mucho más de lo que eras en tu tierra. Podrás recibir la mejor educación, mejor comida, mejores ropas… Y si un omega es inteligente, si logra posicionarse como un verdadero omega, digno de nuestra dinastía dándole un hijo a mi Emperador, podría tener mucho más poder, y solo así podrías ayudarte a ti y a otros que no tendrán la misma posibilidad de libertad.
—¿Qué quiere decir?
—Esto solo puedo ofrecerlo a ti, Koemi. Solo tú serás libre, pero tus amigos se quedarán. Nadie más será liberado del harem.
Koemi se quedó mudo, pues no esperaba eso. ¿Entonces qué era lo que pretendía?
— ¿Me está pidiendo que elija salvarme a mí o a mis compatriotas?
—Algo así. No puedo ofrecerles lo mismo a tus amigos. Nos quedaríamos sin concubinos. Ellos quizá no se acobarden y prefieran darle un cachorro fuerte y sano a mi Miguel. Tal vez ellos deseen esa vida, ganarse el afecto del emperador y vivir tranquilos con sus hijos. Así que no tienes por qué decidir por ellos… Entonces, ¿qué dices? ¿Escoges ser sirviente y ser libre? ¿O prefieres quedarte aquí, en el harem?
—Yo… Yo no… Yo no soy propiedad de nadie. ¡Yo-!
—Tranquilo, puedes darme una respuesta en un par de semanas. Dejaré que lo pienses. De momento, regresa a tus tareas y haz lo que te digan las encargadas.
—¡Señora…!
—Es todo, fuera de aquí.
Sin decir nada más, Koemi fue llevado a la habitación de los concubinos casi a rastras. Dicha habitación era en realidad un pasillo enorme, lleno de camastros de paja y telas de algodón. Miró con cuidado a todos los omegas que estaban ahí y se quedó estupefacto. El nuevo cargamento de esclavos estaba presentable, con ropa limpia, bañados, perfumados y tomando una deliciosa cena.
Al mirar hacia arriba, se percató de que había un balcón desde donde lo miraban varios hombres muy hermosos y con ropas elegantes. Era el piso de los favoritos.
Esos hombres que estaban ahí portaban joyas, ropa mucho más fina e incluso una comida que era… mucho más apetitosa. Koemi intentó saludarlos, pero los otros lo miraron con rechazo y se fueron a sus habitaciones privadas. Esos eran los privilegios que tenían por haber pasado al menos una noche con Su Majestad.
Posterior a esto, las encargadas del harem, una mujer latina y una mujer asiática, les dieron infusiones que, tenían entendido, era para suprimir olores y el celo, si es que alguno de ellos estaba cercano a ese periodo. Los vigilaban de cerca, procurando que ninguno dejara sobras de comida u holgazaneara.
—¡Koemi!—escuchó en un rincón, y observó que su amigo le estaba llamando. Koemi se acercó. Kubo le había guardado un asiento y le dijo que habían anunciado que las lecciones comenzarían al día siguiente. Su deber era levantarse, hacer las tareas encomendadas, asistir a clases y realizar todo cuanto pudiera con sensatez. Miró a Kubo, muy feliz con la comida… Y eso lo desconcertó.
—¿A dónde te llevaron? Por un momento creí que iban a matarte.
—A ningún lado. Solo… Necesitamos dinero. Tenemos que ahorrar e irnos de aquí.
…
Pasaron algunos días en los que Koemi aprendió algunas palabras en español y también se acostumbró muy rápido a ejercer ciertas labores de limpieza y a poner empeño a sus estudios. Lo sorprendente era que le pagaban por esas labores y con algo de dinero, empezó su ahorro para recuperar su libertad sin recurrir a Luisa.
Y al sincerarse consigo mismo, reconoció que las lecciones del harem no eran tan malas. Los eunucos se esforzaban por enseñarles reverencias, palabras en español, frases completas, las reglas del palacio y por supuesto, la obediencia. Eran días llenos de tranquilidad.
Estar a salvo de la guerra le era extraño, pero no por eso dejaba de entrenar con katana a escondidas junto con su amigo. Habían conseguido una espada de madera y Kubo le había dicho que uno de los favoritos conocía a un guardia que podría conseguirle una katana de verdad. Con eso, ambos estaban contentos, pero a decir verdad, a Koemi el tiempo le preocupaba demasiado. En cualquier momento Luisa le mandaría a llamar para preguntarle sobre su decisión… Decisión que aún no tomaba. Quería ser libre, pero no iba a dejar a Kubo solo en ese lugar.
Un día, los sirvientes mandaron a limpiar la habitación de la Emperatriz Madre mientras ella daba un paseo por los jardines del palacio. Kubo, Koemi y un grupo de sirvientes omega fueron llevados hasta allá. Llevaban baldes de madera llenos de agua y trapos para limpiar. Sus ropas sencillas les facilitaron la movilidad. En poco tiempo, los aposentos estaban casi relucientes, hasta que su primera lección fue puesta a prueba cuando escucharon un aviso de uno de los guardias de la puerta.
Hilaria, la señorita encargada del harem, entró en pánico. Ella era una beta muy hermosa, de ojos verdes y con el cabello rubio. Su altura y sus movimientos apresurados le hacía ver muy graciosa mientras hablaba ráídamente en español, mientras la traductora Leiko, otra omega con los ojos rasgados y el cabello corto y negro, se encargaba de seguirle el paso en sus deberes.
— ¡Rápido, rápido! Leiko, diles que se formen en fila. ¡Tú, aquí! ¡Muévete!
—Aliniense. NO LEVANTEN LA CABEZA. Cuando pase el emperador, hagan una reverencia. Recuerden sus lecciones, tienen prohibido mirarle a los ojos, llamarlo o distraerlo. ¿Quedó claro?
— ¿Qué está pasando?—preguntó Kubo en español, sin obtener respuesta. Se dirigió a sus compañeros y preguntó en su idioma— ¿El emperador está aquí?
— ¡Silencio!—dijo Leiko—No levanten la cabeza hasta que ya haya pasado el emperador.
— ¡ATENCIÓN!—gritó el guardia— ¡SU MAJESTAD, EL EMPERADOR MIGUEL RIVERA Y DE LA CRUZ!
Los sirvientes inclinaron la cabeza, Hilaria y Leiko hicieron lo mismo, colocándose cada una en los extremos de la fila compuesta por los omegas.
Todos se inquietaron, pues pudieron sentir una densa bruma aproximándose. Era el olor de unos alfas que se acercaban poco a poco a la entrada del cuarto de Luisa. Fue entonces que, cuando abrieron la puerta de madera, aquellos aposentos se inundaron con un olor muy fuerte, desconocido para Koemi, pero bastante agradable.
Escuchaba conversaciones que no entendía, algunas risas y por supuesto, los pasos de aquellas personas. De la nada, tres hombres pasaron frente a los omegas y uno de ellos se dirigió a la encargada del harem.
—Buenas tardes, Hilaria—pronunció una voz muy profunda. Ese sonido… Mierda. ¿No estaba usando "la voz de mando" que cualquier alfa utilizaría para dar órdenes? ¿En realidad así de agradable era? Aquella voz preguntó—Dime, ¿mi madre está aquí?
—No, mi señor. La Madre Emperatriz fue a los jardines traseros. Dijo que daría un paseo y luego regresaría aquí—la joven de cabello rubio le habló sin demostrar miedo. Qué buen control tenía al momento de enfrentar esa situación.
—Bien, entonces busquemos a vuestra Madre Luisa ahí, Su Majestad—una voz un poco menos profunda se dejó escuchar, solo que no provocaba un efecto ni cercano a lo que la voz anterior le había ocasionado a Koemi, quien no entendía casi nada de lo que estaban diciendo.
—Tranquilízate, Kyle Wang. ¿Cuál es la prisa?—ese olor… Ese olor le recordaba al pan recién horneado de las mañanas que le daban en el comedor del harem e incluso en el olor del pan de aquel barco que lo había llevado hasta allá, pero no podría ser el capitán. La voz era más amable, y mucho más profunda. Ese hombre continuó hablando—Podremos pasear por el jardín y practicar un poco con la espada. ¿O acaso vuestra merced ya no tiene condición suficiente para sostener un duelo conmigo? ¿Ya te pesan los años, amigo?
Las risas que ambos soltaron fueron cálidas, hasta que la voz más profunda les llamó la atención:
—Leonardo, ya basta—dijo con severidad—Tengo más asuntos importantes que atender. Será en otra ocasión. Gracias, Hilaria.
Los pasos de los alfa resonaron en el suelo pulcro de los aposentos y se fueron alejando poco a poco, pero Koemi se sentía desfallecer. Levantó la mirada para averiguar quién era el dueño de aquella voz, y de paso conocer al dichoso Emperador.
Claro, observó a tres hombres y entre ellos, se enfocó en aquella cabeza que iba portando una corona. Ese debía ser… el emperador. Los otros dos hombres altos estaban siguiéndolo, cada uno a sus costados.
Uno llevaba el cabello largo y castaño, hasta los hombros y una camisa blanca de botones, con un chaleco de lino. Era de piel morena y por el rostro que tenía, seguro su temperamento era mucho más amable que el del emperador. Él platicaba con su compañero con una linda sonrisa. El otro muchacho era alto, de piel pálida y con los ojos rasgados de color negro. Claro, iba con un porte serio. También tenía el cabello largo y negro, hasta los hombros, pero no llevaba ropas tan lujosas. Koemi casi se queda en shock porque tenía un gran parecido a su hermano Tadashi.
Esos tres hombres… Era menester saber a quién le pertenecía ese olor es voz tan profunda. Quería volver a escucharla aunque no se explicaba por qué sentía como si esa fuese la última voluntad de su alma. Jadeaba queda y profundamente, liberando hormonas de manera involuntaria. Kubo se percató de eso inmediatamente.
—Koemi, ¿qué haces?—susurró mientras jalaba un poco la manga de su túnica. No se atrevía a alzar la mirada porque no les habían dado la orden para hacerlo, pero Koemi pareció no responder por estar absorto en su propia necesidad.
Quería saber… Necesitaba saber. Y ya no tendría otra oportunidad si no aprovechaba esa ocasión. La madre del Emperador tal vez lo llamaría un día de esos para echarlo del palacio por elegir no estar a su servicio. Quizá lo mandarían a matar por hacer tremenda escena, pero lo arriesgaría todo para ponerse a prueba y saber si el dueño de esa voz realmente era quién pensaba. Aun cuando le advirtieron que estaba prohibido, como si no le importara su vida, tomó su decisión. Tradujo aquella oración en su cabeza y sin demorar, desde lo más profundo de su pecho, tomó aire y gritó:
— ¡SU MAJESTAD, EMPERADOR MIGUERU!
En los aposentos resonó aquel nombre mal pronunciado seguido de un eco y un silencio sepulcral. Los hombres detrás del Emperador voltearon con sorpresa, mientras Hilaria y Leiko se miraban con una mezcla de indignación y miedo.
¿Quién? ¿Quién se había atrevido?
El hombre que llevaba la corona detuvo su andar abruptamente, como si estuviera indignado por aquel llamado. Koemi sentía que su corazón se saldría por su pecho. La ansiedad lo carcomía vivo. No iba a soportar mucho más, hasta que aquel hombre por fin volteó, mirándolo por encima del hombro. El sirviente aguantó la respiración cuando esa mirada se encontró con la suya.
Como si el tiempo se detuviera, Koemi se quedó expectante. Entonces no hubo marcha atrás.
Notó que ese hombre era bastante alto, casi llegando a medir 1.80 metros. Su cabello castaño estaba sujetado en un chongo detrás de su cabeza, su complexión era bastante corpulenta, típico tamaño en los alfas, pero este tenía algo diferente: sus ojos. Sus profundos ojos.
Esos ojos bravos lo estaban mirando con reclamo, muy molestos. Y su rostro, por todos los dioses, era el rostro más apuesto que jamás había visto: tenía la mandíbula marcada, las cejas pobladas, los ojos grandes y una nariz peculiar que le daban un perfil muy atractivo. Llevaba ropas negras bordadas en una sola pieza que hacían resaltar esa musculatura, además de portar una capa de color negro sobre sus hombros, la cual ondeaba al compás de su andar.
Incluso notó que llevaba algunos anillos en sus dedos y sobre su cabeza estaba ceñida aquella corona dorada, adornada con algunas plumas, diamantes y piedras de jade incrustadas. Los relieves de esa corona eran las mismas figuras aterradoras de los pasillos, como el dragón con plumas, los cráneos de oro o el hombre jaguar que sostenía un arma que desconocía.
Él era el emperador Miguel Rivera de la Cruz.
Con un rictus serio, el emperador se acercó al esclavo hasta quedar frente a él, aguardando lo que fuese. Koemi descubrió así que ese alfa era el dueño del olor tan característico que emanaba y de esa voz tan gran descubrimiento le habría valido su cabeza; quizá lo haría ahora que el Emperador se encontraba mirándolo severamente; ¿cómo un esclavo había osado llamarlo por su nombre? A pesar del insulto obligó al omega a mirarle a los ojos para ver si era capaz de sostenerla al gran soberano de esa tierra… Y ese fue su peor error.
Aquel hombre era más pequeño que él, delgado, con una piel blanca y una cabellera larga y negra. Sus mejillas eran rosadas, su nariz de bolita y sus ojos… eran grandes, de color del chocolate, quizá un poco más claro. Las facciones de su rostro eran delicadas, muy hermosas; nunca había visto nada igual en todo el tiempo que llevaba en la Tierra. Sus ropas, a pesar de ser las de un sirviente cualquiera del palacio, le hacían honor a esa tersa piel de su cuello y su rostro. Por la posición en la que estaba, Miguel bajó la mirada para observar mejor el cuerpo del omega, y recorrerlo lentamente. Se detuvo en sus manos y notó que había algunas cortadas y heridas características del agarre de espadas.
¿Acaso estaba frente a un guerrero? ¿Cuál sería su historia? ¿Por qué había llegado a su harem? Estaba impresionado, pero no iba a demostrarlo con tanta facilidad.
Koemi aguantó la respiración; sus fosas nasales percibieron la amenaza de ese alfa. Más allá del miedo que podía sentir, su cuerpo reaccionó. Se sentía acelerado, su omega interior gritaba por liberarse, tocar al Emperador y besarlo. ¿Cómo podría ser? Había tomado la infusión para el celo y desgraciadamente notó que ya no estaba respondiendo como normalmente lo hacía. Su cuerpo lo estaba traicionando y él luchaba por reprimirse arduamente.
Miguel también lo notó. Tuvo inmensas ganas de tomar al omega y olfatear su cuello, su cabello, todo su cuerpo. La fragancia que desprendía era un perfume exquisito, delicado… Y al mismo tiempo, con un potente efecto. Era un aroma floral… Extraño y delicioso.
Koemi no había desviado su mirada, no sabía por qué. Se sentía atrapado en aquellos ojos marrones que parecía, podrían devorarlo si quisieran. Tembló cuando se dio cuenta de que el Emperador hablaría otra vez.
— ¿Qué sucede?—se animó a preguntar el monarca, esperando escuchar una respuesta elaborada. La verdadera razón era que quería escuchar esa voz de nueva cuenta, solo para verificar que se trataba de ese esclavo y que no se estaba equivocando. Bueno, qué más le daba, si esos ojos, esa primera mirada lo había hechizado. Lo sentía… Su corazón palpitaba con fuerza y estaba dejando salir ese olor a chocolate y cempasúchil de manera involuntaria.
Los presentes estaban desconcertados por lo que veían y lo que alcanzaban a percibir. Los otros dos acompañantes del Emperador miraban la escena casi incrédulos. El hombre de piel pálida miraba con molestia al omega, y el otro hombre observaba incrédulo la escena. Mientras los omegas no se atrevían a decir nada, Kubo solo miraba al suelo, impresionado por la valentía de su amigo, aunque ya no sabía si era valentía o estupidez porque no le había respondido al emperador. Jaló la manga de su ropa para que Koemi reaccionara antes de que cometiera otra estupidez. Qué poderoso era el Emperador, que con una sola mirada lo había expuesto por completo.
Fue ahí cuando Koemi se percató de la insolencia que estaba cometiendo. Intentó, con todas las fuerzas del mundo, desviar su mirada a sus pies, pero el Emperador lo impidió tomando su barbilla para obligarlo a mirarle a los ojos.
El cuerpo de Koemi no pudo más. Sus feromonas se dispararon por el toque del monarca; su cuerpo fue incapaz de soportarlo, intentó respirar y se mareó, sus piernas falsearon y se dejó caer casi desvanecido.
Miguel actuó rápidamente, atrapando a Koemi y evitando que cayera al suelo. Por el movimiento, y por el movimiento del cabello negro del omega, percibió aquel aroma floral mucho más fuerte que antes y nada lo preparó para observar el rostro de Koemi con mucha más atención.
El omega abrió los ojos; lo contempló de nuevo desde su posición, intentando enfocar el rostro de Su Majestad lo mejor que podía. Si habría de morir, quería ver su rostro una última vez.
—Miguel…
Aquella voz tersa y suave, contaminada de necesidad, hizo aparición nuevamente pronunciando aquella palabra: su nombre. El rictus de Miguel cambió de inmediato, relajándose mientras miraba los hermosos ojos de aquel chico.
Nunca había deseado que unos labios repitieran su nombre de la misma forma en que ese nipón lo hacía. Quería más, necesitaba más; quería que esos hermosos orbes avellana lo miraran por más tiempo, que aquellos labios pronunciaran más palabras, que lo llamasen solo a él.
Desgraciadamente, Koemi no lo soportó. Se dejó llevar por ese desmayo, quedándose inmovil entre los brazos del monarca más poderoso del mundo.
La impresión de Miguel seguía sin ceder. Miraba con atención el rostro de su esclavo, anonadado porque su belleza, incluso en ese ángulo, se conservaba perfecta. Lo deseaba, deseaba obtener una mirada más de esos bonitos ojos marrones. Lo deseaba a él, como nunca antes había deseado estar con alguien.
— ¿Su Majestad?—Lo llamó Leonardo San Juan, el hombre del chaleco café que lo acompañaba.
La voz de su amigo lo hizo regresar al presente, dándose cuenta que debía actuar. No podía quedarse ahí todo el día.
— ¡Hilaria! ¡Leiko! Revísenlo. Vean qué le sucede e infórmenme cuando esté bien.—dijo Miguel, saliendo de su trance y tomando el cuerpo menudo del esclavo para cargarlo y entregárselo a uno de los guardias— Kyle, que lo lleven al hospital del harem ahora mismo.
—Como ordene, mi señor. —Kyle, el consejero, sirviente principal del Emperador y recién nombrado Chambelán del pabellón real, verificó que el guardia tomara al omega y lo llevase al hospital, seguido por las encargadas del harem quienes cuchicheaban entre sí.
El Emperador estaba respirando con dificultad y salió al pasillo contrario para ir al jardín en busca de su madre. Parecía estar aturdido, se encaminó como pudo para tomar aire fresco urgentemente. Miró hacia atrás una última vez para ver como el bonito rostro de ese omega desaparecía en la lejanía, seguido por uno de sus mejores amigos.
En ese momento, apareció el rostro de Leonardo, muy desconcertado, yendo tras de él.
— ¡Su Majestad!
— ¿Mh?—preguntó el aludido, todavía distraído pero sin dejar de avanzar.
—Mi señor… Es por aquí… —señaló Leo San Juan, muy desconcertado de que un error tan básico fuera cometido por ese joven gobernante que sabía hasta los secretos más profundos de ese castillo.
Miguel detuvo su andar, parpadeó dos veces antes de percatarse que efectivamente se había equivocado de pasillo. Intentando no verse ridículo, alzó la mirada y se encaminó por aquel camino que le había señalado Leo.
Daba igual. Con cada paso que daba, su mente regresaba una y otra vez a ese esclavo omega. No iba a dejar de pensar en él por un buen tiempo.
Por todos sus dioses… ¿Qué le había hecho aquel hombre?
Fin del capítulo 1
