Hasta la Eternidad:
19: Diciembre 24
24 de diciembre. Castillo de Konohagakure
Dobló, por enésima vez, la misma chaqueta.
Ni siquiera era consciente de lo que estaba haciendo, pero sabía que debía marcharse. El inspector Powell sabía dónde podría encontrarla si hiciera falta. Hinata habría deseado escapar de allí unas horas después de los últimos sucesos, pero le había resultado imposible. De todos modos, le daba lo mismo.
Todo le daba ya lo mismo. Absolutamente todo, excepto quedarse un segundo más entre aquellos muros donde había conocido la felicidad y que ahora la ahogaban. Vivir o morir carecía de importancia para ella, y solamente ante la insistencia de Shizune había consentido en quedarse aquella semana, recuperándose de la herida del brazo, pero se había prometido irse al día siguiente de Navidad. No podía soportar durante más tiempo vagar por las salas y galerías sin la presencia de Naruto.
Tenía los ojos hinchados de llorar, pero ya ni le quedaban lágrimas. Con un suspiro lastimero, se sentó en el alféizar de uno de los ventanales y miró al exterior. La campiña irlandesa estaba preciosa. La nevada lo cubría todo y las copas de los árboles se vencían bajo el peso del blanco algodón. A lo lejos, las montañas parecían de postal.
Acá y allá se apreciaban pequeñas pisadas de animalillos y pájaros sobre el césped, ahora blanco como un mantel. La terrible tormenta de la noche en que encontraran la reliquia y Naruto saliera definitivamente de su vida dio paso nuevamente a una intensa nevada.
Ni uno solo de los moradores del castillo se ahorró comentarios acerca de lo extraño de aquellos fenómenos atmosféricos que se alternaban de un modo tan inusual que parecía que el cielo tratara de castigar a Irlanda. Hasta los noticiarios de televisión hacían referencia expresa a las sorprendentes condiciones meteorológicas de aquellos días.
Se puso de pie y trató de ordenar sus enseres en las maletas. Cogió la chaqueta que acababa de meter, la desdobló y la plegó de nuevo, como un autómata.
La llamada a la puerta la distrajo. Shizune entró y Hinata eludió saludarla.
—¿Lo ha pensado mejor?
—Lo lamento, Shizune, pero de verdad que no podría.
—Lleva una semana encerrada, señorita.
Era cierto. Desde aquella noche en que Naruto la abandonara, se había negado a ver a nadie y apenas había probado bocado. Tan sólo salió del castillo cuando la llevaron a ver al doctor McKey, médico habitual del servicio, que la atendió, limpió su herida y la desinfectó. Afortunadamente la bala no había tocado hueso, por lo que sólo tuvo que vendar.
El mismo inspector Powell accedió a interrogarla en su habitación, a la vista de su estado hipnótico.
Tha gradh agam ort. «Te amo. Siempre te amaré.» Se llevó una mano a la boca para ahogar otro sollozo al recordar las últimas palabras de Naruto. Viviría el resto de su existencia añorándolo y con aquella frase grabada en la mente.
Una vez que Naruto salió de la cripta en pos de Toneri Hibert, los acontecimientos se sucedieron de forma vertiginosa. En medio de la noche, unos gritos espeluznantes pusieron en guardia al castillo entero. Algunos de los hombres vieron correr al americano como un demente, el rostro desencajado por el terror.
Subía, bajaba, iba y venía por los pasillos. Dijeron que actuaba como si tratara de escapar de alguien, avanzando y retrocediendo, esquivando, sin dejar de proferir aullidos de pánico. Como si una fuerza invisible lo empujara, se dirigió a las escaleras que ascendían hasta las almenas del castillo.
Yamato y otro de los criados lo habían seguido asustados, en pijama, mientras el resto, fuera del castillo, hacía frente con capuchas a la incesante tormenta para ver cómo se encaramaba, siempre corriendo y mirando atrás, intentando huir de lo que parecía perseguirlo, al punto más alto de la torre norte, la que se había incendiado hacía siglos. Toneri se lanzó al vacío sin que Yamato ni su acompañante pudieran hacer algo por impedirlo.
Los rumores se extendieron entre el personal, y alguno afirmó haber visto una sombra en lo más alto de la torre después de que el cuerpo se estrellara, con un ruido sordo, contra las baldosas del jardín.
A Hinata la encontraron poco después, medio desmayada en la cripta, y la subieron a su habitación para hacerle una primera cura.
El cofre con la reliquia se encontró en el patio de las columnas, lo que causó un gran revuelo entre todo el personal, conocedor como era de la leyenda sobre su desaparición, que se trasmitía de generación en generación.
Hinata sabía muy bien qué era lo que había perseguido a Toneri, quién lo había impulsado a escoger el camino que lo había llevado a la muerte. Sabía perfectamente por qué había saltado al vacío: para acabar con el horror que su mente le dibujaba.
También Shizune lo sabía. Hinata lo había visto en sus ojos. Ambas eran las únicas que conocían la verdad, pero callarían hasta la tumba.
Después de relatar al inspector Powell lo sucedido en la cripta, evidentemente omitiendo la intervención de Naruto, aquél puso el castillo patas arriba intentando localizar las dagas que Toneri confesó haber robado. Nada. No aparecieron, y Powell decidió cerrar el caso definitivamente.
Pero no dejó de expresar lo sorprendente que resultaba el súbito ataque de locura que había sufrido el americano cuando parecía haber conseguido su objetivo. En definitiva, hubo de dar carpetazo a la investigación, al menos oficialmente, ya que un policía concienzudo como él seguiría por su cuenta cualquier nuevo indicio sobre el paradero de las armas. Según él, se había resuelto un misterio, pero había surgido otro igualmente intrigante.
—Ha venido el señor Jiraiya —dijo Shizune—. Baje a cenar con todos nosotros, señorita, por favor.
Hinata se demoró en su respuesta y luego, vencida, acabó accediendo. Trataría de adaptarse a las circunstancias lo mejor posible para no amargar la velada a los comensales, aunque sabía que apenas probaría bocado.
Aquellas Navidades difícilmente se recordarían por la festividad en sí, sino por los sucesos que las precedieron. El contrapunto agradable era la confirmación de la repentina, absoluta y extraña recuperación de lord Namikaze.
Shizune caminó junto a ella por la galería. Aunque estaba ansiosa por saber lo que el abogado se traía entre manos, guardó silencio, como le habían pedido, respecto a la insólita llamada que había recibido a la mañana siguiente de la muerte de Toneri Hibert.
Una llamada telefónica que la extrañó sobremanera. Jiraiya notificaba el restablecimiento de milord y le ordenaba severa y escuetamente que no permitiera a la señorita Hinata Hyūga abandonar el castillo bajo ningún concepto hasta que él llegara. Sus palabras exactas fueron:
—Aunque deba romperle usted una pierna para evitarlo, señora Katō. Gracias a Dios, no hizo falta llegar a tal extremo para impedir su marcha, puesto que el inspector Powell se encargó de mantener a todos a buen recaudo mientras llevaba a cabo sus pesquisas.
Hinata avanzaba con paso cansino, un poco mareada, atravesando el patio de las columnas hasta alcanzar el pequeño comedor donde se reunía, año tras año, la plantilla del servicio. En esta ocasión dudaba siquiera que se cantaran villancicos. Aquella noche iba a ser la Nochebuena más horrible de su vida.
Cuando Shizune empujó por fin la doble hoja de la puerta para cederle el paso a Hinata, los murmullos y la animación eran la nota dominante, lo que sorprendió a ambas.
Shizune se paralizó y Hinata sufrió un vahído. Se sujetó a la jamba de la puerta y miró, muda de asombro, al hombre alto, de anchos hombros y cabellera rubia que, en esos momentos, daba la espalda a la concurrencia frente a un ventanal.
—Naruto... —musitó, tan bajo que solamente ella se oyó.
Como si su presencia lo hubiera alertado, lord Namikaze se dio la vuelta, y ella sintió que las piernas le fallaban al verse reflejada en aquellos ojos, de un hermoso color azul. Salvo por el atuendo y su cabello corto, aquel hombre podía ser su adorado fantasma. Hasta ese momento ella no había sido consciente del enorme parecido entre ambos.
Podían haber sido gemelos de no ser porque los separaban siglos. Contemplar a Minato Naruto Namikaze era como estar mirando al espectro del que se había enamorado. Se mordió los labios para controlarse, para evitar salir corriendo de allí. Se obligó a pensar con racionalidad, algo que había hecho poco desde su llegada.
Bien. Naruto se había ido. Y aquél no era otro que el actual lord, ciertamente repuesto. Tenía que aceptar la verdad, la dura y cruel realidad.
¡No era Naruto, no era Naruto, no era...!
Él avanzó hacia ella y se encontraron cara a cara, a pocos centímetros.
—Buenas noches.
Hinata se agarró más fuerte al marco. ¡Joder!, hasta su voz sonaba igual. Terciopelo y acero a la vez.
Quiso responder, pero las palabras se le atascaron. Sintió la quemazón de una lágrima que le resbalaba por su mejilla y no pudo moverse cuando él se la enjugó con un dedo.
Aquella caricia fue tan suave como el contacto de una flor. Le resultó imposible apartar sus ojos de los de él, que parecían ejercer un poder hipnótico sobre ella. De fondo, oía a Jiraiya animar a la servidumbre a abrir sus regalos antes de la cena, en tanto explicaba que era deseo de lord Namikaze reanudar la costumbre de su padre de entregar presentes a todos los empleados del castillo en Nochebuena.
Hinata parpadeó varias veces, como saliendo de un trance, y desvió su mirada hacia los criados que desenvolvían pequeños paquetes, gratamente asombrados y un tanto incómodos ante tan repentino cambio de actitud por parte del joven Namikaze.
¿Era posible que hubiera decidido retomar costumbres de su padre? Indudablemente, debía de haberle afectado el golpe en la cabeza. Su recuperación, además de increíble, llevaba aparejado al parecer un talante distinto. Era como si hubiera vuelto del coma con otra personalidad.
Repuesta de la primera impresión, se separó de él, altanera, con un gesto de disgusto, recordando aún su primer y único encuentro.
—Bienvenido, lord Namikaze —lo saludó, distante, y se alejó. Le resultaba demasiado doloroso verlo con tan buena salud cuando Naruto...
El conde admiró, sin poder remediarlo, el contoneo de sus caderas mientras caminaba hasta el otro extremo del comedor. Shizune, entretanto, lo observaba con la boca abierta. Él, sonriendo, colocó suavemente su dedo índice en la barbilla de ella para cerrársela.
—Le entrarán moscas.
El ama de llaves tragó saliva y tartamudeó:
—Me alegro... de... su... recuperación, milord.
—Fue un milagro, Shizune. —Ella asintió—. Quiero pedirle un favor, señora Katō.
—Usted dirá, milord.
—Localice a Sorcha, a Daniel y a Colin. Ruégueles en mi nombre que se reincorporen a sus trabajos y asegúreles que les pediré disculpas en persona por su despido.
Shizune se atragantó con su propia saliva, tuvo un acceso de tos y él le palmeó ligeramente la espalda con una risita cómplice.
—¡Santa Madre de Dios! —exclamó ella, persignándose—. Usted nunca supo... Nunca se interesó por los nombres de...
—¿De veras? —Frunció el ceño, divertido—. Puede que el golpe me haya refrescado la memoria. ¿Es que no piensa abrir su regalo?
—El regalo —repitió ella, como una beoda—. Sí, claro. Claro, milord.
El conde se agachó a su altura para comentarle al oído:
—Es el envoltorio de papel amarillo. No debería decírselo, pero es una estola de piel y un manguito a juego... —La inundó un cosquilleo de agradecimiento—. Espero que con eso la compense en parte por haberla llamado bruja.
Si en ese momento la tierra se hubiera abierto bajo los pies de Shizune Katō, ella ni siquiera habría pestañeado.
—¡Santa Madre de Dios! —rezó, al tiempo que se santiguaba varias veces seguidas.
Hinata, atenta a los detalles, se percató de su palidez y se acercó a ella mirando de soslayo a Namikaze.
—¿Se encuentra bien?
La señora Katō la observó fijamente mientras sus ojos se inundaban de lágrimas. Le era imposible articular palabra, pero consiguió sonreír de un modo que Hinata jamás había visto antes. Y se alejó para tomar su paquete envuelto en papel amarillo y estrecharlo contra su pecho.
—También hay un regalo para ti.
Hinata se puso tensa al oírlo.
—No era necesario, milord —repuso—. No me gustan estas fiestas y...
—Lo sé —la cortó él—. Pero te gustará lo que te he conseguido. Señor Jiraiya, por favor.
Jiraiya se retiró brevemente, mientras Hinata retaba a lord Namikaze con la mirada, en una lucha interior que le confería un aspecto tan rabiosamente atractivo como el de Naruto. Cuanto más lo miraba más se deprimía. El dolor de su ausencia era como un puñal que se hundía un poco más ante una similitud que ella percibía inevitablemente.
El abogado regresó con el regalo de Hinata en brazos, y ella se perdió en un tobogán de recuerdos. Jiraiya le tendió un cachorro. Un hermoso setter irlandés. Un precioso cachorro de color canela con ojillos que parecían buscar su aprobación mientras su cuerpecito temblaba acurrucándose en las palmas de sus manos.
La mirada de Hinata se dirigió al conde con una mezcla de gratitud y temor. ¿Cómo lo sabía? ¿Cómo había llegado siquiera a imaginar que...? Se le hizo un nudo en la garganta y abrazó al perrito con tanta fuerza que el animalillo ladró, protestando. Ella rio y lo acarició con un mimo exquisito.
—Es precioso —pudo articular brevemente, con un semillero de lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos.
Él mostraba una satisfacción absoluta, y ella se obligó a ofrecerle una sonrisa que le expresaba su agradecimiento.
De repente se encontró representando una parodia burlesca. Repudiaba a aquel hombre prepotente desde el momento en que lo conoció, pero ahora se rendía a su encanto, simplemente porque él le había regalado un perro.
Es verdad que lord Namikaze parecía más humano: se había acercado a todos, había tenido el detalle de los obsequios y, por encima de todo, restituía en su puesto de trabajo a quienes había despedido con tanta ligereza. Hasta podrían perdonársele, dadas las circunstancias, su grosería e indiferencia anteriores. Pero ella no tenía por qué someterse a su despliegue de cortesía.
El contacto de su mano en la cintura abolió todo razonamiento. La invadió un calor abrasador que se extendió por cada molécula de su cuerpo. Era una descarga que ya conocía. Aquella mano grande, morena y cuidada, no era la de Naruto, pero su tacto..., las sensaciones que le provocaba... Se encontró incapaz de moverse y lo miró con algo de miedo.
Todo el mundo estaba pendiente de ellos.
Pero el mundo desapareció para Hinata Hyūga cuando él dijo, muy bajito, para que sólo ella le oyera:
—Se llama Enrique. Y yo, tha gradb agam ort, acushla. «Te amo. Siempre te amaré.»
-FIN-
