Hasta la Eternidad:
Epílogo
Estaba en sus brazos.
Ahora, realmente, estaba en sus brazos. No era una ilusión.
Hinata apenas recordaba lo sucedido después de aquella frase con la que Naruto la devolvió a la vida.
Cenaron como una familia, y el conde brindó por todos y después se despidió.
La velada pasó en un suspiro y ella sólo fue consciente de que, cuando todos se retiraron, Shizune se le acercó y la besó efusivamente en la mejilla, con los ojos llorosos. No hubo palabras, pero entre ellas no hacían falta. Ellas sabían.
Después, el conde la llamó en silencio, sin decir nada, y ella se fue hacia él. Una atracción mágica la obligaba a seguirlo como una sonámbula. Se habían tomado de la mano y ella recordaría, vagamente, que subieron las escaleras entre miradas y silencios. Ya en la habitación de Hinata, los aposentos de Naruto en otros tiempos, ella se abandonó en sus brazos.
Naruto la estrechó con delicadeza, pero con urgencia, le besó el cabello, la frente, los ojos. Ella bebió de lágrimas calientes con que él regaba su rostro, nadando en un mundo irreal del que esperaba no volver. ¿Aquello estaba pasando? ¿Naruto había vuelto realmente del Más Allá para estar a su lado, para amarla?
Se convenció cuando sus manos le arrebataban la ropa mientras se despojaba de la suya con aspavientos de ansia por volver a abrazarla con fuerza y besarla de un modo enloquecedor. Era una avidez acuciante, un apetito insaciable retenido durante siglos, que la contagiaba y purificaba a un tiempo.
Ella posó sus manos en el pecho granítico de él para sentir la fuerza de sus músculos. No había un milímetro de su carne que no deseara tocar, acariciar, chupar y morder. Necesitaba olerlo y saborearlo, convencerse de que había vuelto, de que estaba con ella, de que era verdad. ¡De que estaba vivo!
Naruto la había tomado sin siquiera llegar a la cama, en medio de la habitación, sobre la alfombra. Una cópula irrefrenable, un aquelarre de pasión desbordada, un dique de siglos que ahora rebosaba. Ella se había entregado, arañando su carne como una loba celosa. Abrigarlo dentro la llevó de inmediato al clímax, y se quedó momentáneamente desmadejada en sus brazos.
Naruto no la dejó reponerse. La levantó del suelo, mordisqueó sus pezones, volvió a besarla. Su lengua, áspera y exigente, se entrelazó con la suya, en un engranaje de saliva y fuego.
No llegaron al lecho. A medio camino, Naruto se arrimó a la pared, tomó las muñecas de Hinata para cruzarle los brazos por encima de la cabeza y obligarla luego a que elevara las piernas ciñéndolas alrededor de sus magras caderas.
La penetró con furia, con apetito voraz. Hinata gritó su nombre en la cúspide de un segundo orgasmo, y Naruto se derramó mientras aún la sacudían espasmos de gloria, susurrando en gaélico como si elevara una oración.
Luego, como un demente, la había arrastrado hasta la cama para colmarla de besos en el cuello, en los hombros, en la parte interna de los codos. Besó los dedos de sus manos uno a uno mientras sus ojos, como los de un felino, la devoraban.
Sus dientes se cerraron suavemente sobre sus pezones, henchidos como puntas de acero, y ella gimió y se arqueó hacia él pidiendo más, con el deseo percutiendo sus entrañas.
Los labios de Naruto quemaban todo cuanto tocaban, sembrando de besos su vientre, descendiendo sin remisión hasta el mismo centro del placer.
Hinata lo deseaba de un modo feroz. Anhelaba sentirlo y que él la sintiese, compartir y hacer realidad los momentos que, hasta entonces, habían sido simples quimeras.
Sintió el fuego de la boca de Naruto sobre los rizos de su pubis y se abrió para él. Sólo para él. Para su amado fantasma. Irreverente y pagana, le ofreció su cuerpo porque le pertenecía.
La lengua de Naruto rozó los pliegues que flanqueaban la entrada del cáliz perenne. Sacudiendo el hinchado botón con suaves golpecitos, succionaba, lamía y bebía, y ella subió a la cresta de la excitación, volviéndose loca.
Se convulsionó en un placer incontrolable en la plenitud con la que antes la había saciado su miembro. El cuerpo de Hinata pareció sacudido por las ondas de un terremoto en un delirio tan exquisito e inconcebible que se encontró al límite del sentido.
Naruto se irguió sobre sus fuertes brazos y besó sus ojos entreabiertos. Sin pronunciar una sola palabra se dijeron todo, se prometieron todo.
Luego, él se acostó boca arriba y, con la misma facilidad con que se levanta a un niño, la colocó sobre su cuerpo. Hinata se estiró sobre él. Su sedoso cuerpo de mujer se ajustó perfectamente a los duros músculos masculinos, como si se hubieran moldeado juntos y se hubieran dividido en dos mitades que ahora volvían a acoplarse.
La piel de Naruto era cálida y suave. Hinata se arqueó sobre él para acercarle a la boca sus pechos, henchidos y anhelantes. Ofreció sus frutos y él los tomó golosamente, saboreándolos de nuevo. Dedicó atención a uno y a otro, centrado en sus puntas, mientras su lengua jugueteaba con las aureolas rosadas y sensibles.
Las manos de Naruto, para nada ociosas, amasaron sus nalgas, acariciaron la hendidura entre ambas, pellizcaron y se esforzaron en una carrera que subía hasta su cuello y bajaba de nuevo hasta su sexo empapado.
Sin dejar de excitarle los pechos, la mano derecha de él se perdió entre la unión de los dos cuerpos para agasajarla justamente en el punto en el que se juntaban. El palpitante miembro de Naruto, erguido, orgulloso y apremiante, se apoyaba entre las nalgas de Hinata desencadenando un insoportable apetito de volver a tenerlo dentro.
El roce del vello masculino suavizaba su ardor, pero a un tiempo la empujaba a frotarse contra los muslos de Naruto, provocando vaivenes a su excitación. Su humedad caliente y pegajosa y sus apagados gemidos aumentaban la ya dolorosa erección del miembro.
Hinata inclinó su torso y lo besó en la boca. Sus labios se fundieron, aprisionando y libando. Le mordió el labio inferior a Naruto, que dejó escapar un gruñido, a punto ya de derramarse. En un solo movimiento la hizo girar para colocarse de nuevo encima de ella. La besó, loco de pasión, reteniendo su rostro entre sus manos mientras su pene la atormentaba friccionándose contra la vagina.
—Por favor... —suplicó Hinata.
A horcajadas, él acarició una vez más el valle ensortijado, guardián silencioso de la cueva húmeda y caliente en la que deseaba perderse de nuevo y habitar el resto de su existencia. Introdujo dos dedos y los impulsó en el interior, con el pulgar acariciando el peciolo rosado.
—Por Dios, Naruto... —sollozó ella, alzando las caderas hacia su mano, como si quisiera empujar aún más, acercándose a un nuevo clímax—. Por favor...
Con el torbellino de sus espasmos bajo su cuerpo, Naruto cabalgó sobre su vientre y la poseyó de nuevo. Sus furiosas embestidas la hicieron boquear, al sentirlo tan dentro, tan posesivo y tan duro.
—Acushla—lo oyó jadear en tanto su savia masculina la inundaba—. Acushla...
Sometidos y saciados se abandonaron al fin, soldados de una batalla que nunca se acaba de ganar.
Naruto, tumbado de espaldas, la tendió sobre él. La abrazó con fuerza y se quedaron así, en un silencio interrumpido tan sólo por el ulular del viento. Escuchando el latir de sus corazones al unísono. Escuchando el canto de la vida.
—Te amo —dijo Naruto, atrayéndola aún más hacia sí, casi impidiéndole respirar.
Hinata lo besó en el pecho y enredó sus dedos en su cabello.
—Tienes el pelo corto.
—Ya crecerá.
Asintiendo, ella trepó sobre su imponente cuerpo de guerrero y apoyándose sobre sus codos lo miró a los ojos. Era él, sin lugar a dudas. Era su fantasma. Nadie podía mirar como él lo hacía. Nadie tenía el poder de hipnotizarla, salvo él.
El rostro satisfecho de Hinata, como el de una niña ante el regalo esperado, provocó en él un amago de erección. Ella notó que el miembro cobraba vida de nuevo y se apretaba contra su vientre.
—Parece que quieras recuperar el tiempo perdido —bromeó Hinata.
Naruto dejó escapar una larga carcajada. Luego acarició su cabello, serio, mirándola fijamente a los ojos.
—Te amo. Toda una vida no será suficiente para agradecer este milagro.
La besó en la barbilla y la envolvió de nuevo entre sus brazos. Parecía no saciarse de ella. Seguramente no se saciaría en toda la eternidad.
—Se me ha regalado una segunda oportunidad, acushla. No sé el motivo, ni siquiera si lo merezco, pero juro por Dios que dedicaré mi nueva existencia a adorarte.
Hinata se dejó mecer por su ternura y asintió en silencio. Tampoco ella creía merecer la gracia que le había sido otorgada.
—Mañana pensaremos en todo esto, Naruto, buscaremos las respuestas, si las hay —le dijo, saliendo al encuentro de la boca masculina—. Mañana. Esta noche, sólo ámame. Por favor, ámame.
Y vivieron felices por siempre
Autor: Nieves Hidalgo
