Naruto Y Hinata en:

La Oferta


VEINTIDOS


[...]

Qué agitación y prisas en Bruton Street. El viernes por la mañana vieron salir corriendo de su casa a la vizcondesa Uzumaki viuda acompañada por su hijo Naruto. El señor Uzumaki prácticamente arrojó a su madre dentro de un coche, y al instante partieron como alma que lleva el diablo. Honoka y Hyacinth se quedaron en la puerta, y esta cronista ha sabido de muy buena tinta que se oyó exclamar a Honoka una palabra muy impropia de una dama.

Pero la casa Uzumaki no es la única en que se ha visto seme jante agitación. También ha habido muchísima actividad en la casa de las Byakugan, la que culminó en una pelea en público, en la escalinata de entrada de la casa, entre la condesa y su hija, la señorita Sakura Terumi.

Puesto que esta cronista nunca le ha tenido simpatía a lady Byakugan, sólo puede exclamar: «¡Hurra por Sakura!»

Ecos de Sociedad de Lady Wattpad,
16 de junio de 1817

[...]

Hacía frío, un frío tremendo. Y se oía un desagradable ruido de furtivos correteos por los rincones, correteos que no dejaban ninguna duda de que eran de animalillos de cuatro patas. O incluso peor, de animales de cuatro patas. O, para ser más exactos, de versiones grandes de animalillos de cuatro patas.

Ratas.

—Ay Dios —gimió Hinata.

No tenía por costumbre pronunciar el nombre del Señor en vano, pero ése le pareció tan buen momento como cualquiera para empezar. Tal vez él la oiría, y tal vez él castigaría a las ratas. Sí, eso iría muy bien: un buen golpe con un rayo. Un rayo grande, de proporciones bíblicas. El rayo golpearía la tierra, se extendería como tentáculos eléctricos alrededor del globo y achicharraría a todas las ratas.

Era un sueño bonito para tener ahí, junto con aquel en que se encontraba viviendo feliz para siempre como la señora de Naruto Uzumaki.

Hizo una rápida inspiración al sentir atravesado el corazón por una repentina punzada de dolor. De los dos sueños, temía que el que tenía más probabilidades de hacerse realidad era el del raticidio.

Estaba sola. Absoluta y verdaderamente sola. No entendía por qué eso le dolía tanto, porque, la verdad, siempre había estado sola. Desde que su abuela la depositara en la escalinata de la entrada principal de Byakugan Park no había tenido jamás a nadie que la defendiera, a ninguna persona que pusiera los intereses de ella por encima, o siquiera al mismo nivel, de los propios.

Le gruñó el estómago, recordándole que podía añadir hambre a su creciente lista de desgracias.

Y sed. No le habían llevado ni siquiera un sorbo de agua para beber. Empezaba a tener fantasías muy raras con el té.

Hizo una larga y lenta espiración, procurando no olvidar que debía inspirar por la boca después. La hediondez era espantosa, abrumadora. Le habían dado un tosco orinal para que aliviara sus necesidades corporales, pero hasta el momento había tratado de usarlo con la menor frecuencia posible.

Habían vaciado el orinal antes de arrojarlo dentro de su celda, pero no lo habían limpiado, y cuando lo cogió notó que estaba mojado, lo cual la impulsó a soltar lo inmediatamente, con todo el cuerpo estremecido de repugnancia.

Claro que había vaciado muchos orinales en su vida, pero las personas para las que trabajaba por lo general se las arreglaban para acertar dentro, por así decirlo. Por no decir que siempre había podido lavarse las manos después.

Y allí, además del frío y el hambre, no podía ni sentirse limpia en su piel.

Era una sensación horrible.

—Tienes una visita.

Hinata se puso de pie de un salto al oír la voz bronca y hostil del alcaide. ¿Podría ser que Naruto hubiera descubierto dónde estaba? ¿Podría ser que hubiera deseado acudir en su ayuda? ¿Habría...?

—Bueno, bueno, bueno.

Era Mei. Se le cayó el corazón al suelo.

—Hinata Ōtsutsuki —cacareó Mei, acercándose a la celda y cubriéndose la nariz con un pañuelo como si Hinata fuera la causa del hedor—. Nunca me habría imaginado que fueras a tener la audacia de enseñar tu cara en Londres.

Hinata cerró firmemente la boca para obligarse a no hablar. Mei quería enfurecerla con burlas, y de ninguna manera le daría esa satisfacción.

—Las cosas no van bien para ti, me temo —Continuó Mei, sacudiendo la cabeza en fingida compasión. Se acercó otro poco y susurró—. El magistrado no siente mucha simpatía por los ladrones.

Hinata se cruzó de brazos y se puso a mirar fijamente la pared. Si miraba a Mei, aunque sólo fuera fugazmente, no sería capaz de resistirse a abalanzarse sobre ella y seguro que los barrotes de la celda le lastimarían gravemente la cara.

—Ya le pareció mal el robo de las pinzas de los zapatos —continuó Mei, dándose golpecitos en el mentón con el índice—, pero se puso muy furioso cuando le informé del robo de mi anillo de bodas.

—¡Yo no...!

Alcanzó a reprimir el resto de la exclamación; justamente eso era lo que deseaba Mei: sacarla de quicio.

—¿Ah, no? —replicó Mei, sonriendo maliciosamente y agitando los dedos—. Parece que no lo llevo, y es tu palabra contra la mía.

Hinata abrió la boca, pero de ella no salió ningún sonido. Mei tenía razón; ningún juez aceptaría su palabra contra la de la condesa de Byakugan.

Mei sonrió con una expresión vagamente felina.

—El hombre de la puerta, creí oírle decir que era el alcaide, dijo que no es probable que te cuelguen, así que no tienes por qué preocuparte en ese punto. La deportación es una consecuencia mucho más probable.

Hinata casi se echó a reír. Sólo el día anterior había estado haciendo planes para emigrar a Estados Unidos. Y al parecer sí dejaría Inglaterra, aunque su destino sería Australia. E iría encade nada.

—Suplicaré que tengan clemencia —dijo Mei—. No quiero que te maten, sólo quiero que... te marches.

—Todo un modelo de caridad cristiana —masculló Hinata—. Seguro que el juez se conmoverá.

Mei se pasó distraídamente los dedos por la sien echándose atrás un mechón.

—Pero ¿no será conmovedor? —dijo, mirándola y sonriendo, con una expresión dura, lúgubre.

Repentinamente Hinata sintió la urgente necesidad de saber...

—¿Por qué me odia? —preguntó en un susurro.

Mei estuvo un momento mirándola fijamente y después contestó:

—Porque él te amaba.

Hinata no pudo decir nada, muda por la sorpresa.

Los ojos de Mei brillaron con una dureza que los hacían parecer quebradizos.

—Jamás le perdonaré eso.

Hinata negó con la cabeza, incrédula.

—Nunca me amó.

—Te vestía, te alimentaba —dijo Mei, entre dientes, con los labios fruncidos—. Me obligó a vivir contigo.

—Eso no era amor. Eso era sentimiento de culpabilidad. Si me hubiera amado no me habría dejado con usted. No era estúpido, tenía que saber lo mucho que usted me odiaba. Si me hubiera ama do no me habría olvidado en su testamento. Si me hubiera amado... —no pudo continuar, atragantada con sus palabras.

Mei se cruzó de brazos.

—Si me hubiera amado —Continuó Hinata—, se habría tomado el tiempo para hablar conmigo. Podría haberme preguntado como me había ido el día, o qué estaba estudiando, o si me gustaba el desayuno. —Tragó saliva para evitar un sollozo, y se volvió de espaldas. Le resultaba muy difícil mirar a Mei en ese momento—.Nunca me amó —dijo en voz baja—. No sabía amar.

Durante un largo rato ninguna de las dos dijo nada.

—Quería castigarme —dijo Mei finalmente.

Hinata se giró lentamente.

—Por no darle un heredero —continuó Mei, y las manos comenzaron a temblarle—. Me odiaba por eso.

Hinata no supo qué decir. No sabía si había algo que decir. Pasa do otro largo rato, Mei volvió a hablar:

—Al principio te odiaba porque eras un insulto para mí. Nin guna mujer debería tener que albergar a la bastarda de su marido.

Hinata guardó silencio.

—Pero después... pero después...

Ante la enorme sorpresa de Hinata, Mei se apoyó en la pared como desmoronada, como si los recuerdos la hubieran despojado de toda su fuerza.

—Pero después eso cambió —dijo Mei al fin—. ¿Cómo él pudo tenerte a ti con una puta y yo no pude darle un hijo?

Hinata no le vio mucha utilidad a defender a su madre.

—No sólo te odiaba —continuó Mei en un susurro—Odiaba verte.

Eso no sorprendió a Hinata.

—Odiaba oír tu voz; odiaba ver que tus ojos eran iguales a los de él; odiaba saber que estabas en mi casa.

—Era mi casa también —dijo Hinata tranquilamente.

—Sí. Lo sé. También odiaba eso.

De pronto Hinata levantó la cara y la miró a los ojos.

—¿A qué ha venido? ¿No le basta lo que ha hecho? Ya ha con seguido que me deporten a Australia.

Mei se encogió de hombros.

—No sé, parece que no puedo mantenerme alejada. Hay algo tan agradable en verte en prisión. Tendré que estar tres horas en la bañera para quitarme la fetidez, pero vale la pena.

—Entonces ha de disculparme si voy a sentarme en el rincón y hago como que leo un libro —espetó Hinata—. No hay nada agra dable en verla a usted.

Fue hasta la destartalada banqueta de tres patas que era el único mueble de su celda y se sentó, procurando disimular lo desgraciada que se sentía. Mei la había derrotado, cierto, pero no destroza do el alma, y de ninguna manera permitiría que creyera eso.

Se cruzó de brazos, sentada de espaldas a la puerta de la celda, con el oído atento a cualquier sonido que indicara que Mei se marchaba.

Pero Mei continuó allí.

Finalmente, pasados unos diez minutos de esa tontería, Hinata se levantó de un salto y gritó:

—¡¿Se va a marchar?!

Mei ladeó ligeramente la cabeza.

—Estoy pensando —dijo.

Hinata deseó preguntarle «¿en qué?», pero sintió un poco de miedo de oír la respuesta.

—Me gustaría saber cómo es la vida en Australia —musitó Mei—. Nunca he estado allí, naturalmente; ninguna persona civilizada que yo conozca consideraría la posibilidad de ir allí. Pero he oído decir que el clima es tremendamente caluroso. Y tú con esa piel tan blanca. Ese precioso cutis tuyo no va a sobrevivir a ese ardiente sol. De hecho...

Pero una repentina conmoción en el corredor que hacía esquina con ése interrumpió lo que fuera que iba a decir (afortunadamente, porque Hinata ya temía verse impulsada a intentar asesinarla si oía una palabra más).

—¿Qué demonios pasa? —exclamó Mei, retrocediendo unos pasos y estirando el cuello para ver mejor hacia el otro corredor. En ese instante Hinata oyó una voz muy conocida.

—¿Naruto? —musitó.

—¿Qué has dicho? —le preguntó Mei.

Pero Hinata ya estaba con la cara pegada a los barrotes de su celda.

—¡He dicho «déjenos pasar»! —tronó la voz de Naruto.

Hinata olvidó que no deseaba particularmente que los Uzumaki la vieran en ese degradante lugar. Olvidó que no tenía ningún futuro con Naruto. Lo único que fue capaz de pensar fue que él estaba ahí, que había venido a por ella.

—¡Naruto! — gritó. Si hubiera podido pasar la cabeza por entre los barrotes lo habría hecho.

Entonces resonó en el aire un fuerte golpe, claramente el de un puño contra hueso, seguido por un ruido más apagado, lo más pro bable el de un cuerpo al encontrarse con el suelo.

Se oyeron pasos apresurados y entonces...

— ¡Naruto!

—¡Hinata! Dios mío, ¿Cómo estás?

Naruto pasó las manos por entre los barrotes y las ahuecó en sus mejillas. Sus labios encontraron los de ella. El beso no fue uno de pasión sino de terror y alivio.

—¿Señor Uzumaki? —graznó Mei.

Con un esfuerzo, Hinata logró apartar los ojos de Naruto para mirar la horrorizada cara de Mei. En la agitación y emoción del momento había olvidado que Mei aún no sabía nada sobre sus lazos con la familia Uzumaki.

Ése era uno de los momentos más perfectos de su vida. Tal vez eso significaba que era una persona frívola, pensó. Tal vez significa ba que no tenía en el orden adecuado sus prioridades. Pero simple mente le encantó que Mei, para quien la posición social y el poder lo eran todo, fuera testigo de ese beso dado por uno de los sol teros más codiciados de Londres.

Claro que también estaba muy feliz de ver a Naruto.

Naruto se apartó de mala gana, sus manos acariciándole suave mente la cara mientras retrocedía unos pasos. Después se cruzó de brazos y dirigió a Mei una mirada de furia capaz de chamuscar la tierra.

—¿De qué la acusa? —le preguntó.

Los sentimientos de Hinata hacia Mei bien podían calificarse de «aversión extrema», pero jamás habría calificado a la mujer de estúpida. Pero en ese momento pensó que tal vez tendría que reevaluar ese juicio, porque Mei, en lugar de echarse a temblar y acobardarse ante esa furia, plantó las manos en sus cade ras y chilló:

—¡Robo!

En ese momento apareció lady Uzumaki en la esquina del corredor.

—No creo que Hinata haya hecho algo así —dijo, corriendo a ponerse al lado de su hijo. Miró a Mei un momento, con los ojos entornados—. Y usted nunca me ha caído bien, lady Byakugan —añadió, en tono bastante desdeñoso.

Mei retrocedió un paso y se puso una mano en el pecho, ofendida.

—No se trata de mí —resopló. Dirigió una mirada fulminante a Hinata—. Se trata de esa muchacha, que tuvo la audacia de robarme mi anillo de bodas.

—No le he robado su anillo de bodas, y lo sabe —protestó Hinata—. Lo último que querría de usted...

—¡Robaste las pinzas de mis zapatos!

Hinata apretó los labios en una línea belicosa.

—¡Ja! ¿Lo ven? —exclamó Mei, mirando alrededor como para contar cuántas personas habían visto—. Clara admisión de culpa.

—Es su hijastra —rechinó Naruto—. Jamás tendría que haber estado en una posición en que se le ocurriera que tenía que...

—¡No se atreva a llamarla jamás hijastra mía! —chilló Mei con la cara contorsionada y roja—. No significa nada para mí. ¡Nada!

—Con su perdón —terció lady Uzumaki en un tono extraordinariamente amable—, pero si de verdad no significara nada para usted, no estaría en esta asquerosa prisión intentando hacerla colgar por robo.

Mei se salvó de tener que contestar por la llegada del magistrado, seguido por un malhumorado alcaide que, daba la casualidad, también llevaba un ojo sorprendentemente morado.

Puesto que el alcaide le había dado una palmada en el trasero cuando la arrojó de un empujón en la celda, Hinata no pudo resistir una sonrisa.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó el magistrado.

—Esa mujer —dijo Naruto, imposibilitando con su voz fuerte y grave cualquier otro intento de contestar— ha acusado de robo a mi novia.

¿Novia? Hinata consiguió mantener la boca bien cerrada, pero de todos modos tuvo que cogerse firmemente de los barrotes de la celda porque las piernas se le habían convertido en agua.

—¿Novia? —exclamó Mei.

El magistrado se irguió en toda su estatura.

—¿Y puede saberse quién es usted, señor? —preguntó, muy consciente de que Naruto era alguien importante, aunque no sabía exactamente quién.

Naruto se cruzó de brazos y dijo su nombre. El magistrado palideció.

—¿Algún parentesco con el vizconde?

—Es mi hermano.

—Y ella... —tragó saliva y apuntó a Hinata— ¿es su novia?

Hinata esperó que algún signo sobrenatural agitara el aire, mar cando a Naruto como mentiroso, pero ante su sorpresa, no ocurrió nada. Vio incluso que lady Uzumaki asentía.

—No puede casarse con ella —dijo Mei.

Naruto giró la cabeza hacia su madre.

—¿Hay algún motivo que indique la necesidad de que yo consulte a lady Byakugan sobre esto?

—Ninguno que se me ocurra —repuso lady Uzumaki.

—No es otra cosa que una puta —siseó Mei—. Su madre era una puta y eso se here... ¡ay!

Naruto la había cogido por el cuello antes de que alguien se diera cuenta de que se había movido.

—No me obligue a golpearla —gruñó.

El magistrado le tocó el hombro.

—Debería soltarla, de verdad.

—¿Podría amordazarla?

El magistrado pareció dudoso, pero finalmente negó con la cabeza.

Naruto soltó a Mei con visible renuencia.

—Si se casa con ella —dijo Mei, masajeándose el cuello—,me encargaré de que todo el mundo se entere de quién es: la hija bastarda de una puta.

—Me parece que no necesitamos ese tipo de lenguaje –dijo severamente el magistrado a Mei.

—Le aseguro que no tengo la costumbre de hablar de esa manera —repuso ella, sorbiendo desdeñosamente por la nariz—, pero la ocasión justifica un lenguaje fuerte.

Hinata se mordió un nudillo al ver a Naruto flexionando y estirando los dedos de un modo de lo más amenazador. Estaba claro que él pensaba que la ocasión justificaba puños fuertes.

El magistrado se aclaró la garganta y miró a Mei.

—La ha acusado de un delito muy grave. —Tragó saliva—. Y se va a casar con un Uzumaki.

—Yo soy la condesa de Byakugan —chilló Mei—. ¡Condesa!

El magistrado miró de uno en uno a los ocupantes del corredor. En calidad de condesa, Mei tenía el rango superior, pero al mismo tiempo era sólo una Byakugan contra dos Uzumaki, uno de los cuales era muy corpulento, estaba muy furioso y ya había metido su puño en el ojo del alcaide.

—¡Me robó! —gritó Mei.

—¡No, usted le robó a ella! —rugió Naruto.

Sus palabras produjeron un silencio instantáneo.

—¡Le robó su infancia! —exclamó Naruto, estremecido de ira.

Había grandes lagunas en su conocimiento de la vida de Hinata, pero sabía que esa mujer había causado gran parte del sufrimiento que él siempre veía reflejado en el fondo de sus ojos perlas. Y esta ría dispuesto a apostar que su querido y difunto padre era el causante del resto. Miró al magistrado y explicó:

—Mi novia es la hija ilegítima del difunto conde de Byakugan. Y a eso se debe que la condesa viuda la haya acusado falsamente de robo. Su motivo es venganza y odio, pura y simplemente.

El magistrado pasó la mirada de Naruto a Mei. Al cabo de un instante, dijo a Hinata:—¿Es cierto eso? ¿La han acusado falsamente?

—¡Robó las pinzas de los zapatos! —chilló Mei—. Juro por la tumba de mi marido que robó las pinzas.

—Vamos, madre, por el amor de Dios, yo cogí esas pinzas.

Hinata abrió la boca, pasmada.

—¿Sakura?

Naruto miró a la recién llegada, una joven peli rosa bastante delgada. Después miró a Hinata, que se había puesto blanca como una sábana.

—Vete —siseó Mei—. No tienes nada que hacer en esta discusión.

—Pues sí que tiene —dijo el magistrado a Mei—, si ella cogió las pinzas de los zapatos. ¿Desea presentar cargos contra ella?

—¡Es mi hija!

—¡Pónganme en la celda con Hinata! —Exclamó Sakura, poniéndose una mano en el pecho con gran dramatismo—. Si la deportan por robo, a mí también deben deportarme.

Por primera vez en varias semanas, Naruto se sorprendió son riendo.

El alcaide sacó sus llaves y dio un codazo al magistrado.

—¿Señor? —dijo, titubeante.

—Guarde esas llaves —espetó el magistrado—. No vamos a encarcelar a la hija de la condesa.

—No las guarde todavía —terció lady Uzumaki—. Quiero libre inmediatamente a mi futura nuera.

El alcaide miró al magistrado, indeciso.

—Ah, pues, muy bien, déjela libre —dijo el magistrado apuntan do en dirección a Hinata—. Pero nadie va a ir a ninguna parte mientras yo no haya aclarado esto.

Mei se ofendió y refunfuñó, pero el alcaide abrió la puerta de la celda. Hinata salió y al instante avanzó para echarse en brazos de Naruto, pero el magistrado la interceptó estirando un brazo.

—No tan rápido. No tendremos ninguna reunión de tortolitos mientras yo no descubra a quién se ha de arrestar.

—No se va a arrestar a nadie —gruñó Naruto.

—¡Irá a Australia! —chilló Mei apuntando a Hinata.

— ¡Métanme en la celda! —suspiró Sakura, poniéndose el dorso de la mano en la frente—. ¡Fui yo!

—Sakura, ¿quieres callarte? —le susurró Hinata—. Créeme, no te conviene estar en esa celda. Es horrorosa. Y hay ratas.

Sakura retrocedió, alejándose de la celda.

—Nunca recibirá otra invitación en esta ciudad —dijo lady Uzumaki a Mei.

— ¡Soy condesa! —siseó Mei.

—Y yo soy más popular —replicó lady Uzumaki.

Tan extrañas eran esas despectivas palabras en su boca que tanto Naruto como Hinata la miraron boquiabiertos.

—¡Basta! —exclamó el magistrado. Miró a Sakura y, señalando a Mei, le preguntó—: —¿Es su madre?—Sakura asintió.—¿Y confiesa haber sido usted la que robó las pinzas de los zapatos?

Sakura volvió a asentir.

—Y nadie le ha robado su anillo de bodas. Está en su joyero, en casa.

Nadie hizo ninguna exclamación de sorpresa, porque a nadie sorprendió eso. Pero Mei protestó de todos modos:—¡No está!

—En tu otro joyero —aclaró Sakura—. El que guardas en el tercer cajón de la izquierda.

Mei palideció.

—Parece que no tiene nada de qué acusar a la señorita Ōtsutsuki. lady Byakugan —dijo el magistrado.

Mei se estremeció de rabia y estirando un brazo tembloroso apuntó con un dedo a Hinata:—Me robó —dijo con voz ahogada y volvió sus ojos furiosos hacia Sakura—. Mi hija miente. No sé por qué, y no sé que espera ganar con eso, pero miente.

Hinata sintió un desagradable revoloteo en el estómago. Sakura iba a tener problemas terribles cuando volviera a su casa. Era imposible saber qué haría Mei para vengar esa humillación en público. No podía permitir que Sakura se echara la culpa por ella. Tenía que...

—Sakura no...

Las palabras le salieron de la boca antes de tener tiempo para pensarlo, pero no pudo acabar la frase porque Sakura le enterró el codo en el abdomen.

—¿Iba a decir algo? —le preguntó el magistrado.

Hinata negó con la cabeza, sin poder hablar, sin aliento: Sakura con sus flacos huesos, le había enviado el aliento a Escocia.

El magistrado exhaló un cansino suspiro y se pasó la mano por sus ralos cabellos rubios. Miró a Sakura, después a Hinata, después a Mei y después a Naruto. Lady Uzumaki se aclaró la garganta, obligándolo a mirarla a ella también.

—Es evidente que esto es muchísimo más que una pinza de zapato robada —dijo el magistrado, con una expresión que decía a las claras que preferiría estar en cualquier otra parte.

—Pinzas —corrigió Mei sorbiendo por la nariz—. Eran dos.

—Sean una o dos, está claro que hay odio entre ustedes, y antes de condenar a nadie quiero saber por qué.

Durante un instante nadie habló, y de pronto hablaron todos a la vez.

—¡Silencio! —rugió el magistrado—. Usted —señaló a Hinata—. Comience.

Al tener a todos los presentes pendientes de sus palabras, Hinata se sintió tremendamente tímida.

—Eehhh...

El magistrado se aclaró la garganta, muy audiblemente.

—Lo que dijo él es correcto —se apresuró a decir Hinata, señalando a Naruto—. Soy hija del conde de Byakugan, aunque él nunca me reconoció como a tal.

Mei abrió la boca para decir algo, pero el magistrado le dirigió una mirada tan fulminante que volvió a cerrarla.

—Viví en Byakugan siete años antes de que ella se casara con el conde —continuó Hinata haciendo un gesto hacia Mei—. El conde decía que era mi tutor, pero todos sabían la verdad. —Calló un momento, al recordar la cara de su padre, pensando que no debía sorprenderla el no poder imaginárselo con una sonrisa en la cara—. Me parezco mucho a él.

—Conocí a tu padre —dijo lady Uzumaki dulcemente—. Y a tu tía. Eso explica por qué desde el principio he tenido la impresión de que ya te conocía.

Hinata la miró y le sonrió, agradecida. En el tono de lady Uzumaki había un no sé qué muy tranquilizador, que le produjo un agradable calorcillo interior y la hizo sentirse un poco más segura.

—Continúe, por favor —dijo el magistrado.

Ella asintió y continuó:—Cuando el conde se casó con la condesa, ella no quería que yo siguiera viviendo allí, pero él insistió. Yo lo veía muy rara vez, y no creo que pensara mucho en mí, pero me consideraba su responsabilidad y no quería que me echaran. Pero cuando murió...

Tragó saliva, para pasar el bulto que se le había formado en la garganta. Jamás había contado su historia a nadie; las palabras que salían de su boca se le antojaban raras, desconocidas.

»—. Cuando murió, su testamento especificaba que la parte de lady Byakugan se triplicaría si me mantenía en su casa hasta que yo cumpliera los veinte años. Y eso hizo ella. Pero mi posición cambió drásticamente. Me convertí en sirvienta. Bueno, no en sirvienta exactamente. —Sonrió irónica—. A una sirvienta se le paga. Así que, en realidad, podría decir que me convertí en una especie de esclava.

Miró a Mei. Ésta estaba de brazos cruzados con la nariz apuntando hacia arriba y con los labios ligeramente fruncidos. De pronto cayó en la cuenta de las muchas veces que había visto esa misma expresión en la cara de Mei; más veces que las que se atrevía a contar, tantas como para destrozarle el alma.

Sin embargo, allí estaba, sucia y sin un céntimo, pero con su mente y temple todavía fuertes.

—¿Hinata? —dijo Naruto, mirándola con expresión preocupa da—. ¿Te ocurre algo?

Ella negó lentamente con la cabeza, porque acababa de comprender que de verdad todo estaba bien. El hombre al que amaba acababa de pedirle (de un modo algo indirecto) que se casara con él, Mei iba a recibir por fin el apaleo que se merecía, y a manos de los Uzumaki, nada menos, que la dejarían hecha jirones cuando acabaran, y Sakura..., bueno, tal vez eso era lo más hermoso de todo.

Sakura, que siempre había deseado ser una hermana para ella, que jamás había tenido el valor de ser ella misma, se había enfrentado a su madre, y muy posiblemente la había salvado. Estaba segura al cien por cien que si Naruto no hubiera ido allí y declarado que ella era su novia, el
testimonio de Sakura habría sido lo único que la habría salvado de la deportación, o incluso de la ejecución.

Y ella sabía mejor que nadie que Sakura pagaría muy caro su valor. Era posible que Mei ya estuviera planeando la manera de hacerle la vida un infierno.

Sí, todo estaba bien, y de pronto se sorprendió irguiéndose más.

—Permítanme que acabe mi historia —dijo—. Después que murió el conde, lady Byakugan me mantuvo en su casa en calidad de doncella sin salario. Aunque la verdad es que yo hacía el trabajo de tres criadas.

—¡Lady Wattpad dijo eso mismo el mes pasado! —exclamó Sakura, entusiasmada—. Le dije a madre que...

—¡Cierra la boca, Sakura! —ladró Mei.

—Cuando cumplí los veinte —continuó Hinata—, no me echó de casa. Hasta el día de hoy no sé por qué.

—Creo que ya hemos oído suficiente —dijo Mei.

—Pues yo no creo que hayamos oído suficiente —ladró Naruto.

Hinata miró al magistrado, en busca de orientación. Él asintió, y ella continuó:—Sólo puedo deducir que disfrutaba con tener a alguien a quien mandar. O tal vez le gustaba tener una criada a la que no tenía que pagarle. El conde no me dejó nada en su testamento.

—¡Eso no es cierto! —exclamó Sakura.

Hinata la miró asombrada.

—Te dejó dinero —insistió Sakura.

Hinata sintió que se le aflojaba la mandíbula.

—Eso no es posible. Yo no tenía nada. Mi padre se preocupó de dejar asegurado mi mantenimiento hasta los veinte años, pero después de eso...

—Para después de eso te dejó una dote —dijo Sakura con bastan te energía.

—¿Una dote?

— ¡Eso no es cierto! —chilló Mei

—«Es» cierto —rebatió Sakura—. No deberías dejar pruebas incriminatorias por ahí, madre. El año pasado leí la copia del testa mento del conde. —Dirigiéndose a los demás presentes, añadió—: Estaba en el mismo joyero donde guardó su anillo de bodas.

—¿Me robó la dote? —dijo Hinata a Mei, con una voz que sonó apenas como un débil susurro.

Todos esos años había creído que su padre la dejó sin nada. Sabía que nunca la había amado, que la consideraba poco más que su responsabilidad, pero le dolió que le dejara dotes a Tayuya y a Sakura, que ni siquiera eran hijas de él, y no a ella.

Jamás se le había ocurrido pensar que no le hubiera dejado nada adrede; había creído que, simplemente, la había olvidado. Lo cual le sentaba peor que un desaire intencionado.

—Me dejó una dote —musitó, como desconcertada. —Tengo una dote —dijo a Naruto.

—No me importa si tienes o no tienes una dote —repuso él—. Yo no la necesito.

—A mí sí me importa —dijo ella—. Yo creía que me había olvidado. Todos estos años he creído que cuando hizo su testamento, simplemente se olvidó de mí. Sé que no podría haberle dejado dinero a su hija bastarda, pero él decía a todo el mundo que yo era su pupila. Y no había ningún motivo para que no asegurara el porvenir de su pupila. —Sin saber por qué, miró a lady Uzumaki—. Podría haber legado algo a su pupila. La gente hace eso todo el tiempo.

El magistrado se aclaró la garganta y miró a Mei.

—¿Y qué le ocurrió a esa dote?

Mei no contestó.

Lady Uzumaki se aclaró la garganta.

—Creo que no es muy legal malversar la dote de una joven. —Sonrió, con una sonrisa muy satisfecha—. ¿Eh, Mei?


Continua