Naruto Y Hinata en:

La Oferta


EXTRA(EPILOGO 1)


A los veinticinco años, a la señorita Sakura Terumi se la consideraba casi una solterona. Había quienes decían que hacía tiempo que había dejado de ser una jovencita y que se quedaría para vestir santos; a menudo se mencionaba que los veintitrés eran el cruel límite cronológico. Pero como lady Uzumaki (su tutora oficiosa) señalaba, Sakura era un caso único.

En lo que a años de debutante se refería, lady Uzumaki insistía en que Sakura solo tenía veinte, quizá veintiún años. Karin Uzumaki, la hija mayor soltera de la casa, lo decía sin rodeos: los primeros años de Sakura en sociedad habían sido inútiles y no deberían contarse.

La hermana menor de Karin, Hyacinth, a quien nadie superaba en verborrea, se limitaba a declarar que los años de Sakura entre los diecisiete y los veintidós habían sido «una porquería».

A estas alturas lady Uzumaki suspiró, se sirvió una bebida bien cargada y se desplomó en un sillón. Hyacinth, que tenía la lengua tan afilada como Karin (aunque, gracias a Dios, era más discreta), había comentado que lo mejor que podían hacer era darse prisa en casar a Karin o corrían el riego de que su madre se volviera alcohólica. A lady Uzumaki no le agradó el comentario, aunque pensó para sus adentros que podría ser cierto.

Así era Karin.

Pero esta es la historia de Sakura. Y como Karin suele apropiarse de todo lo que tenga que ver con ella... por favor, olvidaos de ella el resto de la historia.

La verdad sea dicha, los primeros años de Sakura en el mercado matrimonial habían sido una porquería. Era cierto que había hecho su debut a los diecisiete años, una edad adecuada. Además, era hijastra del difunto conde de Byakugan quien, con mucha prudencia, había hecho los arreglos necesarios para asignarle una dote antes de morir de forma prematura varios años atrás.

Sakura era una mujer agradable a la vista, aunque quizás un poco flacucha, tenía todos los dientes y más de una persona había comentado que poseía unos ojos extraordinariamente bonitos. En teoría, no se entendía por qué había pasado tanto tiempo sin recibir una sola propuesta matrimonial.

Pero la teoría no tenía en cuenta a la madre de Sakura, Mei Terumi, la condesa viuda de Byakugan.

Mei era una auténtica belleza, incluso más que la hermana mayor de Sakura, Tayuya, que había sido bendecida con una melena pelirroja, una boca redonda y rosada y unos ojos marrones.

Mei también era ambiciosa y estaba inmensamente orgullosa de su ascenso de la alta burguesía a la aristocracia. Primero había sido la señorita Wincheslea, luego la señora Terumi y más tarde lady Byakugan, aunque cualquiera que la oyera creería que había nacido en cuna de oro.

Sin embargo, Mei había fallado en un aspecto: no había podido darle un heredero al conde. Eso significaba que, a pesar del título de lady antepuesto a su nombre, no ostentaba un gran poder. Ni tampoco tenía acceso a la clase de fortuna de la que ella se creía merecedora.

Por ello, depositó todas sus esperanzas en Tayuya. Estaba segura de que Tayuya se casaría muy bien. Tayuya tenía una belleza indescriptible. Tayuya sabía cantar y tocar el pianoforte, y aunque no tenía talento para el bordado, sabía perfectamente cómo pinchar a Sakura, que sí lo tenía. Y dado que a Sakura no le agradaba que la pincharan con una aguja cada dos por tres, los bordados de Tayuya eran siempre los más exquisitos.

Los de Sakura, por el contrario, siempre se quedaban sin terminar.

El dinero no era tan abundante como Mei pretendía hacer ver, pero el que tenían se destinaba al vestuario de Tayuya, a las lecciones de Tayuya y a todo lo concerniente a Tayuya.

No iba a permitir que Sakura pareciera una pordiosera, pero tampoco tenía sentido gastar en ella más de lo necesario. Aunque la mona se vistiera de seda, mona era, y Sakura nunca sería como Tayuya.

Pero. (Y este es un gran pero).

A Mei las cosas no le salieron tan bien. Es una historia muy larga que quizá merecería un libro entero, pero baste decir que Mei engañó a otra joven para quitarle su herencia, a una tal Hinata Ōtsutsuki, que resultó ser la hija ilegítima del conde.

Podría haberse salido con la suya, pues a quién podía importarle una hija bastarda, pero Hinata tuvo la osadía de enamorarse de Naruto Uzumaki, el segundo hijo de la familia Uzumaki antes mencionada (y extremadamente influyente).

Esto tampoco habría bastado para sellar el destino de Mei, pero Naruto decidió que también estaba enamorado de Hinata. Locamente enamorado. Y si bien él podría haber pasado por alto el desfalco, no pudo permanecer ajeno cuando Hinata fue a prisión (principalmente por fraude).

El panorama era bastante desalentador para la querida Hinata, aun con la intervención de Naruto y de su madre, la también antes mencionada lady Uzumaki. ¿Y quién se presentó para sacarla de apuros? Pues, Sakura.

Sakura, que había sido ignorada durante la mayor parte de su vida.

Sakura, que durante años se había sentido culpable por no hacer frente a su madre.

Sakura, que seguía siendo un poco flacucha y nunca sería tan hermosa como su hermana, pero que siempre tendría los ojos más bonitos y amables.

Mei la repudió en el acto, pero antes de que Sakura tuviera tiempo para pensar en si era una buena o una mala noticia, lady Uzumaki la invitó a vivir en su casa durante el tiempo que ella quisiera.

Puede que Sakura se hubiera pasado veintidós años soportando los pinchazos de su hermana, pero no era ninguna tonta. Aceptó con gusto y ni siquiera se molestó en volver a su casa a recoger sus pertenencias.

En cuanto a Mei, enseguida se dio cuenta de que no le convenía hacer ningún comentario en público sobre la futura Hinata Uzumaki, salvo que fuera para asegurar que era una persona absolutamente encantadora y deliciosa.

Lo que no hizo. Aunque tampoco la llamó bastarda, que era lo que cualquiera hubiera esperado de ella.

Todo esto sirve para explicar (con algunos rodeos) por qué lady Uzumaki era la tutora oficiosa de Sakura y por qué la consideraba un caso único. En su opinión, Sakura solo hizo su auténtico debut en sociedad cuando se fue a vivir con ella. Con dote o sin dote de Byakugan, ¿Quién iba a mirar dos veces a una muchacha mal vestida, recluida siempre en un rincón, que intentaba pasar desapercibida a su propia madre?

Y si aún estaba soltera a los veinticinco, pues bueno, eso equivalía a los veinte años de cualquier otra persona. O eso aseguraba lady Uzumaki.

Y nadie osaba contradecirla.

En cuanto a Sakura, a menudo decía que su vida no había empezado de verdad hasta que fue a prisión. Esa afirmación requería algunas explicaciones, como la mayoría de las declaraciones de Sakura.

A Sakura le daba igual. A los Uzumaki les agradaban sus explicaciones. La querían. Y lo que era aún mejor, ella se sentía bien consigo misma. Eso era más importante que cualquier otra cosa.

[...]

Hinata Uzumaki consideraba que su vida era casi perfecta. Adoraba a su marido, le encantaba su hogar acogedor y estaba segura de que sus dos pequeños hijos eran las criaturas más bellas e inteligentes que habían nacido en cualquier lugar, en cualquier momento, en cualquier... bueno que cualquiera pudiera conocer.

Era cierto que tenían que vivir en el campo porque, a pesar de la considerable influencia de la familia Uzumaki, Hinata, debido a su nacimiento, no sería aceptada por las anfitrionas londinenses más exigentes.

(Hinata las llamaba exigentes. Naruto se refería a ellas de una forma completamente distinta).

Pero eso no tenía verdadera importancia. Ella y Naruto preferían vivir en el campo, así que no se perdían nada. Y si bien siempre correrían rumores sobre su origen bastardo, la historia oficial decía que era pariente lejana (y completamente legítima) del difunto conde de Byakugan. Y aunque nadie creyó de verdad a Mei cuando ella confirmó la historia, lo cierto es que la confirmó.

Hinata sabía que cuando sus hijos fueran mayores, los rumores serían lo suficientemente antiguos como para que nadie les cerrara las puertas si ellos deseaban ocupar su lugar en la sociedad londinense.

Todo iba bien. Todo era perfecto.

O casi. En realidad, lo único que tenía que hacer era encontrar un marido a Sakura. No cualquier marido, por supuesto. Sakura se merecía al mejor.

—Ella no es para cualquiera —había dicho Hinata a Naruto el día anterior—, pero eso no significa que Sakura no sea un excelente partido.

—Claro que no —murmuró Naruto. Intentaba leer el periódico. Era de hacía tres días, pero para él todavía eran noticias frescas.

Ella lo miró con severidad.

—Quiero decir, por supuesto —Se apresuró a agregar. Al darse cuenta de que ella no continuaba, corrigió—: Me refiero a que sería una esposa espléndida para cualquier hombre.

Hinata soltó un suspiro.

—El problema es que la mayoría no parece percatarse de lo maravillosa que es.

Naruto asintió diligente. Su marido entendió cuál era su papel en esa escena en particular. Era la clase de conversación que en realidad no era una conversación. Hinata estaba pensando en voz alta, y él estaba allí para brindarle algún que otro comentario o gesto apropiado.

—O por lo menos eso es lo que dice tu madre —continuó Hinata.

—Ajá.

—No la invitan a bailar tanto como deberían.

—Los hombres son bestias —coincidió Naruto, pasando a la siguiente página.

—Es verdad —dijo Hinata con cierta emoción—.Excluyéndote a ti, claro está.

—Sí, claro, por supuesto.

—La mayor parte del tiempo —añadió ella con cierta mordacidad.

Él hizo un gesto.

—No tiene importancia.

—¿Me estás escuchando? —preguntó Hinata con ojos entrecerrados.

—Cada palabra —le aseguró él, y bajó el periódico lo suficiente como para mirarla por encima. No la había visto entrecerrar los ojos, pero la conocía lo suficiente como para percatarse por su tono de voz.

—Debemos encontrarle un marido a Sakura.

Él se detuvo a pensar.

—Quizás ella no quiera un marido.

—¡Claro que sí!

—Se dice —opinó Naruto— que todas las mujeres quieren tener marido, pero según mi experiencia eso no es siempre cierto.

Hinata se limitó a mirarlo, cosa que a él no pareció sorprenderle. Era una declaración bastante larga, viniendo de un hombre que estaba leyendo un periódico.

—Piensa en Karin —añadió. Naruto sacudió la cabeza, cosa que solía hacer cuando pensaba en su hermana—. ¿A cuántos hombres ha rechazado ya?

—Por lo menos a tres —respondió Hinata—, pero no se trata de eso.

—¿De qué se trata entonces?

—De Sakura.

—Claro —afirmó él lentamente.

Hinata se inclinó hacia adelante con una extraña expresión en la mirada; una mezcla entre perplejidad y determinación.

—No sé por qué los hombres no se dan cuenta de lo maravillosa que es.

—Es de esas mujeres que solo aprecias lo que valen con el paso del tiempo —declaró Naruto; durante un instante olvidó que no debía opinar.

—¿Qué?

—Has sido tú quien ha dicho que ella no es para cualquiera.

—Pero se supone que no deberías... —Hinata se desplomó en su asiento—. No tiene importancia.

—¿Qué ibas a decir?

—Nada.

—Hinata —insistió él.

—Se supone que no deberías estar de acuerdo conmigo en esto —murmuró—. Pero hasta yo veo lo ridículo que es.

Era algo espléndido tener una esposa sensata, Naruto se había dado cuenta hacía mucho tiempo.

Hinata estuvo sin hablar un rato, y Naruto habría vuelto a leer el periódico, si no le hubiera interesado tanto ver el rostro de su esposa. Se mordió el labio, luego soltó un suspiro de cansancio y se enderezó un poco, como si se le hubiera ocurrido una buena idea, para terminar, frunciendo el ceño.

Podía quedarse toda la tarde mirándola.

—¿Se te ocurre alguien? —preguntó de pronto.

—¿Para Sakura? —inquirió él.

Ella le lanzó una mirada que decía a las claras: «¿Para quién si no?».

Naruto dejó escapar un suspiro. Debería haber previsto que ella le haría esa pregunta, pero había empezado a pensar en el cuadro que estaba pintando en su estudio. Era un retrato de Hinata, el cuarto en los tres años que llevaban casados. Tenía dudas sobre si había pintado bien la boca. Un buen retratista debía conocer los músculos del cuerpo humano, incluso los del rostro, y...

—¡Naruto!

—¿Qué te parece el señor Akatsuki? —dijo él rápidamente.

—¿El abogado?

Naruto asintió.

—No me inspira mucha confianza.

Ahora que lo pensaba, se dio cuenta de que tenía razón.

—¿Sir Reginald?

Hinata volvió a mirarlo con desaprobación, visiblemente decepcionada con su elección.

—Es muy gordo.

—Bueno Sakura es bastante...

—Ella no está flaca —lo interrumpió Hinata—, sino agradablemente delgada, no tiene muchas curvas pero es linda.

—Iba a decir que... también lo está el señor Akatsuki —dijo Naruto, sintiendo que tenía que defenderse—. Excepto que has preferido comentar que no te inspiraba confianza.

—Ah.

Naruto esbozó una leve sonrisa.

—La desconfianza es mucho peor que la falta de carne — murmuró ella.

—No podría estar más de acuerdo —declaró Naruto—. ¿Y el señor Uchiha?

—¿Quién?

—El nuevo vicario. ¡El que dijiste que...

—...¡Oh si es bastante guapo! —Hinata terminó por él, entusiasmada—. ¡Ay, Naruto, es perfecto! ¡Ay, te adoro, te adoro, te adoro! —Hinata prácticamente saltó sobre la mesa baja que los separaba y lo abrazó.

—Bueno, yo también te quiero —respondió él, felicitándose por haber tenido la precaución de cerrar la puerta de la sala.

El periódico cayó por encima de su hombro y el mundo volvió a ser perfecto.

[...]

La temporada llegó a su fin unas semanas más tarde, así que Sakura decidió aceptar la invitación de Hinata para hacerle una visita prolongada. En verano, en Londres hacía calor, el aire era pegajoso y olía fatal, por lo que una temporada en el campo le pareció una buena idea.

Además, hacía varios meses que no veía a sus ahijados, y se había quedado boquiabierta cuando Hinata le escribió diciendo que Himawari ya había empezado a perder la redondez propia de los bebés.

Ah, era la bebé más adorable del mundo, daban ganas de estrujarla. Tenía que ir a verla antes de que adelgazara demasiado. Simplemente tenía que ir. Además, sería agradable ver a Hinata. Ella le había dicho en sus cartas que aún se sentía algo débil, y a Sakura le gustaba ayudar.

Pocos días después de su llegada, mientras tomaba el té con Hinata, la conversación giró, como solía ocurrir, en torno a Mei y a Tayuya, con las que Sakura solía cruzarse de vez en cuando en Londres. Tras más de un año de silencio, su madre por fin había comenzado a devolverle el saludo; aun así, las conversaciones eran breves y forzadas. Sakura había decidido que era lo mejor. Puede que su madre no tuviera nada que decirle, pero ella tampoco tenía nada que decir a su progenitora.

Había sido una revelación de lo más liberadora.

—La vi cuando salía de la tienda de sombreros —informó Sakura, preparándose el té como le gustaba, con leche y sin azúcar —. Acababa de bajar las escaleras y no pude esquivarla; entonces me di cuenta de que no quería evitarla. Por supuesto que tampoco tenía ganas de hablar con ella. — Bebió un sorbo—. Más bien no tenía ganas de gastar la energía necesaria para esconderme.

Hinata asintió con aprobación.

—Y luego nos pusimos a hablar, aunque sin decirnos nada en especial. Eso sí, logró introducir uno de sus pequeños insultos mordaces.

—Odio eso.

—Lo sé. Es toda una experta en eso.

—Es un don —comentó Hinata—. No uno bueno, pero un don al fin y al cabo.

—Bueno —continuó Sakura—, debo decir que me comporté de una forma bastante madura durante todo el encuentro. La dejé hablar y luego me despedí. Entonces me di cuenta de algo maravilloso.

—¿De qué?

Sakura esbozó una sonrisa.

—Me gusta cómo soy.

—Por supuesto que sí —dijo Hinata, y pestañeó confundida.

—No, no, no lo entiendes —insistió Sakura. Era extraño, porque Hinata debería de haberla entendido a la perfección. Era la única persona en el mundo que sabía lo que significaba ser la hija menospreciada de Mei. Pero Hinata era tan alegre... Siempre lo había sido. Aun cuando Mei la trataba prácticamente como a una esclava, Hinata nunca había parecido derrotada. Siempre había tenido cierto espíritu, una chispa. No era rebeldía: Hinata era la persona menos rebelde que Sakura conocía, excepto, quizá, ella misma.

No era rebeldía... sino resistencia. Sí, era eso exactamente.

En todo caso, Hinata debería haber entendido lo que Sakura quería decir, pero no lo hizo, así que se lo explicó:—No siempre me ha gustado cómo soy. ¿Y por qué debería hacerlo? Ni siquiera le gustaba a mi propia madre.

—Ay, Sakura —dijo Hinata con los ojos llenos de lágrimas—, no debes...

—No, no —la interrumpió Sakura de buenas formas—. No te preocupes. No me molesta.

Hinata la miró.

—Bueno, ya no —corrigió Sakura. Miró el plato con galletas que estaba sobre la mesa entre ambas. debería comer otra. Ya se había comido tres, y quería comerse otras tres más; quizás eso significaba que... En realidad, no entendía porque si comía tanto no llegaba al menos a tener un poco más de curvas.

Tamborileó con los dedos sobre su pierna. Probablemente no debería comerse otra galleta. Tal vez debería dejarlas para Hinata, que acababa de tener un bebé y necesitaba recuperar fuerzas. Aunque Hinata parecía totalmente recuperada, y la pequeña Himawari ya tenía cuatro meses...

—¿Sakura?

Levantó la mirada.

—¿Te ocurre algo?

Sakura se encogió de hombros levemente.

—Estoy dudando si comerme o no otra galleta.

Hinata pestañeó.

—¿Una galleta? ¿En serio?

—Existen por lo menos dos motivos por los cuales no debería; seguramente más. —Hizo una pausa y frunció el entrecejo.

—Parecías muy seria —observó Hinata—. Como si estuvieras conjugando en latín.

—Ah, no, estaría mucho más serena si estuviera pensando en la conjugación del latín —declaró Sakura—. Sería muy sencillo, teniendo en cuenta que no sé nada de eso. Las galletas, por el contrario, son algo sobre lo que reflexiono a menudo. —Suspiró y miró su cintura, como podría ser tan flaca, pero si fuera una gorda, seria mas complicado—. Por mucho que me disguste.

—No seas tonta, Sakura —la regañó Hinata—. Eres la mujer más bonita que conozco.

Sakura sonrió y tomó la galleta. El rasgo más maravilloso de Hinata era que no mentía. Y su amiga estaba convencida de que ella era la mujer más bonita que conocía. Aunque lo cierto era que Hinata siempre había sido ese tipo de persona. Veía bondad donde otros veían... Bueno, donde otros ni se molestaban en mirar, para ser sincera.

Sakura dio un mordisco, masticó y decidió que merecía completamente la pena. Si en verdad supieran, comer y comer y no engordar. Un caso entre mil. Soy afortunada.

Hinata observaba el rostro de reflexión de Sakura y decidió seguir por otro rumbo:—Hoy he recibido una carta de lady Uzumaki —comentó Hinata.

Sakura levantó la mirada con interés. En sentido estricto, lady Uzumaki podía ser la cuñada de Hinata, la esposa del actual vizconde. Pero ambas sabían que se refería a la madre de Naruto. Para ellas, ella siempre sería lady Uzumaki. La otra era Tanahi. Lo que tampoco era ningún problema, ya que Tanahi prefería que sus familiares la llamaran así.

—Ha dicho que el señor Fibberly le hizo una visita. —Como Sakura no respondió, Hinata agregó—: Que fue a verte a ti.

—Claro que sí —dijo Sakura. En ese momento decidió tomarse la cuarta galleta—. Hyacinth es demasiado joven y Karin lo aterroriza.

—Karin me aterroriza hasta a mí —admitió Hinata—. O al menos me aterrorizaba. En cuanto a Hyacinth, estoy segura de que me aterrorizará hasta el día en que me muera.

—Solo tienes que saber cómo tratarla —dijo Sakura con un gesto de indiferencia. Era verdad, Hyacinth Uzumaki era aterradora, pero las dos siempre se habían llevado bien. Probablemente se debiera al sólido (algunos dirían inflexible) sentido de la justicia de Hyacinth. Cuando se enteró de que la madre de Sakura nunca la había amado tanto como a Tayuya...

Bueno, Sakura nunca había contado chismes y no iba a empezar ahora; basta con decir que Mei jamás volvió a comer pescado. Ni pollo. Sakura se había enterado por los sirvientes, y ellos siempre tenían los chismes más fidedignos.

—Pero ibas a hablarme sobre el señor Fibberly —dijo Hinata, bebiendo aún su té.

Sakura se encogió de hombros, aunque no era cierto que fuera a hablarle de ese caballero.

—Es muy aburrido.

—¿Bien parecido?

Sakura volvió a encogerse de hombros.

—No sabría decirte.

—Solo hace falta mirar la cara de la otra persona para saberlo.

—No puedo superar que sea tan aburrido. No creo ni que sepa reírse.

—No será para tanto.

—Ah, sí, te lo aseguro. —Extendió la mano y tomó otra galleta, antes de darse cuenta de que esa no había sido su intención. Ah, bueno, ya la tenía en la mano, no podía volver a dejarla en el plato. La agitó en el aire mientras hablaba, tratando de explicarse—. A veces hace un ruido espantoso, como «ejem, ejem, ejem», y tengo la sensación de que él cree que se está riendo, pero es evidente que no.

Hinata se rio, aunque por su aspecto parecía pensar que no debería haberlo hecho.

—¡Y ni siquiera se burla de mi busto!

—¡Sakura!

—Que es lo que no tengo.

—¡No es verdad! —Hinata miró a su alrededor, a pesar de que solo estaban ellas dos en la sala de estar—. No puedo creer que hayas dicho eso.

Sakura soltó una exhalación de frustración.

—No puedo decir busto en Londres, ¿y ahora tampoco puedo hacerlo en Wiltshire?

—No cuando estoy esperando la visita del nuevo vicario — respondió Hinata.

Un trozo de la galleta de Sakura se rompió y cayó sobre su regazo.

—¿Qué?

—¿No te lo había dicho?

Sakura la miró con desconfianza. La mayoría de las personas creía que Hinata era una pésima mentirosa, pero eso se debía a su aspecto angelical. Y a que rara vez mentía. Así que todo el mundo daba por sentado que, si mintiera, lo haría fatal.

Pero Sakura la conocía bien.

—No —respondió, limpiándose la falda— no me lo habías dicho.

—Qué raro —murmuró Hinata. Tomó una galleta y dio un mordisco.

Sakura la observó.

—¿Sabes qué no voy a hacer ahora?

Hinata hizo un gesto de negación con la cabeza.

—No voy a poner los ojos en blanco, porque intento comportarme de acuerdo con mi edad y mi madurez.

—Se te ve muy seria.

Sakura la miró un rato más.

—Es soltero, supongo.

—Ehh, sí.

Sakura enarcó la ceja izquierda; la expresión de superioridad era quizás el único talento útil que había heredado de su madre.

—¿Qué edad tiene este vicario?

—No lo sé —admitió Hinata—, pero conserva todo el pelo.

—A esto hemos llegado —murmuró Sakura.

—Me acordé de ti cuando lo conocí —dijo Hinata—.Porque sonríe.

¿Por qué sonreía? Sakura empezaba a pensar que Hinata se había vuelto loca.

—¿Cómo dices?

—Sonríe muy a menudo. Y muy bien. —Ahora Hinata sonrió—. No pude evitar pensar en ti.

Esta vez Sakura puso los ojos en blanco, aunque acompañó el gesto con un inmediato:—He decidido renegar de la madurez.

—Por supuesto.

—Conoceré a tu vicario —dijo Sakura—, pero te comunico que también he decidido aspirar a ser excéntrica.

—Te deseo lo mejor en ese aspecto —dijo Hinata, no sin sarcasmo.

—¿No crees que sea capaz?

—Eres la persona menos excéntrica que conozco.

Era cierto, por supuesto, pero si Sakura iba a ser una solterona toda su vida, quería ser la solterona excéntrica con sombrero grande, no la desesperada con cara de amargada.

—¿Cómo se llama? —Quiso saber.

Pero antes de que Hinata pudiera responder, oyeron que se abría la puerta principal; poco después, entró el mayordomo y dio la respuesta al anunciar:—Ha llegado el señor Uchiha para verla, señora Uzumaki.

Sakura metió su galleta a medio comer debajo de una servilleta y cruzó las manos sobre su regazo. Estaba algo disgustada con Hinata por haber invitado a un hombre soltero a tomar el té sin avisarle; sin embargo, no había razón para no causar una buena impresión. Miró la puerta con expectación y esperó pacientemente a que los pasos del señor Uchiha se acercaran.

Entonces... Entonces...

Sinceramente, no tendría sentido tratar de contarlo, porque no recordaba casi nada de lo que ocurrió a continuación.

Sakura lo vio y fue como si, tras veinticinco años de vida, su corazón por fin comenzara a latir.

Sasuke Uchiha había sido el niño más admirado de la escuela. Era un chico solitario y atlético. Pero lo que más había sido, tanto en la escuela como durante toda su vida, era la persona más querida.

Las personas lo querían. Siempre lo habían querido. Sasuke suponía que se debía a que a él también le agradaban todas las personas. Su madre juraba que había salido de su vientre sonriendo. Lo decía con mucha frecuencia, aunque Sasuke sospechaba que lo hacía solo para dar pie a su padre para que dijera:—Ay, Mikoto, sabes que solo fueron gases.

Con eso, los dos se desternillaban de risa.

Como testimonio del amor que sentía Sasuke por sus padres, y porque se sentía bien consigo mismo, él también se echaba a reír.

No obstante, a pesar del aprecio que todos sentían por él, parecía que no atraía a muchas mujeres. Lo adoraban, por supuesto, y le confiaban sus secretos más recónditos, pero siempre lo hacían de una manera que llevaba a Sasuke a creer que lo consideraban alguien en quien confiar.

Lo peor de todo era que todas las mujeres que conocía estaban absolutamente seguras de haber encontrado a la mujer perfecta para él, o si no, estaban seguras de que existía una mujer perfecta para él.

El hecho de que ninguna mujer se considerara a sí misma la mujer perfecta para él no le había pasado desapercibido. O por lo menos a Sasuke. Todos los demás parecían no reparar en ese detalle.

Sin embargo, él seguía con su vida, porque no tenía sentido hacer otra cosa. Y como siempre había sospechado que las mujeres eran el sexo más inteligente, aún albergaba esperanzas de que la mujer perfecta lo estuviera esperando en algún sitio.

Después de todo, así lo habían asegurado cincuenta mujeres como mínimo. No era posible que todas estuvieran equivocadas.

Sin embargo, Sasuke ya casi tenía treinta años y la señorita Perfecta todavía no había tenido a bien aparecer. Sasuke comenzaba a creer que debía encargarse del asunto él mismo, aunque no tenía la más mínima idea de cómo llevarlo a cabo, sobre todo porque se había ido a vivir a un rincón bastante tranquilo de Wiltshire y, al parecer, no había ni una sola mujer soltera de edad apropiada en su parroquia.

Increíble, pero cierto.

Quizá debería viajar a Gloucestershire el domingo próximo. Allí había una vacante y le habían pedido que diera uno o dos sermones hasta que encontraran a un nuevo vicario. Allí tenía que haber por lo menos una mujer soltera. Toda la región de Cotswolds no podía estar tan despoblada.

Sin embargo, no era el momento de pensar en esas cosas. Acababa de llegar para tomar el té con la señora Uzumaki, una invitación que agradecía enormemente. Aún se estaba familiarizando con la región y sus habitantes, pero solo le bastó un servicio religioso para saber que todos querían y admiraban a la señora Uzumaki. Parecía muy inteligente y amable.

Esperaba que le gustaran los chismes. Realmente necesitaba a alguien que lo pusiera al tanto de la idiosincrasia del lugar. No podía ayudar a su rebaño si no conocía su historia. También había oído que su cocinera servía un té exquisito y unas galletas dignas de mención.

—El señor Uchiha ha venido a verla, señora Uzumaki.

Sasuke entró en la sala mientras el mayordomo pronunciaba su nombre. Se alegraba de haberse olvidado de almorzar, porque en la casa había un aroma celestial y... Entonces olvidó todo lo demás. Por qué había venido.

Quién era él.

Ni siquiera recordaba el color del cielo, ni el olor del césped.

En realidad, mientras estaba allí de pie en la puerta abovedada de la sala de los Uzumaki, solo supo una cosa. La mujer sentada en el sofá, la de los ojos extraordinarios que no era la señora Uzumaki, era la señorita Perfecta.

Hinata Uzumaki sabía una o dos cosas sobre el amor a primera vista, ya que a ella misma la había atravesado el proverbial rayo en el pasado, dejándola muda de pasión y de dicha sobrecogedora, y con una extraña sensación de hormigueo en todo el cuerpo.

O, al menos, así era como lo recordaba.

También recordaba que, si bien la flecha de Cupido había sido absolutamente certera, Naruto y ella habían tardado en alcanzar su final feliz. Así que, aunque quería saltar de alegría en su asiento mientras observaba cómo Sakura y el señor Uchiha se miraban como dos cachorros enamorados, una parte de ella (la que era sumamente práctica, la que había nacido en el lado equivocado, la que sabía muy bien que en el mundo no todo era de color rosa) intentaba contener su emoción.

Pero lo que pasaba con Hinata era que, por más horrible que hubiese sido su niñez (y algunos episodios habían sido muy horribles), por más crueldades y humillaciones que hubiese enfrentado en la vida (en ese aspecto tampoco había tenido suerte), en el fondo era una romántica empedernida.

Lo que la llevaba a Sakura.

Era verdad que Sakura la visitaba varias veces al año, y también era cierto que una de esas visitas casi siempre coincidía con el final de la temporada, pero puede que Hinata hubiera puesto un poco más de énfasis en la invitación reciente. Quizás había exagerado al describir lo rápido que crecían sus hijos, y existía la posibilidad de que hubiese mentido cuando dijo que no se encontraba bien del todo.

Pero en este caso, el fin justificaba sin lugar a duda los medios. Sí, Sakura le había dicho que se conformaba con quedarse soltera, pero Hinata no la creía ni por un segundo. O para ser más precisa, Hinata creía que Sakura estaba convencida de que se conformaría.

Sin embargo, solo había que mirar cómo Sakura apretujaba al pequeño Boruto y a Himawari para saber que era una madre innata, y que el mundo sería un lugar más mediocre si Sakura no tenía un montón de hijos propios.

Era cierto que, en más de una ocasión, se había propuesto presentar a Sakura a cualquier caballero soltero que en ese momento se encontrara en Wiltshire, pero esta vez... Esta vez lo sabía. Esta vez era amor.

—Señor Uchiha —dijo, tratando de no sonreír como una demente—, ¿me permite presentarle a mi querida hermana, la señorita Sakura Terumi?

Le dio la sensación de que el señor Uchiha creía que estaba diciendo algo, cuando en realidad estaba mirando fijamente a Sakura como si acabara de conocer a Afrodita.

—Sakura —continuó Hinata— te presento al señor Uchiha, nuestro nuevo vicario. Ha llegado hace poco, ¿Cuánto hace, tres semanas?

Hacía casi dos meses que vivía allí. Hinata era plenamente consciente de eso, pero estaba ansiosa por ver si él la había escuchado lo suficiente como para corregirla.

Él simplemente asintió, sin quitarle los ojos de encima a Sakura.

—Por favor, señor Uchiha —murmuró Hinata— siéntese.

El vicario logró comprender lo que decía y se sentó en una silla.

—¿Desea beber té, señor Uchiha? —inquirió Hinata.

Él asintió.

—Sakura, ¿puedes servir el té?

Sakura asintió.

Hinata esperó, y cuando vio que Sakura no iba a hacer otra cosa más que sonreír al señor Uchiha, dijo:—Sakura.

Sakura se volvió para mirarla, pero su cabeza se movió con tanta lentitud y con tan pocas ganas, que parecía que un imán gigante le hubiera robado las fuerzas.

—¿Servirías el té al señor Uchiha? —murmuró Hinata, tratando de sonreír solo con la mirada.

—Ah. Sí, por supuesto. —Sakura se volvió al vicario con esa tonta sonrisa en la cara—. ¿Le gustaría un poco de té?

En circunstancias normales, Hinata habría mencionado que ella ya le había preguntado al señor Uchiha si quería té, pero aquel encuentro no tenía nada de normal, así que decidió recostarse en su asiento y observar.

—Me encantaría tomar un poco de té —dijo el señor Uchiha a Sakura—. Es lo que más me apetece en el mundo.

Bueno, pensó Hinata, era como si ella no estuviera presente.

—¿Cómo lo bebe? —preguntó Sakura.

—Como a usted le guste.

Ah no, aquello era demasiado. Ningún hombre se enamoraba tan ciegamente que ya no tenía preferencias para su té. Estaban en Inglaterra, ¡por el amor de Dios! Y más específicamente, estaban tomando el .

—Tenemos leche y azúcar —informó Hinata, sin poder reprimirse. Se había propuesto sentarse y observar, pero ni siquiera la romántica más empedernida habría podido permanecer en silencio.

El señor Uchiha no la oyó.

—Cualquiera de ellas sería apropiada en su taza —agregó Hinata.

—Tiene usted unos ojos extraordinarios —dijo él con la voz cargada de admiración, como si no pudiese creer que estuviera en este cuarto junto a Sakura.

—Su sonrisa —respondió Sakura—. Es... preciosa.

Él se inclinó hacia adelante.

—¿Le agradan las rosas, señorita Terumi?

Sakura asintió.

—Tengo que traerle algunas.

Hinata renunció a intentar aparentar serenidad y, por fin, se permitió sonreír. De todos modos, ninguno de los dos la estaba mirando.

—Tenemos rosas —dijo ella. No hubo respuesta.—En el jardín de atrás. —De nuevo, nada.—Donde ambos podríais ir a pasear.

Fue como si alguien los hubiera pinchado con un alfiler.

—Ah, ¿vamos?

—Me encantaría.

—Por favor, permítame...

—Tome mi brazo.

—Cree que...

—Debe...

Cuando Sakura y el señor Uchiha llegaron a la puerta, Hinata no podía distinguir quién decía qué. Y en la taza del señor Uchiha no había ni una gota de té.

Hinata esperó un minuto entero y luego estalló en carcajadas; se tapó la boca con la mano para ahogar el sonido, aunque no sabía por qué debía hacerlo. Era una risa de puro deleite. De orgullo, también, por haber orquestado el encuentro.

—¿De qué te ríes? —Era Naruto que entraba en la habitación con los dedos manchados de pintura—. Ah, galletas. Excelente. Me muero de hambre. Me olvidé de desayunar esta mañana. —Tomó la última galleta y frunció el ceño—. Podrías haberme dejado más.

—Es Sakura —explicó Hinata, sonriendo—. Y el señor Uchiha. Preveo un compromiso muy breve.

Naruto abrió los ojos como platos. Se volvió hacia la puerta y luego hacia la ventana.

—¿Dónde están?

—En el jardín de atrás. No podemos verlos desde aquí.

Naruto masticó mientras pensaba.

—Pero podríamos verlos desde mi estudio.

Durante dos segundos ninguno de los dos se movió. Pero fueron solo dos segundos.

Luego corrieron hacia la puerta, empujándose a lo largo del pasillo hasta el estudio de Naruto, que sobresalía de la parte trasera de la casa y recibía luz desde tres direcciones. Hinata llegó primero, aunque no precisamente por practicar el juego limpio, y soltó un resoplido escandalizado.

—¿Qué sucede? —preguntó Naruto desde la puerta.

—¡Se están besando!

Naruto caminó hacia la ventana.

—No es verdad.

—Claro que sí.

Se acercó a Hinata y quedó boquiabierto.

—¡Que me parta un rayo!

Y Hinata, que jamás maldecía, respondió:—Lo sé. Lo sé.

—¿Y acaban de conocerse? ¿En serio?

—Tú me besaste la noche en que nos conocimos —señaló ella.

—Fue diferente.

Hinata logró apartar su atención de la pareja que se besaba en el jardín el tiempo suficiente para preguntar:—¿En qué sentido?

Él reflexionó sobre aquello un momento y luego respondió:—Era un baile de disfraces.

—Ah, ¿entonces está bien besar a alguien si no sabes quién es?

—No es justo, Hinata —dijo él, chasqueando la lengua mientras sacudía la cabeza—. Te pregunté y tú no me lo quisiste decir.

Eso era lo suficientemente cierto como para poner fin a esa parte de la conversación. Permanecieron allí un rato más, mirando con descaro a Sakura y al vicario. Habían dejado de besarse y ahora hablaban; por lo que parecía, muy rápido.

Sakura hablaba, y luego el señor Uchiha asentía con vigor y la interrumpía, y luego ella lo interrumpía a él, y después él parecía estar riéndose, y luego Sakura comenzaba a hablar con tanto entusiasmo que agitaba los brazos por encima de su cabeza.

—¿Qué diablos estarán diciéndose? —Se preguntó Hinata.

—Probablemente todo lo que deberían haberse dicho antes de besarse. —Naruto frunció el entrecejo y se cruzó de brazos—. De todos modos, ¿Cuánto llevan así?

—Has estado observando el mismo tiempo que yo.

—No, quiero decir, ¿Cuándo ha llegado él? ¿Llegaron a hablar antes de...? —Señaló con la mano la ventana, en dirección a la pareja que parecía a punto de volver a besarse.

—Sí, por supuesto, pero... —Hinata hizo una pausa para pensar. Tanto Sakura como el señor Uchiha se habían mostrado tímidos cuando se conocieron. De hecho, no recordaba que hubieran intercambiado alguna palabra significativa—. Bueno, creo que no mucho.

Naruto asintió lentamente.

—¿Crees que debería salir al jardín?

Hinata lo miró, luego miró la ventana, y después volvió a mirarlo.

—¿Estás loco?

Él se encogió de hombros.

—Ella es mi hermana ahora, y esta es mi casa...

—¡No te atrevas!

—¿No se supone que debo proteger su honor?

—¡Es su primer beso!

Naruto enarcó una ceja.

—Y aquí estamos nosotros, espiándola.

—Tengo derecho —replicó Hinata, indignada—. Yo concerté el encuentro.

—Ah, ¿sí? Creo recordar que fui yo quien propuso el nombre del señor Uchiha.

—Pero tú no has hecho nada al respecto.

—Ese es tu trabajo, querida.

Hinata pensó en replicar porque estaba usando un tono bastante molesto, pero vio que tenía razón. A ella le gustaba buscarle pareja a Sakura, y sin duda estaba disfrutando de su evidente éxito.

—Sabes —dijo Naruto, pensativo—. Algún día podríamos estar espiando a Himawari.

Hinata se volvió hacia su marido. Él no solía decir incongruencias.

—¿Cómo dices?

Naruto señaló a los tortolitos del jardín.

—Solo que creo que esto podría servirme de entrenamiento, sería una forma excelente de practicar. Estoy seguro de que deseo ser un padre autoritario y protector. Podría salir y hacerlo pedazos.

Hinata se estremeció.

—¿Retarlo a un duelo? Hinata sacudió la cabeza.

—Muy bien, pero si la tumba en el suelo voy a interceder.

—Él no va a... ¡Cielo santo! —Hinata se acercó a la ventana y casi pegó el rostro al cristal—. ¡Dios mío!

Y ni siquiera se tapó la boca, horrorizada por haber blasfemado.

Naruto suspiró y flexionó los dedos.

—No quiero hacerme daño en las manos. Tengo tu retrato a medio terminar y me está quedando muy bien.

Hinata tenía una mano sobre su brazo y lo retuvo, aunque en realidad él no se movía.

—No —dijo—. No... —Lanzó un pequeño grito—. Dios bendito, quizá deberíamos hacer algo.

—Todavía no están en el suelo.

—¡Naruto!

—En circunstancias normales diría que hay que llamar al sacerdote —observó— pero en este caso es él quien nos ha metido en este lío.

Hinata tragó saliva.

—¿Quizá podrías obtener una licencia especial? ¿Cómo regalo de boda?

Naruto sonrió.

—Considéralo hecho.

[...]

Fue una boda espléndida. Y ese beso al final...

Nadie se sorprendió cuando, nueve meses más tarde, Sakura dio a luz a una bebé. Algo que le favoreció bastante, pues el cuerpo de Sakura sufrió un gran cambio. Por otro lado fue muy cuidadosa a la hora de poner nombres a su prole, y el señor Uchiha, que era tan querido como vicario como lo había sido en otras etapas de su vida, la adoraba demasiado como para poner objeciones a ninguna de sus elecciones.

Entonces, cuando Sarada tenía cinco años, Sakura se levantó de la cama una mañana y vomitó en el suelo. Solo podía significar una cosa, y al otoño siguiente dio a luz a una niña.

Hinata estuvo presente en el parto, como siempre.

—¿Qué nombre le pondrás? —le preguntó.

Sakura contempló a la criatura pequeña y perfecta que tenía entre sus brazos. Dormía profundamente, y aunque sabía que los recién nacidos no sonreían, parecía que la bebé estuviera feliz por algo.

Quizá por haber nacido. Quizás esta bebé enfrentaría la vida con una sonrisa. El buen humor sería su arma secreta.

¡Qué ser humano tan espléndido sería!

—Mei —dijo Sakura de pronto.

Hinata estuvo a punto de desmayarse por la conmoción.

—¿Qué?

—Quiero llamarla Mei. Lo tengo claro. —Sakura acarició la mejilla de la bebé y luego tocó suavemente su barbilla.

Parecía que Hinata no podía dejar de agitar la cabeza.

—Pero tu madre... No puedo creer que...

—No le he puesto ese nombre por mi madre —la interrumpió Sakura amablemente—. Le pongo ese nombre debido a mi madre. Es diferente.

Hinata no pareció convencida, pero se inclinó para mirar mejor a la recién nacida.

—Es una dulzura —murmuró.

Sakura sonrió, sin apartar la mirada de la cara de la pequeña.

—Lo sé.

—Supongo que podría acostumbrarme al nombre —dijo Hinata, asintiendo en señal de consentimiento. Deslizó el dedo entre la mano y el cuerpo de la niña e hizo cosquillas a la palma de su manita, hasta que los diminutos dedos se envolvieron instintivamente alrededor del suyo—. Buenas noches, Mei —dijo—. Encantada de conocerte.

—Minty —declaró Sakura.

Hinata alzó la mirada.

—¿Qué?

—La llamaré Minty. Mei quedará bien en el libro familiar, pero creo que ella es Minty.

Hinata apretó los labios para no reírse.

—Tu madre odiaría ese apodo.

—Sí —murmuró Sakura—. Lo odiaría, ¿verdad?

—Minty —dijo Hinata, probando el sonido en su boca—.Me gusta. No, creo que me encanta. Le sienta bien.

Sakura besó la cabeza de Minty.

—¿Qué clase de niña serás? —susurró—. ¿Dulce y dócil?

Hinata se rio al oírla. Había estado presente en varios nacimientos: hijos propios, dos de Sakura y tres de la hermana de Naruto, Karin. Nunca había oído a un bebé llegar a este mundo con un llanto tan fuerte como el de la pequeña Minty.

—Esta niña —aseguró con firmeza— va a volveros locos.

Y así fue.