Quinientos cuarenta minutos

La noche caía gélida sobre la ciudad de Tokyo. Las luces de Navidad se extendían a lo largo de las calles, acompañando la noche especial de numerosas parejas que enfrentaban el frío a cambio de poder pasar tiempo juntos.

La extensa avenida de Omotesando se veía especialmente hermosa. Miles de bombillas azules y blancas colgaban entre los árboles como brillantes nevadas. El aire olía a canela y chocolate caliente, a guirnaldas de acebo, a la emoción vibrante de los enamorados, a ramas de abeto y al calor de las estufas de gas que calentaban las terrazas de los restaurantes.

Al llegar a Shibuya, Takeshi sintió un tirón en su brazo, frenándolo. Se giró y notó que su pareja se había detenido, como si sus pies se hubiesen pegado repentinamente al asfalto.

—¿Estás bien?—preguntó el muchacho mirándola.

Ella hizo un pequeño silencio. Sus ojos estaban clavados en la acera y su mano se mantenía aferrada a la manga de él.

—¿Me lo vas a pedir?—preguntó la chica, mirando con aprensión a su novio, mientras el vaho que salía de entre sus labios la envolvía con misterio.

—¿Pedir qué?—respondió él sin entender.

—Matrimonio.

—¿Qué?—alzó las cejas, sorprendido.

—¿Cuándo me darás el anillo? Esperé toda la cena y no hiciste más que hablar de fútbol—se quejó ella, soltándolo y haciendo un puchero—¿Cuándo vas a dármelo?—lo miró impaciente.

Takeshi tragó saliva.

—Ayane, yo no…—balbuceó incómodo—No tengo ningún anillo.

—No entiendo.

—No tengo ningún anillo. Si te hice pensar que…

—¿Tu "Navidad especial" es esto?—lo interrumpió la chica—¿Cenar juntos y pasear de la mano como cualquier otro día?

—Me llevó meses encontrar reserva en ese restaurante—se defendió el jugador— Pensé que…

—¿Creíste que llevarme a un restaurante caro puede considerarse una sorpresa especial?—reclamó la muchacha, viéndolo molesta.

—Siempre dices que los lugares a los que vamos son muy modestos. Quería sorprenderte—explicó el chico encogiéndose de hombros.

Ayane miró a su novio un instante. Su gesto serio deslucía la belleza de su rostro pulcramente maquillado. Había cuidado especialmente su aspecto aquella noche.

—¿Qué hay del matrimonio?—preguntó sin rodeos.

—Ya te dije que hoy no…

—No hoy—interceptó ella, cortante—Hablo en general. ¿Cuándo vamos a casarnos?

—Eso deberíamos hablarlo en otro momento y otro lugar—sonrió tímidamente el mediocampista, alargando la mano para tomar la de su novia, con la esperanza de poder continuar el paseo y dejar la conversación.

—Quiero hablarlo ahora—se entercó la chica, impidiendo que la toque.

—Ayane…

—Llevamos saliendo meses; tú me gustas y yo te gusto. ¿A qué estás esperando? Ya tengo 25 años, no quiero esperar más. No somos estudiantes de instituto para sólo pasear y tomar helados.

—No hacemos sólo eso—protestó el mediocampista mirándola ceñudo.

—Dijiste que haríamos algo especial en Navidad. Me compré un vestido nuevo, me peiné distinto y me hice las uñas pensando en el anillo.

—Pero yo nunca te hablé de anillo—se defendió él, apenado, mirando a la gente que pasaba alrededor y que los veía con curiosidad.

—No lo hiciste, pero es lo obvio. Si la relación va bien no tiene sentido esperar tanto. Todas mis amigas están casadas o prometidas. ¿Por qué yo no?—reclamó dolida—Cuando comenzamos a salir esperaba ser tu esposa en algún momento. Quiero una casa, Takeshi. Quiero un esposo que pueda mantenerme y darme hijos.

—Pero yo no quiero nada de eso ahora.

Ayane tensó el gesto. De sus ojos asomaron un par de lágrimas, que torpemente, ella trató de secar con el borde de su abrigo.

Takeshi suspiró, sintiéndose mal. De repente, la calle que hacía rato le pareció hermosa y cálida se le hizo fría y asfixiante.

—Mírame—exigió la chica con la voz quebrada, tomando el rostro de su novio y obligándolo a él a mirarla—Mírame a los ojos y responde con sinceridad. ¿Alguna vez has pensado en mí como en tu futura esposa?

—Yo… no estoy listo para casarme, Ayane…

—Esa no es la pregunta.

Takeshi respondió con un denso silencio, desviando la mirada a un lado. No podía decirle ese "no quiero casarme contigo" que bailaba en su garganta. No hizo falta. Ella lo entendió.

—Nunca me viste de esa forma, ¿cierto?—adivinó la chica, decepcionada, bajando la mano que sostenía aún el rostro de él.

El jugador sintió aquello como una loza sobre sus hombros. Tragó saliva y bajó la cabeza.

—Creo que no—admitió avergonzado, casi oyendo cómo apenas tres palabras acababan de romper a la persona que estaba frente a él.

—Ya veo—murmuró la chica, dolida.

Tras un silencio, en el que la ciudad pareció desaparecer para los dos, Ayane se limpió las lágrimas con rabia, girando sobre sus talones y comenzando a caminar. El sonido de sus tacones golpeaba fuertemente sobre la acera.

—¿Dónde vas?—preguntó Takeshi con preocupación.

—A casa.

—Espera, podemos hablarlo—la siguió él torpemente.

—No hay nada que hablar. No quiero seguir perdiendo el tiempo contigo.

—Ayane, por favor…—trató de detenerla él agarrándola del brazo—Déjame al menos que te acompañe.

—No—se zafó ella con coraje—Prefiero estar sola. No quiero verte Takeshi Sawada—se giró levemente, viéndolo entre lágrimas—No quiero estar con alguien que sigue anclado en sus quince años. Lo siento. Merezco otra cosa.

En un último suspiro de esperanza, la muchacha esperó alguna respuesta por parte de él. No llegó.

—Adiós, Takeshi—pronunció la chica con la voz rota, girándose y caminando a toda prisa entre la multitud.

—Ayane…—murmuró el futbolista viéndola alejarse como el que ve, sin hacer nada, marcharse el último tren.

Ni siquiera fue consciente del tiempo que deambuló solo por las calles. Cuando se vio frente a la estación por segunda vez, Takeshi comprendió que había dado vueltas en círculos. Cruzó la calle y se quedó a un lado, al resguardo de su propia soledad. En la distancia observó cómo grupos de jóvenes se hacían fotos junto a la estatua de Hachiko. Suspiró. De repente se sintió más hueco que aquella estatua. Las palabras de Ayane resonaban en su cabeza y hacían daño. No era la primera vez que las oía. Sus relaciones amorosas siempre tenían el mismo final.

—¿Qué demonios busco…?—se preguntó a sí mismo con tristeza. No tenía la respuesta. Tampoco estaba seguro de haberla tenido alguna vez.

Cansado de dar vueltas a la cabeza, sacó su teléfono del bolsillo de su abrigo y miró la hora. Todavía era temprano. Si alcanzaba al próximo tren quizás podría llegar a tiempo para reunirse con sus amigos del Toho en la fiesta de Navidad que habían organizado. Aunque, siendo honesto, no tenía demasiadas ganas de estar con nadie. Ir a esa fiesta supondría tener que dar explicaciones de por qué, una vez más, había arruinado su relación con una chica que aparentemente era perfecta para él. No estaba preparado para dar respuestas que ni siquiera tenía ante sí mismo. Aquella noche no.

Caminó cansinamente hacia la estación y entró. No sabía dónde ir, de modo que se dejó llevar sin más y tomó, al azar, las escaleras de la derecha hacia los andenes. No había apenas nadie. Seguramente, supuso, acababa de irse un tren. Se sentó en un banco y se distrajo viendo el rutinario paisaje, oyendo de fondo el sonido de las vías retumbando y la voz monótona del altavoz. Sus pensamientos volvieron a enredarse con su desánimo, y la sensación de fracaso —esa que hacía mucho tiempo ya había anidado en su interior— creció un poquito más.

De repente una algarabía de voces llamó la atención de Takeshi. Giró a ver y notó que un grupo de jóvenes subían las escaleras entre risas y empujones. Los muchachos reían y saltaban entre los peldaños, con tan malas formas, que en uno de esos jugueteos fueron a golpear a una chica que también subía, haciéndola caer de rodillas.

Takeshi se puso de pie, sobresaltado.

—¡Cuidado!—rió uno de los jóvenes—Hay ratones en la estación—se burló pateando uno de los libros que la chica llevaba, y que habían caído al suelo con ella.

Los jóvenes continuaron su camino entre risas, mientras la chica, visiblemente nerviosa, se afanaba en recoger sus libros con rapidez.

—¡Oigan!—trató de increparlos Takeshi, pero simplemente los muchachos lo ignoraron y se alejaron hacia el fondo del andén. Molesto, el mediocampista se giró y se dirigió hacia las escaleras—¿Estás bien?—preguntó con preocupación mirando a la chica.

—Estoy bien—respondió ella avergonzada, levantando apenas la mirada mientras recogía sus cosas del suelo.

Takeshi se agachó y la ayudó a recoger.

—Gracias—murmuró tímidamente la chica tomando el libro que Takeshi le extendía.

—¿De verdad estás bien? ¿No te hiciste daño?

—Estoy bien—asintió ella de forma esquiva.

—No pueden ir así, empujando a la gente—comentó el mediocampista mirando hacia donde los jóvenes se habían ido—Debería avisar a seguridad…—añadió al tiempo que sacaba su teléfono móvil.

—No hace falta—impidió ella apoyando levemente sus dedos sobre el brazo de él—Estoy bien. De verdad. No vale la pena que pierdas tu tiempo en eso.

—Pero ellos….

—Estoy bien. Déjalo, por favor.

—Como quieras—aceptó el chico, no muy convencido, regresando el teléfono a su bolsillo.

Ambos fueron a sentarse. Takeshi ocupó el mismo lugar de antes y trató de entretenerse de nuevo con el ir y venir de las personas que comenzaban de nuevo a llenar el andén. Al mirar casualmente al otro lado del banco vio cómo la chica revisaba sus libros. Observó con el cuidado que ella los sostenía entre sus blancas manos; cómo acariciaba los bordes de cada portada, y cómo comprobaba que cada página estuviese bien colocada. Era la primera vez que veía a alguien poner tanta ternura en unos libros. Sin darse cuenta, sonrió conmovido.

—¿Se han estropeado?—preguntó, casi por inercia. La chica dio un pequeño respingo al oírlo.

—No. Creo que están bien.

—Menos mal.

—Sí—asintió ella dejando cuidadosamente los libros sobre el banco—No son míos. Son de la biblioteca.

—¿Tendrías que pagarlos si se estropean?

—Eso creo—respondió la muchacha, esbozando al mirar al chico algo semejante a una sonrisa.

—No sabía que había biblioteca en Shibuya—continuó hablando él.

—No la hay. Voy de camino.

—¿En Navidad?

—¿Por qué no?—se encogió de hombros—Es la noche más tranquila para estudiar.

—Je, eso sí. No debe haber mucha gente allí ahora—comentó divertido.

—No hay—negó con la cabeza—No me gusta Shibuya…—dijo ella tras un silencio.

—A mí hoy tampoco—apoyó Takeshi con una débil sonrisa—Demasiada gente.

—Demasiada—lo miró ella asintiendo.

El sonido del tren al llegar irrumpió con fuerza en el andén. Las personas se repartieron junto a la línea amarilla próxima a las vías, esperando la oportunidad de subir.

—Este es mi tren—anunció la chica poniéndose de pie. Agarró su bolso y abrazó sus libros, girándose hacia Takeshi—Muchas gracias por tu ayuda—dijo con solemnidad, inclinándose ante él.

—No ha sido nada—sonrió el jugador.

La muchacha se irguió y tras una breve —casi fugaz— sonrisa, giró sobre sus talones y se dirigió hacia el tren.

Al ver marcharse a la desconocida, Takeshi sintió, tontamente, que la soledad regresaba, como si en algún momento de aquellos minutos se hubiese podido marchar. Resultaba ridículo. Debía estar muy desesperado para sentir que un intercambio de palabras con una desconocida pudiese, si quiera, reconfortarlo.

—Debería volverme a Saitama y acostarme de una vez—se dijo, suspirando con desánimo, dejándose caer contra el respaldo. Al girar la vista casualmente vio que había una hoja de papel sobre el banco. La agarró, curioso, y al mirarla notó que era uno de esos registros de préstamo que las bibliotecas meten en los libros. Alarmado, se puso de pie y echó a correr impulsivamente hacia las vías esperando alcanzar a la desconocida; sin embargo, justo cuando llegó a la línea amarilla del andén, el tren echó a andar implacable dejándolo atrás.

Ni siquiera supo por qué hizo aquello. Quizás fue el desánimo, o quizás la necesidad de ocupar una noche que amenazaba con ser muy larga, pero después de comprobar el destino, subió al siguiente tren. Mientras miraba la hoja de papel entre sus dedos, inventó la necesidad de devolvérsela a su dueña. La "cuidadora de libros" que odiaba la multitud de Shibuya… No fui difícil saber en qué biblioteca podría encontrarla porque los datos venían en el sello de aquella hoja de préstamo.

Al bajar del tren, Takeshi salió de la estación. El frío de le noche le cortó la cara. Miró al cielo y notó que se había teñido de un tenue color naranja. Seguramente iba a nevar, pero a él le daba igual. El mundo aquella noche le daba igual.

Enfrascado en su improvisada misión, el mediocampista del Urawa llegó al enorme edificio de la biblioteca y abrió la puerta para entrar. En la recepción no había nadie, aunque se veía luz al fondo. Tímidamente caminó hacia la sala de estudio y se sorprendió por su gran tamaño. Las estanterías ocupaban el espacio desde el suelo hasta el techo, con largas escaleras de mano y lámparas colgantes que alumbraban los pasillos. En la zona central estaban dispuestas varias mesas, con pequeñas lamparitas de pie. No había nadie allí. Nadie excepto ella. Al encontrar a la "cuidadora de libros", Takeshi sonrió como ese niño que se siente emocionado al lograr un reto.

Caminó decidido hasta la chica, que ocupaba una de las mesas más alejadas de la puerta.

Al ver una sombra dibujarse sobre la mesa, la muchacha levantó la mirada, abriendo sus ojos grises de par en par cuando vio al jugador frente a ella.

—Tú… ¿qué haces aquí?—preguntó desconcertada.

—Te dejaste esto—dijo él, extendiendo el papel.

Ella alzó las cejas, mirando la hoja arrugada.

—¿Has venido hasta aquí sólo para darme ese papel?

—Yo…—balbuceó Takeshi sintiéndose tonto de repente—Supuse que te haría falta. Pensé que tendrías que pagar el libro si no…

—Mis datos deben estar igualmente en el ordenador—hizo notar ella, sin dejar su expresión confusa.

—Je, es verdad—murmuró el mediocampista desviando la mirada, sintiéndose, si era posible, un poco más estúpido.

—Aun así te lo agradezco—dijo la chica, apenada, agarrando cuidadosamente el papel—Muchas gracias por venir hasta aquí—sonrió con timidez.

En aquel momento, al mirarla, Takeshi pensó que aquella desconocida tenía una bonita sonrisa.

—¿Puedes esperar aquí un momento?—preguntó ella poniéndose de pie.

—Eh… sí, claro—asintió él sonrojándose. Pocas veces se había sentido tan ridículo como en ese momento.

La chica se alejó, desapareciendo por la puerta que daba a recepción. Poco después, Takeshi la vio regresar con algo en las manos.

—Toma, espero que esto te guste. No había mucha variedad—dijo ella extendiendo una lata.

—¿Café?—la miró el chico sin entender.

—Era la única bebida caliente. Noté que tienes las manos frías—explicó ella tímidamente—Tómalo como un agradecimiento por haberme ayudado dos veces hoy.

—Je, gracias—aceptó él con una sonrisa, agarrando la lata y abriéndola. Realmente tenía las manos heladas y ni siquiera se había dado cuenta.

La chica regresó a su asiento. Frente a ella se apilaban sus preciados libros, formando una improvisada barrera entre ella y el resto de la humanidad.

—¿Puedo?—preguntó con aprensión Takeshi señalando una de las sillas vacías.

—Claro…

Con cuidado, como si en algún lugar hubiese un bebé al que no quería despertar, el mediocampista se sentó, quedando frente a la muchacha, a cierta distancia. No quería traspasar aquella barrera de papel y letras tras la que ella parecía esconderse. Agitó la lata y la abrió, sintiendo cómo el olor del café lo reconfortaba al instante.

La chica miró al mediocampista levemente desde su trinchera. Se sentía nerviosa. No estaba acostumbrada a estar con otras personas; aunque debía reconocer que él resultaba extrañamente tranquilizador.

—¿Qué tipo de libros son?—preguntó con curiosidad Takeshi luego de un buen rato en silencio dando pequeños sorbos al café.

—Inglés—contestó la chica tímidamente mostrando el libro que sostenía—La mayoría son diccionarios.

—Vaya—exclamó él—Je, a mí nunca se me dio demasiado bien el inglés—recordó con una sonrisita tímida.

—A mí sí—confesó ella con cierto aire orgulloso—Puedo hablarlo sin problema.

—Siempre admiré a quienes hablan inglés con facilidad. A mí me parece imposible.

—Quizás es sólo que no lo intentaste lo suficiente.

—Puede ser—admitió el muchacho, dando otro sorbito al café—¿Estudias en la Universidad?

—Ajá—asintió la chica—Estoy en el último año. Estudio en la Universidad de Tokyo.

—¿Vas a la Todai?—preguntó él impresionado.

—Sí—asintió la muchacha con lo que a Takeshi le pareció una perfecta mezcla de timidez y arrogancia.

—Tienes que ser muy buena entonces. Entrar en esa universidad no es fácil, según sé.

—No lo es. Y tampoco es barato. Por eso, en mi tiempo libre, hago traducciones para una editorial pequeña—contó ella apoyando la mano en los diccionarios que tenía apilados sobre la mesa.

—Debes estar bastante ocupada—dedujo él.

—Un poco—se encogió de hombros la chica—Pero es mejor así—murmuró para sí misma—Y tú… ¿dónde estudias?

—En ninguna parte. Nunca fui a la universidad. Después de graduarme comencé a jugar al fútbol de forma profesional, y eso hago—contestó Takeshi, dando otro trago al café.

—¿Y te pagan?—lo miró ella curiosa.

—Je, sí. Me pagan—sonrió él, evitando decir que le pagaban bastante bien—No es algo tan admirable como lo que tú haces, pero supongo que está bien.

—Yo no hago nada admirable—replicó ella bajando la vista a los documentos que había sobre la mesa.

—Claro que sí—corrigió él—Entrar en la Todai no es algo que cualquiera pueda hacer.

—Estudiar en un buen colegio fue de mucha ayuda.

—¿Dónde estudiaste?

Toho Gakuen—contestó la chica viendo levemente al jugador.

—¿En serio?—exclamó Takeshi emocionado—¡Yo también estudié allí!

—¿Ah, sí?

—¡Sí!—sonrió contento—Qué casualidad que hayamos estudiado en el mismo lugar.

—Sí…

—Aunque… no te recuerdo. No creo que hayamos coincidido en clase—dedujo pensativo.

—No lo creo—desvió la mirada la chica, fingiendo leer una página cualquiera de aquel diccionario.

—El Toho…—sonrió Takeshi con nostalgia—Realmente fueron los mejores años los que pasé allí…

La chica miró al jugador y sonrió conmovida. Al oír cómo le bailaba la voz, entendió —incluso sin conocerlo— que debió ser realmente feliz en el Toho.

—Eres buena, ¿lo ves?—comentó de repente el muchacho.

—¿Eh?—lo miró sin entender.

—Yo fui al mismo instituto que tú y no estudio en la mejor universidad—aclaró Takeshi encogiéndose de hombros—Eso quiere decir que realmente eres buena. Debiste estudiar mucho.

—Bueno, sí…—admitió la chica, sintiendo una sensación de vacío en el pecho.

De repente, un golpe seco irrumpió en la enorme sala, seguido de una densa oscuridad. Tan solo se veían las luces de emergencia.

—¿Qué ha sido eso?—preguntó Takeshi sobresaltado.

—Creo que se fue la luz—contestó la chica, algo nerviosa.

—¿Un apagón?

—No lo sé. Quizás… Iré a preguntar.

La muchacha se puso de pie y encendió la linterna de su teléfono. Alumbrando el suelo ante sí misma, caminó cuidadosamente hacia la salida, en dirección a recepción. Takeshi hizo lo mismo, siguiéndola.

Al llegar ante el mostrador vieron que estaba vacío. La chica se acercó a tocar un pequeño timbre que allí había. Tras varios minutos de espera, nadie apareció. Se inclinó un poco sobre el mostrador y notó que el ordenador estaba apagado.

—Qué raro… —dijo, extrañada, viendo a su alrededor.

—Eh… creo que la puerta principal está cerrada—se oyó decir a Takeshi, que había caminado hacia la salida tratando de averiguar si el apagón había afectado a la calle también.

—No puede ser—replicó ella yendo a grandes pasos hacia donde él estaba. No necesitó ni siquiera llegar a tocar la puerta para comprobar que, tal y como él decía, aquella puerta estaba completamente cerrada. La verja exterior estaba bajada y no se veía absolutamente nada al otro lado—¡Nos han dejado encerrados!—exclamó nerviosa, alcanzando la puerta y golpeando el cristal—¡Oigan, oigan!

Takeshi sintió un golpe seco en el pecho. Se acercó también a la puerta, y trató de forzarla, empujándola. No logró nada.

Dieron voces —negándose a aceptar que al otro lado nadie los escuchaba—, empujaron la puerta, golpearon el cristal con las manos. Nada.

Arrastrada por los nervios, la chica subió a toda velocidad y se asomó a la planta superior, comprobando que también estaba vacía.

—No me puedo creer que nos hayan dejado aquí—se lamentó bajando y sentándose con desánimo en los últimos peldaños. Apoyó los codos sobre sus piernas y dejó caer la cabeza en sus manos, angustiada.

—Quizás vuelvan en un rato—se le ocurrió decir a Takeshi sin dejar de mirar hacia la puerta cerrada a cal y canto.

—No van a volver. El ordenador está apagado. Han cerrado—contestó ella sin moverse—Pregunté ayer si cerrarían temprano en Navidad y la chica boba que hace el turno de tarde dijo que no—protestó, viendo con rabia hacia el asiento vacío de la recepción—Cómo puede haber gente tan estúpida…

Takeshi suspiró y eligió no contestar. Se dejó caer contra la pared y clavó sus ojos en un suelo que se había vuelto gris. Era evidente que nada de lo que dijese podría mejorar la situación.

—Podría llamar a la policía—propuso la chica, luego de un silencio.

—¿No es excesivo?

—¿Y qué otra cosa podemos hacer?—replicó ella en un tono más golpeado del que quiso utilizar.

—Quizás podríamos llamar a algún amigo—ofreció el mediocampista con aprensión—O también podemos esperar. Puede que vuelvan.

La chica miró con desacuerdo al muchacho, regresando la vista a un punto cualquiera del pasillo oscuro. Takeshi sintió cómo, aun sin poder verla con claridad, ella lo había atravesado.

Luego de casi media hora en la que ambos —ella con mayor insistencia— habían tratado de contactar con alguien, sin éxito, el desánimo comenzó a ganar terreno.

—Ayumi debe estar en esa fiesta tonta a la que dijo que iría con su novio…—murmuró la chica mirando el teléfono que sostenía entre sus manos.

—Podemos esperar un poco. Cuando vean que los hemos llamado, seguro nos llamarán—propuso el mediocampista con una pequeña sonrisa. No podía decirlo, pero de repente no le pareció tan mala idea quedarse allí el tiempo que sea. No quería volver a casa. Cualquier lugar era mejor que estar solo, aplastado por su frustración.

La muchacha exhaló. Se dejó caer a un lado de las escaleras, con resignación, mientras un silencio tan denso como la propia oscuridad se hacía dueño de aquel pasillo. Apenas se oía el ronroneo del motor que mantenía las luces de emergencia.

—Soy Sawada Takeshi—dijo el muchacho de pronto, acercándose a la chica con una mano extendida.

—¿Qué?—lo miró ella completamente desconcertada.

—Je, recién me di cuenta de que no me presenté. Lo siento. Si vamos a estar encerrados, al menos estaría bien que sepas con quien—sonrió apenado, esperando aligerar el desánimo de ella. Supo que lo había conseguido al recibir respuesta.

—Soy Onkawa Rebecca—murmuró la chica estrechando tímidamente la mano de él—Mi amiga prefiere llamarme Becky. Dice que es más fácil de pronunciar…

—Encantado de conocerte, Onkawa-san—sonrió Takeshi.

—Encantada de conocerte, Sawada-san—respondió ella en el mismo tono.

—Tu nombre no parece japonés. ¿De dónde es?—preguntó el mediocampista con curiosidad, sentándose en los escalones, a poca distancia de ella.

—Es un nombre extranjero. Nací en Irlanda. La mitad de mi familia es de allí.

—¿Irlanda?

—La mayoría de gente ni sabe dónde está en el mapa…—comentó con un mohín de disgusto.

—Yo si sé dónde está—aseguró él con orgullo—Aunque no es que conozca mucho más del país—añadió después con un gestito tímido.

—Al menos puedes ubicarlo—apoyó ella con una mueca de sonrisa.

—Sé que allí se habla inglés. Por eso lo manejas.

—Mi madre nos hablaba en inglés cuando éramos niñas mis hermanas y yo. Mi padre nos hablaba en japonés. Por eso puedo manejar sin problema ambos idiomas. Je, ahora ya sabes el secreto de mi "talento"…—comentó con poco entusiasmo.

—No creo que ese sea tu talento. Nadie entra en una de las mejores universidades del mundo sólo porque sus padres le hablen en inglés—replicó él con seguridad—Tampoco por estar en uno de los mejores institutos, ya te lo dije. No te hagas de menos. Tu esfuerzo está ahí y parece que no quieras verlo.

Becky no respondió. Miró de reojo al jugador y sintió que el corazón se le estrujaba. Él… No la conocía en absoluto. Sin embargo, el torpe intento del chico por hacerla sentir grande mientras ella se sabía insignificante, la conmovió sobremanera.

Luego de un buen rato allí, sentados en las escaleras, intercambiando apenas frases sin mucho interés, decidieron regresar a la sala principal. Estaba igual de vacía y oscura, pero al menos había sillas, ventanas y el frío que entraba bajo la puerta tardaría más en llegar.

Bajo la luz de la linterna de un teléfono, la conversación fluyó entorno a los libros. Él buscó en un atlas los países que había visitado gracias al fútbol. Ella buscó enciclopedias para mostrarle, aunque fuese en papel, las delicias de su país natal. Un diccionario en cualquier idioma, un libro de ciencias, otro de flores… Becky olvidó su angustia y se dejó arrastrar por primera vez por una conversación de dos. Una charla en la que lo que ella decía parecía interesar a alguien más. Takeshi, por su parte, se olvidó de su sensación de fracaso por un instante, dejándose engullir por historias que nunca antes supo que le interesaban.

Y así, sin que ninguno de los dos se diese cuenta, las horas pasaron, hasta que la madrugada anidó por completo en la ciudad.

—Está nevando—murmuró Becky parada frente a uno de los ventanales, viendo el exterior.

—Con razón hace tanto frío—comentó Takeshi, acercándose con un par de latas de café que había sacado de la máquina—Ten—ofreció una a la chica.

—Gracias—aceptó ella, agarrando la lata con timidez. La agitó y la dejó un rato entre sus manos, calentándolas.

Takeshi abrió su lata de café y dio un largo sorbo. Observó durante unos minutos la calle vacía al otro lado del cristal. La nieve caía sobre las aceras, cubriendo poco a poco el asfalto con un manto frío. De repente, sin saber por qué, el chico sintió que aquella sensación helada y vacía lo invadía por completo. Suspiró cansado y caminó unos pasos, sentándose en el suelo.

Becky lo miró con extrañeza. Incluso ella —que siempre se vio incapaz de leer a otras personas— pudo notar cómo el ánimo del chico había cambiado.

—Quizás debería volver a llamar…—comentó ella, más por decir algo, mientras veía hacia la mesa donde estaba su teléfono.

—Podemos esperar—respondió él con voz apagada.

—Hemos esperado horas…. Y pareces cansado.

—A mí no me importa esperar—insistió el mediocampista.

Becky giró la cabeza, incómoda, y lo observó. Realmente él se veía diferente. Su energía era diferente. Apoyado contra la pared y sentado sobre el suelo, bebía como un autómata pequeños sorbos de café mientras miraba a un punto cualquiera de la penumbra. Sin saber bien qué más hacer, la chica se movió y se sentó también sobre el suelo, a poca distancia de él. En silencio, se distrajo en hacer girar la lata tibia entre sus manos. No sabía qué hacer ni qué decir, de modo que eligió estar callada.

—¿Sabes? Aunque pueda parecerte raro… mi noche mejoró bastante—comentó Takeshi luego de un rato, rompiendo el silencio.

—¿Encerrado en una biblioteca en Navidad?—dijo Becky con ironía, omitiendo a conciencia un "conmigo" que la lastimaba incluso sin decirlo.

—Encerrado en una biblioteca en Navidad—confirmó el chico con una leve sonrisa.

—Si lo dices para que me sienta menos mal, te lo agradezco—murmuró la muchacha, sintiendo que se sonrojaba como una niña.

—No lo digo por eso.

—Seguramente sí. Debes hacerlo todo el tiempo.

—¿Hacer qué?—la miró sin entender.

—Lo que sea para que las personas que están contigo se sientan bien—aclaró ella, casi como pensamiento en voz alta.

—¿Eso crees?—alzó las cejas.

—Tú… tienes aspecto de ser ese tipo de persona…—argumentó Becky avergonzada de sus propias palabras.

Takeshi la miró unos segundos, sin decir nada. Después regresó la vista al fondo de la sala oscura.

—Mi novia rompió conmigo hoy—confesó tras un breve silencio.

—Lo… lo siento…—balbuceó Becky, más por decir algo, porque siendo honesta consigo misma no tenía ni la más mínima idea de cómo podía sentirse alguien en esa situación.

—Gracias—contestó él con tono apagado— Je, como ves, no soy tan bueno en eso de hacer sentir bien a los demás…

—No creo que sea eso.

—Es fácil hacerlo cuando sabes qué significa alguien para ti; luego todo se hace raro. Especialmente cuando soy yo quien no sabe dónde está…

—Creo que no te entiendo—admitió Becky con vergüenza.

—Me siento mal conmigo mismo, ¿sabes?—continuó Takeshi sin querer mirarla—Ella rompió conmigo y en lugar de querer solucionarlo, me siento aliviado. No debería ser así, ¿no?

—Supongo que no tiene mucho sentido—contestó la irlandesa con honestidad, removiéndose incómoda. Miró los libros sobre la mesa y por un instante deseó poder esconderse de nuevo tras ellos.

—Soy un cobarde. Eso soy—aseguró el chico, más como pensamiento en voz alta—Ella quería casarse y yo nunca tuve el valor suficiente para decirle que no era lo que buscaba. Debí decirle "no eres la mujer que quiero", pero no lo dije. Más que hacer sentir bien a otros, soy bueno en hacerme quedar bien a mí mismo—sonrió con amargura.

—No creo que sea eso, Sawada-san...—se atrevió a decir la chica—Y si lo fuese, tampoco sería tan malo.

—Pero no estoy siendo honesto con otras personas. Realmente soy un cobarde. Todas mis relaciones acaban igual. Todas ellas acaban reprochándome que no soy lo que ellas esperan. Y yo sé eso desde el momento en que acepto salir con ellas… Sin embargo, no digo nada y me meto en una relación que sé que en algún momento nos lastimará a ambos, porque para empezar no sé qué busco encontrar en una mujer.

—¿Y por qué no piensas antes en eso? Sería lo más lógico—resolvió con simpleza la chica, encogiéndose de hombros.

—¿No debería haberlo descubierto después de fracasar tantas veces?

—No lo sé.

—Quizás Ayane tenga razón y sigo comportándome como un niño de 15 años. Sigo creyendo que habrá alguien que me hará sentir diferente. Que me verá de forma especial, sólo a mí—admitió con vergüenza—Pero después de tantos reproches, creo que esa idea está equivocada. Además de ser un cobarde, soy un tonto…

—No digas eso.

—No quiero estar solo, pero tampoco quiero estar con alguien que no me hace sentir lo que yo espero. No sé qué estoy haciendo mal—suspiró.

—Yo… Ojalá yo supiera en qué libro puedes encontrar la respuesta—susurró Becky, casi como pensamiento en voz alta, sintiéndose torpe como pocas veces.

—¿De cómo ser un mejor hombre?—la miró él.

—De cómo ser feliz—contestó la chica también mirándolo, sorprendiéndose incluso a sí misma por su respuesta.

Takeshi sonrió conmovido. Ella le devolvió levemente el gesto, sintiendo de nuevo que sus mejillas se sonrojaban.

—Ser feliz es muy difícil—opinó el jugador tras un pequeño silencio—Crecer es muy difícil. Madurar es muy difícil. Nadie nos cuenta que llegará un día, no se sabe cuál, en el que de repente tendrás que tomar decisiones sin saber aún hacia dónde quieres mirar.

—Y cualquier decisión que tomes estará mal—añadió Becky en voz baja.

—Me pregunto cómo lo hacen los demás…

—Yo también…

Se hizo de nuevo un silencio en el que cada cual hurgó en sus pensamientos. La luz de la luna se coló por las ventanas, tiñendo la sala oscura con un tenue velo azul.

—Mi familia organizó un omiai para mí hace un año—confesó Becky de repente mientras estrujaba la lata entre sus manos.

—Un omiai… ¿para casarte?—se interesó el jugador.

—Ajá—asintió ella—Mi hermana mayor se casó con un cirujano importante y convenció a todos de que esa era la mejor opción para mí.

—¿Y cómo fue?

—No fue—exhaló la chica con tristeza—El día de la reunión, simplemente no acudí.

—¿No te presentaste?

—No. Apagué mi teléfono y no aparecí.

—¿Y cómo se lo tomaron tus padres?

—Se enfadaron, obviamente. Se enfadaron mucho conmigo. Tuvieron que ir a disculparse con la familia del chico, que ni siquiera sé quién es. Me sentí mal por ellos, porque por mi culpa pasaron por esa humillación… Mi hermana mayor no me habla desde entonces. Y yo evito a mis padres por vergüenza; por eso me fui de casa y me hago cargo de todos los gastos de la universidad. Yo… les fallé a todos… como hago siempre.

—No creo que les hayas fallado—trató de animarla él—No te preguntaron si querías casarte.

—No, y eso está mal, pero yo pude afrontar la situación con más madurez. Lo sé. Pero no me atreví. Me dio miedo quedar mal y enfrentar la mirada juiciosa de mis padres y mi hermana. Preferí hacerles quedar mal a ellos, antes que ser yo quien se viera expuesta. Por eso… si tú crees que eres cobarde, Sawada-san, entonces ya somos dos cobardes aquí hoy—sonrió con tristeza la chica, mirando de reojo al jugador.

—Je, puede que lo seamos—asintió él apenado—O quizás sólo estamos un poco desubicados.

—Yo también me pregunto cómo hacen los demás para vivir sin fallar a nadie.

—Puede que no les importe tanto lo que opinen los demás.

—Pero al final, ¿no es peor lo que opinamos de nosotros mismos?

Takeshi asintió. Ella tenía razón. No tenía una buena opinión sobre sí mismo.

—Si pides disculpas a tu familia, seguro te entenderán padres—dijo el chico con optimismo tras un breve silencio.

—No creo que eso me ayude—negó Becky con la cabeza—En realidad estoy mejor así.

—¿Sola?

—No quiero que vean lo que soy—alegó la chica con firmeza—Les daría la razón. Porque sé que organizaron ese omiai en un vago intento de evitar que me convierta en lo que ahora soy…

—¿Y qué eres?—preguntó Takeshi con curiosidad.

—Una cobarde que vive sus días sola, aferrada a una rutina que la haga olvidar que el éxito con el que un día soñó, en realidad no la hace feliz. Alguien que deja pasar los días, lo más ocupada que puede, porque prefiere eso antes que pensar que debió hacer las cosas de forma distinta y que ya no puede cambiarlas.

—Yo no veo eso—dijo Takeshi sorprendiendo a la chica—Yo veo a alguien valiente.

—No me conoces para poder decir algo así.

—Sé que no. Pero hablé contigo hoy más de lo que hablé con muchas otras personas. Y no veo lo que dices. Veo a alguien que estudia incluso en la noche de Navidad sin importar lo que hagan los demás. Que aunque caiga al suelo de rodillas por culpa de unos imbéciles, todavía tiene la ternura suficiente para recoger unos libros que a nadie más le importarían. Alguien capaz de ofrecer un café caliente a un tonto que recorrió media ciudad para entregarle un papel—sonrió—Alguien que me está escuchando, aunque la situación no sea la mejor. No creo que seas cobarde, Onkawa-san. Creo que pelear sola contra el mundo, sea por la razón que sea, ya te hace valiente.

Becky miró al jugador, sintiendo que el corazón se le estrujaba. Notó cómo sus ojos grises se empañaban, y cómo una sensación cálida surgía de su pecho como nunca antes.

—Gracias—susurró con voz quebrada.

—Ojalá también encuentres en esos libros cómo ser feliz, Onkawa-san—dijo con sinceridad Takeshi, viendo a la chica con una ternura que pocas veces antes sintió.

—Yo espero que encuentres a esa persona que te haga sentir especial, Sawada-san—contestó ella, tragando saliva para aligerar el nudo que apretaba su garganta.

Más tarde, Becky fue al cuarto de baño a refrescarse la cara. Se sentía extraña. Nunca antes había hablado tan abiertamente con nadie, y aunque suponía que la oscuridad había servido de escondite para ambos, se sintió inesperadamente bien. Aquel chico la hacía sentir bien sólo estando.

Cuando la irlandesa volvió a la sala, el frío se había hecho mucho más intenso. Takeshi ya no estaba sentado en el suelo, sino de pie, junto a la mesa que habían ocupado horas atrás. Había encendido la luz de su teléfono y miraba entretenido los documentos y libros que había sobre la mesa. Becky dedicó unos segundos sólo a contemplarlo.

—¿Estás bien?—preguntó el muchacho con preocupación al notar que ella había regresado.

—Sí. Gracias.

—Lo siento. Hice que las cosas se pusieran raras…—dijo Takeshi avergonzado.

—No. Está bien—sonrió con timidez.

—Gracias por escucharme.

—Gracias a ti también.

Ambos se miraron unos instantes. Luego apartaron la vista a cualquier lado, avergonzados.

—Tu caligrafía es perfecta—comentó el jugador, más por decir algo, aclarándose la voz.

—Gracias—sonrió tímidamente la chica.

—Al verla recordé una carta que alguien me dejó una vez en el instituto—contó él con simpleza—Su caligrafía era tan bonita, que casi no podías fijarte en nada más.

—¿Una carta?—se interesó Becky, sentándose en la silla.

—Ajá.

—Debías de ser muy popular en el Toho.

—No tanto—respondió Takeshi apenado—Mis amigos lo eran mucho más.

Becky lo miró y sonrió.

—Aquella carta era rara.

—¿Rara por qué?

—Apareció en mi taquilla el último día de clases. La persona no puso su nombre, ni siquiera una pista. Simplemente dejó una hoja de papel perfectamente doblada con una caligrafía difícil de olvidar.

—No debía querer que supieses quién es—opinó Becky ojeando sin interés uno de los libros.

—Puede ser—aceptó Takeshi, sentándose frente a ella—Pero ¿qué sentido tiene dejar una carta sin nombre?

—No lo sé—se encogió de hombros la irlandesa, cerrando el libro—También es posible que esa persona fuese un poco tonta.

Takeshi no respondió.

—No sé por qué de repente me acordé de esa carta—comentó él rascándose la nuca.

—¿Qué decía la carta?—quiso saber Becky, curiosa.

—Que esperaba que fuese feliz—respondió el mediocampista luego de pensar unos segundos.

—¿Sólo eso? Qué escueta—opinó ella con sinceridad.

—No sólo eso. También me daba algunas "recomendaciones"—rió el chico—Y decía algunas cosas que le gustaban de mí. Cosas un poco diferentes, ¿sabes? Porque se alejaban mucho de lo que otras cartas expresaban. No hablaba de mi aspecto o de mí como jugador. Hablaba de gestos tan pequeños que me pregunto si realmente son verdad o no. Yo no puedo saberlo porque no me veo a mí mismo—admitió con una sonrisita infantil—Pero luego de exponer las razones por las que me miraba sólo a mí, terminaba con un "espero que seas feliz".

—A esa persona no le gustaría saber que no lo eres—comentó Becky, pasando distraídamente los dedos por el dorso de un libro.

—Je, supongo que no—aceptó Takeshi— Quizás ella sabría qué estoy haciendo mal.

—Creo te haría recordar cómo eras entonces. Puede que lo hayas olvidado.

—Es que he crecido—se encogió de hombros el chico.

—Eso da igual. Tus pequeños gestos son tuyos. No creo que hayan cambiado.

—Ahora que lo pienso… creo que ya sé lo que busco—murmuró el mediocampista observando el manuscrito que había sobre la mesa.

—¿Una buena caligrafía?

—Je, no—sonrió—Necesito a alguien que lo único que me exija es que sea feliz.

Becky miró al chico y sonrió con sinceridad.

Cuando las puertas de la biblioteca se abrieron, el alba ya comenzaba a despuntar. Un policía acompañaba al funcionario encargado de abrir las puertas. Aunque tarde, Ayumi, la mejor amiga de Becky, leyó su mensaje y se había encargado de pedir ayuda.

Luego de asegurarse de que estaban bien, el policía se marchó, mientras el funcionario se deshacía en inclinaciones y disculpas.

Finalmente Takeshi salió de la biblioteca. Sintió el frío en la cara y exhaló profundamente. Su ánimo era muy diferente.

—Gracias por esta noche—oyó decir a su espalda. Al girarse, Takeshi se encontró con Becky, que lo veía tímidamente desde un lado. El gris de los ojos de ella se fundía con el alba.

—Gracias a ti, Onkawa-san—sonrió.

—Ten cuidado al volver a casa—dijo ella, más por decir algo. En sus labios quedaron muchas otras palabras atadas que sintió vergüenza pronunciar.

—Tú también.

Con una breve inclinación, la chica se alejó unos pasos, acercándose a su amiga, que la esperaba. Takeshi giró hacia el lado contrario, en dirección a la estación. Ya era hora de volver a Saitama.

—Sawada-san—escuchó decir.

—¿Sí?—se giró a ver.

—Yo… espero que seas feliz—pronunció con sinceridad Becky, sonriéndole con las mejillas encendidas.

—Gracias—sonrió el mediocampista, sintiendo una punzada en el corazón—Tú también, Onkawa.

Cuando Takeshi llegó a Saitama ya era casi mediodía. Se sentía cansado y a la vez agitado. Se dio un baño y comió algo. Luego se sentó en el sofá para ver un rato la televisión. Cambió de canal una y otra vez, sin encontrar nada que le interesara. Aburrido, apagó el televisor y se tumbó mirando el techo. Pensó en la extraña noche que había pasado, encerrado en aquella biblioteca vacía. Por un momento se sintió avergonzado. Nunca se le habría ocurrido hablar tan íntimamente con alguien desconocido; sin embargo, lo había hecho, e inesperadamente se sintió bien. Quizás era porque la oscuridad hacía de escudo, figuradamente, o quizás era que aquella chica se sentía tan fracasada como él.

Al cabo de un rato se levantó del sofá y fue a su habitación. Abrió un armario alto, y ayudándose de una silla, alcanzó una caja cerrada. Se sentó sobre la cama con las piernas cruzadas, y volcó el contenido de la caja, mirando entretenido los objetos que allí había. Sus recuerdos del Toho... Entre muchas cosas de fútbol —la mayoría— y algunas fotografías, encontró un papel impecablemente doblado.

—¿La carta?—se preguntó para sí mismo, curioso, sujetando el papel—No recordaba haberla guardado.

Desdobló la hoja, sintiendo que su corazón se agitaba, y comenzó a leer, mientras una sonrisa comenzaba a dibujarse tontamente en sus labios.

«…te tocas el cuello cuando estás nervioso…»

—¿Hago eso?—comentó divertido sin dejar de leer.

«…sonríes a todo el mundo, incluso a los que no lo merecen…»

«…tu voz suena distinta cuando estás triste…»

«Espero que seas feliz»

—Ojalá hubieses firmado—susurró, sintiendo cómo aquellas palabras se colaban en su corazón, revolviéndolo.

Entonces cayó en la cuenta de algo. Bajo el texto, de impecable caligrafía, había un pequeño trébol de cuatro hojas que formaba parte de la decoración de la propia hoja de papel. Debajo del texto había unas letras muy pequeñas. Takeshi se acercó a leerlas.

«Made in Ireland»

—¿Irlanda?—murmuró frunciendo el ceño, volviendo a leer el texto como si necesitase confirmación—Irlanda…

Miró aquella hoja de papel con los ojos abiertos de par en par en par, sintiendo que el corazón le daba un vuelco. De repente todo pareció cobrar sentido; como la imagen obvia que sólo ves al poner la última pieza de un puzle.

Rápidamente, apartó las cosas de la cama hasta alcanzar el anuario de su último año en el Toho. Lo abrió y miró las páginas con ansiedad, leyendo cada texto, observando cada foto… Y entonces la vio. Una fotografía del club de literatura. Junto a varias chicas, algo apartada, estaba ella. Escondida tras los libros que sostenía y con aquella mirada gris.

—Ella…—dijo Takeshi sin dejar de mirar la foto, sintiendo cómo un agujero se abría en su estómago.

Si los días previos a Navidad la biblioteca se veía más vacía, era aún peor antes de Año Nuevo. Después de dos días de un castigo personal que sólo ella sufrió, Becky regresó a la biblioteca para continuar con sus trabajos. Por supuesto había puesto una queja por cerrar sin revisar que hubiese personas dentro, sin embargo, para su propia sorpresa, dejó el asunto como un "incidente" en lugar del agravio que habría sido en cualquier otra ocasión.

La luz de la tarde hacía ver la sala especialmente hermosa. El sol se colaba por las ventanas y llenaba con su calidez cada rincón. Las motitas de polvo bailaban sobre los rayos anaranjados, dando a la sala una atmósfera distinta, casi de fantasía.

Becky dejó sus cosas en la mesa apartada que ocupaba siempre, y luego de organizar sus notas, se dirigió a unos de los pasillos donde solían estar los libros de idioma. Distraída, revisó los títulos de cada ejemplar, buscando uno en concreto. Al llegar a una pequeña intersección entre las estanterías, una hoja de papel cayó frente a sus pies, llamando su atención. La chica miró a un lado y a otro, buscando alguien a quien pudiese habérsele caído. Al no encontrarlo, se agachó a recogerla. Miró la hoja y abrió los ojos de par en par, volviendo a mirar a un lado y a otro nerviosamente.

—No la firmaste—oyó decir al otro lado de la estantería, tras los libros.

Becky sintió que el corazón le daba un vuelco. Reconocía aquella voz. Tanto como reconocía aquella letra.

—La guardaste…—murmuró mirando la hoja, notando cómo sus manos comenzaban a temblar.

Takeshi caminó a un lado, mostrándose.

—¿Por qué no me dijiste que eras tú?—preguntó sin rodeos, mirando a la chica de frente.

—No quería que lo supieras.

—¿Por qué no? Si te hablé de la carta…

—Porque prefería que siguieras imaginando a una chica perfecta que podría darte las respuestas a todas tus preguntas. Y es obvio que yo no soy esa—respondió Becky con voz apagada mirando las palabras que ella misma había escrito hacía unos años.

—Lo siento—susurró Takeshi avanzando un paso.

—¿Por qué?—lo miró ella.

—Por no haberte visto cuando fue el momento.

—No podías. Yo no quería que me vieras.

—¿Y por qué me dejaste esa carta entonces?—preguntó el mediocampista señalando con la mirada el papel que ella sostenía.

—Porque eras especial y no te dabas cuenta. Todavía lo eres y sigues sin verlo. No tienes que cambiar nada para que otros estén contentos. Sólo con ser tú ya basta para hacer que otros nos sintamos un poco menos pequeños.

—Yo no… Nunca te di nada—murmuró avergonzado.

—Lo hiciste—aseguró Becky sorprendiendo al chico—Me sonreíste cuando nadie más lo hizo.

—No te recuerdo—admitió el muchacho sintiéndose culpable.

—Y así está bien. Para ti no fue algo diferente, porque así eres tú. Sonríes a todos sin preguntarte si lo merecen o no. Pero para mí, que nunca encajé, fue como sentir que por un segundo existía para alguien más. No pude evitar prestarte atención, y entonces me di cuenta de que realmente eras alguien diferente. Alguien que de verdad vale la pena tener en cuenta. Quería agradecértelo y por eso te escribí. Porque durante mis años en el Toho, fuiste alguien que, sin saberlo, me hizo sentir segura cuando Ayumi no estaba. Si estabas tú, sabía que nadie más me lastimaría. Porque así eres tú, Sawada Takeshi. Nunca dejarías que nadie lo pasara mal delante de ti. Por eso, gracias—susurró Becky, inclinándose, mientras sentía su voz temblar.

—No hagas eso—pidió Takeshi sintiendo que su corazón se encogía.

—Lamento no tener las respuestas que esperabas—dijo le chica irguiéndose, viéndolo con ojos brillantes.

—Claro que las tienes. Y ni siquiera te diste cuenta—sonrió con tristeza el muchacho agarrando el papel que ella aún sostenía—La otra noche me hiciste entender que lo único que necesito es ser feliz, y que la persona que de verdad me quiera se quedará conmigo sólo por eso. Me escuchaste de verdad, aun sin conocerme. Te preocupaste por mí más en una noche que otras mujeres en meses…

—Quinientos cuarenta minutos—murmuró ella, viéndose las manos.

—¿Eh?

—Pasé contigo quinientos cuarenta minutos—aclaró viéndolo con un pequeña sonrisa—Y me sobraron quinientos treinta y nueve para saber que seguías siendo tan especial como antes.

Takeshi miró a la chica, conmovido. Por un instante le costó respirar. Su corazón se había agitado como nunca antes. Ahí estaba… Esa era la emoción que siempre buscó y nunca tuvo. Esa sensación de miedo que se mezcla con ilusión a partes iguales. Sin pensarlo, dio un paso al frente y abrazó a Becky, sorprendiéndola. Ella abrió los ojos de par en par, sin poder mover un solo músculo de su cuerpo.

—¿Podrías quedarte?—pidió el mediocampista en voz baja, sin soltarla.

—¿Quedarme…?—balbuceó confundida—Estaré en la biblioteca un rato, si es por eso…

—No me refiero a eso—aclaró él, apartándose un poco para mirarla—Quédate cerca de mí. No ahora, sino siempre. Estaba realmente perdido la otra noche y apareciste de la nada. Creo que todo el tiempo te estuve buscando a ti—confesó sonrojado, sorprendiendo a la chica.

—Sawada, yo no soy…—se le quebró la voz—Yo no tengo nada…

—No te pido nada, Onkawa. Sólo que estés. Y que me dejes que ahora sea yo el que te haga ver lo especial que eres—sonrió con ternura, sin soltarla.

Becky apretó los labios y miró al jugador conmovida como nunca antes. Mientras dejaba de una vez que una traicionera lágrima recorriera su mejilla, abrazó a Takeshi. Por un instante sintió que el tiempo la devolvía a las paredes del Toho. A esos días de soledad y miedo en los que él siempre estuvo, siendo un faro sin saberlo.

1 año después

La Navidad parecía menos brillante en aquella zona de la ciudad. Los cerezos, ahora desnudos, se mostraban nevados y silenciosos, sin las resplandecientes luces de Omotesando o Shibuya.

Takeshi cruzó a paso rápido el sendero del pequeño parque hasta un banco de madera.

—Aquí tienes—dijo extendiendo un vaso de chocolate caliente hacia la chica que estaba sentada en aquel banco.

—Gracias—respondió Becky recibiendo la bebida caliente.

—Si tienes frío podemos ir a otro lugar—ofreció el jugador, dando un sorbo a su vaso. La noche estaba realmente gélida.

—No, aquí estamos bien—sonrió la chica, jalando levemente del abrigo del Takeshi para que se sentara. Él obedeció.

Frente a ellos, en la acera opuesta, se erguía la biblioteca, ahora cerrada. El resto de la calle, incluso aquel parque, se veía desiertas.

—Siento no haber tenido mejor plan para hoy—murmuró Takeshi luego de un silencio, viendo el edificio.

—¿Por qué dices eso?—lo miró ella—El plan es perfecto.

—¿Pasar frío en la zona más apartada de Tokyo?—comentó divertido.

—No tengo frío—mintió la chica apoyando con suavidad la cabeza sobre el hombro de él—Y el lugar… es perfecto si tú estás conmigo—añadió sonrojada.

Takeshi sonrió complacido.

—Quinientos cuarenta minutos…—susurró el muchacho.

—¿Eh?—lo miró ella, alzando la cabeza levemente.

—Es el tiempo que necesité para encontrarte. Gracias por hacerme feliz—añadió Takeshi, viendo con cariño a la chica, acercándose luego para besarla suavemente en los labios, mientras la ciudad dormía silenciosa a su alrededor.

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