Advertencia: El siguiente one-shot contiene escenas con material perturbador y aborda temas sensibles de forma explícita. Leer bajo su propia responsabilidad.
Estaba molesto.
Gruñidos feroces retumbaban en sus oídos y vibraban en su garganta opacando los quejidos ahogados y los chirridos de la madera vieja.
Sus embestidas, duras y rápidas, movían la cama con brutalidad. Las femeninas manos de ella arañaban con vehemencia sus brazos en busca de liberación. Su enrojecido rostro producto al estancamiento de sangre y las pequeñas lágrimas que brotaban de sus ojos entrecerrados era como una invitación a estrujar su cuello con mayor firmeza. La ira lo impulsaba a ahorcarla hasta que las lágrimas caigan cuáles cascadas, hasta que su boca se abra a más en busca de aire, hasta que sus propios dedos se tornen blancos y se entumezcan.
Fue cuando empujó especialmente profundo que sintió el tope de su interior, generándole un escalofrío, que ella curvó su espalda y el temblor en sus piernas a los costados de su cadera se intensificó. La soltó y se apoyó contra la cabecera. Su cabello, húmedo por el sudor, caía creando una cortina que enmarcaba la imagen de Kohaku tosiendo violentamente para regular su respiración. Las marcas rojizas con la forma de sus dedos resaltaban en la piel blanca que poco a poco recuperaba su color creaba en él una serie de sensación que no logra descifrar, pero que empezaban en un corto circuito en su cerebro y bajaba veloz al sur.
Frunció el ceño. Sus uñas parecían querer enterrarse en la madera.
Sujetó su mandíbula. Quería que ella lo mirara, aun si tenía que apretar sus mejillas hasta tocar el hueso.
—¿Por qué? ...—Su voz ronca era señal única de su molestia y el apretar de sus dientes una inútil contención. —¡¿Por qué lo intentaste?!—El agarre se intensificó, acercándola tanto a su rostro que lograba sentir su respiración. —Era esto lo que querías, ¡¿no es así?!
Ella no respondió, solo le regaló una sucia sonrisa temblorosa, mirándolo con ojos bañados por las lágrimas.
No queria verla.
Salió de su interior y la giró estrellando su cara contra la almohada. Jaló sus piernas para dejarlas fuera de la cama, arrastrando las sábanas con ella. Sujetó fuertemente su cuello por detrás para enterrarla entre las colchas y la penetró sin cuidado.
Podía ver entre las salvajes embestidas que la descontrolaban su cabello ya por debajo de la cintura, desordenado y andrajoso, esparcirse por toda su espalda y rostro, pegándose a su piel por el sudor y saliva. La estrecha cintura dibujaba un camino hasta el inicio de sus caderas dónde la sostenía para guiar sus movimientos, cada vez más profundos y rápidos para seguir escuchando sus ahogados gritos de placer en el edredón arrugado.
Él hacía todo por ella. Todo. Y aun así Kohaku parecía no terminar de entenderlo.
Quizás hubo una época donde le excitaba de sobremanera como intentaba escabullirse de su toque. Le emocionaba la idea que buscarla con la mirada entre la oscuridad hasta poder contenerla y que sus quejidos de placer y dolor se volvieran uno entre más avanzaban sus encuentros. Que el éxtasis llegara a ellos sin previo aviso, así como sus sesiones; sin embargo, hoy fue ella la que inició esto y de la peor forma posible.
Ella intentó escapar, como no lo hacía desde hace mucho.
—Responde.
Tiró de su cabello para separarla de las sábanas, sin detener sus caderas. Un hilo de saliva que separaba los labios de la cama brillaba tembloroso por la tenue luz de la habitación.
—¡N-no! ¡No fue a-así! —Logró decir entre gemidos. Sentía sus pechos moverse por las embestidas y todas las sensaciones en su cuerpo no la dejaban completar una frase. —¡Solo! ¡Solo quería jugar un-un poco...!
Volvió a empujarla contra la cama a penas terminó. Dio una arremetida profunda que hizo crispar su trasero con brusquedad.
Con que «jugar un poco», ¿eh? Bien.
Salió de su interior, palpitante y apretado. La dejó caer desfallecida, soltando lentamente el fuerte agarre de sus uñas con el colchón. La lámpara en la pequeña mesa adornaba la habitación casi vacía de no ser por la cama y un armario, su luz amarilla tostaba ligeramente la piel blanca de ella. Vio como su cuerpo se deslizaba sin energías por el borde del colchón, quedando sentada en el suelo, intentando regular su respiración.
Una imagen tan parecida a la que tuvo meses atrás, cuando recién había traído a Kohaku a su hogar. Cuando la había salvado.
Se posicionó a su costado. Ella lo miró jadeante desde abajo, con la cara enterrada entre sus brazos, bajando con paciencia la mirada y alzando el rostro hacia al pene frente a sus narices.
Una paciencia que él no tenía.
Tomó brusco sus mejillas, dejándola a milímetros de distancia sus labios y su glande.
—Entonces juega.
Metió su miembro de solo escucharlo, despacio, acostumbrándose a su tamaño. A mitad del camino tiró impaciente de su cabeza, atragantándola y escuchando arcadas desesperadas, buscando la manera de separarse, pero no la dejó. Apretó la yema de sus dedos en el cabello rubio hasta que ella lograra acostumbrarse aún si pequeñas lágrimas caían por el borde de sus ojos fuertemente cerrados y la mezcla de saliva y presemen cayera por su barbilla hasta el piso. Empezó a moverse, guiándose por él.
Le gustaba verla de esa manera, sabiendo que él era lo único que a ella le importaba. Su único centro de atención.
Verla desde arriba haciendo un excelente trabajo en complacerlo, sintiendo su lengua rodear el glande aun estando dentro y las paredes de sus mejillas succionándolo para no dejarlo ir. Su cabello desordenado y sus ojos levemente ocultos por el flequillo. El ocasional bulto que sobresalía de sus mejillas cuando cambiaba de ángulo. Su ceño fruncido cuando aumentaba de velocidad. Toda y cada una de sus facciones lo enloquecían.
Pero no lo suficiente.
Apretó los dientes por los recuerdos que lo orillaron a esto y la atrajo de golpe, recibiendo arañazos en los muslos.
Vivió mucho tiempo, más de lo que podría haber soportado, envuelto en engaños. Mentiras que no solo lo herían a él, sino que también a ella. Aunque todo el mundo lo quiso convencer de lo contrario.
Le tomó demasiado, pero fue en su momento más vulnerable que abrió los ojos.
Y es que Kohaku siempre lo quiso, él lo sabía. Más ahora que la veía disfrutar de ese encuentro lleno de dureza y desenfreno.
Viéndose pronto a llegar la separó bruscamente, escuchándola jadear al recuperar el aire. Su pene le palpitaba y el líquido preseminal salía cada vez más por la punta, uniéndose a la boca llena de fluidos. Su respiración pesada parecía incrementar al igual que la presión en la cabellera rubia por su orgasmo frustrado. El verla sudorosa y jadeante no le ayudaba a calmar sus deseos. Cuando sus ojos azules subieron a mirarlo le fue inevitable recordar.
Fue hace años que cometió el grave error de callar lo que sus sentimientos gritaban cuando ella, al borde de derramar lágrimas de ira contenida, le preguntó lo que ellos eran. ¿Qué eran si es que a veces se encontraban en el almacén del laboratorio para besarse con tanta pasión? ¿Si se frotaban por sobre las ropas y los labios de ambos habían llegado a lugares no visitados? ¿Qué eran si es que no amantes si sus miradas parecían decir más de sus sentimientos que ellos mismos?
Ella lo encaró. Le dijo que necesitaba en ese momento una respuesta porque no iba a estar esperando por los sentimientos de alguien por siempre. Y aun cuando eso era lo más lógico, cuando tenía toda la razón de reclamarle, no pudo decir más que...
—No hay tiempo como para molestarse por eso.
... Y no pudo haberse arrepentido más de lo que alguna vez hizo.
Lo miró con sus ojos azules de profunda decepción que poco a poco fue convirtiéndose en cólera. Simplemente le dio la espalda y, sin decir nada, se fue.
Ella volverá, pensó cuando se quedó solo.
Se está demorando, se dijo cuando no hablaron en tres meses.
Mucho, se reafirmó cuando el año había pasado.
Pero no pensaba decirle nada, aún tenía cosas por hacer en su trabajo como para sentarse a conversar y quizás, y solo quizás, su miedo al compromiso era lo que no le permitía llamarla.
No fue hasta que otro año pasó que escuchó la noticia de que estaba comprometida.
El peso de la supuesta realidad cayó ante sus pies. No supo cómo reaccionar ni que expresión tuvo cuando Suika se lo dijo saliendo del trabajo. Estaba en blanco.
Le costó, vaya que le costó, pero consiguió dejar de pensar en esa estúpida farsa que todos se empeñaron en crear y seguir. Una donde estaba genuinamente enamorada del que sería su esposo, un científico extranjero que se había mudado a Japón meses después de que ellos cortaran comunicación y que ella conoció por el trabajo. Una donde la boda fue un evento memorable por las sonrisas dulces que se regalaban los novios en todo momento. Una donde ella no lo volteó a ver más que para darle un saludo fugaz cuando se presentó a la ceremonia.
Hubo una época donde sí creyó que estaba enamorada, que sus sonrisas radiantes solo eran para su esposo, que ella realmente lo había olvidado; pero no era más que una mentira.
Porque nada de eso era real. ¡No podía ser real! ¡Ella prometió estar con él siempre! En cada uno de sus proyectos, en cada instante de su vida, fue ella la que prometió estar para él. Porque lo amaba...
Y es que consumido por la penumbra de su habitación, envuelto en temblores, gritos que intentaban salir y pensamientos que carcomían su mente, un brillo apareció. Palabras que ella le dijo en preparatoria al terminar su primer gran proyecto.
—Admiro tu capacidad de seguir hasta cumplir con tus sueños. — Se encontraba a su costado, sentados en el gras. El gran cohete frente suyo era el resultado de un arduo trabajo e investigación de años. —Aun cuando las cosas parecen ir en tu contra encuentras la manera de solucionarlo y hallar la verdad. —Volteó, los rayos naranjas bañaban su rostro, grabando la imagen en su mente por lo irreal que parecía. —Yo... quiero permanecer a tu lado y apoyarte y eso haré. —Sonrió.
Palabras que soltaron las vendas de sus ojos.
No había otra explicación, ella había sido obligada. La habían separado de él contra de su voluntad y él la iba a liberar.
El contacto visual que guardaban se rompió cuando ella desvió la mirada, ocultándose un poco más con su flequillo. Su mano izquierda, atrapada entre sus gruesos muslos, juntaban sus pechos por el antebrazo y resaltaban el rosado de sus pezones erectos. Una expresión corporal tan parecida a cuando la trajo.
La primera vez que la llevó a este lugar seguro y alejado de todos los que intentaron hacerle daño ella estaba confundida, asustada, con la mentira tan arraigada en su mente, pensando en ese repugnante hombre que la orilló a tanto dolor.
—No debes tener miedo otra vez, Kohaku. — Se arrodilló frente a ella, intentando acercarse. —Nadie volverá a hacerte daño, me encargué de eso. —El temblor en las manos de ella aumentaba por cada centímetro más. —Aquí estarás segura, cumpliendo la promesa que alguna vez me hiciste.
Y si en ese momento fueron comprensible sus lágrimas al verse en sus cuatro paredes porque aún estaba siendo manipulada, ahora las cosas habían cambiado. Ella por fin entendía sus razones y el porqué de quedarse a su lado era lo mejor.
Recordaba claramente sus ojos bañados por el llanto, temerosos, aterrados cuando le dijo esas palabras luego de que despertara en la misma habitación donde ahora descargaba su molestia, tomando su mandíbula para que se levantara después que tuviera la osadía de desviarle la mirada. La sentó al borde del colchón y le alzó las piernas para morder y chupar con vehemencia la cara interior de sus muslos, muy cerca de la zona tan caliente que pedía a gritos atención por como los fluidos se desbordaban.
Él intentó hacerla sentir lo más cómoda posible. Tenía un cuarto grande por dónde moverse, le daba comida deliciosa, buscaba conversar con ella, le recordaba el tiempo que compartieron y se encargaba de entretenerla. Sin embargo, nada parecía funcionar, seguía pensando en el mundo de afuera, ese mundo tan peligroso que en más de una ocasión le tuvo que explicar por qué no podía ir. Se rehusaba a mirarlo cuando no estaba sedada, siempre lo repelía, nunca le contestaba cuando él quería hablar, se quedaba en un rincón cuando él entraba y hasta rechazaba sus comidas.
Fue así como intentó escapar por primera vez.
Estaba furioso. No creía que era posible llegar a ese nivel de ira cuando escuchó las alarmas de su casa sonar incontrolables al detectar la vulnerabilidad de la puerta de seguridad que ella intentó romper.
Retener a una leona que poseía una increíble fuerza, aunque debilitada, no fue nada sencillo. Tuvo que tomar medidas que lo ameritaban, aun así, a ella no le gustarán.
—Debes entender que esto lo hago por ti. Afuera de aquí hay muchas personas que te hirieron de las peores maneras. Esto es solo por precaución. —Le susurró, mucho más calmado luego de su arranque de ira. Apoyó su mejilla contra la cabeza de ella, abrazándola con más vigor. Ambos estaban sentados en el frío suelo de la habitación mientras sollozos desgarradores resonaban en las paredes sin ventanas. Gruesas lágrimas bajaban al son de los gritos desesperados y dolorosos de ella. Acarició lentamente sus muslos, justo encima de la piel hinchada y chocando con los hilos esterilizados haciendo cosquillas en sus yemas, intentando calmarla también. — De esta manera no volverá a suceder.
—¡Pe-pero...! —Dijo entre gimoteos sofocantes con la voz quebrada y temblorosa. —¡Mis...!
—Estarás bien. —Interrumpió. La acercó más para sentir el calor que nunca le daba por que ahora no tenía fuerzas ni para alejarlo. —Estoy para ti.
—¡Sen-Senku! ¡SENKU! ¡ARGH-!
El recuerdo hizo que mordiera especialmente fuerte la piel y un hilo de sangre empezó a bajar por los dulces muslos. Desenterró los dientes y observó la zona; roja, marcada en todas partes por chupetones que se tornaban morados alrededor de la silueta de las mordeduras. Lamió el camino carmesí y fue subiendo hasta sentir el desnivel en la tersa piel. Una profunda cicatriz se dibujaba a centímetros de su rodilla, rodeando el muslo, mirándolo con detención. Su mirada fue a parar a la otra pierna, donde la cicatriz gemela se encontraba.
A partir de ese momento, luego de su castigo por intentar escapar, ella entendió. Ya no era necesario sedarla cuando se descontrolaba cual leona, ahora era tan dócil como un gatito que recibía tranquilo su nuevo hogar.
Ella fue comprendiendo con el tiempo lo que significaba para él que no se fuera de ahí. Sus movimientos, lentos y torpes, no eran comparación a su hiperactividad característica de hace años, pero eso no le molestaba. Pasaba mucho tiempo en cama y cuando iba verla seguía en la misma posición. Sus ojos, azules opacos, lo empezaron a mirar más sin reproches y, sin que se diera cuenta, estos fueron sonriéndole poco a poco entre más le hablaba sobre lo increíble que era que se quedará con él.
Con el paso del tiempo sus sonrisas se parecían cada vez más a las que le regalaba antes de su separación. Buscaba su atención, seguir las conversaciones con susurros tímidos y su miraba desenfocada. Ya no intentaba cruzar la puerta principal, comía mucho más, se acercaba mucho más. Había entendido por fin que su centro era él.
La penetró violento y sin aviso, arrancándole un grito de placer. Su espalda se arqueaba por cada estocada y sus uñas se enterraban entre las sábanas por la brusquedad. Iba a cada vez más rápido solo por el deleite de ver sus pechos rebotar, su cabello despeinarse y la saliva caer por su mejilla al ser incapaz de cerrar la boca por los gemidos. El azul, nublado por el éxtasis, era un espectáculo que nunca se cansaría de ver.
Solo lo miraba a él.
Y eso le gustaba.
Tomó su cintura, estrujándola y amasándola, para subirla y llegar más hondo en movimientos más cortos, intentando mantenerla lo más quieta posible y arremeter contra ella. El sonido de la madera rechinaba y sentía su propio sudor pegar su cabello y bañar su espalda. Podía ver las venas marcarse en sus brazos por la presión que ejercía en su agarre. El contraste de su piel dura con la suave, casi como si quisiera corromper lo buena que era ella.
Sin embargo, a veces sentía que era ella quien lo corrompía y contaminaba. Ella era quien, con el único afán de llamar su atención, lo sacaba de sus límites, buscando a propósito activar las alarmas de seguridad.
Hace tan solo un par de horas que las luces de su hogar se tornaron rojas y una leve sirena de emergencia hacía eco en su laboratorio personal. Con el corazón en la boca se levantó de inmediato, tirando la silla. Fue piso abajo hasta el segundo sótano, angustiado a más no poder. Casi corriendo pasó por el largo pasillo oscuro, solo iluminado por la luz intermitente. Cuando llegó a la puerta de seguridad principal se dio cuenta del sudor frío en sus manos por cómo se le resbalaban los dedos al poner la contraseña sobre el metal blindado. Cuando ingresó y se encontró solo, sin rastros de Kohaku, pudo encajar las piezas y el temor se volvió ira.
Desactivó la alarma con su reloj y con el ceño fruncido dio busqueda de la rubia. Abrió de un golpe la puerta de su habitación y la encontró sobre la cama. Estaba de costado y semi-echada, apoyándose de su codo contra la almohada, solo usaba una camiseta ancha que mostraba perfectamente la figura de sus pechos y sus pezones erectos traslucir se por la delicada tela. Sus muslos y trasero desnudos era una clara pero infantil propuesta para que se acercara, así como la sonrisa medio escondida por las sombras. Al verlo un inexplicable miedo pareció invadir sus ojos, contradiciendo su sonrisa. Sus piernas parecieron juntarse, queriendo que caiga en su sucio truco seductor.
Las mismas piernas que ahora lo abrazaban por la cintura buscando una mayor unión de sus sexos, con sus caderas ligeramente más abajo de su agarre que para su pelvis golpee justo en su clítoris.
Gemidos alterados y arrítmicos, temblores en su vientre y la presión de sus paredes alrededor de su falo significó la llegada de su orgasmo. Su rostro contraído por el placer, la tensión en sus piernas y los espasmos recorrerla por la espalda baja lo invitaron a moverse con mayor rapidez e impaciencia.
Entre jadeos demandantes que hacían temblar su labio inferior soltó un gruñido para subir la intensidad de sus embistes, si es que era posible, impulsado por las reacciones de ella, ahora buscando regularse después de su clímax o bien a punto de tener otro por la sobreestimulación. El aire le faltaba. Sentía la acumulación de corrientes en su vientre. Tantas eran sus sensaciones que poco le importaba que las marcas de sus dedos quedaran rojas en su cintura ni cuando quitó su mano para sostener su trasero, cambiando el ángulo y llevándola a otro orgasmo. La succión de su interior lo enloquecía. No podía contenerse más y con un jadeo terminó también, empujándose contra ella para llenarla hasta el fondo.
Se quedó quieto un par de segundos recuperando su respiración, podía sentir su unión húmeda desbordarse y dejar caer la mezcla por el culo de ella hasta manchar las sábanas. Un par más de suaves embestidas para alargar los espasmos y salió de su interior.
Las uñas de ella se desenterraron de sus brazos sin saber exactamente cuándo lo sujetó, entumecida por sus orgasmos, las dejó caer por sus costados del cansancio. Sus ojos cerrados ocultaban el azul que iluminaba la oscuridad de esas cuatro paredes.
Ojos que pudieron verlo combinando el terror y odio profundo, cegada por los engaños del exterior, pero que ahora le mostraban un brillo muy parecido a lo que fue, quizás algo opacados por una oscuridad que no podía terminar de descifrar; una que él también poseía, enmarcados por profundas ojeras.
Exhausto, la acomodó suavemente en la cama y se subió también. Se acostó a su lado y los cubrió con las colchas que estaban por caerse del borde.
Suspiró, estaba más calmado.
—No tuve que actuar así. —Le susurró, acariciando sus brazos en medio del abrazo hasta llegar a su cuello, rozando con las huellas aún rojizas de sus dedos.—Pero sabes que no puedes jugar de esa manera. Tientas mi paciencia.
—No pensaba huir. Me gusta estar aquí. —Respondió con voz delicada, acercándose más a su pecho. —Pero... Me sentía muy sola...—Se encogió más, escondiendo su rostro con las sábanas. —Siento que ya no pasas tanto tiempo conmigo como antes...
—Eso no es verdad.—Dijo rudo frunciendo el ceño. No le gustaba que ella pensara eso de él. —Solo que tengo mucho trabajo.
—Lo entiendo...—Kohaku intentó subir su mirada y verlo a la cara, mas solo consiguió ver su cuello y mandíbula. Tenía una pregunta que le picaba en la garganta, tenía que decirla. — ¿Entonces no podría yo subir a...
—No. —Dijo tajante. Sabía que iba a sugerir que la sacara de la zona donde ella vivía para ir hasta el laboratorio. Jamás lo permitiría.
Por el vibrar duro, Kohaku suspiró y solo se acurrucó más a la almohada y con los ojos pesados empezó a sentir sueño. No iba a protestar o preguntar razones porque...
—Sé que todo lo que me haces es lo mejor...
Sí, quizás la había encerrado en ese lugar, pero fue porque afuera habían personas malas que la obligaron a cosas que ella claramente no quería. Aun cuando la movilidad de sus piernas no era como antes sabía que él lo hizo porque ella se había portado mal, porque no entendía la maravilla que era vivir con él, en esa habitación y sin la luz del sol.
No podía confiar en nadie, ni siquiera en su familia, tampoco es como si la extrañara. Solo confiaba en él.
Entre más escribo cosas así, más cerca estoy de que me cancelen.
Mientras escribía el shot me di cuenta que los últimos tres lemons que tengo son enfermos y entre más publicó, más funables es. Jajaja, deténganme por favor.
Créanme cuando les digo que no soy una mala persona y que sé diferenciar entre lo bueno y malo, pero me encanta experimentar con temática sombrías que pongan en duda al lector, que sean tan grotescas de leer que hasta se sientan culpables. Trasmitir emociones, aunque incómodas en este tipo de lecturas, es mi fin al compartir mis escritos con ustedes.
Muchas gracias por leer a los cuatro gatos que les gusta el terror psicológico como a mí jajaja, aunque quizás estos lemons bordeen más el eroguro. Prometo que lo siguiente que publicaré será diferente, quizás una comedia o algo suicida, pero será diferente.
Otra vez, esto solo es ficción y no buscó romantizar nada mostrado aquí. Todo lo descrito en el fic son conductas condenables por su nivel de brutalidad y visiones propias de personas trastocadas en su ética o víctimas de manipulación emocional. Mis disculpas si resulta perturbador y agradezco la comprensión.
Perdón por la increíble tardanza y gracias por leer.
