Habían pasado 5 días del atentado contra su pueblo.

Una mordaza cubría su boca, mientras sus manos y pies estaban unidas y encadenadas a la fría cubierta de madera del barco. Estaba débil, cansado, sucio, con ligeros cortes y moretones en el cuerpo, y se encontraba en un estupor abrumador. Su mente solo repetía una y otra vez la imagen de aquellos orbes cafés que lo miraban suplicantes.

Después del ataque, los turcos quemaron todo a su paso, y se deshicieron de alfas y betas machos que luchaban por escapar. Cruelmente, habían capturado a la mayoría de omegas sin marcar, deshaciéndose de aquellos que se habían unido, mientras que asesinaban a los betas débiles que se encontraban en la zona, inclusive las crías fueron separadas de sus madres para venderlos como esclavos. Ahora todo su pueblo separado, era transportado en esos enormes barcos que se dirigían a rutas desconocidas.

La sangre le hervía de ira en solo pensar en sus enemigos. Sus ojos rojos y cansados, solo miraban desganados como otros omegas, al parecer, igual capturados de su aldea, lloriqueaban o se mantenían en silencio, acurrucándose entre ellos. Los maldijo en su mente. Eran demasiados en número, inclusive más que sus captores, pero ellos solo se dedicaban a lloriquear en vez de dar lucha por su honor y su patria.

Patético.

Cerró los ojos en un intento de acomodarse para mitigar el dolor de su ser. No recordaba cuando fue su última comida, y ni le importaba, pues el hambre no visitaba su cuerpo debido a la depresión de su reciente perdida. Quería morir, para quizás, solo quizás, pudiera volver a ver a Tyrone. Frunció el ceño adolorido, no podía llorar, estaba tan mal que ni las lágrimas salían de lo cansado que estaba de repetir esa acción. Sabía que con llorar no solucionaba nada, pero al menos un poco de ese dolor saldría de sus ojos.

-¡Levántense inútiles! ¡Es hora de comer! - Un alfa había entrado al camarote donde estaban encerrados los omegas, quienes al escuchar su voz, temblaron levantándose al instante.

Todos menos William. Quien solo gruño soezmente.

El alfa notó de inmediato la actitud del omega encadenado y gruño de la misma manera. Odiaba el hecho de que un omega se le enfrentará, retando su nivel. Era odioso el hecho de que alguien no se sometiera tan facilmente, y más aún, un omega enemigo.

Se acercó a él con la misma aura con la que había tratado a los otros omegas. El Cipher lo miró amenazante.

-No has comido nada, y si te dejo morir, mi gente me matará también.

El alfa se inclinó a la altura del omega encadenado.

-Es mejor que no hagas nada estúpido - De un fuerte tirón arrancó la mordaza de entre sus labios, causándole un ligero gemido de dolor. El alfa sonrió por el sonido causado. -Dale de comer - Le ordenó a un beta que se encontraba sirviendo la comida.

La orden fue acatada inmediatamente y se acercó a William con un plato de sopa recién hecha. Movió un poco la sopa para enfriarla, y con una cuchara se lo ofreció al rubio.

-No tengo apetito - Comentó indiferente ante el ofrecimiento.

-Por favor come - Le suplicó el beta. No quería hacer enojar a los dueños de la embarcación.

-He dicho, ¡que no tengo hambre!- y de un movimiento brusco, aventó el plato de comida que traía el beta, derramando todo en el suelo, sus caderas se tensaron al querer ir en contra del alfa que vigilaba a todos los presentes y solo lo miraba sorprendido - Prefiero que me avienten por la borda ¡antes que ser esclavos de estos sucios otomanos!

La mirada de sorpresa del alfa, cambio a una de ira contenida.

-Ve por mis compañeros y trae una nueva ración de comida - Le ordenó al beta, quien inmediatamente acató la orden temblando de miedo por lo sucedido.

William le mostró sus afilados colmillos en forma de amenaza y, sin poder contener su ira, comenzó a desprender su aroma amenazador. Un aroma parecido al humo de la madera quemándose, comenzó a inundar el entorno donde se encontraba el Cipher. Los omegas se asustaron jadeando del miedo, mientras que el alfa presente detuvo su andar ante dicha hormona liberada.

Un omega dominante.

Había escuchado de sus compañeros lo que había sucedido en ese ataque, pero, por obviedad, no les creyó. Pensaba que tenían así a ese omega por su mal temperamento y carácter, pero le parecía una total locura la existencia que un omega dominante en tierras extranjeras. De 10,000 omegas, solo uno llegaba a ser omega dominante, y era muy raro que llegará a la adultez debido a su actitud nada pasiva. Por lo que esos tipos de omegas eran muy preciados y más para el linaje de imperios como el que le servían. En la mente del alfa solo rondaba la cantidad exorbitante de oro que podría obtener con dicho rubio que le miraba ferozmente.

-Tú nos vas a ser muy útil - Gruñó, para luego abalanzarse contra el omega, quien no dudo en responder el ataque en cuanto pudo.

No se permitiría doblegarse. No contra unos salvajes turcos.

-oO◊Oo-

Jadeaba del cansancio. No lo quería admitir, pero se sentía sometido. Le había obligado a comer entre 5 alfas comunes, los cuales no dudaron en liberar su aroma con el fin de someterlo, usaron sus voces de alfa para obligarlo a alimentarse. Por más que intentará resistirse, se sentía cansado y débil por la falta de alimentos y el gasto de energía innecesario que había realizado durante ese viaje, por lo que a fuerzas tuvo que tragar el caliente líquido que le habían ofrecido.

Le dolía el estómago por el repentino cambio de cero alimento a llenarse por completo, pero no mostraría su debilidad. Le había ajustado las cadenas y vuelto a poner la mordaza. Se mantenía con el rostro en el suelo, jadeante, semiruborizado por el dolor, y había reprimido su aroma de nuevo. No valía la pena desperdiciar su preciada energía con esos bastardos que lo superaban en número y fuerza, eran unos cobardes por no enfrentarlo individualmente. Tenía que pensar en un plan para vengarse, y de ser imposible, acabar con su vida lo más rápido posible. No se dejaría doblegar por los turcos ni por cualquier otra nación.

Antes muerto.

Las horas pasaron, y el cansancio finalmente lo venció, cayendo profundamente dormido entre la paja que le había arrinconado como cama. No le importaba que lo trataran como un animal, todo lo contrario, le subía su ego que unos simples alfas no pudieran contener la fiereza de su ser. Le enorgullece su don, y no dudará en usarlo para protegerse a sí mismo.

Después de todo, hasta sus compañeros omegas prefirieron someterse ante los enemigos. Se abandonaron y por ende lo abandonaron.

-oO◊Oo-

Un cubetazo de agua fría lo despertó, poniéndose en alerta inmediatamente.

-Levántate perra mal agradecida- una voz extraña le reclamaba desde el lugar donde estaba.

Miro a los alrededores, dándose cuenta de que ya no se encontraban en el barco, no tenía cadenas en sus extremidades, ni la mordaza que lo sometía. Estaba dentro de una jaula que era tirada por un par de caballos, no era tan grande, pero sí lo suficiente como para qué se sentará dentro de ella, cosa que hizo inmediatamente. Detrás de esa jaula iban los otros omegas encadenados siguiéndolo a pie. Los estaban transportando hacia el pueblo.

No dijo nada y solo observó todo el entorno con cautela y atención: El hermoso bosque de pinos había sido remplazado por grandes robles y eucaliptos. El aroma de la naturaleza le tranquilizaba de cierto modo, ya que la brisa que recorría su cuerpo le recordaba la libertad de su hogar. Suspiro con pesar, pues no sabía si volvería a sentir dicha sensación de correr libremente por el bosque.

No tardaron mucho en llegar a su destino: Un enorme palacio otomano.

El rubio gruñó en lo bajo. No pensó que aquellos turcos sirvieran al imperio otomano. Nada de lo que sucedía era bueno.

Las enormes rejas que custodiaban las puertas de aquel palacio se abrieron de par en par y seis personas salieron al encuentro de los vendedores de esclavos. Tres de ellos eran alfas machos, jenízaros, guardianes de la entrada del palacio, y los otros tres, una hembra y dos machos, no tenían aroma, por lo que supuso eran betas.

Una conversación corta se realizó entre los vendedores y los residentes del palacio. El rubio solo miraba con desinterés y sin poner mucha atención a la plática ajena, hasta que uno de los vendedores lo señalo mencionando su condición.

William gruño mostrando sus colmillos de forma soez ante la mirada de los extraños.

La fémina rio a lo bajo, y le acepto el acuerdo del vendedor.

Los jenízaros se acercaron al carruaje y jalaron a los caballos, ingresando al interior del terreno, la jaula junto con los otros esclavos. William no dijo nada, y solo observó con fiereza a los nuevos extraños, notando que todos tenían una marca en alguna parte de su vestimenta, la cual consistía de una luna junto a una estrella en su interior. Definitivamente eran otomanos.

Al pasar al lado de la única hembra libre del lugar pudo verle directamente a los ojos de forma retadora, sorprendiéndose al notar como sus ojos tenían dos colores diferentes: su orbe derecho de color amarillo, mientras que el derecho de color verde manzana.

Una sonrisa burlona se asomó en la cara de la mujer al notar su asombro.

¿Dónde rayos se encontraba metido?