Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.

Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.

Capitulo 1

—Iré contigo a la boda.

Nunca (ni en mis sueños más locos y, créanme tengo una gran imaginación) pensé que escucharía esas palabras en ese tono firme y grave.

Bajé la mirada hacia mi café y entrecerré los ojos intentando detectar indicios de alguna sustancia alucinógena en el aire. Al menos, eso hubiera explicado lo que estaba sucediendo. Pero no.

No había nada. Solo lo que quedaba de mi americano.

—Si estas tan desesperada por conseguir a alguien, yo te acompañaré. —De nuevo esa voz.

Levante la cabeza, con los ojos abiertos como platos. Abrí la boca y volví a cerrarla de golpe.

—Rosie…—logré decir. Las palabras salieron como un susurro—: ¿está aquí de verdad? ¿Puedes verlo? ¿O estoy alucinando?

Rosie (mi mejor amiga y compañera de trabajo en InTech, la consultora en ingeniería de Nueva York en la que nos conocimos y donde trabajábamos) asintió despacio con la cabeza. Vi cómo sus rizos rubios rebotaban con el movimiento y una expresión de desconcierto se apoderaba de sus facciones, que en general estaban bastante relajadas.

—Nop. Está aquí —confirmó en voz baja mientras estiraba el cuello para poder espiar a mis espaldas—. Hola. ¡Buenos días! —saludó, simpática, y volvió a mirarme—. Justo detrás de ti.

Boquiabierta, mire fijamente a mi amiga. Estábamos al final del pasillo del undécimo piso de las oficinas de InTech. Nuestros escritorios estaban bastante cerca, por lo que, en cuanto entre al edificio (ubicado en el corazón de Manhattan, frente al Central Park), fui directamente hacia ella.

En la recepción habían puesto unos sillones de madera para que los clientes se sentaran a esperar sus reuniones. Como siempre estaban vacíos por la mañana, mi plan era echarnos allí un rato, pero solté la bomba antes de que pudiéramos sentarnos. Necesitaba sus consejos con urgencia. Y entonces…, él se materializo de la nada.

—¿Tengo que repetirlo por tercera vez? —Su pregunta me provocó una nueva ola de desconfianza y me congeló la sangre.

No podía creer lo que estaba pasando. Lo que estaba diciendo no tenía ningún sentido. No en nuestro mundo en el que…

—De acuerdo, bien. —Suspiró—. Puedo acompañarte. —Hizo una pausa y la aprensión volvió a dejarme helada—. A la boda de tu hermana.

Me quedé dura, con los hombros rígidos. Sentí como la blusa de satén que me había metido dentro de los pantalones beige se estiraba con el movimiento.

¿Se esta autoinvitando a la boda de mi hermana? ¿Cómo mi acompañante? ¿Por qué?

Pestañeé. Sus palabras me retumbaban en la cabeza.

Entonces, algo se destrabó en mi interior. Lo absurdo de la situación y la broma perversa que se traía entre manos este hombre en el que sabía que no podía confiar hicieron que un sonido me trepara por la nariz y saliera fuerte y claro, como si no pudiera esperar ni un segundo más.

Sentí un gruñido detrás de mí.

—¿Qué es tan gracioso? —Su voz parecía más fría—. Lo digo en serio.

Volví a reprimir la carcajada. No le creí. Ni por un segundo.

—Las probabilidades de que esté hablando en serio —le dije a Rosie— son las mismas que tengo de que Chris Evans salga de la nada y me confiese que soy el amor su vida. —Hice una mueca mirando a ambos lados—. Ninguna. Así que, Rosie, me estabas contando algo de… el señor Frenkel, ¿no?

El señor Frenkel no existía.

—Bella —Rosie esbozo una sonrisa falsa, mostrando todos los dientes, la que sabía que usaba cuando no quería ser maleducada—, parece que si habla en serio. —

Sin relajar la sonrisa de loca, inspeccionó al hombre a mi espalda.

—Nop. No puede ser. —Negué con la cabeza. Me resistía a darme la vuelta y ver que existía una remota posibilidad de que mi amiga tuviera razón.

No podía ser. Era imposible que Edward Cullen, la persona con la que peor me llevaba en la oficina, propusiera algo semejante. De. Ninguna. Manera.

Un suspiro impaciente me llegó desde atrás.

—Estamos entrando en un círculo vicioso, Isabella. —Una pausa larga. Otro suspiro ruidoso de su boca, mucho más largo. No me giré. Me quedé firme en mi lugar—. Por más que me ignores, no voy a desaparecer. Lo sabes muy bien.

Lo sabía.

—Pero eso no quiere decir que dejé de intentarlo —murmuré.

Sin relajar la sonrisa, Rosie me fulminó con la mirada y volvió a espiar por encima de mi hombro.

—Lo siento, Edward. No te estamos ignorando. —Su sonrisa seguía tensa—. Estamos… debatiendo.

—Si que lo estamos ignorando. No tienes que cuidar sus sentimientos. No tiene.

—Gracias, Rosie. —Edward se dirigió a mi amiga con un tono menos frio.

¿Estaba siendo amable? Pensé que no conocía la amabilidad. Ni siquiera creía que pudiera ser amistoso. Sin embargo, siempre había sido menos… severo con Rosie. Desde ya no conmigo—. ¿Podrías decirle a Isabella que se dé la vuelta? Me gustaría hablarle a la cara y no a la nuca. —Su tono descendió a temperaturas bajo cero—. Eso, claro, si no se trata de unos de esos chistes que nunca entiendo y que tampoco me causan gracia.

El calor me subió por el cuerpo hasta el rostro.

—Claro —respondió Rosie—. Creo… creo que puedo hacerlo. —Desde ese punto a mi espalda, dirigió la mirada hacia y levanto las cejas—. Bella, ehm…, a Edward le gustaría que te dieras la vuelta si es que no estás haciendo uno de tus chistes…

—Gracias, Rosie. Lo escuché —dije con los dientes apretados. Sentía un fuego en las mejillas y me resistía a enfrentarlo porque eso significaría dejarle ganar esta partida, sea cual sea el juego que estuviera jugando. Además, acababa de decir que no era graciosa. Él—. Si no te molesta, por favor dile que no creo que él pueda reírse y mucho menos entender un chiste si no se tiene sentido del humor. Gracias.

Rosie se rascó el costado de la cabeza y me miro pidiendo clemencia. Parecía que me gritaba con los ojos: No me hagas esto.

Abrí grandes los míos para ignorar su petición y rogarle que me siguiera la corriente.

Resopló y volvió a mirarlo, una vez más.

—Bella cree que…

—Gracias, Rosie. La escuché.

Estaba tan en sintonía con él, con esto, que percibí el ligero cambio en su tono: iba a usar la voz que solo usaba conmigo. Esa tan seca y fría, pero ahora sumaba una capa de desdén y distancia. Esa que pronto se convertiría en un ceño fruncido. No necesitaba ni mirarlo para saberlo. Siempre estaba presente cuando se trataba de mí y de esta… cosa que había entre nosotros.

—Aunque estoy seguro de que mis palabras le llegan a Isabella allí abajo, te agradecería que le dijeras que tengo que trabajar y que, por favor, no alargue esto mucho más.

¿Allí abajo? Este hombre es un imbécil, además de un armario empotrado.

Mi altura es promedio. Promedio para una española, claro, pero promedio al fin. Mido casi un metro sesenta y cinco. Rosie volvió a fijar sus ojos azules en mí.

—Edward tiene que trabajar y te agradecería…

—Si…—Me detuve al escuchar que la voz me salió aguda y chillona. Me aclaré la garganta y volví a intentarlo—. Si está tan ocupado, por favor dile que es libre de esfumarse. Puede volver a su oficina y seguir con su obsesión por el trabajo que, sorprendentemente, interrumpió para meter sus narices en donde no le incumbe.

Mi amiga abrió la boca, y antes de que pudiera pronunciar una palabra, el hombre a mis espaldas habló primero:

—Bueno, ya escuchaste lo que dije. Mi propuesta. Así que…—Una pausa. Lo maldije por dentro—. ¿Cuál es tu respuesta?

El rostro de Rosie volvió a transformarse por la sorpresa. Seguí mirándola y me imaginé que mis ojos color café debían estar volviéndose rojos de la furia.

¿Mi respuesta? ¿Qué diablos quería lograr? ¿Era esta una nueva y creativa manera de jugar con mi mente, con mi cordura?

—No tengo ni idea de qué está hablando. No escuche nada —mentí—. Puedes decírselo.

Rosie se puso un rizo detrás de la oreja, alternando la mirada entre Edward y yo.

—Creo que se refiere a cuando se ofreció a acompañarte a la boda de tu hermana —explico con dulzura—. Ya sabes, después de que me contaste que las cosas habían cambiado y que tenías que encontrar a alguien (a cualquiera, creo que dijiste) para que te acompañara a España y fuera contigo a la boda porque, si no, te morirías de forma lenta y dolorosa y…

—Ya entendí. —Me apresuré a interrumpirla y sentí que me volvía a arder el rostro al darme cuenta de que Edward lo había escuchado todo—. Gracias, Rosie, no hace falta que sigas con el resumen. —O me moriría de una forma lenta y dolorosa en ese preciso instante.

—Creo que usaste la palabra "desesperada" —aportó él.

Me ardieron hasta las orejas cuando lo escuché. Era probable que tuvieran cinco tonos de rojo radiactivo.

—No. —Exhalé—. No usé ese término.

—Tú… lo hiciste, cariño —confirmo mi mejor amiga (bueno, mi ex mejor amiga a partir de ese momento)

—¿Qué rayos traidora? —murmuré con los ojos entrecerrados.

Pero ambos tenían razón.

—De acuerdo. Bien. Lo dije. Aunque eso no quiere decir que esté realmente desesperada.

—Es lo que diría una persona desamparada. Sin embargo, si duermes más tranquila pensando que no, Isabella…

—No es tu asunto, Cullen, y no estoy desamparada, ¿de acuerdo? —Lo insulté por dentro y perdí la cuenta de cuántas veces lo había hecho esta mañana. Entrecerré los ojos—. Y duermo muy bien. Es más, nunca he dormido mejor.

¿Qué le hacía una mentira más a todas las que ya había dicho, eh? La realidad era que en verdad estaba desamparada y desesperada por encontrar a alguien que me acompañase a esa boda. Pero eso no significaba que…

—Lo que tú digas.

Es irónico que, de todas las malditas palabras que le había dicho a mi nuca esa mañana, fueran esas las que quebraran mi falsa postura de indiferencia.

Ese "Lo que tu digas" condescendiente, presumido, despectivo, tan de Edward Cullen.

"Lo que tu digas"

Me hervía la sangre.

Era una reacción tan impulsiva y desproporcionada para una frase de cuatro palabras (que dicha por cualquier otra persona hubiese sido insignificante) que no me di cuenta de que mi cuerpo estaba girándose, hasta que fue demasiado tarde.

Por su altura sobrenatural, me recibió un gran pecho cubierto por una camisa blanca y ajustada que me hizo desear apretar la tela en un puño y arrugarla porque, ¿quien va por la vida tan pulcro y planchado todo el maldito tiempo? La respuesta es Edward Cullen.

Deslicé la mirada por los hombros definidos y el cuello fuerte que tenía hasta que llegué a su recta mandíbula. Los labios apretados formaban una línea, tal como lo había imaginado. Mis ojos siguieron subiendo y llegaron a los suyos (de un verde que me recordaba a las profundidades de un bosque, donde todo es frío y mortal) y me di cuenta de que me estaba mirando. Levantó una ceja.

¿Lo que tu digas? —siseé

—Si. —Con esa cabeza, cubierta de pelo negro, asintió solo una vez sin dejar de mirarme—. No quiero perder más tiempo discutiendo algo que jamás admitirás porque eres demasiado testaruda. Así que, si: lo que tu digas.

Este exasperante hombre de ojos verdes que debe pasar más tiempo planchando la ropa que relacionándose con otros seres humanos no me haría perder la paciencia tan temprano en la mañana.

Mientras luchaba por mantener mi cuerpo bajo control, inhalé profundamente y me puse un mechón de cabello avellana detrás de la oreja.

—Si esto es una pérdida de tiempo, en verdad no entiendo qué sigues haciendo aquí. Por favor, sal de mi vista… y de la de Rosie

Para no verse involucrada en esta decisión, la señorita Traidora lanzó un ruidito distraído.

—Lo haría –dijo Edward en un tono más conciliador, —pero sigues sin responder a mi pregunta.

—No era una pregunta —negué. Las palabras me supieron amargas. — Lo que sea que hayas dicho, no era una pregunta. Pero eso no importa porque no te necesito, muchas gracias.

—Lo que tú digas —repitió y mi enojo subió otro escalón—. Aunque creo que sí me necesitas.

—Crees mal.

—Y, sin embargo, sonabas como si en verdad me necesitaras. —Alzó la ceja aún más.

—Debes sufrir un serio problema de audición porque, como ya te dije, escuchaste mal. No te necesito, Edward Cullen. —Tragué con fuerza para intentar quitarme la sequedad de la boca—. Podría comunicártelo por escrito o enviarte un e-mail si lo necesitas. Lo que prefieras.

Lo pensó durante un segundo, sin ningún interés. Sabía que no iba a dejarlo pasar con tanta facilidad. Lo confirmó cuando volvió a abrir la boca:

—¿No dijiste que la boda es dentro de un mes y que no tienes con quién ir?

—Puede ser. No lo recuerdo con exactitud. —Presioné los labios en una línea recta. Era justo lo que había dicho. Palabra por palabra.

—¿Acaso Rosie no te ha respondido que si te sentabas en el fondo e intentabas no llamar la atención quizá nadie se daría cuenta de que habías ido sola?

La cabeza de mi amiga apareció de golpe en mi campo visual.

—Sí, dije eso. También le aconsejé que usara un color discreto y no el despampanante vestido rojo que…

—Rosie –la interrumpí—, no estás ayudando.

Los ojos de Edward no vacilaron mientras continuaba su camino por los senderos de la memoria.

—¿No le recordaste a Rosie que eras la "maldita" dama de honor (tus palabras) y que por lo tanto "todo el puto mundo" (de nuevo tus palabras) te iba a ver?

—Sí –confirmó la señorita Traidora. Giré la cabeza en su dirección—. ¿Qué? —Se encogió de hombros y firmó su sentencia de muerte—: Lo dijiste, cariño.

Necesito nuevos amigos. Lo antes posible.

—Lo dijo —corroboró Edward y volvió a atraer mi atención y mi mirada—. ¿Y no dijiste que tu exnovio es el padrino y que querías arrancarte la piel de solo pensar que tendrás que estar cerca de él como una "triste y patética soltera" (de nuevo tus palabras)?

Sí. Lo dije. No pensé que estuviera escuchándome. De lo contrario, nunca lo hubiera admitido en voz alta.

Pero parece que estuvo ahí durante toda la conversación y recién ahora lo sabía. Me había escuchado admitir todo eso y acababa de echármelo en cara. Y por mucho que quisiera convencerme de que no me importaba (de que no debería importarme) el dolor seguía ahí. Me hacía sentir más sola, tonta y patética.

Tragué el nudo que tenía en la garganta y me concentré en su nuez de Adán.

No quería ver qué expresaba su cara. Burla. Lástima. No me importaba. No era el primero que tenía ese concepto de mí. Podía vivir con ello.

Su garganta se movió. Lo supe porque era lo único que me permitía mirar.

—Estás desesperada.

Exhalé, dejando pasar el aire entre mis labios, que mantenía presionados.

Asentí con la cabeza: eso fue todo lo que le concedí. Y no entendí por qué lo había hecho. Yo no era así. Siempre peleaba hasta que mi contrincante sangrara.

Los dos lo hacíamos. No nos preocupaban los sentimientos del otro. Eso no era una novedad.

—Entonces llévame. Iré contigo a la boda, Isabella.

Alcé la mirada poco a poco y me invadió una extraña combinación de cautela y vergüenza. Que hubiera presenciado todo ya era bastante malo, ¿y encima intentaba usarlo a su favor? ¿Pretendía sacar lo peor de mí?

A menos que no fuera eso lo que buscara. A menos que hubiera otra respuesta, un motivo que explicara por qué estaba ofreciéndose para ser mi cita.

Le estudié el rostro y, a pesar de que analicé todas las opciones y posibles motivaciones, no logré llegar a ninguna conclusión razonable. No encontré ninguna respuesta que me ayudara a entender por qué estaba tan empecinado en acompañarme.

Solo la verdad, la realidad: no éramos amigos. Edward Cullen y yo apenas nos tolerábamos. Éramos crueles con el otro, nos señalábamos los errores, criticábamos nuestras formas de trabajar, pensar y vivir. Acentuábamos las diferencias. Hace un tiempo hubiese sido capaz de arrojarle dardos a su foto. Y estaba casi segura de que él hubiera hecho lo mismo, porque yo no era la única que conducía por la Ruta del Rencor. Era una carretera de doble sentido. Aparte, fue él quien provocó la grieta entre nosotros. Yo no era la culpable de la distancia.

Entonces, ¿por qué fingía querer ayudarme y por qué debería darle el gusto de considerarlo?

—Puede que esté desesperada por encontrar una cita, pero no tan desesperada —repetí—. Como dije antes.

—Piénsalo. Sabes que no tienes otra opción. —Suspiró cansado. Impaciente. Enfurecido.

—No hay nada que pensar. —Sacudí la mano para cortar el aire entre nosotros.

Después esbocé mi versión de la sonrisa falsa con dientes de Rosie—. Preferiría llevar a un chimpancé con traje antes que a ti.

Levantó las cejas. Pude ver en sus ojos que mi comentario le pareció ocurrente.

—Vamos, sabes muy bien que no. Aunque algún chimpancé podría estar a la altura de las circunstancias, tu ex estará allí. Tu familia. Dijiste que querías impresionarlos y yo causaría ese efecto. —Inclinó la cabeza—. Soy tu mejor opción.

—Tú no eres mi mejor nada, Cullen. —Lancé un bufido y aplaudí una vez.

Era peor que un grano en el culo. —Y tengo muchas más opciones —contraataqué encogiéndome de hombros—. Puedo buscar a alguien en Tinder y hasta publicar un aviso en el New York Times. Sé que encontraré a alguien.

—¿Con tan poco tiempo? Lo veo casi imposible.

—Rosie tiene amigos. Seguro alguno podrá acompañarme.

Ese siempre había sido mi plan. Esa era la razón por la que había ido a hablarle a primera hora. Y ahora me daba cuenta de que había cometido un error de principiante. Debería haber esperado a salir del trabajo y llevarla un lugar seguro, lejos de Edward, para contárselo. Pero después de la llamada de mi mamá… bueno, digamos que las cosas habían cambiado, o al menos mi situación.

Necesitaba a alguien y no podía ser más sincera cuando decía que me conformaría con cualquiera. Con cualquiera menos con Edward, claro. Rosie había nacido y crecido en esta ciudad, tenía que conocer a alguien.

—¿No, Rosie? Alguno de tus amigos debe estar disponible.

—¿Qué opinas de Marty? —propuso ella y su cabeza volvió a aparecer. — Le encantan las bodas.

—¿Marty no fue el que se emborrachó en la boda de tu primo, tomó el micrófono de la banda y cantó My Heart Will Go On hasta que tu hermano lo bajó del escenario a empujones? —La fulminé con la mirada.

—Ese mismo. —Hizo una mueca.

—Mejor no. —No podía llevar una persona así a la boda. Mi hermana le arrancaría el corazón y nos lo serviría de postre—. ¿Y Ryan?

—Felizmente comprometido.

—No me sorprende. Es un partidazo. —Se me escapó un suspiro.

—Lo sé. Por eso intenté que saliera contigo tantas veces, pero tú…

Me aclaré la garganta para interrumpirla.

—No estamos discutiendo por qué estoy soltera. —Le eché un vistazo a Edward, que seguía mirándome con los ojos entrecerrados—. ¿Y… Terry?

—Se mudó a Chicago.

—Maldita sea. —Negué con la cabeza y cerré los ojos por un instante. Esto no estaba yendo hacia ningún lado—. Entonces contrataré a un actor. Le pagaré para que haga el papel de mi cita.

—Eso debe ser caro —intervino Edward, sin expresión—. Y los actores no se la pasan mintiendo, esperando a que solteros los contraten para hacerse pasar por sus citas.

—Entonces contrataré un acompañante profesional. —Lo fulminé con una mirada exasperada.

—¿Preferirías llevar a un prostituto a la boda de tu hermana antes que ir conmigo? —Frunció los labios como suele hacer cuando está extremadamente fastidiado.

—Dije un acompañante, Cullen, por Dios— murmuré mientras veía cómo se le movían las cejas hasta formar un ceño fruncido—. No estoy buscando esa clase de servicio. Solo necesito a alguien que me acompañe. Y eso hacen. Te acompañan a lugares.

—No hacen eso, Isabella. —Su voz era profunda y helada. Me juzgaba.

—¿Nunca viste una comedia romántica? —Como respuesta, frunció el entrecejo aún más—. ¿Ni siquiera Amores, enredos y una boda? —Silencio de nuevo; solo sostuvo su mirada polar—. ¿Ves películas? ¿O solo… trabajas? —Existía la posibilidad de que ni siquiera tuviera televisión. Su expresión no cambió. Dios, no tengo tiempo para esto. No tengo tiempo para él—¿Sabes qué? No importa, no te preocupes. —Levanté las manos y las entrelacé—. Gracias por… esto. Lo que sea que haya sido. Gran aporte. Pero no te necesito.

—Creo que sí.

—Creo que eres molesto. —Pestañeé.

—Isabella —me miró fijamente y la forma en que dijo mi nombre aumentó mi irritación—, estás loca si crees que podrás encontrar a alguien en tan poco tiempo.

Una vez más, Edward Cullen tenía razón.

Puede que estuviera un poco loca. Y él ni siquiera sabía de la mentira. Mi mentira. Aunque nunca fuera a enterarse, no cambiaba los hechos: necesitaba a alguien, a cualquiera, (pero no a él, no a Edward) que viajara a España y fuera conmigo a la boda de Tanya Porque (A), era la hermana de la novia y la dama de honor. (B), mi ex, Felix, era el hermano y padrino del novio y me había enterado de que estaba felizmente comprometido, algo que mi familia me había estado ocultando. (C), sin contar algunas pocas y bastante fracasadas citas, llevaba casi seis años soltera. El mismo tiempo que pasó desde que dejé España y me mudé a Estados Unidos, poco después de que la única relación que había tenido me explotara en la cara. Todos los invitados estaban al tanto de eso (porque no hay secretos en familias como la mía, y mucho menos en los pueblitos como el que me había visto nacer) y les daba pena. Y (D), estaba mi mentira.

La mentira.

La que le di de comer a mi madre y por extensión a todo el clan Swan (porque, en lo que a nosotros respecta, no existen los límites ni la privacidad).

Seguro que a estas alturas mi mentira ya había aparecido en el periódico local.

Isabella Swan ya no está soltera. Por fin. Su familia está feliz de anunciar que traerá a su novio estadounidense a la boda. Están todos invitados a venir y presenciar el milagro de la década

Porque eso era lo que había hecho. Justo después de que la noticia del compromiso de Felix se deslizara por los labios de mi madre y me llegara a los oídos, a través del auricular del teléfono, dije que yo también iría con alguien. No, no con alguien nada más. Dije (mentí, engañé, declaré en falso) que llevaría a mi novio.

Quien, técnicamente, no existía. Todavía.

De acuerdo, bien, puede que nunca exista. Porque Edward tenía razón: era imposible que encontrara a alguien en tan poco tiempo. Creer que cualquier hombre aceptaría fingir ser mi novio era casi una locura. Pero ¿admitir que Edward era mi única opción y aceptar su oferta? Eso era sin duda un completo delirio.

—Veo que empiezas a procesarlo. —Sus palabras me trajeron de vuelta al presente y vi que me observaba con esos ojos verdes—. Te dejaré para que termines de entrar en razón. Avísame cuando lo hayas hecho.

Apreté los labios y volví a sentir calor en las mejillas. ¿Tanta pena le daba que se había ofrecido a acompañarme? Me crucé de brazos e intenté evitar su mirada implacablemente verde.

—Ah, e, ¿Isabella?

—¿Sí? —dije con suavidad. Puaj, patética.

—Intenta no llegar tarde a la reunión de las diez. Ya no es divertido.

Lo fulminé con la mirada, un bufido se me atascó en la garganta. Imbécil.

Juré, en ese momento y en ese lugar, que algún día encontraría una escalera lo suficientemente alta como para subir y arrojarle un objeto contundente en el medio de su odiosa cara.

Un año y ocho meses. Ese era el tiempo que llevaba soportándolo. Llevaba la cuenta de mi condena.

Entonces, con un simple movimiento de cabeza, se dio la vuelta. Vi cómo se alejaba hasta próximo aviso.

—De acuerdo, eso fue…— Escuché la voz de Rosie, pero no terminó la oración.

—¿Una locura? ¿Insultante? ¿Bizarro? —arriesgué con las manos en la cara.

—Inesperado. E interesante.

La miré entre los dedos. Se le curvaban los labios en una sonrisa.

—Sus derechos de amistad fueron revocados, Rosalie Hale.

—Sabes que eso es mentira —dijo entre risas.

Tenía razón. Jamás podría deshacerse de mí.

—Así que… —enroscó su brazo con el mío y me arrastró por el pasillo—, ¿qué

vas a hacer?

—No… No tengo ni la más mínima idea —admití con la voz temblorosa, usando la poca energía que me quedaba.

Pero sí estaba segura de algo: no aceptaría la oferta de Edward Cullen. No era mi única opción y sin duda tampoco era la mejor. De hecho, no era nada. Y menos que menos sería mi pareja en la boda de mi hermana