Disclaimer: Este fanfic es una adaptación del libro "The Spanish Love Deception" de Elena Armas.

Nada de esto me pertenece, todo es propiedad de Elena Armas y Stephenie Meyer.

Capítulo 2

No llegué tarde a la reunión. Hacía un año y ocho meses que no llegaba tarde.

¿Por qué?

Edward Cullen.

Una vez. Había llegado tarde una sola vez desde que lo conocía y, sin embargo, seguía echándomelo en cara cada vez que podía.

Nunca lo atribuyó a que fuera española o mujer, típicos estereotipos injustificados de impuntualidad.

Edward no hacía esas cosas. Él señalaba los hechos; identificaba las verdades. Se debía a su formación, como era el caso de todos los ingenieros de la empresa de consultoría en la que trabajábamos, yo incluida. Así que, técnicamente, sí había llegado tarde. Una sola vez hacía muchos meses. Era verdad que me había perdido los primeros quince minutos de una presentación importante. Y que era él quien la estaba liderando durante su primera semana en InTech. Y quizá había entrado haciendo demasiado ruido y había volcado una jarra de café por accidente.

Encima de las carpetas que Edward había preparado para la presentación. De acuerdo, también en sus pantalones.

No es la mejor manera de presentarse con un compañero nuevo, pero qué más da. Son cosas que pasan. Los pequeños accidentes inesperados y sin querer son moneda corriente. Las personas los superan y siguen con sus vidas.

Pero no es su caso.

Al contrario. Semana tras semana y mes tras mes, no dejó de decirme cosas como: "Intenta no llegar tarde a la reunión. Ya no es divertido".

Cada vez que entraba a una sala de reuniones y me veía allí, bien temprano, miraba el reloj y levantaba una ceja, sorprendido.

También ponía las jarras de café lejos de mí e inclinaba la cabeza en señal de advertencia.

Eso era lo que hacía en lugar de olvidarse del accidente.

–Buen día, Bella. –La voz de Héctor me llegó desde la puerta. Supe que estaba

sonriendo mucho antes de girarme para verlo. Siempre estaba sonriendo.

Buenos días, Héctor –lo saludé.

–¿Todo bien, mija? –El hombre que me había incluido en su círculo familiar y a quien consideraba un tío me apoyó una mano en el hombro y lo apretó con suavidad.

–No me quejo. –Le devolví la sonrisa

–¿Vendrás al próximo almuerzo? Es el mes que viene. Lourdes no para de decirme que te lo recuerde. Preparará ceviche y tú serás la única dispuesta a comértelo –dijo entre risas.

Era verdad. No entendía por qué a nadie de la familia Díaz le gustaba ese plato tan típico de Perú.

–No hagas preguntas tontas, viejo. –Sacudí la mano en el aire con una carcajada–. Por supuesto que iré.

Héctor se sentó a mi derecha mientras el resto iba llegando, murmurando los buenos días.

Aparté la mirada de la sonrisa relajada de Héctor para fijarme en el hombre que estaba rodeando la mesa para unirse al grupo.

Frente a mí apareció Edward con las cejas levantadas. Nos miramos por un instante. Lo vi curvar los labios hacia abajo en tanto corría una silla.

Puse los ojos en blanco y observé a Gerald: mientras se acomodaba en el asiento, la cabeza calva le brillaba bajo la luz fluorescente. Último, pero no menos importante, estaba James, a quien hacía poco habían ascendido al puesto que teníamos todas las personas en esa sala: líder de equipo del departamento de soluciones, que prácticamente reúne todas las disciplinas excepto ingeniería civil, que es un mundo aparte.

–Buenos días a todos –comenzó James con el entusiasmo que solo podía tener alguien que llevaba un mes en un trabajo–. Esta semana me toca liderar la reunión y ocuparme de las formalidades, así que, por favor, digan presente cuando los nombre.

Un gruñido exasperado que me era familiar invadió la sala. Miré al hombre de ojos verdes que tenía delante y encontré la expresión irritada que siempre acompañaba ese sonido.

–Por supuesto, James–sonreí, aunque estuviera de acuerdo con el señor del

entrecejo fruncido–. Nómbranos nomás.

Esos ojos de bosque me dispararon una mirada gélida.

Me topé con ella mientras escuchaba a James repasar nuestros nombres, recibir la confirmación de Héctor y Gerald, un presente demasiado efusivo de mi parte y otro gruñido del señor Gruñidos.

–De acuerdo, gracias –dijo James–. Lo primero que tenemos que hacer es actualizar el estado de los proyectos. ¿Quién quiere empezar?

Silencio. Esa fue la única respuesta que obtuvo. InTech se ocupaba de dar servicio técnico a cualquier entidad que no tuviera los conocimientos o la capacidad para diseñar y ejecutar sus propios proyectos. A veces este requería una sola persona, pero muchas otras se necesitaba un equipo de cinco o seis ingenieros. Así que los cinco líderes de equipo en nuestra división siempre estábamos trabajando y supervisando varios proyectos a la vez para diferentes clientes, los cuales nunca dejaban de avanzar y alcanzar objetivos sopesando los problemas e imprevistos. Teníamos videoconferencias con clientes y accionistas todos los días. Los proyectos eran tan complejos y cambiaban tan rápido que era imposible que los otros líderes pudieran ponerse al corriente en pocos minutos. Por eso la pregunta de James no tenía respuesta. En realidad, la reunión era bastante innecesaria.

–Ehm… –James, nervioso, se acomodó en su asiento–. De acuerdo, empiezo yo. Sí, mejor empiezo yo. –Hojeó la carpeta que había traído–. Esta semana le presentaremos a Telekoor el nuevo presupuesto. Como saben, es una pequeña empresa que lleva tiempo desarrollando un servicio de almacenamiento remoto para mejorar la conexión en el transporte público. Bueno, los recursos disponibles son limitados y…

Mientras recorría la sala con la mirada, escuché a mi compañero de fondo.

Héctor asentía con la cabeza, aunque sospecho que estaba prestando tanta atención como yo. Gerald, por su parte, usaba el teléfono sin disimulo.

Maleducado. Muy maleducado.

Pero no esperaba más de él.

Por último, Edward Cullen quien no había parado de observarme.

Estiró el brazo en mi dirección, sosteniéndome la mirada. Sabía lo que iba a hacer. Lo sabía. Envolvió el objeto que tenía delante con esos dedos largos y su enorme palma: la jarra de café. Entrecerré los ojos.

La arrastró por la mesa de roble.

Muy despacio. Después asintió con la cabeza.

Maldito rencoroso de ojos verdes.

Le dediqué una sonrisa falsa porque la otra opción era atravesar la sala y tirarle encima todo el contenido de la jarra. De nuevo. Pero esta vez a propósito.

Para distraerme de esa idea, desvié la mirada y me concentré, con furia, en escribir una lista de tareas en mi agenda.

Preguntarle a Tany si el ramo que encargó para mamá es de peonías o de lirios.

Encargar un ramo de peonías o de lirios para la tía Carmen.

Si no, nos lo recordaría a mí, a mamá y a Tany (la novia y mi hermana) hasta el día de su muerte o de la nuestra.

Enviarle a papá los detalles del vuelo para que vaya a buscarme al aeropuerto.

Pedirle a Tany que le recuerde a papá que tiene los detalles del vuelo para que vaya a

buscarme al aeropuerto.

Me llevé el bolígrafo a la boca con el horrible presentimiento de que me estaba olvidando de algo. Entonces, una voz que por desgracia jamás olvidaría me retumbó en la cabeza: "Estás loca si crees que podrás encontrar a alguien en tan poco tiempo".

Volví a observar al hombre que tenía sentado enfrente y nuestras miradas se encontraron. Como si me hubiera descubierto haciendo algo que no debía (como pensar en él), el calor me subió a las mejillas antes de volver a concentrarme en la lista.

Encontrar un novio.

Lo taché.

Encontrar un novio de mentira. No tiene que ser real.

–... y eso es todo lo que tengo para comunicarles. –En algún lugar en el fondo

de mi cabeza, registré las palabras de James

Seguí haciendo mi lista.

Encontrar un novio de mentira. No tiene que ser real. Y QUE NO SEA ÉL.

Porque claro que tenía otras opciones. Contratar a un acompañante no era una de ellas. Una rápida búsqueda en internet demostró que Edward tenía razón.

Otra vez. Parece que Hollywood me había mentido y que Nueva York está llena de hombres y mujeres que ofrecen un amplio abanico de servicios que no se limitan a acompañar.

Hice una mueca y mordí el bolígrafo con más fuerza. Nunca admitiría que tenía razón. Antes prefería dejar de comer chocolate durante un año.

Pero estaba desesperada. También había acertado en eso. Necesitaba encontrara alguien dispuesto a fingir que estaba locamente enamorado de mí delante de toda mi familia. Y no solo durante el día de la boda, sino también los dos días previos. Eso significaba que estaba perdida. Estaba…

–... y será Bella.

Mi nombre me interrumpió el diálogo interno e hizo que todo se desvaneciera. Dejé caer el bolígrafo y me aclaré la garganta.

–Sí, aquí. –Intenté reinsertarme en la conversación–. Escuchando. Estoy escuchando.

–Eso es exactamente lo que diría alguien que no estaba escuchando.

Mi mirada se disparó al otro lado de la sala y se cruzó con un par de ojos verdes que parecían alegres, pero sabía que eso era imposible, su dueño era incapaz de sentir emociones humanas.

Enderecé la espalda y di vuelta la hoja de mi agenda.

–Lo siento, perdí el hilo de la conversación. Mañana tendré una reunión con un cliente y necesitaba apuntar una cosa –mentí–. Una cosa importante.

Edward asintió con la cabeza. Por suerte, lo dejó pasar

–Retrocedamos un poco, así todos tenemos presente dónde nos encontrábamos –ofreció James con gentileza.

Mañana le regalaré un panecillo.

–Gracias, James. –Esbocé una sonrisa que lo sonrojó y me devolvió una mueca insegura.

Un bufido impaciente me llegó desde la otra punta de la sala.

A él, en cambio, ni loca le doy uno.

–Entonces… –continuó por fin James–, Aro quería sumarse a la reunión de hoy para decírtelo en persona, pero, ya sabes, los jefes de departamento suelen tener la agenda bastante apretada. Muchas reuniones y todas juntas. Si bien te enviará la información que necesitarás, creí que era una buena idea anticipártelo.

–Muchas gracias, James. –Pestañeé. ¿A qué diablos se refería?

–De nada, Bella. –Asintió–. Creo que la comunicación entre nosotros cinco es la clave para lograr…

–James –intervino Edward y su voz inundó la sala–, ve al grano.

La interrupción lo sobresaltó e hizo que se le disparan los ojos en su dirección.

–Sí, gracias, Edward. –Tuvo que aclararse la garganta dos veces antes de poder continuar–. InTech organizará un Día de Puertas Abiertas dentro de algunas semanas. Vendrá mucha gente, sobre todo potenciales clientes que querrán saber qué podemos ofrecerles, pero también nuestros principales clientes ahora mismo. Aro mencionó que asistirán las personas de más alto rango de las compañías. Y tiene sentido, porque es una iniciativa para expandir y fortalecer nuestra red. Quiere que InTech tenga proyección. Que sea atractiva, moderna. Que demostremos que estamos en sintonía con las tendencias del mercado, pero también que no todo se reduce al trabajo. –Se rio nervioso–. Por eso, el Día de Puertas Abiertas comenzará a las ocho de la mañana, cuando recibiremos a los invitados aquí, en nuestras oficinas, y durará hasta la medianoche.

–¿Medianoche? –murmuré, sin poder contener la sorpresa.

–Sí. –Asintió con entusiasmo–. ¿Verdad que suena fantástico? Será un gran evento. Organizaremos talleres sobre nuevas tecnologías, sesiones de intercambio de conocimiento, actividades para conocer mejor a nuestros clientes y sus necesidades. Y, por supuesto, serviremos desayuno, almuerzo y cena. Ah, y también habrá tragos. Ya saben, para alegrar un poco la cosa.

Mientras James desplegaba su explicación, los ojos se me iban abriendo cada vez más.

–Eso… –comenzó Héctor–. Eso suena diferente a lo que acostumbramos.

Era verdad. Y también sonaba como un evento demasiado ambicioso para planificar en unas pocas semanas.

–Sí –respondió Gerald, sospechosamente orgulloso–. Sin duda hará que InTech avance varios casilleros.

–Esa es la idea. –James asintió y me miró–. Y Aro quiere que estés a cargo de todo, Bella. ¿Verdad que es genial?

–¿Quiere que lo organice yo? ¿Todo? –Parpadeé y me apoyé en el respaldo de la silla.

–Sí. –Me sonrió como si estuviera dándome una buena noticia–. Y que seas la anfitriona. Eres la opción más atractiva de los cinco.

Pestañeé muy despacio. Curvó los labios hacia abajo, seguro notó mi expresión.

"Atractiva".

Respiré hondo e intenté calmarme.

–Me halaga que me consideren la opción más atractiva –mentí, intentando ignorar cómo me empezaba a hervir la sangre–. Pero no tengo ni el tiempo ni la experiencia necesaria para organizar algo así.

–Pero Aro ha insistido en que quiere que tú lo hagas –contraatacó James–. Y es importante para InTech que alguien como tú sea la cara de la compañía.

Debería haber preguntado a qué se refería con "alguien como tú", pero sabía que la respuesta no iba a gustarme. Se me hizo un nudo en la garganta, me costaba tragar.

–¿No podría obtener el mismo resultado cualquiera de nosotros? ¿No debería encargarse de un evento tan importante alguien con experiencia en Relaciones Públicas?

–Aro dijo que no ibas a tener problema para organizarlo, que no hace falta gastar recursos contratando a alguien externo. –James cambió de tema sin responder a mi pregunta–. Además, eres… –fue perdiendo énfasis, como si deseara que la tierra se lo tragara– sociable, desenvuelta –Claro –respondí entre dientes, apretando el puño debajo de la mesa para intentar ocultar el caos que estaba desatándose en mi interior. ¿A quién no le gusta que su jefe la califique como "desenvuelta"? –. Pero ya tengo mi propio trabajo. En algunos proyectos estamos trabajando a contrarreloj. ¿Cómo puede ser que este… evento sea más importante?

Me quedé en silencio, esperando el apoyo de mis compañeros.

Cualquier forma de apoyo.

Y… nada. Solo el silencio que normalmente seguía a estas conversaciones.

Me acomodé en la silla y sentí cómo la frustración me encendía las mejillas.

–James –dije con tanta calma como pude–, aunque Aro haya sugerido que me hiciera cargo de esto, entienden que no tiene sentido, ¿verdad? Yo… no sabría ni por dónde empezar.

No me habían contratado para organizar eventos. Sin embargo, nadie iba a admitirlo, porque eso sería reconocer la verdadera razón por la que me lo habían asignado.

–Ya estoy cubriendo a dos compañeras muy valiosas de mi equipo, Lauren y Jessica. No me alcanzan las horas de la semana. –Odiaba quejarme y rogar por un poco de comprensión, pero ¿qué otra opción me quedaba?

Gerald bufó y captó mi atención.

–Eso pasa por contratar a mujeres treintañeras.

Tosí, incapaz de creer lo que acababa de decir. Pero lo había dicho. Abrí la boca y, antes de que pudiera decir algo, Héctor intervino:

–¿Y si te ayudamos? –sugirió. Lo miré y noté su expresión resignada–. Quizá todos podríamos aportar algo…

Valoré su propuesta, aunque su gran corazón y su tendencia a huir de los problemas no me estaban ayudando. Estaba andando de puntillas alrededor del verdadero problema.

–Esto no es la escuela secundaria, Héctor –estalló Gerald–. Somos profesionales y no aportaremos nada. –Lanzó otro bufido y negó con su grasienta y calva cabeza.

Héctor cerró la boca.

–Te reenviaré la lista de invitados que armó Aro, Bella –insistió James. Negué con la cabeza y sentí las mejillas todavía más calientes. Tuve que morderme la lengua para no decirle a mi compañero algo de lo que me arrepentiría–. Ah, y Aro tiene algunas ideas para el cáterin –agregó–, te las reenviaré en otro e-mail. De todos modos, quiere que investigues un poco. Quizá hasta puedes pensar en una temática. Dijo que sabrías qué hacer.

Abrí la boca con un insulto mudo que haría que mi abuela me arrastrara a la iglesia de la oreja.

¿Que yo sabría qué hacer? ¿Cómo se supone que voy a saberlo?

Tomé el bolígrafo con las dos manos para liberar algo de frustración, que no paraba de crecer. Respiré hondo.

–Hablaré con Aro –dije con los dientes apretados y una sonrisa rígida–. No suelo molestarlo, pero…

–¿Puedes dejar de hacernos perder el tiempo? –La pregunta de Gerald me dejó helada–. No hace falta que lo molestes. –Sacudió sus dedos regordetes en el aire–. Deja de poner excusas y hazlo. ¿Tanto te cuesta sonreír y ser más simpática por un día?

Las palabras "más" y "simpática" me resonaron en la cabeza. Lo miré con los ojos abiertos como platos.

Ese hombre sudoroso, apretado en una camisa de vestir diseñada para alguien con una elegancia que él nunca tendría, no desperdiciaría la oportunidad de pisotear a otra persona. Sobre todo, si se trataba de una mujer. Lo sabía.

–Gerald –suavicé la voz y aumenté la presión en el bolígrafo, rezando para que no se rompiera y delatara la ira que sentía–, el objetivo de esta reunión es discutir cuestiones como esta. Así que, lo siento, tendrás que escucharme todo…

Cariño –me interrumpió con un claro gesto de burla–, tómatelo como una fiesta. A las mujeres les encanta organizar estas, ¿no? Prepara algunas actividades, encarga algo de comida, ponte un vestido bonito y cuenta algunos chistes. Eres joven y guapa; ni siquiera tendrás que usar el cerebro. Los tendrás comiendo de la palma de tu mano. –Se rio entre dientes–. Estoy seguro de que sabes cómo hacerlo, ¿verdad?

Me atraganté con mis palabras. El aire se me había atascado en los pulmones. Sin poder controlarlas, se me contrajeron las piernas para levantarme. Deslicé la silla hacia atrás con un chirrido. Golpeé el escritorio con ambas manos y se me quedó la mente en blanco por un segundo. Estaba ciega de ira. No exagero. En ese preciso momento, entendí de dónde venía esa reacción. Mierda, estaba ciega, como si tuviera un velo sobre los ojos.

A mi derecha, Héctor exhaló con fuerza y murmuró algo.

Después silencio. Solo el latido de mi corazón.

Ahí estaba. La verdad. La verdadera razón por la que, entre todas las personas sentadas en la sala, me habían elegido a mí para esta maldita tarea. Era mujer (la única en el departamento, la única que dirigía un equipo) y por eso tenía encantos, fuera curvilínea o no. Desenvuelta, bonita, femenina, era la "opción atractiva", aparentemente. Me harían desfilar delante de los clientes como la llave dorada que demostraba que InTech no se había quedado en el pasado.

–Isabella. –Deseé mantener la voz calma y firme, y me odié al no conseguirlo. Odié el deseo que me invadía de darme la vuelta y abandonar la sala–. Nada de "cariño". Me llamo Lina. –Volví a sentarme muy despacio, me aclaré la garganta y me tomé un momento para procesar lo que iba a decir. Puedo con esto. Tengo que poder–. La próxima vez, asegúrate de llamarme por mi nombre, por favor. Y dirígete a mí con el mismo respeto y profesionalismo que usas con el resto. –El tono de mi voz no me gustó en lo absoluto, era débil, una versión de mí que no quería ser. Pero al menos conseguí desquitarme sin quebrarme o correr–. Gracias.

Se me llenaron los ojos de lágrimas producto de la ira y la frustración.

Pestañeé varias veces para que no lo notaran. Deseé que el nudo que tenía en la garganta no fuera por vergüenza, aunque sabía que sí lo era. ¿Cómo no me voy a avergonzar de haber estallado de ese modo? No era la primera vez que me sucedía algo así. ¿Todavía no sabía lidiar con esta mierda?

–No te lo tomes tan a pecho, Isabella. –Gerald puso los ojos en blanco y me dedicó una mirada condescendiente–. Era una broma. ¿O no, chicos?

Miró a nuestros compañeros en busca de apoyo.

No lo encontró.

–Gerald… –Por el rabillo del ojo, vi a Héctor desplomarse en su silla–. Vamos, hombre.

Observé a Gerald e intenté que la impotencia no me oprimiera el pecho. Me resistí a mirar a James y a Edward, que seguían en silencio.

Seguro pensaron que no se estaban poniendo del lado de nadie, pero con su silencio estaban haciendo exactamente eso.

–¿Vamos qué? –resopló Gerald–. No dije nada que no fuera verdad. Esta chica no necesita…

Antes de que pudiera juntar el coraje para detenerlo, intercedió la persona menos esperada:

–Suficiente.

Giré la cabeza como un látigo en su dirección y vi cómo observaba a Gerald de un modo tan profundo y helado que hubiese jurado que la temperatura de la sala había descendido varios grados.

Negué con la cabeza y miré a Edward. Podría haber dicho algo en los últimos diez minutos, pero había decidido no hacerlo. No era necesario que interviniera ahora.

–Sí, sin duda es suficiente –respondió Gerald, sin expresión, mientras juntaba sus cosas. Arrastró la silla y se levantó–. No tengo tiempo para esto. Igual ya sabe lo que tiene que hacer.

Con esa perla, se dirigió hacia la puerta y abandonó la sala.

El corazón me seguía galopando en el pecho y les daba una paliza a mis sienes.

James también se puso de pie. Me miró como pidiendo disculpas y antes de retirarse aclaró:

–No estoy de su lado, ¿de acuerdo? –Alternó la mirada entre Edward y yo–. Todo esto fue idea de Aro; él quiere que lo hagas. No lo pienses demasiado. Tómatelo como un cumplido.

Ni me molesté en responderle.

El hombre que casi me había adoptado como una más del clan Díaz me miró y negó con la cabeza. Dijo "qué pendejo" entre dientes, lo que me provocó una pequeña sonrisa porque, aunque en España no solíamos usar esa expresión, sabía con exactitud a qué se refería.

Héctor tenía razón. Gerald era un completo pendejo.

Y después estaba Edward, que no había vuelto a mirarme. Juntó sus cosas con cuidado y no pude evitar ver sus largos dedos y sus, todavía más largas, piernas, que empujaron la silla y le permitieron desplegar toda su altura.

Mientras lo examinaba intentando procesar todo lo que había pasado, noté que su mirada subía desde sus manos hacia mí. Me observó por un segundo, sus ojos ya se habían calmado y habían regresado a su indiferencia habitual.

Como siempre.

Alto y robusto, atravesó la puerta y se alejó por el pasillo. El corazón se me aceleró y se detuvo, todo al mismo tiempo.

–Vamos, mija –dijo Héctor, que se había quedado mirándome–. Tengo una bolsa de chicharrones en la oficina. Ximena la escabulló en la funda de mi portátil el otro día y los estuve guardando para el momento indicado. –Me guiñó el ojo.

Yo también me levanté y me reí despacio. Cuando la viera, le iba a dar un abrazo de oso a su hijita.

–Tienes que aumentarle la mensualidad a esa niña. –Lo seguí e hice un esfuerzo para devolverle la sonrisa.

Pero no pude evitar que, a los pocos pasos, me temblaran las comisuras de los labios en un gesto que no pude descifrar.